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¿El amor es ciego? #Ciencia

Amor: Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser (RAE). En mi opinión, el amor es algo mucho más sencillo (aunque menos poético): Una adicción química entre dos personas.

La ciencia lleva años confirmando, a través de diversas investigaciones, que sí, que el amor es realmente ciego y que los ‘flechazos‘, el amor a primera vista, también son reales. En tan solo un segundo nuestro cerebro ya puede vincularnos a otra persona y liberar al torrente sanguíneo sustancias que impactan a todo nuestro organismo (dopamina, serotonina, adrenalina, oxitocina…)

Este cóctel químico provocará que nuestro corazón vaya más rápido (adrenalina) al pensar o ver a la persona amada, que nos sintamos eufóricos, que toda nuestra atención se centre en ella (dopamina) y que ocupe todos nuestros pensamientos de forma obsesiva (serotonina) en la tormenta emocional que llamamos enamoramiento.

La dopamina es la responsable de que durante esta fase sólo tengamos ojos para esa persona. Su liberación en el núcleo accumbens, una estructura que forma parte del sistema de recompensa del cerebro, estrecha los lazos entre la pareja y limita el interés por otras personas.

Además reduce el sentido crítico, “desactiva” la zona del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas, tal y como apuntan los últimos estudios, literalmente somos incapaces de ver sus defectos, lo cuál confirma aquel refrán que asegura que “el amor es ciego”.

¿Por qué nuestro cerebro nos hace esto? ¿Por qué nos ciega? Se trata de un rasgo evolutivo, que contribuye a preservar la especie aumentando las posibilidades de procreación. Pura supervivencia.

Recordad que podemos sentir atracción por los demás de forma más o menos habitual sin mayores consecuencias, pero es importante tener claro que el enamoramiento tiene que ser recíproco para que nos brinde felicidad.

En las relaciones sanas se ama a quien nos ama, las relaciones equilibradas, estables, y maduras mantienen una intención recíproca, donde ambos se respetan y se preocupan por igual uno del otro. Si no es así, todo este estado hedonista de obnubilación y deleite se transformará en una amarga frustración, estrés, ansiedad, tristeza, o lo que es peor, desesperación si no somos correspondidos.

 

 

No me gusta salir de fiesta, ¿por qué nadie lo entiende? #Introversión

La introversión, ese gran desconocido y maltratado rasgo de personalidad que genera una enorme incomprensión en el mundo social. Parece que está más aceptado ser extrovertido que introvertido, que lo primero tiene una imagen asociada más positiva, más optimista, más líder, exitosa, carismática… Y que la segunda ha adquirido injustamente un significado negativo, inferior a la primera en todos los sentidos. Nada más lejos de la realidad.

Disfrutas de la soledad, eres reflexivo, independiente, te agrada la tranquilidad, en lugar de grandes fiestas prefieres encuentros más íntimos y cenas entre amigos, no te gustan las conversaciones banales… Sí, probablemente seas introvertido. Quizás también es probable que durante toda tu vida hayas deseado ser más extrovertido/a o que incluso tus padres intentaran que lo fueses, también tu pareja o amigos en la etapa adulta, y que te hayan tachado de ser tímido en muchas ocasiones.

El cerebro de un introvertido funciona de manera diferente. Saber esto es fundamental para entender que ser introvertido no es una elección, un estado de ánimo, una característica que se pueda revertir. La persona que puntúa alto en el rasgo de introversión puede adaptarse con la edad y las circunstancias y moverse por la nube de puntuaciones de este rasgo pero jamás podrá ser extrovertido y viceversa (salvando hechos traumáticos o trastornos físicos o mentales de gravedad).

Nuestra anatomía cerebral y ese universo neuronal tan complejo y único de los seres humanos y mamíferos más evolucionados, también determina cómo somos y por qué somos como somos. Una de las diferencias del cerebro introvertido es una menor necesidad a la hora de buscar experiencias estimulantes. Este perfil de personalidad no ‘necesita’ socializar continuamente para sentir felicidad. La ‘culpable de ello es la dopamina.

Los introvertidos son mucho más sensibles a la dopamina y la acetilcolina que los extrovertidos. Les basta un nivel muy bajo para sentirse bien, para percibir motivación. Por el contrario, si hay un exceso de estimulación externa, lo que sentirá la persona introvertida es estrés y ansiedad.

Tal y como ya conocemos, nuestro sistema nervioso se divide en dos: sistema nervioso simpático, que se encarga de respuestas relacionadas con la acción gracias a la adrenalina, y el sistema nervioso parasimpático, que regula las funciones más relajadas (sueño, digestión, etc).

Todos hacemos uso de ambos en nuestra rutina diaria, pero la personalidad dominada por la introversión tiene una tendencia mayor activar el sistema parasimpático, regulado por el neurotransmisor de la relajación (acetilcolina). Por ello, se encuentran mejor en reposo, su bienestar depende de ‘actividades inactivas’ (cine, lectura, pintura, música relajante, museos, naturaleza…)

El cerebro de un introvertido tendrá un procesamiento del entorno con un ritmo más cauto, por un lado serán lentos en tomar decisiones y caigan en un laberinto de ideas y pensamientos excesivos que le impidan ser ágiles mentalmente, pero también tomarán determinaciones más meditadas, por lo que serán más certeros, firmes y se arrepentirán menos de sus actuaciones. ¿A qué se debe esto?

La doctora Inna Fishman, del Instituto Salk para Ciencias Biológicas de California, realizó un interesante estudio que demostró a través de resonancias magnéticas algo revelador: el proceso de pensamiento de la personalidad introvertida sigue un camino más largo que el de las extrovertidas. Es el siguiente.

  • Área frontal derecha de la ínsula, relacionada con la empatía, la autorreflexión y el significado emocional.

  • El área de Broca, encargada de regular el diálogo interno.

  • Lóbulos frontales derecho e izquierdo, responsables de planificar, evaluar ideas, expectativas, etc.

  • El hipocampo izquierdo, una estructura que media en nuestros recuerdos emocionales.

Las personas introvertidas no son, necesariamente, más inteligentes que los extrovertidos, al menos en lo que a cociente intelectual se refiere. Sin embargo, las investigaciones indican que son capaces de procesar una mayor cantidad de información, siempre y cuando estén en un entorno tranquilo, de lo contrario se bloquean y se produce el efecto contrario.

Y es que la actividad eléctrica en el cerebro de las personas introvertidas es mayor de la que se aprecia en los extrovertidos, lo que indica una mayor activación cortical, por tanto se ven obligados a limitar la cantidad de estímulos que provienen del medio para mantener un nivel óptimo de excitación cerebral y no colapsarse.

Se ha demostrado en cientos de investigaciones que la forma de ser está en nuestro ADN y no podemos estigmatizar al otro porque las características que le definan sean distintas, incluso opuestas, a las de uno.

La felicidad de un niño introvertido estará en que sus padres le acepten tal y como es y entiendan que no quiera tener sesenta amigos ni ir a fiestas de cumpleaños multitudinarias, y no por ello serán niños aislados, ni de adultos se convertirán en personas hurañas y desadaptadas. Ya de mayores, igual ocurre con las relaciones y vínculos que establecemos con los demás, no hay nada más bello que complementarse con tu pareja o amigos, admirar aquello que le hace único, especial y contrario a ti y que juntos encontréis el equilibrio que funcione, que os aportéis el uno al otro y que cada uno utilice sus habilidades cuando el otro no las tenga y más las necesite.

¿Y tú de quién eres? 🙂

 

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*Referencia: El cerebro de un introvertido – La mente es maravillosa.

 

 

Contar hasta 10 cuando estamos enfadados… ¡Funciona!

La ira es una emoción básica, genética, primitiva, universal; es una de las sensaciones que se viven con mayor impulsividad, aparece de 0 a 100, es una de las más intensas y genera cambios importantes en nuestra fisiología, aumenta nuestro ritmo cardíaco y la presión sanguínea, nuestra adrenalina se dispara y nos posee la impaciencia, la necesidad inmediata de resolver aquello que nos frustra.

La ira es la única emoción que consigue anular nuestra razón, nos obnubila, paraliza nuestro pensamiento más humano y nos catapulta a la conducta de actuación más ‘animal’.

Diez segundos. Aproximadamente este es el tiempo que tarda la información que percibimos desde nuestra vía del cerebro más primitiva, más emocional, a una vía más racional, a la corteza cerebral, nuestra estructura más evolucionada. Ese lapso de tiempo es el que nos separa de actuar de una manera impulsiva o que nos frena para actuar de una forma más meditada, ‘pensándolo dos veces’ antes de decir o hacer algo de lo que nos podamos arrepentir.

Este camino rápido de procesamiento de la información que nos hace actuar sin pensar puede parecer una lacra, pero nada más lejos de la realidad. Esta ‘mecha corta’ es menos precisa pero muy rápida y nos ha ayudado a sobrevivir y reaccionar de forma casi automática ante fuertes amenazas y situaciones peligrosas.

Imaginaos si nuestros antepasados cavernícolas vieran a una voraz bestia acercándose hacia ellos y se pararan a meditar y decidir sobre si ese estímulo que están viendo es malo o no, hubiera desaparecido nuestra especie. En cuanto el cerebro percibe una posible amenaza nos activa un sistema de lucha o huída instintivo que nos permite reaccionar sin necesidad de reflexión.

Por tanto, contar hasta diez antes de responder a algo que consideramos una gran afrenta o amenaza es un útil consejo que en muchas ocasiones conviene seguir, en muchas ocasiones. Sin embargo, las respuestas impulsivas se han conservado porque nos ayudan a evitar males mayores.

Fijaos que hablamos de amenazas físicas que atentan contra nuestra supervivencia, la vía corta funciona, pero, ¿qué ocurre con las amenazas psicológicas? Éstas también activan rutas parecidas que desembocan en una respuesta de lucha o huída, igual que una amenaza física. Por ejemplo, la valoración de nuestro trabajo por parte de nuestro jefe, o en el ámbito familiar, la respuesta a una crítica.

Aquí sí que conviene respirar hondo y contar hasta diez. El motivo es que, el aprendizaje emocional, la forma en la que respondemos en situaciones que consideramos amenazantes, aunque sean psicológicas, depende de rutas que no pasan por la corteza cerebral, como explica Joseph Ledoux en “El cerebro emocional”.

La corteza cerebral, también denominada neocórtex, es la estructura responsable del pensamiento, el razonamiento y la consciencia. Por eso, en estos casos, antes que contestar impulsivamente (vía amígdala), es preferible contar hasta diez y dar tiempo a que el lóbulo frontal tome las riendas y elabore una respuesta más meditada.

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*Fuente de consulta: ABC Ciencia.

Del amor al odio hay solo un paso (la ciencia lo confirma) #SanValentin

No hablo de parejas que se desgastan por la rutina, relaciones en las que el amor se desvanece poco a poco hasta que el sentimiento pasional desaparece. Hablo de dos personas que se quieren con intensidad y tras un episodio más o menos grave se instaura una semilla venenosa de odio que crece sin remedio, en forma de rabia explosiva, ira, reproches, venganzas y desprecios.

Aunque no lo parezca, odio y amor no son dos estados tan opuestos, realmente lo contrario del amor sería la indiferencia.

Cuanto más profundo es el amor, más profundo será el odio cuando la relación se rompa, así lo demuestra el estudio publicado en la revista Frontiers in Psychology; y es que tanto el amor como el odio comparten algo muy importante: la intensidad emocional.

Ambos sentimientos son muy fuertes y están involucrados en el mismo procesamiento neuronal en el cerebro, conocido como el ‘efecto de excitación de la emoción‘. Esto es, las emociones más potentes y voraces comparten una misma vía de recorrido en el cerebro y por ello es sencillo ir de un extremo a otro, se procesan por el mismo circuito.

Lo vemos continuamente, del amor al odio hay sólo un paso, por lo que no es extraño que algunas de las estructuras cerebrales que se activan para el odio lo hagan también cuando las personas se enamoran románticamente. Utilizando la resonancia magnética funcional el neurocientífico Semir Zeki estudió a 17 personas elegidas por profesar odio a alguien, como a un ex-amante, a un compañero de trabajo, o incluso a un político.

Observó que estructuras como el putamen y la  ínsula se activaban en el cerebro de esas personas tanto para estímulos relacionados con el odio como para estímulos relacionados con el amor romántico, lo que podría justificar al menos en parte y biológicamente la relación entre ambos. Curiosamente, el putamen se activa también en la preparación de conductas agresivas en el contexto amoroso.

Pero no todo son coincidencias, pues también se ha observado que la corteza prefrontal asociada al juicio y razonamiento que se desactiva en el amor, no lo hace tanto cuando lo que sienten las personas es odio. Como si el odio requiriera conservar la capacidad de razonar para calcular mejor cómo proceder contra el odiado, o para mantener los pensamientos que lo alimentan y lo incrementan.
Zeki dice que, mientras en el amor romántico, el enamorado suele ser menos crítico y juzga menos al amado, es más probable que en el contexto del odio el odiador ejercite juicios y cálculos para herir, injuriar o vengarse. 
Feliz día de San Valentín enamorados y enamoradas de lo que sea o de quién sea… 🙂

Malas noticias: Tú también eres una persona tóxica

Hace unas semanas, prácticamente se viralizó un artículo que escribí sobre ‘Cómo reconocer a una persona tóxica: 7 señales infalibles‘. Tras el éxito de la publicación, recibí muchísimos comentarios en los que me contabais vuestras experiencias con gente tóxica, en relaciones de pareja, jefes, familiares cercanos…

Pero me llamó la atención que nadie se identificó a sí mismo, no recibí ningún mensaje de alguien que dijera ‘yo soy así, me veo reflejado en esa descripción de alguna manera’, ‘yo soy tóxico‘.

Yo no considero que tenga una personalidad tóxica, pero sí he sido tóxica en algunas ocasiones. He sido posesiva en situaciones de inseguridad, he priorizado mis intereses y necesidades por encima de los demás, he manipulado para conseguir mis objetivos, he sido tirana, egoísta, negativa… y ¿quién no?

En realidad, todos lo somos. Unos más, otros menos, algunos de manera más evidente, otros más sibilina, a veces de forma justificada, a veces no.

¿Por qué es relativamente sencillo reconocer la toxicidad en los demás y nos cuesta tanto reconocernos así a nosotros mismos? Dice el prestigioso psiquiatra Claudio Naranjo que «la persona que está «en pecado» nunca lo sabe, está endurecida». Que el mal de nuestra sociedad actual es poner siempre la mirada afuera en lugar de hacia nuestra interior. Que lo más difícil para un ser humano es llegar al autoconocimiento real.

Añade que «al principio de un proceso terapéutico, es muy frecuente que la persona localice la causa de sus problemas fuera de su alcance, responsabilizando a los demás o a las circunstancias de sus propias dificultades: “mi mujer no me hace feliz”, “la gente va a la suya”, “todos los hombres son iguales”… ». Tu tóxico interior te hará mucho más daño que el que cualquiera pueda causarte.

La psicóloga Clara Dini Llobet lo explica genial en el blog de Psicopedia.org:

Podemos poner conciencia en algunas cosas en favor de nuestro propio bienestar mental:

  • Rebajar la crítica hacia el exterior y poner más la mirada hacia adentro.

  • Identificar nuestra propia toxicidad hacia los demás y hacia nosotros mismos.

  • Poner atención en si estamos de alguna manera alimentando la relación dañina.

  • Aprender a conocer y reconocer a nuestro tóxico interior y qué tipo de daño nos causa.

  • Aumentar nuestra comprensión y empatía hacia los demás a partir del reconocimiento de nuestra propia toxicidad: “tú eres tóxico, pero yo también lo soy”.

  • Ver qué nos despierta la actitud de la otra persona y tomar conciencia de qué parte de nosotros se activa: ¿qué me hace sentir? ¿por qué? ¿qué me dice eso de mí mismo?

  • Ver las posibilidades de crecimiento que esta relación nos ofrece: conocernos mejor, ser más asertivos, poner límites, etc…

  • Aprender recursos para protegernos de dichas conductas.

¿Y tú, también te reconoces ya como tóxico? ¡Espero vuestros comentarios! 🙂

 

 

Los trastornos de personalidad en hombres maltratadores

Una lacra para nuestra sociedad, un comportamiento incompresible, irracional… Cómo se puede dañar física o emocionalmente a la persona que supuestamente amamos, que elegimos como compañera o compañero de vida; qué puede ocurrir en la cabeza de alguien que maltrata a su pareja…

Las primera pregunta es: ¿Todos los maltratadores padecen un trastorno?, ¿actúan motivados por una alteración en su personalidad? 

Una investigación llevada a cabo por Echauri, Fernández-Montalvo, Martínez y Azcárate, presentada en el artículo Trastornos de Personalidad en Hombres Maltratadores a la pareja: Perfil Diferencial en Agresores en Prisión y Agresores con Suspensión de Condena, nos da respuesta a la necesaria incógnita.

En el estudio mencionado, se escogió una muestra de 217 hombres, mayores de 18 años, que habían ejercido algún tipo de maltrato físico o psicológico contra su pareja, sin diagnóstico de trastorno mental grave a priori. Los participantes cumplían condena en prisión o se encontraban en suspensión de condena recibiendo tratamiento por sus comportamientos violentos.

Los resultados encontraron que, de toda la muestra de hombres maltratadores, un 79,3 % de sujetos presentaba algún trastorno de personalidad. Además, aquellos hombres diagnosticados solían presentar no solo uno, por lo que la media ascendía a tres trastornos por sujeto.

En esta misma investigación se observó como, en orden de frecuencia, estos eran los trastornos de personalidad que más aparecían en el hombre maltratador:

La tasa de estos trastornos en la totalidad de la muestra era de un 61,3%, 30% y 25,3% respectivamente.

Los datos obtenidos en esta investigación coinciden con los encontrados en otras, como la realizada por Fernández-Montalvo y Echeburúa en 2008, Trastornos de personalidad y psicopatía en hombres condenados por violencia grave contra la pareja: un estudio en las cárceles españolas.

Algunas de las características de la persona con trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad están relacionadas con la hiperexigencia, según explican Echauri:  Personas controladoras, perfeccionistas, con mucho temor al hipotético rechazo social. Son igualmente dependientes y muestran dificultades para expresar qué es lo que sienten.

El tema da para mucho, nos quedamos aquí, pero continuaremos en artículos sucesivos, donde iremos desgranando cómo se describe el perfil de los hombres, y también de las mujeres, que ejercen la violencia en contra de sus parejas según la investigación científica al respecto. Tema peliagudo pero muy interesante para dar a conocer el diagnóstico y las pautas de comportamiento que pueden ofrecer una ‘huella’ que facilite la prevención e intervención.

 

 

*Referencia: Loreto Martín Moya – Psicología Clínica -La mente es maravillosa-

La emoción de esperanza y sus extraordinarios efectos

La esperanza es un estado emocional secundario o social, no es una emoción primaria, por tanto no tiene una expresión facial específica y universal, se detecta y se interpreta en el lenguaje corporal según el contexto.

No por ello deja de ser fundamental para nuestra salud mental e incluso para la supervivencia de nuestra especie ya que es el motor que nos impulsa a mantener la ilusión y a conseguir lo que deseamos. Es el antídoto de la depresión.

Se trata de una emoción ambigua porque, en ocasiones, aflora cuando uno lo está pasando mal, pero confía en superarlo y salir reforzado de la situación. Se mueve entre la dimensión de la tristeza y la alegría, actúa como un puente de transición emocional de una a otra y por tanto es fundamental para superar el pesimismo y reintegrarnos después de cualquier experiencia negativa.

Los beneficiosos efectos de la esperanza han sido ampliamente estudiados por investigadores del ámbito de la salud y la educación y determinan, tomando como ejemplo los resultados de Snyder, que las personas con niveles altos de esperanza se comprometen más con conductas y hábitos saludables.

Además, cuando padecen una enfermedad, las personas con niveles altos de esperanza tienen una mejor adherencia a los tratamientos y presentan mejores estrategias de afrontamiento y ajuste a la enfermedad.

Por otra parte, la esperanza ha demostrado ser un fuerte mediador entre los efectos negativos del estrés y la satisfacción con la vida, disminuyendo los efectos negativos que el estrés tiene sobre ésta. Las personas con mayores niveles de esperanza presentan menores niveles de afecto negativo (ansiedad, tristeza, etc.); es decir, presentan un mejor ajuste psicológico general.

Finalmente, hay una amplia evidencia en diferentes poblaciones y culturas que apoya la relación positiva entre la esperanza y la felicidad, así como con el desarrollo psicológico óptimo (Alarcon, Bowling y Khazon, 2013 ; Peterson, Ruch, Beermann, Park y Seligman, 2007). Por tanto, las personas con buenos niveles de esperanza tienen una mejor salud mental.

Los efectos beneficiosos de la esperanza también se han demostrado en el ámbito educativo con estudiantes de diferentes niveles de escolarización.

Tanto los estudios de Snyder y sus colaboradores, como los de otros autores han mostrado que los estudiantes con buenos niveles de esperanza tienen mayor éxito académico, se comprometen más con sus estudios y con las tareas escolares, presentan menor tasa de abandono escolar, tienen mejores relaciones sociales con sus compañeros y presentan mayor motivación hacía el estudio y las tareas escolares (Day, Hanson, Maltby, Proctor y Wood, 2010; Flores-Lucas y Martínez-Sinovas y Choubisa, 2018).

 

 

*Fuente: TheConversation

Cómo reconocer a una persona tóxica: 7 señales infalibles

Las estadísticas revelan que 1 de cada 100 personas presentan rasgos ‘tóxicos’. Parece fácil verlo ‘a toro pasado’, pero realmente nos cuesta identificar los patrones de comportamiento que se relacionan con las personas tóxicas, ya que sus trampas y estrategias suelen ser sutiles y sofisticadas.

Muchas veces no sabemos determinar exactamente qué es, pero hay algo que no nos cuadra, percibimos que sobre una persona determinada planea un halo negro invisible de manipulación, culpa, pesimismo e inseguridad.

Vamos a ver qué tipo conductas abusivas utilizan estos individuos:

  • Minimizan los logros y éxitos de los demás: Nunca comparten tus alegrías o, si lo hacen en un principio, acabarán por quitarle importancia al final. Les incomodan los triunfos ajenos, ya que se sienten aun más frágiles y precarios. Aunque esta respuesta parezca un agravio evidente, normalmente lo dejamos pasar e incluso justificamos (estará muy ocupado, tiene mala memoria y olvidó felicitarme…)
  • Pesimistas: Y cuanto más optimista e ilusionado estés tú con cualquier proyecto o experiencia, más expresarán la parte negativa de cualquier cosa, con críticas y quejas, para dejar un poso oscuro que rebaje tu entusiasmo, todo son problemas para ellos. Se nutren de rebajar la alegría y la euforia de los demás.
  • Profundamente dependientes: Son personas posesivas, no quieren compartirte con nadie más y tienden al aislamiento, sibilinamente te van separando de amigos y familiares con excusas como “es que me apetece solo estar contigo”, “a mí no me hace falta nadie más, ¿y a ti?”, “es que tus amigos no me caen bien y prefiero que cenemos los dos solos”… ¿Os suena verdad?
  • Asumen el rol de víctimas: No sabes cómo pero siempre acaban dando ‘la vuelta a la tortilla’ para que tú seas el culpable y él el mártir. Esta estrategia les permite ser validadas y disponer a su antojo de todos nuestros recursos, de todas nuestras energías. Llaman nuestra atención y perseguimos su perdón, su cariño, su amor.
  • Egocéntricas: Son personas muy egoístas tanto en lo material como en lo emocional. Priorizan sus necesidades y caprichos por encima de los tuyos, todo el gasto que se haga en ellos está super justificado, los tuyos… ya son otra cosa. Son poco empáticos y no consideran los sentimientos de otros. Su objetivo es instrumentalizar a los demás para obtener su propio beneficio. Son maestros del “mi-mi-yo-yo“.
  • Inestabilidad emocional: No tienen término medio, o están exultantes o están deprimidos sin motivos aparentes que justifiquen estos cambios. Nunca sabes por dónde te pueden salir, incluso ante una situación similar, nunca reaccionan de la misma manera, no son coherentes ni equilibrados emocionalmente. De esta manera, te descolocan, jamás  adivinarás por qué puede estallar y así procurarás tenerle siempre contento y satisfecho para evitar conflictos.
  • Expertos en ‘luz de gas’: Una de las formas más peligrosas y sibilinas de anulación que te hará sentir que estás perdiendo la cordura. Quien hace luz de gas es capaz de afirmar que ocurrieron cosas o no con una seguridad y una firmeza tal que resultan creíbles y comenzarás a pensar que igual eres un exagerado y que quizás no lleves razón o incluso que dudes de tus recuerdos sobre un hecho concreto. En definitiva, la persona tóxica quiere inocularte la sensación de histerismo, puede conseguir anular tu voluntad y distorsionar la realidad sin que te des cuenta.

 

Estoy deseando leeros… ¿Habéis conocido a muchas personas tóxicas? ¿Reconocéis estas señales?

 

 

“Yo no juzgo a alguien por su aspecto.” Sí, sí lo haces

“Qué más me da la ropa que lleve o su peinado, yo no me fijo en eso”… Imposible.

Lo he escuchado muchas veces y lo he leído repetidamente en los comentarios de este blog en los últimos análisis de comunicación no verbal sobre Pablo Iglesias por ejemplo, o anteriormente en otras entradas de políticos o personas públicas.

Podemos querer no hacerlo, pero es un acto involuntario de nuestro cerebro, que nos ha sido bastante útil, por cierto, para evolucionar e incluso para sobrevivir. Nuestro cerebro necesita constantemente realizar inferencias y predicciones sobre los que nos rodea, para ello toma los pocos datos de los que dispone visualmente cuando por primera vez tenemos delante a un desconocido.

Su postura, caminar, sus gestos, su expresión emocional en el rostro, nos da información válida para saber si una persona se presenta ante nosotros en estado hostil, afiliativo, convincente, seguro, tímido, agresivo y un largo etcétera, pero también su ropa, estilo, complementos, colores o su corte de pelo.

El cerebro también toma esas referencias para complementar su ‘prejuicio’ rápido hacia alguien todavía anónimo. Además, esa primera impresión formada en pocos segundos es difícil de cambiar, se graba a fuego en nuestra mente.

Sin que nos demos cuenta, con las prendas que llevamos estamos dando muchas señales sobre lo que nos gusta, lo que valoramos y la personalidad que tenemos. Investigadores de la Universidad de Princeton, por ejemplo, descubrieron incluso que se esperaba que las personas que usaban ropa “más pija” ​​fueran más competentes que las que se muestran con otro atuendo más informal o deportivo.

El juicio rápido da un nivel completamente nuevo de la importancia sobre la formación de primeras impresiones, pero este resultado va más allá de simplemente hacernos conscientes de nuestro propio impacto en una reunión o evento importante: también indica un sesgo implícito en nuestras opiniones sobre los demás.

“Para superar un sesgo, uno no solo debe ser consciente de ello, sino tener el tiempo, los recursos de atención y la motivación para contrarrestar el sesgo”, escribieron los investigadores. “Conocer un sesgo es a menudo un buen primer paso”, dijo Shafir, coautor de los estudios.

“Reconocer nuestros prejuicios es una parte importante del crecimiento personal, y esta investigación y otros estudios al respecto brindan otra área importante de prejuicios sociales casi inevitables a tener en cuenta en nuestras rutinas diarias.”

Y ojo con los cambios, es la palabra clave. Un cambio de actitud, de estilo, de comunicación, de vestimenta, es la llave que abre un entendimiento más profundo de esa persona, de sus estados, fases, evolución, creencias, aprendizajes, etc.

 

 

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Pablo Iglesias posa en Moncloa con ‘la postura del pistolero’, analizamos su significado

Hoy se ha celebrado en Moncloa el primer Consejo de Ministros del nuevo Gobierno, insólitamente han desfilado y posado ante los medios uno a uno. El momento de Pablo Iglesias, nuevo Vicepresidente, no ha pasado desapercibido y ha desatado una oleada de memes y comentarios en redes sociales y diferentes medios de comunicación.

(GTRES)

¿Por qué? Ha adoptado una postura visualmente impactante, como un pistolero del Lejano Oeste a punto de desafiar a un adversario en duelo. Aunque este gesto nos llame la atención, suele ser bastante habitual tanto en seres humanos como en el reino animal.

Hay que destacar que las posturas que decidimos (o no) adoptar son un potente indicador del estado emocional y predisposición a la acción: según los estudios, las posturas expansivas indican satisfacción y actividad; mientras que las posturas de contracción se vinculan a la negatividad y la pasividad.

Los últimos descubrimientos revelan que las posturas influyen en nuestro estado de ánimo y en la segregación hormonal. Visualmente, la postura tiene también una gran incidencia en nuestra imagen personal, sobre todo para transmitir confianza, estabilidad y seguridad.

Si se ocupa el máximo espacio posible con piernas y brazos, lo que ese lenguaje corporal comunica es que esa persona siente una gran confianza en sí misma o que percibe que ella es la dominante de la situación, se encuentra en el polo opuesto de sentirse intimidado.

Según la investigadora Amy Cuddy: “El lenguaje corporal expansivo y abierto está estrechamente asociado con la dominación en el reino animal, como en el caso de los humanos, de primates no humanos, de perros, gatos serpientes, peces, aves y de otras muchas especies. Cuando nos sentimos poderosos nuestro cuerpo se expande irremediablemente.

El estatus y el poder, sean temporales o estables, benevolentes o siniestros, se expresan por medio de manifestaciones no verbales evolucionadas: miembros extendidos, la ocupación de un mayor espacio vital, una postura erguida.

Cuando nos sentimos poderosos nos estiramos, levantamos la barbilla, y erguimos la espalda. Abrimos el pecho. Separamos los pies. Alzamos los brazos. En definitiva, nos sentimos más poderosos, seguros y asertivos, menos estresados y ansiosos y más felices y optimistas”.