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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Famoso bodeguero es perseguido judicialmente por negarse a fumigar sus viñedos

Thibault Liger-Belair

Thibault Liger-Belair es uno de los bodegueros más prestigiosos, envidiados y admirados del mundo. Rectifico. Él se considera exclusivamente viticultor, vigneron, algo que en Francia tiene puesto preferente en el Olimpo de su grandeur, del orgullo patrio.

No es fácil llegar tan alto. Decía Henri Jayer que “se nace viticultor y se muere aprendiz”. El secreto de su éxito es por todos bien conocido: un respeto absoluto a la tierra, al terroir, y una veneración rayana en lo religioso hacia las viñas, delicadas sacerdotisas de sus insuperables borgoñas y beaujolais ecológicos.

Todo su vino está vendido mucho antes de salir al mercado. Se distribuye en limitados cupos y sólo las más influyentes vinotecas pueden ofrecer contadas botellas a sus clientes.

Merecería una medalla pero le han enviado una citación judicial. El próximo 19 de Mayo deberá presentarse ante el tribunal de Villefranche-sur-Saone.

¿El motivo? No haber utilizado insecticidas contra la “flavescencia dorada” en sus viñas de Beaujolais, una plaga muy peligrosa pero en nada parecida a esa filoxera que a finales del siglo XIX acabó con los viñedos de Europa.

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Los vinos también tienen alma

Vino

Los vinos tienen alma, no hay duda. Pero sólo unos pocos. Aquellos que son capaces de darnos a conocer su paisaje y su cultura, que es el paisaje y la cultura de su hacedor, el bodeguero.

Es el milagro del vino. El secreto del que participamos los amantes de la naturaleza, del mundo rural, del arte, amantes a fin de cuentas de la buena vida. Epicúreos nos llaman algunos. Mejor vividores. Pura vida. Puro vino. Puro sentido y sentimiento; sensibilidad.

Llegué al mundo de los vinos de la mano de Paco Berciano y Marivé Revilla, empujado, como en tantas otras sabidurías, por mi maestro Arsenio Escolar, en esos lejanos momentos director del recién nacido Diario 16 de Burgos. El primer artículo de esta pareja que ya forma parte de mi familia nos dejó a todos aturdidos: Un Ribera tinto, por favor. Hoy suena inventado, pero en los años 90 del pasado siglo pedir un ribera en Castilla significaba pedir un vino rosado, viniera éste de donde viniera.

A su sombra aprendí a descubrir en la copa suelos, climas, variedades autóctonas, fermentaciones, barricas y tostados, paisajes y paisanajes. A reconocer los buenos vinos de los malos, pero sobre todo a reconocer la personalidad de sus creadores. Era fácil. Los Pesqueras son como Alejandro Fernández, impetuosos, sinceros y con ganas de quedarse charlando mucho tiempo contigo. Los de la familia Pérez Pascuas entran tímidos al principio, pero luego son tan largos y sensibles como esas parrafadas que nos echábamos en su cocina de Pedrosa de Duero celebrando el cumpleaños de uno de los tres hermanos.

Qué tiempos aquellos de reportajes sobre bodegas y concursos, enzarzados en peleas periodísticas como la que nos puso en contra de todo el ilustre Cabildo Metropolitano de la Catedral de Burgos por criticar esos proyectos de restauración del entonces ruinoso monumento basados en promocionar la venta de vinos falsificados.

Pero yo quería hablaros hoy del alma de los vinos y no de santas iglesias. Porque el próximo lunes 20 de marzo se reunirán, precisamente en Burgos, y no por casualidad convocados por Paco Berciano y Maribé Revilla, más de 500 de estos vinos tan especiales y expresivos capaces de condensar en tan sólo un sorbo paisajes sensoriales únicos.

El Alma de los Vinos Únicos es un encuentro de esos que ningún amante de la naturaleza y de la cultura se debería perder. Porque en él tendrá la ocasión de hablar de tú a tú con auténticos guardianes de la biodiversidad, verdaderos agricultores apasionados de su tierra que miman el viñedo cuidándolo como jardineros japoneses, sin exigirle más de lo que éste puede dar para garantizar que el producto resultante sea como ellos, viva imagen del terruño. Son 109 bodegas de mediana a muy pequeña producción, muchas artesanales, casi puros caprichos en las antípodas de esas grandes productoras industriales con millones de botellas al año.

Es verdad, son productos caros, pero no tanto si se sabe buscar, encontrar, elegir. Y también es verdad, muchas bodegas son extranjeras (52), algo reñido con quienes apostamos por lo local, pero tan necesarios para aprender como esos buenos libros comprados en otros países.

En estos tiempo de imposturas y engaños, las pequeñas historias de singulares vinos con alma los hacen grandes pues nos reconcilian con la tierra y sus gentes. Nos acercan a los amigos y nos invitan a hacer nuevos amigos. Nos dan ánimos para seguir apostando, como dirían los bodegueros franceses, por el terroir.

Ánimos para soñar con unos consumidores tan concienciados que logremos finalmente encumbrar los productos auténticos y arrinconar hasta su desaparición a los productos falsos, insanos, globalizados, desraizados. Queda mucho para lograrlo, pero los vinos con alma nos señalan el camino.

alma15

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Adiós a los que se quedan y hola a Labordeta

aragonsigue

Mi querido amigo Paco Berciano tiene un blog en 20 Minutos que muchos leen pero él ya no escribe y una columna de opinión en el Diario de Burgos que él escribe y muy pocos podemos leer. Me siento, nos sentimos, huérfanos de esa clarividencia suya que sólo los muy inteligentes son capaces de sintetizar en una literatura de calidad.

Paco es uno de los máximos expertos en vinos y viñedos de Europa. Comparte con los grandes bodegueros un amor intenso por el paisaje agroforestal, por el terruño. También comparte con ellos una sentida preocupación por el derrumbamiento del mundo rural, por la pérdida de reconocimiento de los urbanitas a nuestros últimos guardianes del territorio.

Su columna de esta semana me llegó a lo más profundo del corazón. Está dedicada a José Antonio Labordeta y a esas personas que luchan contra el abandono de pueblos y aldeas, contra la incomprensión de quienes hace ya demasiado que no sentimos la fuerza y la dureza de abrir la tierra con un arado. Somos, como diría el llorado bardo aragonés, “como esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar”. Es verdad, “hemos perdido compañeros, paisajes y esperanzas en nuestro caminar”. Pero aún queda esperanza. La que te insuflan los viejos amigos en esas impagables conversaciones, pocas pero siempre cercanas, íntimas, auténticas. La próxima muy pronto, “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero“.

Hace años, décadas ya, Paco y yo gustábamos de escribir artículos conjuntos en el Diario 16 de Burgos. “A pachas” lo llamábamos, una expresión cheli que evidencia el paso inexorable del tiempo. Lo recuperaremos pronto, seguro. Pero mientras tanto, os dejo íntegro el artículo publicado la pasada semana por Paco Berciano en el Diario de Burgos. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Esta semana ha abierto sus puertas la Fundación José Antonio Labordeta, un homenaje que su mujer, sus tres hijas y un buen grupo de amigos ha querido rendirle. Labordeta fue maestro, escribió alguna de las canciones más bonitas de amor y de lucha que nunca se han escrito en castellano, recorrió los pueblos de Aragón y cantó su muerte diaria. Después hizo un programa diferente de televisión, de los que ahora no se llevan porque no había gritos sino gente hablando, contando paisajes e historias. Fue político de los que honró esa palabra.

Cuando leía la noticia, además de enormes ganas de visitarla, sentía una gran nostalgia. Nostalgia por el hombre que nos falta, por sus versos, por su voz profunda, por su honradez enorme.

Pero también nostalgia como castellano porque nosotros nunca hemos tenido la suerte de tener un hombre tan grande como él para cantar y contar y, sobre todo, para defender nuestros pueblos, nuestra vida rural.

Burgos es la provincia con más pueblos de España y una gran mayoría de ellos están muertos o a punto de morir entre el silencio y la indiferencia de todos. Cada año desaparece alguno, cada año se quedan más piedras vacías, sin nadie que las mire.

Cuando recorro Francia siento envidia por cómo ellos han sabido defender e integrar la vida en el campo. Sus pueblos son bonitos, tienen vida. En las calles hay flores y en las casas hay internet a toda velocidad. Trabajar y vivir en el campo en Francia es motivo de orgullo. En nuestra Castilla perdida es motivo casi de vergüenza, como si no se supiera hacer otra cosa.

Nos une con Aragón muchas cosas, desde el Camino del Cid hasta los pueblos despoblados y muertos que llenan su paisaje y el nuestro. Nos une la enorme historia que han tenido nuestros pueblos y la indiferencia de los que pueden actuar para evitar que esa historia se pierda para siempre. Muchos pueblos, llenos de pequeñas joyas que conservar, demasiado dinero que gastar para poder hacerlo en una época en la que el dinero no sobra. Y pocos votos que ganar haciéndolo.

No hemos tenido un Labordeta, aunque hemos tenido gente como Enrique del Rivero, César-Javier Palacios o Elías Rubio. La lástima es que su voz se ha oído menos y que nunca han tenido una plataforma importante para hacerse escuchar.

Pueblos muertos, formas de vivir acabadas, productos agrícolas que nunca volverán a ser iguales, panes cocidos al horno de leña en peligro de convertirse sólo en un recuerdo. ¿Quién te cerrará los ojos tierra cuando estés callada?

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Comienza la vendimia de los vinos “del cielo a la tierra”

Vendimia

© Wikimedia Comons / Stefan Kühn

Con el permiso de mi amigo Paco Berciano, uno de los más grandes expertos europeos en vinos y mi maestro en tan apasionante mundo, hoy os quiero hablar de la viticultura biodinámica. Y eso que no creo en ella, pero la admiro como el más respetuoso acercamiento del ser humano a la naturaleza.

Para quien no conozca esta técnica de cultivo, le diré que supone el último escalón de compromiso con la tierra (el terroir que dicen los franceses, terruño que decimos nosotros), aún más exigente que la agricultura ecológica. Basado en las teorías holísticas de Rudolf Steiner, considera a las explotaciones agrícolas como organismos orgánicos complejos donde suelos, plantas, animales y hasta el propio productor están profundamente interrelacionados. Como en la agricultura ecológica, fertilizantes artificiales, pesticidas y herbicidas están estrictamente prohibidos. Pero todos, todos. Manejan con inteligencia los abonos orgánicos, aportándoles las propiedades medicinales de algunas plantas. Las malas hierbas se eliminan arrancándolas o con el uso del tradicional arado romano empujado por animales. Vuelta a los orígenes. Aunque con influencias demasiado esotéricasy sin rigor científico como los preparados biodinámicos, algo así como homeopatía para suelos enfermos.

Otras técnicas son, sin embargo, tan viejas como la propia agricultura. Por ejemplo, la creencia/mito de que la astrología influye en el desarrollo de la plantas.

Preguntad en el pueblo, a la gente mayor, cuándo se siembra o poda. Os dirán que dependerá de la Luna. Podríamos aceptarlo, pues si nuestro satélite influye en las mareas algunos consideran que también es capaz de influir de alguna manera en los seres vivos terrícolas.

Menos creíble es que para fertilizar el campo haya que enterrar cuernos de vaca (la cornucopia, el mítico cuerno de la abundancia) o placentas, como se hacía antiguamente.

Pero pensar que, como solución para una plaga de ratones, lo más eficaz es “un preparado a partir de cenizas de piel de ratones de campo cuando Venus está en la constelación de Escorpión” me suena a magia de birlibirloque. En este caso yo apostaría por algo mucho más tangible y efectivo, favorecer la presencia de rapaces diurnas y nocturnas como cernícalos o lechuzas.

Pero quería hablaros de vinos biodinámicos. Imaginad el producto: nada de química en el campo, nada de bombas y filtros en las bodegas, y algo que a mí me gusta especialmente, nada de sulfitos en el vino. Ese azufre, los sulfitos, se acepta como conservante incluso en los vinos ecológicos. No me gusta. Es algo prescindible, empíricamente demostrado por algunos vinos biodinámicos tan maravillosos como el famoso Romanée-Conti, el más prestigioso (y caro) del mundo, u otros no menos fabulosos de la Borgoña, Loira y Ródano.

No sólo en Francia triunfan los vinos biodinámicos. En Italia también esta técnica tiene cada día a más bodegueros encandilados. Y en España, con pesos pesados como Telmo Rodríguez con su riojano Altos de Lanzaga, Carlos Esteva y su Gran Caus de Can Rafols en el Penedés, o ese maravilloso Pétalos del Bierzo de los descendientes de J. Palacios. Que por cierto, uno de ellos, Ricardo Pérez Palacios, es el traductor al español del libro que está considerado como la Biblia de la viticultura biodinámica: El vino del cielo a la tierra, de Nicolas Joly. Leedlo. Interesantísimo y muy ameno.

El autor, propietario de uno de los viñedos más antiguos del mundo (Vignoble de la Coulée de Serrant), se ha convertido en el enfant terrible de los bodegueros del marketing, azote de esos vinos sin alma ni raíces. Como bien dice Joly, los viticultores pueden escoger entre convertirse en wine makers (fabricantes de vino) o en “asistentes de la naturaleza”. Hay mucha diferencia.

Septiembre es el mes por excelencia de la vendimia en España, el momento de cosechar los frutos de un año de trabajos y sacrificios. Ahora es cuando se decide todo, pues sin uvas de calidad es imposible hacer vinos de calidad. Algunos, muy pocos, pero por suerte cada vez más, son pequeños productores empeñados en cuidar la tierra y su producto estrella, la vid. Ecológicos, biodinámicos o tradicionales, pero ante todo honestos.

Sin embargo echad un vistazo a las estanterías de los supermercados. ¡Cuánto engaño! El vino es cada vez menos natural. Salvo honrosas excepciones, la mayoría busca grandes producciones homogénas basadas en viñedos contaminados por la industria fitosanitaria, con caldos filtrados y bombeados hasta el desmayo, y donde incluso las levaduras son seleccionadas en el laboratorio de la bodega para buscar ese toque de autenticidad que han perdido entre tanta fumigación y trasiego.

He hablado mucho del tema con Paco Berciano bajo el cálido influjo de esos productos llegados “del cielo a la tierra”. En su opinión, la biodinámica ha supuesto un renacimiento de las denominaciones de origen, pues por fin el vino empieza a trasmitir las características propias de cada terruño, de cada paisaje, de cada productor.

Por eso le pregunto directamente: “Paco, tú qué eres un experto con los pies en la bodega, ajeno a creencias y mundos paralelos. ¿De verdad se nota la diferencia? Y Paco, que cada vez se le nota más influido por la Ribeira Sacra, me responde a lo gallego:

Perjudicar no perjudica, eso es evidente. Y permite hacer algunos de los mejores vinos del mundo.



Como colofón os dejo este vídeo precioso de una de las mejores bodegas de Canarias, una tierra donde todavía se tira demasiado de la química y poco del sentimiento. Son los sonidos del vino. Los tranquilos sonidos del silencio.

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