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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Historias de vida trans: la cruz de la violencia

Historias de Vida Trans es la serie de textos con lo acercamos la historia de mujeres transexuales que nacieron en una España que las criminalizaba y se hacen mayores es una España que sigue sin querer mirarlas de frente.

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Laura tiene una mirada cándida y una sonrisa inocente, parece que tengo delante una niña grande y confiada a la que he invitado a jugar. De hecho, cuando empezamos hablar lo hacemos de juguetes, de los cochecitos que le regalaban por Reyes cuando ella quería cacharritos y muñecos como los de sus hermanas.

Tiene 53 años pero recuerda, como si fuera ayer, que después de la ducha su madre le ponía los slips y ella, a escondidas, los cambiaba por braguitas.

En el colegio siempre iba con las niñas y con ellas jugaba a la soga, al elástico… No le gustaba el cole, siempre simulaba que estaba pachucha para no ir, y la acabaron echando, me dice, por trans. Tendría 10 añitos (Laura es muy de diminutivos) y se había echado un novio de un añito más.

Entonces ella ya jugaba a maquillarse a escondidas y tenía claro, clarísimo, que era mujer, pero cuando su padre le preguntó que qué pasaba le dijo que le gustaban los chicos. Le cayó entonces una bronca del quince pero la cosa se fue relajando y mientras estudiaba a distancia por Radio ECCA su casa y su barrio se convirtieron en un espacio seguro para crecer.

De hecho, sin que el padre se enterara, a veces vestía de niña hasta por la calle. Su madre le compró su primer vestido con 11 años, aún lo conserva. Su madre siempre ha sido su mayor cómplice, su compañera, su amiga, en contra de su familia y de quien hiciera falta. Como su padre trabajaba fuera era fácil ocultarle esa doble vida, y no se dio cuenta ni de que con 13 empezó con las Androcur. Vistiendo ropas anchas consiguió alargar la mentira hasta que llegó la carta del cuartel y su padre quiso acompañarla. Entonces escuchó de su boca, y ante un tribunal médico, que su hijo Rafael se ponía hormonas. Salió del cuartel andando tan rápido, que ella fue incapaz de seguirle. Al llegar a casa no hubo riña sino una mirada de decepción y un reproche que le cayó como una losa ‘¿por qué no me lo dijiste?’. Se sintió culpable, sí, pero también liberada, porque desde entonces fue Laura. Laura esto, Laura lo otro. Siempre. Para todos.

Con 20 años su padre falleció y descubrió que él también tenía un secreto, uno que fue como un cubo de agua fría para ella, porque le ocultaba que no era la única, ni siquiera en su familia. Y es que al cementerio se presentó una señora que era igualita a Sara Montiel y que le dijo ‘Sobrino, yo soy como tú, lo que todo es oculto’.

Aunque en la familia del padre muy poca gente lo sabía, aquél tío que vivía Barcelona era en realidad una mujer y su hermano, el padre de Laura, la visitaba en sus viajes a la Ciudad Condal y mantenía con ella el contacto que luego conservó su hija, aún hoy, sobre todo por teléfono porque su tía ya pasa de los 80 años.

Ese encuentro le dio fuerzas, me dice, y en esos momentos es lo que más necesitaba porque tenía que ponerse a trabajar para que a su madre no le faltara de nada, y entró, a través de una amiga, en una agencia. Prostituta de lujo, así se define.

La primera semana era duro, ¿vale? Porque era gente que yo no conocía. Yo antes lo había hecho con mi novio pero él me dejó porque conoció a otra persona. Él era gay pero yo me sentía mujer, cielo, y había cosas que no…

Esas mismas cosas que le pidieron otros hombres a lo largo de su vida y que me cuenta inquieta, nerviosa, porque ella no podía hacerles el amor ,¿vale? Ni que la tocaran. ¿vale? Porque ella es mujer. Deberían oírla. Mujer, en su boca, es una palabra que cobra cuerpo, se redondea y dibuja una realidad incontestable.

Porque yo soy MUJER, ¿vale?

Claro que a mí me vale, pero no a todos ellos. Alguno incluso le ofreció un buen dinero porque fuera activa y pese a la insistencia de su madame lo rechazó. Allí conoció a un hombre, un cliente, que sí que la respetaba en sus deseos, que no la tocaba donde no tenía que tocar y con el que se sentía muy mujer. Por él dejó la agencia, dos años después, porque estaba bien posicionado y podía ayudarla, y con él vivió los 10 años más felices que recuerda. De lunes a viernes ella trabajaba limpiando y los fines de semana, que su madre se iba con su hermana, ella los pasaba con él mientras él quiso porque se fue a trabajar fuera, conoció a otra persona y perdieron el contacto.

Fue duro porque estaba muy enamorada pero a veces es más doloroso el amor que el desamor. Eso lo aprendería con el otro hombre de su vida, un uruguayo  que la maltrataba porque ella no quería, no podía, satisfacer sus deseos sexuales. Cinco años de golpes, insultos y humillaciones, en los que volvió a esconder su cuerpo esta vez para ocultarle a su madre los hematomas, para protegerla mientras el amor le impedía ver que la que necesitaba protección era ella. Él le rompió todas sus fotos de joven, todas.

Un día, en la playa de La Garita, quería hacer el amor y yo no y me cogió por el cuello… Si no llega a ser por un señor que me defendió, me mata.

Y dijo ‘Punto’. Se acabó. Y ahora lo ve por la calle y como si no lo viera, pero sus huellas siguen marcadas en su cuerpo y le impiden confiar. No quiere hombres hasta que se opere de abajo, me dice, porque los tíos quieren morbo, les gusta una mujer con pecho y con pene, pero eso, a ella personalmente, le sobra.

No lo soporto. No soporto que me toquen eso. Estoy en trámites para operarme: psicólogo, psiquiatra…me falta el endocrino para ponerme en lista de espera para la operación.

Y hasta que llegue ese momento, que puede tardar aún, se niega a intentarlo.

La soledad mata, compañera.

Al decirme eso ya no es tan niña, ya no se muestra risueña ni inocente. Porque su vida no ha sido la de una princesa aunque sus sueños se le parezcan, porque lo que ella le pide a la vida es un hombre que la quiera y le de la felicidad que añora.

Soy muy cariñosa, me entrego bastante, pero lo que yo he pasado que nadie más lo pase. Pasé mucho, mi amor.

Y me habla de violencia, en esa relación tortuosa y en la agencia, hombres que le pegaban porque ella les negaba lo que era incapaz de darles, y me habla del daño de ciertos comentarios, de las lágrimas derramadas por las palabras, las miradas, de sus hermanas mayores, algo en lo que no quiere entrar.

Hay un refrán que dice ‘las caras se ven pero los corazones, no’.

Y ella quiere mostrarme la cara alegre, contarme que sus sobrinos darían la vida por ella, que su hermana pequeña ha sido su gran confesora, su apoyo, que su madre es como su niña, que su vida es tranquila cuidando de ella y viviendo de la pensión que cobra tras un accidente laboral en el que se le rompió la tibia. Placas, dolores y la incapacidad permanente total.

Y mientras, espera el amor, y se describe como si yo fuera a encontrarle novio:

 Soy muy romántica, me gustan las cenas con velas, pasear por la playa, descalza, de noche…

Pero la saco de esa nube para que mande un mensaje a la juventud trans. Algo que pueda recomendarles, que puedan sacar en limpio de su historia. No me deja que la grabe en vídeo porque no está preparada, me dice, porque se traba hablando y el tartamudeo es mayor cuando tiene que volver al tema de la violencia.

Que no se dejen que nadie los maltrate. Es duro. Yo pasé mucho, un infierno, pero que nadie deje nunca, nunca, nunca que le pongan la mano encima, que siempre vayan por la calle con la cabeza muy levantada, cariño, y que luchen por lo que quieren, ¿vale?

Sí, a mí me vale.

Historias de Vidas Trans es una propuesta por la visibilidad de las mujeres trans mayores que forma parte del proyecto T-Acompañamos que realiza el Colectivo Gamá, con la subvención de la Consejería de Igualdad y Participación Ciudadana del Cabildo de Gran Canaria.

Puedes encontrar más información en www.infotransexualidadcanarias.org.

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