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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Conoces el jardín (andaluz) más secreto de Madrid?

En estos tiempos de turismo global donde todo el mundo visita los mismos lugares para ver las mismas cosas hay todavía rincones secretos que se escapan a la masificación; espacios donde el tiempo se detiene y puedes sentirte un plácido viajero sin necesidad de salir de la ciudad.

Como disfrutar en el centro de Madrid de un jardín andaluz a medio camino entre los famosos de los Reales Alcázares de Sevilla y los archiconocidos del Generalife granadino. Si no has estado en este remanso de paz ya estás tardando. Se encuentra en la Casa Museo de Sorolla, abierto seis días a la semana y de entrada gratuita independiente, aunque ya que vas, por tan solo tres euros puedes disfrutar de las maravillas artísticas que esconden su interior. Lee el resto de la entrada »

Date un baño de relajante tila sin salir de la ciudad

Tilos del Jardín del Rastro, en Madrid.

Si estás nervioso, tómate una tila. Pero mejor aún que en infusión, disfrútala por narices. Quizá no te has dado cuenta, pero la mayor parte de los jardines y paseos de España están ahora mismo con sus tilos reventones de flores, olorosos hasta la locura, regalándonos los aromas más maravillosos que nadie nunca pudiera imaginar.

A mí me encanta buscarlos, pasear bajo ellos y, si cuadra, sentarme aunque solo sea un momento bajo su sombra embriagadora para disfrutar de tan relajante compañía mientras leo el periódico o un libro. Parar el reloj. Aquí huele a verano, a tranquilidad, a campo, a vida. “Nada te turbe, nada te espante“, que diría santa Teresa de Jesús. Bajo estos árboles germina la bondad, como sabiamente señala el refranero:

Flores de tila y naranjo, al más malo vuelve manso. Lee el resto de la entrada »

Cambio a san Valentín por unas camelias

PinkCamelliaJaponica

Mañana, día de san Valentín, los enamorados regalarán rosas. Quizá también orquídeas, antes tan imposibles como hoy asequibles. Pero yo no. Mi flor de amante es la camelia. Y no la corto. La disfruto descubriéndola en los jardines. Especialmente en esos románticos pazos gallegos y casonas asturianas donde, con un esplendor único, se muestran algunas de las colecciones más importantes del mundo.

Hay hasta 8.000 variedades diferentes originarias de China y Japón, en todos los tamaños, formas y colores; arrogantes primas de la humilde planta del té, espectacularmente aclimatadas al benigno clima atlántico del norte español hasta convertirse en singular motivo de peregrinación para los amantes de la jardinería.

Viéndolas en su hermosura invernal, con la altiva frialdad de unas divas, es imposible no acordarse de la Dama de las Camelias. A mediados del siglo XIX, Marie Duplessis volvió locos a nobles e intelectuales de Francia, Inglaterra y hasta Rusia. Alérgica al olor de las flores, las camelias, por carecer de perfume, eran sus favoritas. Tan sofisticadas y delicadas como ella, siempre las tuvo a su lado.

Dickens la frecuentó, Dumas la veneró y Liszt la entronizó, pero fue Verdi quien la elevó a los altares del amor romántico con La Traviata, compuesta en su recuerdo.

“Gocemos”, nos aconseja la atribulada protagonista de esta maravillosa ópera, “que fugaces y rápidos son los placeres del amor”. ¿Por qué no hacerle caso?

Flores, jardines y palacios, música, estrellas. Este fin de semana os propongo pasar de san Valentín, a fin de cuentas un obispo italiano con pinta de aburrido, y entregarnos a los placeres mundanos de las camelias. A ser posible acompañados de un buen vino, por eso que nos decía su enamorado de que “el amor entre las copas hallará besos más cálidos”.

Anna Netrebko y Rolando Villazón interpretan maravillosamente La Traviata en Salzburgo (2005). La protagonista, Violeta Valery, sería el alter ego verdiniano de La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas hijo.


Y una idea para celebrar mañana a san Valentín por todo lo alto. Los Días de amor y camelias que organiza el Pazo de La Saleta (Pontevedra) con música, flores, buenos alimentos y mejores bebidas. Una deliciosa experiencia para los cinco sentidos.  ¡No te lo pierdas!

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¿Tan malas son las malas hierbas?

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“Mala hierba nunca muere”, afirma el refrán castellano. ¿Tan malas son las malas hierbas? Como siempre, hablando de Naturaleza, la mejor respuesta resulta terriblemente ambigua: “Según”.

Empecemos por el principio ¿Qué es una mala hierba? Básicamente, aquella planta que crece en un lugar donde deseamos que no lo haga. Y que, curiosamente, es donde mejor se da: en las pequeñas huertas y en los campos de cultivo, en los jardines e incluso entre las baldosas.

Son millones de euros, y miles de toneladas de herbicidas, los que cada año gastamos en tratar de controlarlas. De ahí que nos parezcan tan malas. Incluso existe una asociación científica centrada en su estudio y eliminación, la Sociedad Española de Malherbología.

En el jardín de mi casa las sufro a diario. Son las únicas que crecen lozanas e impetuosas, a su bola. Pero también las reconozco una gran belleza. Especialmente esas especies capaces de adornar las juntas de las aceras, de brotar en grietas imposibles del asfalto urbano, de colgar de los canalones o de convertir nuestras anodinas cunetas de carretera en maravillosos (pero efímeros) jardines floridos. Capaces también de ofrecernos ricas ensaladas y una no menos interesante botica natural… si las conocemos.

Precisamente esta semana, el biólogo Jon Marín acaba de publicar en Pol.len Edicions el libro “No hi ha mala herba” (No hay mala hierba). Se trata de una curiosa guía de ecología y cultura alrededor de las plantas silvestres comestibles de entornos urbanos y periurbanos catalanes. Las protagonistas son una selección de una veintena de especies que se pueden encontrar fácilmente en nuestras ciudades. “Representan una reserva de diversidad hasta ahora poco valorada “, recuerda Marín.

No hay que ir muy lejos para descubrir plantas silvestres comestibles y medicinales. Las tenemos en grietas y arcenes junto a nuestras casas, pero no las vemos . Y para mirarlas con otros ojos, este libro te ayudará a descubrirlas, conocerlas y a considerar que, en el fondo, no son tan malas.

Foto: Nut Creatives

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La genial idea de una niña de 15 años que asombra al mundo

LogoMiniReservas

Al Congreso Mundial de las Tierras Silvestres WILD10, celebrado hace unas semanas en Salamanca, asistieron más de un millar de delegados procedentes de los cinco continentes. Científicos, altos funcionarios, conservacionistas, fotógrafos, periodistas, artistas e incluso representantes de pueblos aborígenes. Tuve la suerte de participar activamente en este encuentro que por vez primera en su larga trayectoria elegía como sede a un país mediterráneo. Allí se habló de muchas cosas, de muchos problemas y de muchas ilusiones. Pero varios delegados coincidieron en señalarme como una de las iniciativas más interesantes el proyecto de MiniReservas. “Seguramente lo conocerás”, me espetó uno de ellos. “Está promovido por una niña española”. Efectivamente, no tenía ni idea. Así que aproveché para enterarme.MiniReservas

La zaragozana Esperanza Sancho es la promotora de MiniReservas, una iniciativa para convertir espacios urbanos degradados en pequeñas reservas naturales. Tiene 15 años, un montón de buenas ideas y un gran talento. Tan grande como para lograr el Premio one-minuteWILD, que además de reconocer la genialidad del proyecto aplaude su excelente manera de explicarlo en un vídeo de menos de un minuto.

Esos solares o rincones abandonados cercanos a nuestras casas tienen futuro si entre todos decidimos cuidarlos para favorecer la presencia de una fauna y flora que, sin duda, nos hará más felices. Es un proyecto participativo, voluntario, destinado a recuperar la vida silvestre y a favorecer su conocimiento. Propone retirar la basura, plantar árboles y arbustos, instalar refugios de fauna y catalogar su biodiversidad. Es verdad. Quizá después de tanto trabajo luego llegue un promotor y levante apartamentos donde tantas ilusiones depositamos, pero ¿qué sería del mundo sin sueños?

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Los baños de bosque alivian las depresiones otoñales

Decía Pablo Neruda que en otoño la tierra se extiende y respira, mientras al mes y a los árboles se les caen las hojas. Manuel Machado se sentía “triste como una tarde del otoño viejo”. Yo prefiero la visión de Ángel González, maravillado por esas luces doradas que son fuego, o vida.

Todo esto me lo cuento durante mis baños de bosque, de naturaleza. Porque no sólo es posible darse baños de árboles. Es absolutamente necesario, especialmente en estas fechas donde, por culpa de la reducción de las horas de sol, el 30 por ciento de los españoles sufre la “depresión de otoño”. Será porque no conocen los baños de bosque, el mejor antidepresivo natural.

Los japoneses lo llaman Shinrin-yoku, tan famoso que hasta lo recomienda la Agencia Forestal nipona como saludable actividad anti estrés ligada a la aromaterapia.

La receta es sencilla y muy sabrosa. Madruga en fin de semana. Cálzate unas botas, elije el viejo jersey de lana, una buena cazadora y echa a andar por un bosque como quien se zambulle en las cálidas aguas del Mediterráneo. En silencio. Respirando plácidamente al ritmo del canto de las aves. Dejando que el viento se lleve los pensamientos, que el murmullo de tus pasos sea la mejor música. Agudiza el oído para disfrutar con el sonido único de pisar las hojarascas, los charcos, escuchar a las ramas susurrar secretos y agitar conciencias, recuerdos. Después de unas horas de paseo busca la compañía de un viejo árbol. Sentado junto a él saca el bocadillo o, mejor aún, una pieza de fruta, y disfruta del momento.  Olfatea. Tras las abundantes lluvias de esta semana, el olor a bosque, hojas, setas, castañas, barro nos reconcilia con nuestro pasado más natural. Y nos relaja infinitamente.

No hay duda. Los mejores paseos del año son ahora. Y si no tienes un bosque cerca, elije parques y jardines. ¿O eres de los que prefieren pasear por el centro comercial?

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Somos cada vez más ruidosos y solitarios

Parafraseando a Luis Eduardo Aute:

“Ruido, ruido, ruido, más ruido por favor, que todo en la vida es ruido y los ruidos, ruidos son”.

Porque resulta evidente. Hablamos a gritos entre nosotros. Cotidianamente y no sólo cuando nos insultamos desde el coche o utilizamos el teléfono móvil sin más apoyo tecnológico que la potencia de nuestros pulmones. Incluso escribiendo en Internet a muchos les gusta hacerlo con mayúsculas, a grito pelado.

Todo nuestro entorno cotidiano es un maremágnum de decibelios en aumento constante, de músicas estridentes en los centros comerciales, en las tiendas, en los ascensores, en los automóviles tuneados, en los botellones, en los aviones (odio la canción de Volare con la que una compañía aérea nos castiga machaconamente durante los vuelos); incluso en las calles, en estas fatídicas fechas engalanadas con insufribles villancicos navideños. Todo es ruido, que no música. Por no hablar de las obras y del tráfico.

Nos hemos acostumbrado a este ensordecedor vivir, pero no así la fauna, que nos rehúye dejándonos más solos que nunca. Un reciente estudio ha puesto de manifiesto cómo la contaminación acústica influye de forma negativa en la presencia de los pájaros en las ciudades. Los espantamos. Apenas palomas y gorriones aguantan el estruendo urbano, refugiándose algunas pocas especies más como mirlos o pinzones en las zonas verdes menos urbanizadas, mientras el resto emigra más allá de los ruidos.

¿Sabéis cuál es uno de los mejores refugios urbanos de las aves? Los cementerios. Allí de momento no ha llegado la música ambiente, y por un miedo supersticioso se habla bajo, a pesar de que los muertos son los únicos a quienes no molestan nuestros gritos. Daros un paseo por ellos y veréis qué cantidad de aves se refugian en los camposantos. Remansos de paz. De fauna. Y de silencio.

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