¿Quién teme a lo queer? – Continuamos pese a todo

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

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Foto: “Don’t Forget Your Umbrella 1912” by Infrogmation is licensed under CC BY 2.0

Estoy tan cansado como tú. Demasiado cansado hasta para hacer un alegato sobre la importancia de votar, aunque lo crea. Me mueve únicamente esa misma inercia extraña que hizo a la banda de músicos del Titanic seguir tocando mientras el barco se hundía. Ignoro, por cierto, si ese cuento es cierto, una verdad a medias o puro mito, y no me ha interesado nunca especialmente la historia del transatlántico británico ni sus rememoraciones posteriores. Sin embargo reconozco que, bien por ser una narrativa omnipresente en el imaginario hegemónico contemporáneo, bien porque estoy verdaderamente cansado y no me vienen a visitar imágenes mejores, me encuentro hoy usurpando la sensación del que continúa pese a todo. No me parece una actitud necesariamente heroica (aunque lo sea para mucha gente, podemos debatir), me parece más bien un tránsito francamente resignado de quien niega todavía la desesperación.

El barco se hunde, pero sigamos tocando, ¿qué más da, si no hay otra alternativa? Hemos visto cómo se iba desmoronando todo delante de nuestros ojos, eso es verdad, pero cabe preguntarse si es igualmente cierto que no hay más posibilidad. Porque parece que en esta serie continua de bandazos, que han ido inutilizando nuestra ya frágil estructura democrática, no tenemos opción de rearme. Pero después, en nuestra micro-vida micro-política micro-cotidiana, no percibimos que sea así, porque no es así.

Hace unos días organizamos un taller de debate sobre el cuerpo y las posibilidades de la ciudadanía queer, en ese espacio de la resistencia contra-gentrificadora de Lavapiés que es el Umbral de Primavera. A partir de las ideas recogidas en el congreso Norma y disidencia, organizado por la Dra. Inés Plasencia en Valencia, cuestionamos la imagen de la ciudadanía y sus lógicas coloniales. Nos preguntamos de quién hablan cuando se refieren a los ciudadanos, y cómo a través de esta excusa se ejercen desde el Estado las formas más implacables de violencia. Debatimos sobre la eventualidad de habitar la frontera, sobre las frondosidades inhóspitas de la resistencia contrasexual, trans y queer, racializada, crip y disidente, y durante horas compartimos experiencias y reflexiones. Algo parecido, es cierto, a seguir tocando mientras el barco se hunde. Puede ser. Sin embargo más que una banda sonora de fondo resignada al hundimiento, ambos eventos (el congreso y el taller) me parecieron un ejercicio de resistencia consciente y activa. Una praxis emancipadora colectiva que, además de componer la melodía de la resistencia, establecía comunidad.

El cansancio que siento, que sientes, no es sino parte de una estrategia elaborada para que dejemos por imposibles o consideremos inútiles los espacios en los que sigue la música. Una continuidad que no pretende ser, insisto, el hilo musical sumiso al destino inevitable, sino la evidencia de que existen tejidos fuertes que no se resignan a asumir el relato del naufragio.

Todo relato es ficción. Y toda ficción se escribe, como la identidad, cada día. Estoy tan cansado como tú. Pero sea un violín o un contrabajo, sea votando o debatiendo sobre lo que nos hacen creer inútil, encontremos la manera, la herramienta para seguir escribiendo la narrativa en la que creemos. El barco se hunde, es cierto, sigamos tocando.

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