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"Cerré mi boca y te hablé de mil maneras silenciosas". Rumi

Archivo de la categoría ‘detección de mentiras’

Qué es el sincericidio

Me suelen preguntar con frecuencia si la verdad está sobrevalorada. Sin duda, sí, lo está.

Fotograma del videoclip de la canción 'Sincericidio' de Leiva.

Fotograma del videoclip de la canción ‘Sincericidio’ de Leiva.

Desde bien pequeños nos enseñan que mentir está mal, pero lo cierto es que el engaño forma parte irremediable del engranaje social de la comunicación, una vida sin mentiras sería un auténtico caos para todos. Una de las funciones más importantes de la mentira es la de ‘lubricante social’, es necesaria para no herir a los demás o para autoprotegernos; engañar ‘ligeramente’ a los demás y proyectar incluso una imagen ensalzada de ti mismo es una parte natural de la vida.

No podemos decirle, por ejemplo, a nuestra pareja que lleva toda la mañana cocinando para nosotros que la comida está asquerosa. No aporta nada bueno. Hay gente que dice “yo siempre digo lo que pienso”, primero, eso es imposible, porque no duraría en un trabajo ni 24 horas, ni tendría pareja, ni amigos; no podemos recibir constantemente críticas ni buenas ni malas. Todos nos sentimos más cómodos con la cordialidad y el respeto. Precisamente se suele decir que los niños siempre dicen la verdad por esto mismo, porque aún no han desarrollado la capacidad de empatizar y no son conscientes de que pueden hacer daño con las simples palabras.

Si bien, la mentira también puede ser dañina, maquiavélica y utilizada con fines más egoístas. Además nos causa culpa, remordimientos, ansiedad, o miedo a nosotros mismos y en este sentido, la pregunta de ‘¿la verdad está sobrevalorada?’ quizás tiene más sentido. Si es una conducta repobable y además nos hace sentir mal, ¿por qué lo hacemos? La respuesta nos la da la neurociencia, simple y concisa: Nuestro cerebro se acostumbra a mentir. Cuanto más mentimos menos nos pesan los sentimientos negativos al hacerlo, al principio las emociones de culpabilidad son muy intensas, pero van descendiendo con la práctica.

La mentira duele pero la verdad también. Al final, la verdad bien entendida debe ser honesta y constructiva. El sincericidio es destructivo, tiene más que ver con la falta de prudencia y en utilizar una verdad como un arma arrojadiza para herir al otro. La verdad es mejor que la mentira, pero no siempre la verdad aporta valor, a veces es inútil e incluso dañina y como su nombre indica podría ser un suicidio social, nadie querría relacionarse con nosotros. El sincericida es egoísta y tiene una falta de empatía total, puede hacerse incluso más daño con una verdad dañina que una mentira.

VeriPol, el detector de mentiras de la policía española

VeriPol es la herramienta creada para detectar denuncias falsas con un éxito superior al 90%. Uno de sus principales creadores es el inspector Miguel Camacho Collados, licenciado en matemáticas y estadística, que tras realizar su doctorado internacional sobre policía predictiva pensó en la inteligencia artificial para automatizar la detección de las denuncias falsas a través de la lingüística habitual que utilizaban los denunciantes para establecer patrones de veracidad o falsedad. Por ahora solo se ha trabajado en muestras por robo con violencia e intimidación o hurto con tirón.

¿Cómo funciona? Podemos pensar que nuestras mentiras son únicas pero la realidad es bien distinta. Todas tienen unos patrones tan evidentes que un algoritmo es ideal para identificarlos. Tal y como su creador ha afirmado en una entrevista para El País:

Las denuncias verdaderas aportan, en general, más detalles. En las falsas, el denunciante aspira a eliminar los detalles. ¿Cuál es el mejor modo de hacerlo?  Uno de los mejores predictores de falsedad es la palabra “día”. No porque los robos sean a plena luz, sino porque fueron “hace unos días”, “un día” o “hace dos o tres días”, no “ayer” o “el jueves”. Otras palabras que sirven para detectar denuncias falsas son “tirones” desde “atrás” o por la “espalda”, de la “mochila” o “bolso”, o de algo que la víctima llevara en el “hombro”. Los ataques falsos suelen ser de alguien que lleva “casco” y va vestido de “negro” (los malos siempre van de negro). Los hechos falsos suelen ocurrir por detrás porque salva al denunciante de tener que dar detalles.

Otras palabras relacionadas con falsedades en las denuncias son “seguro”, “abogado”, “móvil”, “Apple”, “iPhone”, “compañía” o “contrato”. Las descripciones en las denuncias falsas no se centran en los hechos, sino en el objeto, su valor y el motivo oculto por el que vamos a la policía. Los investigadores descubrieron que suelen ser más ciertas las denuncias de robos cerca de la “portería” de casa o en el “rellano”. La gente que va con una denuncia falsa pretende alejarla de su hogar, de sus conocidos.

VeriPol también analiza los recursos gramaticales y sintácticos más usados. Los pronombres personales y demostrativos, e incluso los verbos “ser” y “estar” aparecen más en denuncias verdaderas. Los mentirosos, en cambio, son poco dados a concretar con pronombres específicos como “yo”, “él” o “este” y “aquel”. En las falsas, de nuevo, la vaguedad predomina: “Los informes verdaderos están más centrados en contar la historia del delito y las interacciones de la víctima y el agresor”.

Los sintagmas introducidos por el adverbio “apenas” -por ejemplo en “apenas pudo verle” o “apenas recuerda”- indican falsedad. También un alto número de negaciones se relaciona con mentira: aparecen en frases como “no puede dar más datos”, “no ha sufrido heridas”, “no pudo ver”, “no puede reconocer”. Las denuncias verdaderas se centran en el fondo en la acción, mientras que las falsas buscan describir objetos, que es lo único que el denunciante ha visto. Las denuncias reales tienen por ejemplo un alto grado de palabras que describen cualidades y acciones específicas: “barba”, “cara”, “pelo”, “centímetros”, “delgado”, “constitución”, “edad”, “hombre”, “gritar”, “pelear”, “empezar a”.

Hay que clarar que todas estas construcciones, palabras y demás indicadores por sí mismos no implican directamente falsedad o credibilidad, sino su frecuencia y combinación entre el total del mensaje. El algoritmo solo refleja esos matices de una forma más objetiva y realista que la mera opinión o sensación de un ser humano.

Desde luego, esta aplicación tiene todas las posibilidades de convertirse en una auténtica revolución en el mundo policial, VeriPol es el primer modelo a nivel mundial que ha sido validado para su uso oficial. Y se convertirá en el primero en aplicarse en un cuerpo de policía, no existe nada igual, de hecho, VeriPol ha obtenido merecidamente el Premio de Investigación de la Fundación Policía Española.

 

 

Las hipótesis posibles sobre la actitud de Carmen Montón

A raíz de los análisis a personas del mundo de la política, sobre todo, en los casos de Cifuentes y Montón por el tema máster, muchos me preguntáis: “pero entonces, ¿dicen la verdad? ¿hicieron el máster? ¿no hubo irregularidades?” Os respondo particularmente a cada uno pero creo que es importante plantearlo aquí, para que todos sepamos entender los análisis de conducta y cómo funciona realmente el intrigante mundo de la credibilidad.

En primer lugar, y esto es sabido por todos, el territorio de la política requiere mención aparte, los políticos son entrenados y asesorados para manejar la comunicación y gestionar las emociones a conveniencia. Muchos lo consiguen y lo hacen muy bien, en general. Dicho esto, a veces nos podemos servir de la detección de ‘microexpresiones‘, breves fogonazos de expresión emocional que se escapan en nuestro rostro y que transmiten realmente lo que sentimos en ese momento. Cuando éstas son incongruentes con lo que decimos, es una alarma para la credibilidad y merecen de nuestra total confianza, ¿por qué? porque se tratan de emociones primarias que suelen producirse en momentos tensos de alto impacto emocional, son inconscientes, poco manipulables y genuinas según los músculos de la cara activados. Son indicadores bastante fiables, pero no siempre se producen.

Sí pudimos apreciarlos en el caso de Cristina Cifuentes, (puedes pinchar aquí para acceder al análisis), visos de culpabilidad, tensión, nerviosismo, desprecio… ¿hizo el máster? ¿cometió alguna irregularidad? no podemos saberlo, lo que sí que puedo decir es que sus patrones de conducta no son congruentes con los de una persona a la que se le acusa injustamente de algo, que está incómoda, tensa, que se siente culpable, pero hasta qué punto ha cometido una ilegalidad o no, no puedo asegurarlo, solo las pruebas tangibles hablarán de forma irrefutable.

Vamos ahora con el caso de Carmen Montón, (pincha aquí para acceder al análisis) donde nos encontramos todo lo contrario, aquí vemos a una persona directa, enfadada, convencida, contundente en su argumentación, sin microexpresiones de culpa, miedo… solo vemos ira, actitud congruente con alguien que dice la verdad y que se siente acusada injustamente de una acción no cometida… Hasta en su dimisión de anoche, donde todo eran sonrisas (fingidas) y actitud orgullosa, salió de la sala con la cabeza bien alta, ausencia de culpa, de miedo, de vergüenza, continuó exactamente con la misma actitud, entonces, ¿es sincera? ¿no cometió ninguna irregularidad? De igual forma, no podemos saberlo, pero por su comportamiento en este contexto podríamos plantear tres hipótesis:

  1. Ella realmente se cree inocente. La universidad le dio una pautas para cursar el máster (por ejemplo, pago de tasas, acudir al menos a dos clases presenciales y presentar un trabajo final) ella lo cumplió a rajatabla y aunque sea una situación injusta para el resto del alumnado e irregular por parte de la Universidad, ella no cree que haya cometido una ilegalidad porque hizo lo que le pidieron y quizás pensó que era habitual en la modalidad a distancia o siguió estas instrucciones a pesar de que supiera de su trato de favor. Un profesor de mi facultad lo llamaba ‘gente de ética y moral distraída‘, el umbral de la injusticia lo tienen poco delimitado y achacan estas faltas a la picaresca cotidiana, sin más.
  2. Cuenta ‘su’ verdad. Ha cometido una irregularidad consciente y voluntaria, sabe perfectamente que ha hecho mal pero hay mucho en juego, por tanto se autoconvence de lo contrario. La máxima para mentir bien, de hecho, diría que es la única forma de elaborar una mentira perfecta es creerse su propia mentira. De esta manera, si estamos totalmente convencidos y creemos en lo que decimos (no es difícil si la motivación es muy alta) nuestro cuerpo transmite efectivamente lo que pensamos y esto puede corresponderse o no con la realidad.
  3. Miente muy bien. Puede pasar, hay gente con un buen cocktail de rasgos y experiencias que le hacen tan buen mentiroso siempre que es muy difícil detectar la realidad detrás de sus palabras, exista alta motivación o no. Ya lo tratamos en este blog anteriormente en el post: ¿cómo es el mejor mentiroso?

Conclusión, no diré jamás en este blog esta persona miente o esta persona dice la verdad, me limito a analizar los patrones de conducta y detecto congruencias o incogruencias entre las emociones esperadas según el contexto y las emociones presentadas. Tras esto, solo podemos establecer hipótesis y plantear diferentes posibilidades. Os animo a que veáis ambos vídeos (caso Cifuentes y caso Montón) y sigáis las líneas de conducta para ver las diferencias y sacar vuestras propias conclusiones. Vuestras observaciones siempre son super interesantes y os agradezco que las comentéis 🙂

Cuidado con detectar mentiras

Cuando se habla de comunicación no verbal es inevitable pensar en utilizarla para intentar detectar las mentiras de nuestro alrededor. Y no me extraña, es un comportamiento totalmente adaptativo, ha sido importante desde tiempos primitivos hasta nuestros días. Hay mucha investigación al respecto, desde la psicología se han utilizado todos los recursos para desentreñar el misterio de descubrir el engaño de forma inequívoca, pero a día de hoy hay que dejar claro que no se ha conseguido.

El “efecto Pinocho” no existe, no hay un solo comportamiento (o grupos de ellos) indicativo en exclusiva de engaño. Es muy irresponsable creer lo contrario y cada vez más se extiende como la pólvora la convicción de que tras ir a un curso o leer algún libro sobre la psicología de la mentira seremos capaces de convertirnos en detectores andantes; peligroso, muy peligroso, cuando esto cae en manos de instructores de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, por ejemplo, o en el mundo judicial, criminológico… con consecuencias graves.

En investigación se ha avanzado sobre los indicadores de la falta de honestidad, y son reales, el problema surge a la hora de interpretarlos, obviando otras variables tan importantes como la personalidad, la inteligencia, la cultura, el contexto, y la confusión entre el estrés, la ansiedad de evaluación o la incomodidad psicológica con un discurso deshonesto. Soy la primera que sigo bien de cerca la divulgación sobre el tema y me encanta compartir toda la investigación en el blog con vosotros; a partir de ahí creo que todos somos conscientes que ese tipo de valoraciones hay que dejarlas en manos de personal cualificado, psicólogos, forenses, etc, expertos en entrevistas e interrogatorios.

Lo que sí que podemos ser todos capaces de hacer, siguiendo a las buenas fuentes sobre comunicación no verbal, es detectar las ‘alarmas’ de la incoherencia, identificando los estados emocionales de los demás a través de su lenguaje corporal (un canal más fiable que las palabras por se más inconsciente). Tenemos que reenfocar para qué podemos servirnos de la comunicación no verbal, que no es poco. En palabras del experto Joe Navarro (autor que recomiendo) “Todos transmitimos a través de nuestro lenguaje corporal lo que pensamos, sentimos, deseamos y tememos; y eso lo comunicamos de manera efectiva en tiempo real. Que cuando estamos estresados, molestos, decepcionados, inquietos, ansiosos, preocupados, preocupados, inseguros, exasperados o enojados, nuestros cuerpos revelan esa información de forma no verbal por cualquier cantidad de expresiones en todo el cuerpo, incluso mediante el uso de lo que Paul Ekman llama “comportamientos adaptativos”. En esencia, todos nosotros, podemos ser “detectores de problemas”, pero eso es todo. Eso es todo lo que podemos decir, que algo está mal o no, que hay una incongruencia visible, pero no más.”

Nuestro rol debe ser el de hacer más y más preguntas como recopiladores neutrales de hechos. Hacemos preguntas y cuando vemos un comportamiento particular como resultado de esa pregunta, volvemos a ese tema y hacemos más preguntas, o tratamos de determinar por qué esa pregunta ha provocado que la persona reaccione de esa manera. Lo usamos para identificar pistas, o cosas que son preocupantes para la persona que está siendo cuestionada, pero no para acusar directamente de engaño.

 

 

El lenguaje corporal también delata a Chris Watts

Chris Watts y su familia (Instagram)

Chris Watts y su familia (Instagram)

Nos encontramos ante otro caso criminológico espeluznante; hace escasos días, el norteamericano Chris Watts, de 33 años, aparecía en diferentes medios de comunicación denunciando la repentina desaparición de su mujer y sus dos hijas, miraba a cámara reclamando su vuelta, pedía ayuda para encontrarlas… hasta que confesó ser el responsable del asesinato de su familia.

No es extraño. (Recordemos el análisis del caso de Ana Julia Quezada y el niño Gabriel). Suele ser una conducta habitual, sobre todo, en personas con marcados rasgos psicopáticos cuya frialdad y ausencia emocional se creen capacitadas para ‘disimular’ su responsabilidad y manipular a la audiencia e investigadores para intentar salir airosos de su crimen. Chris se presenta entonces como una auténtica víctima, (dejé de contar las veces que dice “Yo”) desplaza el foco de atención de los desaparecidos hacia sí mismo, y se atreve a decir frases como “la casa ya no es la misma sin ellas”, “lo paso fatal estando solo aquí por las noches”, “estoy destrozado”; bueno, es cuanto menos llamativo que exprese su estado de ánimo cuando su mujer e hijas pueden estar mucho peor y son realmente las máximas perjudicadas.

Además, presenta cosificación y distanciamiento de los lazos familiares con su lenguaje verbal, en todo momento, Chris Watts, refiere a “las niñas”, nunca “mis niñas” o “mis hijas”, esto es algo también muy común, tras el crimen rompen la unión psicológica con las personas dañadas. Pudimos observarlo también analizando el Caso Bretón. En otro momento de la entrevista, Chris comete un lapsus linguae típico en estos casos, y es el de hablar de las personas desaparecidas en tiempos verbales pasados. “Celeste tenía 3 años”, es solo un ejemplo de que Chris ya conoce el final de su familia y su mente ya no se refiere a ellas en tiempo presente, su mente sabe que ya no están, ya no viven.

Desde los inicios, los investigadores tuvieron serias dudas sobre Watts, que mostraba respuestas vacías, vagas y vacilantes a las preguntas relativas para el esclarecimiento del caso, tal y como se puede apreciar en el vídeo publicado por los medios.

La falta de expresividad de esta persona en su entrevista es bastante significativa, sobre todo, ‘por lo que no se ve’, en ningún momento de la entrevista podremos detectar tristeza, ansiedad, desesperación, o súplica. No hay nada. Bueno, sí, curiosamente hay sonrisas. Se produce una incongruencia emocional brutal, en esta situación, la alegría no puede convertirse en una emoción esperada. Cuando dice “si ella se ha ido, quiero que regrese, quiero a esas niñas de regreso”, se ríe, esta actitud demuestra una inadecuación del afecto, en un contexto así podría producirse una risa nerviosa, una risa tensa, pero van acompañadas de una expresión en el rostro de tristeza o miedo, no de una expresión propia de la alegría, como es el caso, a este fenómeno se le conoce como sonrisa psicopática.

Respecto a los gestos, hay dos que llaman poderosamente la atención, uno es el de humedecerse constantemente los labios, es un acto que indica sequedad en la boca, hecho que se produce cuando aumenta la hormona del estrés, el cortisol. Se incrementa con el nerviosismo y, en estos contextos o similares, se asocia con el hecho de mentir y con el miedo a ser ‘pillado’. Otro gesto significativo es el de los brazos, realmente no está simplemente cruzado de brazos, se autoabraza, se autoprotege, es un gesto manipulador para reforzarse a sí mismo y autoproporcionarse confianza y ánimo emocional.

Os dejo el vídeo en el que aparece Chris Watts reclamando ayuda para encontrar a su familia… Es estremecedor…

¿Veis algun detalle más que os llame la atención?

 

 

El sonido de una risa falsa y de una risa real

En el post de ayer (pincha aquí para acceder al artículo) os preguntaba si seríais capaces de distinguir una sonrisa verdadera de una sonrisa fingida a través del sonido. Parece ser que, en general, sí. Las investigaciones al respecto afirman con contundencia que independientemente del genéro o la cultura somos bastante buenos identificando risas sinceras de las que no lo son.

Según Greg Bryant, de la Universidad de California y autor principal del experimento “Cuando las risas falsas no llegan a convencer son por pequeñas sutilezas que nos delatan. Muchas de las risas falsas suenan bastante bien, pero los oyentes parecen prestar atención a ciertas características acústicas que son realmente difíciles de falsificar”.

Bryant cree que la investigación ilustra que los dos tipos de risas, reales y falsas, se producen por dos sistemas de vocalización separados, totalmente independientes. Muchos animales se ríen, pero solo los humanos sabemos cómo fingir la risa. “Las risas genuinas son producidas por un sistema vocal emocional que los humanos comparten con todos los primates, mientras que las risas falsas son producidas por un sistema del habla que es exclusivo de los humanos”.

No es accidental que las risas reales estén asociadas con el sistema vocal compartido con otros animales. Muchos animales se ríen, incluidos los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. En el reino animal, las señales de risa quieren comunicar que ‘estoy en modo juego’, explicó Bryant. “De hecho, se cree que la risa evolucionó de la respiración dificultosa que se suele producir durante el juego físico. De esta manera, la risa genuina revela nuestra naturaleza animal“.

En la investigación se analizaron las características acústicas de los dos tipos de risas. Ambas consisten en dos partes: la primera es la vocal, suena el “Ha, ha, ha” y la segunda parde corresponde con los sonidos entrecortados del aire que se producen entre esos sonidos vocálicos. Combinadas, las dos partes constituyen lo que los investigadores describen como una “llamada“.

Descubrió que con risas reales, la proporción de partes respiradas en la llamada era consistentemente mayor que con las falsas. Bryant lo atribuye a las particularidades del sistema vocal emocional. El sistema vocal emocional tiene un control más eficiente sobre la apertura y el cierre de la tráquea, lo que permite a las personas emitir aire rápidamente durante las risas genuinas. De hecho, durante las risas genuinas, la tráquea se puede abrir y cerrar a un ritmo que se acerca al máximo potencial del aparato, según descubrieron los investigadores.

En contraste, el sistema de habla, que es responsable de las risas falsas, controla la dinámica del tracto vocal de manera diferente y no puede abrir y cerrar la tráquea con la misma rapidez. Al acelerar una grabación de risas falsas, Bryant y Aktipis pudieron hacer que el sistema de voz sonara como si se abriera y cerrara la tráquea a un ritmo mucho más rápido de lo normal. Bajo esa condición, las risas falsas suenan mucho más como risas producidas por el sistema vocal emocional.

En la opinión de Bryant, los humanos han desarrollado una sensibilidad particular a las risas falsas porque las consecuencias de cometer un error pueden ser muy altas. Los investigadores descubrieron que la risa genuina libera la hormona calmante oxitocina, que promueve un sentimiento de afiliación y cooperación. Pero la evolución también funciona en la dirección opuesta, advierte, estimulando a los humanos a producir carcajadas falsas bastante convincentes.

Aquí podéis escuchar los diferentes tipo de risas que utilizaron para el experimento… A ver qué tal se os da! 🙂

Usar máscaras emocionales para lograr el engaño

Las emociones son recursos para expresar lo que sentimos o lo que queremos que los demás ‘crean’ que sentimos. Sobre todo la sonrisa es un arma letal para manipular a los demás en una primera toma de contacto, su poder puede ser muy beneficioso para conseguir lo que deseamos; y no solo de adultos… ¡lo hacemos desde que somos bebés! Hay estudios que demuestran que los bebés sonríen cuando se sienten felices pero también expresan la mejor de sus sonrisas deliberadamente para complacer, despertar la atención y para que los demás incluso repitan conductas que quieren ver de nuevo; dulce y tierno, pero es una forma más de sutil persuasión.

Cualquier expresión emocional puede ser falsificada y utilizada para ocultar cualquier otra emoción. La máscara de la sonrisa, que es la más utilizada de las máscaras emocionales, sirve como la expresión opuesta de las emociones negativas: miedo, ira, angustia, disgusto, etc. Esta máscara se utiliza a menudo porque muchas mentiras requieren de alguna señal de felicidad o similar para lograr engañar con éxito. Otra razón por la que la sonrisa se usa como máscara es porque la sonrisa forma parte de muchos saludos estándares y, por tanto, tenemos asimilado que significa cortesía en la mayoría de los intercambios sociales.

Las máscaras emocionales funcionan porque la ignorancia es felicidad. Parece que, independientemente de conocer las diferencias entre una sonrisa real y una sonrisa falsa, los verdaderos sentimientos de una persona no se detectan. Esto no se debe a que la sonrisa sea una máscara infalible, sino a que en las relaciones sociales superficiales, rara vez nos importa cómo se siente realmente la otra persona; todo lo que se espera es un pretexto de amabilidad y agrado sin más.

Este ‘engaño’ (no) se realiza siempre con mala intención. En raras ocasiones las sonrisas se escudriñan con atención, la gente está acostumbrada a pasar las mentiras por alto en el contexto de un simple saludo cortés. Uno podría argumentar que es incorrecto llamar a estas máscaras emocionales “mentiras” debido a la regla implícita de que la mayoría de los saludos educados no permiten la expresión de emociones verdaderas y negativas. Quizás hemos tenido un día horrible pero no queremos contarlo a una persona con la que no tenemos confianza, o simplemente no nos apetece dar explicaciones y respondemos que ‘estamos bien’ con una sonrisa fingida. Otra razón, quizás más sencilla que todas las anteriores, de la popularidad de usar la sonrisa como máscara sea que se trata de la expresión facial emocional más automática y fácil de realizar de forma voluntaria.

 

 

*Fuente: “Telling Lies” de Paul Ekman

‘Deleite del engaño’. Qué es y por qué sucede

Os animo a que sigáis a Paul Ekman, es uno de los mayores referentes sobre comunicación no verbal y detección de la mentira, asesoró la trama de la serie ‘Lie to me‘ (muy recomendable la primera temporada) y no cesa de investigar los entresijos de la expresión emocional y el atractivo mundo de la psicología de la mentira.

Este autor destaca un concepto insólito a la par que frecuente. El deleite del engaño. Los ejemplos explicativos son maravillosos: El suboficial de la Armada John Anthony Walker, Jr. fue declarado culpable de espionaje para la Unión Soviética en 1987 y está cumpliendo cadena perpetua. El New York Times dijo que había sido el espía más dañino de la historia, ya que ayudó a los soviéticos a descifrar más de 200,000 mensajes navales encriptados. No fue el polígrafo lo que lo atrapó, ni la vigilancia de los oficiales de contraespionaje de los EE. UU. Fue su esposa Bárbara quién lo ‘entregó’ al FBI. Walker presumía de todo el dinero que estaba ganando, pero Barbara era su exmujer y él se retrasaba en los pagos de la pensión alimenticia.

¿Qué motivó a este tipo brillante y astuto a descuidar un detalle tan simple? Probablemente el deleite engañoso , la emoción casi irresistible que sienten algunas personas al tomar un riesgo y salirse con la suya. Algunas veces incluye el desprecio por el objetivo que está siendo explotado con despiadado éxito. Es difícil contener el deleite engañoso; ya que realmente deseamos fervientemente compartir los logros (aunque sean maliciosos) con otros, buscando siempre la admiración por nuestras hazañas.

Cuando Hitler logró engañar a Chamberlain, ocultando que ya había movilizado al ejército alemán para atacar a Polonia, solicitó un ‘tiempo muerto’ en la reunión con sus generales, que habían estado presenciando sus mentiras más exitosas. Entonces, Hitler entró en una antesala, donde, según los informes, saltó de alegría y, después de haber reducido su deleite engañoso, regresó a la reunión.

La presencia de otros testigos ante el farsante exitoso  intensifica, generalmente, el deleite experimentado y aumenta las posibilidades de que parte de la excitación, el placer y el desprecio se filtren en algún momento, delatando así al mentiroso. No todos tienen esta tendencia a sentir el deleite del engaño, algunas personas lo que sienten realmente es terror por ser ‘pillados’ en el engaño. Las personalidades más manipuladoras son los perfiles más vulnerables a esta emoción de embeleso y placer en la mentira. Por tanto, podemos establecer que las emociones que delatan al mentiroso pueden ser: el deleite, el miedo o la culpa, que es la tercera emoción que interviene en este proceso, el sentimiento de infracción y responsabilidad ante un engaño.

Pero cuidado, siempre hay que contextualizar y sumar indicadores. La culpa o el miedo por sí solos no acusan directamente a un sospechoso. Una persona inocente puede temer no ser creída, lo que complica la interpretación del miedo como prueba concluyente. De igual modo, las personas pueden mostrar culpabilidad por algún otro aspecto de la situación, que no sea relevante para la fechoría que el interrogador está investigando. Paul Ekman cita un caso en el que un sargento, que no asesinó a la esposa de su vecino, se sentía culpable (y así lo transmitía con su lenguaje corporal en el interrogatorio) pero por algo bien distinto (extraño pero no un delito), haberse sentido excitado sexualmente al haber descubierto el cuerpo de la mujer desnudo.

Como siempre decimos, las emociones congruentes/incongruentes son señales de alarma para identificar las mentiras en un relato, pero siempre hay que contextualizar, ir más allá, y descubrir por qué y ante qué estímulo exactamente se desencadenan esas reacciones…

¿Por qué mentimos si (se supone que) nos hace sentir mal?

Mentir está mal. Esto nos enseñan desde que somos pequeños, pero lo cierto es que la mentira forma parte del engranaje social de la comunicación, es necesaria para no herir a los demás o para autoprotegernos; aunque también se utiliza con fines más egoístas, maquiavélicos y pueden ser muy dañinas. Se supone que, con mejores o peores intenciones, el ser humano se siente mal mintiendo, engañar nos causa culpa, remordimientos, ansiedad, miedo (de que nos pillen por ejemplo)… entonces, si tan negativas son para nuestro estado de ánimo, ¿por qué lo hacemos?

La respuesta nos ha sido desvelada por la neurociencia, simple y concisa: Nuestro cerebro se acostumbra. La Resonancia Magnética funcional utilizada por los investigadores de la University College of London ha sido la clave para resolver el enigma. El experimento publicado en Nature Neurosciencie no deja lugar a dudas, cuanto más mentimos menos nos pesan los sentimientos negativos al hacerlo, al principio las emociones de culpabilidad son muy intensas, pero van descendiendo con la práctica. Una parte importante de nuestro cerebro relacionada con la emoción, la amígdala, se activa cuando engañamos para lograr nuestro propio beneficio. La respuesta de esta área disminuía con cada mentira. Cuando mentimos, nuestra amígdala produce una sensación negativa que se desvanece a medida que continuamos engañando.

Según explica Tali Sharot, investigador de psicología experimental y coautor del trabajo: “Cuando mentimos interesadamente, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir. Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que continuamos mintiendo y cuanto más se reduce esta actividad más grande será la mentira que consideremos aceptable. Esto conduce a una pendiente resbaladiza donde los pequeños actos de insinceridad se convierten en mentiras cada vez más significativas”.

Los datos obtenidos son muy reveladores y aplicables a otras conductas, en este caso se estableció la relación entre la habituación y el engaño, si bien, este mismo principio podría aplicarse a la progresión de otras conductas de riesgo como los comportamientos violentos.

 

 

Evasiva, culpa, orgullo, alivio, duda… La comunicación no verbal en la dimisión de Cifuentes

Fotografía de Cristina Cifuentes en el momento de su dimisión. EFE

Fotografía de Cristina Cifuentes en el momento de su dimisión. EFE

Cristina Cifuentes ha dimitido hoy tras el escándalo del Máster y por la filtración a los medios del vídeo de una cámara de seguridad en la que aparece sacando dos cremas de su bolso en un Hipermercado, acompañada por un vigilante de seguridad que supervisa todo este proceso.

Cifuentes ha convocado a los medios en una rueda de prensa breve y sin opción a preguntas. En ésta no ha negado que ella sea la persona que aparece en el vídeo, reconoce su autoría pero manifiesta que “fue un error involuntario. Me llevé por error y de manera involuntaria unos productos por importe de 40 euros.” En esta frase reconoce que estuvo mal, que el acto no fue correcto, pero apuntilla que ocurrió de manera inconsciente, sin voluntad por su parte, lo repite en dos ocasiones seguidas para reforzar la idea. Según los estudios al respecto cuanto más repetimos una frase más veraz puede parecer a los demás, por inverosímil que sea.

“Me lo dijeron a la salida y los aboné”. En esta frase lanza una evasiva, ya que omite datos importantes para entender un hecho: el tiempo de los acontecimientos, objetos, lugares en los que se desarrolló o las personas implicadas en la interacción (vigilante de seguridad, registro en el almacén y una supuesta visita de la policía), se distancia así del impacto emocional de un supuesto robo. Según la frase parece que no hubo tensión, ni problema, que fue un simple despiste y lo pagó sin más a la salida.

Su expresión facial es muy significativa, siempre se muestra emocionalmente muy expresiva y en esta ocasión no defrauda el rostro inequívoco de la culpa. Ya lo habíamos descrito anteriormente y aquí de nuevo podemos observar otro ejemplo. Cuando renuncia a la presidencia, aparece una expresión facial de desprecio, caracterizada por la elevación unilateral de la comisura labial, que puede inferirse como superioridad moral, no hay tristeza ni ira, mantiene el orgullo hasta el último momento. Justo después convierte esta mueca en sonrisa y mira hacia arriba, este gesto se interpreta como alivio.

A lo largo de su comparecencia aparecen numerosos gestos de duda, se encoge de hombros constantemente, el momento más destacable es cuando dice tener prevista ya su dimisión para el día 2 de mayo, encoge muchísimo los hombros es un gesto de inseguridad y falta de convicción asociados a lo que pronuncia en ese momento.

He realizado este análisis según el visionado superficial de su aparición, continuaré el análisis para ‘cazar’ la aparición de algunas microexpresiones, que al final, son las que más información real nos dan sobre su estado emocional verdadero en un momento de alto impacto como este.