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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Historias de Vida Trans: mujeres en un mundo paralelo

Historias de Vida Trans es la serie de textos con lo acercamos la historia de mujeres transexuales que nacieron en una España que las criminalizaba y se hacen mayores es una España que sigue sin querer mirarlas de frente.

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Hay personas que, aunque hayan vivido realidades distintas y tengan personalidades diferentes, se complementan bien. Rafaela y Rosy funcionan bien en pack. Una tiene la gracia andaluza y la otra, la calma canaria; una habla sin parar mientras la otra me hace traducción simultánea para que no pierda el sentido de las palabras; una no para de dar saltos y reír y la otra aporta la cordura; una es deseo y la otra, ternura.

Así que ambas ponen el punto y final a estas Historias de Vida Trans que hemos venido recogiendo en las últimas semanas, porque juntas son más que dos cuentos pasados, juntas son el presente de un mundo de mujeres excluidas que se han ido encontrando y apoyando para sobrevivir.

“Es muy difícil que entiendan nuestro mundo”, me dice Rosy [en la foto de la izquierda] en el coche, camino a casa de Rafaela que vive desde hace más de 25 años en un pequeño apartamento en Maspalomas, porque vino para probar suerte y aquí encontró su sitio. “Es difícil porque nos hemos construido un gueto para protegernos de lo que había fuera, de lo que todavía hay ¿O qué te crees que es Yumbo sino un gueto? Pero ¿y qué íbamos a hacer?”

Y me lo dice ella que, pese a todo, ha vivido bastante ajena al mundillo trans, con trabajos normalizados y parejas estables que la mantenían al margen del ambiente. Pero por eso una no deja de ser transexual, porque como me dice ella, para dejar de ser una mujer trans no es precisa una cirugía genital sino una lobotomía que le haga olvidar quién es, lo que ha vivido y sufrido a lo largo de su vida. Y eso lo tienen en común ellas y todas las mujeres con las que he hablado.

Rosy nació hace 60 años en el barrio de San Juan, en Las Palmas de Gran Canaria. Bien chiquitita empezó a decepcionar a su padre, que buscaba en ella a su primer varón, al hombrecillo de la casa, y como no lo encontraba enseguida llegó el desprecio y la humillación.

¿Sabes lo que es cruzarte con tu padre por la calle y que ni te mire?

Yo no, pero Rafaela sí. Ella, que va para 64 años, es de Cabras, un pueblecito de Córdoba donde no se podía manifestar alegremente, así, viva la pepa, sino a lo oculto. Pero hay cosas que se notan y la decepción escrita en la mirada de un padre es la prueba irrefutable de ello. Ella y su hermano, los de en medio de una familia con 10 hijos, se juntaban siempre con las niñas y con 7 u 8 años ya sabían que lo que les gustaba a ellos era un caballero, le pesase a quien le pesase. Su hermano, de quien habla en femenino, es gay, y ella, una mujer de los pies a la cabeza que no se podía vestir de mujer pero a la que se le notaba. Y si su padre la encontraba ayudando en el taller de costura donde trabajaba una prima suya, la sacaba a pescozones, que aquello era tarea de mujeres y ella tenía que ser un hombre.

Como si eso fuera posible.

Ambas contaban, sin embargo, con la complicidad de sus madres, que intentaban protegerlas. Madres fuertes y sumisas a la vez.

Y eso que la de Rosy estaba enferma y pasaba temporadas en el hospital, pero en casa la cubría para que ya en la adolescencia pudiera salir con vestidos sin que su padre la viera.

Juraría que he visto pasar a una mujer rubia con un vestido de negro por el pasillo.

¿Qué dices, hombre? Estás fatal.

La de Rafaela, cuando el padre volvió a instalarse en casa de forma definitiva aguantó lo que pudo, pero sus hijos la empujaron a abandonarlo, “aquí tienes que poner orden tú porque él no se va a ir y un día…” Porque entre tanto hijo el hombre estaba amargado y amargando, y ella, de meterse en medio, siempre salía salpicada, así que poco a poco quedó solo en la casa familiar.

Se llama superviviencia.

La misma que hacía que Rafaela tuviera claro que tenía que volar, irse del pueblo para ser ella, “pero antes tenía que morirse la Paca, la Paquita, la Franca, mi niña” Y se muere de risa mientras Rosy, con la risa entre los dientes, me dice que habla del dictador.

Y es que esta mujer tiene la lengua muy larga y se conoce como para saber que no iba a llegar lejos con su temperamento. Bastante tenía con replicar a los guardias civiles del pueblo que tocaban la ventana del bar de su amigo, “la más plumera de todas”, que cuando se iba la clientela convertía el suyo en local de ambiente.

Y la guardia civil nos tocaba la ventana “¡Venga! Que es hora de acostarse”. Entonces nos íbamos a su casa, y en su casa y todo nos tocaban. Porque es un pueblo y nos tenían vigiladas. Y a mí me agarraban para que no les contestara.

Rosy no es de contestar, pero sí de ser constante. En su casa se hacía siempre lo que su padre decía y como buen maltratador todo rondaba en torno a él. Así que sacó pronto a su primogénito del colegio para seguir durmiendo mientras Rosy tenía que levantarse a las 5 de la mañana para ponerse a vender periódicos en la esquina del Mercado de Vegueta. Tenía 8 años. Luego trabajó en una churrería, después de ayudante de camarero, en la cocina de un hotel… Su padre, ese que le dio su primer cogotazo con 5 años por no hablar como un hombre y que continuó toda su juventud porque le avergonzaba lo que sus amigos le decían de ese hijo tan femenino que usaba pechos de pañuelo y zapatillas de palo, de esas que hacían mucho ruido al caminar, siempre con niñas, dejaba la vergüenza en la puerta cuando llegaba el momento de pasar a recoger el sobre con el sueldo del trabajo ajeno que siempre cobraba él.

Y es que Rosy era el sostén de su familia y eso la habría librado de la mili si su padre hubiera perdido la esperanza de convertirla en un hombre, pero no. Así que le tocó subirse a un Hércules un montón de horas y aterrizar en Alicante, lejos de su madre, de su entorno, con un montón de hombres, y un cuerpo en tránsito porque las hormonas que había empezado a tomar le hicieron mucho efecto pronto. Fue muy duro, pero sobrevivió. Como mientras trabajaba se había sacado su título de peluquera, Rosy fue a parar a una barbería y se hizo su huequito en el cuartel. Además le daban muchos permisos para llevar a la península de todo, desde radios de coche hasta puros, que para eso en Canarias había Puerto Franco y a sus superiores también les gustaba trapichear.

Rosa Delia, que así la llamaba su madre a escondidas, al volver a casa tuvo que volver a comprarse ropa porque se la habían tirado toda, y entrar a trabajar limpiando, porque de aprendiza de peluquería se ganaba poco y su padre quería dinero. Hasta dos casas al día tuvo, pero poco a poco fue quedándose solo con una, más de 30 años. “Una casa en la que se me trató y se me quiso como mujer desde el principio. La señora me decía nena desde el primer momento y me llevaba con ella a las bodas, a los viajes… Yo por último me ocupaba de todo: de la limpieza, de las compras, de los pagos, de ir al banco, de estar siempre pendiente. Ahí mi vida ya empezó a ser muy bonita”.

Y se le cambia la cara. Porque hablar de esa mujer, que cuando murió hasta le dejó una casa en herencia, y de su primer novio serio, Carmelo, al que conoció con 22 años y siempre fue muy generoso y muy bueno, se le ilumina la cara. En aquél entonces su padre ya estaba controlado, porque ya no podía pegarle, y aunque nunca le dirigió la palabra a su pareja sí lo permitía en la casa. Luego se fueron a vivir juntos, 14 años, en la misma casa que vive ella ahora.

Un martes por la mañana se despidió y me dijo “el primero que llega enchufa el termo que vamos a ir a merendar”. ¿Tú lo has vuelto a ver? En el comodín, en una jarra de cristal, me había dejado una carta diciendo que quería cambiar de vida para cambiar de suerte. Luego me enteré que estaba saliendo con una mujer de la vida con la que luego se casó por la Iglesia, pero yo ya no tuve más contacto con él.

Rafaela ha dado más vueltas para encontrar su hogar. Cuando se murió la Paca, como se había prometido, se fue de Cabras a Andorra, que ahí trabajaba su hermano. Se colocó en un centro comercial estupendo pero en ese lugar donde quien mandaba era un obispo seguía sin poder ser libre así que se fue sola a Barcelona. Allí empezó a ser mujer, primero sólo por la noche pero cuando ya estaba en tránsito y con esas cejas depiladas y las hormonas no podía seguir pasando por chico, ya sólo le quedaba la prostitución.

Rafaela me cuenta que hay un limbo entre que empiezas a hormonarte y que por fin eres mujer, algo así como la pubertad, me imagino yo. Ella habla del tránsito como un proceso, que no es de la noche a la mañana, hasta que las hormonas te suavizan, y que no recomienda hacer en tu entorno, y mucho menos en el colegio, porque te hunden. Es mejor esperar, me dice. Ella se relacionaba mucho con las mayores, que la orientaban, le daban ropa, y la introducen también en la noche y en la calle.

Hasta que un matrimonio, que conocía de una discoteca mixta, la Divertido, le ofrece trabajar en un club solo de mujeres. Y ahí que va, aun sabiendo que más pronto que tarde tenía que avisar a los clientes que la querían para intimar o se enamoraban de ella, porque ese asunto suyo ya le había costado una paliza después de un servicio en el que no se había bajado las bragas.

Pero en el club estuvo varios años sin problemas, sacando copas, dando conversación a los hombres y, cuando tocaba intimar, avisando.

Avisado estaba el carnicero, amigo del querido de la dueña, que se quedó prendado de ella con 23 años. Ella tenía entonces 31, pero aquello tampoco le importó. Se echaron de novios y se mudaron juntos a un buen barrio, aunque no compensaba, sobre todo por los celos.

“¿Pero chiquillo dónde me has conocido tú, en una biblioteca? Me has conocido en un club, que yo trabajo en un club”. Y como yo era muy graciosa, siempre con chistes con los hombres, siempre estaba rodeada, haciéndoles reír, pues él se venía al club y se sentaba en una esquina a mirarme. “No vengas a recogerme, que yo ya me sé ir sola, o quédate en la puerta ¿Qué hace frío? Pues quédate en la casa”.

Rafaela, tras un espectáculo al que asistió Lola Flores.

Y rompieron, y como sabía que no iban a ponerle el contrato a su nombre se fue a casa de una señora, enamoradísima de la dueña del club, que alquilaba habitaciones.  Ahí vivían la Terre y la Tania, que la metieron a hacer espectáculos primero, y que la invitaron a probar suerte una temporada en Canarias para tomar distancia también de aquel ex novio insistente.

Canarias tenía el clima. En invierno en Barcelona yo pasaba tanto frío que llevaba dos leotardos, un pantalón, 4 o 5 camisas… no había terminado de desnudarme y el tío ya se había corrido de las ansias que tenía. Yo soy de sangre caliente, por eso me metí en el club y por eso me vine.

Se vino con cuatro cosas pero decidió quedarse. No volvió ni a por la ropa, le dijo a la dueña de la casa que le mandara un paquete y regala el resto. Hacía espectáculos, la calle y todo lo que pillara porque cuando decidió asentarse quiso comprarse un piso. También limpiaba, primero un sex shop, luego apartamentos.

Y seguía siendo una descarada con la policía, aunque en Canarias dejó de correr, que ya había huido suficiente toda su vida, porque en Barcelona le tocó ser la basura que limpiaban de las calles para los mundiales del 82, pisar calabozo muchas veces, aguantar desprecios.

Así que a los municipales de San Bartolomé de Tirajana les protestaba.

Yo los llamaba alguaciluchos, les decía que lo que yo estaba haciendo no era legal pero estaba tolerado, y se ponían a decirle a los turistas mientras me señalaban “Maaaaan”. Y yo decía: “Él crazy; yo lady”. Me decían “Rafael, te vamos a mandar a tu tierra en una cajita de madera”.

Intentaba que las compañeras no salieran corriendo cuando los veían llegar, pero no lo podían evitar. Me cuenta que la policía podía pegarte, que no debía ir por callejones, que a su amiga Sandra le reventaron el coche a porrazos y después de denunciar suspendieran a un par de ellos de empleo y sueldo.

Pero con todo y con eso se hizo su casa, y se hizo su vida. Esa en la que convive con amigas, porque el amor no sabe si llegó a conocerlo, al menos no como lo cuenta Rosy.

Porque el amor le quitó el hambre a Rosy cuando se fue Carmelo, que adelgazó 10 kilos en 40 días, y el amor hizo que aguantara a ese otro que decía llamarse Juan, que era soltero y de Telde, pero se llamaba Nicodemos y le hizo dos hijos a su mujer en los 8 años que estuvo con ella. Pero cuando supo que era un mentiroso, celoso y bebedor ella ya estaba enganchada. No rompió hasta que le empezaron a dar ataques epilépticos y él desapareció. Entonces vio claro que aquella relación no le hacía ningún bien.

Llevo desde el 2002 sola y no quiero nadie más. Se acabó. Porque no quiero otro Juan en mi casa que hay hombres que entran por el ojo de una abuja y no salen por la puerta grande. No he querido a otra persona por miedo a que no me deje vivir.

Porque si algo se han ganado las dos es el derecho a vivir.

Aunque el dinero, la verdad, les alcanza poco: Rosy vive del alquiler del piso que le tocó herencia de aquella jefa tan buena a la que cuidó como si fuera su madre y de una casa que limpia los martes; Rafaela cobra una ayuda y espera que no le baje mucho cuando le toque jubilarse, ahora mismo. También está esperando que le aprueben el bono social para pagar menos luz en esa casa que menos mal que se compró, me dice, porque si no no sabe qué sería de ella. Y las dos hablan de sus amigos como un tesoro impagable, como un oasis que les permite vivir en ese mundo que Rosy me decía al principio que no se puede entender fuera.

Quizá no, pero aquí consta mi intención y la del Colectivo Gamá de transmitirlo, de romper con el silencio que se cierne sobre las personas trans más mayores, las que vivieron el pasado pero no son pasado, las que aún merecen justicia y reparación por una vida de exclusión.

Sin olvidarnos, por supuesto, de la juventud, y aprovechan para mandarles un mensaje.

Historias de Vidas Trans es una propuesta por la visibilidad de las mujeres trans mayores que forma parte del proyecto T-Acompañamos que realiza el Colectivo Gamá, con la subvención de la Consejería de Igualdad y Participación Ciudadana del Cabildo de Gran Canaria.

Puedes encontrar más información en www.infotransexualidadcanarias.org.

 

 

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