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La guía para sobrevivir a los bulos

La mentira tradicional iba de mejorar nuestra imagen en un primer encuentro, de tapar nuestros defectos, de mentir para no herir al otro mediante el sincericido, de esconder nuestros trapos sucios, de engañar para conseguir un objetivo concreto…

La nueva mentira es digital y gratuita. Los bulos que antes tardaban meses o años en propagarse, ahora se viralizan en pocos minutos a través de redes sociales. De hecho, un estudio de la Universidad de Massachusetts concluye que: “La desinformación viaja mucho más rápido que la verdad, especialmente cuando convergen dos variables: incertidumbre e importancia“.

Ya lo decía Winston Churchill: “La mentira ha dado media vuelta al mundo, mientras que la verdad aún se está poniendo los pantalones”.

Los creadores de fake news se convierten en pirómanos de las redes sociales, incendian desde el anonimato, disfrutan haciendo el mal, creando confusión y caos en situaciones convulsas y de alta crispación, por tanto, han sido indudables protagonistas de esta crisis sanitaria que estamos viviendo.

El cerebro odia la inseguridad, por eso en tiempos de preocupación social y alarma es mucho más susceptible para creer cualquier historia aparentemente verosímil. Y es que parece ser que el reenvío masivo guarda más relación con el contexto que con otras variables individuales como la personalidad, las emociones o el nivel cultural/formación académica.

Como podemos observar, el tema da para mucho y es interesante analizar y analizarnos en esta nueva controvertida era de la comunicación. Todo ello fue lo que impulsó a las periodistas Carla Pina y Cristina Martín a profundizar en las entrañas de uno de los comportamientos más dañinos de la época covid. Así, han publicado recientemente: “Fake News. Guía para sobrevivir a los bulos“.

Y este manual es importante para que todos sepamos lidiar con la desinformación, dominemos y gestionemos mejor lo que procesamos, podamos ser capaces de desenmascarar contenidos impostores y contrastar embustes con las mejores herramientas.

¿Hay esperanza?

Haciendo un poco spoiler del libro, y aunque el análisis que se realiza es complejo desde múltiples perspectivas, hay algunos tips muy básicos para combatir las noticias falsas:

  • En el periodismo: verificar siempre con fuentes fiables y de calidad. En este sentido, 20MINUTOS se compromete con la lucha contra la desinformación, y miembro de The Trust Projectcuenta regularmente con las verificaciones y desmentidos de Maldita.es
  • Respecto a las plataformas: más inversión en la lucha contra la desinformación, pueden hacerlo pero no lo hacen con suficiente interés porque ganan mucho dinero con la publicidad a través del elevado número de clics que atraen las mentiras.
  • En el ámbito político: más transparencia en la rendición de cuentas y menos eufemismos para calificar los hechos.
  • En la ciudadanía: es imprescindible una alfabetización mediática, enseñar en los centros a distinguir lo verdadero de lo falso desde la educación secundaria obligatoria.

 

Descubre la fórmula para que te duela menos la vacuna #EstudioCientífico

Reactivamos el blog tras el verano pisando fuerte. Espero que casi todos los que estéis leyendo esta entrada ya estéis vacunados contra el virus de la covid 19, pero mucho me temo que esta no será la única vez que la necesitemos. Además, este sencillísimo truco también nos valdrá para cualquier vacuna o analítica a la que nos tengamos que enfrentar.

Fotografía de Pixnio con licencia CCO

Fotografía de Pixnio con licencia CCO

Pocos tendrán auténtico pavor a las agujas pero a nadie le encanta que le pinchen, esto es así, la experiencia emocional siempre es desagradable y si podemos reducirla y minimizar el dolor pues mejor que mejor.

Y es que al parecer, un gesto tan simple como sonreír puede reducir el dolor de una inyección en un 40%. Así lo afirma un estudio del año pasado de la Universidad de California: la sonrisa es capaz de mitigar la respuesta fisiológica propia del estrés, por tanto, cuando una aguja atraviesa nuestra piel, podríamos experimentar menos dolor.

“Cuando nos enfrentamos a la angustia o al placer, los humanos hacemos expresiones faciales notablemente similares que implican la activación de los músculos oculares, levantar las mejillas y mostrar los dientes”. “Descubrimos que estos movimientos, a diferencia de una expresión neutra, son beneficiosos para reducir la incomodidad y el estrés”.

Pero no vale cualquier risa, lo ideal es ejecutar el gesto conocido como ‘sonrisa de Duchenne. Esta implica la acción muscular del músculo cigomático mayor y menor de la boca (hace que se eleven las comisuras de los labios), pero además también debe activarse el músculo orbicular cerca del ojo (hace que se eleven las mejillas y produce arrugas alrededor de los ojos, ‘patas de gallo’ más marcadas).

Para el experimento, los investigadores utilizaron una muestra de 231 personas capaces de sentir dolor, emoción y angustia al recibir una inyección. Estos expresaron una sonrisa de Duchenne, o una no Duchenne, una mueca o una expresión neutra durante la inyección. El objetivo de ello era observar el efecto que tenía dicho gesto sobre su percepción del dolor.

Investigadora haciendo las cuatro muecas del experimento con palillos en su rostro: A) neutral, B) sonrisa no Duchenne, C) sonrisa Duchenne y D) mueca. Crédito: Katherine V. Hammond / University of Oregon.

Para ayudarlos a mantener sus expresiones faciales, les colocaron palillos que las sostendrían mientras les inyectaban una solución salina. Los sujetos que hicieron muecas y sonrisas de Duchenne informaron que la inyección les dolió solo la mitad en comparación con la sensación que informaron los del grupo que mantuvo una expresión neutral durante la inyección.

Sin embargo, los que hicieron la sonrisa de Duchenne, la más sincera y real de todas, también mostraron una frecuencia cardíaca significativamente más baja, de tal modo que también era capaz de minimizar la respuesta fisiológica estresante de nuestro cuerpo a través de la reducción del ritmo cardíaco.

“La idea es que los nervios de tu cara, cuando esos músculos se activan,  envían un mensaje a tu cerebro que te dice que estás feliz“.

Enfermer@s del mundo, hacednos sonreír mientras pincháis! 🙂

 

Referencias:

Smile (or grimace) through the pain? The effects of experimentally manipulated facial expressions on needle-injection responses. https://doi.apa.org/doiLanding?doi=10.1037%2Femo0000913

Smiling sincerely or grimacing can significantly reduce the pain of needle injection. https://news.uci.edu/2020/12/01/smiling-sincerely-or-grimacing-can-significantly-reduce-the-pain-of-needle-injection/

https://www.instagram.com/sin.verba/?hl=es

 

Psicología: cómo se explica el efecto Illa

Una de las primeras entradas que escribía para este blog trataba sobre si votamos con la emoción o la razón, los estudios al respecto son claros: los votantes dependen profundamente de las apariencias al elegir el candidato al que votarán.

Salvador Illa / Europa Press

Salvador Illa / Europa Press

Esto significa que, por ejemplo, la mera sobreexposición de una persona puede predecir el éxito político. La familiaridad y la habitualidad nos hacen creer que ‘conocemos mejor’ a un determinado líder. A esto se refiere el tan sonado “efecto Illa“, un ministro que ya no se asocia a la Sanidad sino al coronavirus, una apuesta arriesgada pero que ha funcionado.

Illa no ha sido un candidato más del PSC sino un personaje ampliamente conocido, para bien y para mal, con una artillería de marketing por parte del Gobierno sin precedentes. Pero, muchos se preguntaran: ¿cómo es posible elegir a un candidato que ha cosechado los peores resultados en la gestión para combatir el Covid-19?

Porque las emociones vuelven a tomar protagonismo y surgen dos versiones en el análisis de un mismo hecho, los que ven a Illa como el culpable, responsable del manejo nefasto de la pandemia y los que lo perciben como una víctima, con actitud conciliadora, dialogante y de buena voluntad ante el complicado contexto que le ha tocado afrontar, a través de una lente que dice: ‘no pudo hacer más’.

Las razones del fracaso se saltan a Illa y se centran entonces en los recortes pasados de la sanidad, la falta de recursos y coordinación entre autonomías, sus fallidos asesores, da igual.

En la estética, Illa no destaca por su carisma, tampoco por su sonrisa ni conexión emocional con la ciudadanía, aunque a pesar de su interminable exposición pública en medio de una crisis sanitaria, pocas veces ha perdido los papeles y la neutralidad es capaz de equilibrar la balanza de las pasiones de la audiencia, aprovechando esa imagen tibia en su favor.

Tal y como apunta la tradicional premisa: “la mala publicidad también es buena publicidad”, es preferible tener mala prensa antes que nadie hable de ti. Los datos estadísticos son claros, si se trata de un producto previamente desconocido: con el caldo de cultivo adecuado, una reseña aumenta la notoriedad y la intención de compra, sin importar si la reseña fue positiva o negativa.

 

El negacionismo del coronavirus explicado por la psicología

Reptilianos, antivacunas, terraplanistas, creencias paranormales…

Ahora, tras las manifestaciones con cientos de asistentes sin mascarillas, ni distancias de seguridad y los movimientos organizados por redes sociales que cuestionan la pandemia, la negación de la existencia de la COVID-19 por parte de un sector de la población ya es un hecho.

Vista de los asistentes a la manifestación en la Plaza de Colón de Madrid convocada en redes sociales en contra del uso de las mascarillas. EFE

Vista de los asistentes a la manifestación en la Plaza de Colón de Madrid convocada en redes sociales en contra del uso de las mascarillas. EFE

Lo primero que tenemos que destacar es que la gente que cae en los movimientos mencionados no son incultos o faltos de inteligencia, según la investigación al respecto, el perfil se asocia con una clase media/alta y estudios superiores.

El negacionismo no es nada nuevo, se trata de una conducta irracional pero real, que algunas personas eligen para rechazar una realidad verificable, generalmente con el objetivo de evadir una verdad incómoda. Normalmente, el negacionismo se genera en situaciones críticas, angustiosas y de alta incertidumbre.

Siendo sinceros, en los tiempos iniciales de esta pandemia, todos en alguna medida hemos sido negacionistas, al principio nadie creíamos en la magnitud de propagación del virus, no podíamos ni imaginar un confinamiento, pensábamos que a nosotros no nos pasaría nada, que en España seríamos resistentes a la mortalidad de la enfermedad.

Y en ese punto temporal sí era lógica esta reacción, porque no hemos tenido precedentes, porque la negación es un mecanismo de defensa inicial ante el miedo, frente a cualquier circunstancia dolorosa que nos resulte increíble y/o insoportable.

Después de este ‘efecto de irrealidad’, la mayoría rectificamos, dejamos de minimizar lo que ocurría y aceptamos esta nueva realidad que nos ha tocado vivir, muchos de nosotros por experiencia propia, hemos perdido familiares cercanos o hemos padecido la enfermedad con más o menos virulencia. Comenzamos a creer en la información de organismos oficiales y a seguir las recomendaciones que los expertos iban dictando.

En este último punto, muchas de las personas negacionistas, lo son precisamente por la falta de confianza en las instituciones. Y cierto es que el caos y la opacidad fueron muy acusados en la comunicación y gestión de la pandemia a nivel mundial: medidas contradictorias, presidentes que negaban el virus, pésima organización, bulos que no favorecían una información veraz, ocultación de datos por parte de los gobiernos, restricciones cambiantes, blanqueamiento de la muerte y del impacto de la crisis…

Todo ello ha contribuido a que muchos dejen de creer y reaccionen con incredulidad y rebeldía a las autoridades. No es justificable, por supuesto, pero el negacionismo es una consecuencia posible.

Existen muchos sesgos (errores/atajos de pensamiento) que también podrían explicar el movimiento negacionista. Por ejemplo, el sesgo de atribución, un fenómeno muy común respecto a la forma en la cual explicamos duramente las acciones de los demás pero siempre tratamos de justificar las nuestras, aunque se trate de un mismo hecho, por ejemplo: si vemos que otro se salta un semáforo, pensaremos automáticamente que es un ‘loco al volante’, pero si nos lo saltamos nosotros, argumentaremos que nos fue imposible frenar.

En el contexto de la pandemia, este error de atribución nos lleva a considerar que los demás actúan de forma exagerada o equivocada respecto al coronavirus, atribuyendo erróneamente que hay una psicosis colectiva, que la gente es muy miedosa o hipocondríaca. Tienen una falsa sensación de seguridad porque no les ha tocado de cerca y creen que podemos combatirlo como una gripe, que nada ha cambiado, que sigue amaneciendo, que continúan en sus empleos y que sus vidas no están alteradas en absoluto.

No quieren abandonar esa ‘zona de confort‘, que se refiere a un estado mental donde la persona mantiene una actitud rutinaria para no asumir ningún riesgo, es decir, se vive con el ‘piloto automático’ y se resiste a los cambios, solo ponen el foco en su micro-mundo, donde se está seguro y estable. Se siente miedo a perder el bienestar conseguido, aunque todo se desmorone a su alrededor.

En definitiva, observamos conductas y emociones tan dispares frente a una misma situación, con normas y usos sociales impuestos por la emergencia sanitaria, porque las reacciones humanas dependen de una compleja dimensión de variables, intervienen desde los rasgos de personalidad de cada uno (si se es más o menos solidario, impulsivo, arriesgado, asocial, cumplidor, temeroso, desafiante) a la edad, el aprendizaje, las experiencias vividas antes y durante la pandemia, la percepción de vulnerabilidad, la gestión emocional, incluso el empleo que desempeña cada persona, todo ello interviene.

Por tanto, se genera una línea continua en la que todos nos vamos situando y en la que también hay sitio para los extremos, desde el que va: alguien que está pasando por esta etapa con ansiedad y un gran miedo que paraliza y limita la vida ordinaria, hasta el negacionista más radical de la realidad.

Las convicciones erróneas no se sostienen con la base de argumentaciones lógicas y evidentes, normalmente se enquistan como parte del sistema de creencias de la persona, se convierten en parte de nuestra identidad, tal y como si de nuestro sistema inmunológico se tratara, nuestro sistema cognitivo se empeña a toda costa en protegerlas.

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Las 5 fases emocionales del cambio: de la negación a la aceptación

Estas etapas suelen ir asociadas al duelo que experimentamos tras el fallecimiento de un ser querido. Así es, pero también las vivimos tras cualquier pérdida, puede ser la de un trabajo, o después de una ruptura sentimental, o ‘simplemente’ por un cambio drástico en nuestras vidas, tal y como nos sucede ahora por la crisis del coronavirus, en mayor o menor medida, debemos despedir un mundo tal y como lo conocíamos y adaptarnos a una nueva realidad.

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

No todos pasamos por estas 5 fases de forma definida, ni con la misma intensidad, ni siquiera con un orden determinado, pero sí que muchos de vosotros os veréis reconocidos en esta evolución de emociones y mediante este análisis normalizamos el tornado de sentimientos por el que vamos avanzando durante esta cuarentena.

La psiquiatra suizo-estadounidense, Elisabeth Kübler-Ross, definió en los años 70 estas 5 fases principales:

  1. Etapa cognitiva: negación. 
  2. Etapa emocional: miedo, ira.
  3. Negociación.
  4. Tristeza y culpa en algunos casos.
  5. Aceptación.

Al principio experimentamos una extraña sensación de irrealidad, nos decimos a nosotros mismos que “esto no puede estar pasando”. Se trata de un mecanismo de defensa que suaviza el ‘golpe’, el cambio abrupto al que nos enfrentamos de repente y a mortiguar el sufrimiento.

Vamos tomando consciencia de la cruda realidad a través del tiempo y de la información, de los hechos concretos del día y entonces surgen las emociones. La ira y la frustración por no poder hacer nada, por no tener los medios para frenar o revertir la situación que no deseamos.

Proyectamos estos sentimientos en todas direcciones y centramos nuestra furia en la búsqueda de culpables, alguien que se responsabilice de nuestro sufrimiento.

También negociamos, es decir, fantaseamos con la idea de que se puede revertir o cambiar aquello por lo que estamos pasando. Es común preguntarse, ¿qué habría pasado si…? o pensar en estrategias que hubieran evitado el resultado final, como ¿y si hubiera hecho esto o lo otro?

Tras esta fase volvemos de nuevo al presente con la sensación de pérdida, nostalgia, o vacío, a echar de menos todo lo anterior, lo que hemos perdido, a tener que vivir sin ello. Nos sentimos melancólicos.

El dolor emocional va perdiendo su poder con el tiempo, poco a poco vamos volviendo a la normalidad. No es una etapa de felicidad repentina, pero vamos disfrutando de los momentos de nuestra nueva vida, de las recientes costumbres.

Aunque pueda parecer un tormento, realmente esta transformación emocional es esencial para que nuestro cerebro asimile las revoluciones propias de nuestro mundo.

Es incómodo aceptar una nueva situación, sin embargo es justo la aceptación la que pone a la persona en contacto con la realidad, te permite afrontar lo que verdaderamente está sucediendo, renunciando al pasado tal y como lo conocíamos y asumiendo que el presente es el que es y no podemos hacer nada.

El alcohol no es un buen aliado para la ansiedad durante el confinamiento

Sí, aclaro que el alcohol no es nunca un buen aliado. Lo contextualizamos ahora en el estado de alarma por coronavirus tras los inquietantes resultados de los estudios y estadísticas de ventas que relacionan directamente el aumento notorio de consumo de tabaco y alcohol durante el confinamiento.

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Tras el acopio inicial de papel higiénico y productos de limpieza, pasamos por agotar la harina y la levadura en los supermercados (con su correspondiente efecto terapeútico), y ahora el elemento diferencial en la cesta de la compra de los últimos días lo ha marcado la cerveza (con un incremento de casi el 80% con respecto al mismo mes del pasado año), así como también el vino (superando el 62%) y demás bebidas alcohólicas (con un aumento del 36%).

Parece que las prioridades van cambiando y hemos pasado de la preocupación por los productos básicos a la ingesta del ‘capricho’.

Esto ocurre por varias razones:

Después de más de 30 días ya nos hemos cerciorado de que la alimentación y productos de necesidad siguen disponibles en nuestra tienda habitual, el terror inicial ya ha pasado, ya no hay miedo al desabastecimiento.

Nos dejamos llevar por el sistema de recompensas que nos demanda el cerebro en situaciones complicadas para así equilibrarnos y producir mayores niveles de endorfinas y sentirnos felices a ‘corto plazo’.

En segundo lugar, la propia  ansiedad, la preocupación, la incertidumbre o el aburrimiento suelen ir de la mano con un aumento en la probabilidad de fumar y beber más. Una vía de escape para el estrés.

Por último, no solemos comprar tanto alcohol para casa porque la consumición habitual de bebidas alcohólicas se realiza en un entorno social, bares, cenas con amigos, restaurantes, pubs o discotecas. Realmente ‘compensamos’ ese consumo ahora en casa, a veces con compañía en videollamada de por medio.

Las autoridades sanitarias han tenido que intervenir y recordar los peligros de refugiarnos en el alcohol y el tabaco como remedio para combatir la soledad o el estrés. Sanidad advierte que el tabaco empeora el curso de las enfermedades respiratorias como la enfermedad del Covid-19.

La euforia y bienestar que produce el alcohol será momentánea. Las grandes oleadas de dopamina le ‘enseñan’ al cerebro a buscar alcohol y a dejar de lado otras actividades y fines más sanos.

Después produce un ‘efecto rebote’ que hará que te sientas aún peor que antes de haber bebido, alterará más tus rutinas y profundidad del sueño y asumes un gran riesgo de generar en tu organismo una adicción permanente.

Por último, no olvides que el consumo de alcohol origina una fuerte e inevitable tolerancia. Alguien que abusa del consumo del alcohol termina sintiéndose sin motivación, desanimada o deprimida y no puede disfrutar de las cosas que antes le causaban placer.

Llegado ese momento, la persona necesita continuar consumiendo más cantidad para sentir apenas un nivel normal de recompensa, lo que solo empeora el problema y crea un círculo vicioso.

Esto no es ninguna broma… ¡Cuídate!

Coronavirus: la nueva estrategia de comunicación política de Pedro Sánchez

Desde el principio de esta pandemia por Covid-19, Pedro Sánchez ya manifestaba alguna referencia a que esta situación se trataba de una guerra. En su última comparecencia en la tarde de ayer, directamente ya hablaba continuamente como el General que lidera un gran ejército y quiere motivar el ardor del guerrero para incentivar la lucha y el sacrificio de los combatientes.

No exagero, a continuación os dejo un vídeo con los cortes belicistas de su discurso (autor del vídeo: J.L Martín Ovejero):

No ha sido el único presidente que ha utilizado esta estrategia política. “Estamos en guerra”. Seis veces durante su discurso (el 12 de marzo), Emmanuel Macron utilizó la misma expresión tratando de tomar un tono marcial.

¿Cuál es el objetivo de adoptar este tono bélico en sus discursos políticos?

Por un lado, alentar el trabajo de los sanitarios y profesiones relacionadas, personas anímicamente destruidas tras los esfuerzos poco recompensados y protegidos.

Además de asegurar el mantenimiento del confinamiento del resto de la población. Palabra que por cierto evitan utilizar a toda costa.

Por otro lado, para tratar de conseguir una unión nacional frente a solo un enemigo común, el virus.

El objetivo es que la gente deje atrás la crítica sobre la gestión de los políticos, las medidas tardías, contradictorias y la búsqueda de culpables. Es un magistral desvío de la atención hacia solo un foco.

Tal y como analiza también mi compañero José Luis Martín Ovejero en su blog de comunicación: “Es un clásico de la estrategia política, buscar un enemigo común fuera para desviar la atención de los problemas internos. En el momento actual, se trataría de que la ciudadanía mirase más al virus que al gobierno.”

En palabras del periodista Carlos Alsina: “Esto no es una guerra, es una pandemia, no tenemos ‘armas’ para combatir el virus porque no hay tratamiento que nos lo permita. La única guerra es la que libra el sistema inmunológico de cada uno. A una epidemia se sobrevive, no se la doblega.”

No habrá día de la victoria, ni desfiles por las avenidas. No es más que un mensaje anacrónico que distorsiona a lo que nos enfrentamos.

No queremos héroes en el frente, queremos que nuestros sanitarios estén protegidos.  No somos soldados, somos ciudadanos y no podemos ser gobernados como en tiempos de guerra, no tendría sentido.

Aquí os dejo dos artículos de opinión que hablan más extensamente de este recurso bélico de la comunicación que adoptan algunos de nuestros políticos:

No, no estamos en guerra. Estamos en una pandemia. Eso es más que suficiente. – Basta!

Es una epidemia, no una guerra. – Las Provincias.

Coronavirus y harina: La repostería también tiene efectos terapéuticos

Tras el desabastecimiento del papel higiénico y de productos de limpieza (‘linkea‘ para acceder al análisis psicológico de estos comportamientos) hemos pasado a la misión imposible de encontrar harina y levadura en el supermercado.

Las reacciones ante el coronavirus son insospechadas pero todo (o casi) tiene su porqué.

Para una muestra solo hay que dar una vuelta por redes sociales. Nuestros amigos y familiares no paran de subir a sus perfiles bizcochos recién horneados, pan artesanal, tartas, magdalenas y galletas caseras…

De repente vivimos en el boom de la repostería por coronavirus.

Las estadísticas nos dan el dato: El consumo de harina se ha disparado hasta un 196% con respecto a semanas anteriores. ¿Qué nos lleva a realizar frenéticamente esta actividad durante el confinamiento?

La razón más obvia es que se trata de una actividad útil pero ociosa que ocupa nuestro tiempo y que podemos compartir en familia, puede ser entretenida y muy divertida para los más peques de la casa.

Consumir dulce (con moderación) es beneficioso para nuestra salud mental.

La repostería es una tarea relativamente sencilla, estructurada y demandante de toda tu atención.

La cocina, y la repostería en concreto, nos hace no pensar en nada más, nos focaliza plenamente en una actividad, por lo que incluso se suele recomendar practicar esta actividad como terapia psicológica para tratar ciertas enfermedades mentales.

En estos tiempos de estrés, ansiedad e incertidumbre, nuestro sistema de recompensa se dispara. Nuestro cerebro nos pide ‘caprichos’ para equilibrar la balanza de emociones y experiencias dispares.

Nos apetece comer dulces y saltarnos la dieta porque esto nos ayuda a sentirnos mejor, nos damos un premio y calmamos la ansiedad a corto plazo.

John Whaite, ganador en 2012 del reality show The Great British Bake Off y diagnosticado de trastorno bipolar desde 2005, contaba a la BBC que, aunque obviamente cocinar no cura su trastorno pero sí que le ayuda a sobrellevarlo.

“Cuando estoy en la cocina, midiendo la cantidad de azúcar, harina o mantequilla que necesito para una receta o cascando la cantidad exacta de huevos, siento que tengo el control. Esto es muy importante, porque una de las claves de mi trastorno es el sentimiento de que no tienes control”.

Así que… ¡Seguid con la repostería! Las actividades creativas nos ayudan a relajarnos, afectan positivamente a nuestras emociones y nos proporcionan una sensación de control y crecimiento personal.

Eso sí, no olvides combinar el consumo de dulce con actividad motora intensa. Practica ejercicio en casa. Ambas actividades forman la combinación perfecta para pasar lo mejor que podemos esta extravagante etapa que nos ha tocado vivir.

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*Referencia: María Arranz para Freedamedia.es

#Coronavirus: Sí, tenemos más pesadillas durante el confinamiento (y tiene explicación)

Yo misma lo he padecido y pensé que era cosa mía, hasta que amigos, familiares y algunos de vuestros mensajes me comentaban lo mismo: “Durante la cuarentena y desde hace unos días duermo mal y tengo pesadillas o sueños muy raros y absurdos cada noche”.

Sueñas con tu ex, con que te ves envuelto en una persecución policial, con nuestros antepasados, con actores de cine, con que la humanidad se extingue por el coronavirus y eres el único superviviente, con espíritus malignos o que te caes al vacío… No eres un bicho raro, tiene explicación.

Otra de las consecuencias psicológicas del Covid-19 son las alteraciones del sueño.

El por qué soñamos ha sido siempre un misterio para la ciencia, hay varias hipótesis aceptadas por la comunidad pero no queda del todo claro cuál es realmente la función de las ensoñaciones.

Puede que sea una resolución de traumas, o a veces una simple ‘limpieza’ de la información almacenada, que expresen nuestros deseos más profundos, pero también nuestras inquietudes.

En este último caso, el cerebro respondería a un potencial peligro percibido, sería como un simulacro de incendio mientras dormimos para mantenernos siempre alerta.

Cuanto más preocupados estamos, cuando más estresados y más ansiedad sentimos, más nos cuesta relajar el organismo y será muy difícil llegar a un estado profundo del sueño, a la fase donde no hay prácticamente actividad cerebral, no hay sueños.

Realmente nos perturba vivir esas pesadillas toda la noche, la parte cerebral que es consciente de la realidad se desactiva durante el sueño, por tanto no nos extraña lo que vemos en esas pesadillas y nos lo creemos todo.

Nuestro cuerpo entonces reacciona como si estuviéramos despiertos, se mueve, se agita, aumentan las palpitaciones, la sudoración, lo que lleva a consolidar esas experiencias y además de que nos descansamos, provoca unas emociones aún más negativas que retroalimentan nuestro mal estado y ansiedad.

Un estado de ánimo alterado predispone a tener más sueños y, sobre todo, sueños con una carga emocional mayor. Entre ellas, las pesadillas.

Los estímulos que estamos recibiendo ahora son muy distintos a los de nuestra vida habitual. Nos pasamos el día viendo noticias desoladoras, muertes, ERTES, soledad, no podemos tener la misma actividad motora, no podemos viajar, practicar deportes, se han roto muchos de nuestros planes, tenemos miedo e incertidumbre por el presente y por nuestro futuro…

Nuestro cerebro entonces elabora un buen ‘cocktail’, coge todo eso, todo lo que vivimos durante el día y lo refleja igual durante la noche en forma de imágenes o recursos ‘metafóricos’ que siguen esa línea de angustia y desconcierto.

¿Cómo no vamos a tener pesadillas? Esa es la pregunta adecuada.

Igualmente que comentábamos con la ansiedad, todo tiene su contexto, y durante este estado de alarma, las alteraciones del sueño están ‘justificadas’. Acude a un especialista si: tras esta situación no consigues volver a tu estado de sueño habitual, si desarrollas temor al hecho de irte a dormir y/o si te causan problemas de conducta y funcionalidad importantes durante el día.

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Coronavirus: La ansiedad también nos protege

¿Suena chocante el titular verdad? Lo sé, pero es cierto. La ansiedad que sentimos durante estos días de estado de alarma y confinamiento también tiene una función fundamental en nuestra protección contra el Covid-19. Y me explico.

La ansiedad es un mecanismo de defensa

Básicamente se trata de un sistema de alerta que se ‘activa’ en situaciones amenazantes para nuestra salud física y/o mental. Por supuesto, es universal, todos la experimentamos independientemente del género, raza o cultura.

Esto es porque es un comportamiento totalmente adaptativo y ha sido muy importante para la supervivencia del ser humano.

Su función es la de movilizar y preparar al organismo para mejorar su rendimiento y su capacidad para anticipar respuestas. Nos mantiene alerta, dispuestos para intervenir ante amenazas o riesgos y así minimizar las consecuencias todo lo que se pueda.

Así, la ansiedad, nos impulsa a tomar las medidas convenientes (huir, atacar, neutralizar, afrontar, adaptarse, etc.), según el caso y la naturaleza del riesgo o del peligro.

Está ansiedad que sentimos durante la pandemia del coronavirus nos está ayudando

Nos ayuda a ser conscientes del peligro de la situación, a protegernos y a proteger a los demás. La ansiedad que sentimos es miedo, a contagiarnos, a caer enfermos, a transmitirlo, etc. Este miedo es lo que nos mueve a buscar elementos de seguridad.

Necesitamos de una seguridad psicológica constantemente para bloquear nuestras inseguridades y la consecuente incertidumbre.

¿Cómo lo hacemos durante el estado de alarma?

A través de elementos externos, nos hemos concienciado ya del uso de guantes y mascarillas, del aislamiento, de las rutinas de higiene, limpieza y desinfección que nos recomiendan los expertos, etc.

Si no sintiéramos esa ansiedad adaptativa, tendríamos una falta de prevención y, lo que se denomina en psicología, una falsa sensación de seguridad, de control. Dejaríamos de ‘prepararnos ante un posible peligro’ que nos acecha, como si éste no existiera. Nos acomodamos, nos descuidamos.

En el año 2007  la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la menor aparición en los medios, por aquel entonces, de la gripe aviar y la disminución de casos en algunos países habían creado una “falsa sensación de seguridad” que debe evitarse, porque “sigue habiendo peligro de pandemia”. “La amenaza no se ha ido”, publicaban.

Tened siempre en cuenta esta premisa, en vuestras salidas al supermercado, seguid yendo protegidos y conscientes. No bajemos la guardia aunque tengamos los elementos externos de seguridad y calma psicológica.

La ansiedad pues, como mecanismo adaptativo, es buena, funcional, normal y no representa ningún problema de salud, siempre que tenga un contexto objetivo.

La ansiedad o el miedo serán problemáticos cuando salgamos de ésta y haya gente que aún siga en ese estado sin una amenaza real, con temor a salir a la calle o a frecuentar lugares abarrotados de gente. Puede ocurrir, en ese caso acude siempre a un profesional para que te ayude a ‘desactivar’ esa ansiedad innecesaria.

(JORGE PARÍS)