Entradas etiquetadas como ‘diluciones’

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (II)

Continuando con lo que comencé a explicar ayer, existe una pequeñísima minoría de productos homeopáticos (uno de cada mil, según una estimación) cuyas diluciones son tan bajas que sí contienen principios activos, normalmente en una disolución de varios componentes. Es el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa; al menos, es un consuelo que aquel intruso en mi botiquín contuviera algo más que agua y alcohol.

En este jarabe no se emplean diluciones centesimales sino decimales (1:10), un sistema posterior a Hahnemann que suele designarse por las letras D o X. En concreto y según el prospecto, por cada 100 gramos u 87 mililitros el jarabe contiene Anisum D1 (1,5 g), Bryonia D3 (5 g), Drosera D3 (5 g), Eucalyptus D3 (5 g), Ipecacuanha D4 (5 g) y Antimonium sulfuratum aurantiacum D6 (5g).

Haciendo una conversión gruesa, 100 gramos contendrían unos 150 miligramos de Anisum, 5 miligramos de Bryonia, 5 miligramos de Drosera, 5 miligramos de Eucalyptus, medio miligramo de Ipecacuanha y 5 microgramos de Antimonium sulfuratum aurantiacum. Los cinco primeros son extractos de plantas, mientras que el último con nombre a lo Harry Potter (alquimia medieval, ignorando la nomenclatura de la química moderna) parece ser, según consigo encontrar por ahí, pentasulfuro de antimonio con restos de azufre (lo cual no suena muy sabroso; de hecho, el pentasulfuro de antimonio está clasificado como tóxico).

En resumen, podríamos abreviar la composición básica del jarabe como agua, alcohol y anís. Sin duda, habría encajado mejor en mi armario de los licores. Pero al menos y a diferencia de la gran mayoría de productos homeopáticos, es indudable que este sí contiene ingredientes. Y siendo así, ¿se supone que es eficaz contra la tos?

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Para empezar, no necesariamente. La web para EEUU de la mayor multinacional homeopática (no es la marca del jarabe, pero listan los mismos ingredientes con iguales indicaciones) aclara al pie de cada una de sus páginas: “Proclamas basadas en la práctica homeopática tradicional, no en pruebas médicas aceptadas. No evaluado por la FDA [Agencia de Fármacos y Alimentos]”.

Lo cierto es que los preparados homeopáticos no están obligados a demostrar su eficacia para venderse, por lo que anything goes. De hecho, el prospecto del jarabe se cubre las espaldas: “El uso de medicamentos homeopáticos puede temporalmente aumentar los síntomas existentes (agravación inicial)”. Imagino que tal vez ellos lo intentarían atribuir a un fenómeno llamado hormesis, que sin embargo no es aplicable a la homeopatía en general; traducido a la realidad, esto significa más bien: el preparado no necesariamente hace nada y por lo tanto puede parecer que la enfermedad empeora, pero la tos acabará curándose sola tarde o temprano, y si coincide con la toma del jarabe, pues eso que nos llevamos.

Sin embargo, este campo de los preparados homeopáticos con bajas diluciones suscita una interesante cuestión: ¿en qué se diferencian estos productos de la medicina herbal, es decir, de los preparados de plantas medicinales? Esto era precisamente lo que en 2013 se preguntaba un grupo de investigadores húngaros e irlandeses. “Remedios homeopáticos de baja potencia y medicina herbal alopática: ¿hay solapamiento?”, se titulaba su estudio.

Naturalmente, un homeópata sin duda sacaría de la chistera sus sucusiones y potentizaciones para justificar una diferencia abismal entre ambos. Pero dejando fuera los abracadabras y centrándonos en magnitudes reales que puedan medirse en un laboratorio, los autores del estudio demostraban que un preparado homeopático de tintura madre sin diluir y una medicina herbal, ambos basados en la misma planta –Vitex agnus-castus–, eran indistinguibles por completo. Es decir, que el preparado homeopático sin dilución o con baja dilución es sencillamente medicina herbal.

Claro que, si ambos son física y químicamente iguales, en cambio legalmente no lo son: “los productos homeopáticos que contengan agentes activos en dosis alopáticas deberían ser tratados de la misma manera que las medicinas alopáticas desde el punto de vista del aseguramiento de la calidad y la farmacovigilancia”, escribían los autores. Según el prospecto de mi jarabe, no se le conocen efectos adversos. Pero es que no se le obliga a que se le conozcan.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

Además del legal, la homeopatía obtiene un segundo beneficio de estos productos, y es el propagandístico. En el caso concreto de mi jarabe, no tengo la menor idea de si alivia la tos; no puede saberlo ni el propio fabricante, ya que solo parecen existir uno y dos pequeños ensayos clínicos con aspecto más o menos serio que han evaluado algunos de los componentes de este producto, pero en otras mezclas diferentes.

El médico alemán Edzard Ernst, exhomeópata e investigador, y hoy uno de los más activos divulgadores de los errores y peligros de esta pseudomedicina, contaba que años atrás dirigió un ensayo clínico sobre el efecto de un producto homeopático en las varices. El ensayo fue favorable, pero es que el preparado llevaba su principal ingrediente en dilución D1; ingrediente que ya había sido validado para el tratamiento de las varices incluso en Cochrane (una base de datos de metaensayos que se considera la regla de oro de la validación clínica).

Según Ernst, los homeópatas suelen cacarear estos ensayos de diluciones bajas como prueba de que la homeopatía funciona, y en realidad lo que está funcionando en estos casos no es otra cosa que una medicina herbal, con sucusiones y potentizaciones o sin ellas. De hecho, Ernst apuntaba astutamente que sus resultados aniquilaban el principio fundamental de la homeopatía: si la hierba en cuestión mejoraba las varices, sus diluciones homeopáticas deberían empeorarlas. Y no.

Un último aspecto que merece la pena comentar sobre el jarabe. Mucho me temía que un somero garbeo por algún foro online de maternidad y paternidad me iba a arrojar de bruces sobre más de un comentario recomendando este producto para los niños por ser natural. Y en efecto, no me ha costado ni medio minuto encontrar dichos comentarios.

Pues esto les va a sorprender. Los ingredientes adicionales del jarabe incluyen, según el prospecto, sacarosa, agua purificada, sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo, sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo y ácido clorhídrico diluido para neutralizar el pH, además del 3,2% de alcohol en volumen que ya mencioné ayer.

Pero ¿qué demonios son la sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo y la sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo? A estos dos compuestos se los conoce por otros nombres: E-215 y E-219, respectivamente. Y a ambos en conjunto se los conoce además por otro nombre: parabenos.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de "terapia natural". Imagen de pxhere.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de “terapia natural”. Imagen de pxhere.

Los parabenos son conservantes utilizados desde hace casi un siglo en infinidad de productos de consumo, desde alimentos hasta cosméticos. Los numerosos estudios sobre su seguridad no han podido atribuirles efectos nocivos en las dosis habituales empleadas, pero en 2004 una investigadora británica con más amor por la notoriedad que por el rigor científico pretendió convertirlos en causantes de cáncer (aquí conté la historia con detalle).

La propia investigadora tuvo que desdecirse después de sus afirmaciones, pero el daño ya estaba hecho, y a partir de entonces las marcas descubrieron que era rentable publicitar la retirada de los parabenos de sus productos. Es uno de esos casos en los que un ingrediente se convierte en maldito no porque sea nocivo, sino porque es impopular.

Pero volviendo al jarabe, con el dato de que este producto contiene parabenos no pretendo convencer a los quimiófobos de que dejen de consumir homeopatía apelando a su quimiofobia. Sería bastante incongruente; aunque es inevitable subrayar que quien consuma homeopatía porque es más natural está cayendo en una doble trampa, tomando algo que no solo no cura, sino que tampoco es necesariamente más natural. Como ejemplo a añadir, el pentasulfuro de antimonio que mencioné antes se obtiene en el laboratorio, por lo que es un ingrediente sintético.

Una de las líneas de la propaganda homeopática consiste en explotar la ola de quimiofobia irracional que nos invade, asegurando que sus productos son naturales porque solo contienen extractos animales, vegetales y minerales; pero bajo el epígrafe de minerales se incluyen productos de síntesis química. Al fin y al cabo, quién puede negar que su origen primario es mineral. Esta falacia de lo natural ha contribuido a convertir la homeopatía en un floreciente negocio multimillonario global.

En cambio, de lo que sí quisiera convencer a los quimiófobos, aunque sea con arco y flechas contra la tormenta, es de que piensen racionalmente en beneficio de su salud. Si se trata una tos con agua, alcohol y anís, en cualquier caso acabará curándose con el tiempo (siempre que se deba a algo como un simple resfriado). Para adultos sin problemas de alcoholismo, quizá hasta lo disfruten con un par de peces de hielo. Pero si la tos resulta ser signo de una infección más grave, confíen en lo único que podrá curarles: los antibióticos, sintéticos o no; la homeopatía y las hierbas, no. Cuando tengan una enfermedad de verdad, vayan a un médico de verdad.

Y puesto que este artículo, como todos en la misma línea, será inevitablemente acusado de haberse escrito al dictado de la Big Pharma, se me ocurría contarles un interesante caso al respecto. Pero dado que luego me acusan (en este caso sí, con mucha razón) de alargarme demasiado, mejor dejémoslo para otro día.

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (I)

Ayer conté aquí cómo encontré un jarabe homeopático en mi botiquín casero, todo un borrón en mi currículum que asumo con resignación y vergüenza. Pero ¿qué fue de aquel infortunado frasco, caído en manos de alguien que conocía lo que ocultaba (o lo que no) detrás de su vidrio oscuro? Como es lógico, inmediatamente dispuse del contenido de forma adecuada; era demasiado temprano para una copa (3,2 grados de alcohol, casi como una cerveza).

Pero conservé el prospecto. Porque observé en él algo muy interesante que hoy me da pie a explicar esto: la única homeopatía que podría tener algún efecto es aquella que se vende como tal pero que realmente no lo es, y que en casos como este tampoco es otra cosa que muchos de los consumidores de estos preparados esperan que sea. Parece uno de aquellos famosos trabalenguas de Rajoy, pero déjenme que se lo explique.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Para ello debo comenzar resumiendo qué es la homeopatía, esa gran incomprendida: no es una ciencia milenaria como afirmaba la docta Ana Rosa Quintana, sino solo una pseudociencia centenaria. Fue inventada en 1796 por el médico alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de una observación errónea concibió la ficción de que una sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en dosis normales los curaba si se administraba en cantidades ínfimas, algo que desde la antigüedad otros ya habían propuesto sin éxito (porque no es cierto).

Como en aquellos martinis de Buñuel, en los que todo el vermú necesario era el de un rayo de sol al atravesar la botella de Noilly Prat e incidir en la copa, Hahnemann definió un método de diluciones progresivas que iban reduciendo el principio activo. Entre las diluciones, el preparado debía agitarse según un arcano ritual contra un libro con tapas de cuero con el fin de extraer de la sustancia sus presuntas propiedades. Con estas llamadas sucusiones el preparado se va potentizando, de modo que cuanto menos contiene del ingrediente activo, más potente es.

En tiempos de Hahnemann aún no se conocían las causas de muchas enfermedades; los tratamientos nacían de la experiencia o la intuición y a menudo hacían más daño que bien. El átomo era un misterio, y Hahnemann creía que una sustancia podía dividirse hasta límites casi inconcebibles. Por otra parte, defendía la existencia de factores esotéricos en las enfermedades, y la idea de que las propiedades de las sustancias podían separarse de ellas (una especie de vitalismo, o podríamos llamarlo “espiritismo molecular”).

Pero incluso en el estado embrionario de la medicina de entonces, la homeopatía nació ya cosechando los abucheos de los científicos de la época, dado que no se basaba en nada conocido sobre cómo funciona la naturaleza, ni se tenía noticia de ningún fenómeno que necesitara algo como la homeopatía para explicarse. Es decir, que la homeopatía no tenía ningún argumento ya no solo para ser aceptada, sino ni siquiera para ser refutada.

Pese a todo, el simple avance del conocimiento fue derribando una tras otra las premisas de la homeopatía. A comienzos del siglo XX esta práctica fue cayendo en sus momentos más bajos, hasta que el nazismo la resucitó dentro de su mitología esotérica. En las décadas posteriores comenzó a vivir una edad dorada que perdura hasta hoy, alimentada por la llamada cultura New Age y por la pseudociencia de la quimiofobia (la superstición de lo natural; pero más sobre esto mañana).

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Para su sistema de diluciones, Hahnemann definió la escala centesimal o C, de modo que C1 o 1C consistía en una dilución 1:100, o una parte de la sustancia original (llamada tintura madre) diluida 100 veces en agua o alcohol. Si a continuación se diluía de nuevo 100 veces esta solución, se obtenía una dilución C2 o 2C, y así sucesivamente. Por tanto, el factor de dilución de un preparado homeopático se calcula como 10^-2C, o 0,01^C. En general, Hahnemann recomendaba la dilución C30, equivalente a 10^-60, o 0,00000000000000000000000000000000000 0000000000000000000000001; o sea, una parte de la sustancia por cada 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. 000.000.000.000 partes de agua. En letras, un decillón, o millón de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones. Buf.

Sin embargo, Hahnemann utilizaba diluciones hasta C300. El Oscillococcinum, un preparado homeopático contra la gripe que hoy todavía es muy popular (cuesta creerlo, pero es así), consta de casquería de pato (hígado y corazón) a dilución C200; o sea, y les ahorro los ceros, una parte del supuesto principio original diluida en 10^400 partes de agua, un 1 seguido de 400 ceros, o diez mil… ¿cómo diablos se llama a esto? ¿Hexasesentillones?

Si ya están sospechando que lo anterior empieza a sonar descabellado, lo han adivinado. Después de Hahnemann, los científicos comenzaron a comprender cómo se relaciona la masa de una muestra de sustancia con la cantidad de materia (el número de átomos o moléculas) que contiene. Ambas magnitudes están relacionadas por el número de Avogadro, 6,022*10^23. Así se definió la unidad de sustancia, el mol: un mol de cualquier sustancia contiene siempre 6,022*10^23 átomos o moléculas. En el caso del agua, un mol pesa 18,02 gramos; un mol de sal común (cloruro sódico) pesa 58,44 gramos.

Estos hallazgos permitieron comprender la fantasía que las diluciones de Hahnemann representaban: partiendo de un mol de una sustancia, puede decirse que por encima de C12 ya no queda ni una sola molécula del principio original en el agua.

C30, agua. Imagen de pixabay.

C30, agua. Imagen de pixabay.

Para calibrar la magnitud del disparate, suele citarse que el universo contiene unos 10^80 átomos, por lo que una sola molécula en un vial del tamaño del universo correspondería a una dilución, por así decirlo, de C40; para que el frasquito de Oscillococcinum contuviera una sola molécula del pato, tendría que tener el tamaño de cien ¿trecincuentillones? de universos. En un preparado C30, para asegurar que un solo paciente deglutiera una sola molécula del principio original, deberían haberse administrado dos mil millones de dosis por segundo a toda la población mundial actual, unos seis mil millones de personas, durante casi toda la historia de la Tierra, cuatro mil millones de años.

Así que no teman por los patos: internet me cuenta que un hígado de pato pesa unos 80 gramos, y un corazón unos 20. Así que, si partimos de unos 100 gramos de casquería de un solo pato, ese material, bien administrado, bastaría para preparar un sesentillón (millón de millones de… así hasta 60 veces) de toneladas de Oscillococcinum.

En la práctica, y dado que el pato se usa fresco, el médico Stephen Barrett citaba un artículo de 1997 publicado en U.S. News & World Report según el cual se utilizaba un pato al año, del cual se obtenía una facturación anual en ventas de Oscillococcinum de 20 millones de dólares. Teniendo en cuenta el coste del otro ingrediente, el agua, se harán una idea del grado de motivación de los laboratorios homeopáticos.

Oscillococcinum, agua y azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Oscillococcinum en pastillas, azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Estos preparados que no contienen nada más que agua forman el grueso de los remedios homeopáticos a la venta. En el caso de los llamados glóbulos o pellets, se riza el rizo del esperpento: se trata de píldoras de azúcar (normalmente lactosa) que se impregnan con esa agua y después se dejan secar. Con lo que retienen… ¿qué? ¿Agua seca?

Hahnemann desconocía todos estos datos, ya que en su época la composición de la materia aún estaba por definir. Pero los fantasmas de las sustancias que él presentía en las diluciones se han sustituido en la homeopatía moderna por otras fantasías, como la de que el agua recuerda la sustancia que contuvo. Sin embargo y al parecer, el agua tiene una memoria muy selectiva: solo recuerda la sustancia que el homeópata quiere, ignorando otras muchas impurezas que, según detallaba el químico Mark Lorch, se encuentran en el agua purificada a una concentración equivalente a lo que los homeópatas llaman C4 (en tiempos de Hahnemann esto tampoco se sabía). De cualquier modo y según los experimentos, la memoria del agua es mucho más desastrosa que la de aquel pez de Disney: se le olvida absolutamente todo a las 50 milbillonésimas de segundo.

Toda esta explicación me conduce a un objetivo, y es que no todos los productos homeopáticos llevan diluciones tan altas; una pequeña minoría de ellos se basa en diluciones tan bajas que los preparados sí contienen físicamente los principios activos. Al parecer, existe un debate entre ciertos homeópatas de las escuelas vieja y nueva: algunos piensan que solo estos productos con ingredientes pueden ejercer algún efecto real, mientras que aquellos de la línea más pura opinan que no pueden ser efectivos por no estar suficientemente potentizados. Preguntarse de qué parte están la razón y el sentido común es la pregunta más sencilla de la historia de las preguntas sencillas.

Este último es justamente el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa. Mañana seguiremos contando qué implica la presencia de ingredientes activos en ciertos preparados homeopáticos. Pero antes, no resisto la tentación de dejarles con esta genial parodia del programa humorístico de la BBC That Mitchell and Webb Look.