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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Todas las personas tienen un género: el suyo propio

 El pasado 26 de octubre fue el Día de la Visibilidad Intersexual y desde el Equipo de Diversidad de Amnistía Internacional nos hicieron llegar este artículo de Andreas Koob

© Chris Grodotzki/Jib Collective (Cedidas por Amnistía Internacional)

En la vida cotidiana, las personas intersexuales se enfrentan constantemente a confusión, prejuicios e ignorancia cuando pasan controles en un aeropuerto, pagan en el supermercado o piden cita con un médico. Cuando los documentos de identidad supuestamente no coinciden con quienes los portan, las personas intersexuales tienen que dar una explicación pública allí mismo. Esto sucede también a menudo cuando no hay aseos unisex.

En esta serie de fotos EvesCharlie Lucie cuentan sus experiencias personales, dan su opinión sobre la intersexualidad y exponen sus acuciantes demandas de un cambio político y social. Es preciso que sus voces se escuchen para dar a conocer la situación y aumentar la aceptación hasta que quede claro que todas las personas tienen un género: el suyo propio.

“Me llamo Eves y no soy ni hombre ni mujer”

© Chris Grodotzki/Jib Collective (Cedidas por Amnistía Internacional)

Me di cuenta de quién soy hace un año y medio. Hasta entonces vivía con el papel que me habían asignado durante mi infancia. Tenía que vivir como una niña, aunque siempre supe que no lo era. A los 42 años ya no pude soportarlo más y me derrumbé, física y mentalmente. Había recorrido un largo camino hasta que me di cuenta de quién era y decidí cómo quería vivir. Al hacerlo, salí a la luz y me enfrenté a mi propio yo y al resto de la gente: mi familia, mis amistades, mis vecinos, el personal de la guardería y los médicos. Por cierto, también me gusta hablar con el policía cuando me lo encuentro en la tienda del pueblo; para mí, todo eso son relaciones públicas.

Levantarme una y otra vez y decir: este es mi auténtico yo… y este es mi derecho, algo que me empodera. La sociedad debe abrirse más a toda la diversidad que implica ser una persona. Y todas las personas, desde que nacen, deben poder crecer tal como son.

Para mí no fue un paso fácil, pero sí fundamental: decidí dejarme crecer la barba y ser finalmente quien soy, por dentro y por fuera. También me cambié el nombre: ahora me llamo Eves y no soy ni hombre ni mujer.

A mi esposa le parece bien y me ama por quien soy. Para nuestros dos hijos, a veces sigo siendo mamá, pero últimamente soy más papá, o simplemente Eves. Será un proceso gradual, y podemos tomarnos nuestro tiempo.

Como mujer de mediana edad y con sobrepeso, la gente solía tratarme de forma realmente desagradable. Y es que, como mujer, en esta sociedad te juzgan en gran parte por tu cuerpo y nada más. De hecho, ahora la gente suele pensar que soy un hombre y, como hombre, a nadie le parece mal que esté gordo. En todo caso, ahora la gente se muestra amigable conmigo: ¡hasta me guiña el ojo alguna joven! En esta sociedad es mucho más fácil ser un hombre, y eso es algo que nunca había creído.

Cuando tenía 18 años, llegué a intentar vivir de esta manera sin conocer siquiera el concepto de intersexualidad; simplemente dejé de afeitarme y salí al mundo. Pero me marginaron, me acosaron… me trataron como a un monstruo. No podía soportarlo y no tenía ningún apoyo, así que me rendí y me convencí de que, de cara al exterior, debía vivir como una mujer.

Como de bebé tenía aspecto de niña, no necesité cirugía. Todo fue bien hasta que mi cuerpo empezó a cambiar durante la pubertad; entonces tuve que soportar tratamientos de depilación a la cera muy dolorosos. También abandoné inmediatamente el tratamiento de hormonas para feminizarme que tomaba por aquel entonces.

Desde mi infancia me refería a mí mismo con un nombre de niño: “IF”, pronunciado como “Yves”. Desde que tengo recuerdos, mi vida ha sido una lucha entre mi identidad y mi cuerpo. Siempre pensé que había en mí algo equivocado, defectuoso, que no funcionaba del todo. Las cosas llegaron hasta tal punto que, con sólo cinco años, intenté suicidarme por primera vez; por suerte no lo conseguí, pero es algo que nunca me ha abandonado. Cuando no puedes ser quien realmente eres, llegas a odiarte de verdad. A causa de todo ese autorrechazo, me disocié hasta cierto punto de mi propio cuerpo y prácticamente perdí todas las sensaciones: por ejemplo, podía andar por ahí en camiseta en pleno invierno sin sentir el frío. Incluso cuando empecé a recuperar las sensaciones, primero tuve que aceptarlas. Aún tengo etapas difíciles, pero ahora tengo a mi alrededor a gente que me quiere y me apoya tal como soy.

Charlie: “Tengo ex parejas, de distintos géneros, que no saben que soy intersexual”

© Chris Grodotzki/Jib Collective (Cedidas por Amnistía Internacional)

“Tienes aspecto de mujer, así que eres una mujer”: es lo que me dicen a veces, como si negaran el hecho de que soy una persona intersexual. Entonces intento explicarles que tengo este aspecto porque me pasaron algunas cosas. Cuando tenía un año me extirparon los testículos abdominales, y desde que cumplí los 12 he estado tomando hormonas. Si no lo hiciera, mi aspecto sería totalmente diferente; por eso intento concienciar a la gente siempre que puedo.

Lo hago porque, para mí, sería un sueño hecho realidad que todo el mundo supiera que las personas intersexuales existen, y que es algo perfectamente normal, igual que hay hombres y mujeres. También pondría fin a la mirada de asombro absoluto que te dedica la gente, como si fueras un bicho raro, para luego soltar: “¿Qué dices, que existen personas así?”. Si no se habla del tema, si existe un velo de silencio de facto, a las personas afectadas les resulta increíblemente difícil aceptarse a sí mismas y aceptar su cuerpo. Dicho de otro modo: mi cuerpo está bien como está, sin necesidad de que me opere ni tome un montón de hormonas para encajar en el arquetipo de género binario.

En el colegio siempre tenía que buscar excusas. Cuando tenía que ir al médico, decía que iba al zoo; esa era la versión oficial. Las citas siempre eran en días no lectivos, para que no tuviera que perder clases. Tenía que fingir y encajar, disfrazaba mis comprimidos de hormonas como si fueran la píldora, y actuaba como si llevara teniendo la regla desde muy joven. Funcionaba, pero no me gustaba mentir a mis amigos y amigas por miedo a que me estigmatizaran, me excluyeran o me acosaran. Negaba que fuera intersexual; levanté una barrera mental. No había nadie con quien pudiera hablar abiertamente sobre la condición de intersexual, sólo los médicos y mis padres, así que no lo hablaba con nadie. Aquello no era sano para mí.

Y las cosas siguen siendo bastante complicadas hoy día: mis padres, mi hermana y mis amistades más íntimas lo saben; pero con algunos amigos y amigas pongo excusas. Sin embargo, ahora me siento mal —por ejemplo, cuando viajo por el mundo como activista intersexual— sabiendo que oculto deliberadamente mi condición a algunas personas. Por eso tengo intención de abrirme más a este respecto, gradualmente.

También me supone un problema a la hora de entablar una relación a largo plazo.
 Primero pongo a prueba a la persona en cuestión, lo cual puede ser un proceso largo, y no se lo cuento hasta que tengo la seguridad de que esa persona es realmente adecuada. Tengo algunas ex parejas, de distintos géneros, que no saben que soy intersexual. Algunas lo saben y han manejado la cuestión sorprendentemente bien y con mucha delicadeza. Para mí, es algo así como “salir del armario”. Si va a ser pertinente para la relación y el futuro, tengo que decidir si merece la pena, porque no sé cómo se lo va a tomar la otra persona.

Me encanta moverme en círculos LGBT(I), porque en ellos la gente trata la diversidad de otra manera. Se toman el tema de forma muy relajada. Y no puedo evitar sonreír cada vez que entro en un café y veo que los aseos son unisex. En realidad, no es tan difícil tenerlos: al fin y al cabo, funcionan bien en los trenes. Las cosas cambiarían mucho si también hubiera una mayor conciencia “intersexual” en la sociedad en su conjunto.

Lucie: “No quiero escapar; me he cansado de huir. Quiero ser quien soy”

© Chris Grodotzki/Jib Collective (Cedidas por Amnistía Internacional)

No soy ni hombre ni mujer: soy una persona intersexual. Por eso no quiero que se dirijan a mí con fórmulas femeninas o masculinas; es algo en lo que insisto siempre, especialmente en contextos políticos. Cuando tengo que decir por tercera vez: “por favor, no me llame señora Veith; está hablando con Lucie Veith”, y la persona en cuestión lo ignora y trata de humillarme, contraataco. Una vez, como respuesta, me dirigí a un secretario de Estado como “señorita”. El resto del tiempo, trato de adoptar un enfoque amistoso: “lo que necesitas es amor”.

No quiero hacer sentir mal a nadie, esa no es la cuestión; simplemente, no finjo ser algo que no soy. Si finges que encajas en una norma, te asignan un estereotipo y, a partir de entonces, se esperan determinadas cosas de ti; pero, cuando no puedes cumplir esas expectativas, te pones tú mismo la zancadilla. Eso nadie lo necesita.

En este mundo, todo el mundo nace con un género: el suyo propio. Y todo el mundo nace con los mismos derechos. ¿Por qué no aceptamos y aplicamos eso por norma? Cuando tenía 22 años me extirparon los testículos sin que hubiera necesidad médica. Antes de hacerlo no me contaron las consecuencias que tendría. No supe que era fértil hasta 20 años después, pero no me permitieron reproducirme porque tengo un cuerpo intersexual. Es un caso grave de discriminación sexual. Violaron mi derecho a la autodeterminación, y también el de mi familia: por aquel entonces ya había contraído matrimonio.

De repente, una norma se cernía sobre esta relación personalísima con la persona a la que amo y adoro. Mi esposo reaccionó extremadamente bien: se encerró en sí mismo durante tres días, y después dijo que ninguna cirugía y ningún diagnóstico se iban a interponer entre nosotros, porque yo sigo siendo la misma persona. A día de hoy, todavía se lo agradezco.

Nadie nos dijo que, al perder los testículos, perdería también mi libido y mi capacidad para disfrutar de mi cuerpo, entre muchos otros efectos hormonales. Aquello cambió por completo mi vida social y mi relación. Nadie tiene derecho a intervenir de esa manera en una relación; al fin y al cabo, es algo que sólo nos concierne a nosotros dos, y deberían haberlo hablado con nosotros, pero no lo hicieron.

Hasta muchos años después no me di cuenta de que lo que me había pasado tenía una dimensión estructural: que era un ataque estructural y planeado contra todo un colectivo. Me hizo darme cuenta de que tengo que defenderme y que puedo mostrar solidaridad con muchas personas. Necesitamos una norma jurídica que nos proteja frente a las operaciones innecesarias. Normalmente se consideraba que a los niños y niñas intersexuales había que operarlos para resguardarlos la discriminación, pero eso es una falacia. En la práctica, vemos a niños y niñas que nacieron intersexuales y que crecen con la protección y la educación adecuadas en un entorno que está bien informado y les brinda la protección necesaria.

Yo crecí en Frisia, Alemania, y regresé aquí con mi esposo porque añoraba los cielos abiertos y el olor del mar. Aquí llevo una vida totalmente abierta en un pueblo pequeño con un vecindario maravilloso que me acepta tal como soy. No quiero escapar; me he cansado de huir. Quiero ser quien soy. La vida es hermosa y llena de color también aquí, en el campo.

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