Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Entradas etiquetadas como ‘pseudomedicina’

El delirio de la homeopatía: el caso de la saliva de perro rabioso (I)

Esta semana se publicaba en el diario The Washington Post un caso sobre homeopatía cuyas diversas facetas forman todas ellas una especie de poliedro perfecto de la aberración, un panorama que sobrepasaría el límite de lo descacharrante si no fuera por la enorme afrenta que supone jugar de este modo con la salud de las personas; sobre todo tratándose de las más indefensas, aquellas que no pueden decir: mamá, por favor, llévame a un médico titulado que practique medicina de cuyo funcionamiento e inocuidad existan pruebas científicas contrastadas, y cuyo practicante pueda explicar al menos alguna hipótesis sobre su mecanismo de acción.

Aunque la noticia ha circulado en los últimos días, su origen se sitúa hace algo más de dos meses. Fue en febrero cuando la canadiense Dra. Anke Zimmermann, médica naturópata (según ella misma firma), publicó una entrada más en el blog de su web.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Una aclaración, con un ejemplo. Durante mis primeros años de tesis, compartí poyata de laboratorio con una postdoctoral llamada Eva. En una ocasión recuerdo que Eva se me quejaba de este modo: “a mi hermana, que es médica pero no ha hecho un doctorado, todo el mundo la llama Dra. X; a mí, que soy bióloga pero soy doctora, me llaman señorita X”. En este país hemos podido comprobar últimamente cómo los títulos parecen un bufé libre en el que cada uno pone en su plato lo que le apetece. Pero más allá de adornar el nombre con algún prefijo o sufijo rimbombante, lo esencial en el fondo de esto es que, sobre todo cuando se trata de la salud, el paciente pueda saber en manos de qué tipo de profesional está poniéndose.

En Norteamérica hay una regulación estricta para los diferentes tipos de médicos. Quienes firman como MD, o Medical Doctor, son los que han estudiado una carrera de medicina (no un doctorado, que se denota como PhD o Doctor of Philosophy en todas las disciplinas), y pueden ejercer cualquier especialidad de medicina y cirugía de forma ilimitada. Lo mismo se aplica a quienes firman DO, Doctor of Osteopathic Medicine. No voy a entrar en los detalles, pero el médico osteopático en EEUU es radicalmente diferente del osteópata tal como aquí lo entendemos (este asunto es complejo; escribí un reportaje detallado aquí); allí tiene también una titulación en medicina y un acceso ilimitado a practicar la medicina y la cirugía en todo el país y en otros muchos.

No es el caso del ND o Naturopathic Doctor. En este caso se trata de una persona que ha estudiado una carrera específica de medicina naturópata, y que solo está autorizada a practicar la medicina de forma ilimitada en algunas provincias de Canadá y en 16 o 17 estados (según las fuentes) de los 50 totales de EEUU; en el resto solo pueden hacer una labor, digamos, parafarmacéutica. Todo esto no clarifica demasiado la situación para el sufrido paciente, y por ello hay multitud de webs en las que se explica la diferencia entre unas titulaciones y otras para que el usuario sepa a qué atenerse.

En el caso de Zimmermann, su currículum detalla que además de ND es licenciada en Psicología, profesora de yoga y que está formada en cosas como homeopatía, medicina tradicional china, acupuntura, quinesiología aplicada o varias “técnicas de sanación por energía”.

En resumen, el mensaje de todo ello es este: Zimmermann está perfectamente autorizada a presentarse como doctora, pero lo que no debería inferirse es que se trata de una médica (sin apellidos) que ha preferido favorecer la prescripción de medicina naturópata fruto de una experiencia comparativa o analítica con la medicina llamada por algunos convencional.

Pues bien, lo que Zimmermann publicó en su blog fue uno de los que define como “casos exitosos”. Lo resumo, pero quien quiera comprobar todos los detalles puede acudir al artículo original de Lindsey Bever en el Post. A su consulta acudió una madre con un niño de cuatro años que al parecer presentaba ciertos problemas de comportamiento: dormía mal y en el colegio se escondía debajo de las mesas, gruñendo a la gente.

Interrogando a la madre, Zimmermann supo que el niño había sido mordido por un perro en el pasado, y coligió que este y no otro era el origen de su problema. Así que le administró un preparado homeopático llamado Lyssinum o Hydrophobinum cuyo principio activo (nótese la cursiva) es la saliva de perro rabioso, y que está aprobado en Canadá. Según relataba Zimmermann, la curación fue instantánea: “al minuto o dos de darle el remedio, Jonah me sonrió abierta y hermosamente, como si de repente se hubieran encendido todas las luces”.

Otra aclaración. La rabia es una enfermedad vírica mortal si no se trata, transmitida por las secreciones corporales de los animales infectados (incluyendo la saliva) cuando entran en contacto con la sangre, las mucosas o los ojos. Es posiblemente lo más parecido que existe en el mundo real al virus zombi de películas como 28 días después. Obviamente aquel niño no padecía rabia, ya que de ser así habría muerto tiempo atrás.

Como no podía ser de otra manera, el caso levantó un enorme revuelo, e incluso una representante de la sanidad de la provincia canadiense de Columbia Británica, Bonnie Henry, expresó su preocupación por el diagnóstico de Zimmermann y por el hecho de que se administrara a un niño un producto basado en saliva de perro rabioso, cuya autorización Henry se comprometió a cuestionar ante las autoridades de Canadá. Por cierto que la postura de Henry es incluso demasiado benevolente: aunque aclara que “no existen pruebas que [ella] conozca de que el Lyssinum tenga ningún beneficio terapéutico”, también añade que “la homeopatía juega un papel complementario para la salud de algunas familias”, lo cual es una afirmación no sustentada científicamente en labios de una responsable de salud pública.

Pero como resultado de todo y de, según ella misma, los insultos y amenazas que recibió, Zimmermann decidió retirar el caso de su web y lo sustituyó por un largo escrito en el que trata de justificarse y carga a diestro y siniestro contra el “relato de ignorancia” de quienes la han criticado, incluyendo la Dra. Henry (que sí es médica sin apellidos), a la que se refiere como “Dra. Bonnie”, e introduciendo el clásico argumento de que la homeopatía es una maravilla, pero que la poderosa industria médico-farmacéutica conspira para destruirla porque quiere mantener drogada a la población para lucrarse con ello.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Casi voy a comenzar por esto último, porque no requiere una introducción. Dado que probablemente Zimmermann conoce bien la industria homeopática, ¿acaso pretende convencer a sus pacientes y lectores de que estos productos los prepara una abuelita hippy en su jardín, y de que no los fabrican potentes multinacionales como la francesa Boiron, presente en 50 países y que factura más de 600 millones de euros al año? ¿Que los preparados homeopáticos se despachan gratis, y que por tanto no sostienen una industria de 3.800 millones de dólares (dato de 2015) a la que se le pronostica una facturación de 17.400 millones de dólares en 2024? ¿Que las compañías homeopáticas no incentivan a los médicos tanto o más que las farmacéuticas? ¿Que los farmacéuticos minoristas no reciben iguales o mayores márgenes por la venta de homeopatía que por la de fármacos? ¿Que la propia Zimmermann recibe a sus pacientes gratis y prescribe sus tratamientos por caridad?

Respecto a esto último, la propia doctora publica sus tarifas en su web, y prepárense a darle a la palanca de la máquina registradora: un mínimo de 170 dólares (138 euros) por una consulta de una hora. Hagan la cuenta; ¿alguno de ustedes los gana? Pero sigue: 95 dólares por media hora de consulta, y 50 dólares por una consulta por email de 15 minutos (pago por anticipado). Y aún más: 485 dólares por un “programa de homeoprofilaxis” que incluye kit de “remedios” y folleto. Y lo mejor de todo: 1.300 dólares por un pack para el tratamiento del autismo durante un año. Que incluye las consultas, pero no los “remedios” ni los “suplementos”.

Por supuesto que Zimmermann tiene todo el derecho a ganarse la vida y establecer libremente sus tarifas, siempre que ejerza dentro de la normativa legal de su país y que haya alguien dispuesto a pagarlas; exactamente igual que los médicos de verdad y todos los involucrados en la industria farmacéutica o cualquier otra. Recurrir al argumento pueril de lo perversas que son las multinacionales de los otros y de lo codiciosos que son los practicantes de lo otro puede estar bien para una asamblea de facultad, pero no debería engañar a ninguna mente lo suficientemente adulta, formada e informada.

Hasta aquí por hoy. Mañana entraremos en el meollo de la homeopatía y la saliva de perro rabioso. Pero les anticipo el mensaje: por mucho que reunir en la misma frase a un niño necesitado de atención especializada y un líquido potencialmente letal resulte inconcebiblemente alarmante, en el fondo da lo mismo que se trate de saliva de perro rabioso, veneno de mamba negra o extracto de cerebro de vaca loca, porque en la homeopatía ese supuesto principio activo (de ahí la cursiva) no está presente de ninguna manera en el preparado final. La homeopatía es agua, o azúcar en el caso de pastillas, como reconoce la propia Zimmermann. Es placebo, algo que sin embargo no reconoce Zimmermann. Funciona hasta cierto punto en algunos casos, porque los placebos funcionan hasta cierto punto en algunos casos, como está ampliamente demostrado. No es medicina alternativa. No es medicina.

Carta a un creyente en una terapia milagrosa

De vez en cuando, cada cierto tiempo, recibo un correo de una persona que está atravesando el peor trance de su vida: una enfermedad incurable en su propio cuerpo o en el de alguien de su círculo íntimo. No sé cómo me han encontrado, ni si escriben a todo periodista de ciencia que han podido localizar; no importa, no se lo pregunto. Pero no puedo no responder. No puedo desentenderme.

Pero tampoco puedo hacer lo que me piden: divulgar una presunta terapia milagrosa creada por algún personaje improbable. Nunca son los propios creadores de estos milagros quienes me escriben; solo en alguna rara ocasión he recibido comunicación de alguien con claros intereses directos, como ciertas asociaciones estrambóticas. A estos no les presto la menor atención. Pero al resto solo les mueve una esperanza que no me siento con derecho a apagar. Y no puedo aportar ningún consuelo: no existe un solo caso histórico confirmado y documentado, ni ciencia, ni lógica, que puedan sostener su esperanza.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Hace unos días recibí uno de estos correos, y me ha parecido que puede ser útil traer aquí mi respuesta, por si a alguien le sirve. Porque peor que no tener esperanza es perderla.

Hola, Xxxxx,

Gracias por tu mensaje y por tu interés. Ante todo quiero transmitirte mi aliento y mis deseos de mejora y recuperación para ti o la persona cercana a ti que esté sufriendo las enfermedades que citas. Espero que de una manera u otra encontréis alivio y fuerzas para afrontar esa lucha. Imagino que todos tenemos algún caso cercano de una persona muy querida que padece una enfermedad aún incurable, y sabemos lo que se sufre, y entendemos que en casos así se busque cualquier cualquier resquicio de ayuda, por remoto que parezca.

Pero me temo que el resto de este mensaje no te va a gustar. Con cierta frecuencia recibo correos como el tuyo, en el que personas bienintencionadas como tú me piden ayuda para divulgar algún nuevo tratamiento revolucionario aplicado por tal persona contra tal enfermedad. Y siempre suelen ser historias similares: la persona que ha descubierto el presunto tratamiento es alguien con escasa o nula formación específica, que no pertenece a la comunidad científica, y que pese a todo ha conseguido acertar allí donde todos los demás antes han fallado. Y que normalmente ha descubierto una panacea, ya que se trata de algo muy sencillo para tratar enfermedades muy graves, a menudo varias enfermedades distintas. Como ves, el caso que me cuentas calca el perfil.

El problema, Xxxxx, es que todo esto siempre es demasiado bonito para ser cierto. Según he comprobado, no hay un solo estudio científico publicado firmado por X, que por lo que he visto es [profesión no relacionada con la ciencia ni la medicina]. Para demostrar la eficacia de un tratamiento hay que emprender un ensayo clínico estandarizado y aprobado por las autoridades sanitarias, con un amplio grupo de pacientes en condiciones controladas, y que después los resultados de ese ensayo sean analizados y validados por otros expertos para finalmente publicarse y convertirse en ciencia real.

Si esto llega a producirse, no te quepa duda de que lo divulgaré con mucho gusto. Pero hasta entonces es anécdota, no ciencia. Me dirás que hay infinidad de testimonios de que su idea funciona. No lo dudo, siempre los hay. Pero hay otros motivos que pueden explicar esto, como la remisión espontánea, los ciclos de la enfermedad, el sesgo de confirmación, el efecto placebo… En ciencia llamamos a esto el “amimefuncionismo”. Si a ti te funciona, adelante, pero al menos aún, esto no es ciencia. Y aunque no tengo motivos para dudar de la buena fe de X, tampoco tengo motivos para lo contrario, y no te imaginas la inmensa cantidad de casos parecidos en los que luego se han revelado intenciones no tan loables.

Lo cierto es que no existe un solo caso, hasta donde sé, en que se haya producido algo como lo que me cuentas, que un diletante (solo es una descripción, sin ánimo peyorativo) haya encontrado la piedra filosofal de un problema donde han fallado miles de médicos e investigadores profesionales especializados con impresionantes credenciales e intensa dedicación. Es curioso, porque nadie creería jamás la historia de que un aficionado ha construido una nave para viajar a la velocidad de la luz, y sin embargo en biomedicina circulan historias así continuamente. Repito, sin que hasta ahora ninguno de esos casos haya conducido a nada útil y real. Repito también, si se demuestra que este es el primer caso, desde luego que lo contaré. Pero previo paso por el filtro del reconocimiento científico de los expertos.

Por último, quería hacerte un comentario a propósito de lo que mencionas sobre la “big pharma”. Hice mi tesis en un departamento público cofinanciado por una farmacéutica, pero yo cobraba una beca pública. En otro momento trabajé para una biotecnológica, pero esa ha sido toda mi vinculación, y desde hace décadas no tengo ninguna relación profesional con la industria, así que puedo hablar con total neutralidad.

No cabe duda de que algunas compañías han cometido malas prácticas e incluso delitos, los cuales deben achacarse a esas compañías concretas y no al sector en general. La mala fama que tiene esta industria entre ciertos colectivos se reduce en el fondo a la absurda acusación de tener ánimo de lucro, algo aplicable a cualquier otra empresa del mundo, hasta al bar de la esquina. Las farmacéuticas no son ONG, y es comprensible que no inviertan en tratamientos no rentables.

A quienes sí podemos y debemos exigir esa inversión a fondo perdido en investigación sobre enfermedades minoritarias es a las entidades públicas, que manejan nuestro dinero. Yo estoy encantado de apoyar esa investigación con mis impuestos. De hecho, quisiera que mi declaración de Hacienda tuviera más casillas donde poner o no poner una equis, para que mi dinero fuera a fines como este y no a otros que me parecen perfectamente prescindibles.

Mucha suerte y un cordial saludo,
Javier