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#Coronavirus “Me da miedo salir”: el síndrome de la cabaña

Parece que las restricciones para frenar la pandemia se van suavizando y, al menos, como poder, podemos hacer más cosas, más salidas. Pero a pesar de ello, hay muchas personas que confiesan que no se sienten preparadas, que todavía tienen cierto miedo a salir a la calle, a mezclarse con la gente.

Fotografía Pixabay License

Fotografía Pixabay License

Una de las secuelas emocionales de este periodo de confinamiento colectivo es el conocido como ‘síndrome de la cabaña‘, y es que muchos hemos podido asumir que nuestro hogar representa un espacio asociado a la absoluta seguridad, mientras que el exterior simboliza un espacio enorme cargado de peligros.

Hasta ahora, sufrir esta alteración estaba restringida a astronautas, población carcelaria, o habitantes de ciudades con climas extremos. Hoy recibo multitud de mensajes que describen este síndrome: “Me da miedo salir”. Hay que aclarar que no es una patología, no es un trastorno psicológico grave, ya que en estos momentos tiene un contexto que lo ‘justifique’.

Si bien, puede acarrar otras alteraciones asociadas que sí debemos vigilar, discernir si es una cuestión de apatía, falta de preparación o apetencia por la salida al mundo o si se trata de un pánico que nos imposibilita poner un solo pie en la calle; si nos crea ansiedad tan solo imaginar que volvemos a salir o incluso si estamos iniciando un desarrollo de pautas compatibles con la depresión, por ejemplo.

Tranquilidad. Durante la cuarentena, nuestra mente ha tenido que adaptarse contra natura a una situación extraordinaria para todos nosotros, acabando por habituarse a la situación de aislamiento propia, a esa particular rutina y a no tener contacto social directo con personas externas a nuestro hogar. Reconfigurarnos de nuevo es difícil y puede llevar más tiempo para algunos, eso no significa en modo alguno que no lo vayas a superar.

Si nos reconocemos en este miedo, ya empezamos a ganar en el proceso de asimilación consciente. Debemos intentar pequeños avances para no perpetuar esta sensación limitante, salidas cortas que aumentaremos gradualmente cada día y con todas las medidas de seguridad que necesitemos, seguir las recomendaciones para evitar el contagio nos mantendrán menos alerta y comenzaremos a disfrutar poco a poco fuera del hogar.

Tenemos que llevar mascarilla, guantes y mantener la distancia física, sí, todos reconocemos que no es nada agradable, pero quédate con la parte positiva de esta ‘excursión’ o quedada exterior: sentir de nuevo el viento, el sol, el olor de la primavera, salir a correr o a montar en bici, una buena conversación, el compartir experiencias entre tu círculo más cercano, las miradas cómplices, el ruido tras el caos silencioso…

Fotografía de Jorge París

Fotografía de Jorge París

 

¿Por qué lo llaman distanciamiento social cuando quieren decir distanciamiento físico?

El Covid-19 ha llegado para desmontar también las costumbres más asumidas y profundas de nuestra forma de comunicarnos y de expresar afecto. Ha fracturado nuestra cercanía social, aquella tan característica y que se define como propia de la cultura española (también de muchas otras).

Pixabay License

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¿Sois capaces de imaginar el reencuentro con un ser querido tras el confinamiento sin contacto? Sin besos, abrazos, o un simple apretón de mano, y a dos metros de distancia, sin más. ¿Cuesta, verdad?

La sed de piel es uno de los primeros ‘síntomas’ emocionales que hemos notado en cuarentena, y es normal, no concebimos un mundo sin la comunicación táctil, es un sentido vital, no solo para los seres humanos, también para el reino animal, el roce es puro instinto;y nos piden ahora que lo cortemos de raíz, que debemos delimitar el espacio entre las personas como una de las mejores herramientas para evitar la exposición al virus y desacelerar su propagación.

Y lamentablemente, así es, no nos queda otra. El error en la comunicación de esta medida es utilizar como sinónimo: “distanciamiento social” y “distanciamiento físico”, cuando realmente son dos conceptos totalmente independientes. Para protegernos tenemos que garantizar una separación física, literal, pero no un alejamiento social. ¡Todo lo contrario!

La unión social es más necesaria que nunca, relacionarnos con los demás, aunque sea lógicamente sin presencia. Creo que no seríamos capaces de cumplir un confinamiento tan duro y absoluto como el que hemos experimentado si no tuviéramos la opción de la proximidad social a través de las redes o de las videollamadas.

El coste psicológico tras la pandemia va a ser enorme, pero la conexión virtual ha sido la salvaguarda y un factor de protección fundamental de la salud mental para todos nosotros, ha provocado que la adaptación a este insólito cambio sea más rápida y el impacto emocional mucho menos abrupto, ha funcionado como un paliativo del estrés, de la nostalgia, del duelo, de la depresión, de la soledad o simplemente de nuestra costumbre social.

Transformemos el lenguaje, escojamos bien las palabras que utilizamos. Cortemos la distancia física, cuidemos nuestro mundo social, ni este dichoso virus nos lo puede arrebatar.

¿Por qué hay un ambiente festivo en plena pandemia?

Cuando estamos viendo una película de terror agazapados en el sofá y percibimos que se acerca ‘el susto’, cerramos los ojos, es lo único que tenemos que hacer para no sentir miedo, podemos escuchar el estruendo o el grito desgarrador de la actriz, pero no nos estremecemos si no vemos lo que ocurre en la pantalla.

Fotografía EFE / SALAS

Fotografía EFE / SALAS

Este mecanismo es adaptativo, ya que el estímulo que nos asusta en el cine no es real, pero no mirar y no sentir miedo ante situaciones auténticas puede hacer que adoptemos decisiones muy arriesgadas para nuestra propia supervivencia, porque el peligro sigue ahí, delante de nosotros, no desaparece, a pesar de que apartemos la mirada.

Ignorancia, ceguera, desinformación y falta de conciencia global.

Los 4 jinetes del apocalipsis que se han adueñado del período del estado de alarma y del inicio de la desescalada tras el confinamiento.

La mejor defensa, no solo para afrontar una pandemia mundial sino para todo en la vida, sin duda, es la información. La única que nos puede mostrar qué alcance tiene lo que estamos viviendo, qué herramientas y estrategias debo adoptar para superarla, qué decisiones son las más acertadas.

Más de 25.000 muertos en nuestro país. Hemos atravesado una epidemia muy grave, con unas consecuencias devastadoras, entre aplausos, risas, música en los balcones, anécdotas bonitas, actos solidarios, juegos entre vecinos, con humor y memes en redes sociales. Proyectar todo el tiempo esa imagen no corresponde.

No lo desprecio, ni lo rechazo por supuesto, fue necesario, mejoró nuestra adaptación, ayudó a muchísimas personas que sufrían por estrés o soledad, pero esta actitud positiva, festiva, no nos puede arrastrar a una fantasía, debemos relativizar e incluso desdramatizar lo vivido pero no podemos frivolizar y perder el contacto con la realidad, sobre todo, porque esto nos pone en riesgo, que es lo que está ocurriendo ahora.

¿Cómo vamos a cumplir las nuevas normas? ¿Cómo vamos a respetar los horarios que corresponden? ¿Cómo cumplimos con las medidas de protección y prevención del contagio? 

Lo visto en medios de comunicación era parcial, con una tragedia blanqueada, como una película de terror sin sustos, ni malos, ni víctimas.

Nadie ha visto morgues, ni el sufrimiento de las familias de pacientes enfermos o de fallecidos, sin despedidas, ni funerales, nadie ha visto los hospitales, ni los casos de las personas que fueron despedidas de sus trabajos, o empresarios que tuvieron que cerrar sus negocios. No ha habido luto, ni banderas a media asta, ni crespones negros.

No se trata de dar un espectáculo televisivo, de morbo sin escrúpulos ni respeto, pero sí del derecho a la información completa, veraz, a la toma de conciencia, porque por desgracia, el ser humano no aprende por experiencia ajena, a pesar de internet, de redes sociales, de un mundo conectado.

No creemos en lo que no vemos.

Según los estudios, de hecho, el cerebro humano procesa de manera más rápida y eficaz los estímulos emocionales en situaciones de peligro. Nuestra atención, nuestro aprendizaje, nuestra memoria, todo se asienta en la carga emocional, y no la hemos tenido, porque solo hemos oído hablar de números, curvas y picos. Datos, lógica, gráficas, estudios, no vimos caras, dolor, tristeza, duelo, pérdida, pánico.

La desinformación y la controversia tienen consecuencias nefastas. No nos han dejado concienciarnos, no hemos visto el peligro, y ahora retratamos la irresponsabilidad, toca salir en banda, viajar a una segunda residencia, deportistas en grupo, no respetar los horarios, incluso botellones en la calle.

Son las consecuencias, ojo, esperables aunque no justificables. Tenemos el derecho a que nos protejan, pero, también la responsabilidad personal de contribuir a la solución, sin la inmunidad del rebaño. A pesar de todo tenemos un deber cívico que cumplir y anteponer un bien común frente a las actitudes egoístas.

 

Las 5 fases emocionales del cambio: de la negación a la aceptación

Estas etapas suelen ir asociadas al duelo que experimentamos tras el fallecimiento de un ser querido. Así es, pero también las vivimos tras cualquier pérdida, puede ser la de un trabajo, o después de una ruptura sentimental, o ‘simplemente’ por un cambio drástico en nuestras vidas, tal y como nos sucede ahora por la crisis del coronavirus, en mayor o menor medida, debemos despedir un mundo tal y como lo conocíamos y adaptarnos a una nueva realidad.

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

No todos pasamos por estas 5 fases de forma definida, ni con la misma intensidad, ni siquiera con un orden determinado, pero sí que muchos de vosotros os veréis reconocidos en esta evolución de emociones y mediante este análisis normalizamos el tornado de sentimientos por el que vamos avanzando durante esta cuarentena.

La psiquiatra suizo-estadounidense, Elisabeth Kübler-Ross, definió en los años 70 estas 5 fases principales:

  1. Etapa cognitiva: negación. 
  2. Etapa emocional: miedo, ira.
  3. Negociación.
  4. Tristeza y culpa en algunos casos.
  5. Aceptación.

Al principio experimentamos una extraña sensación de irrealidad, nos decimos a nosotros mismos que “esto no puede estar pasando”. Se trata de un mecanismo de defensa que suaviza el ‘golpe’, el cambio abrupto al que nos enfrentamos de repente y a mortiguar el sufrimiento.

Vamos tomando consciencia de la cruda realidad a través del tiempo y de la información, de los hechos concretos del día y entonces surgen las emociones. La ira y la frustración por no poder hacer nada, por no tener los medios para frenar o revertir la situación que no deseamos.

Proyectamos estos sentimientos en todas direcciones y centramos nuestra furia en la búsqueda de culpables, alguien que se responsabilice de nuestro sufrimiento.

También negociamos, es decir, fantaseamos con la idea de que se puede revertir o cambiar aquello por lo que estamos pasando. Es común preguntarse, ¿qué habría pasado si…? o pensar en estrategias que hubieran evitado el resultado final, como ¿y si hubiera hecho esto o lo otro?

Tras esta fase volvemos de nuevo al presente con la sensación de pérdida, nostalgia, o vacío, a echar de menos todo lo anterior, lo que hemos perdido, a tener que vivir sin ello. Nos sentimos melancólicos.

El dolor emocional va perdiendo su poder con el tiempo, poco a poco vamos volviendo a la normalidad. No es una etapa de felicidad repentina, pero vamos disfrutando de los momentos de nuestra nueva vida, de las recientes costumbres.

Aunque pueda parecer un tormento, realmente esta transformación emocional es esencial para que nuestro cerebro asimile las revoluciones propias de nuestro mundo.

Es incómodo aceptar una nueva situación, sin embargo es justo la aceptación la que pone a la persona en contacto con la realidad, te permite afrontar lo que verdaderamente está sucediendo, renunciando al pasado tal y como lo conocíamos y asumiendo que el presente es el que es y no podemos hacer nada.

Coronavirus: los jóvenes son los más afectados psicológicamente (según un estudio)

La Universidad Complutense de Madrid y la Cátedra contra el Estigma de Grupo 5 ya han publicado un informe con los datos obtenidos de la primera fase de un estudio sobre el impacto psicológico que ha tenido la pandemia por Covid-19 en la población española general.

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero - CC0

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero – CC0

La situación de confinamiento al que estamos sometidos desde que se inició el estado de alarma para combatir el alto nivel de contagio del virus nos ha pasado factura a nivel psicológico, como era de esperar.

Lo que sorprende de los resultados obtenidos es que el núcleo de edad más afectado ha sido el de la población más joven, que comprende la edad de entre 18 y 39 años.

La muestra utilizada ha sido de casi 3.500 personas de todas las edades, pero los más jóvenes son los que presentan “más ansiedad, depresión y síntomas somáticos, así como un mayor sentimiento de soledad y falta de compañía”. Sin embargo, las personas mayores de 60 años se muestran “más tranquilos y reconocen controlar mejor sus emociones”.

Respecto al estado de ánimo: un 70% de la muestra general reconoce haber experimentado tensión, nerviosismo y angustia en algún momento de la cuarentena, un 55% admite la falta de control sobre el sentimiento de preocupación, un 60% indican falta de interés o placer en hacer cosas y mantener una actividad rutinaria, ya que se sienten sin ganas, sin fuerzas y decaídas, por último, un 45% de la muestra reconoce sentirse muy solo.

En mi opinión, tiene lógica por varios motivos, en un periodo más inicial de la vida nuestra gestión emocional es más inmadura e inestable por sí misma, salvo contadas excepciones y en el mundo en el que vivimos, una persona de 25 años aún no ha tenido tiempo de experimentar situaciones adversas a las que afrontar con fuerza mental.

Esto nos viene grande a todos, pero cuanto menos hayas vivido, menos tiempo has tenido para desarrollar mecanismos de ‘supervivencia psicológica‘.

Como por ejemplo, la resiliencia (adaptación y fortaleza mental), esto es un rasgo de personalidad estable pero también se aprende y se adquiere a través de las experiencias vitales, una persona más madura consigue unos niveles de gestión de las emociones más estables y adaptativos, en definitiva, se toman los problemas y los cambios con más calma.

Una de las pocas transformaciones que se producen en nuestra personalidad, con el paso de los años, es la de suavizar todos los rasgos que definen nuestra forma de ser y la de relativizar tanto lo bueno como lo malo que nos pase. De ahí que el núcleo de la muestra más maduro afronte el impacto de una forma más sosegada.

El estudio será longitudinal y continuará evaluando en las siguientes fases el impacto a largo plazo y la diferencia de género, así como los factores de protección y riesgo que han influido en los diferentes afrontamientos de este periodo aún sin fecha de caducidad. Iremos valorando resultados y consecuencias de esta crisis nueva a todos los niveles.

El alcohol no es un buen aliado para la ansiedad durante el confinamiento

Sí, aclaro que el alcohol no es nunca un buen aliado. Lo contextualizamos ahora en el estado de alarma por coronavirus tras los inquietantes resultados de los estudios y estadísticas de ventas que relacionan directamente el aumento notorio de consumo de tabaco y alcohol durante el confinamiento.

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Pexels.com/Fotografía de uso libre

Tras el acopio inicial de papel higiénico y productos de limpieza, pasamos por agotar la harina y la levadura en los supermercados (con su correspondiente efecto terapeútico), y ahora el elemento diferencial en la cesta de la compra de los últimos días lo ha marcado la cerveza (con un incremento de casi el 80% con respecto al mismo mes del pasado año), así como también el vino (superando el 62%) y demás bebidas alcohólicas (con un aumento del 36%).

Parece que las prioridades van cambiando y hemos pasado de la preocupación por los productos básicos a la ingesta del ‘capricho’.

Esto ocurre por varias razones:

Después de más de 30 días ya nos hemos cerciorado de que la alimentación y productos de necesidad siguen disponibles en nuestra tienda habitual, el terror inicial ya ha pasado, ya no hay miedo al desabastecimiento.

Nos dejamos llevar por el sistema de recompensas que nos demanda el cerebro en situaciones complicadas para así equilibrarnos y producir mayores niveles de endorfinas y sentirnos felices a ‘corto plazo’.

En segundo lugar, la propia  ansiedad, la preocupación, la incertidumbre o el aburrimiento suelen ir de la mano con un aumento en la probabilidad de fumar y beber más. Una vía de escape para el estrés.

Por último, no solemos comprar tanto alcohol para casa porque la consumición habitual de bebidas alcohólicas se realiza en un entorno social, bares, cenas con amigos, restaurantes, pubs o discotecas. Realmente ‘compensamos’ ese consumo ahora en casa, a veces con compañía en videollamada de por medio.

Las autoridades sanitarias han tenido que intervenir y recordar los peligros de refugiarnos en el alcohol y el tabaco como remedio para combatir la soledad o el estrés. Sanidad advierte que el tabaco empeora el curso de las enfermedades respiratorias como la enfermedad del Covid-19.

La euforia y bienestar que produce el alcohol será momentánea. Las grandes oleadas de dopamina le ‘enseñan’ al cerebro a buscar alcohol y a dejar de lado otras actividades y fines más sanos.

Después produce un ‘efecto rebote’ que hará que te sientas aún peor que antes de haber bebido, alterará más tus rutinas y profundidad del sueño y asumes un gran riesgo de generar en tu organismo una adicción permanente.

Por último, no olvides que el consumo de alcohol origina una fuerte e inevitable tolerancia. Alguien que abusa del consumo del alcohol termina sintiéndose sin motivación, desanimada o deprimida y no puede disfrutar de las cosas que antes le causaban placer.

Llegado ese momento, la persona necesita continuar consumiendo más cantidad para sentir apenas un nivel normal de recompensa, lo que solo empeora el problema y crea un círculo vicioso.

Esto no es ninguna broma… ¡Cuídate!

¿Y tú, ya te has ‘acostumbrado’ al confinamiento o cada vez lo llevas peor? (Procesos psicológicos)

Todos seguimos aislados por la pandemia del Covid-19, ya llevamos más de 30 días confinados en casa, pero no todos lo gestionamos de la misma manera.

Pxhere / CC0 Public Domain

Pxhere / CC0 Public Domain

Lo habréis comprobado vosotros mismos, habláis con amigos y familiares y hay personas que aseguran haberse acostumbrado ya a la situación y les afecta cada vez menos y otras que han empeorado, que tienen más ansiedad y lo llevan definitivamente peor que al inicio.

Os adelanto que ambas reacciones son totalmente normales y adaptativas. Estos dos mecanismos de afrontamiento psicológico se denominan: proceso de habituación (ahora lo llevas mejor) o proceso de sensibilización (cada vez te adaptas peor).

Un mismo estímulo, una misma circunstancia, puede provocar habituación o sensibilización dependiendo de la intensidad, de la experiencia previa y de la costumbre de aprendizaje de la persona.

Es un proceso muy cotidiano, por ejemplo, mi madre tiene un reloj antiguo en casa y cuando voy no puedo dejar de escuchar el ‘tic-tac’ de forma constante e irritante, mi madre se sorprende muchísimo ante mi malestar, ella no lo percibe, inconscientemente lo ignora, está acostumbrada al sonido, habituada, y yo sin embargo estoy sensibilizada, me afecta más el sonido y se convierte en el foco de mi atención.

En la habituación, ante un estimulo repetido la respuesta es cada vez menos intensa por continua presentación. En el lado opuesto, la sensibilización consiste en el aumento de la respuesta de un organismo a un estímulo por la mera presentación de este.

La teoría nos dice que la tendencia general es pasar primero por un proceso de sensibilización, ya que nuestro cerebro activa un ‘modo alerta’ ante estímulos o situaciones novedosas (más aún si entiende que tienen peligro) y después habituarnos con el tiempo.

La sensibilización no es mala por sí misma, si no has llegado aún a la habituación no te preocupes, es normal. Tendríamos que consultar a un especialista si tras el fin del estímulo o situación (cuando retomemos nuestra rutina) no conseguimos salir de ese estado de ansiedad o malestar, ya que podríamos desarrollar una fobia u otras patologías.

Ánimo a tod@s! Siempre, siempre, siempre somos más fuertes de lo que creíamos.

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#Coronavirus: Sí, tenemos más pesadillas durante el confinamiento (y tiene explicación)

Yo misma lo he padecido y pensé que era cosa mía, hasta que amigos, familiares y algunos de vuestros mensajes me comentaban lo mismo: “Durante la cuarentena y desde hace unos días duermo mal y tengo pesadillas o sueños muy raros y absurdos cada noche”.

Sueñas con tu ex, con que te ves envuelto en una persecución policial, con nuestros antepasados, con actores de cine, con que la humanidad se extingue por el coronavirus y eres el único superviviente, con espíritus malignos o que te caes al vacío… No eres un bicho raro, tiene explicación.

Otra de las consecuencias psicológicas del Covid-19 son las alteraciones del sueño.

El por qué soñamos ha sido siempre un misterio para la ciencia, hay varias hipótesis aceptadas por la comunidad pero no queda del todo claro cuál es realmente la función de las ensoñaciones.

Puede que sea una resolución de traumas, o a veces una simple ‘limpieza’ de la información almacenada, que expresen nuestros deseos más profundos, pero también nuestras inquietudes.

En este último caso, el cerebro respondería a un potencial peligro percibido, sería como un simulacro de incendio mientras dormimos para mantenernos siempre alerta.

Cuanto más preocupados estamos, cuando más estresados y más ansiedad sentimos, más nos cuesta relajar el organismo y será muy difícil llegar a un estado profundo del sueño, a la fase donde no hay prácticamente actividad cerebral, no hay sueños.

Realmente nos perturba vivir esas pesadillas toda la noche, la parte cerebral que es consciente de la realidad se desactiva durante el sueño, por tanto no nos extraña lo que vemos en esas pesadillas y nos lo creemos todo.

Nuestro cuerpo entonces reacciona como si estuviéramos despiertos, se mueve, se agita, aumentan las palpitaciones, la sudoración, lo que lleva a consolidar esas experiencias y además de que nos descansamos, provoca unas emociones aún más negativas que retroalimentan nuestro mal estado y ansiedad.

Un estado de ánimo alterado predispone a tener más sueños y, sobre todo, sueños con una carga emocional mayor. Entre ellas, las pesadillas.

Los estímulos que estamos recibiendo ahora son muy distintos a los de nuestra vida habitual. Nos pasamos el día viendo noticias desoladoras, muertes, ERTES, soledad, no podemos tener la misma actividad motora, no podemos viajar, practicar deportes, se han roto muchos de nuestros planes, tenemos miedo e incertidumbre por el presente y por nuestro futuro…

Nuestro cerebro entonces elabora un buen ‘cocktail’, coge todo eso, todo lo que vivimos durante el día y lo refleja igual durante la noche en forma de imágenes o recursos ‘metafóricos’ que siguen esa línea de angustia y desconcierto.

¿Cómo no vamos a tener pesadillas? Esa es la pregunta adecuada.

Igualmente que comentábamos con la ansiedad, todo tiene su contexto, y durante este estado de alarma, las alteraciones del sueño están ‘justificadas’. Acude a un especialista si: tras esta situación no consigues volver a tu estado de sueño habitual, si desarrollas temor al hecho de irte a dormir y/o si te causan problemas de conducta y funcionalidad importantes durante el día.

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¿Suena chocante el titular verdad? Lo sé, pero es cierto. La ansiedad que sentimos durante estos días de estado de alarma y confinamiento también tiene una función fundamental en nuestra protección contra el Covid-19. Y me explico.

La ansiedad es un mecanismo de defensa

Básicamente se trata de un sistema de alerta que se ‘activa’ en situaciones amenazantes para nuestra salud física y/o mental. Por supuesto, es universal, todos la experimentamos independientemente del género, raza o cultura.

Esto es porque es un comportamiento totalmente adaptativo y ha sido muy importante para la supervivencia del ser humano.

Su función es la de movilizar y preparar al organismo para mejorar su rendimiento y su capacidad para anticipar respuestas. Nos mantiene alerta, dispuestos para intervenir ante amenazas o riesgos y así minimizar las consecuencias todo lo que se pueda.

Así, la ansiedad, nos impulsa a tomar las medidas convenientes (huir, atacar, neutralizar, afrontar, adaptarse, etc.), según el caso y la naturaleza del riesgo o del peligro.

Está ansiedad que sentimos durante la pandemia del coronavirus nos está ayudando

Nos ayuda a ser conscientes del peligro de la situación, a protegernos y a proteger a los demás. La ansiedad que sentimos es miedo, a contagiarnos, a caer enfermos, a transmitirlo, etc. Este miedo es lo que nos mueve a buscar elementos de seguridad.

Necesitamos de una seguridad psicológica constantemente para bloquear nuestras inseguridades y la consecuente incertidumbre.

¿Cómo lo hacemos durante el estado de alarma?

A través de elementos externos, nos hemos concienciado ya del uso de guantes y mascarillas, del aislamiento, de las rutinas de higiene, limpieza y desinfección que nos recomiendan los expertos, etc.

Si no sintiéramos esa ansiedad adaptativa, tendríamos una falta de prevención y, lo que se denomina en psicología, una falsa sensación de seguridad, de control. Dejaríamos de ‘prepararnos ante un posible peligro’ que nos acecha, como si éste no existiera. Nos acomodamos, nos descuidamos.

En el año 2007  la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la menor aparición en los medios, por aquel entonces, de la gripe aviar y la disminución de casos en algunos países habían creado una “falsa sensación de seguridad” que debe evitarse, porque “sigue habiendo peligro de pandemia”. “La amenaza no se ha ido”, publicaban.

Tened siempre en cuenta esta premisa, en vuestras salidas al supermercado, seguid yendo protegidos y conscientes. No bajemos la guardia aunque tengamos los elementos externos de seguridad y calma psicológica.

La ansiedad pues, como mecanismo adaptativo, es buena, funcional, normal y no representa ningún problema de salud, siempre que tenga un contexto objetivo.

La ansiedad o el miedo serán problemáticos cuando salgamos de ésta y haya gente que aún siga en ese estado sin una amenaza real, con temor a salir a la calle o a frecuentar lugares abarrotados de gente. Puede ocurrir, en ese caso acude siempre a un profesional para que te ayude a ‘desactivar’ esa ansiedad innecesaria.

(JORGE PARÍS)

El duelo en tiempos de coronavirus: El drama de no poder despedirnos

No me puedo imaginar lo duro y terrible que debe ser perder a un ser querido en estas circunstancias de aislamiento obligado total. De vernos privados del último adiós, de no poder verle o hablarle por última vez, de no haberle acompañado en su enfermedad, en sus últimos momentos… No quiero ni pensarlo.

Pero el duelo está presente, es un acto humano primitivo. Nuestro cerebro necesita de ese proceso para recolocar nuestras emociones, para asumir y reintegrarnos de ese fuerte dolor inevitable que experimentamos ante la muerte.

El coronavirus también nos ha devastado con esta consecuencia colateral, pone a prueba nuestros vínculos sociales más férreos y nuestras tradiciones más profundas, no respeta ni a los rituales ante la pérdida. Parece que un entierro o un funeral no tienen tanta importancia hasta que nos resulta imposible hacerlos.

A nivel psicológico esta obstrucción tiene un alto impacto en el proceso de aceptación ante la pérdida. Nuestra mente precisa participar de esta experiencia para fijar el punto de partida de un proceso natural de duelo.

Pasar por éste es fundamental para nuestra salud mental. No evites sentirte mal, triste, enfadado, desgarrado por dentro. Es incómodo pero no lo deseches, puedes pensar en ello, habla de ello con tus familiares y amigos, con un profesional.

No te aísles, siente tu dolor pero compártelo. Conversa con tus allegados sobre la persona que se va, recuerda tus mejores y peores momentos con él, tiempos complicados entre ambos, episodios divertidos que te hicieran reír, instantes entrañables…

Y lo más importante de todo, organizar una despedida sigue siendo posible aún con este confinamiento. No hay reglas ni una pautas concretas. Haz lo que sientas que puede tener un significado para vosotros, para el vínculo que existía entre tú y la persona que se va.

Si sabes pintar, refleja a través de este medio tu despedida particular, puedes componer una canción, escribir un poema, redactarle una carta, plantar una planta, fabricar un símbolo, un amuleto. Lo que quieras, lo que necesites.

No hay duelo que no necesite una despedida, es un momento dificilísimo para afrontarlo pero los rituales y homenajes siempre son importantes.