Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Entradas etiquetadas como ‘homeopatía’

Las pseudoterapias inician su campaña de desinformación

El fin de semana suele ser cuando se reposan y se repasan los asuntos de los cinco días previos, y entre ellos, como conté ayer, está la puesta en marcha del Plan para la protección de la salud frente a las pseudoterapias, anunciada el pasado miércoles por María Luisa Carcedo, ministra de Sanidad, y Pedro Duque, ministro de Ciencia.

Entre esos reposos y repasos, he podido escuchar en la radio, literalmente, la siguiente interpretación de lo ocurrido esta semana: “el gobierno planea prohibir las terapias naturales”. Cualquiera que escuche esta versión claramente sesgada llegará a la conclusión de que el malvado gobierno se dispone a clausurar su herbolario favorito e impedirle comprar eucalipto para prepararse unos vahos, o tila para relajarse y conciliar el sueño.

La verdadera información está ahí para quien la quiera: el gobierno informará sobre la eficacia o falta de ella de las distintas alternativas terapéuticas con el fin de que la ciudadanía disponga de los suficientes elementos de juicio para elegir sus opciones. Quien quiera elegir pseudoterapias podrá seguir haciéndolo; pero eso sí, ni a sus prescriptores y practicantes se les permitirá la publicidad engañosa, ni podrán ejercer dentro del sistema sanitario, que como cualquiera puede entender a poco que se lo proponga, debe estar dedicado exclusivamente a la administración de tratamientos terapéuticos que sean probadamente terapéuticos.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que el nuevo plan del gobierno puede prender una campaña de desinformación y fake news por parte de los defensores de las pseudoterapias. La anterior interpretación de las intenciones del gobierno es una muestra de cómo la manera de presentar un asunto busca interesadamente provocar una reacción de rechazo en la audiencia: ¡prohibir las terapias naturales! ¡Pero cómo se atreven!

A los agentes de la desinformación se ha sumado, de momento, la presentadora Ana Rosa Quintana. Como informó esta casa el pasado viernes, Quintana defendió las pseudoterapias en su programa, afirmando que “la homeopatía o la acupuntura son ciencias milenarias”. Es evidente que la opinión de Quintana sobre estos asuntos debería pesar tanto como su hipótesis sobre el origen y la causa de los Fast Radio Bursts, potentes ráfagas de emisiones de ondas de radio de procedencia aparentemente extragaláctica.

Pero también es evidente que no es así, sino que opiniones como la suya pesan; y obviamente Quintana ignora o bien lo que son la homeopatía y la acupuntura (no son ciencias), o bien lo que es la ciencia (la homeopatía y la acupuntura no lo son), o ambas cosas, y desde luego parece desconocer por completo que los 222 años de existencia de la homeopatía no cuentan como un milenio.

Otro indicio de que la maquinaria pseudoterapéutica puede preparar una intensificación de su campaña de fake news me lo ha proporcionado una persona, defensora de la homeopatía, que parece haberse propuesto espamear mi correo. A su primer mensaje respondí amablemente explicándole qué es la homeopatía, que no cura y por qué no cura, como creo que es mi obligación y hago con gusto siempre que se trate de ayudar a fomentar la información y la cultura del pensamiento. Pero descubrí entonces que esta persona no solo es inmune a la información, sino que ahora parece decidida a dejarme en el correo periódicas notas sobre su visión del mundo.

En su último correo (de los dos que me ha enviado esta misma mañana), me informa de que “la homeopatía ya es legal en Suecia”, adjuntándome un enlace y añadiendo que “como siempre, en España somos más listos”. Sobre lo de si somos más listos y como ya sugerí ayer, la idea de que debemos mimetizarnos con la manera que en otros países tienen de hacer cualquier cosa sí que tendería a indicar que somos menos listos; si no fuera porque no existen datos que demuestren diferencias de capacidades intelectuales al sur y al norte de los Pirineos.

Pero por supuesto, merece la pena indagar en el caso. El enlace me lleva a una publicación en una web de homeopatía en la que, bajo el título “Fin de la prohibición: en Suecia la homeopatía ya es legal”, se cuenta que el Tribunal Supremo de Suecia ha tumbado una sentencia que condenaba a un médico por haber tratado con homeopatía a un paciente. “Los jueces están convencidos de que el médico actuó en interés del paciente y aplicó el medicamento que según los conocimientos del médico era más adecuado para el paciente”, dice el texto.

Caramba –viene a pretender que interprete mi comunicante–: mientras que en España se planea restringir la homeopatía, justo ahora en Suecia se le da un empujón validando su eficacia. ¿No?

Bueno, lo cierto es que… no. En primer lugar, y aunque resulte muy oportuno pretender que Suecia ahora se pronuncia en favor de la homeopatía, no es exactamente así: al indagar un poco, descubro que en realidad la noticia original se publicó el 24 de septiembre de 2011. Fue hace siete años cuando el Tribunal Supremo sueco anuló la sentencia que sancionaba a este médico. Y en realidad, como voy a explicar, no se ha producido ningún cambio en el estatus legal de la homeopatía en Suecia, al contrario de lo que mi comunicante pretende hacerme creer.

La sentencia original en cuestión (no tengo la menor idea del idioma sueco, pero este enlace al traductor de Google me ofrece una traducción al inglés razonablemente legible) dice lo siguiente: “El Comité Nacional de Salud concede que los remedios homeopáticos no tienen impacto negativo en el organismo humano. Debe considerarse que el tratamiento homeopático no tiene efecto alguno, pero en general se acepta el positivo efecto placebo que se produce cuando el paciente por sí mismo adopta la iniciativa de tomar un tratamiento que cree que pueda tener un efecto en su enfermedad”.

En resumen, la sentencia absuelve al médico de negligencia porque le estaba administrando al paciente un tratamiento que no cura, pero que tampoco le perjudica, y que no hay fundamento para una sanción que solo debe aplicarse cuando un profesional “actúa poniendo en peligro la seguridad del paciente”, dice la sentencia. En otras palabras, este es el gran triunfo enarbolado por los defensores de la homeopatía: en Suecia se dictaminó (hace siete años) que administrar agua o pastillas de azúcar a un paciente no pone en riesgo su salud.

La sentencia añadía además un detalle. Basándose en ese posible efecto placebo, que no cura, pero que puede favorecer la percepción de bienestar del enfermo, los jueces citaban la postura del Comité Nacional de Salud y Bienestar de Suecia según la cual “en casos excepcionales los remedios homeopáticos pueden aceptarse como un suplemento a la medicina académica”. Pero añadía: “Esto no se aplica al tratamiento sistemático o al tratamiento DE MENORES”.

Las mayúsculas son mías; y es que, como ya comenté ayer, la defensa de la libertad de elección solo puede aplicarse a adultos que toman sus propias decisiones sobre su propia salud. Parece que no solamente Suecia no mantiene una postura más favorable a la homeopatía que España, sino que además allí existe un especial énfasis en la protección de los niños contra las pseudoterapias que aquí, al menos según lo presentado en las directrices del nuevo plan del gobierno, aún no se ha contemplado.

Pero insisto: la postura oficial sueca no es más favorable a la homeopatía que la española. Dos años después de aquella sentencia, el Comité Nacional de Salud, a resultas de una investigación encargada por el Ministerio de Asuntos Sociales (traducción al inglés aquí), insistía en la excepcionalidad de la administración de homeopatía: “Las ocasiones en las que los profesionales de la salud pueden desviarse de la ciencia y la experiencia demostrada son, por ejemplo, si un paciente terminal ha probado toda la medicina académica y quiere probar los preparados homeopáticos”.

La responsable del estudio, Lisa van Duin, decía: “Entonces, los profesionales legítimos de la salud no pueden decir que se niegan a la homeopatía, sino que en cambio pueden ayudar a que se practique con seguridad”, añadiendo que “los tratamientos de medicina alternativa no deben interferir con la medicina de modo que suponga un riesgo para el paciente”.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

La realidad es que Suecia, como el resto de los países de la Unión, se ciñe a las actuales normativas comunitarias sobre pseudoterapias. Y para saber cuál es el estado actual de la homeopatía en aquel país, nada mejor que consultar la web de la Agencia Sueca de Productos Médicos (MPA), que por suerte sí ofrece información en inglés. Y este es el estatus actual de los remedios homeopáticos en Suecia: “Deben registrarse en la MPA para poder venderse en el mercado sueco”, dice la web.

¿Y qué necesita un producto homeopático para registrarse en la MPA sueca? La web cita los artículos 14 y 15 de la Directiva 2001/83/EC del Parlamento Europeo, así como el 17 y el 18 de la Directiva 2001/82/EC, para el caso de los productos veterinarios. Y aplicando dichas directivas, se exige a todo producto homeopático “la calidad y seguridad del producto final”, “que la fabricación se produzca en condiciones aceptables de calidad”, que “la fabricación cumpla con los métodos homeopáticos” y que “la materia prima se haya utilizado previamente en homeopatía”. Es decir, ni una palabra sobre su eficacia. O sí, pero no en el sentido en que pretenden los propagadores de fake news. La web añade: “La MPA sueca no evalúa la eficacia de los productos homeopáticos. No se requieren estudios clínicos o literatura científica de apoyo para demostrar el efecto de un producto homeopático. Aún más, no pueden sostenerse indicaciones o efectos para un producto homeopático”.

Es decir, la ley sueca tolera la venta de productos homeopáticos, aunque no curen, sin importar que no curen, pero únicamente siempre que no se afirme que curan. Respecto a qué tipo de productos homeopáticos pueden venderse, la MPA especifica que estos “no contengan más de una parte en 10.000 del principio original (equivalente a D4 en el producto final)” y que “si se emplea una sustancia activa empleada en un fármaco que requiere receta, el producto homeopático debe diluir este principio al menos 100 veces respecto a la dosis más baja que requiere prescripción”.

¿Y por qué esa dilución D4? Bueno, sencillamente porque es la dilución mínima a la que se ha probado que no existe ningún resto del principio original; en otras palabras, la ley sueca garantiza que los productos homeopáticos que se venden contienen exclusivamente agua (o azúcar, en el caso de las pastillas). Y asegurado esto, nadie puede impedir a nadie que compre agua embotellada o caramelos, aunque sea en dosis muy pequeñas a precios comparativamente astronómicos.

Actualizar el diccionario también es importante para #StopPseudociencias

Durante la campaña #StopPseudociencias en Twitter, saltaron varias iniciativas pidiendo a la RAE que el diccionario oficial del castellano actualice las definiciones de ciertos términos que en otro tiempo podían resultar admisibles según el limitado conocimiento de la época, pero que el avance de la ciencia ha dejado obsoletas y engañosas.

En concreto, el canon de nuestra lengua define la homeopatía como “sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”, mientras que el horóscopo aparece descrito como “predicción del futuro basada en la posición relativa de los astros y de los signos del Zodiaco en un momento dado”.

 

La RAE vierte un gran esfuerzo en responder a innumerables consultas de los usuarios, y también en este caso respondió prontamente a la petición de modificar la definición de homeopatía: “Ya está en curso una propuesta para modificar esa redacción”.

Evidentemente, alguien podría argumentar que acudir al diccionario de la RAE para informarse sobre ciencia es como llevar un reloj de arena en la muñeca para comprobar la hora. Pero para quienes amamos el lenguaje (no sé si uno puede dedicarse a escribir sin amar el lenguaje, pero por algo esto se llama Ciencias Mixtas), es importante dar a las palabras el significado que realmente tienen. Personalmente, consulto el diccionario todos los días para comprobar definiciones y, por ejemplo, no utilizar ciertos términos con significados prestados de otros idiomas (inglés) que realmente no están contemplados en el castellano. Ejemplos: situación bizarra, enfermedad severa, estudio seminal…

Todo lo cual no implica que necesariamente debamos adherirnos a las normas dictadas por la RAE cuando estas (pronombres demostrativos sin tilde, otra recomendación de la RAE que debería extenderse más entre quienes nos dedicamos a escribir, lo mismo que desterrar para siempre la tilde en “solo”) son contrarias al conocimiento científico actual; también cuando, además de al conocimiento científico actual, son contrarias al sentido común y/o a la evolución social (como en un caso que comenté recientemente).

En 2001, la RAE concedió la silla i (con vigencia desde 2003) a la bioquímica y bióloga molecular Margarita Salas, una gran eminencia de la investigación que además ha sido impulsora del papel y la visibilidad de las mujeres en la ciencia española. Recuerdo que por entonces se dijo que Salas aportaría un criterio esencial en la definición de términos científicos para el diccionario, y no dudo de que su labor en este campo habrá sido intensa e insustituible en los años transcurridos desde entonces.

Pero al menos para quienes la contemplamos desde fuera, la de ser una institución dinámica, vibrante y en la vanguardia no pasa por ser una de las muchas virtudes que adornan la imagen popular de la RAE. Pues bien, ¿cuántos siglos debemos esperar para que se actualice la definición de términos como los citados más arriba?

Entre los valiosos recursos de la RAE online se encuentra el Mapa de diccionarios, una herramienta que permite consultar simultáneamente seis ediciones representativas del diccionario de la RAE desde 1780 hasta 2001. Allí podemos descubrir que, de estas seis ediciones, el término “homeopatía” aparece por primera vez en la de 1884, con esta definición: “sistema curativo que aplica á las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas substancias que en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales ó parecidos á los que se trata de combatir”.

Es decir, salvo por pequeños cambios ortográficos y de puntuación, y la eliminación de la alusión al “hombre”, básicamente la misma definición que hoy seguimos encontrando. El alemán Samuel Hahnemann inventó la homeopatía en 1796, cuando aún se desconocían los fundamentos biológicos y bioquímicos del organismo y de las enfermedades. Lo cual no implica que las propuestas de Hahnemann tuvieran el menor sentido: en el siglo XIX John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificó la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”. Pero la ciencia del siglo XX demostró que los principios homeopáticos, además de absurdos, son también falsos.

Así pues, desde 1884 han transcurrido más de 130 años, tiempo más que suficiente para que veamos ya aprobada esa nueva propuesta de definición que está manejando la RAE, y en la que esperemos que trasluzca el criterio científico de Margarita Salas. Claro que tiempo suficiente, concretamente más de tres siglos, ha transcurrido para que la RAE, que define la astrología como “estudio de la posición y del movimiento de los astros como medio para predecir hechos futuros y conocer el carácter de las personas”, no solo actualice esta definición, sino que también deje de considerar la astronomía ¡como sinónimo de la astrología!

El diccionario aclara que esta equiparación de ambos términos está en desuso; en efecto, está en desuso aproximadamente desde 1700, cuando quedó definitivamente claro que la astronomía era una ciencia y la astrología una superstición. ¿No va siendo hora de darle un repaso científico general al diccionario?

Claro que, si esperamos que el diccionario de la RAE distinga entre lo que es ciencia y lo que es pseudociencia (o ni eso), nos vamos a encontrar con un pequeño obstáculo. Y es que, a pesar de esto…

…nos encontramos también esto:

Claro que quizá todo ello requeriría un ligero cambio de mentalidad:

¿La “fe desmedida” en la ciencia como ejemplo modélico de superstición? ¿En serio? ¿Será acaso por falta de ejemplos para elegir?

La memoria del agua de la homeopatía y un experimento que la desmonta

Antes de contarles el experimento que anuncio en el título, prosigamos con la apasionante historia de la memoria del agua y la radio homeopática que comencé ayer. Después de los experimentos de Benveniste, el siguiente apoyo a la homeopatía iba a venir de la fuente más inesperada, nada menos que todo un premio Nobel: el francés Luc Montagnier, descubridor del VIH o virus del sida.

En 1983, Montagnier y sus colaboradores en el Instituto Pasteur fueron los primeros en aislar un virus al que denominaron Virus Asociado a Linfadenopatía o LAV y que posteriormente recibiría el nombre definitivo de Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). En realidad la gran artífice del hallazgo fue su postdoc, la viróloga Françoise Barré-Sinoussi, pero como he explicado aquí en otras ocasiones, quien dirige el laboratorio es responsable de los éxitos y los fracasos; aunque sería discutible si fue justo que en 2008 el Nobel de Medicina premiara a Montagnier y Barré-Sinoussi olvidando a su rival, el estadounidense Robert Gallo, que demostró la conexión entre el VIH y el sida.

Luc Montagnier en 2010. Imagen de Bastian Greshake / Flickr / CC.

Luc Montagnier en 2010. Imagen de Bastian Greshake / Flickr / CC.

Aunque los Nobel son los galardones más elevados de la profesión científica, no debe olvidarse que son un título, no una tarjeta de visita. Un título es algo que a uno se le concede por lo que ha hecho, el resultado de un largo proceso de trabajo sobre una materia concreta (bueno, tal vez excepto para la clase política española). Por el contrario, una tarjeta de visita es algo que se presenta para justificar lo que uno va a hacer a continuación.

En ocasiones se habla de los Nobel como si fueran esto último, pero no es así. Un Nobel puede patinar y patina de forma inmisericorde sin que se le quite la medalla: a algunos les ha dado por lo paranormal, y tal vez el caso más frenopático sea Kary Mullis, el inventor de la PCR (técnica hoy esencial en la biología) que defiende la astrología, niega el cambio climático, niega que el VIH cause el sida y en su biografía narró su encuentro con un mapache alienígena fluorescente (y eso que por entonces había dejado el LSD, o eso dijo).

En el caso de Montagnier, aquel señor francés tan discreto sorprendió al mundo cuando en 2009 se autopublicó dos estudios (uno y dos) en los que afirmaba lo siguiente: el ADN emite ondas de radio. Pero no cualquier ADN, sino sola y exclusivamente el de los microorganismos que son perjudiciales para el ser humano, como ciertas bacterias y el virus VIH. Estas ondas de radio pueden modificar el agua incluso a distancia para que aparezcan de repente en ella un ADN similar al original y sus microbios, algo que en los medios llegó a bautizarse como “teletransporte de ADN”; y la modificación del agua del cuerpo humano por estas emisiones es responsable de enfermedades como el sida, el párkinson o el alzhéimer.

¡Ah, sí! ¿Pero qué tiene esto que ver con la homeopatía? Los experimentos de Montagnier se basaban también en diluir y agitar las preparaciones de ADN, de modo que la emisión de radio aumentaba con las diluciones cuando ya no quedaba una sola molécula. El virólogo empleó el aparato diseñado por Benveniste y se apuntó a la idea de que el ADN dejaba su hueco en el agua debido a una polimerización de las moléculas de H2O inducida por las ondas de radio; por explicarlo, como si las moléculas de agua fueran la cadena humana que forman los guardias de seguridad para que el público no se abalance sobre los chicos de One Direction.

Naturalmente, aquello fue el clímax para los defensores de la homeopatía. Y ello a pesar de que, como sucedía también con los experimentos de Benveniste, en realidad los de Montagnier tampoco sostenían la teoría homeopática: el virólogo detectaba la emisión de radio del ADN solo hasta un cierto nivel que no alcanzaba los factores de dilución empleados en la homeopatía; cuando llegaba a la escala de las diluciones homeopáticas, la radio se apagaba. Pero es que además Montagnier decía que aquella emisión duraba unas horas, a lo sumo un par de días, después de retirar el ADN de la disolución. Por lo que, incluso aunque su teoría fuera cierta, cualquier preparado homeopático consumido más de 48 horas después de su fabricación sería completamente inútil.

Pero volvamos atrás: he dicho que los estudios de Montagnier fueron autopublicados, aceptados en tres días (varios meses es un periodo más normal) en una entonces nueva revista china cuyo consejo editorial está presidido por él mismo. John Maddox, el director de Nature que publicó el estudio de Benveniste, había dejado la dirección de la revista en 1995. Pero aunque hubiera continuado ejerciendo en 2009 (falleció aquel mismo año), es muy dudoso que Montagnier hubiera logrado convencerle.

En comparación con el trabajo de Benveniste –al que Montagnier equipara con Galileo, un genio incomprendido–, los estudios del virólogo son sorprendentemente heterodoxos e irregulares para todo un premio Nobel. Olvidan la estructura común (Introducción, Materiales y Métodos, Resultados…), se saltan peldaños cruciales dando por supuestas cosas que no se justifican, presentan todos sus resultados en forma de pantallazos, sin gráficos sujetos a una escala cuantitativa, con picos medidos por “intensidad relativa” imposibles de evaluar, sin el menor análisis estadístico de los datos, aventurando conclusiones que no se apoyan en los resultados y que podían y debían testarse con multitud de pruebas de uso común… El profesor de biología y bloguero escéptico PZ Myers dijo de ellos que parecen trabajos elaborados por estudiantes, y es que realmente cuesta creer de quién proceden.

Pero vayamos a los resultados: ¿qué puede extraerse de los estudios de Montagnier? A estas alturas creo que nadie se atrevería a apostar su vida a que la radiación electromagnética (llamémosla REM) no podría jugar un papel biológico mayor del que tradicionalmente se le ha supuesto. Es evidente que las moléculas reaccionan cuando se las bombardea con REM; hay infinidad de ejemplos en técnicas experimentales y diagnósticas. Incluso la REM ambiental es la causa de numerosos procesos biológicos; el ejemplo más inmediatamente conocido por todo el mundo es la fotosíntesis. En los últimos años se está ampliando el espectro de procesos electromagnéticos en la biología, incluso a fenómenos cuánticos exóticos: se ha propuesto que el entrelazamiento cuántico es responsable de la capacidad de las aves migratorias para guiarse por el campo magnético terrestre. Hoy la biología cuántica ya no es un oxímoron, sino una ciencia incipiente.

Si hay alguna crítica que pudiera decantarse a favor de Montagnier y en contra del establishment científico, es la resistencia que la ciencia está mostrando a introducirse de lleno y extensamente en lo que podría ser un fenómeno biofísico hasta ahora ignorado. O quizá no lo sea, pero no puede desecharse de un plumazo. Varios estudios en los últimos años han mostrado posibles perfiles de emisión electromagnética en distintas moléculas e incluso en bacterias, y hasta se han propuesto teorías para explicarlo. Tanto los estudios como las teorías son controvertidas, pero la ciencia no debería sin más mirar para otro lado, sino al contrario, fijarse muy intensamente en ello para separar hecho de ficción y saber qué hay de cierto, si es que hay algo de cierto, o descartarlo e identificar el artefacto que está provocando esos resultados.

Ahora bien: ¿sustentan los resultados las locas teorías de Montagnier? Para empezar, si cualquiera hubiese emprendido experimentos como los suyos y hubiese obtenido resultados como los suyos, probablemente habría comenzado por cuestionarse si los sistemas de filtración, de los que dependen críticamente sus resultados, están funcionando como deberían. Por otra parte, todo el que ha trabajado con cultivos celulares y ha tenido problemas de contaminación con micoplasmas (uno de los microbios que emplea Montagnier) sabe que es tan difícil quitárselos de encima como los piojos en los colegios; tratas con antibiótico, y vuelven. Filtras los medios de cultivo, y vuelven. Creo recordar, aunque ahora no tengo la referencia a mano, que hace pocos años un estudio alertó sobre la contaminación con micoplasmas en gran parte de las líneas celulares más utilizadas hoy en los laboratorios, lo que podría introducir resultados espurios en muchos experimentos.

Si uno quisiera demostrar que el ADN capta y emite REM, ¿por qué utilizar sistemas tan sucios como filtrados de micoplasmas o sobrenadantes celulares? A un referee o revisor difícilmente le convencería otro experimento que no estuviera basado en un sistema mucho más puro y controlado, como un ADN de síntesis. Y por supuesto, esos resultados necesitarían cuantificación, agregación, cálculos de significación estadística, barras de error, valores p… Para que una afirmación tan extraordinaria resulte creíble han de aportarse pruebas extraordinarias, como dice la vieja regla. Por otra parte, si uno pretende alegar que en un tubo ha aparecido algo que antes no estaba sin una razón física explicable, hay mil pruebas posibles que cualquier referee pediría para dilucidar qué contenía antes ese tubo y qué contiene ahora.

ADN. Imagen de Nogas1974 / Wikipedia.

ADN. Imagen de Nogas1974 / Wikipedia.

Pero supongamos que Montagnier realmente demostrara que existe un fenómeno biofísico hasta ahora insospechado, que el ADN u otras moléculas emiten REM relacionada con su perfil atómico, y que en la naturaleza existe un continuo intercambio de ondas a escala molecular. Este sería un descubrimiento lo suficientemente revolucionario como para darle otro premio Nobel. Pero incluso concediendo esta posibilidad, ¿los resultados de Montagnier avalan la homeopatía? Como he explicado más arriba, no; los presuntos fenómenos que describe no solo no sustentan los principios homeopáticos, sino que más bien al contrario, si acaso demuestran que las diluciones homeopáticas anulan los efectos observados.

Además, una cosa es llegar a demostrar la presencia de esa emisión de REM en el ADN, y otra saber si ese fenómeno puede tener un significado biológico real, y ya no digamos saber cuál es esa posible función. Montagnier no lo demuestra en ningún momento, sino que se limita a aventurar hipótesis grandiosas mediante saltos al vacío. Agarrarse a estos estudios para justificar la homeopatía, o cualquier otra conclusión biológica, es como encontrar en una cueva uno de esos extraños pictogramas de seres con la cabeza gorda y montar la teoría de los antiguos astronautas, o como descubrir microbios fósiles en Marte y concluir que los platillos volantes son naves extraterrestres. No es terreno de Nature, sino de Cuarto Milenio. No es ciencia, sino pseudociencia.

Llama poderosamente la atención lo poco que ha publicado Montagnier en los últimos años, si posee un material tan revolucionario; apenas un par de estudios más, cuando cualquier científico de su nivel, no digamos con un Nobel en el bolsillo, puede firmar decenas de trabajos al año. No será por falta de financiación ni de nichos donde publicar. En cuanto a lo primero, afectado por esa especie de síndrome del Capitán Nemo, hace unos años se encerró en su Nautilus para escapar del mundo hostil y enfrascarse en sus grandilocuentes ambiciones; se marchó a una universidad china, donde tiene un laboratorio, personal y dinero. En cuanto a las revistas, es probable que Homeopathy y otras estarían deseosas de aceptar su trabajo. Pero en lugar de esto y de tratar de rebatir a sus críticos con experimentos limpios y rigurosos, parece que se dedica a trucos de magia como enviar las ondas de un país a otro para hacer aparecer ADN de la nada en un tubo de agua.

Mientras, y ya llego, hasta ahora numerosos experimentos han fallado a la hora de reproducir los resultados de Benveniste, pero curiosamente no se había testado la hipótesis de la memoria del agua directamente por otras vías. Un equipo de investigadores polacos lo hizo el pasado octubre, basándose en la idea de una técnica llamada cromatografía por polímeros de impronta molecular.

Imaginemos un bloque de gelatina con una canica dentro. Si sacamos la canica y la gelatina es lo suficientemente firme, quedará el hueco en su interior. La experiencia nos muestra que esto no ocurre con el agua (¿realmente estoy explicando esto?): cuando sacamos la cucharilla del café, no se queda un hueco. Sin embargo, la homeopatía se basa en defender que esto sí sucede en el agua a escala microscópica molecular cuando se aplica el procedimiento de potentización.

Cuando existen esos agujeros en un medio parecido a la gelatina, esos huecos son capaces de acomodar y retener las moléculas que los han formado. En esta idea se basa la técnica mencionada, que utiliza matrices de gel moldeadas con moléculas concretas que luego se extraen para dejar huecos capaces de atrapar esas moléculas. Del mismo modo, si un preparado homeopático tuviera esos agujeros que ha dejado el compuesto original, debería mostrar afinidad por ese compuesto.

Funcionamiento de los polímeros con impronta molecular. La molécula molde (template) deja un hueco en la matriz de polímero que se emplea después para atrapar las moléculas similares. Imagen de Satanaka / Wikipedia.

Funcionamiento de los polímeros con impronta molecular. La molécula molde (template) deja un hueco en la matriz de polímero que se emplea después para atrapar las moléculas similares. Imagen de Satanaka / Wikipedia.

Científicos de la Universidad de Gdansk dirigidos por Roman Kalizsan han probado esta hipótesis utilizando un preparado homeopático, Aconitum CH30, en comparación con un placebo. No se trata de un estudio en toda regla, sino solo de una comunicación corta basada en un pequeño experimento preliminar que debería repetirse, contrastarse y probarse con otros ejemplos; pero es dudoso que ni ellos ni nadie vaya a afrontar una investigación más extensa cuando el resultado confirma lo que cualquiera, exceptuando los defensores de la homeopatía, esperaría: no hay diferencias entre el Aconitum CH30 y el placebo respecto a la afinidad por la aconitina, el compuesto utilizado para preparar el remedio. “Por tanto, es improbable que el remedio homeopático contenga improntas moleculares [huecos] de la aconitina”, concluyen los investigadores.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

En definitiva, a estas alturas del siglo XXI y a estas cotas del conocimiento humano ya está más que remachado que la homeopatía falla en la teoría y falla en la práctica. Pero por desgracia, mientras una poderosa industria continúe invirtiendo millones en alimentar el mito, y mientras tanto el mercado como los organismos reguladores continúen tragándoselo, no quedará otro remedio que seguir gastando en su refutación unos preciosos recursos que podrían destinarse a otros fines científicos más provechosos.

Por qué es imposible que la homeopatía cure nada

Ahora que el gobierno se dispone a bajarle los impuestos a la industria homeopática y, de paso, perdonarle la deuda, conviene redoblar los esfuerzos para intentar que nuestro país no se convierta en un paraíso de esta falsa medicina. No, aún no lo es: según datos de los propios homeópatas, por fortuna España todavía se mantiene en un discreto décimo puesto de 22 países de la UE en ventas per cápita de estos falsos remedios.

Pero si la nueva normativa abre la venta de homeopatía en las farmacias con todas las de la ley, como medicamentos y no como caramelos, raro sería que este país no contribuyera con un buen empujón a ese salto al hiperespacio que la facturación de este millonario y lucrativo sector va a dar en los próximos años, según un estudio de mercado.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Así que a los espacios científicos en los medios y en las redes, como este blog, nos toca continuar explicando. Pero ¿explicando qué? Tal vez a menudo nos centramos demasiado en un aspecto que ya puede dar poco más de sí, y es el hecho de que la homeopatía no cura. Son ya miles los ensayos que a lo largo de la historia médica han evaluado los efectos clínicos de estos preparados, y como he contado aquí hace unos días, no existe ni un solo estudio independiente, riguroso, metodológicamente intachable y estadísticamente sólido que haya podido demostrar ningún beneficio médico de la homeopatía.

Tan evidente es ya lo evidente que en 2005 la revista The Lancet, una de las dos o tres biblias por fascículos de la medicina actual, publicó una especie de basta ya: “El fin de la homeopatía”, titulaba un editorial que recomendaba poner fin ya a esta agónica búsqueda de lo inexistente, y que instaba a los médicos a “ser valientes y honestos con sus pacientes con respecto a la ausencia de beneficios de la homeopatía”.

Pero no. Trece años después, no parece que el grito de The Lancet se haya escuchado. Buena prueba de ello es el nuevo paso legislativo en España, que sigue el dictado de la Unión Europea y que sigue dándole burro a la noria con aquello de incluir en los envases solo las indicaciones terapéuticas demostradas. Es cierto que algunos analistas de la medicina basada en ciencia, como la médica Harriet Hall, han defendido que el terreno donde la homeopatía debe retratarse es el de los ensayos clínicos in vivo. Pero también es cierto que ya lo ha hecho sobradamente, y que el resultado sigue sin lograr la erradicación de las creencias en esta falsa medicina, ni la adaptación de las normativas legales en consecuencia.

Esto último siempre va a depender de los responsables públicos. Es cierto que la normativa española sigue el mandato europeo. Pero con o sin esto, y por encima de la capa de asesores profesionales a quienes sí se les supone una formación científica, es difícil convencer ya no de si la homeopatía funciona o no, sino de por qué jamás funcionará, a quien manda sobre todos ellos: una persona que si acaso podría asesorarte para comprar un piso, pero que no tiene la menor cualificación para desempeñar el puesto que desempeña (algo que sí se exige al ciudadano común).

Por este razonamiento, creo que es necesario seguir explicando los fundamentos de la homeopatía, dado que en ellos está la clave. Las encuestas más específicas, como la de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECyT), muestran si los ciudadanos creen o no en la eficacia de la homeopatía. Pero tal vez por el carácter cerrado de las preguntas (sí/no, mucho/poco…), no nos enseñan un dato: ¿qué creen los creyentes en la homeopatía que es la homeopatía? ¿Cómo la definirían?

En mi sola experiencia personal, cuando hago esta pregunta a los creyentes de mi entorno, descubro que muchos de ellos en realidad no tienen la menor idea de qué es la homeopatía. Como máximo, tienden a describirla como una medicina natural basada en hierbas y extractos de plantas. Es decir, confunden la homeopatía con la medicina herbal, dos prácticas absolutamente dispares. Y entonces me invade la sospecha de que la homeopatía está ejerciendo como okupa conceptual de una casa que no es la suya, la de la moda natural. Así, cuando explico a los mal informados todo aquello de que lo similar cura lo similar, las diluciones límite, la agitación y la potentización, a menudo se me quedan estupefactos.

No es que tenga el convencimiento de que la explicación de los fundamentos vaya a apear a muchos de lo que previamente han decidido creer. Pero es concebible que los humanos del Neolítico tal vez pudieran tirar piedras hacia arriba una y otra vez esperando que alguna de ellas se quedara sujeta en el aire. Hasta que viene Newton y explica la gravitación universal, y entonces ya no tiene sentido seguir tirando piedras al aire.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Lo esencial en el caso de la homeopatía es que no funciona porque es imposible que funcione. Porque sus fundamentos teóricos son una fantasía inventada por una persona concreta sin un mecanismo físico real que los justifique, tanto como si a cualquiera de nosotros nos da una buena mañana por pensar: oye, ¿y si para curar las enfermedades recojo un poco de agua de estalactita de cueva y la paso durante 27 segundos por el lomo de un ñandú mientras recito un poema de Gloria Fuertes? Es como la danza de la lluvia. Es como decir “Candyman” cinco veces frente al espejo. Por mucho que la sostenga el lobby de una poderosa industria, la homeopatía no deja de ser sencillamente un disparate.

Esta cuestión de los fundamentos de la homeopatía tiene su recorrido histórico, que se pone interesante en 1988, cuando el francés Jacques Benveniste, hasta entonces un inmunólogo reputado, consiguió colar un estudio nada menos que en la revista Nature mostrando lo que entonces comenzó a llamarse la “memoria del agua”: que un compuesto capaz de provocar un determinado efecto sobre las células in vitro continúa ejerciendo el mismo efecto cuando se diluye hasta que desaparece del todo, mediando ciertos pasos de agitación similares a los de la homeopatía. Es decir, que el agua recordaba la presencia de aquel compuesto incluso cuando ya no estaba presente.

La explicación que Benveniste proponía para sus resultados era que el agua actuaba como molde para el compuesto, y que una vez retirado este, el líquido guardaba el hueco con su forma, la cual era capaz de reproducir los efectos de la molécula original sin la presencia de esta. El propio investigador lo describió de esta delirante manera: “es como agitar la llave del coche en un río, andar varios kilómetros río abajo, sacar unas pocas gotas de agua, y entonces utilizar el agua para arrancar el coche”.

Resultados de Benveniste. Según la teoría homeopática, la curva debería ascender de izquierda a derecha. En su lugar sube y baja, lo que no apoya los principios de la homeopatía. Imagen de Davenas et al., Nature 1988.

Resultados de Benveniste. Según la teoría homeopática, la curva debería ascender de izquierda a derecha. En su lugar sube y baja, lo que no apoya los principios de la homeopatía. Imagen de Davenas et al., Nature 1988.

Naturalmente, aquel hito sirvió a los defensores de la homeopatía para desempolvar los bombos y los platillos y cantar al mundo que su práctica funcionaba, con las bendiciones de la ciencia. Y hoy continúan haciéndolo, pero ignorando un par de detalles. Primero, que en realidad el estudio de Benveniste no demostraba la teoría homeopática. En farmacología hay un principio básico: a más compuesto, más efecto. La homeopatía defiende lo contrario: a menos compuesto, o cuanto más lejos está la dilución del compuesto de contener una sola molécula de él, más efecto. En el estudio de Benveniste no aparecía ninguna de estas dos correlaciones, sino un patrón en forma de montaña rusa, con picos que subían y bajaban sin razón aparente a lo largo de la escala de diluciones.

En biología experimental, cuando uno obtiene un resultado de este tipo, eso suele tener un nombre: artefacto. Es decir, que el efecto observado en realidad no es consecuencia de la condición experimental que estamos ensayando, sino una interferencia de otro factor desconocido que se nos está colando sin permiso y que deberemos tratar de identificar; y en caso de no poder hacerlo, la opción más sensata es tirar los resultados a la papelera.

Pero con una salvedad. En raras ocasiones, un artefacto puede ser el origen de un gran descubrimiento. Así fue como Alexander Fleming descubrió la penicilina: en lugar de tirar sus placas de cultivo de bacterias en las que habían crecido hongos, decidió investigar por qué aparentemente aquel invasor parecía impedir el crecimiento de los estafilococos. La respuesta fue el primer antibiótico. A veces un experimento nuevo, o uno viejo con métodos nuevos, o una serendipia, pueden dar lugar a una revolución científica. Cuando en el siglo XIX el inglés Thomas Young hizo pasar la luz por unas simples rendijas, inició sin saberlo lo que un siglo después sería una nueva física, la cuántica. Si las nuevas observaciones no encajan en la teoría actual, hay que desechar la teoría actual y crear una nueva que explique lo que la naturaleza nos está diciendo a gritos.

Pero eso sí, la naturaleza solo dice algo a gritos cuando se trata de algo real; cuando los resultados aparecen una y otra vez de forma consistente en los mismos experimentos repetidos por otros científicos. Y el segundo detalle que ignoran quienes hoy enarbolan el estudio de Benveniste como prueba de la validez de la homeopatía es que en este caso no fue así. A los homeópatas del siglo XXI les complace sacar a relucir aquel trabajo, pero olvidan contar todo lo que sucedió después.

La publicación del trabajo de Benveniste fue una extraña decisión del entonces director de Nature, un personaje excéntrico y controvertido llamado John Maddox, un físico que negaba el Big Bang y que en 1983, en pleno auge del sida, escribió un editorial al respecto en el que hablaba de esta “quizás inexistente condición”, espetando a sus lectores: “la patética promiscuidad de los hombres homosexuales es la amenaza más obvia a la salud pública, pero probablemente no es más seria ahora que antes de que la homosexualidad dejara de ser ilegal”, para añadir que la tentación de describir el sida como la enfermedad de una “civilización decadente” era “casi irresistible”.

Maddox fue quien en buena parte transformó Nature, hasta entonces un boletín científico apolillado y casi victoriano, en un medio de comunicación, manteniendo un alto estándar de ciencia pero dándole un contenido y un aspecto más coloridos, periodísticos y populares. Cuando Maddox leyó el estudio de Benveniste, decidió pasar por alto lo farragoso e inconcluyente de sus resultados, y se aferró a su solidez metodológica para aprobarlo, pensando que aquello sería un gancho para la revista. Publicó el estudio acompañado de una advertencia y a continuación montó una operación destinada a instalarse él mismo, junto con dos investigadores escépticos, en el laboratorio de Benveniste con el fin de repetir los experimentos en condiciones más controladas.

Y funcionó: la operación atrajo una sabrosa publicidad para Nature, y la memoria del agua se convirtió en la polémica científica de la época. Pero después de aquel y otros varios intentos de replicación, la conclusión fue que los resultados de Benveniste no eran un fraude deliberado, incluso a pesar de que un par de sus colaboradores estaban financiados por la multinacional homeopática Boiron, sino que probablemente se trataba de un sesgo aplicado por los propios experimentadores sobre un efecto producto de un artefacto; los efectos iban y venían sin razón aparente ni correspondencia real con ninguna condición experimental controlada. Hoy el estudio de Benveniste se considera universalmente desacreditado.

¿La memoria del agua? Imagen de pxhere.

¿La memoria del agua? Imagen de pxhere.

Sin embargo, el investigador jamás se retractó. Al contrario, continuó trabajando en la misma línea, convencido de que su efecto era real. Pero posteriormente ascendió a cotas más altas de surrealismo: dijo haber descubierto que las moléculas emitían una radiación electromagnética (básicamente, ondas de radio), la cual les servía para comunicarse con aquellas otras a las que se unían. Y que esta radio molecular podía registrarse con un equipo de sonido, guardarse en un ordenador, transmitirse por teléfono o internet y a continuación aplicársela al agua normal para convertirla en agua homeopática con las mismas propiedades de la original.

Curiosamente, esta última parte suelen callársela los practicantes y fabricantes de homeopatía, por lo demás grandes admiradores del trabajo de Benveniste. ¿Por qué será? Si existe un método do-it-yourself que le permite a uno fabricarse sus propios remedios caseros poniendo un garrafón de agua del grifo a escuchar Onda Homeopatía, ¿qué necesidad hay de comprar esos botecitos tan caros?

Pero la historia de la memoria del agua y de la radio homeopática no acaba aquí, sino que aún se vuelve más esperpéntica en años posteriores. Mañana seguiremos contándolo, junto con una guinda final, un pequeño experimento reciente que por primera vez ha demostrado lo evidente: que por si quedaba alguna duda, la idea de que el agua guarda el hueco de las cosas es simplemente falsa.

El delirio de la homeopatía: el caso de la saliva de perro rabioso (II)

A finales del siglo XVIII las enfermedades humanas eran aún en gran parte un misterio. No se conocían los microbios patógenos, ni mucho menos los procesos celulares y moleculares del organismo. Los médicos actuaban más por intuición o por experiencia común que por conocimiento científico, y en muchos casos los remedios eran peores que la enfermedad; por ejemplo la sangría, por entonces muy popular y que en la mayoría de los casos era perjudicial para el paciente.

En aquel contexto, muchos médicos desarrollaron teorías más o menos intuitivas y fantasiosas sobre el origen de la enfermedad y sus posibles formas de curación, que pusieron a prueba con los rudimentarios métodos de la época. Uno de ellos fue el alemán Samuel Hahnemann, quien traduciendo un tratado médico se encontró con la proclama de que la corteza de un árbol servía para tratar la malaria.

Samuel Hahnemann en 1841. Imagen de Wikipedia.

Samuel Hahnemann en 1841. Imagen de Wikipedia.

Intrigado, Hahnemann probó aquel presunto remedio y al parecer sintió ciertos síntomas parecidos a los de la malaria. Ello le llevó a inspirarse en el trabajo previo de otro médico austríaco para promover una hipótesis: lo similar cura lo similar; es decir, la enfermedad viene provocada por sustancias que también tienen la capacidad de curarla, siempre que la dosis sea ínfima para evitar su toxicidad.

La idea no tenía ningún fundamento científico. Pero en el batiburrillo de teorías locas de su época, cuando la medicina corría como pollo sin cabeza, era una más. El propio Hahnemann propondría alguna otra hipótesis absurda, como que muchas enfermedades venían causadas por el café. Pero fue en 1796 cuando publicó su método, consistente en diluir las sustancias una vez tras otra hasta que típicamente no quedaba ninguna molécula en la disolución.

Entre las diluciones era necesario agitar el recipiente de una manera determinada para conseguir lo que llamaba “potentizar” el líquido, o que de alguna manera sus propiedades beneficiosas pasaran a la solución aunque la sustancia en sí ya no estuviera presente. El resultado era un preparado capaz de actuar contra las “miasmas“, un tipo de ente indefinido que para Hahnemann era el causante de la enfermedad. Había nacido la homeopatía.

Aunque por entonces la medicina era una incubadora de teorías descabelladas y tiros al aire, tampoco quisiera dejar aquí la impresión de que en su día la teoría homeopática era plausible o que fue aplaudida. La medicina era primitiva, pero por entonces ya era mucho lo que se conocía sobre la física de la naturaleza, y aquello de las miasmas, la dilución y la potentización sonaba para numerosos científicos más a alquimia medieval que a la química de la época. John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificaría la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”.

Pero luego llegaron los siglos XIX y XX, y con ellos, la ciencia médica moderna. Se descubrió que la corteza del árbol que había tomado Hahnemann contenía quinina, un compuesto que mataba el parásito causante de la malaria. Que muchas enfermedades estaban causadas por microbios, no por miasmas. Que otras enfermedades estaban causadas por los genes, por agresiones ambientales, por mutaciones u otras causas bien definidas. Que no existe ningún fantasma de los fármacos pasados que quede presente en el agua cuando se le ha retirado hasta la última molécula de dicho fármaco, por mucho que se agite. Que el agua es solo agua. Y que el método y la teoría de Hahnemann podrían enseñarse hoy en la asignatura de pociones del colegio Hogwarts de Harry Potter, pero que no se corresponden con ningún principio o fundamento físico conocido en la naturaleza.

Pese a todo, para entonces la homeopatía se había convertido en una industria floreciente y enormemente rentable, ya que resulta muy barato producir los preparados: cualquier nuevo fármaco lleva detrás muchos años de investigación y de ensayos preclínicos y clínicos, mientras que a la homeopatía le basta con su propia tradición, ya amortizada sobradamente. Es lógico que quienes explotaban este negocio no estuvieran dispuestos a renunciar a él, pero reducirlo todo a un fraude inspirado por el ánimo de lucro sería demagógico. Es probable que algunos practicantes de homeopatía observaran beneficios individuales, y que incluso algún estudio los recogiera.

Sin embargo, el progreso de la medicina no solo consiste en tecnología, sino también en metodología. Con el tiempo los estándares para los ensayos clínicos se fueron volviendo más rigurosos y científicos, y nacieron los metaanálisis o metaestudios. Un efecto puede ser evidente, como el de un antibiótico contra las bacterias. Pero cuando se trata de posibles efectos más sutiles y pequeños, como saber si las propiedades anticoagulantes de la aspirina pueden prevenir la enfermedad cardiovascular a largo plazo, no basta con un estudio, tres o diez. Son necesarios muchos estudios amplios para poder agregar sus datos y extraer conclusiones estadísticas que aclaren si hay un efecto real, por pequeño que sea, o nada de nada.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Es aquí donde los metaestudios han mostrado una y otra vez que la homeopatía no produce ningún efecto distinto al placebo o que no pueda explicarse por otros motivos, como la remisión espontánea en dolencias que se curan solas (por ejemplo, en un catarro, una gripe o un dolor muscular). Hay material más que de sobra que apoya la misma conclusión; puede encontrarse un buen resumen (en inglés) aquí. Merece la pena destacar un metaestudio del gobierno australiano sobre 1.800 estudios, o una metarrevisión (revisión de revisiones de estudios, una vuelta de tuerca más) de 2002 que concluía: “no hay un remedio homeopático para el que se hayan demostrado efectos clínicos que sean convincentemente diferentes del placebo”.

Y continúan llegando. Por curiosidad, hoy mismo he consultado en Cochrane, una revista online/base de datos que es como la regla de oro de los metaestudios, y me he encontrado el último de ellos publicado el día 9 de este mes. La conclusión: “los productos medicinales homeopáticos no muestran ningún beneficio en comparación con el placebo para la recurrencia o las tasas de curación de las infecciones agudas respiratorias en los niños”.

Y así. Para aquella razón a la que se refería Forbes debería ser innecesario explicar nada más sobre por qué la teoría de la homeopatía es un disparate, y que además en la práctica no funciona. Pero a pesar de todo, la popularidad de la homeopatía no ha disminuido; más bien al contrario, continúa en auge, y según conté ayer, un estudio de mercado pronostica que entre 2015 y 2024 la facturación de esta millonaria industria, con mucho poder en países como Francia (sede de la multinacional Boiron), va a multiplicarse casi por cinco.

Pero ¿qué alegan los defensores de la homeopatía? Ayer conté el caso de Anke Zimmermann, la médica naturópata que administró a un niño un preparado homeopático basado en saliva de perro rabioso, encendiendo una gran controversia en Canadá y EEUU. Zimmermann, que como también conté cobra cifras astronómicas por sus servicios, cita en su favor una larga lista de estudios, la gran mayoría de ellos –aunque no todos– publicados en revistas dedicadas a la homeopatía o medicinas alternativas, lo que desfigura la neutralidad de la revisión por pares (aunque entiendo que quizá esto no sea tan obvio para los no familiarizados con el proceso de publicación científica).

Entre estas referencias se encuentran, salvo que se me haya escapado alguno, solo tres metaestudios para sendas aplicaciones concretas: la diarrea en niños, la alergia al polen y el íleo postoperatorio. Uno de ellos parece encontrar algún resultado positivo, pero concluye que “varias advertencias impiden adoptar un juicio definitivo”, además de detallar que la exclusión de los estudios metodológicamente flojos no cambiaba el resultado. Otro pequeño metaestudio dice que un preparado homeopático reduce en unas horas la duración de la diarrea infantil. Ambos metaestudios tienen valores de significación estadística (valor p) inferiores a los estándares actuales. El último de ellos sugiere que la homeopatía es comparable a los antihistamínicos, pero reconoce que “los resultados pueden estar sesgados”. De hecho, de los 11 estudios incluidos, cuatro no cumplen los estándares mínimos necesarios, por lo que los autores deberían haberlos desechado.

En resumen, detrás de la larga lista de Zimmermann, esto es todo lo que queda: tres metaestudios metodológicamente dudosos y estadísticamente flojos sobre tres aplicaciones concretas, frente a miles de estudios y cientos de metaestudios rigurosos que desmontan cualquier utilidad de la homeopatía para una multitud de aplicaciones. Históricamente, en ciencia han existido teorías falsas mucho más sustentadas. Pese a todo, Zimmermann nos califica de ignorantes a todos los que desacreditamos sus proclamas. Me apunto voluntariamente, reivindicando con orgullo mi derecho a ser llamado ignorante por Zimmermann.

La naturópata no solo se agarra al sesgo cognitivo a través de su engañosa lista de estudios, sino que también apela a la falacia ad populum; o sea, si mucha gente lo cree, es cierto: “cientos de miles de clínicos en todo el mundo [¿?] y unos 600 millones de personas están utilizando remedios homeopáticos”, escribe en su web. Pero no, no se trata de que otros 7.000 millones de personas no los utilicen, ya que esto sería caer en el mismo error argumental; se trata simplemente de que la Tierra tampoco era plana cuando toda la humanidad entera creía que sí lo era. El funcionamiento de la naturaleza no es una democracia.

Hay un aspecto de la argumentación de Zimmermann que me interesa destacar especialmente. La naturópata cree a pies juntillas en eso de la potentización, esa especie de fantasma que queda en el agua después de diluir un compuesto hasta que desaparece por completo. Zimmermann escribe: “en este momento no hay un mecanismo de acción sobre el que exista un acuerdo científico”. La frase, junto con la declaración de la naturópata a otro medio de que “no hay un consenso común”, parece transmitir la idea de que existe una especie de debate entre los científicos sobre diferentes posibles mecanismos de acción de la homeopatía.

Lo cierto es que se trata de otra falacia más: como he contado aquí, un rasgo típico de la pseudociencia es disfrazarse de ciencia para pasar por tal. En la ciencia actual no existen varios mecanismos, ni tan siquiera uno solo, que pueda sostener la potentización (en una próxima ocasión les contaré un experimento que ha desmontado incluso una hipótesis de por sí totalmente implausible). Hoy esto es terreno de la magia, no de la ciencia. Pese a todo, Zimmermann se permite añadir: “eso no significa que no pueda funcionar. No sabemos cómo funcionan muchas cosas, es parte de la diversión tratar de averiguarlo”.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero no todos los usuarios de la homeopatía parecen creer y ni siquiera conocer la potentización. En ocasiones, cuando explico esto a algún consumidor de estos preparados, frunce el ceño y dice haber oído que esto no es así, sino que existe algo de sustancia en el “remedio”; la teoría de la potentización parece ruborizar incluso a algunos de los consumidores de homeopatía. A estos quiero traerles otro entrecomillado de Zimmermann, para que no quede ninguna duda:

Después de repetir el proceso [de dilución] 12 veces, es básicamente imposible tener ni una sola de las moléculas originales en la solución, que en último término se emplea para medicar pastillas de lactosa o sacarosa [azúcar].

Por tanto, no hay ni una sola molécula de rabia en el remedio.

El remedio que he administrado consiste en unas pocas pastillas de lactosa medicadas.

En fin; más claro, agua, nunca mejor dicho.

Un último detalle para añadir al esperpento. Después del revuelo mediático contra Zimmermann, como expliqué, la naturópata retiró la explicación del caso del niño al que trató con Lyssinum, ese preparado con el fantasma del virus de la rabia. Pero lo más grotesco es que, al pie de su larga justificación/diatriba, Zimmermann ofrece un enlace a ¡otro caso anterior exactamente igual!

En septiembre de 2017 la naturópata publicó el caso de otra niña de cuatro años a la que trató con el mismo “remedio”. Y si el diagnóstico de Zimmermann para el niño fue que sus problemas de conducta se debían a la mordedura de un perro tiempo atrás, en el caso de la niña llegamos a un paroxismo surrealista: según la naturópata, la niña mostraba problemas de conducta porque ¡un perro mordió a su abuelo cuando tenía 20 años!

El delirio de la homeopatía: el caso de la saliva de perro rabioso (I)

Esta semana se publicaba en el diario The Washington Post un caso sobre homeopatía cuyas diversas facetas forman todas ellas una especie de poliedro perfecto de la aberración, un panorama que sobrepasaría el límite de lo descacharrante si no fuera por la enorme afrenta que supone jugar de este modo con la salud de las personas; sobre todo tratándose de las más indefensas, aquellas que no pueden decir: mamá, por favor, llévame a un médico titulado que practique medicina de cuyo funcionamiento e inocuidad existan pruebas científicas contrastadas, y cuyo practicante pueda explicar al menos alguna hipótesis sobre su mecanismo de acción.

Aunque la noticia ha circulado en los últimos días, su origen se sitúa hace algo más de dos meses. Fue en febrero cuando la canadiense Dra. Anke Zimmermann, médica naturópata (según ella misma firma), publicó una entrada más en el blog de su web.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Una aclaración, con un ejemplo. Durante mis primeros años de tesis, compartí poyata de laboratorio con una postdoctoral llamada Eva. En una ocasión recuerdo que Eva se me quejaba de este modo: “a mi hermana, que es médica pero no ha hecho un doctorado, todo el mundo la llama Dra. X; a mí, que soy bióloga pero soy doctora, me llaman señorita X”. En este país hemos podido comprobar últimamente cómo los títulos parecen un bufé libre en el que cada uno pone en su plato lo que le apetece. Pero más allá de adornar el nombre con algún prefijo o sufijo rimbombante, lo esencial en el fondo de esto es que, sobre todo cuando se trata de la salud, el paciente pueda saber en manos de qué tipo de profesional está poniéndose.

En Norteamérica hay una regulación estricta para los diferentes tipos de médicos. Quienes firman como MD, o Medical Doctor, son los que han estudiado una carrera de medicina (no un doctorado, que se denota como PhD o Doctor of Philosophy en todas las disciplinas), y pueden ejercer cualquier especialidad de medicina y cirugía de forma ilimitada. Lo mismo se aplica a quienes firman DO, Doctor of Osteopathic Medicine. No voy a entrar en los detalles, pero el médico osteopático en EEUU es radicalmente diferente del osteópata tal como aquí lo entendemos (este asunto es complejo; escribí un reportaje detallado aquí); allí tiene también una titulación en medicina y un acceso ilimitado a practicar la medicina y la cirugía en todo el país y en otros muchos.

No es el caso del ND o Naturopathic Doctor. En este caso se trata de una persona que ha estudiado una carrera específica de medicina naturópata, y que solo está autorizada a practicar la medicina de forma ilimitada en algunas provincias de Canadá y en 16 o 17 estados (según las fuentes) de los 50 totales de EEUU; en el resto solo pueden hacer una labor, digamos, parafarmacéutica. Todo esto no clarifica demasiado la situación para el sufrido paciente, y por ello hay multitud de webs en las que se explica la diferencia entre unas titulaciones y otras para que el usuario sepa a qué atenerse.

En el caso de Zimmermann, su currículum detalla que además de ND es licenciada en Psicología, profesora de yoga y que está formada en cosas como homeopatía, medicina tradicional china, acupuntura, quinesiología aplicada o varias “técnicas de sanación por energía”.

En resumen, el mensaje de todo ello es este: Zimmermann está perfectamente autorizada a presentarse como doctora, pero lo que no debería inferirse es que se trata de una médica (sin apellidos) que ha preferido favorecer la prescripción de medicina naturópata fruto de una experiencia comparativa o analítica con la medicina llamada por algunos convencional.

Pues bien, lo que Zimmermann publicó en su blog fue uno de los que define como “casos exitosos”. Lo resumo, pero quien quiera comprobar todos los detalles puede acudir al artículo original de Lindsey Bever en el Post. A su consulta acudió una madre con un niño de cuatro años que al parecer presentaba ciertos problemas de comportamiento: dormía mal y en el colegio se escondía debajo de las mesas, gruñendo a la gente.

Interrogando a la madre, Zimmermann supo que el niño había sido mordido por un perro en el pasado, y coligió que este y no otro era el origen de su problema. Así que le administró un preparado homeopático llamado Lyssinum o Hydrophobinum cuyo principio activo (nótese la cursiva) es la saliva de perro rabioso, y que está aprobado en Canadá. Según relataba Zimmermann, la curación fue instantánea: “al minuto o dos de darle el remedio, Jonah me sonrió abierta y hermosamente, como si de repente se hubieran encendido todas las luces”.

Otra aclaración. La rabia es una enfermedad vírica mortal si no se trata, transmitida por las secreciones corporales de los animales infectados (incluyendo la saliva) cuando entran en contacto con la sangre, las mucosas o los ojos. Es posiblemente lo más parecido que existe en el mundo real al virus zombi de películas como 28 días después. Obviamente aquel niño no padecía rabia, ya que de ser así habría muerto tiempo atrás.

Como no podía ser de otra manera, el caso levantó un enorme revuelo, e incluso una representante de la sanidad de la provincia canadiense de Columbia Británica, Bonnie Henry, expresó su preocupación por el diagnóstico de Zimmermann y por el hecho de que se administrara a un niño un producto basado en saliva de perro rabioso, cuya autorización Henry se comprometió a cuestionar ante las autoridades de Canadá. Por cierto que la postura de Henry es incluso demasiado benevolente: aunque aclara que “no existen pruebas que [ella] conozca de que el Lyssinum tenga ningún beneficio terapéutico”, también añade que “la homeopatía juega un papel complementario para la salud de algunas familias”, lo cual es una afirmación no sustentada científicamente en labios de una responsable de salud pública.

Pero como resultado de todo y de, según ella misma, los insultos y amenazas que recibió, Zimmermann decidió retirar el caso de su web y lo sustituyó por un largo escrito en el que trata de justificarse y carga a diestro y siniestro contra el “relato de ignorancia” de quienes la han criticado, incluyendo la Dra. Henry (que sí es médica sin apellidos), a la que se refiere como “Dra. Bonnie”, e introduciendo el clásico argumento de que la homeopatía es una maravilla, pero que la poderosa industria médico-farmacéutica conspira para destruirla porque quiere mantener drogada a la población para lucrarse con ello.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Casi voy a comenzar por esto último, porque no requiere una introducción. Dado que probablemente Zimmermann conoce bien la industria homeopática, ¿acaso pretende convencer a sus pacientes y lectores de que estos productos los prepara una abuelita hippy en su jardín, y de que no los fabrican potentes multinacionales como la francesa Boiron, presente en 50 países y que factura más de 600 millones de euros al año? ¿Que los preparados homeopáticos se despachan gratis, y que por tanto no sostienen una industria de 3.800 millones de dólares (dato de 2015) a la que se le pronostica una facturación de 17.400 millones de dólares en 2024? ¿Que las compañías homeopáticas no incentivan a los médicos tanto o más que las farmacéuticas? ¿Que los farmacéuticos minoristas no reciben iguales o mayores márgenes por la venta de homeopatía que por la de fármacos? ¿Que la propia Zimmermann recibe a sus pacientes gratis y prescribe sus tratamientos por caridad?

Respecto a esto último, la propia doctora publica sus tarifas en su web, y prepárense a darle a la palanca de la máquina registradora: un mínimo de 170 dólares (138 euros) por una consulta de una hora. Hagan la cuenta; ¿alguno de ustedes los gana? Pero sigue: 95 dólares por media hora de consulta, y 50 dólares por una consulta por email de 15 minutos (pago por anticipado). Y aún más: 485 dólares por un “programa de homeoprofilaxis” que incluye kit de “remedios” y folleto. Y lo mejor de todo: 1.300 dólares por un pack para el tratamiento del autismo durante un año. Que incluye las consultas, pero no los “remedios” ni los “suplementos”.

Por supuesto que Zimmermann tiene todo el derecho a ganarse la vida y establecer libremente sus tarifas, siempre que ejerza dentro de la normativa legal de su país y que haya alguien dispuesto a pagarlas; exactamente igual que los médicos de verdad y todos los involucrados en la industria farmacéutica o cualquier otra. Recurrir al argumento pueril de lo perversas que son las multinacionales de los otros y de lo codiciosos que son los practicantes de lo otro puede estar bien para una asamblea de facultad, pero no debería engañar a ninguna mente lo suficientemente adulta, formada e informada.

Hasta aquí por hoy. Mañana entraremos en el meollo de la homeopatía y la saliva de perro rabioso. Pero les anticipo el mensaje: por mucho que reunir en la misma frase a un niño necesitado de atención especializada y un líquido potencialmente letal resulte inconcebiblemente alarmante, en el fondo da lo mismo que se trate de saliva de perro rabioso, veneno de mamba negra o extracto de cerebro de vaca loca, porque en la homeopatía ese supuesto principio activo (de ahí la cursiva) no está presente de ninguna manera en el preparado final. La homeopatía es agua, o azúcar en el caso de pastillas, como reconoce la propia Zimmermann. Es placebo, algo que sin embargo no reconoce Zimmermann. Funciona hasta cierto punto en algunos casos, porque los placebos funcionan hasta cierto punto en algunos casos, como está ampliamente demostrado. No es medicina alternativa. No es medicina.

EEUU pone coto a la homeopatía obligándola a reconocer su inutilidad

Tengo la convicción de que la mayoría de quienes consumen homeopatía lo hacen por desconocimiento. Entiéndase: todos lo hacen por desconocimiento, ya que están consumiendo un simple placebo al que atribuyen propiedades curativas más allá del efecto placebo. Lo que quiero decir es que, intuyo, quienes realmente conocen y aclaman los absurdos principios de la homeopatía son una minoría; el resto creen estar consumiendo algo diferente de lo que realmente están tomando, y muchos de ellos se quedan de piedra cuando conocen la verdad.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Extraigo esta conclusión de la pequeña muestra de mi entorno. Si preguntan a algún consumidor de homeopatía que les explique en qué consisten esos productos y cuáles son sus ventajas, probablemente su respuesta se basará en estas dos ideas:

  • La homeopatía es una medicina tradicional, cuya eficacia viene avalada por miles de años de sabiduría popular colectiva.
  • La homeopatía es una medicina natural que emplea hierbas en lugar de productos químicos.

Cuando se quedan de piedra es cuando se les hace saber que ninguna de estas dos ideas se corresponde con la realidad:

  • La homeopatía NO es una medicina tradicional. La inventó un señor concreto con nombre y apellidos, el alemán Samuel Hahnemann, en un año concreto, 1796, cuando aún no se conocían las causas de muchas enfermedades ni se disponía de tratamiento para ellas.
  • La homeopatía NO es el uso de plantas medicinales. Beber una infusión de tila para calmar los nervios NO es homeopatía. Tomar vahos de menta para la congestión NO es homeopatía.

(Nota: la medicina, la de verdad, hunde sus raíces más profundas en el uso ancestral de productos naturales con fines terapéuticos. La farmacología moderna nace cuando la ciencia hace posible aislar los principios activos de estos remedios, identificarlos, recrearlos, sintetizarlos y mejorarlos. Medicamentos como la quinina o la aspirina no cayeron de otro planeta ni se inventaron en las probetas de un científico loco, sino que se descubrieron y se extrajeron de las plantas en primer lugar.)

¿Qué es entonces la homeopatía? Hahnemann creía que las enfermedades estaban causadas por unas entidades misteriosas llamadas miasmas, un término que todavía se empleaba en tiempos de mis abuelos. Las miasmas explicaban para Hahnemann el origen de enfermedades muy variadas cuyas causas concretas aún no se conocían, ya fuera sífilis, cáncer, cataratas o epilepsia. Para tratar estas diversas dolencias, Hahnemann formuló los dos alucinatorios principios fundacionales de la homeopatía:

  • Lo similar cura lo similar: una sustancia que provoca una enfermedad en personas sanas cura esa misma dolencia en los enfermos. Hahnemann llegó a esta disparatada conclusión cuando padeció fiebre tras comer la corteza de la quina, propuesta como remedio contra la malaria.
  • Dilución límite: dado que las dosis altas de las sustancias podían agravar los síntomas, decidió diluirlas sucesivamente en agua con la idea (contraria a la evidencia y al sentido común) de que, a menos dosis, más eficacia. La homeopatía utiliza diluciones tan elevadas de las sustancias de partida que matemáticamente no queda ni una sola molécula de ellas en el agua.

En resumen: los preparados homeopáticos líquidos son solo agua. Cuando se presentan en forma de pastillas, se añade azúcar para que tengan un sustrato sólido. La idea de que los productos homeopáticos son naturales tiene en el fondo una verdad irónica, ya que no hay nada más natural que el agua. Las sustancias de partida son preferentemente (no siempre) de origen natural, ya que en tiempos de Hahnemann no las había de otra clase. Poco importa, ya que en cualquier caso no están presentes en el preparado final que es simplemente agua milagrosa, pero más cara que la de Lourdes.

Todo lo cual, por cierto, me lleva a una reflexión. Algunas organizaciones escépticas han escenificado los llamados suicidios homeopáticos, ingestiones masivas de estos productos para demostrar que carecen de ningún principio activo. Pero si se me permite la ironía, tal vez debería hacerse lo contrario: si la homeopatía afirma que a menor dosis, mayor efecto, los suicidios deberían llevarse a cabo tomando los preparados aún mucho más diluidos de como vienen de fábrica, y en cantidades infinitésimas; idealmente, como en aquel Dry Martini de Buñuel, dejar que un rayo de sol atraviese el frasquito antes de impactar en la boca debería ser mortal de necesidad.

Algo que nunca he podido comprender es bajo qué justificación las farmacias venden estos productos. Algún amigo farmacéutico me ha confirmado que la (o al menos su) carrera de Farmacia no incluye ninguna enseñanza sobre homeopatía. Pero si algún farmacéutico licenciado tratara de excusarse en este vacío formativo para no descalificar la validez de esta seudociencia, el pretexto no sirve: la ciencia que sí aprendió durante su carrera es suficiente para certificar la absoluta inutilidad de los preparados homeopáticos.

Especialmente, esto me choca con la función que los farmacéuticos defienden para sí mismos como asesores expertos en materia terapéutica. Siempre que a alguien se le ocurre levantar la mano para preguntar por qué aquí las gasolineras y los supermercados no pueden despachar medicamentos sin receta, como ocurre por ejemplo en EEUU, los cuerpos y fuerzas del sector farmacia saltan de inmediato con la cantinela de la asesoría experta. ¿Asesoría experta, alguien que vende agua milagrosa?

Dicen algunas malas lenguas que el margen comercial de estos productos es superior al de los medicamentos, y que las grandes multinacionales de la homeopatía se ocupan de mimar a los farmacéuticos con atenciones –llamémoslas– extracurriculares. Ignoro si será cierto. Por mi parte, y dado que no es fácil encontrar farmacias que no dispensen homeopatía, al menos evito aquellas que la publicitan en sus rótulos, e invito a cualquier consumidor concienciado con el fraude comercial y sanitario a que haga lo mismo.

Por todo ello, la lucha contra el gran negocio fraudulento de la homeopatía está en la información al consumidor. Por mi parte, he conseguido que algún despistado con esa idea errónea de la “medicina tradicional natural” renuncie para siempre a la homeopatía. Es obvio que a los practicantes de esta seudociencia y a las compañías que fabrican sus productos no les interesa nada la divulgación de los fundamentos reales de sus negocios.

Y en cuestión de información, la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC) acaba de dar un paso ejemplar. En un nuevo dictamen, el organismo regulador estadounidense obligará a los productos homeopáticos a que justifiquen sus proclamas del mismo modo que los medicamentos. Estos están siempre sometidos a rigurosos ensayos que demuestran su eficacia; sin embargo, hasta ahora los preparados homeopáticos podían venderse en EEUU con todas las indicaciones que a su fabricante le apeteciera inventarse sin ninguna obligación de justificar su utilidad, bajo el amparo de una regulación de 1988 de la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA) que así lo permitía.

Esto se acabó: la FTC recuerda que sus estatutos prohíben la publicidad de falsas proclamas en la información comercial sobre productos y que por tanto deben aportarse justificaciones razonables. Sin embargo, el organismo reconoce que durante décadas se ha producido una dejación de estas exigencias que debe corregirse.

“La homeopatía, que data de finales del siglo XVIII, se basa en la idea de que los síntomas de enfermedad pueden tratarse con dosis diminutas de sustancias que producen síntomas similares cuando se suministran en dosis mayores a personas sanas”, dice la FTC. “Muchos productos homeopáticos se diluyen en tal grado que no contienen niveles detectables de la sustancia inicial. En general, las proclamas de los productos homeopáticos no se basan en métodos científicos modernos y no son aceptadas por los expertos médicos modernos, pero no obstante la homeopatía tiene muchos seguidores”.

La FTC no obligará a los productos homeopáticos a nada más ni nada menos que lo obligado para los medicamentos: justificar que funcionan; y si no pueden, confesarlo en sus envases y prospectos. “La promoción de un producto homeopático para una indicación que no esté fundamentada en pruebas científicas creíbles y competentes puede no ser un engaño si tal promoción comunica de forma efectiva a los consumidores que (1) no hay pruebas científicas de que el producto funcione y (2) las proclamas del producto se basan solo en teorías de homeopatía del siglo XVIII que no son aceptadas por la mayoría de los expertos médicos modernos”.

Resulta curioso que tenga que ser la FTC y no la FDA quien ponga coto a la homeopatía, pero se trata de un asunto siempre delicado, lleno de resquicios legales por los que esta seudociencia suele colarse aprovechando la completa inocuidad de sus productos y acogiéndose a las políticas que protegen la libertad de información comercial. La FTC precisa que su dictamen es compatible con la regulación de la FDA y con la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU, que garantiza la libertad de expresión. Esperemos que los efectos de esta nueva normativa se noten pronto, y que cunda el ejemplo en otros países.