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No soporto saber de la guerra Rusia-Ucrania… ¿Eso está mal?

Hace unos días, veía por redes sociales cómo algunos usuarios exigían a personajes conocidos que se posicionaran y subieran a sus redes algún post sobre el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, es más, les recriminaban que siguieran con sus vidas como si nada mientras saltaban las noticias del ataque ruso.

Fotografía CCO

Como si ellos no lo hicieran también. Todos nosotros miramos a nuestro alrededor y nos encontramos un día soleado, con el tráfico habitual, seguimos con nuestra rutina (trabajo, casa, compras, niños) y en estos momentos pensamos: «Bendita normalidad«.

Lo extraño del contraste. Una guerra lejana en distancia pero a la vez muy presente en nuestro día a día.

Porque abrimos nuestras redes sociales, leemos la prensa y vemos las noticias, y entonces en nuestra tranquila monotonía se mezcla el horror de una guerra que nada tiene que ver con la «normalidad»…

Sirenas que alertan de bombardeos, gente escondida en búnkeres, bebés que nacen en condiciones muy precarias, mujeres y niños que huyen, hombres que se quedan a luchar, muerte, miedo, sangre, destrucción…

Y esa incongruencia puede hacer que nuestro cerebro se contagie de esa experiencia, y que entonces empaticemos, lloremos, nos movilicemos y queramos ayudar, ser útiles.

Pero también puede hacer que nuestro cerebro se proteja, que toda esa información nos cause tal rechazo que no queramos ver, ni saber, ni sentir, que simplemente elijamos ‘seguir’.

Y ambas opciones están bien. Porque nada de lo que ocurre en este contexto caótico depende de nosotros, no somos responsables de lo que pasa, solo podemos entender y colaborar en la medida de nuestros posibles.

Las dos posturas son entendibles, no nos hacen ni más buenos ni más malos, o fríos, o insensibles. No sabemos nada de las guerras internas de cada uno.

Respetemos que haya gente que se implique y esté al tanto y que haya otros que necesiten distanciarse porque no soportan la ansiedad de estar en contacto continuo con esta guerra.

Porque no les hace bien y también es lícito que queramos salvaguardar nuestra salud mental y el auto-cuidado.

No colaboremos en crear ‘bandos’ y en responsabilizar y juzgar a las personas que no debemos.

Exijamos acciones en otras esferas, políticas, por ejemplo.

 

8 veces al día: el mejor gesto para ser feliz

Cuidar nuestra salud mental es urgente, a veces debemos tomar grandes decisiones para conseguir nuestra felicidad, pero también disponemos de recetas bien sencillas para inundar nuestro organismo de oxitocina de la buena cada día.

Fotografía CCO

La oxitocina es una hormona muy potente que actúa en el centro emocional del cerebro, fomenta sentimientos de alegría y reduce el estrés y la ansiedad. Por si fuera poco, cuando tenemos altos niveles de oxitocina en sangre socializamos más y vemos a los demás y al entorno con otros ojos, con una mirada más afectiva.

¿Qué podemos hacer para conseguir un buen chute de esta maravilla? Según los estudios del neuroeconomista Paul J. Zak, son necesarios 8 abrazos al día. Pero abrazos de los de verdad, durante al menos 20 segundos, bien de contacto y sentimiento.

“Hemos demostrado que dando ocho abrazos al día se es más feliz y que el mundo será un lugar mejor porque se estará provocando que otros cerebros también segreguen oxitocina”, asegura el autor.

Especialmente si has tenido un mal día, te sientes decaído, pasas por un momento difícil, o simplemente lo necesitas, abraza, abraza todo lo que puedas. Aquí os dejo más beneficios de este simple gesto:

  • Fortalece el sistema inmune: las hormonas que produce el abrazo contrarresta el riesgo de sufrir infecciones o enfermedades. Además, estimula la producción de anticuerpos que combaten virus y bacterias.
  • Según los científicos de la Universidad de Duke, el cerebro de un bebé que no recibe abrazos es aproximadamente un 20% más pequeño. La falta de contacto y muestras de afecto con un recién nacido puede ser causa de muerte neuronal o afecciones importantes.
  • Los abrazos también son analgésicos. Según algunos estudio de Stanford, el contacto disminuye el dolor hasta en un 50%.
  • Equilibra el ritmo cardíaco y reduce la presión arterial.

Comprobamos fácilmente que el contacto físico a través de un sentido abrazo no es solo un gesto agradable, sino que también necesario para nuestro bienestar psicológico, emocional y corporal.

¿Fácil, no? ¡Pues, a ponerlo en práctica desde ya! 🙂

 

Celos: ¿Una expresión de amor? ¿Es normal sentirlos? ¿Cómo actuar?

«¿Otra vez vas a quedar con él/ella?», «Eres solo mí@», «¿Quién te ha escrito? Déjame el móvil», «No puedo vivir sin ti», «No salgas de fiesta y quédate conmigo», «Te quiero tanto que no quiero compartirte con nadie», «Nadie va a quererte como yo»…

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Celos, posesión, victimismo, chantaje emocional, control, coacción… Palabras fuertes que se esconden detrás de esas frases, lamentablemente, muy cotidianas y aparentemente inofensivas entre las parejas.

Los celos no son una emoción única, sino que este sentimiento nace de la suma de varias emociones, como por ejemplo: el miedo, la ira, la vergüenza o la tristeza. Surgen ante la sospecha real o imaginada de una amenaza a una relación considerada valiosa.

Los celos no son una expresión de amor, nacen de la inseguridad, de la ansiedad, de un bajo auto-concepto, de posibles traumas pasados, o de la desconfianza.

Estos son estados contrarios al amor sano y no dependiente, que además nos conducen hacia conductas agresivas o poco asertivas con nuestra pareja (es uno de los factores más influyentes en las separaciones y en la violencia de las relaciones románticas).

Ahora bien, ¿es normal sentir celos? Sí, es totalmente natural reaccionar con recelo ante una amenaza para la continuidad de nuestra relación, el problema es cómo gestionamos esa emoción. La intensidad, la frecuencia y el modo de actuar ante ese estado de celos.

Rebuscar en la ropa a diario, registrar su móvil y mail, prohibirle salir o relacionarse con ciertas personas, sentirse humillado, ansioso, estresado, obsesionado, en definitiva, sufrir continuamente.

Son conductas absurdas que no llevan a evitar nada, sea real o no la infidelidad del otro. No debemos preocuparnos, tenemos que ocuparnos, hacer caso a lo que sentimos y buscar la mejor solución para todos.

Solo hay dos opciones para afrontar los celos de una forma adaptativa y saludable: analiza tus sentimientos y exprésaselos a tu pareja. Cuéntale lo que te ocurre, qué te hace daño, por qué te sientes así y cómo podéis arreglarlo.

Quizás pase demasiado tiempo con alguien que nos genera desconfianza y sus explicaciones sean suficientes para volver a confiar, quizás no sea consciente de tu sufrimiento y te de de nuevo a ti más tiempo y protagonismo, quizás vuestra relación no tenga pilares firmes sobre los que puedas sentir seguridad, quizás lo ves cambiado pero no es por lo que piensas y hay otros motivos…

Muchas situaciones tendrán fácil solución a través de una conversación asertiva y empática.

Otros casos más complejos pueden ser susceptibles de terapia de pareja, una figura mediadora siempre puede venir bien para reconducir la relación o para detectar los problemas reales tras este sentimiento.

Si aún con todo sigues sufriendo, no ves su compromiso, no puedes confiar en el otro, crees firmemente en su infidelidad, en que no te aporta lo que necesitas, no te sientes querido/a, respetado/a, etc, lo mejor es alejarte, tomándote un tiempo o valorando romper con esa relación.

Estas son las únicas dos salidas para tu bienestar y para afrontar de forma no tóxica los celos en una relación romántica o de amistad.

Más sobre los celos:

¿Dónde has estado? Cómo leer los celos en el lenguaje corporal

La comunicación no verbal de la infidelidad: ‘La Isla de las Tentaciones’ (Tom y Melyssa)

El secreto no verbal de las flechas de Cupido

Cómo reconocer a una persona tóxica: 7 señales infalibles

¿Hablas solo? ¡No estás loco, eres un genio!

Puedes pensar que es una locura hablarte a ti mismo en voz alta. ¡Estás equivocado! Existen multitud de investigaciones que avalan los beneficios de este comportamiento: fortalece muchas habilidades, incluida la inteligencia o la creatividad.

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No es nada nuevo, ya había grandes personajes de la antigüedad clásica, como el gran orador Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.), que ya apuntaban que una buena forma de preparar un discurso o escribir un libro es hablar solo, especialmente cuando uno se queda en blanco.

Piensa un momento… La realidad es que constantemente hablamos con nosotros mismos a través de nuestro pensamiento. Con nuestra voz, pero sin volumen.

Ahora no parece tan descabellado, ¿verdad? ¿Por qué iba a serlo?

Lo que hacemos simplemente es elevar el tono de nuestras conversaciones internas y de esta manera los mensajes se transforman en ideas más claras, coherentes y toman una fuerza mayor a través de las palabras sonoras, asumen más significado y estos mensajes nos influyen más que si las dejamos solo en una voz interior.

Es importante aclarar que hablar solos nada tiene que ver con la soledad, no nos hablamos a nosotros mismos por no tener compañía, son acciones independientes a nivel cognitivo.

Los soliloquios, de hecho, generan otra clase de activación cerebral; si hablas con otra persona tienes la intención de comunicar un mensaje, si hablas solo se activan áreas funcionales relacionadas con la concentración, la memoria, la organización de ideas, resolución de conflictos o el equilibrio emocional.

Por todo ello, hablar en alto, aunque sea en soledad, puede ser una muy buena opción cuando queremos retener información importante o aprender un nuevo idioma. Los estudios al respecto lo avalan: cuando se verbaliza cualquier dato será más efectivo el recuerdo posterior que cuando solo se lee para uno mismo.

Otro detalle muy interesante es el de darnos ánimos o fuerzas a nosotros mismos cuando estamos en una situación difícil. Tenemos dos opciones: hacerlo en primera persona (¡vamos! ¡yo puedo!) o en segunda persona (¡vamos! ¡que tú puedes!). Pues bien la investigación también tiene algo que decir al respecto:

Resulta que si optamos por hablarnos en segunda persona del singular obtendremos efectos más positivos en el desempeño y rendimiento de cualquier tarea en la que nos encontremos. Nos moviliza, nos motiva a la acción con mayor optimismo. Autoestimular nuestro ánimo en segunda persona incrementa nuestra confianza y nos aportará seguridad.

Hablarnos en voz alta también nos tranquiliza en momentos de alta ansiedad y estrés, podemos tomarnos unos segundos con nosotros mismos frente al espejo y decirnos que «todo va a salir bien», «venga, que no es para tanto», «no pasa nada, eres fuerte». Breves notas en altavoz que resuenan como un buen consejo que asumimos sin cuestionarnos.

Después de todo, va a resultar que hablar solos no es algo de locos, sino de genios! 🙂

 

 

El síndrome FOMO afecta ya a 2/3 de los usuarios de redes sociales

¿Y qué es esto del síndrome FOMO? Corresponde con las siglas inglesas de Fear Of Missing Out, el miedo a perderse algo. En psicología ya es un trastorno reconocido tras el avance tecnológico y la continua conexión en red.

Fotografía con licencia Creative Commons

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Este fenómeno afecta ya a 2/3 de los usuarios de redes sociales y puede describirse como sentimiento constante de que el resto del mundo está disfrutando de experiencias interesantes y emocionantes y que ellas se lo están perdiendo.

En redes sociales se exponen momentos divertidos, viajes, conciertos, fiestas, eventos culturales, parejas, hijos o mascotas ideales… Todo ello proyecta la percepción de que tú en tu casa, aburrido, estudiando, en un mal momento, estresado, trabajando (es decir, en cualquier día normal, rutinario, y que nadie sube a su perfil) tienes una vida peor que los demás.

En las redes sociales mostramos cómo queremos ser o cómo queremos que nos vean nuestros contactos, pero no cómo somos o qué hacemos en realidad normalmente, así solo se visualizan vidas exentas de problemas. Esta ventana irreal es peligrosa, pudiendo afectar a la identidad social de las personas, sobre todo de menores de edad y de los más jóvenes

Los estudios correlacionan FOMO positivamente con circunstancias sociales como un bajo nivel de satisfacción social, lo que causa sentimientos de inferioridad y que puede llegar a provocar problemas en la salud mental de los adolescentes (y los que ya no lo son tanto), derivando en cuadros depresivos o ansiedad, que además, paradójicamente, resuelven estando al día de todo, conectándose más y mirando lo que los demás hacen, retroalimentando así el ciclo.

Siempre idealizan las situaciones que viven los demás por encima de las suyas, porque lo más curioso es que aunque en algún momento hagan lo que creían que se estaban perdiendo, o similares, tampoco les parece para tanto.

Los expertos advierten que este síndrome es consecuencia de un tipo de distorsión cognitiva que lleva a pensamientos irracionales y, para las personas con propensión a este tipo de pensamiento, las redes sociales pueden llegar a ser muy perjudiciales. Aun así, desenchufarse completamente de las redes no resuelve nada, ya que sería solo una forma de evitación.

La psicoterapia es fundamental en estos casos para reconducir y analizar el origen del pensamiento negativo, trabajar la autoestima, el miedo a la exclusión y gestionar mejor las emociones o la frustración ante las influencias externas.

Y recordemos que, siendo más realistas: “La diversión debe ser el postre de nuestra vida, pero nunca puede convertirse en el plato principal”.

-Harold Kushner-

La pandemia agrava los casos de ‘Hikikomori’

El síndrome de Hikikomori se refiere al fenómeno social, más típico del continente asiático, en el que las personas (sobre todo adolescentes) deciden por voluntad propia recluirse y apartarse de la sociedad, consiguiendo grados extremos de confinamiento y aislamiento.

Licencia Creative Commons

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Ahora, este concepto se extiende por Europa y EE.UU. Tras la pandemia se hace un hueco también en nuestro país, donde se le conoce popularmente como «Síndrome de la Puerta Cerrada«.

Se establecía como perfil hikikomori a un varón, adicto a los videojuegos, manga y anime, sin oficio ni beneficio; pero los psicólogos advierten de que la realidad es cada vez más compleja y este síndrome afecta a una parte más amplia de la población, incluyendo mujeres, mayores de edad, e incluso ancianos.

Entre las causas, que más se relacionan con este diagnóstico, podemos encontrar severos cuadros de depresión y ansiedad, alto estrés, baja autoestima, casos de bullying, fobias sociales… Todo ello se agrava con la pérdida de habilidades sociales, supliendo estas carencias con televisión, video-juegos y/o redes sociales, conformándose con esa ventana ‘segura’ al exterior.

El aislamiento se convierte en la clave para evitar el dolor, el fracaso, la presión social, la asunción de responsabilidades y decisiones, la exposición social, en definitiva. Rompen con el exterior creando su propio mundo y sustituyéndolo, a menudo, por uno virtual, irreal pero mucho más ‘fácil’ para ellos.

El confinamiento forzado por la covid 19, y la reducción del contacto social en la que derivó, asentó las bases para muchos jóvenes y no tan jóvenes que ya padecían esta tendencia, la pandemia les hizo ‘probar’ y sentirse a gusto en este contexto, refugiados en esta forma de vida, meses después no pueden salir, no quieren, y la psicoterapia es la única solución.

 

 

*Fuente: Hikikomoris forzados por la pandemia: el Síndrome de la Puerta Cerrada – The conversation

 

El éxito del fenómeno influencer explicado por la psicología

Es indudable que las influencers triunfan ya entre diferentes generaciones y sus opiniones, recomendaciones y estilo, marcan tendencias, publicidad y ventas. ¿Pero qué tienen que engancha tanto? ¿Por qué consiguen influir en millones de seguidores?

Tanto la psicología como la comunicación no verbal tienen mucho que decir al respecto.

Tradicionalmente los líderes de opinión solían pertenecer a las clases altas de la sociedad, por su estilo de vida aspiracional y porque obviamente tenían un mayor acceso a la formación y educación más especializada, por tanto, su preparación, relaciones y conocimientos les dotaban de mayor credibilidad.

Hoy esta tendencia ha cambiado, en buena parte gracias al desarrollo de las tecnologías y la conexión que han logrado las redes sociales. El boca a boca es la nueva modalidad del marketing más eficaz.

Los estudios demuestran que ahora percibimos la publicidad convencional como una amenaza, sin embargo, si un influencer se dedica a establecer vínculos y cultivar relaciones de apego con su comunidad, esa persona nos empieza a resulta familiar, ya tomamos su ‘sugerencia’ como si fuera la de un amigo, alguien conocido, de nuestra total confianza.

Y no solo es fundamental lo que nos cuentan, también importa el cómo lo hacen.

Con un lenguaje muy cercano y coloquial, los influencers conectan contigo a través de un directo, de un vídeo, cara a cara, porque nos tienen que mostrar sus emociones, observamos rostros de placer al oler una determinada crema, o felicidad y diversión en un viaje o en tal hotel… Y además lo combinan sutilmente con días malos, también nos enseñan su tristeza, su ansiedad, su agobio o indignación con los haters, esto nos hace ponernos en su lugar, querer ayudarles, nos conectan aún más a ellos.

Casi podemos sentirlo, nos contagian emociones a través de su conducta no verbal y esa es la mejor forma de influir y convencer, pura empatía positiva. Nuestro cerebro se engancha a esa visión y querrá repetir cada día, sin perderse nada.

Porque no podemos olvidar el fenómeno del ‘deseo de pertenencia‘ para cerrar el círculo. El influencer se apoya en las aspiraciones de pertenencia de su audiencia a ese universo ‘mejor’, bello, atractivo, lujoso,  cuando recomiendan una peluquería, un perfume o un determinado restaurante. Su comunidad experimenta la necesidad de imitar en algún sentido ese estilo de vida para sentirse más cerca de ese mundo glam que proyecta.

 

 

Ya no siento ‘mariposas en el estómago’… ¿No estoy enamorado/a?

Ay las ‘mariposas en el estómago‘… Esa sensación tan increíble de nerviosismo, impaciencia, incertidumbre, ganas… todo un revoltijo literal de sensaciones internas, pero también físicas.

Pixabay License

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Sentimos ese pellizco en nuestras entrañas realmente, porque el amor no depende de nuestro corazón, como casi todo en el ser humano, el amor está en nuestro cerebro y también en nuestro estómago, nuestro cerebro secundario (perdón por el daño al romanticismo).

En la fase más inicial de una relación íntima se segrega una sustancia llamada adrenalina, responsable de que nuestro corazón lata más intensamente cuando él/ella está cerca (o recibimos un mensaje/llamada), pero también de que aumente el peristaltismo (movimientos de contracción del tubo digestivo), esas son nuestras ‘mariposas’.

Nervios, estrés y ansiedad, el trío que define el proceso de enamoramiento; y es completamente normal e incluso positivo (eustrés) porque se trata de una ‘alarma’ de nuestro organismo que nos estimula ante la intensa curiosidad, el deseo de gustar, cierto miedo, dudas, las ansias por estar con el otro, por querer que todo salga bien…

Y claro que esas mariposas desaparecen, menos mal ¡Imaginaos si no lo hicieran! Hablaríamos entonces de un amor caótico y destructivo. Cuando pasamos del enamoramiento al amor maduro hablamos de un estado completamente diferente. Cuando pasa el tiempo y nuestra relación se asienta no debemos sentir mariposas porque no debemos sentir estrés.

El amor ya nos tiene que proporcionar paz, tranquilidad, estabilidad emocional, calma, confianza, seguridad… Es decir, todas las sensaciones opuestas a las que experimentábamos al principio con esa persona entonces desconocida.

El enamoramiento no puede ser eterno, el amor sí.

Prueba estas 5 formas de practicar atención plena con tus hijos

Esta palabreja de mindfulness no es otra cosa que la referencia moderna de las técnicas de relajación, concentración y meditación de toda la vida. Se traduce como atención plena y puede convertirse en una magnífica herramienta para trabajar con nuestros hijos la conciencia del momento presente, emociones y sentimientos, relajación física, aliviar el estrés, la ansiedad, el mal humor o la frustración.

Fotografía Pixabay License. Gratis para usos comerciales

Fotografía Pixabay License. Gratis para usos comerciales

En definitiva, se trata de bajar pulsaciones y empezar o terminar el día de una manera positiva. Pero no se trata de traer un maestro externo de mindfulness como si se tratara del profesor de inglés o de piano a domicilio, el modelado es clave, el verdadero beneficio comienza con practicarlo en familia, empezando por los padres.

Aquí algunas ideas para poner en práctica la meditación con tus hijos:

  1. Respiración consciente: Esta es una de las prácticas de atención plena más habitual, se trata de elegir una sensación relacionada con esta acción, como la entrada de aire en las fosas nasales o la subida y bajada del pecho, y poner la atención ahí. Podéis probarlo durante 30 segundos o cinco minutos. Cuando el niño se distraiga, simplemente vuelva a dirigir su atención a la sensación de respirar. Con los más pequeños se recomienda practicarlo con su peluche o juguete de apego favorito, se coloca en su pecho o barriga para que sienta el movimiento de la respiración al mover el juguete hacia arriba y hacia abajo con su respiración. Es un ritual maravilloso para la hora de dormir.
  2. El paseo de la gratitud: Cuando salimos a jugar por las tardes al parque, y están a tope de energía y entusiasmo, no podemos pretender llegar a casa, que se pongan el pijama, cenen y se duerman. Hay que ir ‘preparando’ el momento del sueño de forma paulatina tras una tarde de excitación. Un buen truco es que de vuelta a casa hagamos un ejercicio de relajación positiva: con la mirada en el suelo vamos dando pasos lentos y cada diez pisadas paramos unos segundos, cerramos los ojos y decimos algo por lo que estemos agradecidos (por comer macarrones hoy, porque me hayas recogido de la escuela, porque papá cada noche me lea un cuento…)
  3. La sacudida: Efectivo para liberar tensiones y estados nerviosos. Alternamos un minuto de movimiento por tres minutos de quietud. Entonces, primero sacudimos el cuerpo al ritmo de un «pppprrrrrrrr» bien sonoro, movemos brazos y piernas, paramos, después reflexionamos sobre alguna sensación concreta de ese momento (siente tus pies bien anclados y posados sobre el suelo, respira profundo y escucha el sonido, nos damos las manos y fijamos nuestra atención en el tacto del otro…). Repetimos el proceso un par de veces.
  4. La atención hacia fuera: A veces estamos tan alterados que se nos hace muy difícil relajarnos con introspección y silencio, una tarea que puede irritarnos aún más, ya que lo que necesitamos no es centrarnos en lo feo que estamos sintiendo, sino que precisamos distraernos de ello y no pensar. Una buena manera es ‘jugar’ a algo parecido al ‘veo-veo’, o a que encuentre 3 objetos de color rojo en casa, es decir, concentrarse en el entorno y así reducir su sistema nervioso.
  5. Meditación guiada: Existe una amplia gama de grabaciones gratuitas que os guiarán paso a paso a través de la atención plena, diseñadas además para propósitos específicos depende de la necesidad que tengáis en es momento: calmarse, concentrarse, liberar tensiones, cambiar de humor, reconocer emociones, distraerse, mejorar sus hábitos de comida, etc.

Los estudios con niños aún son escasos pero ya se han demostrado algunos beneficios notables si se practica con regularidad: mejora en la atención, concentración y memoria, por tanto aumenta el rendimiento académico, consiguiendo una mayor capacidad de abstracción, lógica y cálculo; mejor afrontamiento de los conflictos y situaciones estresantes, aumento de la empatía, habilidades sociales y emocionales, escucha activa y autoconocimiento, por último, ayuda a mantener el equilibrio mental y físico, mejorando la regulación cardiovascular y neurológica.

Merece la pena intentarlo, ¿verdad? 🙂

*Fuentes:

CNN-Health

Canal Mapfre Salud

*También estaré el próximo lunes 20 de septiembre en la Feria del Libro de Madrid:

 

 

¿Sabías que las lágrimas son analgésicas?

Hace unos años escribí un post acerca de las ‘curiosidades de las lágrimas‘, hoy ampliamos con una nueva y sorprendente funcionalidad del llanto emocional.

Fotografía de uso libre: Pixabay License

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Por supuesto, la emoción de tristeza y el consecuente sollozo tienen una función social adaptativa muy importante, es la manera que tiene nuestro cerebro de pedir ayuda, de conectar con los demás y reforzar vínculos de apego, de comunicar que no nos sentimos bien y necesitamos un apoyo extra.

Pero además, seguimos corroborando que nuestro cuerpo es sabio al conocer la función analgésica y paliativa del dolor asociada a la producción de lágrimas.

Así lo demostró William H. Frey, bioquímico en el Centro Médico St. Paul-Ramsey de Minnesota: el llanto sirve para eliminar del organismo sustancias tóxicas y liberar tensión emocional. Es un antídoto contra el estrés y la ansiedad, e incluso previene la depresión.

Es cuestión de química:

Las lágrimas emocionales que derramamos ante una situación dramática propia o ajena arrastran consigo una buena dosis de cloruro de potasio y manganeso (se relacionan con la fatiga, la irritabilidad y la depresión), endorfinas, prolactina, adenocorticotropina (ligadas al estrés y la ansiedad) y leucina-encefalina (un potente analgésico natural).

Por eso llorar sienta bien, habitualmente nos relaja, soltamos tensión, nos cura el alma.

 

*Fuentes de consulta:

  • William H. Frey, Muriel Langseth. Crying: The Mystery of Tears. Minneapolis: Winston Press
  • Psicología y mente: Para qué nos sirve llorar.