¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (I)

Ayer conté aquí cómo encontré un jarabe homeopático en mi botiquín casero, todo un borrón en mi currículum que asumo con resignación y vergüenza. Pero ¿qué fue de aquel infortunado frasco, caído en manos de alguien que conocía lo que ocultaba (o lo que no) detrás de su vidrio oscuro? Como es lógico, inmediatamente dispuse del contenido de forma adecuada; era demasiado temprano para una copa (3,2 grados de alcohol, casi como una cerveza).

Pero conservé el prospecto. Porque observé en él algo muy interesante que hoy me da pie a explicar esto: la única homeopatía que podría tener algún efecto es aquella que se vende como tal pero que realmente no lo es, y que en casos como este tampoco es otra cosa que muchos de los consumidores de estos preparados esperan que sea. Parece uno de aquellos famosos trabalenguas de Rajoy, pero déjenme que se lo explique.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Para ello debo comenzar resumiendo qué es la homeopatía, esa gran incomprendida: no es una ciencia milenaria como afirmaba la docta Ana Rosa Quintana, sino solo una pseudociencia centenaria. Fue inventada en 1796 por el médico alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de una observación errónea concibió la ficción de que una sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en dosis normales los curaba si se administraba en cantidades ínfimas, algo que desde la antigüedad otros ya habían propuesto sin éxito (porque no es cierto).

Como en aquellos martinis de Buñuel, en los que todo el vermú necesario era el de un rayo de sol al atravesar la botella de Noilly Prat e incidir en la copa, Hahnemann definió un método de diluciones progresivas que iban reduciendo el principio activo. Entre las diluciones, el preparado debía agitarse según un arcano ritual contra un libro con tapas de cuero con el fin de extraer de la sustancia sus presuntas propiedades. Con estas llamadas sucusiones el preparado se va potentizando, de modo que cuanto menos contiene del ingrediente activo, más potente es.

En tiempos de Hahnemann aún no se conocían las causas de muchas enfermedades; los tratamientos nacían de la experiencia o la intuición y a menudo hacían más daño que bien. El átomo era un misterio, y Hahnemann creía que una sustancia podía dividirse hasta límites casi inconcebibles. Por otra parte, defendía la existencia de factores esotéricos en las enfermedades, y la idea de que las propiedades de las sustancias podían separarse de ellas (una especie de vitalismo, o podríamos llamarlo “espiritismo molecular”).

Pero incluso en el estado embrionario de la medicina de entonces, la homeopatía nació ya cosechando los abucheos de los científicos de la época, dado que no se basaba en nada conocido sobre cómo funciona la naturaleza, ni se tenía noticia de ningún fenómeno que necesitara algo como la homeopatía para explicarse. Es decir, que la homeopatía no tenía ningún argumento ya no solo para ser aceptada, sino ni siquiera para ser refutada.

Pese a todo, el simple avance del conocimiento fue derribando una tras otra las premisas de la homeopatía. A comienzos del siglo XX esta práctica fue cayendo en sus momentos más bajos, hasta que el nazismo la resucitó dentro de su mitología esotérica. En las décadas posteriores comenzó a vivir una edad dorada que perdura hasta hoy, alimentada por la llamada cultura New Age y por la pseudociencia de la quimiofobia (la superstición de lo natural; pero más sobre esto mañana).

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Para su sistema de diluciones, Hahnemann definió la escala centesimal o C, de modo que C1 o 1C consistía en una dilución 1:100, o una parte de la sustancia original (llamada tintura madre) diluida 100 veces en agua o alcohol. Si a continuación se diluía de nuevo 100 veces esta solución, se obtenía una dilución C2 o 2C, y así sucesivamente. Por tanto, el factor de dilución de un preparado homeopático se calcula como 10^-2C, o 0,01^C. En general, Hahnemann recomendaba la dilución C30, equivalente a 10^-60, o 0,00000000000000000000000000000000000 0000000000000000000000001; o sea, una parte de la sustancia por cada 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. 000.000.000.000 partes de agua. En letras, un decillón, o millón de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones. Buf.

Sin embargo, Hahnemann utilizaba diluciones hasta C300. El Oscillococcinum, un preparado homeopático contra la gripe que hoy todavía es muy popular (cuesta creerlo, pero es así), consta de casquería de pato (hígado y corazón) a dilución C200; o sea, y les ahorro los ceros, una parte del supuesto principio original diluida en 10^400 partes de agua, un 1 seguido de 400 ceros, o diez mil… ¿cómo diablos se llama a esto? ¿Hexasesentillones?

Si ya están sospechando que lo anterior empieza a sonar descabellado, lo han adivinado. Después de Hahnemann, los científicos comenzaron a comprender cómo se relaciona la masa de una muestra de sustancia con la cantidad de materia (el número de átomos o moléculas) que contiene. Ambas magnitudes están relacionadas por el número de Avogadro, 6,022*10^23. Así se definió la unidad de sustancia, el mol: un mol de cualquier sustancia contiene siempre 6,022*10^23 átomos o moléculas. En el caso del agua, un mol pesa 18,02 gramos; un mol de sal común (cloruro sódico) pesa 58,44 gramos.

Estos hallazgos permitieron comprender la fantasía que las diluciones de Hahnemann representaban: partiendo de un mol de una sustancia, puede decirse que por encima de C12 ya no queda ni una sola molécula del principio original en el agua.

C30, agua. Imagen de pixabay.

C30, agua. Imagen de pixabay.

Para calibrar la magnitud del disparate, suele citarse que el universo contiene unos 10^80 átomos, por lo que una sola molécula en un vial del tamaño del universo correspondería a una dilución, por así decirlo, de C40; para que el frasquito de Oscillococcinum contuviera una sola molécula del pato, tendría que tener el tamaño de cien ¿trecincuentillones? de universos. En un preparado C30, para asegurar que un solo paciente deglutiera una sola molécula del principio original, deberían haberse administrado dos mil millones de dosis por segundo a toda la población mundial actual, unos seis mil millones de personas, durante casi toda la historia de la Tierra, cuatro mil millones de años.

Así que no teman por los patos: internet me cuenta que un hígado de pato pesa unos 80 gramos, y un corazón unos 20. Así que, si partimos de unos 100 gramos de casquería de un solo pato, ese material, bien administrado, bastaría para preparar un sesentillón (millón de millones de… así hasta 60 veces) de toneladas de Oscillococcinum.

En la práctica, y dado que el pato se usa fresco, el médico Stephen Barrett citaba un artículo de 1997 publicado en U.S. News & World Report según el cual se utilizaba un pato al año, del cual se obtenía una facturación anual en ventas de Oscillococcinum de 20 millones de dólares. Teniendo en cuenta el coste del otro ingrediente, el agua, se harán una idea del grado de motivación de los laboratorios homeopáticos.

Oscillococcinum, agua y azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Oscillococcinum en pastillas, azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Estos preparados que no contienen nada más que agua forman el grueso de los remedios homeopáticos a la venta. En el caso de los llamados glóbulos o pellets, se riza el rizo del esperpento: se trata de píldoras de azúcar (normalmente lactosa) que se impregnan con esa agua y después se dejan secar. Con lo que retienen… ¿qué? ¿Agua seca?

Hahnemann desconocía todos estos datos, ya que en su época la composición de la materia aún estaba por definir. Pero los fantasmas de las sustancias que él presentía en las diluciones se han sustituido en la homeopatía moderna por otras fantasías, como la de que el agua recuerda la sustancia que contuvo. Sin embargo y al parecer, el agua tiene una memoria muy selectiva: solo recuerda la sustancia que el homeópata quiere, ignorando otras muchas impurezas que, según detallaba el químico Mark Lorch, se encuentran en el agua purificada a una concentración equivalente a lo que los homeópatas llaman C4 (en tiempos de Hahnemann esto tampoco se sabía). De cualquier modo y según los experimentos, la memoria del agua es mucho más desastrosa que la de aquel pez de Disney: se le olvida absolutamente todo a las 50 milbillonésimas de segundo.

Toda esta explicación me conduce a un objetivo, y es que no todos los productos homeopáticos llevan diluciones tan altas; una pequeña minoría de ellos se basa en diluciones tan bajas que los preparados sí contienen físicamente los principios activos. Al parecer, existe un debate entre ciertos homeópatas de las escuelas vieja y nueva: algunos piensan que solo estos productos con ingredientes pueden ejercer algún efecto real, mientras que aquellos de la línea más pura opinan que no pueden ser efectivos por no estar suficientemente potentizados. Preguntarse de qué parte están la razón y el sentido común es la pregunta más sencilla de la historia de las preguntas sencillas.

Este último es justamente el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa. Mañana seguiremos contando qué implica la presencia de ingredientes activos en ciertos preparados homeopáticos. Pero antes, no resisto la tentación de dejarles con esta genial parodia del programa humorístico de la BBC That Mitchell and Webb Look.

8 comentarios

  1. Dice ser Divertido

    Veo que vas a hacer una serie de artículos contra la homeopatía en el cual este es el primero para coronarte como el más 100tífiko de los 100tífikos.
    No me interesa, ni me preocupa la homeopatía, pero desde que hago qigong estático (eso que decíais que curaba porque era ejercicio también lo hay estático) he perdido varios dolores y estoy recuperando la salud poco a poco.
    Hale, a seguir luchando por un mundo exclusivamente material utilizando nuestra parte inmaterial para engendrar nuevos argumentos.

    25 enero 2019 | 13:06

  2. Dice ser Alberto

    Qué fácil es atacar lo que no se conoce…El problema de la Homeopatía (si es que tiene alguno), pasa por la pereza de los facultativos a estudiarla. En cuanto a lo de enriquecerse con ella, tal y como se refleja en la parodia de youtube, es un triste argumento también. Esto es Europa (o, al menos, quiere serlo). Leer la legislación no estaría mal. Hablar con los miles de médicos, farmacéuticos y veterinarios que la utilizan no está mal. Ni mucho menos hacerlo con los MILLONES de pacientes de todo el mundo que se han visto beneficiados con su uso. Concomitantemente o no con terapias alopáticas, técnicas quirúrgicas, etc, que en ningún caso deben abandonarse. Medicina integrativa. Por supuesto, no le pregunte a una vaca cómo le ha sentado el preparado homeopático que le hayan administrado, ni a un bebé. No pueden hablar. Piense.

    25 enero 2019 | 13:43

  3. Dice ser Alguien que obviamente está a sueldo de (insertar algo aquí)

    Alberto, colega. ¿Cuánto te paga Boiron para que les defiendas el negocio?

    25 enero 2019 | 19:54

  4. Dice ser cross

    Alguien que cree que el agua tiene memoria, tiene tanto aval científico como irse a Lourdes para que la virgen les cure, así que aquí hablamos de fe no de ciencia, una fe cara que hace ricos a unos pocos

    25 enero 2019 | 20:24

  5. Dice ser Parludo

    ¿Y qué tal un artículo en el que ponga a caer de un burro a la medicina alopática porque no quiere pacientes curados sino enfermos crónicos?
    ¿O porqué aún hoy en día sigue sin cura la malaria?… Porque el primero en descubrir un antídoto “donó” al mundo su descubrimiento… poco tardaron en tirar su trabajo por tierra y ponerle a parir…

    26 enero 2019 | 01:40

  6. Dice ser Maite Martínez

    Ya veo que tienes mucho curriculum, ¿es todo cierto? Y te crees con derecho a opinar y poner frases contundentes “no es verdad” como si fueses el listo de la clase y el más listo de todos. Creo que para hacer estas afirmaciones tan categóricas, ya que tienes el privilegio de poder escribir aquí y no gratis, por cierto, deberías conocer más, ahondar más en el tema que escribir dando tu opinión tan catégoria es muy fácil en tu caso y además cobrar por hacerlo.
    Lo dicho, mucho título, mucha seguridad y total falta de pruebas y conocimiento.

    26 enero 2019 | 10:06

  7. Dice ser Rannia

    Otra vez atacando a la Homeopatía… Javier Yanes parece conocer la terminología homeopática de diluciones hahnemnannianas centesimales, decimales, korsacovianas…, habla del Nº de Avogadro como si fuera la Muralla China del poder terapéutico homeopático… Qué pena que todos los detractores de la Homeopatía desconozcan la realidad compleja e indemostrable de la curación que produce la terapia homeopática, lo cual no quiere decir que pueda curar toda patología, no es una panacea, siempre tendrá prioridad la buena praxis del terapéuta para elegir en qué casos puede no ser eficaz. Sabe ud cuántos farmacéuticos y médicos utilizan Oscillococcinum 200K para tratar los primeros signos y síntomas de procesos catarrales? En principio éstos profesionales que han estudiado farmacología, galénica, farmacognosia…, podrían decirle que el método de preparación de este producto no es tan insólito en comparación con otros productos de aplicación clínica…, no hablemos de la cosmética donde ya no se nombra solo a un posible “pato” sino más bien extractos de placenta de cualquier mamífero… Mire Sr Yanes, habla del Universo como si en él se conocieran todos los fenómenos… ¿por ello deben ser increíbles? La evolución científica ha puesto en evidencia fenómenos antes atribuidos al esoterismo que hoy son considerados científicos… Dé tiempo al tiempo, de momento si alguien cura su enfermedad con Homeopatía respete el método que ha seguido, sobre todo si no ha habido efectos secundarios.

    26 enero 2019 | 12:08

  8. No creo que haya una panacea en el mundo.

    27 enero 2019 | 04:17

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