Somos los de Sodoma y no vamos a callarnos

Por Javier Termenón

Los de Sodoma hemos aprendido a callarnos, a no saltar al ruedo de una discusión, desde nuestras realidades que antes se llamaban marginales y yo prefiero tildar de minoritarias. Tolerantes con la heterosexual regla (cómo apuntaba mi amiga Violeta no hace mucho por aquí) porque cuando pido tolerancia deviene en lógico que yo use de esa actitud.

Foto de Juan Punturiero
Foto de Juan Punturiero

No obstante no nos tapamos los ojos, ni los oídos, ni la boca, no somos los tres monitos sabios japoneses.

Somos los de Sodoma: descendientes de un pueblo masacrado por el dios de Israel. Hijos de Sodoma, aún a pesar de la dudosa probabilidad de que este pueblo tuviera descendencia para que su legado se volviera a extender, dada su ulterior destrucción, que me parece que no quedó ni un sodomita ni un gomorrita (¿se dirá así?) Y puestos a dudar, dudo también de su pretérita paternidad a tenor de las artes amatorias con las que este pueblo hallaba consuelo…

Incidentalmente reflexiono sobre mi curiosa laguna cognoscitiva sobre lo que hacían los de Gomorra. Los de Sodoma me queda más o menos claro, entiéndanme. Pero los de Gomorra pues no sé, tengo resquicios de incertidumbre. Me la imagino, a Gomorra, como una gran Eurovegas del Mar Muerto, o algo por el estilo, lleno de gente con tarjetas opacas y directores de sucursal que ofrecen acciones preferentes a incautos ahorradores. ¿Castigaría ese dios a semejante ciudad del despropósito con la destrucción? Hoy no, lo tengo claro, hoy dios y los suyos se ocupan de la familia cristiana.

En cualquier caso, que me despisto, iba diciendo que los de Sodoma nos hemos callado mucho, que toleramos (porque toleramos, que nadie se llame a engaño) las procesiones y disfraces de semana santa, que me niego, fíjense, a ponerlo con mayúsculas. Tampoco pongo verano con mayúsculas, que yo lo paso currando. Y mientras aguantamos estoicos el chaparrón de críticas hacia la Fiesta del Orgullo (nótense las mayúsculas, esta vez sí).

Miramos descreídos y hasta con cierta sorna interna que no se nos nota, los sínodos de obispos y demás prelados de la iglesia para decidir nuestro futuro, porque han comprendido, por fin, que también hay de los nuestros entre sus filas, vaya si los hay.

Hace unos añitos dejaron de tener vigencia el Infierno, el Purgatorio y el Cielo tal y como lo entendían y temían nuestros padres, ahora ya son estados de ánimo del alma. Manda narices haber pasado siglos y siglos cimentando la fe y la educación sobre carne quemada sin tregua para que ahora nos lo quiten de un “doctrinazo”. Pero inciden en el yugo de que los de Sodoma seguimos en pecado y estamos viviendo equivocadamente. A mí poco me importa, no se vayan ellos a creer pero, aún así, con toda su eclesiástica jeta, nos dicen, misericordiosos ellos y con el remedio a nuestra enfermedad, que tenemos hueco entre sus adeptos.

No estoy con ellos ni tampoco contra ellos, quería guardar silencio, como hemos hecho los de Sodoma tantas veces, pero no he podido, porque como ser humano me reconozco limitado y con esa necesidad, tan poco elevada, de quejarme en este condenado valle de lágrimas en que los seres humanos convertimos la existencia de algunos. Ni me callo, ni cierro los ojos, ni me tapo los oídos.

Eligiendo ser esclavo de mi palabra más que dueño de mi silencio porque, a veces, el silencio es la peor mentira, como decía Unamuno, y aunque hay tantas y tantas frases sobre las excelencias del mutismo y las sabidurías que adornan al mismo, no quiero callarme. Que tampoco se tomen por respuesta mis palabras, sólo son una reflexión abstracta, motivada eso sí por las palabras de otros, pero reflexión y no respuesta.

Que grande Groucho Marx al dejarnos aquella frase: Jamás formaría parte de un club que me quisiera entre sus miembros. Me pregunto qué pasaría si el susodicho club manifestara que le va a dejar igualito que a Rouco Varela ¿rellenaría la instancia para entrar?

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