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Lo que no nos cuentan Lo que no nos cuentan

"Cerré mi boca y te hablé de mil maneras silenciosas". Rumi

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¿Por qué mentimos si (se supone que) nos hace sentir mal?

Mentir está mal. Esto nos enseñan desde que somos pequeños, pero lo cierto es que la mentira forma parte del engranaje social de la comunicación, es necesaria para no herir a los demás o para autoprotegernos; aunque también se utiliza con fines más egoístas, maquiavélicos y pueden ser muy dañinas. Se supone que, con mejores o peores intenciones, el ser humano se siente mal mintiendo, engañar nos causa culpa, remordimientos, ansiedad, miedo (de que nos pillen por ejemplo)… entonces, si tan negativas son para nuestro estado de ánimo, ¿por qué lo hacemos?

La respuesta nos ha sido desvelada por la neurociencia, simple y concisa: Nuestro cerebro se acostumbra. La Resonancia Magnética funcional utilizada por los investigadores de la University College of London ha sido la clave para resolver el enigma. El experimento publicado en Nature Neurosciencie no deja lugar a dudas, cuanto más mentimos menos nos pesan los sentimientos negativos al hacerlo, al principio las emociones de culpabilidad son muy intensas, pero van descendiendo con la práctica. Una parte importante de nuestro cerebro relacionada con la emoción, la amígdala, se activa cuando engañamos para lograr nuestro propio beneficio. La respuesta de esta área disminuía con cada mentira. Cuando mentimos, nuestra amígdala produce una sensación negativa que se desvanece a medida que continuamos engañando.

Según explica Tali Sharot, investigador de psicología experimental y coautor del trabajo: “Cuando mentimos interesadamente, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir. Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que continuamos mintiendo y cuanto más se reduce esta actividad más grande será la mentira que consideremos aceptable. Esto conduce a una pendiente resbaladiza donde los pequeños actos de insinceridad se convierten en mentiras cada vez más significativas”.

Los datos obtenidos son muy reveladores y aplicables a otras conductas, en este caso se estableció la relación entre la habituación y el engaño, si bien, este mismo principio podría aplicarse a la progresión de otras conductas de riesgo como los comportamientos violentos.

 

 

Evasiva, culpa, orgullo, alivio, duda… La comunicación no verbal en la dimisión de Cifuentes

Fotografía de Cristina Cifuentes en el momento de su dimisión. EFE

Fotografía de Cristina Cifuentes en el momento de su dimisión. EFE

Cristina Cifuentes ha dimitido hoy tras el escándalo del Máster y por la filtración a los medios del vídeo de una cámara de seguridad en la que aparece sacando dos cremas de su bolso en un Hipermercado, acompañada por un vigilante de seguridad que supervisa todo este proceso.

Cifuentes ha convocado a los medios en una rueda de prensa breve y sin opción a preguntas. En ésta no ha negado que ella sea la persona que aparece en el vídeo, reconoce su autoría pero manifiesta que “fue un error involuntario. Me llevé por error y de manera involuntaria unos productos por importe de 40 euros.” En esta frase reconoce que estuvo mal, que el acto no fue correcto, pero apuntilla que ocurrió de manera inconsciente, sin voluntad por su parte, lo repite en dos ocasiones seguidas para reforzar la idea. Según los estudios al respecto cuanto más repetimos una frase más veraz puede parecer a los demás, por inverosímil que sea.

“Me lo dijeron a la salida y los aboné”. En esta frase lanza una evasiva, ya que omite datos importantes para entender un hecho: el tiempo de los acontecimientos, objetos, lugares en los que se desarrolló o las personas implicadas en la interacción (vigilante de seguridad, registro en el almacén y una supuesta visita de la policía), se distancia así del impacto emocional de un supuesto robo. Según la frase parece que no hubo tensión, ni problema, que fue un simple despiste y lo pagó sin más a la salida.

Su expresión facial es muy significativa, siempre se muestra emocionalmente muy expresiva y en esta ocasión no defrauda el rostro inequívoco de la culpa. Ya lo habíamos descrito anteriormente y aquí de nuevo podemos observar otro ejemplo. Cuando renuncia a la presidencia, aparece una expresión facial de desprecio, caracterizada por la elevación unilateral de la comisura labial, que puede inferirse como superioridad moral, no hay tristeza ni ira, mantiene el orgullo hasta el último momento. Justo después convierte esta mueca en sonrisa y mira hacia arriba, este gesto se interpreta como alivio.

A lo largo de su comparecencia aparecen numerosos gestos de duda, se encoge de hombros constantemente, el momento más destacable es cuando dice tener prevista ya su dimisión para el día 2 de mayo, encoge muchísimo los hombros es un gesto de inseguridad y falta de convicción asociados a lo que pronuncia en ese momento.

He realizado este análisis según el visionado superficial de su aparición, continuaré el análisis para ‘cazar’ la aparición de algunas microexpresiones, que al final, son las que más información real nos dan sobre su estado emocional verdadero en un momento de alto impacto como este.

 

 

Análisis no verbal: Cristina Cifuentes cree y defiende su verdad

La presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, a su llegada a su comparecencia en un pleno extraordinario de la Asamblea de Madrid. ZIPI / EFE

La presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, a su llegada a su comparecencia en un pleno extraordinario de la Asamblea de Madrid. ZIPI / EFE

Cristina Cifuentes se enfrenta a uno de los momentos más tensos de su carrera política, quién le iba a decir que todo ello sería por un Máster. Existen evidencias a favor y en contra para demostrar que realmente cursó ese Máster y lo finalizó con la entrega del TFM. Al final, esos datos son los que demostrarán la validez o no del testimonio de la Presidenta de la Comunidad de Madrid.

Si analizamos su comunicación no verbal en la comparecencia de Cifuentes sobre el tema, podemos apreciar el comportamiento de alguien que defiende ‘su verdad’. Las emociones y gestos presentados son congruentes con las de alguien que se revela contra acusaciones que cree falsas e injustas. Poneos en situación, ¿cómo actuaríais vosotros si os acusan de un acto no cometido? La reacción esperada es el enfado, no con levedad, una ira significativa.

Las expresiones faciales de Cifuentes se dibujan con un ceño muy fruncido y dedo acusador que dan muestra del malestar que experimenta. No hay visos de la emoción de duda o inseguridad. Sus gestos son ilustradores del mensaje, se mueve constantemente para acompañar con su lenguaje corporal lo que dice con sus palabras con total sincronía entre ambos canales de expresión (verbal y no verbal). Cuando mentimos el cuerpo se paraliza ya que todos los recursos energéticos de nuestro cuerpo están en atención plena hacia lo que vamos a pronunciar (para no meter la pata).

El engaño va acompañado de un descenso de gestos ilustradores y de movimiento postural del tronco y extremidades. Aspecto que en este caso no observamos, pero que también puede suceder por el ensayo repetido de lo que vamos a decir. Si alguien memoriza su declaración, sus recursos cognitivos ya sí podrán estar más libres para controlar no solo el ‘qué digo’ sino el ‘cómo lo digo’. Sin embargo, cuando el discurso es aprendido no suele asignarse variablidad tonal. Cifuentes no pronuncia sus palabras de un modo lineal, da golpes de intensidad en ciertas palabras y momentos, le asigna impacto emocional, esto también es indicador de credibilidad.

En definitiva, no observo ningún indicador de engaño en su discurso, esto no quiere decir que no mienta, lo que tengo claro es que ella cree totalmente en lo que dice, mentira o verdad, ella tiene muy interiorizada esta versión, solo el tiempo y las evidencias podrán demostrar realmente lo sucedido.

 

Los dos perfiles de personalidad que más mienten (según un estudio)

El interés por perfilar al mentiroso a través de características no verbales es una de las prioridades de los estudios socio-psicológicos del momento ¿Mienten más los hombres o las mujeres?, ¿las personas con menos recursos o todo lo contrario?, ¿las más cultas?, ¿los más jóvenes?

Todas estas preguntas hicieron que el psicólogo Arch Woodside y sus colaboradores de la Universidad australiana de Curtin, escogieran una muestra de, nada más y nada menos, 3.350 personas para corroborar si existe alguna ‘receta’ que determine qué patrón social poseen las personas qué más utilizan el engaño en su día a día.

Su propuesta inicial era que ciertas configuraciones (algoritmos de selección individual, socioeconómicos y factores sociales) son capaces de identificar a los grandes mentirosos. Los resultados fueron concluyentes con dos tipos de perfiles:

El primero lo forman hombres solteros de nivel educativo bajopropensos a la conducta antisocial, sin propiedades (viven de alquiler) ni hijos. Según el autor de la investigación: “Un hombre joven con poca educación no es suficiente para determinar directamente que sea un gran mentiroso. Pero un hombre joven con poca educación que muestra un comportamiento antisocial, como, por ejemplo, la ira en la carretera (conductor agresivo), bueno, sí que podemos estar más seguros “.

El segundo grupo lo integran mujeres jóvenes casadas, con elevados ingresos, de carácter fuerte e irascible y propietarias de su vivienda. Woodside especula que puede correlacionarse con el grupo de mujeres que solo se casan por dinero, aunque aún no ha demostrado esta hipótesis. (Qué horror, por cierto).

El caso es que parece que el estudio relaciona directamente la mentira con una personalidad tendente a la agresividad y a la emoción de ira. ¿Las personas que puntúan alto en índices de agresividad mentirían más? Esta es la segunda hipótesis que se plantea el grupo de investigadores para una nueva fase experimental.

 

6 palabras que los mentirosos suelen usar

También las palabras que elegimos comunican, perfilan la personalidad, dan cuenta de nuestro estado de ánimo y hasta pueden desvelar nuestras intenciones más ocultas con nuestro interlocutor, como por ejemplo la mentira. Esto tiene sentido, no nos vamos a comunicar igual cuando acudimos a nuestra memoria para contar algo que ha ocurrido en realidad que cuando recurrimos a la imaginación para inventar una historia.

Una experta en comunicación no verbal y detección de la mentira Janine Driver realiza una compilación en su libro ‘You Can’t Lie to Me’ (No puedes mentirme) de las palabras críticas que más se utilizan en una conversación donde reina el engaño.

1. “Nunca”

La experta señala que es preocupante cuando alguien dice “Nunca” en lugar de “No”. Por ejemplo, si le preguntas ¿Tú hiciste esto? y responde “Yo NUNCA haría eso” en lugar de decir simplemente “No” o “No lo hice”, es indicio de una potencial mentira. Realmente atañe al uso de generalizadores en el discurso, por tanto en las personas que no están siendo del todo sinceras podemos identificar un mayor uso de palabras que implican generalidad: “Todo”, “ninguno”, “nunca”, “cada uno”, “siempre”, etc.

2. “Eso”

La persona con intención de engañar suele agregar “eso” o “esa” a cualquier sustantivo. Según la autora, “éste es un truco común de los manipuladores”, asegura Driver. Se utiliza para el distanciamiento del hecho: También intentarán quitar importancia a la falta cometida. Evitan, así, usar palabras duras o emotivas, tales como, “robo” o“asesinato” y sustituyen los hechos por adjetivos y expresiones suaves como “suceso”, “lo que pasó” o “eso”.

3. “Por cierto …”

Los mentirosos utilizan frases como éstas para minimizar lo que dirán a continuación, que en realidad aludirá al hecho crítico que pretenden ocultar. Cuando esto se produzca, presta atención a lo que se dice tras el “por cierto”. Por ejemplo: “Anoche salí con mis amigos… y por cierto, me encontré a María y estuve charlando un poco con ella”.

4. “Pero”

Ya lo hemos comentado en este blog, los mentirosos suelen tratar de restar importancia a lo que dicen con esta palabra, es un efecto muy similar al anterior, hay que poner la alerta en una frase en la que aparezca este nexo, sobre todo en contenidos de alto impacto emocional, ya que realmente  es una conjunción adversativa que implica una contraposición entre dos oraciones. El que seguramente más os venga a la cabeza en este sentido sea el “Te quiero… pero…”

5. “¿Por qué haría yo eso?”

(O dar la vuelta a la tortilla). Es una de las frases favoritas de los mentirosos, pues la usan para ganar un poco de tiempo para averiguar qué decir a continuación. Entre las variaciones están “¿Qué clase de persona crees que soy?”, “¿Me estás diciendo mentiroso?”, y “Yo sabía que esto me iba a pasar a mí”. Estos son algunos ejemplos que aparecen en el libro de Driver. Además, las personas que faltan a la verdad suelen repetir las preguntas que se les formulan, esto refuerza aún más el hecho de ganar tiempo para pensar antes de ofrecer una respuesta. Como decíamos al principio es más difícil inventar que recordar, implica recursos cognitivos mayores y el tiempo de respuesta tendrá mayor latencia.

6. “Abandoné” o “dejé”

La especialista dice que hay ocasiones en que debes usar estas palabras en una frase, pero es raro cuando alguien las utiliza cuando no corresponde. Por ejemplo, los mentirosos en lugar de decir “me fui a casa a las 6″, señalan “Dejé (o abandoné) el lugar a las 6″. Según ella, esto podría dar indicios de un deseo de “dejar” el engaño atrás.

La teoría sociológica de la autora debe tomarse con sentido común. Está claro que todas estas palabras están incluidas de forma habitual en nuestros discursos. Siempre hay que contextualizar cómo se producen y coordinarlas con la observación del comportamiento no verbal. Si se producen en un interrogatorio policial, en el que la persona debe explicar qué hizo la noche del hecho por el que se le acuse, son alarmas importantes. Simplemente indicios, no puede acusarse a alguien de su culpabilidad por pronunciar un “pero”, hay que cotejar este indicador con otros muchos para valorar la veracidad o no de un testimonio. Como siempre, sentido común. 🙂

Puedes completar la info de este post con los siguientes:

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  • Referencia: You Can’t Lie to Me’ (No puedes mentirme) de Janine Driver

Análisis no verbal: Ana Julia Quezada

Ana Julia Quezada durante la búsqueda del pequeño Gabriel. EFE/Carlos Barba

Hoy escribo con profunda tristeza uno de los análisis más duros a los que me he tenido que enfrentar. Sois muchos los que me escribisteis ayer pidiéndome que abordara el tema, que dijera algo que hubiera dado pista de la maldad oculta. También vi reproches a mis compañeros analistas diciendo que a “toro pasado” todo es muy fácil. Hay que entender que nosotros vemos ciertas expresiones o patrones de conducta que ya desde el inicio nos resultan incongruentes pero no podemos publicarlo y condenar a nadie por ello. Dentro de los cuerpos de seguridad del estado ya hay profesionales que hacen su trabajo en este sentido, su criterio es el que importa y el que es realmente útil para la investigación.

Dicho esto, en el caso de Ana Julia Quezada eran muchos los patrones de comportamiento incongruentes con la situación por la que estaba pasando. En primer lugar, uno de los indicadores que más nos llamaba la atención era su incapacidad para expresar la emoción completa de tristeza, ésta es una de las emociones primarias, genéticas y con una codificación facial específica difícil de simular, ya que el dibujo facial de la tristeza es una triangulación perfecta y significativa de las cejas. Vemos un claro ejemplo de este profundo sentimiento en el rostro de la madre del pequeño Gabriel y la comparación entre ambos fotogramas es bastante impactante. Podéis ver la diferencia en el siguiente vídeo, explicado por mi compañero José Luis Martín Ovejero.

Durante estos días he podido ver con detenimiento todas las apariciones de Ana Julia y en prácticamente todas sus intervenciones los gestos con su novio son más propios del control, la dominancia y la posesión que del consuelo. Resulta demasiado agresiva al contacto, constantemente le sujeta, le agarra, le abraza delante de las cámaras, he visto como hasta le viste y le sube la cremallera de la chaqueta, parece que su control sobre él es absoluto y continuo.

Hay expertos que también han detectado una sudoración y sequedad de la boca excesivos asociándolo al nerviosismo que realmente experimentaba. Puede ser, pero el problema de todo es que no tenemos la línea base de ella para poder defenderlo con rotundidad, pudiera ser que sea una persona que siempre suda más de lo normal.

Para mí, lo más revelador de todo lo que he podido ver está en unas declaraciones concretas a un periodista que le pregunta por ‘la casualidad’ de que Ana Julia encontrara la camiseta, a lo que ella responde “es extraño pero da igual, lo importante es que aparezca Gabriel” y desvía la mirada con una microexpresión de ira y profundo recelo hacia el periodista. Ese detalle tan importante no puede “dar igual” si realmente te importa y estás comprometido con el esclarecimiento del caso quieres profundizar sobre ello y no restarle importancia, minimizar el hecho, ni responder con evasivas para desviar la atención.

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Las mujeres no son más mentirosas que los hombres #Ciencia

Ese es el titular que me encontré ayer en la portada de 20 minutos en palabras de Leticia Dolera. Me impactó y me impulsó a investigar sobre el tema para poder hablar con propiedad. Efectivamente, hay estudios científicos al respecto que corroboran tal afirmación y desmitifican la imagen de la mujer manipuladora y la mejor mentirosa, pero también hay lo contrario.

Según algunos estudios: “las mujeres están menos dispuestas a mentir para obtener un privilegio fiscal, son más favorables a que se usen los fondos públicos para paliar la pobreza”, manifestándose “aún más contrarias que los hombres a que el sistema fiscal favorezca a las personas con más recursos”. El 30,8 % de las mujeres opina que el pago de impuestos es más una obligación legal que un deber cívico, frente al 23,3 % de los hombres, y con respecto al fraude fiscal “presentan 2,6 puntos porcentuales más de rechazo que los hombres”, recalca el Instituto de la Mujer en su nota informativa, basándose en una investigación de la Universidad de Murcia.

Una investigación a cargo del Museo de Ciencia de Londres reveló trás encuestar a un grupo de hombres y mujeres, que ellos mienten más y que además experimentan menos la emoción de culpa por ello. De los encuestados, tan solo 10% reconoció haberle mentido a su pareja. Además, el estudio reveló que definitivamente las mujeres tienden a sentir mayor culpa cuando no son sinceras ya que el 82% afirma que le remuerde la conciencia hacerlo, porcentaje que cae al 70% en los hombres.

Tres mil fueron las personas que se sometieron al estudio, dando como resultado que el británico común cuenta unas tres mentiras al día y en un año la suma de ellas alcanza las 1.092. En cambio la mujer promedio en el Reino Unido es más honesta, ya que tan sólo miente dos veces cada día registrando al año 728 mentiras. La investigación arrojó entre otros datos que a quien más mienten ellos es a la madre. Un 25% de los hombres reconoció haberle mentido a la suya, mientras que en el caso de las mujeres la cifra es de un 20%.

En definitiva, encontraremos estudios en un sentido y en otro, hay investigaciones que según su muestra las mujeres son más mentirosas y otras en las que los hombres ganan en el arte del engaño. Lo que me hace deducir que mentir es humano, que además de una habilidad es una necesidad, que no hay que criminalizar al mentiroso (o a la mentirosa) porque TODOS Y TODAS lo hacemos en mayor o menor medida con más o menos sentido, mejor o peor… No es una cuestión de genéro (como casi todo en la vida) sino de personalidad, educación, experiencias, circunstancias, etc…

 

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Es bueno que tu hijo mienta

Los niños comienzan a desarrollar la capacidad de mentir a partir de los 2 o 3 años. Al principio son engaños muy simples pero van perfeccionando la técnica a medida que crecen. Que no cunda el pánico. Esta habilidad es una competencia social más que el niño debe adquirir, forma parte de su desarrollo y se relaciona con su inteligencia y habilidades sociales adecuadas.

Los estudios al respecto, recogidos en este reciente artículo del New York Time, relacionan directamente que cuanto más y mejor mienta un niño mayor coeficiente intelectual tendrá. Los niños que mienten tienen mejores ‘funciones ejecutivas’, facultades y habilidades que les permiten controlar sus impulsos y que les mantienen concentrados en una tarea. Los pequeños mentirosos incluso son más equilibrados emocionalmente y adeptos socialmente, según estudios recientes en estudiantes de preescolar.

Pero si tu hijo está quedándose atrás, no te preocupes: puedes acelerar el proceso. Capacitar a los niños en funcionalidad ejecutiva y en la teoría de la mente mediante diversos juegos interactivos y ejercicios en los que desempeñan algún rol pueden convertir a los honestos en mentirosos en cuestión de semanas, según descubrió el profesor Lee. Y enseñar a los niños a mentir mejora sus calificaciones en pruebas de funcionalidad ejecutiva y teoría de la mente. En otras palabras, mentir es bueno para su cerebro.

Vale. No nos pasemos. Desarrollar su imaginación y habilidades para el engaño será positivo pero hay que acompañar todo este proceso con una educación en honestidad. Premiar y potenciar la honestidad tiene mejores efectos que castigar la mentira. Una buena estrategia es hacerlo a través de la moraleja de historias y cuentos infantiles.

También funcionará una simple promesa. Varios estudios muestran que los niños son menos propensos a mentir acerca de sus fechorías y las de otras personas si antes prometieron decir la verdad; es un resultado que se ha replicado en varios análisis.La clave para alentar un comportamiento honesto, tal y como lo afirman el profesor Lee y sus colegas, es dar mensajes positivos que enfaticen los beneficios de la honestidad en lugar de las desventajas del engaño.

Descubre el autoengaño (y otra forma de detectar a un mentiroso)

Seguro que piensas que nadie te conoce tanto como tú a ti mismo. No es real. La visión de otras personas cercanas a nosotros pueden tener una imagen más objetiva y completa sobre cómo somos y, en determinadas situaciones, pueden comprendernos y acosejarnos mejor de lo que lo harías tú. Todos tenemos que soportar la carga del sesgo del propio Yo, necesitamos del autoengaño para preservar nuestra autoimagen y lo hacemos de un modo automático. El autoengaño no es en sí mismo patológico. Todos lo utilizamos para interrelacionarnos en nuestro día a día.

Uno de los conceptos más conocidos en el ámbito de la psicología es el de la Disonancia Cognitiva, que se define como la tensión o incomodidad que percibimos cuando mantenemos dos ideas contradictorias o incompatibles, o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos. Es una sensación muy desagradable causada por sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo.

El psicólogo Leon Festinger (pionero en el estudio de esta teoría de la disonancia cognitiva) junto a su colega James Merrill Carlsmith, realizaron un estudio en el que demostraron que la mente de los mentirosos resuelve la disonancia cognitiva “aceptando la mentira como una verdad”. En este sentido, el psicólogo Anastasio Ovejero concluyó en sus experimentos que cuando se presenta la disonancia cognitiva, además de hacer intentos activos para reducirla, el individuo suele evitar las situaciones e informaciones que podrían causarle malestar. 

“Es necesario entender que los sujetos, por lo general, viven en consonancia entre su pensar y actuar y si por algún motivo no pueden ser congruentes, intentarán no hablar sobre los hechos que generan la disonancia, evitando así aumentar ésta y buscarán reacomodar sus ideas, valores y/o principios para así poder autojustificarse, logrando de esta manera que su conjunto de ideas encajen entre sí y se reduzca la tensión”.

Algunos, al ser conscientes de la contradicción sienten ansiedad, culpa, vergüenza, ira, estrés y otros estados emocionales negativos y el reajuste será necesario para poder ‘seguir viviendo en paz’. Veámoslo con dos ejemplos muy sencillos que recoge el blog ‘Psicología y Mente‘:

El clásico ejemplo de los fumadores:

Saber que fumar es muy perjudicial para la salud pero continuar fumando produce un estado de disonancia entre dos ideas: “debo estar sano” y “fumar perjudica mi salud”. Pero en vez de dejar el tabaco o sentirse mal porque fuman, los fumadores buscan autojustificaciones como “de qué sirve vivir mucho si no se puede disfrutar de la vida”.

Este ejemplo muestra que a menudo reducimos la disonancia cognitiva distorsionando la información que recibimos. Si somos fumadores, no prestamos tanta atención a las pruebas sobre la relación tabaco-cáncer. Las personas no quieren oír cosas que les pongan en conflicto con sus más profundas creencias y deseos, a pesar de que en el mismo paquete de tabaco haya una advertencia sobre la seriedad del tema.

La infidelidad y la disonancia cognitiva:

Otro ejemplo claro de disonancia cognitiva es lo que le ocurre a una persona que ha sido infiel. La mayoría de individuos afirman que no serían infieles y saben que no les gustaría sufrirlo en sus carnes, aun así, en muchas ocasiones, pueden llegar a serlo. Al cometer el acto de infidelidad suelen justificarse diciéndose a sí mismos que la culpa es del otro miembro de la pareja (ya no le trata igual, pasa más tiempo con sus amigos, etc.), pues soportar el peso de haber sido infiel (pensando que la infidelidad es de malas personas) puede causar mucho sufrimiento.

De hecho, después de un tiempo, la disonancia cognitiva puede llegar a empeorar, y ver constantemente a su pareja puede obligarle a confesar, pues cada vez puede llegar a sentirse peor. La lucha interna puede llegar a ser tan desesperante que los intentos de justificarse ante esta situación pueden causar serios problemas de salud emocional. La disonancia cognitiva, en estos casos, puede afectar a distintas áreas de la vida, como pueden ser el trabajo, las amistades en común, etc. Confesar puede llegar a ser la única manera de librarse del sufrimiento.

Cuando ocurre la disonancia cognitiva debido a una infidelidad, el sujeto se ve motivado a reducirla, pues le produce un enorme malestar o ansiedad. Pero cuando por distintos motivos, no es posible cambiar la situación (por ejemplo al no poder actuar sobre el pasado), entonces el individuo tratará de cambiar sus cogniciones o la valoración de lo que ha hecho. El problema surge porque al convivir con esa persona (su pareja) y verla diariamente, el sentimiento de culpa puede acabar por “matarle por dentro”.

Por útlimo, un ejemplo sobre el uso de la disonancia cognitiva para detectar a un mentiroso:

Una de las maneras de pillar a un mentiroso es provocando un aumento de la disonancia cognitiva para de esta manera detectar las señales que le delaten. Por ejemplo, un individuo llamado Carlos, que llevaba dos años sin trabajo, empieza a trabajar como comercial para una compañía eléctrica. Carlos es una persona honesta y con valores pero no tiene más remedio que llevar dinero a casa a final de mes. Cuando Carlos acude a visitar a sus clientes, tiene que venderles un producto que sabe que a la larga acarreará una pérdida de dinero para el comprador, por lo que esto entra en conflicto con sus creencias y valores, provocándole disonancia cognitiva.

Carlos tendrá que justificarse internamente y generar nuevas ideas dirigidas a reducir el malestar que puede sentir. El cliente, por su parte, podría observar una serie de señales contradictorias si presiona lo suficiente a Carlos para lograr que aumente la disonancia cognitiva, pues esta situación tendría un efecto en sus gestos, su tono de voz o sus afirmaciones. En palabras del propio Festinger, “Las personas nos sentimos incómodas cuando mantenemos simultáneamente creencias contradictorias o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos”.

 

 

Xavier Trias en apuros (no verbales) #ParadisePapers

Fotografía: Alejandro García/EFE)

Fotografía: Alejandro García/EFE)

Independientemente del contenido y del mensaje verbal, la valía de estas imagenes está en la espontaneidad de la conducta, ya que es importante saber que el entrevistado, Xavier Trias, no se había preparado nada porque no sabía con antelación la temática de las preguntas del atrevido periodista. Esto no suele ser habitual y, en este caso, se filtra un lenguaje corporal muy elocuente.

El rostro de desconcierto es una constante a lo largo de toda su intervención, también lo es su nerviosismo y tensión visibles a través del movimiento incontrolable de sus piernas, además de sujetarse a sí mismo las manos con fuerza y de apretar los labios ante los sorpresivos interrogantes, todos ellos gestos de represión y contención emocional.

Niega todas las acusaciones sobre su presunta implicación en los Paradise Paperscon noes repetidos a su interlocutor, sin embargo, se aprecia cómo estas respuestas nunca van acompañadas de contacto visual, aparta la mirada y niega dudoso mediante el gesto del encogimiento de hombros.

En mi opinión, lo más revelador de este testimonio es lo que no aparece. La emoción esperada en una situación en la que se nos acusa de un hecho que no hemos cometido es la ira. Sólo es necesario empatizar y ponernos en su lugar. Si alguien nos acusara gravemente de algo que no hemos hecho nos enfadamos y, en este sentido, no puedo detectar ni una sola reacción de furia e indignación.

En cuanto al lado oscuro de las palabras ¿conocéis los indicadores estrategicos de la credibilidad? Este vídeo es un buen ejemplo donde se pueden detectar bastantes tips. Solo tenéis que leer la entrada sobre ello (pinchando aquí) para poder identificarlos con facilidad.