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La pandemia nos ha cambiado: la nueva comunicación no verbal

Un virus desconocido, un confinamiento inimaginable, miedos, duelos, teletrabajo, mascarillas… Hemos vivido toda una revolución a nivel social y psicológico. Es indudable que el Covid 19 nos ha pasado factura: nuestro comportamiento ha cambiado, de forma universal, de manera voluntaria pero también nos hemos transformado sin querer, obligados por las circunstancias.

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El psicólogo y experto en conducta no verbal, Alan Crawley, nos analiza las principales modificaciones en nuestro sistema de relaciones, ¿se quedarán para siempre?

Saludos ‘nuevos’.

Cuando dos personas se encuentran generalmente se realiza una forma ritualizada de saludo, como estrechar la mano, dar un beso en la mejilla o un abrazo. Para sorpresa del mundo, la pandemia borró del mapa (temporalmente) el conocido acto de dar la mano. Casi inmediatamente fue reemplazado por otros. Se popularizaron algunos saludos como el choque de puños y el contacto codo con codo.

Este hecho nos demostró que puede dejar de usarse de forma repentina hasta el saludo más universal.

Dubitación en el contacto.

La manera de interactuar ya no es la misma desde el momento en que tocar a otros se convirtió en un peligro para la salud. Ya sea la caricia de cariño a un niño o una palmadita en la espalda para felicitar a un colega, las personas tienen, según Alicia Martos (2020), ‘sed de contacto’ físico.

Sin embargo, se instauró la idea de que la mano podría ser un vehículo para transmitir la enfermedad. Es por ello que ahora en cada encuentro las personas están siendo muy conscientes de si tocan o no a otros. Hasta se pide disculpas por el más mínimo contacto, cuando antes se hubiera ignorado.

Mayor distancia física al interactuar.

La medida de distanciamiento social impuso que se debe tomar aproximadamente 2 metros de distancia respecto de otros. Ahora, sin darse cuenta, las personas se sientan a unos centímetros más lejos de un amigo o colega en comparación con el momento previo a la pandemia. Lo mismo cuando se paran frente a frente.

Lo que comenzó como una medida de salud hoy se propagó como una norma cultural que ha empujado hacia atrás la cercanía física. Está por verse si se mantiene o se vuelve pronto a viejas costumbres.

Mayor confianza en los ojos.

¿Cómo saber lo que sienten los demás? Se ha hecho más difícil conocer las emociones de otros. Los tapabocas ocultan más de la mitad de la cara. Numerosos artículos científicos demostraron que se necesita ver el rostro completo para identificar con precisión las emociones ajenas (Carbon, 2020; Proverbio & Cerri, 2021) y las máscaras son un obstáculo.

Ahora los gestos fugaces de las cejas y los ojos reciben más atención que antes y puede que se los considere como más importantes debido a que es lo único visible de la cara.

Menor contacto visual.

Parece contradictorio, pero en observaciones en la vía pública me he encontrado con que las personas miran menos a los ojos de los desconocidos (especialmente si no están hablando con ellos). Posiblemente porque: 1) la mascarilla incrementa la sensación de anonimato y 2) hoy día los encuentros con otros son potencialmente más peligrosos para la salud.

En otras palabras, se está menos motivado y se corre más riesgo (al contagio) en cada interacción, por ello, la mirada puede esquivar los ojos de los demás.

La importante lección detrás de todos estos cambios es que los estudios científicos de Comunicación No Verbal durante la pandemia reflejan lo rápido que aprendemos nuevas maneras de comunicar mensajes para seguir conectados con las demás personas.

La comunicación humana es como la vida, siempre encuentra su camino.

 

*Referencias:

Carbon, C. C. (2020). Wearing face masks strongly confuses counterparts in reading emotions. Frontiers in Psychology11, 2526.

Martos, A. (2020). Se hizo el silencio: las 22 claves psicológicas para entender la pandemia. Se hizo el silencio, 1-241.

Proverbio, A. M., & Cerri, A. (2021). Surgical Masks Impair People’s Ability To Accurately Classify Emotional Expressions, Except For Anger.

https://abcnews.go.com/Health/year-wearing-masks-talking-zoom-changed-us/story?id=76400154

La pandemia agrava los casos de ‘Hikikomori’

El síndrome de Hikikomori se refiere al fenómeno social, más típico del continente asiático, en el que las personas (sobre todo adolescentes) deciden por voluntad propia recluirse y apartarse de la sociedad, consiguiendo grados extremos de confinamiento y aislamiento.

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Ahora, este concepto se extiende por Europa y EE.UU. Tras la pandemia se hace un hueco también en nuestro país, donde se le conoce popularmente como “Síndrome de la Puerta Cerrada“.

Se establecía como perfil hikikomori a un varón, adicto a los videojuegos, manga y anime, sin oficio ni beneficio; pero los psicólogos advierten de que la realidad es cada vez más compleja y este síndrome afecta a una parte más amplia de la población, incluyendo mujeres, mayores de edad, e incluso ancianos.

Entre las causas, que más se relacionan con este diagnóstico, podemos encontrar severos cuadros de depresión y ansiedad, alto estrés, baja autoestima, casos de bullying, fobias sociales… Todo ello se agrava con la pérdida de habilidades sociales, supliendo estas carencias con televisión, video-juegos y/o redes sociales, conformándose con esa ventana ‘segura’ al exterior.

El aislamiento se convierte en la clave para evitar el dolor, el fracaso, la presión social, la asunción de responsabilidades y decisiones, la exposición social, en definitiva. Rompen con el exterior creando su propio mundo y sustituyéndolo, a menudo, por uno virtual, irreal pero mucho más ‘fácil’ para ellos.

El confinamiento forzado por la covid 19, y la reducción del contacto social en la que derivó, asentó las bases para muchos jóvenes y no tan jóvenes que ya padecían esta tendencia, la pandemia les hizo ‘probar’ y sentirse a gusto en este contexto, refugiados en esta forma de vida, meses después no pueden salir, no quieren, y la psicoterapia es la única solución.

 

 

*Fuente: Hikikomoris forzados por la pandemia: el Síndrome de la Puerta Cerrada – The conversation

 

Que no vuelvan los dos besos al entorno laboral

Hace unos días leía un hilo en Twitter que trataba el tema con este titular, las opiniones al respecto eran variopintas pero la mayoría del género femenino apostaba por el abandono definitivo de saludarnos con dos besos en el contexto profesional.

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La pandemia ha puesto en jaque al contacto físico y ha supuesto un respiro para los amantes de la distancia física. Durante mucho tiempo, todos tuvimos sed de piel, echando en falta los besos y abrazos que poco a poco se vuelven a recuperar dentro de nuestro círculo más íntimo, pero puede que el Covid haya marcado un antes y después definitivo con desconocidos.

El saludo mediante el beso lo iniciaron en la antigua Roma. El cristianismo incorporó muy pronto este gesto y se usaba en ceremonias religiosas. Ya en la Edad Media se daba un beso como señal de fidelidad y sello de acuerdos. Precisamente se cree que durante la terrible epidemia de peste, que asoló Europa en el siglo XIV, esta costumbre pudo haberse abandonado y no se recuperaría hasta después de la Revolución Francesa, en 1789.

De forma indistinta, los dos besos nacen como fórmula de cortesía entre hombres y mujeres, como muestra de confianza y respeto, sí, pero la evolución cultural la ha desmarcado hacia una costumbre asimétrica de género, sin sentido, y quizás sea hora de al menos reflexionar sobre ello.

La comunicación no verbal tiene mucho que decir aquí, la proxémica es el canal que estudia y dota de significado al lenguaje de las distancias interpersonales. Con dos besos se invade el espacio personal del otro, y esto realmente es antinatural.

Animales y humanos rompen la barrera personal para pasar a un espacio íntimo de contacto solamente en tres casos: cortejo, expresión de afecto familiar/amistoso y en la lucha. Cuando saludamos a un desconocido no hay cabida para estas acciones, ni queremos mostrar cariño ni agredirle.

Los estudios científicos sobre este ritual han identificado que al saludar con dos besos, o con tan solo un buen apretón de manos, se activa la misma parte del cerebro que procesa otros estímulos de recompensa, como la buena comida o el sexo.

Nuestro sistema nervioso está diseñado para hacer que el contacto sea una experiencia no solo placentera, sino necesaria para la supervivencia. Eso sí, el contacto debe ser voluntario, si nos incomoda, o lo practicamos por la obligatoriedad de la costumbre, puede causar el efecto contrario al estimado: asco y rechazo.

Y vosotr@s, ¿qué experiencias habéis tenido en este sentido? Comentamos en redes.

*Fuentes:

Se hizo el silencio: Las 22 claves psicológicas para entender la pandemia

Por qué no debes dar dos besos para saludar en un entorno laboral

Coronavirus: Por qué los sanitarios no son héroes

Tercera ola y España es ya uno de los países del mundo con más profesionales sanitarios contagiados por coronavirus, pero poco se habla del alto coste en su salud mental. Los resultados preliminares ya ponen de manifiesto que alrededor del 50% de los trabajadores de la salud presentan estrés postraumático, casi el 80% manifiesta sintomatología compatible con trastornos de ansiedad.

Ilustración de Mauricio Muñoz San Román para el libro "Se hizo el silencio".

Ilustración de Mauricio Muñoz San Román para el libro “Se hizo el silencio”.

El ser humano tiene la tendencia a no creer en lo que no ve. Ellos sí lo ven, a diario, con la visión más cruel y desagradable posible de este virus, lo conocen con sus cinco sentidos y experimentan el sufrimiento, la soledad, la desesperación, el miedo, la muerte. Y nuestros sanitarios van sumando cicatrices, invisibles pero imborrables.

Debemos tomar conciencia de que la cantidad de personas que sufre una conmoción a nivel emocional después de tales vivencias suele ser bastante mayor y más duradera que las personas con secuelas físicas.

La angustia moral, la preocupación y el miedo excesivos que padecen ocurren por las difíciles decisiones que deben tomar y por sentirse ‘en guardia’ todo el tiempo, sin desconexión y con pensamientos recurrentes que limitan su vida diaria fuera del entorno hospitalario.

En mi libro, “Se hizo el silencio: las 22 claves para entender la pandemia“, doy algunas pautas para el auto-cuidado psicológico destinado a todo el mundo, pero con un capítulo exclusivo dedicado al personal sanitario, y es importante, pero no por ello debe abandonarse la atención de la prevención y el tratamiento psicoterapeútico por parte de las Instituciones y Organismos Oficiales.

Los sanitarios no son héroes, ni ángeles, son como tú y como yo, no les hacemos ningún bien con ese calificativo que, aunque bien intencionado, solo aumenta la presión y la autoexigencia que ya sienten, parece que tienen que asumir la precariedad de sus condiciones y sacrificarse hasta tal punto de morir luchando contra el virus.

Adornar su imagen con un halo sobrenatural puede provocar más culpabilidad e incluso bloquea o anula su capacidad para expresar o reconocer cómo se sienten realmente, que en la mayoría de ocasiones pasa por encontrarse muy alejados de la victoria, el orgullo o el triunfo de un ‘héroe’.

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Coronasomnia: La relación entre pandemia y alteraciones del sueño

¡Con este virus no se puede dormir! Una de las rutinas que más se ha visto afectada desde la llegada del coronavirus ha sido el patrón de sueño. Para algunos esta alteración ha sido muy sutil, para otros, un auténtico infierno.

Fotografía gratuita: Flickr

Fotografía gratuita: Flickr

El sueño, la alimentación y el cuidado personal y social son los pilares fundamentales sobre los que se asientan una buena salud mental. Si una falla estrepitosamente, los efectos y limitaciones son muy importantes para el ser humano.

Según un estudio realizado por el Grupo de I+D en Economía de la Salud: “Un 62% de la población tuvo problemas de sueño significativos durante el confinamiento” (casi la mitad de este porcentaje necesitaron medicación para poder dormir). En la actualidad, esta cifra habría descendido pero todavía rondaría el 40%, un dato que sigue siendo relevante.

Esta problemática se vinculó con el miedo y la ansiedad ante la situación excepcional que causó la Covid, pero ahora, además se mantiene por la recesión económica y la crisis social en la que nos vemos inmersos.

Ya sabíamos que ciertas crisis o traumas, como los desastres naturales o ataques terroristas, desembocan irremediablemente en un insomnio importante en el corto plazo. Sin embargo, los expertos afirman que el impacto global y el carácter prolongado sin precedentes de la pandemia amenazan con expandir la tasa de insomnio crónico, el cual es mucho más difícil de tratar.

Según el director del Centro de Investigación del Sueño en la Universidad de Quebec: “El insomnio no es un problema simple ni benigno. El impacto que tiene el insomnio en la calidad de vida es enorme”.

No es ninguna sorpresa. Nuestro sueño es reflejo de nuestro día y es normal que éste se encuentre en un estado de afectación muy alto, depende también de cómo estemos viviendo ahora la situación, pero es importante observar y controlar este problema, y buscar ayuda profesional si reconocemos que está limitando nuestra vida y nuestra salud. 

El futuro es incierto y el fin del crisis imprevisible, de este modo, el sueño se convierte en un centinela, una señal de que las cosas están mal en nuestro entorno y en el mundo.

Cómo afecta el uso de la mascarilla al desarrollo emocional de los niños

Hay niños que han nacido ya entre rostros con mascarilla, los efectos a largo plazo de todo esto se evaluarán en el futuro pero podemos realizar ciertas predicciones en base a lo que ya conocemos sobre el funcionamiento de la expresión emocional en el rostro.

Fotografía libre de derechos. Pixabay

Fotografía libre de derechos. Pixabay

En el laberinto de conexiones que suceden dentro de nuestro cerebro, existen unas neuronas conocidas como “células de la empatía”. Se trata de las neuronas espejo, a éstas les debemos llorar o sentir miedo cuando vemos una película, bostezar si vemos a otra persona hacerlo o contagiarnos de la risa de los demás.

Las neuronas espejo son las responsables de la empatía y de la regulación emocional en la relación con los demás; son especialmente importantes cuando somos pequeños, porque es entonces cuando desarrollamos (a partir de los 6 meses o al año de edad) la referencia social, es decir, nuestra capacidad de utilizar y reconocer expresiones emocionales, e intenciones en los demás. La raíz de la empatía.

La mascarilla provoca un bloqueo emocional y en las aulas puede generar una desconexión significativa en la relación entre profesor y alumno, una cuestión que puede interferir de forma negativa en la atención, la memoria o el aprendizaje, áreas donde la comunicación con emoción es imprescindible para integrar cualquier conocimiento en el alumno.

Los profesores intentan suplir esta carencia con una tonalidad de voz más pausada y emocional aunque también más alta y ya se refieren los primeros problemas de afonía en el profesorado. Se necesita un periodo de adaptación para que tanto alumnos como profesores se acostumbren al uso de la mascarilla.

De base, el que un maestro lleve mascarilla tendrá ciertos efectos en el aprendizaje del alumno, el impacto es seguro, pero afectará en mayor o menor medida dependiendo de la edad del niño y necesidades y estilos de aprendizaje.

En los niños más pequeños que aún requieren de un modelado vocal (para aprender a pronunciar los sonidos del lenguaje) o que necesitan más tiempo de expresión facial para entender conceptos, o que tienen necesidades especiales, como en el autismo, las complicaciones aumentan.

¿Qué podemos hacer para reducir el impacto de la mascarilla?

En cuanto a los profesores, pueden apoyarse en más recursos complementarios, como dibujos, esquemas, pizarras digitales, y fomentar aún más el movimiento gestual en el cuerpo para expresar los contenidos.

También fomentar un lenguaje verbal más emocional, ya que no podemos expresar tanto con el rostro, podemos transmitir en nuestro mensaje las emociones que sentimos al ver el resultado de cierta tarea o actividad para no perder el vínculo afectivo, preguntarles a los niños cómo están, cómo se sienten, que entiendan que estáis ahí, como siempre, a pesar de que la mascarilla nos haga parecer más distantes.

En casa, los padres pueden trabajar una educación multisensorial, por ejemplo, con juegos dirigidos mediante el sentido del tacto o con actividades de comunicación a través de los ojos, jugando a adivinar expresiones emocionales parciales y completas.

No os alarméis, los niños se adaptan de forma rápida a los cambios por su gran plasticidad cerebral, quizás pierdan capacidades completas e inmediatas para detectar y reconocer emociones pero se entrenen en una mirada más empática y en ser capaces de conectar con el otro con gestos mínimos, que se vuelvan más perceptivos y perspicaces para captar los sentimientos en los demás.

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*Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-52856765

 

“Llevar mascarilla nos hace más guapos”, ¿por qué? la ciencia responde

El coronavirus ha cambiado profundamente la interacción humana. Es cierto que la mirada siempre ha sido importante para percibir a una persona como atractiva, también la altura, la complexión…

Fotografía de Wikipedia - Girl in mask

Fotografía de Wikipedia – Girl in mask

Pero ahora, desde que la pandemia llegó a nuestras vidas es la única info de la que disponemos para juzgar el físico de los demás, pero ¿cómo es posible que una mascarilla nos favorezca?

La respuesta no es ningún misterio para la psicología si nos basamos en uno de los principios más básicos de las teorías de la percepción: la mente siempre rellena los huecos que no ve. Lo hace con figuras incompletas, también con los rostros.

La mente siempre completa una imagen porque necesitamos darle un sentido a cualquier cosa que tengamos delante y si no nos lo dan, nos la inventamos. Concretamente, en lo que se refiere a la percepción de las personas, entran en juego las leyes de la Gestaltcuando rellenamos la mente atribuye la mejor forma posible a esa percepción.

Si veo a un chico alto, moreno, de ojos verdes, le voy a presuponer de inmediato una dentadura blanca y perfecta, un rostro simétrico y unos labios carnosos, por ejemplo.

Es decir, le atribuimos unas facciones en las que prima una agradable mesura, aunque quizás en realidad sea todo lo contrario, ¡porque una cosa no quita la otra! Pero así funcionamos.

Centrándose en el contexto actual y para corroborar estas teorías de la percepción, investigadores de la Universidad de Pensilvania (EE UU) dispusieron a una muestra de 500 personas a evaluar el atractivo de una serie de congéneres en fotos con y sin mascarillas:

Los rostros cubiertos con mascarillas quirúrgicas pueden ser juzgados como más atractivos que aquellos que no lo están”, han concluido en sus resultados, publicados hace un par de meses con el título de ‘Beauty and the mask.

El documento incluye algunas de las fotos evaluadas; en el caso de una chica, la opinión sobre su belleza mejoró hasta en un 71% cuando apareció con la mascarilla puesta.

“Se demuestra que el parámetro que seguimos para tachar de belleza o no a una persona es la simetría facial: a los rostros más simétricos los consideramos más hermosos. La mascarilla, al ocultar las posibles asimetrías (en nariz, dientes, boca, mentón), hace que ese rostro nos parezca, por así decirlo, menos imperfecto de lo que en realidad podría ser“.

No todo iba a ser malo ¿no?, la mascarilla te protege, salva vidas y te hace más guap@ 🙂

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¿Mentimos más y mejor con mascarilla?

Parece que las mascarillas han llegado para quedarse, al menos hasta que tengamos el remedio definitivo contra el virus. Este nuevo elemento sobre el rostro ha cambiado por completo nuestra forma de comunicarnos, ahora las sonrisas solo se ven en la mirada y nos cuesta detectar expresiones emocionales tan reveladoras como el asco o el desprecio, que solo se aprecian en la zona media y tercio inferior de la cara.

Fotografía de uso libre Pixabay License

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No hay fórmula infalible para detectar a un mentiroso observando las expresiones de su rostro, pero sí que ciertas emociones nos daban pista de algún signo de tensión, incomodidad, falsa sonrisa, o de la fuga de alguna expresión contraria al mensaje verbal que se pronunciaba.

Ahora sabemos que tenemos una pantalla que nos ‘protege’ de estas filtraciones no verbales y por tanto nos es más sencillo ocultar ciertos pensamientos o sentimientos internos. Podríamos decir que sí, que nos es más fácil mentir.

Mentir es una acción complicada, necesitamos recursos multitarea para inhibir la verdad, inventar otra versión, controlar lo que decimos y lo que hacemos con nuestro cuerpo y además intentar adivinar si la otra persona nos está creyendo analizando su reacción… Ahora, tenemos un elemento menos que controlar, las emociones en nuestro rostro están protegidas y podemos centrar más energía en controlar la parte cognitiva, por ejemplo.

El uso de la mascarilla nos hace sentir más seguridad a la hora de engañar, sabemos que ahora tenemos un elemento que tapa los gestos de nuestro rostro que no pensamos, los que salen de forma natural en las caras que mienten.

La pregunta entonces es: ¿cómo podemos fiarnos de alguien en estas condiciones? Muchos dirán que mirando a los ojos. La neuropsicóloga Judy Ho advierte que “Hay una creencia natural en nosotros al pensar que todo está en los ojos, sin embargo, cuando alguien baja o aparta la mirada, por ejemplo, no quiere decir que necesariamente esté mintiendo, sino que podría significar que no se siente del todo cómodo. Hay muchas emociones en juego cuando alguien aparta la mirada”.

No solo debemos fiarnos de la comunicación no verbal en el rostro como indicador para detectar mentiras. La palabra clave para averiguar un engaño es: cambios. Si estamos ante un total desconocido, nos resultará muy complicado localizar sus mentiras porque no tenemos referencias anteriores sobre la forma de comportarse de esa persona.

Pero si estamos ante alguien a quien conocemos bien, tenemos que fiarnos de nuestra capacidad para evidenciar que no está actuando como siempre, que ante una determinada pregunta se altera su estilo de comunicación de repente. No podremos saber si nos engaña directamente, pero los cambios en su conducta habitual ya nos dará pistas sobre si hay tensión, evasivas, incomodidad, etc, en una situación específica.

Lo tenemos más difícil pero no es imposible! 🙂

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Libro: “Se hizo el silencio: las 22 claves psicológicas para entender la pandemia”

“Tuve sueños muy extraños durante el confinamiento, “¿por qué se está agotando el papel higiénico?”, “¿cómo le explico a mis hijos lo que está ocurriendo?, ¿seré capaz de mantener mi relación a distancia?”

Estas fueron algunas de vuestras preguntas durante el estado de alarma, aún a día de hoy me siguen llegando inquietudes respecto a las cuestiones más psicológicas de la pandemia. Porque ciertamente la enfermedad es muy grave y preocupante, pero también lo es la huella psicológica que esta crisis está dejando en todos nosotros.

Alicia Martos, autora de l libro: "Se hizo el silencio". Fotografía: Jorge París.

Alicia Martos, autora del libro: “Se hizo el silencio”. Fotografía: Jorge París.

Hemos vivido con miedo y con mucha incertidumbre la llegada del virus, pasamos por un aislamiento inimaginable, algunos han perdido a sus seres queridos sin poder si quiera despedirse, ni iniciar su duelo con un funeral, otros han perdido su trabajo, o cerrado sus empresas, o han experimentado una ansiedad desconocida hasta ahora… y qué decir sobre lo que han sufrido nuestros sanitarios y demás personal de necesidad durante la emergencia sanitaria.

La dichosa COVID-19 ha transformado nuestro mundo tal y como lo conocíamos, nuestros planes, deseos, prioridades, necesidades… ahora se han convertido en otros muy distintos. Vivimos una nueva realidad sin abrazos, con desconfianza hacia los demás, con un bombardeo continuo de bulos en redes sociales y tratando de gestionar unas emociones muy distintas a las de la etapa pre-coronavirus.

En este libro descubrirás una nueva psicología.

Se hizo el silencio se presenta como un sencillo manual que analiza el impacto psicológico de la pandemia, que explica los nuevos perfiles e insólitos comportamientos que se han sucedido durante este periodo revolucionario y que, por supuesto, no olvida ofrecer estrategias de afrontamiento y de reconstrucción mental para poder adaptarnos (lo mejor que podamos) a estos nuevos tiempos.

 

¿Cómo afrontaríamos un segundo confinamiento?

Hace pocos meses, todos pasamos por una insólita situación, afrontamos una emergencia sanitaria con un confinamiento sin precedentes. El impacto psicológico que dejó a muchos es grave, no solo por el aislamiento en sí, sino por la nueva realidad que nos tocó vivir a continuación.

Imagen del confinamiento durante el estado de alarma / EFE

Imagen del confinamiento durante el estado de alarma / EFE

Nos reencontramos por fin con nuestros amigos y familiares, sí, pero nuestro mundo había cambiado por completo y nos hace falta mucho tiempo para asimilar esta transformación en nuestro estilo de vida, sobre todo, en nuestro ámbito social. Y no disponemos de ese tiempo porque el virus sigue con nosotros.

Somos un país denominado ‘de alto contacto’ entre seres humanos y no concebimos las relaciones sin cierta intimidad física entre nosotros.

Es decir, el problema no son los bares, los funerales, las bodas o las comuniones en sí mismas, el problema es que no queremos cambiar el modo de relacionarnos que tradicionalmente teníamos en este tipo de eventos, nos ponemos la mascarilla en el metro con desconocidos, sería impensable incumplir esta norma en ese determinado contexto, pero en familia y con amigos la cosa cambia, nos relajamos.

No cabe en nuestro sistema relacional que en una boda no bailemos, abracemos, besemos a nuestros seres queridos, lo necesitamos, no logramos desprendernos de esa sed de piel. No podemos convivir con el virus y a su vez no nos queda de otra si realmente apreciamos a los que nos rodean.

¿Estamos preparados para un segundo confinamiento?

Definitivamente no, al menos para la gran mayoría. Lo asumiríamos mentalmente mucho peor ahora, por dos motivos principales:

El primero es que aún estamos superando las secuelas del anterior, según las estadísticas, se elevaron significativamente los trastornos del sueño, de la alimentación y, sobre todo, los cuadros de depresión, estrés y ansiedad. Estamos más débiles mentalmente y en peor situación económica.

Hay muchas personas que han pasado la enfermedad de una forma terrible, otras han perdido a sus familiares, otras continúan en situación de ERTE y en los peores casos han perdido el trabajo o cerrado sus empresas. Si a todo ello le sumamos un nuevo confinamiento, los índices de ansiedad podrían dispararse de forma exponencial.

El segundo motivo tiene que ver con un mayor sentimiento de injusticia y de descrédito total hacia gobiernos y organismos oficiales. Cuando la pandemia llegó, nadie esperaba su magnitud, hasta el momento no había precedentes, nos asaltó por sorpresa; bien, la población podía asimilar entonces estrategias drásticas e incluso discordantes por parte de sus dirigentes.

Transcurrido el tiempo, nuestros políticos e instituciones han tenido la oportunidad de tomar medidas para frenar en buena medida esto y no ha ocurrido, estamos igual o peor. ¿Cuáles son las consecuencias?

Movimientos negacionistas, reivindicaciones varias, y, en definitiva, un aumento esperable (aunque no justificable) de conductas de incumplimiento hacia las normas que se imponen ‘desde arriba’, porque ya no confiamos en ellos, estamos cansados y nos parece injusto que seamos de nuevo nosotros quienes hagan el esfuerzo.