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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

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Actualizar el diccionario también es importante para #StopPseudociencias

Durante la campaña #StopPseudociencias en Twitter, saltaron varias iniciativas pidiendo a la RAE que el diccionario oficial del castellano actualice las definiciones de ciertos términos que en otro tiempo podían resultar admisibles según el limitado conocimiento de la época, pero que el avance de la ciencia ha dejado obsoletas y engañosas.

En concreto, el canon de nuestra lengua define la homeopatía como “sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”, mientras que el horóscopo aparece descrito como “predicción del futuro basada en la posición relativa de los astros y de los signos del Zodiaco en un momento dado”.

 

La RAE vierte un gran esfuerzo en responder a innumerables consultas de los usuarios, y también en este caso respondió prontamente a la petición de modificar la definición de homeopatía: “Ya está en curso una propuesta para modificar esa redacción”.

Evidentemente, alguien podría argumentar que acudir al diccionario de la RAE para informarse sobre ciencia es como llevar un reloj de arena en la muñeca para comprobar la hora. Pero para quienes amamos el lenguaje (no sé si uno puede dedicarse a escribir sin amar el lenguaje, pero por algo esto se llama Ciencias Mixtas), es importante dar a las palabras el significado que realmente tienen. Personalmente, consulto el diccionario todos los días para comprobar definiciones y, por ejemplo, no utilizar ciertos términos con significados prestados de otros idiomas (inglés) que realmente no están contemplados en el castellano. Ejemplos: situación bizarra, enfermedad severa, estudio seminal…

Todo lo cual no implica que necesariamente debamos adherirnos a las normas dictadas por la RAE cuando estas (pronombres demostrativos sin tilde, otra recomendación de la RAE que debería extenderse más entre quienes nos dedicamos a escribir, lo mismo que desterrar para siempre la tilde en “solo”) son contrarias al conocimiento científico actual; también cuando, además de al conocimiento científico actual, son contrarias al sentido común y/o a la evolución social (como en un caso que comenté recientemente).

En 2001, la RAE concedió la silla i (con vigencia desde 2003) a la bioquímica y bióloga molecular Margarita Salas, una gran eminencia de la investigación que además ha sido impulsora del papel y la visibilidad de las mujeres en la ciencia española. Recuerdo que por entonces se dijo que Salas aportaría un criterio esencial en la definición de términos científicos para el diccionario, y no dudo de que su labor en este campo habrá sido intensa e insustituible en los años transcurridos desde entonces.

Pero al menos para quienes la contemplamos desde fuera, la de ser una institución dinámica, vibrante y en la vanguardia no pasa por ser una de las muchas virtudes que adornan la imagen popular de la RAE. Pues bien, ¿cuántos siglos debemos esperar para que se actualice la definición de términos como los citados más arriba?

Entre los valiosos recursos de la RAE online se encuentra el Mapa de diccionarios, una herramienta que permite consultar simultáneamente seis ediciones representativas del diccionario de la RAE desde 1780 hasta 2001. Allí podemos descubrir que, de estas seis ediciones, el término “homeopatía” aparece por primera vez en la de 1884, con esta definición: “sistema curativo que aplica á las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas substancias que en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales ó parecidos á los que se trata de combatir”.

Es decir, salvo por pequeños cambios ortográficos y de puntuación, y la eliminación de la alusión al “hombre”, básicamente la misma definición que hoy seguimos encontrando. El alemán Samuel Hahnemann inventó la homeopatía en 1796, cuando aún se desconocían los fundamentos biológicos y bioquímicos del organismo y de las enfermedades. Lo cual no implica que las propuestas de Hahnemann tuvieran el menor sentido: en el siglo XIX John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificó la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”. Pero la ciencia del siglo XX demostró que los principios homeopáticos, además de absurdos, son también falsos.

Así pues, desde 1884 han transcurrido más de 130 años, tiempo más que suficiente para que veamos ya aprobada esa nueva propuesta de definición que está manejando la RAE, y en la que esperemos que trasluzca el criterio científico de Margarita Salas. Claro que tiempo suficiente, concretamente más de tres siglos, ha transcurrido para que la RAE, que define la astrología como “estudio de la posición y del movimiento de los astros como medio para predecir hechos futuros y conocer el carácter de las personas”, no solo actualice esta definición, sino que también deje de considerar la astronomía ¡como sinónimo de la astrología!

El diccionario aclara que esta equiparación de ambos términos está en desuso; en efecto, está en desuso aproximadamente desde 1700, cuando quedó definitivamente claro que la astronomía era una ciencia y la astrología una superstición. ¿No va siendo hora de darle un repaso científico general al diccionario?

Claro que, si esperamos que el diccionario de la RAE distinga entre lo que es ciencia y lo que es pseudociencia (o ni eso), nos vamos a encontrar con un pequeño obstáculo. Y es que, a pesar de esto…

…nos encontramos también esto:

Claro que quizá todo ello requeriría un ligero cambio de mentalidad:

¿La “fe desmedida” en la ciencia como ejemplo modélico de superstición? ¿En serio? ¿Será acaso por falta de ejemplos para elegir?

El inglés y la ciencia se suman al lenguaje inclusivo de género

En estos días se habla de modificar la Constitución para que su lenguaje se refiera de forma específica a hombres y mujeres, en lugar de regirse por el genérico masculino como mandan los cánones clásicos de la lengua castellana. Como intuirán o sabrán, este no es un blog lingüístico, sino de ciencia; y además, si algo sobra en este debate, es una opinión más.

Pero tratándose de un asunto que concierne a quienes manejamos el lenguaje como profesión, creo que es útil aportar datos que puedan servir para que al menos los conozcan quienes deberían conocerlos. Por lo tanto, no vengo a opinar, sino a contar dos hechos que deberían ampliar el foco de una cuestión en la que la postura de cada cual parece depender de su bandera política, como si no existiera mundo más allá de esa rueda de hámster de las siglas partidistas españolas.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

El primer hecho es evidente, pero no está de más recordarlo de vez en cuando: al contrario que la física, la química o la biología, materias como la lengua o las leyes son construcciones humanas, diferentes en cada grupo humano. Y por lo tanto, pueden cambiarse a voluntad si ese grupo así lo decide. Cuando la RAE dicta que “este tipo de desdoblamientos [los niños y las niñas, los ciudadanos y las ciudadanas] son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”, eso sí es una opinión; basada en considerar que el grupo es la RAE, y no las personas que utilizan la lengua. Por lo tanto, defender que todo quede como está es tan válido como defender que todo cambie, y la única cortapisa a esto último que puede alegar ese grupo selecto que se arroga el derecho exclusivo a decidir qué es artificioso e innecesario es, como decía el académico José Manuel Blecua, que se trata de “una falta de respeto” o de “una moda”.

El segundo hecho que saca el asunto de esa rueda de hámster es que la tendencia y el debate sobre el lenguaje inclusivo no son solo algo nuestro, sino que llevan ya años de rodaje en otros países con otras lenguas. Vengo a contar el caso del inglés. Una gran parte de mi trabajo consiste en leer, y prácticamente la totalidad de lo que leo está escrito en inglés, tanto los estudios científicos como los emails que intercambio con la comunidad investigadora.

Desde hace unos años viene llamándome la atención que parece existir una creciente tendencia hacia el uso del femenino como genérico en inglés. En este idioma se da la peculiaridad de que los sustantivos no tienen género, pero es en los pronombres en tercera persona donde aparecen las diferencias: he/his/him/himself para él, she/her/herself/hers para ella. Y es aquí donde se ha centrado la discusión. En inglés, como en castellano, existía la costumbre tradicional de utilizar el masculino como genérico: así como en castellano suele decirse “un científico debe ceñirse a sus pruebas”, utilizando el masculino como genérico en el sustantivo, en inglés se dice “a scientist must stick to his evidence“; “scientist” no tiene género, pero este se introduce en el pronombre “his“, dando por hecho que el científico es un hombre.

Pues bien, lo que he notado desde hace años es que muchas personas dedicadas a la ciencia y periodistas que escriben sobre ciencia –no significa que no ocurra en otros ámbitos, pero hablo solo del que conozco– han pasado a utilizar el femenino como genérico:a scientist must stick to her evidence“, o “a child builds her brain during the first years of life“, “una niña construye su cerebro durante sus primeros años de vida”.

Intrigado por esta tendencia, en su día me preocupé de indagar un poco en ello, y en efecto me confirmaron que el uso de los pronombres genéricos ha sido materia de debate en la comunidad angloparlante desde hace años. Para tratar de desmasculinizar el lenguaje, hay dos corrientes principales. Una de ellas aboga por usar como genérico they/them/their/theirs/themselves (que engloba por igual a ellos y a ellas), un uso que también es tradicional en inglés: “a scientist must stick to their evidence“, o “a child builds their brain during the first years of life“. Sin embargo, una segunda corriente prefiere usar el femenino como manifestación expresa de la necesidad de compensar la tradicional masculinización del lenguaje.

Para tomar el pulso a estos usos del lenguaje, en 2012 dos investigadoras y un investigador (seamos precisos) de la Universidad Estatal de San Diego y la Universidad de Georgia (EEUU) publicaron un estudio en el que analizaron el uso de pronombres personales masculinos y femeninos en 1,2 millones de libros en inglés publicados entre 1900 y 2008. El estudio descubría que existe una “brecha de género en los pronombres”, un uso mucho mayor de los masculinos, pero que viene reduciéndose desde los años 70: de 4,5 pronombres masculinos por cada uno femenino hasta los 60, se ha pasado a solo 2 masculinos por cada femenino en 2008.

El estudio no se fijaba específicamente en el uso de los pronombres como genéricos, por lo que es de suponer que esta evolución refleja sobre todo un aumento del número de personajes femeninos en la literatura. Pero incluso en este caso, el cambio es notable: según el estudio, “la proporción de pronombres de género se correlaciona significativamente con los indicadores del estatus de las mujeres en EEUU, como el nivel educativo, la participación laboral y la edad en el matrimonio, así como la asertividad de las mujeres”. A lo largo del periodo histórico analizado, “los libros usan relativamente más pronombres femeninos cuando el estatus de las mujeres es más alto, y menos cuando es más bajo”.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pero además de las dos corrientes principales citadas arriba, hay una tercera que defiende la invención de nuevos pronombres inclusivos como s/he o han, que engloban a he y she. Y no solo el idioma inglés ha explorado esta opción: en 2015 el diccionario oficial de la lengua sueca introdujo el nuevo pronombre neutro hen, como alternativa a los tradicionales han (él) y hon (ella).

Quien considere que este tipo de recursos son simplemente –citando a la RAE– “artificiosos” o “innecesarios” está olvidando un aspecto fundamental. La lengua sueca no ha introducido hen para sustituir a han cuando se habla de un hombre o a hon cuando se refiere a una mujer, sino para su uso en aquellos casos en los que el género de una persona sea irrelevante (como en los genéricos) o cuando no se corresponda nítidamente con lo masculino o lo femenino. Como hoy sabe cualquiera que no prefiera ignorarlo deliberadamente (y ya he explicado aquí la ciencia de ello en artículos como este), muchas personas no se identifican con su sexo cromosómico sino con el opuesto, o con ninguno de los dos, o incluso no tienen un sexo cromosómico definido (por ejemplo, las personas XXY).

De hecho, esta necesidad de que la lengua sea más inclusiva con todas las personas con independencia de su identidad de género es la que ha llevado a la comunidad angloparlante a otra tendencia en aumento, y es que cada persona defina sus propios pronombres: desde 2015, una institución tan escasamente frívola como la Universidad de Harvard incluye en sus formularios de matrícula el siguiente epígrafe: “Feel free to pick a pronoun on this form [elija su pronombre en este formulario]: He. She. Ze. E. They“, dando así la opción a sus estudiantes para que escojan un pronombre de género o uno de los neutros ze, e o they. Otras universidades estadounidenses siguen iniciativas similares.

Y todo ello porque, con independencia de lo que la RAE considere una falta de respeto, lo que la inmensa mayoría de la gente sí considera una falta de respecto es que la traten con pronombres diferentes a los suyos. Claro que mientras el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE, en su entrada “género“, continúe afirmando que este se corresponde “con la distinción biológica de sexos”, parece evidente que aquí aún estamos a años luz no ya de recorrer este camino, sino de dar el primer paso.