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Análisis no verbal: Pedro Sánchez coge aire

Algunos de vosotros habéis apreciado con excepcional criterio que Pedro Sánchez ha alterado su patrón normal de respiración en las últimas comparecencias y que además, ejecuta un gesto repetido cuando debe afrontar alguna explicación controvertida o dar respuesta a alguna pregunta complicada, se trata de una leve sacudida corporal acompañada de una intensa inspiración.

Pedro Sánchez durante la rueda de prensa. EFE

Pedro Sánchez durante la rueda de prensa. EFE

Analizando la última comparecencia del pasado sábado podemos observar que confluyen tres circunstancias que sustentan la razón de este gesto.

En primer lugar, una muy simple: la cercanía de los micrófonos. El atril soporta dos micrófonos muy altos que recogen el sonido perfectamente, pero al tenerlos tan cerca y resultar tan nítidos, absorben también el ruido de la respiración, esto es muy molesto para el espectador y hace que perdamos la atención en el mensaje, funciona a modo de distractor y nos desconectan del discurso verbal.

En segundo lugar: Pedro Sánchez está muy cansado. El rostro que ya viene presentando en las últimas semanas da cuenta de su agotamiento, tanto la voz como las emociones se producen muy fatigadas. Cuando estamos agotados la respiración se vuelve mucho más intensa y sonora (a veces incluso se traduce en el conocido bostezo).

Esta respiración profunda es algo así como el sistema de ventilación de nuestro procesador central, una inyección de aire nuevo que permite al cerebro mantener el estado de alerta y un funcionamiento óptimo cuando cree que más lo necesita. 

Además, según un reciente estudio de la Universidad de Pisa, el bostezo o las inspiraciones profundas no solo se asocian con la fatiga, también lo hacen con estados de ansiedad y cuando nos sentimos amenazados, de  esta manera, también se relaciona con la necesidad de aumentar los niveles de atención.

Una explicación que también refuerza con su comunicación no verbal, ya que se observa una fuerte carga cognitiva, es decir, una muy alta concentración en lo que está diciendo, y que se traduce en un descenso notable de la gestualidad corporal (menos ilustradores con las manos, por ejemplo, que dibujen a sus palabras), en un discurso más errático y poco fluido (repleto de rectificaciones, que no suelen ser habituales en él) y en una ralentizada velocidad del habla.

Por último, ese sutil sobresalto corporal antes de responder o pronunciar un contenido verbal, complejo o que se sabe polémico, se asocia a una especie de preparación del organismo para la acción, un calentamiento antes de ‘soltar’ la cuestión crítica, con un ‘allá voy’.

Coronavirus: los jóvenes son los más afectados psicológicamente (según un estudio)

La Universidad Complutense de Madrid y la Cátedra contra el Estigma de Grupo 5 ya han publicado un informe con los datos obtenidos de la primera fase de un estudio sobre el impacto psicológico que ha tenido la pandemia por Covid-19 en la población española general.

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero - CC0

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero – CC0

La situación de confinamiento al que estamos sometidos desde que se inició el estado de alarma para combatir el alto nivel de contagio del virus nos ha pasado factura a nivel psicológico, como era de esperar.

Lo que sorprende de los resultados obtenidos es que el núcleo de edad más afectado ha sido el de la población más joven, que comprende la edad de entre 18 y 39 años.

La muestra utilizada ha sido de casi 3.500 personas de todas las edades, pero los más jóvenes son los que presentan “más ansiedad, depresión y síntomas somáticos, así como un mayor sentimiento de soledad y falta de compañía”. Sin embargo, las personas mayores de 60 años se muestran “más tranquilos y reconocen controlar mejor sus emociones”.

Respecto al estado de ánimo: un 70% de la muestra general reconoce haber experimentado tensión, nerviosismo y angustia en algún momento de la cuarentena, un 55% admite la falta de control sobre el sentimiento de preocupación, un 60% indican falta de interés o placer en hacer cosas y mantener una actividad rutinaria, ya que se sienten sin ganas, sin fuerzas y decaídas, por último, un 45% de la muestra reconoce sentirse muy solo.

En mi opinión, tiene lógica por varios motivos, en un periodo más inicial de la vida nuestra gestión emocional es más inmadura e inestable por sí misma, salvo contadas excepciones y en el mundo en el que vivimos, una persona de 25 años aún no ha tenido tiempo de experimentar situaciones adversas a las que afrontar con fuerza mental.

Esto nos viene grande a todos, pero cuanto menos hayas vivido, menos tiempo has tenido para desarrollar mecanismos de ‘supervivencia psicológica‘.

Como por ejemplo, la resiliencia (adaptación y fortaleza mental), esto es un rasgo de personalidad estable pero también se aprende y se adquiere a través de las experiencias vitales, una persona más madura consigue unos niveles de gestión de las emociones más estables y adaptativos, en definitiva, se toman los problemas y los cambios con más calma.

Una de las pocas transformaciones que se producen en nuestra personalidad, con el paso de los años, es la de suavizar todos los rasgos que definen nuestra forma de ser y la de relativizar tanto lo bueno como lo malo que nos pase. De ahí que el núcleo de la muestra más maduro afronte el impacto de una forma más sosegada.

El estudio será longitudinal y continuará evaluando en las siguientes fases el impacto a largo plazo y la diferencia de género, así como los factores de protección y riesgo que han influido en los diferentes afrontamientos de este periodo aún sin fecha de caducidad. Iremos valorando resultados y consecuencias de esta crisis nueva a todos los niveles.

El alcohol no es un buen aliado para la ansiedad durante el confinamiento

Sí, aclaro que el alcohol no es nunca un buen aliado. Lo contextualizamos ahora en el estado de alarma por coronavirus tras los inquietantes resultados de los estudios y estadísticas de ventas que relacionan directamente el aumento notorio de consumo de tabaco y alcohol durante el confinamiento.

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Tras el acopio inicial de papel higiénico y productos de limpieza, pasamos por agotar la harina y la levadura en los supermercados (con su correspondiente efecto terapeútico), y ahora el elemento diferencial en la cesta de la compra de los últimos días lo ha marcado la cerveza (con un incremento de casi el 80% con respecto al mismo mes del pasado año), así como también el vino (superando el 62%) y demás bebidas alcohólicas (con un aumento del 36%).

Parece que las prioridades van cambiando y hemos pasado de la preocupación por los productos básicos a la ingesta del ‘capricho’.

Esto ocurre por varias razones:

Después de más de 30 días ya nos hemos cerciorado de que la alimentación y productos de necesidad siguen disponibles en nuestra tienda habitual, el terror inicial ya ha pasado, ya no hay miedo al desabastecimiento.

Nos dejamos llevar por el sistema de recompensas que nos demanda el cerebro en situaciones complicadas para así equilibrarnos y producir mayores niveles de endorfinas y sentirnos felices a ‘corto plazo’.

En segundo lugar, la propia  ansiedad, la preocupación, la incertidumbre o el aburrimiento suelen ir de la mano con un aumento en la probabilidad de fumar y beber más. Una vía de escape para el estrés.

Por último, no solemos comprar tanto alcohol para casa porque la consumición habitual de bebidas alcohólicas se realiza en un entorno social, bares, cenas con amigos, restaurantes, pubs o discotecas. Realmente ‘compensamos’ ese consumo ahora en casa, a veces con compañía en videollamada de por medio.

Las autoridades sanitarias han tenido que intervenir y recordar los peligros de refugiarnos en el alcohol y el tabaco como remedio para combatir la soledad o el estrés. Sanidad advierte que el tabaco empeora el curso de las enfermedades respiratorias como la enfermedad del Covid-19.

La euforia y bienestar que produce el alcohol será momentánea. Las grandes oleadas de dopamina le ‘enseñan’ al cerebro a buscar alcohol y a dejar de lado otras actividades y fines más sanos.

Después produce un ‘efecto rebote’ que hará que te sientas aún peor que antes de haber bebido, alterará más tus rutinas y profundidad del sueño y asumes un gran riesgo de generar en tu organismo una adicción permanente.

Por último, no olvides que el consumo de alcohol origina una fuerte e inevitable tolerancia. Alguien que abusa del consumo del alcohol termina sintiéndose sin motivación, desanimada o deprimida y no puede disfrutar de las cosas que antes le causaban placer.

Llegado ese momento, la persona necesita continuar consumiendo más cantidad para sentir apenas un nivel normal de recompensa, lo que solo empeora el problema y crea un círculo vicioso.

Esto no es ninguna broma… ¡Cuídate!

Coronavirus y harina: La repostería también tiene efectos terapéuticos

Tras el desabastecimiento del papel higiénico y de productos de limpieza (‘linkea‘ para acceder al análisis psicológico de estos comportamientos) hemos pasado a la misión imposible de encontrar harina y levadura en el supermercado.

Las reacciones ante el coronavirus son insospechadas pero todo (o casi) tiene su porqué.

Para una muestra solo hay que dar una vuelta por redes sociales. Nuestros amigos y familiares no paran de subir a sus perfiles bizcochos recién horneados, pan artesanal, tartas, magdalenas y galletas caseras…

De repente vivimos en el boom de la repostería por coronavirus.

Las estadísticas nos dan el dato: El consumo de harina se ha disparado hasta un 196% con respecto a semanas anteriores. ¿Qué nos lleva a realizar frenéticamente esta actividad durante el confinamiento?

La razón más obvia es que se trata de una actividad útil pero ociosa que ocupa nuestro tiempo y que podemos compartir en familia, puede ser entretenida y muy divertida para los más peques de la casa.

Consumir dulce (con moderación) es beneficioso para nuestra salud mental.

La repostería es una tarea relativamente sencilla, estructurada y demandante de toda tu atención.

La cocina, y la repostería en concreto, nos hace no pensar en nada más, nos focaliza plenamente en una actividad, por lo que incluso se suele recomendar practicar esta actividad como terapia psicológica para tratar ciertas enfermedades mentales.

En estos tiempos de estrés, ansiedad e incertidumbre, nuestro sistema de recompensa se dispara. Nuestro cerebro nos pide ‘caprichos’ para equilibrar la balanza de emociones y experiencias dispares.

Nos apetece comer dulces y saltarnos la dieta porque esto nos ayuda a sentirnos mejor, nos damos un premio y calmamos la ansiedad a corto plazo.

John Whaite, ganador en 2012 del reality show The Great British Bake Off y diagnosticado de trastorno bipolar desde 2005, contaba a la BBC que, aunque obviamente cocinar no cura su trastorno pero sí que le ayuda a sobrellevarlo.

“Cuando estoy en la cocina, midiendo la cantidad de azúcar, harina o mantequilla que necesito para una receta o cascando la cantidad exacta de huevos, siento que tengo el control. Esto es muy importante, porque una de las claves de mi trastorno es el sentimiento de que no tienes control”.

Así que… ¡Seguid con la repostería! Las actividades creativas nos ayudan a relajarnos, afectan positivamente a nuestras emociones y nos proporcionan una sensación de control y crecimiento personal.

Eso sí, no olvides combinar el consumo de dulce con actividad motora intensa. Practica ejercicio en casa. Ambas actividades forman la combinación perfecta para pasar lo mejor que podemos esta extravagante etapa que nos ha tocado vivir.

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*Referencia: María Arranz para Freedamedia.es

#Coronavirus: Sí, tenemos más pesadillas durante el confinamiento (y tiene explicación)

Yo misma lo he padecido y pensé que era cosa mía, hasta que amigos, familiares y algunos de vuestros mensajes me comentaban lo mismo: “Durante la cuarentena y desde hace unos días duermo mal y tengo pesadillas o sueños muy raros y absurdos cada noche”.

Sueñas con tu ex, con que te ves envuelto en una persecución policial, con nuestros antepasados, con actores de cine, con que la humanidad se extingue por el coronavirus y eres el único superviviente, con espíritus malignos o que te caes al vacío… No eres un bicho raro, tiene explicación.

Otra de las consecuencias psicológicas del Covid-19 son las alteraciones del sueño.

El por qué soñamos ha sido siempre un misterio para la ciencia, hay varias hipótesis aceptadas por la comunidad pero no queda del todo claro cuál es realmente la función de las ensoñaciones.

Puede que sea una resolución de traumas, o a veces una simple ‘limpieza’ de la información almacenada, que expresen nuestros deseos más profundos, pero también nuestras inquietudes.

En este último caso, el cerebro respondería a un potencial peligro percibido, sería como un simulacro de incendio mientras dormimos para mantenernos siempre alerta.

Cuanto más preocupados estamos, cuando más estresados y más ansiedad sentimos, más nos cuesta relajar el organismo y será muy difícil llegar a un estado profundo del sueño, a la fase donde no hay prácticamente actividad cerebral, no hay sueños.

Realmente nos perturba vivir esas pesadillas toda la noche, la parte cerebral que es consciente de la realidad se desactiva durante el sueño, por tanto no nos extraña lo que vemos en esas pesadillas y nos lo creemos todo.

Nuestro cuerpo entonces reacciona como si estuviéramos despiertos, se mueve, se agita, aumentan las palpitaciones, la sudoración, lo que lleva a consolidar esas experiencias y además de que nos descansamos, provoca unas emociones aún más negativas que retroalimentan nuestro mal estado y ansiedad.

Un estado de ánimo alterado predispone a tener más sueños y, sobre todo, sueños con una carga emocional mayor. Entre ellas, las pesadillas.

Los estímulos que estamos recibiendo ahora son muy distintos a los de nuestra vida habitual. Nos pasamos el día viendo noticias desoladoras, muertes, ERTES, soledad, no podemos tener la misma actividad motora, no podemos viajar, practicar deportes, se han roto muchos de nuestros planes, tenemos miedo e incertidumbre por el presente y por nuestro futuro…

Nuestro cerebro entonces elabora un buen ‘cocktail’, coge todo eso, todo lo que vivimos durante el día y lo refleja igual durante la noche en forma de imágenes o recursos ‘metafóricos’ que siguen esa línea de angustia y desconcierto.

¿Cómo no vamos a tener pesadillas? Esa es la pregunta adecuada.

Igualmente que comentábamos con la ansiedad, todo tiene su contexto, y durante este estado de alarma, las alteraciones del sueño están ‘justificadas’. Acude a un especialista si: tras esta situación no consigues volver a tu estado de sueño habitual, si desarrollas temor al hecho de irte a dormir y/o si te causan problemas de conducta y funcionalidad importantes durante el día.

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¿Por qué nos da por limpiar en casa durante el confinamiento?

Las reacciones colaterales a esto de la cuarentena durante la amenaza del coronavirus son variopintas. Además de las curiosidades que ya analizamos sobre el acopio de papel higiénico, nuestras casas están totalmente relucientes, como los chorros del oro.

¿Por qué actuamos de esta manera?

Nuestros hábitos y conductas se han visto alterados de forma repentina, esto no es fácil de gestionar. En algunos hogares se ha quedado solo una persona, en otros una pareja, pero hay viviendas que se han transformado en el refugio obligado de familias numerosas, en ocasiones, en espacios reducidos.

Y aunque la casa o el piso sean grandes… ¡qué pequeña nos parece de repente!

Para que la convivencia sea buena los espacios tienen que estar ventilados, limpios y ordenados. Nuestro cerebro necesita una armonía visual para equilibrar el caos interno de emociones y sentimientos estresantes. Por esto, organizamos nuestro hogar constantemente, mucho más de lo habitual.

La incertidumbre, la confusión ante la información contradictoria, la preocupación por la salud, por el trabajo, por la economía, generan un estado alto de ansiedad e indefensión.

Ante esta situación, de nuevo nuestro cerebro se pone en marcha, y quiere ocupar la mente, te genera la necesidad de seguir llevando una rutina, sea cual sea.

Precisamos sentirnos útiles, aprovechar el tiempo, así que no nos queda otra que reparar aquello que siempre está pendiente en casa, cocinar con dedicación y sin prisa esa receta que nunca teníamos tiempo para preparar, cambios de armario, reorganizar cajones y limpiar, limpiar mucho.

Porque además de que tenemos tiempo para ello y nos reconforta visualmente, también descargamos la inquietud por la adecuada higiene y desinfección de la casa que en este momento es tan importante y nos recomiendan. Nos da seguridad y sosiego ante esta situación agónica.

Y no nos olvidemos que, a su vez, cuando limpiamos nos activamos, movemos al cuerpo, generamos actividad motora que también nos demanda el cerebro en un intento por igualar la acción de estos días con la que hemos acostumbrado a nuestro cuerpo en la rutina habitual.

Mi querida compañera Melisa Tuya me planteaba este tema recordando un antiguo artículo suyo, éste habla sobre las mamás que durante el embarazo desarrollan un  instinto de nido, como las gallinas. Preparan la llegada del bebé hasta el último detalle y sienten el impulso de dejarlo todo limpio y ordenado. Realmente es lo mismo, puro instinto animal que no lleva a salvaguardar el bienestar de la familia, sea del tipo que sea.

 

No me gusta salir de fiesta, ¿por qué nadie lo entiende? #Introversión

La introversión, ese gran desconocido y maltratado rasgo de personalidad que genera una enorme incomprensión en el mundo social. Parece que está más aceptado ser extrovertido que introvertido, que lo primero tiene una imagen asociada más positiva, más optimista, más líder, exitosa, carismática… Y que la segunda ha adquirido injustamente un significado negativo, inferior a la primera en todos los sentidos. Nada más lejos de la realidad.

Disfrutas de la soledad, eres reflexivo, independiente, te agrada la tranquilidad, en lugar de grandes fiestas prefieres encuentros más íntimos y cenas entre amigos, no te gustan las conversaciones banales… Sí, probablemente seas introvertido. Quizás también es probable que durante toda tu vida hayas deseado ser más extrovertido/a o que incluso tus padres intentaran que lo fueses, también tu pareja o amigos en la etapa adulta, y que te hayan tachado de ser tímido en muchas ocasiones.

El cerebro de un introvertido funciona de manera diferente. Saber esto es fundamental para entender que ser introvertido no es una elección, un estado de ánimo, una característica que se pueda revertir. La persona que puntúa alto en el rasgo de introversión puede adaptarse con la edad y las circunstancias y moverse por la nube de puntuaciones de este rasgo pero jamás podrá ser extrovertido y viceversa (salvando hechos traumáticos o trastornos físicos o mentales de gravedad).

Nuestra anatomía cerebral y ese universo neuronal tan complejo y único de los seres humanos y mamíferos más evolucionados, también determina cómo somos y por qué somos como somos. Una de las diferencias del cerebro introvertido es una menor necesidad a la hora de buscar experiencias estimulantes. Este perfil de personalidad no ‘necesita’ socializar continuamente para sentir felicidad. La ‘culpable de ello es la dopamina.

Los introvertidos son mucho más sensibles a la dopamina y la acetilcolina que los extrovertidos. Les basta un nivel muy bajo para sentirse bien, para percibir motivación. Por el contrario, si hay un exceso de estimulación externa, lo que sentirá la persona introvertida es estrés y ansiedad.

Tal y como ya conocemos, nuestro sistema nervioso se divide en dos: sistema nervioso simpático, que se encarga de respuestas relacionadas con la acción gracias a la adrenalina, y el sistema nervioso parasimpático, que regula las funciones más relajadas (sueño, digestión, etc).

Todos hacemos uso de ambos en nuestra rutina diaria, pero la personalidad dominada por la introversión tiene una tendencia mayor activar el sistema parasimpático, regulado por el neurotransmisor de la relajación (acetilcolina). Por ello, se encuentran mejor en reposo, su bienestar depende de ‘actividades inactivas’ (cine, lectura, pintura, música relajante, museos, naturaleza…)

El cerebro de un introvertido tendrá un procesamiento del entorno con un ritmo más cauto, por un lado serán lentos en tomar decisiones y caigan en un laberinto de ideas y pensamientos excesivos que le impidan ser ágiles mentalmente, pero también tomarán determinaciones más meditadas, por lo que serán más certeros, firmes y se arrepentirán menos de sus actuaciones. ¿A qué se debe esto?

La doctora Inna Fishman, del Instituto Salk para Ciencias Biológicas de California, realizó un interesante estudio que demostró a través de resonancias magnéticas algo revelador: el proceso de pensamiento de la personalidad introvertida sigue un camino más largo que el de las extrovertidas. Es el siguiente.

  • Área frontal derecha de la ínsula, relacionada con la empatía, la autorreflexión y el significado emocional.

  • El área de Broca, encargada de regular el diálogo interno.

  • Lóbulos frontales derecho e izquierdo, responsables de planificar, evaluar ideas, expectativas, etc.

  • El hipocampo izquierdo, una estructura que media en nuestros recuerdos emocionales.

Las personas introvertidas no son, necesariamente, más inteligentes que los extrovertidos, al menos en lo que a cociente intelectual se refiere. Sin embargo, las investigaciones indican que son capaces de procesar una mayor cantidad de información, siempre y cuando estén en un entorno tranquilo, de lo contrario se bloquean y se produce el efecto contrario.

Y es que la actividad eléctrica en el cerebro de las personas introvertidas es mayor de la que se aprecia en los extrovertidos, lo que indica una mayor activación cortical, por tanto se ven obligados a limitar la cantidad de estímulos que provienen del medio para mantener un nivel óptimo de excitación cerebral y no colapsarse.

Se ha demostrado en cientos de investigaciones que la forma de ser está en nuestro ADN y no podemos estigmatizar al otro porque las características que le definan sean distintas, incluso opuestas, a las de uno.

La felicidad de un niño introvertido estará en que sus padres le acepten tal y como es y entiendan que no quiera tener sesenta amigos ni ir a fiestas de cumpleaños multitudinarias, y no por ello serán niños aislados, ni de adultos se convertirán en personas hurañas y desadaptadas. Ya de mayores, igual ocurre con las relaciones y vínculos que establecemos con los demás, no hay nada más bello que complementarse con tu pareja o amigos, admirar aquello que le hace único, especial y contrario a ti y que juntos encontréis el equilibrio que funcione, que os aportéis el uno al otro y que cada uno utilice sus habilidades cuando el otro no las tenga y más las necesite.

¿Y tú de quién eres? 🙂

 

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*Referencia: El cerebro de un introvertido – La mente es maravillosa.

 

 

La emoción de esperanza y sus extraordinarios efectos

La esperanza es un estado emocional secundario o social, no es una emoción primaria, por tanto no tiene una expresión facial específica y universal, se detecta y se interpreta en el lenguaje corporal según el contexto.

No por ello deja de ser fundamental para nuestra salud mental e incluso para la supervivencia de nuestra especie ya que es el motor que nos impulsa a mantener la ilusión y a conseguir lo que deseamos. Es el antídoto de la depresión.

Se trata de una emoción ambigua porque, en ocasiones, aflora cuando uno lo está pasando mal, pero confía en superarlo y salir reforzado de la situación. Se mueve entre la dimensión de la tristeza y la alegría, actúa como un puente de transición emocional de una a otra y por tanto es fundamental para superar el pesimismo y reintegrarnos después de cualquier experiencia negativa.

Los beneficiosos efectos de la esperanza han sido ampliamente estudiados por investigadores del ámbito de la salud y la educación y determinan, tomando como ejemplo los resultados de Snyder, que las personas con niveles altos de esperanza se comprometen más con conductas y hábitos saludables.

Además, cuando padecen una enfermedad, las personas con niveles altos de esperanza tienen una mejor adherencia a los tratamientos y presentan mejores estrategias de afrontamiento y ajuste a la enfermedad.

Por otra parte, la esperanza ha demostrado ser un fuerte mediador entre los efectos negativos del estrés y la satisfacción con la vida, disminuyendo los efectos negativos que el estrés tiene sobre ésta. Las personas con mayores niveles de esperanza presentan menores niveles de afecto negativo (ansiedad, tristeza, etc.); es decir, presentan un mejor ajuste psicológico general.

Finalmente, hay una amplia evidencia en diferentes poblaciones y culturas que apoya la relación positiva entre la esperanza y la felicidad, así como con el desarrollo psicológico óptimo (Alarcon, Bowling y Khazon, 2013 ; Peterson, Ruch, Beermann, Park y Seligman, 2007). Por tanto, las personas con buenos niveles de esperanza tienen una mejor salud mental.

Los efectos beneficiosos de la esperanza también se han demostrado en el ámbito educativo con estudiantes de diferentes niveles de escolarización.

Tanto los estudios de Snyder y sus colaboradores, como los de otros autores han mostrado que los estudiantes con buenos niveles de esperanza tienen mayor éxito académico, se comprometen más con sus estudios y con las tareas escolares, presentan menor tasa de abandono escolar, tienen mejores relaciones sociales con sus compañeros y presentan mayor motivación hacía el estudio y las tareas escolares (Day, Hanson, Maltby, Proctor y Wood, 2010; Flores-Lucas y Martínez-Sinovas y Choubisa, 2018).

 

 

*Fuente: TheConversation

¿Miente Ábalos? Análisis no verbal

La polémica con el ministro José Luis Ábalos, por la ‘reunión-no-reunión’ con la vicepresidenta de Venezuela en España, continúa dando de qué hablar. Parece que no llegamos a conocer del todo lo que ocurrió y ya van hasta 5 versiones diferentes sobre el encuentro.

Anoche el ministro de Transportes se enfrentó, en el programa de ‘El Objetivo’ de la Sexta, a las preguntas de Ana Pastor (por cierto, no os perdáis su rostro de incredulidad durante casi toda la entrevista).

Prácticamente al inicio ya se produce un lapsus linguae muy significativo. “Ha dado hasta cinco versiones diferentes, ¿de verdad cree que lo ha hecho bien? “No-sí”, responde un apresurado Ábalos. Parece que ya no empieza con buen pie…

Lo que está claro es que no es una situación relajada que aprovecha para dar sus sinceras explicaciones. Está tenso y con importante estrés, sus gestos automanipuladores son los protagonistas, se entrelaza los dedos de la mano con más y menos presión durante toda la entrevista y se ajusta la chaqueta en numerosas ocasiones.

Son gestos sin significado en sí mismos, sin función concreta más que la de descargar tensión, nuestro cuerpo las realiza de forma involuntaria como ‘muletillas’ del nerviosismo experimentado internamente.

Otro gesto que repite frecuentemente es el de encogerse de hombros, ¿cuándo lo hacemos? cuando dudamos; este movimiento es un emblema que tenemos muy interiorizado del ‘no lo sé’, ‘no estoy seguro’, duda, falta de convicción en lo que uno dice o falta de memoria.

También es destacable el titubeo cuando relata el momento de la visita, va a la pista, sube al avión, está solo… Fijaos cómo desciende de forma notable la velocidad del habla, ralentiza el ritmo. Esto es producto de lo que se conoce con ‘carga cognitiva‘, su cerebro está tan focalizado en controlar lo que va a decir que consume todos los recursos descuidando o siendo incapaz de mantener un ritmo normal del habla.

Ábalos intenta por todos los medios parecer despreocupado y tibio ante la importancia de la situación, véase su rostro en el momento de pronunciar que el encuentro “dura unos 20 o 25 minutos”, pliega los músculos de la cara y entrecierra los ojos, es una emoción social de indiferencia para conseguir neutralidad y credibilidad.

Refuerza también lo anterior con sonrisas y carcajadas breves pero intensas, en cualquier caso desmedidas y fuera de contexto, de esta manera quiere proyectar igualmente indolencia y despreocupación, pero no son coherentes ni al momento ni al resto de su comunicación no verbal.

No os perdáis el vídeo y espero vuestros comentarios!! Y os hago pregunta para nota: ¿Echáis en falta alguna emoción? ¿Qué emoción cabe esperar en el rostro de alguien acusado injustamente de algo no cometido?

 

La risa de Joker, ¿enfermedad real o solo ficción?

La verdad es que el análisis de esta obra maestra en la que se ha convertido la película de ‘Joker‘ da para mucho. Desde el punto de vista psicológico, ya analizamos la relación entre el actor Joaquin Phoenix con el personaje de Joker y cómo el lenguaje corporal y muchos de los rasgos de la personalidad del actor sirvieron como un magistral hilo conductor durante todo la interpretación.

Arthur Fleck (Joker es su nombre ‘artístico’) padece algún tipo de enfermedad mental que no se especifica durante la historia cinematográfica. La sintomatología que representa consiste en una risa impulsiva y explosiva en los momentos más inoportunos, presumiblemente aparece con mayor frecuencia cuando se encuentra en situaciones de tensión.

La carcajada no es producto de la emoción de alegría, se puede apreciar la tristeza y el sufrimiento en el rostro del actor que padece cada vez que sobreviene la incontrolable risa.

Tal y como se representa el cuadro médico en el personaje sí que se puede corresponder con una serie de condiciones clínicas reales, por ejemplo con una crisis de epilepsia gelástica, ya que el síntoma principal es una risa hueca o vacía e involuntaria que se incrementa con el estrés; normalmente está provocada por un tumor en el hipotálamo, lóbulo frontal o temporal.

Además, estos pacientes también sienten confusión entre el placer y el dolor y presentan problemas en el aprendizaje, la memoria y trastornos del comportamiento, sobre todo en etapas adolescentes. A priori pudiera parecer una afectación emocional o con las características del trastorno del espectro autista, por lo tanto, esto último puede retrasar el diagnóstico certero. El único tratamiento posible sería el control de las convulsiones focales mediante medicación específica, y de una manera más definitiva, aunque arriesgada, la cirugía.

La realidad siempre supera o, al menos, iguala a la ficción 🙂