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El Mundo del Revés de las pseudociencias

Vivimos días calentitos en lo que se refiere al Mundo del Revés de las pseudociencias. Por una parte, el gobierno ha lanzado hace unos días la primera entrega de su plan contra las pseudoterapias enumerando 73 de ellas sobre las que no existe ningún ensayo clínico serio; a lo cual homeópatas y acupuntores han reaccionado proclamando que, ergo, el gobierno reconoce que lo suyo son terapias, sin que aún quede claro qué parte de en-la-siguiente-fase-se-analizarán-aquellas-sobre-las-que-sí-hay-estudios-para-ver-qué-dicen es la que no han entendido.

Los otros sucedidos relacionados con el mismo asunto han sido más folclóricos, aunque uno de ellos tiene implicaciones preocupantes. Cuando el domingo el cantante Miguel Bosé aparecía encabezando las tendencias de Twitter, uno habría pensado que se trataría de algo puramente relacionado con las posturas políticas de uno de esos personajes que piensan que sus posturas políticas importan a todo el mundo, y cuyas posturas políticas de hecho parecen importar a todo el mundo. Pero en este caso se trataba de algo más, una salida del armario pseudocientífica: Bosé acusaba al gobierno de haberse vendido al lobby farmacéutico.

Que una persona defensora de las pseudoterapias y pseudociencias acuse a quienes luchan (luchamos) contra esta lacra de vivir y trabajar a sueldo de las farmacéuticas o de otros intereses ya no debería incitar sino al bostezo. Que una celebrity abrace las pseudoterapias y pseudociencias y las promocione públicamente ya no debería incitar sino al bostezo. Y sin embargo, como ya expliqué aquí, muchas personas están dispuestas a respirar a través del hueco entre los gajos de una clementina solo porque una celebrity les dice que eso es mano de santo. Así que debemos superar el bostezo, por mucho que cueste.

El segundo caso es más preocupante. Nada menos que una presentadora de informativos de RTVE, una persona a la que se le ha confiado la responsabilidad de servir como imagen de referencia del rigor periodístico, cree sinceramente que los Illuminati reptilianos, o quienes sean, fletan aviones para dispersar sobre la población estronciuro de conspiracionium o el virus T, o lo que sea, con el fin de exterminar selectivamente a quienes descubran sus malvados planes, o lo que sea.

A la espera de que alguien con autoridad en RTVE comprenda que una persona con semejantes planteamientos tiene todo el derecho del mundo a ganarse la vida incluso como periodista, incluso en RTVE, y que de hecho existen programas en los que semejantes planteamientos son un activo curricular, pero que a los informativos de RTVE no se les supone, estas salidas del armario no pueden ser a largo plazo sino beneficiosas. Las caretas, mejor quitadas que puestas.

En estos días estoy viendo la serie Stranger Things. Sí, ya sé que no voy a la última, qué le vamos a hacer. Y por lo tanto, no voy a descubrir nada nuevo en una tarea, la de crítico de televisión, que por otra parte tampoco es la mía. La serie es magnífica, con su blend de Spielberg y Stephen King y su ambientación ochentera. Para quienes crecimos en aquellos años, con escuchar a Joy Division o The Clash ya nos tienen, por no mencionar la astuta elección de una banda sonora original en la que mandan sintetizadores y secuenciadores, que fueron también sonidos de fondo de nuestras vidas de entonces.

Tanpoco descubro nada si cuento que las teorías de la conspiración y las pseudociencias son el fundamento y el alma de la serie. Originalmente sus creadores se inspiraron en el Proyecto Montauk, una ficción sobre presuntos experimentos secretos del gobierno de EEUU relativos a parapsicología, telequinesis, abducciones alienígenas o viajes en el tiempo.

Pero sí existen referencias perfectamente reales y documentadas que también han servido de material a la serie, como MKUltra y Stargate, proyectos secretos del gobierno de EEUU que experimentaron en el campo de la parapsicología, en ocasiones de forma brutal con civiles inocentes. Estos proyectos han servido también de inspiración para otras películas, como Los hombres que miraban fijamente a las cabras, El mensajero del miedo o la saga de Bourne.

La abundante documentación desclasificada de estos proyectos es, evidentemente, prueba de que existieron. Pero el problema es que MKUltra y Stargate son poco jugosos para los conspiranoicos, porque no encontraron absolutamente ningún indicio de superpoderes. Lo cual, si acaso, solo les servirá para defender que estos proyectos se desclasificaron –y otros no– precisamente porque estos no encontraron absolutamente ningún indicio de superpoderes –y otros sí–. La retórica de la conspiranoia es invulnerable.

Un fotograma de Stranger Things. Imagen de Netflix.

Un fotograma de Stranger Things. Imagen de Netflix.

Pero casos como el de Stranger Things son especialmente comentables en esta era de conspiranoia, fake news y pseudociencias. Dicen los psicólogos que entre los cuatro y los cinco años es cuando los niños aprenden a diferenciar la ficción de la realidad; así que, para cualquier persona mayor de esa edad, debería quedar claro que la ficción es solo ficción.

Esto nos permite disfrutar de cosas como Stranger Things pese a saber que ni el Demogorgon, ni los poderes de Once, ni el Dr. Brenner ni su proyecto son más reales que Chewbacca, Sauron o Voldemort. De hecho, el terror sobrenatural le puede parecer a uno mucho más disfrutable que el real –tipo psicópatas y slashers— sin necesidad de creer en fantasmas, siempre que uno tenga más de cinco años y por tanto sepa diferenciar la realidad de la ficción.

Ahora bien. ¿Es realmente así? Es decir, ¿estamos todos de acuerdo en que una persona adulta racional y razonable no va a ponerse un gorro de papel de plata –aunque algunos lo lleven por dentro, como la presentadora televisiva– por el hecho de que una obra de ficción le cuente historias de conspiraciones y paranormalidades? Es una pregunta interesante. Y precisamente hay un estudio reciente que trata de responderla. Mañana se lo cuento.

Esta es la conclusión de la ciencia sobre las flores de Bach (y sobre el efecto placebo)

Decíamos ayer que las flores de Bach vienen a ser la ocurrencia de alguien que se levantó una buena mañana deseando que el universo se comportara según sus deseos. Como quien se levanta antes del amanecer, sale a la calle y se sienta frente a una farola deseando muy fuerte que se apague.

Lo cierto es que finalmente la farola termina apagándose. Pero no porque uno lo desee muy fuerte (correlación no significa causalidad). Del mismo modo, aparentemente hay quienes prescriben las flores de Bach acogiéndose a ese famoso motivo: “a mí me funciona”. Pero no, no funciona; la farola se apaga porque está programada para ello.

Tomemos, por ejemplo, un artículo publicado en 2014 en la Revista de Enfermería, editada en Barcelona. El trabajo describe el tratamiento de un herpes zóster en un hombre de 78 años. Las dos autoras le administraron un tratamiento con flores de Bach, observando que “las lesiones se curan en un período relativamente corto de tiempo y se mejora la ansiedad que presentaba el paciente ante su estado de salud, todo ello con una gran implicación de este y su familia en el proceso de curación”. Alguien podría leer el artículo y defender que las flores de Bach funcionan porque lo dice un “estudio científico”.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Salvo que no es un estudio científico: un solo paciente, sin grupo de estudio, sin aleatorización, sin doble ciego, sin controles, sin placebos, sin análisis estadístico. Quien esgrimiera este caso como “estudio científico” solo estaría demostrando no saber qué es un estudio científico (y esto es habitual en el ámbito de las pseudociencias). En realidad el artículo no demuestra que las flores funcionen, ni que no funcionen; no demuestra absolutamente nada. Es solo una anécdota (técnicamente, un case report); un amimefuncionismo.

Mientras no haya demostración en contra, probablemente el efecto placebo y la regresión a la media –la mejora espontánea después de un pico en los síntomas, que es cuando se suele acudir al médico y suelen administrarse los tratamientos– expliquen perfectamente tanto la sensación subjetiva del paciente como la evolución de la enfermedad, sin necesidad de recurrir a la magia.

Y hay algo que quizá les sorprenda. Las autoras hablaban de la “gran implicación del paciente”. O mucho me equivoco, o puede entenderse que se refieren a la voluntad de curarse, de luchar mentalmente contra la enfermedad… Probablemente las autoras del artículo han creído necesario destacarlo porque creen que este es un factor decisivo en el proceso de curación. Es una idea bonita pensar que la voluntad obra milagros. Que uno se cura mejor si lo desea fuertemente. Pero como vamos a ver, la ciencia disponible no avala esta creencia.

Para obtener una valoración científica real de los posibles efectos de las flores de Bach o de cualquier otro tratamiento es necesario recurrir a ensayos clínicos controlados, que a su vez se reúnen en metaestudios, o revisiones sistemáticas de diversas pruebas rigurosas para extraer conclusiones estadísticamente válidas.

Y cuando esto se aplica a las flores de Bach, no hay sorpresas: en 2002, una revisión sistemática de todos los ensayos válidos realizados para diferentes trastornos concluía: “La hipótesis de que los remedios florales se asocian a efectos más allá de una respuesta placebo no está avalada por los datos de los ensayos clínicos rigurosos”. Otra revisión sistemática de 2009 evaluó sus efectos concretos para el dolor o problemas psicológicos como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. También en este caso la conclusión fue que “no hay pruebas de beneficio en comparación con una intervención placebo”.

Pero hay más: una tercera revisión en 2010 llegaba al mismo veredicto: “Todos los ensayos controlados con placebo fallaron en mostrar eficacia. Se concluye que los ensayos clínicos más fiables no muestran ninguna diferencia entre los remedios florales y los placebos”. También el mismo año, otra revisión más sobre los efectos de la homeopatía y de las flores de Bach resolvía que “el efecto placebo opera de forma significativa en ambos casos“.

En resumen, placebo, placebo y placebo. Parece suficientemente avalado como para aconsejar que no se gaste ni un céntimo más en seguir evaluando clínicamente el absurdo. Pero incluso siendo así, de cuando en cuando se escucha a ciertos profesionales de la salud que defienden la medicina con placebos, en esa creencia de que pueden mejorar el curso de la enfermedad siempre que uno desee lo suficiente curarse.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Sin embargo y por desgracia, nada de esto es cierto. Durante décadas se discutió si los placebos eran capaces de lograr mejoras reales, pero hoy parece sobradamente demostrado que solo ofrecen una sensación subjetiva de bienestar, sin ningún impacto real sobre la evolución de ninguna enfermedad. Lo cual desaconseja su uso en todos los casos: si la dolencia no va a remitir, porque puede distraer de las intervenciones realmente necesarias y eficaces (por ejemplo, muchos pacientes de cáncer sometidos a pseudoterapias abandonan sus tratamientos); y si va a remitir, precisamente por ello.

Pero es necesario añadir también que el placebo no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad, y precisamente las flores de Bach han servido para ilustrar este error; estos remedios se han revelado como un buen instrumento para estudiar el efecto placebo, ya que no existe el menor riesgo de interferencia por un efecto terapéutico real. Así, varios estudios (ver aquí, aquí, aquí y aquí) han analizado cómo se manifiesta el efecto placebo en unas personas y en otras en función de distintos factores psicológicos.

Los resultados indican que el efecto placebo de las flores de Bach se asocia en mayor medida con factores como la espiritualidad, que sitúan a ciertas personas en lo que podríamos llamar una onda más cercana a las ideas que inspiran este tipo de remedios; curiosamente, esta conexión importa más que la creencia concreta en esta pseudoterapia o las expectativas de curación.

Es decir, que las personas espirituales, incluso si desconocen previamente las flores de Bach y no tienen una opinión formada respecto a su posible poder curativo, pueden sentir con mayor probabilidad una mejoría subjetiva si se les explica el presunto tratamiento. Por el contrario, la espiritualidad no se asocia a un mayor efecto placebo en el caso de otras falsas terapias psicológicas diseñadas deliberadamente como simulaciones.

En conclusión, tampoco se justifica el uso de estas pseudoterapias en las personas que creen en ellas por el hecho de que vayan a ayudarlas en su lucha mental contra la enfermedad. El placebo no cura, y la fuerza de voluntad tampoco. Curan los fármacos. Incluso a quienes no creen en ellos.

Pero hay enfermedades contra las cuales los fármacos aún no pueden hacer gran cosa. Las personas que nos han abandonado por una enfermedad mortal no tienen la culpa de habernos abandonado porque no desearan lo suficiente quedarse con nosotros, o porque no tuvieran una “gran implicación en el proceso de curación”. A ver si lo entendemos de una vez: la culpa de morirse no es del paciente. Es de la enfermedad.

Las flores de Bach, homeopatía elevada al surrealismo

¿Alguien puede explicar por qué cuando se trata de algo irrelevante, como los teléfonos móviles, todo el mundo parece querer la última tecnología del momento; y, sin embargo, para algo tan trascendental como la salud muchos prefieren tecnología milenaria, de los tiempos en que no se sabía nada de nada?

Esto sí es un fenómeno paranormal, y no lo de Uri Geller. Porque los remedios milenarios no son una muestra de sabiduría ancestral, sino de superstición ancestral; de lo perdido que andaba el ser humano cuando uno de cada tres niños moría antes de la adolescencia y la esperanza de vida al nacer no llegaba a los 40 años… y no había remedio que lo remediara.

La guinda del pastel es que a menudo el presunto milenarismo que popularmente se les atribuye es un mito: la homeopatía se creó en 1796, la osteopatía en 1874, la reflexología en 1913, el reiki en 1922, la acupuntura auricular en 1957… Incluso ciertos autores (leer, por ejemplo, aquí) cuestionan que la acupuntura actual tenga mucho que ver con lo que se practicaba en la antigua China, alegando que allí cayó casi en el olvido –llegó a ser prohibida como simple superstición– y fue posteriormente rehabilitada, pero en Occidente (el término se acuñó en Holanda en el siglo XVII). En todos estos casos, sus inventores habrían tenido la oportunidad de apoyarse en la ciencia de su época. Pero prefirieron ignorarla.

Lo cual nos lleva a otro ejemplo paradigmático, las flores de Bach. Ocuparme de este asunto me ha venido sugerido por mi colega Melisa Tuya, que en su blog En busca de una segunda oportunidad comentaba cómo esta pseudoterapia parece haber calado entre ciertos veterinarios. Algunos lo verán como una trivialización del cuidado sanitario de los animales de compañía: que ellos no puedan pedir ciencia sólida en sus tratamientos no es motivo para no dársela.

Pero ¿qué son las flores de Bach? Si uno introduce este término en el buscador de imágenes de Google, se encontrará de repente envuelto por la fragancia de hermosos bodegones de frasquitos vintage de vidrio oscuro, rodeados de coloridos ramilletes de flores silvestres; todo tan limpio, fresco, natural y aromático que casi le entran a uno ganas de probarlo. Vamos, que entre esto y la imagen de un blíster de paracetamol…

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Porque será medicina herbal, ¿no? Con usos avalados por la sabiduría milenaria, ¿no? Hombre, no va a curar una enfermedad terminal, pero servirá para dolencias leves, ¿no? Y siendo todo natural, será cien por cien inocuo, ideal para niños y animales… ¿No?

Pues… no, no, no y… bueno, siempre que se tenga claro que esos frasquitos pueden llegar a contener la misma graduación alcohólica que esa bebida llamada agüita, más conocida por su nombre en ruso, vodka… Pero comencemos por el principio.

Edward Bach fue un médico inglés nacido en 1886. A la hora de elegir su profesión, dudó entre la medicina o el sacerdocio. El dato no es trivial; como vamos a ver, explica toda su trayectoria. Como médico, se especializó en homeopatía. Todo sea dicho: aunque los principios teóricos de la homeopatía no eran entonces menos absurdos que ahora, lo cierto es que aún no existían las suficientes herramientas científicas para evaluar sus efectos clínicos con todo detalle y en profundidad.

Pero la homeopatía tenía algo en especial que atraía a Bach, y era su enfoque personalizado; le interesaba más la dimensión humana de sus pacientes que la ciencia necesaria para curarlos. Sus reseñas biográficas muestran que era un médico preocupado seriamente por el bienestar de sus pacientes, lo que no es poco; pero aunque esto da fe de su calidad humana, no basta para certificar su calidad profesional. Para esto se requiere además algo que Bach no tenía: una mente científica.

Quizá Bach se equivocó de carrera y debió elegir el plan B. Porque cuando creía que la enfermedad era un mal espiritual que nacía del conflicto entre el alma y la mente, y cuando trataba de socorrer emocionalmente a sus pacientes para infundirles alegría y esperanza, tal vez estaba actuando como un buen pastor. Pero como un mal médico.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

En 1930, Bach dio su salto definitivo: abandonó su carrera, su trabajo y su hogar para marcharse al campo, con la intención de encontrar lo que él creía que se escondía en la naturaleza: un sistema completo de curación de cualquier dolencia, se supone que puesto ahí por el creador. Cuando renunció a su vida anterior, se desprendió también de lo último que quedaba en él de pensamiento científico. Y así engendró una de las mayores aberraciones pseudocientíficas jamás imaginadas.

Dado que para Bach todas las enfermedades eran espirituales, no necesitaba buscar plantas para tratar, digamos, una úlcera; bastaba con atacar la emoción negativa que provocaba esa úlcera. Y como la naturaleza también era espiritual, ni siquiera era necesario emplear las plantas en sí; bastaba con cosechar su espíritu, embotellarlo y administrarlo a los pacientes.

De este modo, Bach diseñó un método alternativo tan original como increíblemente disparatado. Primero se imbuía a sí mismo de las emociones negativas que buscaba corregir. A continuación pasaba la mano sobre diferentes plantas, hasta que notaba un alivio en su malestar que interpretaba como causado por la fuerza vital o las vibraciones o el espíritu de una de ellas (escójase el término que se prefiera; ninguno de ellos designa nada real).

Una vez localizada la planta adecuada para el tratamiento de ese mal emocional, acudía por la mañana a recoger el rocío depositado en las flores, y al cual los rayos del sol naciente le habían transmitido ese algo de la planta. Para conservarlo, lo diluía a partes iguales en brandy, y así obtenía la tintura madre a partir de la cual se preparaban los remedios aplicando, cómo no, diluciones homeopáticas, preferentemente en alcohol.

Merece la pena insistir: si sus biografías le retratan fielmente, Bach no era un caradura que persiguiera lucrarse vendiendo milagros a costa de la ingenuidad de otros. Es más, se dice que trataba gratis a sus pacientes (pero hoy son otros los que se lucran prescribiendo y vendiendo sus pseudoterapias de marca registrada). Simplemente, fue uno de los pseudocientíficos más equivocados que jamás han existido. Su sistema hace que la homeopatía parezca la teoría de la relatividad.

Al menos la homeopatía tenía un principio; infundado y erróneo, pero un principio: “lo similar cura lo similar”. Las flores de Bach no se basan en nada que tenga que ver con nada, ni con el funcionamiento de la naturaleza, ni con la razón, ni con el sentido común, ni siquiera con ningún tipo de sabiduría milenaria.

Lo único que fundamentaba el sistema de Bach era el principio de correspondencias analógicas (que comenté hace unos días), la idea que desde antiguo ha inspirado supersticiones como la astrología, y que consiste en la creencia (implícita o explícita) de que la naturaleza responde a un diseño inteligente cuyo lenguaje podemos entender si desciframos las pistas que el diseñador nos ha dejado.

 

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Todo lo cual nos lleva a una conclusión. Como conté hace unos días, hay quienes sostienen que la ciencia debería abstenerse de evaluar propuestas pretendidamente terapéuticas que no puedan aportar ni el más mínimo indicio a favor de su validez, ya que supone desperdiciar recursos que podrían encontrar un mejor uso en la investigación contra las enfermedades. Las flores de Bach son claramente un ejemplo perfecto de ello.

Y sin embargo, sí, a pesar de todo, la ciencia las ha evaluado. Si quieren saber cuál es el resultado, vuelvan mañana por aquí.

La meditación cítrica y el pensamiento crítico (o cómo usar la fama para engañar a un montón de gente)

Ocurrió el mes pasado en el programa de televisión The Ellen DeGeneres Show, cuando la presentadora entrevistaba a la actriz Anne Hathaway. La ganadora del Óscar por la versión de 2012 de Los miserables se dirigió de repente a los espectadores presentes en el plató, a quienes dijo que bajo su asiento encontrarían una clementina. Mientras les pedía que la pelaran y ella hacía lo propio con la suya, comenzó a contar una historia.

“Durante las vacaciones, hicimos un viaje familiar por la costa de California”, dijo Hathaway, mientras ella y la presentadora arrancaban la cáscara anaranjada. “Y encontramos este increíble antiguo enclave hippie de los 60. Allí había una pequeña tienda de libros de segunda mano… y encontré un libro de este tipo que solía ser muy conocido, el Dr. Q. Escribió un libro titulado Sanación cítrica. Y era sobre todas las maneras para incorporar los cítricos en tu vida para mejorar tu salud. Y una de las cosas era cómo incorporar los cítricos en tu práctica de meditación. Se llamaba Clementime [un juego de palabras con “clementina” y “tiempo”]. Era bonito”.

Anne Hathaway. Imagen de John Harrison / Wikipedia.

Anne Hathaway. Imagen de John Harrison / Wikipedia.

Con todas las clementinas ya peladas, Hathaway prosiguió: “Así que, si abres un hueco a través de tu clementina, lo que vas a hacer es pegarlo a tus dientes y poner tu boca alrededor de él”. La actriz entonces instruyó a toda la audiencia a respirar a través del hueco central que quedaba entre los gajos, algo que la mayoría de los espectadores hicieron. “¿Estáis todos respirando?”. Y en efecto, ahí tenías a varias decenas de humanos adultos respirando a través de la clementina y repitiendo los sonidos idiotas que Hathaway les animaba a proferir.

“¿Qué, os sentís un poco mejor?”, preguntó la actriz entre los gruñidos y murmullos del público, para seguidamente sorprender a todos con un giro inesperado: “¡Es imposible! ¡Me lo he inventado todo!”, exclamó.

Mientras la presentadora la miraba atónita con su clementina en la boca, Hathaway concluía: “El mensaje es: no te pongas algo en la boca solo porque alguien famoso te lo dice”. Por último, invitaba al público a lanzar sus clementinas contra ella si lo deseaban, cosa que ninguno de los avergonzados espectadores hizo. “Una de mis resoluciones para 2019 era usar mi fama para engañar a un montón de gente al mismo tiempo”, dijo.

Ciertos medios en EEUU han interpretado que la broma de Hathaway, con su referencia a usar la fama para engañar a un montón de gente, era una parodia mordaz dirigida contra Gwyneth Paltrow y su portal de pseudoterapias Goop, del que hablé hace unos días y que no solo vende cosas raras para ponerse en la boca: los huevos vaginales de jade y los enemas de café son dos buenos ejemplos.

Hathaway, aficionada a la física e impulsora de la vacunación, es una rareza en Hollywood, donde la norma entre las celebrities parece ser abrazar todo tipo de pseudociencias y pseudoterapias. Algunas, como Paltrow, han hecho de ello un gran negocio, alimentado esencialmente por la tendencia de parte de la humanidad a respirar a través de una clementina si alguien famoso se lo aconseja.

Frente al engreimiento de personajes como Paltrow, que acusa a quienes la critican de resistirse al empoderamiento de las mujeres –insistamos: enemas de café y huevos vaginales de jade, por no mencionar el repelente de vampiros psíquicos que debe pulverizarse “alrededor del aura”–, Hathaway suele destacar en sus intervenciones públicas no solo por su sentido común, sino también por su humildad. Para defender el pensamiento crítico sobre la meditación cítrica no es necesario encaramarse a ningún argumento demagógico.

Por fortuna, Hathaway tampoco está del todo sola en esa aldea gala que resiste al imperio hollywoodiense de las pseudociencias. Otro firme defensor de la ciencia y la razón es, cómo no, el más grande: Harrison Ford.

Harrison Ford. Imagen de US National Archives.

Harrison Ford. Imagen de US National Archives.

El soporte humano de Indiana Jones, Han Solo y Deckard lleva más de un cuarto de siglo batallando por la conservación de la naturaleza desde la organización Conservation International. Durante la cumbre mundial de gobiernos celebrada hace unas semanas en Dubái, Ford insistió en el mensaje que repite desde hace años: “Dejad de dar el poder a gente que no cree en la ciencia”. En esta ocasión, una vez más, su referencia a Donald Trump fue todo lo explícita que permite un discurso formal desde un estrado: “En todo el mundo, incluyendo en mi propio país, elementos de liderazgo niegan o denigran la ciencia para preservar su estado y el statu quo. Están en el lado equivocado de la historia”.

Naturalmente, a la causa medioambiental no le falta popularidad en Hollywood; incluso Paltrow dice sumarse a ella. Pero lo que distingue a Ford de otros, aparte de hacer algo más que sujetar pancartas y narrar documentales, es lo que trasluce su discurso: “La negación de la ciencia me asusta a morir”, decía en una entrevista. “La ciencia es real. La ciencia es lo más real de nuestro mundo además de la naturaleza. Tengo la esperanza de que todos volvamos realmente a comprender que la ciencia es conocimiento comprobado”.

En resumen, lo que diferencia a Harrison Ford de la típica celebrity ecologista es que otros están en el lado equivocado del ecologismo, el que no se sustenta en la ciencia.

Por qué la ciencia no refuta las pseudociencias, y por qué debería dejar de testarlas

La actriz y empresaria de éxito Gwyneth Paltrow, que ha construido un imperio de 250 millones de dólares promocionando las pseudociencias y vendiendo pseudoterapias inútiles o perjudiciales para la salud (y que ya ha sido denunciada y multada por ello), justificaba así las propuestas de su portal Goop: “La ausencia de pruebas científicas no prueba nada si no se han realizado estudios”.

Es decir, que según Paltrow, mientras alguien no demuestre que es falsa, uno puede proponer absolutamente cualquier proclama pseudoterapéutica como auténtica.

(Inciso: Y venderlas. Y lucrarse con ellas. Y acusar veladamente de machismo a quienes la critican. Y fomentar la quimiofobia porque “todo” es cancerígeno, pero al mismo tiempo promocionar bebidas con alcohol, un reconocido carcinógeno. Y culpar al aluminio de todos los males, pero al mismo tiempo vender productos que contienen aluminio. ¿A qué huele todo este montaje pseudosaludable?).

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Pero a lo que vamos: ¿Tiene razón Paltrow? ¿Para negar la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki, la acupuntura o cualquiera de los cientos de remedios que ella vende, es necesario demostrar que no funcionan?

El problema con este tipo de afirmaciones es que se puede caminar sobre el fango y hundirse hasta las trancas, sin saber que otros ya han explorado ese terreno y conocen perfectamente por dónde cruzarlo. Por ejemplo, un actor diletante podría pensar que ha inventado una nueva y magnífica técnica de interpretación, ignorando que otros como la propia Paltrow ya han recorrido antes mil veces ese camino y saben infinitamente más de ello. De igual modo, Paltrow se lanza al diletantismo del argumento (pseudo)lógico sin tener la menor idea de que eso en lo que ella se permite aventurarse alegremente es algo sobre lo cual filósofos, epistemólogos y científicos han reflexionado durante siglos.

Y la respuesta es NO, como voy a explicar. O mejor dicho, las respuestas, concretamente tres:

  1. La ciencia NO puede demostrar que las pseudociencias no funcionan. Pero…
  2. Para descalificar las pseudociencias NO es necesario demostrar que no funcionan.
  3. Por lo tanto, la ciencia NO debería intentar demostrar si funcionan o no.

Vayamos punto por punto.

1. La ciencia no puede demostrar que las pseudociencias no funcionan.

A menudo se escucha por ahí que es imposible demostrar un negativo. Es decir, que no puede probarse que algo no existe, ya sean los unicornios, los dragones o los alienígenas. O la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki o la acupuntura.

Lo cierto es que existe una cierta confusión a este respecto: para los filósofos y los matemáticos, la supuesta imposibilidad de demostrar un negativo es una sandez, un mito popular sin fundamento; la lógica se apoya en gran medida en la demostración de proposiciones negativas. Para quien quiera saber más, este pequeño artículo lo explica. Pero baste mencionar que muchos teoremas matemáticos se basan en la demostración de negativos.

Sin embargo, otro caso distinto es el terreno práctico de la ciencia empírica. Por ejemplo, si miramos los innumerables estudios que han evaluado los efectos de la homeopatía con rigor científico y sin sesgos, encontraremos que los equiparan a los de un placebo. Pero la conclusión suele formularse en términos similares a estos: “No hemos podido encontrar efectos positivos…”. Nunca, jamás de los jamases, se encontrará un estudio científico serio con la siguiente conclusión: “Por tanto, demostramos que la homeopatía no funciona”.

¿Por qué? Porque, sencillamente, los datos no pueden sostener esta conclusión. Por lo tanto, es cierto: por muchos estudios que se hagan, la ciencia es incapaz de demostrar formalmente, con carácter definitivo y sin resquicio de duda, que las pseudociencias no funcionan. Lo cual, obviamente, personas como Paltrow interpretan como un argumento en su favor. Pero se equivocan; si indagaran un poco más en ese cenagal en el que se están hundiendo por desconocimiento, descubrirían que, en realidad…

2. Para descalificar las pseudociencias no es necesario demostrar que no funcionan.

En 1952, el filósofo Bertrand Russell escribió una analogía llamada desde entonces la tetera de Russell:

Muchas personas ortodoxas hablan como si fuera la tarea de los escépticos refutar los dogmas recibidos, y no la tarea de los dogmáticos el demostrarlos. Esto es, por supuesto, un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte existe una tetera de porcelana girando en torno al sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de refutar mi afirmación, siempre que yo me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser vista incluso con los telescopios más potentes. Pero si yo continuara diciendo que, puesto que mi afirmación no puede refutarse, es una presunción intolerable de la razón humana dudar de ello, correctamente se me acusaría de decir tonterías.

La tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Parodia sobre la tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Russell concibió su analogía en referencia a la discusión sobre la existencia de Dios, pero puede aplicarse y de hecho se ha aplicado a otros ámbitos, como las pseudociencias. En su libro El mundo y sus demonios, Carl Sagan planteaba un ejemplo parecido, hablando de la supuesta presencia de un dragón en su garaje:

Pues bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe fuego sin calor, y la inexistencia del dragón? Si no hay manera de refutar mi afirmación, si no existe un experimento concebible que pueda rebatirla, ¿qué sentido tiene decir que mi dragón existe?

Tanto Russell como Sagan se referían a esa imposibilidad científica práctica de demostrar un negativo sin resquicio de duda. Pero la solución en ambos casos está en que la obligación de la demostración, la carga de la prueba, no depende de que una proposición sea positiva o negativa, sino que recae en quien sostiene la propuesta menos plausible: la tetera orbital y el dragón en el garaje son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente. Por el contrario, su inexistencia cuenta, si no con una demostración definitiva, sí con una plausibilidad objetiva y con suficientes indicios a su favor como para que se acepte la proposición sin necesidad de aportar más.

En resumen, Paltrow está equivocada: la ausencia de pruebas científicas basta para desechar en principio una idea que carezca de la menor plausibilidad, como el dragón o la tetera. Son quienes sostienen tales ideas quienes deben aportar pruebas, y no exigirlas a sus oponentes. Que el agua conserve el fantasma de sustancias pasadas (homeopatía), o que una especie de energía inmensurable circule por unas vías corporales invisibles e indetectables (acupuntura), son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente; y por tanto, pura fantasía, mientras no se demuestre lo contrario.

Y como consecuencia, dado que la ciencia no puede demostrar la invalidez de las pseudociencias, tal vez…

3. La ciencia debería dejar de evaluar la validez de las pseudociencias.

En el movimiento anti-Ilustración hay quienes acusan a la comunidad científica de arrogancia; lo manifiestan, entre otras maneras (algunas menos sutiles), acusando de “cientifistas” a quienes simplemente defienden la razonabilidad y la plausibilidad sobre la irrazonabilidad y la implausibilidad.

Sin duda entre los científicos y los escépticos los hay arrogantes, como entre los charcuteros o los lampistas. Pero acusar a la comunidad científica en su conjunto de arrogancia frente a las pseudociencias es ignorar que a lo largo de la historia se han gastado ingentes cantidades de dinero en tratar de evaluar científicamente la validez de pseudociencias como la homeopatía, la acupuntura y otras.

Algo que, como hemos visto, es superfluo, por lo que es sencillamente un malgasto. La razón de este malgasto ha sido precisamente la falta de arrogancia, la preferencia del conocimiento real sobre el dogma y de la prueba sobre la presunción, la necesidad de experimentar para saber incluso prescindiendo de la plausibilidad (que también en ocasiones puede estar contaminada por paradigmas incompletos o erróneos).

Pero hay quienes piensan que ya basta: que los cientos o miles de estudios infructuosos sobre la homeopatía o la acupuntura deberían cerrar ya este capítulo de la búsqueda del conocimiento. Por supuesto que esto no va a disuadir a los y las Paltrow del planeta (que tienen sus propias razones de peso, o de dólar). Pero como escribía en 2010 el psicólogo clínico Pete Greasley:

La evaluación empírica de una terapia normalmente asumiría una base racional plausible sobre su mecanismo de acción. Sin embargo, el examen de los antecedentes históricos y los principios subyacentes a la reflexología, iridología, acupuntura, acupuntura auricular y algunas medicinas herbales revela un fundamento basado en el principio de correspondencias analógicas, que es una base común del pensamiento mágico y de las creencias pseudocientíficas como la astrología y la quiromancia. Donde este sea el caso, se sugiere que someter estas terapias a evaluación empírica puede ser equivalente a evaluar el absurdo.

(Una pequeña explicación: el “principio de correspondencias analógicas” al que se refiere Greasley no es un invento suyo, sino la base de pseudociencias como la astrología, que da a los astros características derivadas de su significado mitológico a su vez basado en su aspecto, o algunas medicinas herbales, en las que se supone que una planta con la forma de una parte del cuerpo debe servir para curar esa parte del cuerpo; esto deriva, dice Greasley, de la idea de un diseñador inteligente que ha dispuesto jeroglíficos en la naturaleza para que el ser humano los descifre. La homeopatía, “lo similar cura lo similar”, procede de esta misma fantasía).

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

En resumen, prosigue Greasley, “dedicar un tiempo y unos recursos significativos a la evaluación mediante ensayos clínicos y revisiones sistemáticas puede ser un error”.

Pero de forma más gráfica y contundente que Greasley lo expresa la ginecóloga Jen Gunter, que desde su blog ha dedicado ingentes esfuerzos a analizar y desmontar sistemáticamente las proclamas del negocio de Paltrow. Y a propósito de la idea defendida por la actriz de que el sujetador causa cáncer de mama, Gunter escribía esto:

¿Qué puedes ganar de propagar entre las mujeres la mentira de que el sujetador causa cáncer de mama? ¿Alguna vez has tenido a una superviviente de cáncer en tu consulta llorando por pensar que ella misma se provocó el cáncer llevando sujetadores durante 20 años? Probablemente no. Yo sí. Cuando en tu plataforma cuentas teorías imbéciles sobre sujetadores y cáncer de mama, estás literalmente jodiendo a las supervivientes de cáncer de mama. ¿Te parece divertido? ¿Es esta tu mejor arma? Y no, no es una “teoría alternativa” ni “respaldada por investigaciones”. Esta manera de fomentar el miedo causa tanta angustia que los investigadores tienen que hacer estudios especiales, incluso si la idea es biológicamente implausible y no está avalada por los miles de estudios disponibles. Puedo pensar en mejores maneras de gastar esos dólares de la investigación del cáncer de mama.

En definitiva, una razón de peso para aconsejar que la ciencia abandone de una vez por todas la evaluación de las pseudociencias es que se está desperdiciando tiempo y dinero en la lucha contra las enfermedades; tiempo y dinero que estarían mejor invertidos en investigar lo que realmente puede funcionar. Tal vez después de todo la comunidad científica sí debería ser un poco más arrogante, y dejar de discutir con quienes nunca jamás van a aceptar que la razón valga más que la sinrazón.

El caso del homeópata arrepentido y las acusaciones de soborno

Es curioso cómo escribir sobre pseudociencias le convierte a uno de repente en el objeto del odio de personajes a los que uno no conoce de nada ni le conocen a uno de nada. En alguna ocasión, hace años, manifesté en este blog que no era mi intención escribir aquí sobre pseudociencias, porque mientras otros ya se encargaban de esto con intensa actividad, alguien tenía que dedicarse a escribir sobre ciencia. Y de hecho, esta continúa siendo mi ocupación principal aquí, y la única cuando no estoy aquí.

Sin embargo, disponer del privilegio de este espacio libre, en el que 20 Minutos jamás me ha impuesto una sola directriz respecto a línea editorial, tono o contenidos, me planteaba un dilema. Si quieren, es un concepto anticuado, aquel que llevaba a muchos a alistarse a la guerra porque se sentían comprometidos a poner sus brazos y sus piernas sanas al servicio de su país.

Por mi parte, no milito en ninguna organización de escépticos; de hecho, no milito. En ninguna clase de organización. Hay niños que desde pequeñitos montan una revuelta en casa por un papel higiénico mejor; nunca he sido de estos. No tengo vocación de activista.

Pero cuando uno observa a su alrededor que se está librando una pequeña o gran batalla en la cual la pseudociencia está costando vidas, es imposible sustraerse a la obligación de ofrecer este espacio y lo poco o mucho que uno pueda saber para contribuir a una alfabetización científica que evite muertes evitables. Y digo este espacio, y no estas teclas, porque mi voz contra las pseudociencias está ligada a Ciencias Mixtas. El día en que este blog desaparezca, continuaré como hasta ahora con la que es mi profesión desde hace muchos años, informar sobre ciencia.

Pero hay quienes, comprensiblemente, ven en ello otra cosa. Comprensiblemente, porque puede comprenderse, no que sea lógico ni mucho menos racional. Y puede comprenderse porque así es como funciona la mente humana, no tan lógica ni racional, según quienes mejor la conocen. Y no es un secreto que las grandes industrias acumulan un nutrido historial de maniobras orquestales en la oscuridad para tapar sus vergüenzas, ya sea la contaminación de una actividad, los perjuicios del tabaco, las emisiones de los automóviles o los efectos adversos de un medicamento.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Que a uno puedan considerarle un hired gun al servicio de esos intereses debería caerme como un halago, ya que supone concederme la suficiente importancia como para pensar que a alguien pudiera interesarle sobornarme. No soy tan importante; no salgo en la tele ni tengo millones de seguidores en Twitter. Pero tampoco voy a explayarme en cómo el anonimato de internet sitúa a cualquier periodista con los ojos vendados ante anónimos pelotones de fusilamiento. Sin embargo, hay algo que sí quiero contar aquí, un caso con moraleja.

El otro día mencioné a Edzard Ernst, un médico alemán. Ernst era homeópata. Comenzó su carrera como un joven médico en una clínica que resultaba ser una clínica homeopática, una práctica que había conocido de niño en su propia casa, pero que no había estudiado en la universidad. Emprendió su carrera con la mente como una pizarra en blanco, y al comienzo le gustó lo que vio: un buen ambiente de trabajo, y pacientes que parecían sentirse mejor con los remedios prescritos.

Según contaba él mismo, fue al conocer los fundamentos de la homeopatía cuando decidió indagar más profundamente en ello. Pero no con el ánimo de desmontar un fraude, sino todo lo contrario: dado que la ciencia no podía explicar cómo funcionaba la homeopatía, ¿estaría equivocada la ciencia? De ser así, sus descubrimientos podrían llevarle incluso al Premio Nobel. Así, emprendió una investigación destinada a analizar con mayor detalle aquellos presuntos efectos beneficiosos de los remedios homeopáticos.

Después de dos décadas de investigaciones, los resultados fueron “una decepción” para él. Todos sus estudios sobre los supuestos beneficios de la homeopatía (excepto algún caso con un preparado de baja dilución que sí contenía ingredientes, como conté ayer) conducían a una misma y única conclusión: efecto placebo.

Durante décadas se creyó que el efecto placebo podía llegar a tener un cierto poder curativo. Hoy se sabe con toda certeza que no es así; ningún placebo cura, sino que solo nos ofrece una sensación subjetiva de bienestar. Como llegar a casa, quitarse los zapatos y recostarse en un sofá. Como el reiki. Y sí, se ha demostrado que también actúa en animales y bebés, aunque explicar los mecanismos que operan en estos casos requiere una explicación más detallada que dejaremos para otro día.

El médico y exhomeópata Edzard Ernst. Imagen de Nederlandse Leeuw / Wikipedia.

El médico y exhomeópata Edzard Ernst. Imagen de Nederlandse Leeuw / Wikipedia.

En fin, el caso es que Ernst comprendió que había estado practicando una medicina que no era tal. Pero nadie puede cambiar de profesión de la noche a la mañana. Otros en esta misma situación han preferido continuar engañándose a sí mismos, no morder la mano que les da de comer. Inicialmente, contaba, se dejó seducir por una idea: al menos la homeopatía no puede hacer daño a nadie.

Sin embargo, una de sus investigaciones le obligó a abandonar la comodidad de este punto de vista, cuando descubrió que muchos pacientes no se sometían a la homeopatía como medicina complementaria, sino como único tratamiento, y que los homeópatas británicos estaban recomendando a sus pacientes que no vacunaran a sus hijos. Y que esta sustitución de la medicina que cura por otra que no cura estaba costando las vidas de muchos pacientes.

Fue entonces cuando su voz comenzó a desplazarse desde una postura neutral hacia una decididamente crítica, en un principio solo a través de sus artículos científicos. Hasta que comprendió que publicar sus resultados en revistas médicas no bastaba, sino que estaba obligado a llevar este conocimiento al público general a través de medios y blogs. De este modo, tuvo que dar un salto incómodo: “No es una tarea que me brinde dinero o amigos; de hecho, es una manera rápida de hacer un montón de (a veces poderosos) enemigos”, escribía. “Pero es una tarea que tiene el potencial de hacer un inmenso bien. Y por eso lo hago”.

Como era de esperar, de inmediato empezó a blandirse contra él la acusación de haberse vendido como mercenario al servicio de intereses farmacéuticos. Entre esos enemigos que Ernst mencionaba destacó el periodista Claus Fritzsche, que convirtió las difamaciones y los ataques personales hacia el homeópata arrepentido en una ocupación prioritaria.

La historia podría haber terminado aquí. Pero no fue así. En 2012 el diario alemán Süddeutsche Zeitung destapó que el periodista Fritzsche recibía 43.000 euros al año de cinco grandes compañías homeopáticas. El sobornado era Fritzsche, no Ernst; y es que mantener negocios como el del pato de los 20 millones de dólares (que conté hace unos días) bien merece un gasto de 43.000 euros al año.

Tras la publicación de la historia, los laboratorios homeopáticos retiraron de inmediato su apoyo a Fritzsche. Arruinado y sumido en la depresión, en 2014 Fritzsche se suicidó. Ernst lamentó públicamente su muerte. Las compañías que sostuvieron a Fritzsche y después le dejaron caer continúan lucrándose de la venta de viales de agua y glóbulos de azúcar impregnados de agua seca.

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (II)

Continuando con lo que comencé a explicar ayer, existe una pequeñísima minoría de productos homeopáticos (uno de cada mil, según una estimación) cuyas diluciones son tan bajas que sí contienen principios activos, normalmente en una disolución de varios componentes. Es el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa; al menos, es un consuelo que aquel intruso en mi botiquín contuviera algo más que agua y alcohol.

En este jarabe no se emplean diluciones centesimales sino decimales (1:10), un sistema posterior a Hahnemann que suele designarse por las letras D o X. En concreto y según el prospecto, por cada 100 gramos u 87 mililitros el jarabe contiene Anisum D1 (1,5 g), Bryonia D3 (5 g), Drosera D3 (5 g), Eucalyptus D3 (5 g), Ipecacuanha D4 (5 g) y Antimonium sulfuratum aurantiacum D6 (5g).

Haciendo una conversión gruesa, 100 gramos contendrían unos 150 miligramos de Anisum, 5 miligramos de Bryonia, 5 miligramos de Drosera, 5 miligramos de Eucalyptus, medio miligramo de Ipecacuanha y 5 microgramos de Antimonium sulfuratum aurantiacum. Los cinco primeros son extractos de plantas, mientras que el último con nombre a lo Harry Potter (alquimia medieval, ignorando la nomenclatura de la química moderna) parece ser, según consigo encontrar por ahí, pentasulfuro de antimonio con restos de azufre (lo cual no suena muy sabroso; de hecho, el pentasulfuro de antimonio está clasificado como tóxico).

En resumen, podríamos abreviar la composición básica del jarabe como agua, alcohol y anís. Sin duda, habría encajado mejor en mi armario de los licores. Pero al menos y a diferencia de la gran mayoría de productos homeopáticos, es indudable que este sí contiene ingredientes. Y siendo así, ¿se supone que es eficaz contra la tos?

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Para empezar, no necesariamente. La web para EEUU de la mayor multinacional homeopática (no es la marca del jarabe, pero listan los mismos ingredientes con iguales indicaciones) aclara al pie de cada una de sus páginas: “Proclamas basadas en la práctica homeopática tradicional, no en pruebas médicas aceptadas. No evaluado por la FDA [Agencia de Fármacos y Alimentos]”.

Lo cierto es que los preparados homeopáticos no están obligados a demostrar su eficacia para venderse, por lo que anything goes. De hecho, el prospecto del jarabe se cubre las espaldas: “El uso de medicamentos homeopáticos puede temporalmente aumentar los síntomas existentes (agravación inicial)”. Imagino que tal vez ellos lo intentarían atribuir a un fenómeno llamado hormesis, que sin embargo no es aplicable a la homeopatía en general; traducido a la realidad, esto significa más bien: el preparado no necesariamente hace nada y por lo tanto puede parecer que la enfermedad empeora, pero la tos acabará curándose sola tarde o temprano, y si coincide con la toma del jarabe, pues eso que nos llevamos.

Sin embargo, este campo de los preparados homeopáticos con bajas diluciones suscita una interesante cuestión: ¿en qué se diferencian estos productos de la medicina herbal, es decir, de los preparados de plantas medicinales? Esto era precisamente lo que en 2013 se preguntaba un grupo de investigadores húngaros e irlandeses. “Remedios homeopáticos de baja potencia y medicina herbal alopática: ¿hay solapamiento?”, se titulaba su estudio.

Naturalmente, un homeópata sin duda sacaría de la chistera sus sucusiones y potentizaciones para justificar una diferencia abismal entre ambos. Pero dejando fuera los abracadabras y centrándonos en magnitudes reales que puedan medirse en un laboratorio, los autores del estudio demostraban que un preparado homeopático de tintura madre sin diluir y una medicina herbal, ambos basados en la misma planta –Vitex agnus-castus–, eran indistinguibles por completo. Es decir, que el preparado homeopático sin dilución o con baja dilución es sencillamente medicina herbal.

Claro que, si ambos son física y químicamente iguales, en cambio legalmente no lo son: “los productos homeopáticos que contengan agentes activos en dosis alopáticas deberían ser tratados de la misma manera que las medicinas alopáticas desde el punto de vista del aseguramiento de la calidad y la farmacovigilancia”, escribían los autores. Según el prospecto de mi jarabe, no se le conocen efectos adversos. Pero es que no se le obliga a que se le conozcan.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

Además del legal, la homeopatía obtiene un segundo beneficio de estos productos, y es el propagandístico. En el caso concreto de mi jarabe, no tengo la menor idea de si alivia la tos; no puede saberlo ni el propio fabricante, ya que solo parecen existir uno y dos pequeños ensayos clínicos con aspecto más o menos serio que han evaluado algunos de los componentes de este producto, pero en otras mezclas diferentes.

El médico alemán Edzard Ernst, exhomeópata e investigador, y hoy uno de los más activos divulgadores de los errores y peligros de esta pseudomedicina, contaba que años atrás dirigió un ensayo clínico sobre el efecto de un producto homeopático en las varices. El ensayo fue favorable, pero es que el preparado llevaba su principal ingrediente en dilución D1; ingrediente que ya había sido validado para el tratamiento de las varices incluso en Cochrane (una base de datos de metaensayos que se considera la regla de oro de la validación clínica).

Según Ernst, los homeópatas suelen cacarear estos ensayos de diluciones bajas como prueba de que la homeopatía funciona, y en realidad lo que está funcionando en estos casos no es otra cosa que una medicina herbal, con sucusiones y potentizaciones o sin ellas. De hecho, Ernst apuntaba astutamente que sus resultados aniquilaban el principio fundamental de la homeopatía: si la hierba en cuestión mejoraba las varices, sus diluciones homeopáticas deberían empeorarlas. Y no.

Un último aspecto que merece la pena comentar sobre el jarabe. Mucho me temía que un somero garbeo por algún foro online de maternidad y paternidad me iba a arrojar de bruces sobre más de un comentario recomendando este producto para los niños por ser natural. Y en efecto, no me ha costado ni medio minuto encontrar dichos comentarios.

Pues esto les va a sorprender. Los ingredientes adicionales del jarabe incluyen, según el prospecto, sacarosa, agua purificada, sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo, sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo y ácido clorhídrico diluido para neutralizar el pH, además del 3,2% de alcohol en volumen que ya mencioné ayer.

Pero ¿qué demonios son la sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo y la sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo? A estos dos compuestos se los conoce por otros nombres: E-215 y E-219, respectivamente. Y a ambos en conjunto se los conoce además por otro nombre: parabenos.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de "terapia natural". Imagen de pxhere.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de “terapia natural”. Imagen de pxhere.

Los parabenos son conservantes utilizados desde hace casi un siglo en infinidad de productos de consumo, desde alimentos hasta cosméticos. Los numerosos estudios sobre su seguridad no han podido atribuirles efectos nocivos en las dosis habituales empleadas, pero en 2004 una investigadora británica con más amor por la notoriedad que por el rigor científico pretendió convertirlos en causantes de cáncer (aquí conté la historia con detalle).

La propia investigadora tuvo que desdecirse después de sus afirmaciones, pero el daño ya estaba hecho, y a partir de entonces las marcas descubrieron que era rentable publicitar la retirada de los parabenos de sus productos. Es uno de esos casos en los que un ingrediente se convierte en maldito no porque sea nocivo, sino porque es impopular.

Pero volviendo al jarabe, con el dato de que este producto contiene parabenos no pretendo convencer a los quimiófobos de que dejen de consumir homeopatía apelando a su quimiofobia. Sería bastante incongruente; aunque es inevitable subrayar que quien consuma homeopatía porque es más natural está cayendo en una doble trampa, tomando algo que no solo no cura, sino que tampoco es necesariamente más natural. Como ejemplo a añadir, el pentasulfuro de antimonio que mencioné antes se obtiene en el laboratorio, por lo que es un ingrediente sintético.

Una de las líneas de la propaganda homeopática consiste en explotar la ola de quimiofobia irracional que nos invade, asegurando que sus productos son naturales porque solo contienen extractos animales, vegetales y minerales; pero bajo el epígrafe de minerales se incluyen productos de síntesis química. Al fin y al cabo, quién puede negar que su origen primario es mineral. Esta falacia de lo natural ha contribuido a convertir la homeopatía en un floreciente negocio multimillonario global.

En cambio, de lo que sí quisiera convencer a los quimiófobos, aunque sea con arco y flechas contra la tormenta, es de que piensen racionalmente en beneficio de su salud. Si se trata una tos con agua, alcohol y anís, en cualquier caso acabará curándose con el tiempo (siempre que se deba a algo como un simple resfriado). Para adultos sin problemas de alcoholismo, quizá hasta lo disfruten con un par de peces de hielo. Pero si la tos resulta ser signo de una infección más grave, confíen en lo único que podrá curarles: los antibióticos, sintéticos o no; la homeopatía y las hierbas, no. Cuando tengan una enfermedad de verdad, vayan a un médico de verdad.

Y puesto que este artículo, como todos en la misma línea, será inevitablemente acusado de haberse escrito al dictado de la Big Pharma, se me ocurría contarles un interesante caso al respecto. Pero dado que luego me acusan (en este caso sí, con mucha razón) de alargarme demasiado, mejor dejémoslo para otro día.

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (I)

Ayer conté aquí cómo encontré un jarabe homeopático en mi botiquín casero, todo un borrón en mi currículum que asumo con resignación y vergüenza. Pero ¿qué fue de aquel infortunado frasco, caído en manos de alguien que conocía lo que ocultaba (o lo que no) detrás de su vidrio oscuro? Como es lógico, inmediatamente dispuse del contenido de forma adecuada; era demasiado temprano para una copa (3,2 grados de alcohol, casi como una cerveza).

Pero conservé el prospecto. Porque observé en él algo muy interesante que hoy me da pie a explicar esto: la única homeopatía que podría tener algún efecto es aquella que se vende como tal pero que realmente no lo es, y que en casos como este tampoco es otra cosa que muchos de los consumidores de estos preparados esperan que sea. Parece uno de aquellos famosos trabalenguas de Rajoy, pero déjenme que se lo explique.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Para ello debo comenzar resumiendo qué es la homeopatía, esa gran incomprendida: no es una ciencia milenaria como afirmaba la docta Ana Rosa Quintana, sino solo una pseudociencia centenaria. Fue inventada en 1796 por el médico alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de una observación errónea concibió la ficción de que una sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en dosis normales los curaba si se administraba en cantidades ínfimas, algo que desde la antigüedad otros ya habían propuesto sin éxito (porque no es cierto).

Como en aquellos martinis de Buñuel, en los que todo el vermú necesario era el de un rayo de sol al atravesar la botella de Noilly Prat e incidir en la copa, Hahnemann definió un método de diluciones progresivas que iban reduciendo el principio activo. Entre las diluciones, el preparado debía agitarse según un arcano ritual contra un libro con tapas de cuero con el fin de extraer de la sustancia sus presuntas propiedades. Con estas llamadas sucusiones el preparado se va potentizando, de modo que cuanto menos contiene del ingrediente activo, más potente es.

En tiempos de Hahnemann aún no se conocían las causas de muchas enfermedades; los tratamientos nacían de la experiencia o la intuición y a menudo hacían más daño que bien. El átomo era un misterio, y Hahnemann creía que una sustancia podía dividirse hasta límites casi inconcebibles. Por otra parte, defendía la existencia de factores esotéricos en las enfermedades, y la idea de que las propiedades de las sustancias podían separarse de ellas (una especie de vitalismo, o podríamos llamarlo “espiritismo molecular”).

Pero incluso en el estado embrionario de la medicina de entonces, la homeopatía nació ya cosechando los abucheos de los científicos de la época, dado que no se basaba en nada conocido sobre cómo funciona la naturaleza, ni se tenía noticia de ningún fenómeno que necesitara algo como la homeopatía para explicarse. Es decir, que la homeopatía no tenía ningún argumento ya no solo para ser aceptada, sino ni siquiera para ser refutada.

Pese a todo, el simple avance del conocimiento fue derribando una tras otra las premisas de la homeopatía. A comienzos del siglo XX esta práctica fue cayendo en sus momentos más bajos, hasta que el nazismo la resucitó dentro de su mitología esotérica. En las décadas posteriores comenzó a vivir una edad dorada que perdura hasta hoy, alimentada por la llamada cultura New Age y por la pseudociencia de la quimiofobia (la superstición de lo natural; pero más sobre esto mañana).

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Para su sistema de diluciones, Hahnemann definió la escala centesimal o C, de modo que C1 o 1C consistía en una dilución 1:100, o una parte de la sustancia original (llamada tintura madre) diluida 100 veces en agua o alcohol. Si a continuación se diluía de nuevo 100 veces esta solución, se obtenía una dilución C2 o 2C, y así sucesivamente. Por tanto, el factor de dilución de un preparado homeopático se calcula como 10^-2C, o 0,01^C. En general, Hahnemann recomendaba la dilución C30, equivalente a 10^-60, o 0,00000000000000000000000000000000000 0000000000000000000000001; o sea, una parte de la sustancia por cada 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. 000.000.000.000 partes de agua. En letras, un decillón, o millón de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones. Buf.

Sin embargo, Hahnemann utilizaba diluciones hasta C300. El Oscillococcinum, un preparado homeopático contra la gripe que hoy todavía es muy popular (cuesta creerlo, pero es así), consta de casquería de pato (hígado y corazón) a dilución C200; o sea, y les ahorro los ceros, una parte del supuesto principio original diluida en 10^400 partes de agua, un 1 seguido de 400 ceros, o diez mil… ¿cómo diablos se llama a esto? ¿Hexasesentillones?

Si ya están sospechando que lo anterior empieza a sonar descabellado, lo han adivinado. Después de Hahnemann, los científicos comenzaron a comprender cómo se relaciona la masa de una muestra de sustancia con la cantidad de materia (el número de átomos o moléculas) que contiene. Ambas magnitudes están relacionadas por el número de Avogadro, 6,022*10^23. Así se definió la unidad de sustancia, el mol: un mol de cualquier sustancia contiene siempre 6,022*10^23 átomos o moléculas. En el caso del agua, un mol pesa 18,02 gramos; un mol de sal común (cloruro sódico) pesa 58,44 gramos.

Estos hallazgos permitieron comprender la fantasía que las diluciones de Hahnemann representaban: partiendo de un mol de una sustancia, puede decirse que por encima de C12 ya no queda ni una sola molécula del principio original en el agua.

C30, agua. Imagen de pixabay.

C30, agua. Imagen de pixabay.

Para calibrar la magnitud del disparate, suele citarse que el universo contiene unos 10^80 átomos, por lo que una sola molécula en un vial del tamaño del universo correspondería a una dilución, por así decirlo, de C40; para que el frasquito de Oscillococcinum contuviera una sola molécula del pato, tendría que tener el tamaño de cien ¿trecincuentillones? de universos. En un preparado C30, para asegurar que un solo paciente deglutiera una sola molécula del principio original, deberían haberse administrado dos mil millones de dosis por segundo a toda la población mundial actual, unos seis mil millones de personas, durante casi toda la historia de la Tierra, cuatro mil millones de años.

Así que no teman por los patos: internet me cuenta que un hígado de pato pesa unos 80 gramos, y un corazón unos 20. Así que, si partimos de unos 100 gramos de casquería de un solo pato, ese material, bien administrado, bastaría para preparar un sesentillón (millón de millones de… así hasta 60 veces) de toneladas de Oscillococcinum.

En la práctica, y dado que el pato se usa fresco, el médico Stephen Barrett citaba un artículo de 1997 publicado en U.S. News & World Report según el cual se utilizaba un pato al año, del cual se obtenía una facturación anual en ventas de Oscillococcinum de 20 millones de dólares. Teniendo en cuenta el coste del otro ingrediente, el agua, se harán una idea del grado de motivación de los laboratorios homeopáticos.

Oscillococcinum, agua y azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Oscillococcinum en pastillas, azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Estos preparados que no contienen nada más que agua forman el grueso de los remedios homeopáticos a la venta. En el caso de los llamados glóbulos o pellets, se riza el rizo del esperpento: se trata de píldoras de azúcar (normalmente lactosa) que se impregnan con esa agua y después se dejan secar. Con lo que retienen… ¿qué? ¿Agua seca?

Hahnemann desconocía todos estos datos, ya que en su época la composición de la materia aún estaba por definir. Pero los fantasmas de las sustancias que él presentía en las diluciones se han sustituido en la homeopatía moderna por otras fantasías, como la de que el agua recuerda la sustancia que contuvo. Sin embargo y al parecer, el agua tiene una memoria muy selectiva: solo recuerda la sustancia que el homeópata quiere, ignorando otras muchas impurezas que, según detallaba el químico Mark Lorch, se encuentran en el agua purificada a una concentración equivalente a lo que los homeópatas llaman C4 (en tiempos de Hahnemann esto tampoco se sabía). De cualquier modo y según los experimentos, la memoria del agua es mucho más desastrosa que la de aquel pez de Disney: se le olvida absolutamente todo a las 50 milbillonésimas de segundo.

Toda esta explicación me conduce a un objetivo, y es que no todos los productos homeopáticos llevan diluciones tan altas; una pequeña minoría de ellos se basa en diluciones tan bajas que los preparados sí contienen físicamente los principios activos. Al parecer, existe un debate entre ciertos homeópatas de las escuelas vieja y nueva: algunos piensan que solo estos productos con ingredientes pueden ejercer algún efecto real, mientras que aquellos de la línea más pura opinan que no pueden ser efectivos por no estar suficientemente potentizados. Preguntarse de qué parte están la razón y el sentido común es la pregunta más sencilla de la historia de las preguntas sencillas.

Este último es justamente el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa. Mañana seguiremos contando qué implica la presencia de ingredientes activos en ciertos preparados homeopáticos. Pero antes, no resisto la tentación de dejarles con esta genial parodia del programa humorístico de la BBC That Mitchell and Webb Look.

Las pseudoterapias inician su campaña de desinformación

El fin de semana suele ser cuando se reposan y se repasan los asuntos de los cinco días previos, y entre ellos, como conté ayer, está la puesta en marcha del Plan para la protección de la salud frente a las pseudoterapias, anunciada el pasado miércoles por María Luisa Carcedo, ministra de Sanidad, y Pedro Duque, ministro de Ciencia.

Entre esos reposos y repasos, he podido escuchar en la radio, literalmente, la siguiente interpretación de lo ocurrido esta semana: “el gobierno planea prohibir las terapias naturales”. Cualquiera que escuche esta versión claramente sesgada llegará a la conclusión de que el malvado gobierno se dispone a clausurar su herbolario favorito e impedirle comprar eucalipto para prepararse unos vahos, o tila para relajarse y conciliar el sueño.

La verdadera información está ahí para quien la quiera: el gobierno informará sobre la eficacia o falta de ella de las distintas alternativas terapéuticas con el fin de que la ciudadanía disponga de los suficientes elementos de juicio para elegir sus opciones. Quien quiera elegir pseudoterapias podrá seguir haciéndolo; pero eso sí, ni a sus prescriptores y practicantes se les permitirá la publicidad engañosa, ni podrán ejercer dentro del sistema sanitario, que como cualquiera puede entender a poco que se lo proponga, debe estar dedicado exclusivamente a la administración de tratamientos terapéuticos que sean probadamente terapéuticos.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que el nuevo plan del gobierno puede prender una campaña de desinformación y fake news por parte de los defensores de las pseudoterapias. La anterior interpretación de las intenciones del gobierno es una muestra de cómo la manera de presentar un asunto busca interesadamente provocar una reacción de rechazo en la audiencia: ¡prohibir las terapias naturales! ¡Pero cómo se atreven!

A los agentes de la desinformación se ha sumado, de momento, la presentadora Ana Rosa Quintana. Como informó esta casa el pasado viernes, Quintana defendió las pseudoterapias en su programa, afirmando que “la homeopatía o la acupuntura son ciencias milenarias”. Es evidente que la opinión de Quintana sobre estos asuntos debería pesar tanto como su hipótesis sobre el origen y la causa de los Fast Radio Bursts, potentes ráfagas de emisiones de ondas de radio de procedencia aparentemente extragaláctica.

Pero también es evidente que no es así, sino que opiniones como la suya pesan; y obviamente Quintana ignora o bien lo que son la homeopatía y la acupuntura (no son ciencias), o bien lo que es la ciencia (la homeopatía y la acupuntura no lo son), o ambas cosas, y desde luego parece desconocer por completo que los 222 años de existencia de la homeopatía no cuentan como un milenio.

Otro indicio de que la maquinaria pseudoterapéutica puede preparar una intensificación de su campaña de fake news me lo ha proporcionado una persona, defensora de la homeopatía, que parece haberse propuesto espamear mi correo. A su primer mensaje respondí amablemente explicándole qué es la homeopatía, que no cura y por qué no cura, como creo que es mi obligación y hago con gusto siempre que se trate de ayudar a fomentar la información y la cultura del pensamiento. Pero descubrí entonces que esta persona no solo es inmune a la información, sino que ahora parece decidida a dejarme en el correo periódicas notas sobre su visión del mundo.

En su último correo (de los dos que me ha enviado esta misma mañana), me informa de que “la homeopatía ya es legal en Suecia”, adjuntándome un enlace y añadiendo que “como siempre, en España somos más listos”. Sobre lo de si somos más listos y como ya sugerí ayer, la idea de que debemos mimetizarnos con la manera que en otros países tienen de hacer cualquier cosa sí que tendería a indicar que somos menos listos; si no fuera porque no existen datos que demuestren diferencias de capacidades intelectuales al sur y al norte de los Pirineos.

Pero por supuesto, merece la pena indagar en el caso. El enlace me lleva a una publicación en una web de homeopatía en la que, bajo el título “Fin de la prohibición: en Suecia la homeopatía ya es legal”, se cuenta que el Tribunal Supremo de Suecia ha tumbado una sentencia que condenaba a un médico por haber tratado con homeopatía a un paciente. “Los jueces están convencidos de que el médico actuó en interés del paciente y aplicó el medicamento que según los conocimientos del médico era más adecuado para el paciente”, dice el texto.

Caramba –viene a pretender que interprete mi comunicante–: mientras que en España se planea restringir la homeopatía, justo ahora en Suecia se le da un empujón validando su eficacia. ¿No?

Bueno, lo cierto es que… no. En primer lugar, y aunque resulte muy oportuno pretender que Suecia ahora se pronuncia en favor de la homeopatía, no es exactamente así: al indagar un poco, descubro que en realidad la noticia original se publicó el 24 de septiembre de 2011. Fue hace siete años cuando el Tribunal Supremo sueco anuló la sentencia que sancionaba a este médico. Y en realidad, como voy a explicar, no se ha producido ningún cambio en el estatus legal de la homeopatía en Suecia, al contrario de lo que mi comunicante pretende hacerme creer.

La sentencia original en cuestión (no tengo la menor idea del idioma sueco, pero este enlace al traductor de Google me ofrece una traducción al inglés razonablemente legible) dice lo siguiente: “El Comité Nacional de Salud concede que los remedios homeopáticos no tienen impacto negativo en el organismo humano. Debe considerarse que el tratamiento homeopático no tiene efecto alguno, pero en general se acepta el positivo efecto placebo que se produce cuando el paciente por sí mismo adopta la iniciativa de tomar un tratamiento que cree que pueda tener un efecto en su enfermedad”.

En resumen, la sentencia absuelve al médico de negligencia porque le estaba administrando al paciente un tratamiento que no cura, pero que tampoco le perjudica, y que no hay fundamento para una sanción que solo debe aplicarse cuando un profesional “actúa poniendo en peligro la seguridad del paciente”, dice la sentencia. En otras palabras, este es el gran triunfo enarbolado por los defensores de la homeopatía: en Suecia se dictaminó (hace siete años) que administrar agua o pastillas de azúcar a un paciente no pone en riesgo su salud.

La sentencia añadía además un detalle. Basándose en ese posible efecto placebo, que no cura, pero que puede favorecer la percepción de bienestar del enfermo, los jueces citaban la postura del Comité Nacional de Salud y Bienestar de Suecia según la cual “en casos excepcionales los remedios homeopáticos pueden aceptarse como un suplemento a la medicina académica”. Pero añadía: “Esto no se aplica al tratamiento sistemático o al tratamiento DE MENORES”.

Las mayúsculas son mías; y es que, como ya comenté ayer, la defensa de la libertad de elección solo puede aplicarse a adultos que toman sus propias decisiones sobre su propia salud. Parece que no solamente Suecia no mantiene una postura más favorable a la homeopatía que España, sino que además allí existe un especial énfasis en la protección de los niños contra las pseudoterapias que aquí, al menos según lo presentado en las directrices del nuevo plan del gobierno, aún no se ha contemplado.

Pero insisto: la postura oficial sueca no es más favorable a la homeopatía que la española. Dos años después de aquella sentencia, el Comité Nacional de Salud, a resultas de una investigación encargada por el Ministerio de Asuntos Sociales (traducción al inglés aquí), insistía en la excepcionalidad de la administración de homeopatía: “Las ocasiones en las que los profesionales de la salud pueden desviarse de la ciencia y la experiencia demostrada son, por ejemplo, si un paciente terminal ha probado toda la medicina académica y quiere probar los preparados homeopáticos”.

La responsable del estudio, Lisa van Duin, decía: “Entonces, los profesionales legítimos de la salud no pueden decir que se niegan a la homeopatía, sino que en cambio pueden ayudar a que se practique con seguridad”, añadiendo que “los tratamientos de medicina alternativa no deben interferir con la medicina de modo que suponga un riesgo para el paciente”.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

La realidad es que Suecia, como el resto de los países de la Unión, se ciñe a las actuales normativas comunitarias sobre pseudoterapias. Y para saber cuál es el estado actual de la homeopatía en aquel país, nada mejor que consultar la web de la Agencia Sueca de Productos Médicos (MPA), que por suerte sí ofrece información en inglés. Y este es el estatus actual de los remedios homeopáticos en Suecia: “Deben registrarse en la MPA para poder venderse en el mercado sueco”, dice la web.

¿Y qué necesita un producto homeopático para registrarse en la MPA sueca? La web cita los artículos 14 y 15 de la Directiva 2001/83/EC del Parlamento Europeo, así como el 17 y el 18 de la Directiva 2001/82/EC, para el caso de los productos veterinarios. Y aplicando dichas directivas, se exige a todo producto homeopático “la calidad y seguridad del producto final”, “que la fabricación se produzca en condiciones aceptables de calidad”, que “la fabricación cumpla con los métodos homeopáticos” y que “la materia prima se haya utilizado previamente en homeopatía”. Es decir, ni una palabra sobre su eficacia. O sí, pero no en el sentido en que pretenden los propagadores de fake news. La web añade: “La MPA sueca no evalúa la eficacia de los productos homeopáticos. No se requieren estudios clínicos o literatura científica de apoyo para demostrar el efecto de un producto homeopático. Aún más, no pueden sostenerse indicaciones o efectos para un producto homeopático”.

Es decir, la ley sueca tolera la venta de productos homeopáticos, aunque no curen, sin importar que no curen, pero únicamente siempre que no se afirme que curan. Respecto a qué tipo de productos homeopáticos pueden venderse, la MPA especifica que estos “no contengan más de una parte en 10.000 del principio original (equivalente a D4 en el producto final)” y que “si se emplea una sustancia activa empleada en un fármaco que requiere receta, el producto homeopático debe diluir este principio al menos 100 veces respecto a la dosis más baja que requiere prescripción”.

¿Y por qué esa dilución D4? Bueno, sencillamente porque es la dilución mínima a la que se ha probado que no existe ningún resto del principio original; en otras palabras, la ley sueca garantiza que los productos homeopáticos que se venden contienen exclusivamente agua (o azúcar, en el caso de las pastillas). Y asegurado esto, nadie puede impedir a nadie que compre agua embotellada o caramelos, aunque sea en dosis muy pequeñas a precios comparativamente astronómicos.

Bienvenido el plan contra las pseudoterapias, pero ¿quién protegerá a los niños?

La ciencia y la medicina no son de izquierdas ni de derechas. Y por tanto, la pseudociencia y la pseudomedicina tampoco lo son. Podría hacerse un retrato simplista de los grupos anticientíficos a los dos lados del arco: la derecha milagrera y la izquierda feng-shui (como acuñó el periodista Mauricio-José Schwarz). Estos grupos existen, pero sería muy aventurado decir que son algo más que estereotipos. Lo cual no significa que los estereotipos no existan. Pero no es un carnet político lo que da la razón, ni tampoco lo que la nubla.

En algunos casos sí son factores culturales, anclados en la tradición de un pueblo. En EEUU nadie consigue limitar la tenencia de armas, a pesar de lo probadamente nocivo de la barra libre, no porque lo diga la Constitución de aquel país, sino porque lo hace el espíritu que inspiró esa Constitución. En el terreno de las pseudoterapias, países como Francia y Alemania arrastran una inercia difícil de romper: el inventor de la homeopatía, Samuel Hahnemann, era alemán; y la mayor multinacional del mundo de esta pseudoterapia fraudulenta, Boiron, es francesa.

En este país nuestro existe un consolidado tic mental de dar por bueno todo lo que se hace fuera, todo lo que viene de fuera. Y este es un argumento al que suelen agarrarse los defensores de las pseudoterapias, su estatus legal o su popularidad en otros países. Noticia fresca: no existe ninguna evidencia de que los españoles seamos menos inteligentes que los extranjeros, ni más propensos a dejarnos llevar por supersticiones, mitos o bulos.

Por lo tanto, legislar sobre las pseudoterapias no debería basarse en ninguna necesidad de mimetizarnos con nuestro entorno. Pero tampoco debería depender de qué color gobierne en cada momento.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

El primer (y esperado) paso del actual gobierno contra las pseudoterapias, concretado esta semana en el anuncio de un plan de regulación, no es un producto de una ideología política, sino del hecho de que por primera vez se da la circunstancia de que los dos puestos de máxima responsabilidad gubernamental en Ciencia y Sanidad no están ocupados por filólogos, financieros o abogados inmobiliarios, sino por dos personas (Pedro Duque y María Luisa Carcedo) guiadas por un criterio que debería exigirse en estos casos, un conocimiento profundo de la ciencia y la medicina, respectivamente.

Es decir, no basta con la titulación adecuada, que es el primer requisito esencial; como suelo pregonar aquí, nadie aceptaría a alguien al frente del Ministerio de Economía que no fuera economista, o del de Justicia sin titulación en Derecho. Pero no es un secreto que existen numerosos profesionales de la Sanidad que no solo defienden las pseudoterapias, sino que las prescriben. Hace unas semanas se publicó la estrambótica noticia de que una institución denominada Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal ha premiado a un homeópata. Lo cual resulta aún más esperpéntico teniendo en cuenta lo que Santiago Ramón y Cajal escribió sobre la homeopatía en su último libro, El mundo visto a los ochenta años:

¿No curan lo mismo hoy los homeópatas, la Christian science de Baker-Eddy y el psicoanálisis de Freud? El hombre dispone de reservas inagotables de fe en lo sobrenatural o simplemente en el absurdo.

(La Christian science era un presunto método de sanación espiritual creado por la estadounidense Mary Baker Eddy, fundadora de la Iglesia de Cristo, Científico, y muy en boga en tiempos de Ramón y Cajal; por su parte, el psicoanálisis ha recibido acusaciones de pseudociencia desde su invención.)

Pero además, al poder y el saber debe sumarse el tercer factor: querer. La voluntad de cambiar el actual estatus de las pseudoterapias no solo se enfrenta a la inercia del sistema, sino también a los numerosos intereses económicos implicados, incluyendo grandes negocios como el de la homeopatía y la penetración de sus practicantes y prescriptores en los órganos de decisión de ciertas organizaciones profesionales.

En resumen, el plan anunciado por el gobierno analizará las propuestas terapéuticas desde el único prisma posible, el de la evidencia científica, para informar a la población sobre las diferencias entre las terapias de eficacia comprobada y las que no la tienen ni se basan en pruebas científicas. Se combatirá la publicidad engañosa de las pseudoterapias, algo espinoso pero muy necesario, y tanto las pseudoterapias como sus practicantes quedarán fuera de los centros sanitarios y de las titulaciones universitarias.

En la presentación del plan el pasado miércoles, Pedro Duque resaltaba que no se trata de dirigir las creencias de cada cual, sino de que nadie elija una pseudoterapia por una falta de acceso a la información veraz. Y si alguien quiere jugar con su salud en contra del conocimiento, que lo haga bajo su propia responsabilidad, a sabiendas de que atenta contra sí mismo.

Sin embargo, este planteamiento deja una vía de agua, y es una de extrema gravedad: ¿quién protege de las pseudoterapias a aquellos que no pueden protegerse por sí mismos? La homeopatía encuentra uno de sus filones en la pediatría, y esto es algo que el enfoque del plan no contempla, como tampoco el hecho de que son los padres quienes toman la decisión de no vacunar a sus hijos. Si se trata de proteger la salud contra las pseudoterapias, la libertad de elección no puede amparar la desprotección de la infancia.