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El liderazgo femenino en tiempos de coronavirus

Según los datos de la ‘European Center for Disease Prevention and Control‘, se evidencia que los países liderados por mujeres durante esta crisis del Covid-19 han gestionado y adoptado unas medidas y decisiones más eficaces que el resto. Las cifran hablan por sí solas, ¿será casualidad?

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern.DAVID ROWLAND / EFE

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern. DAVID ROWLAND / EFE

En la era de las redes sociales y la conexión global, todos hemos sido testigos de cómo los líderes políticos han abanderado la comunicación y desarrollo de esta pandemia mundial, en muchos casos, con catastróficas consecuencias.

Discursos negligentes, negacionistas, irresponsables, engañosos, con metáforas beligerantes…. Un lenguaje masculino que trataba de alentar la ardiente lucha del guerrero, la ofensiva, el ataque, antiguos valores de una guerra que no existía, porque nuestro enemigo no era visible, porque no teníamos armas. Nada tenía sentido en este estilo de comunicación.

Aunque parece que no se dé importancia o que sea fruto de la mera coincidencia azarosa, existe otro lado, otro resultado, otro tipo de gestión exitosa. Algunas líderes del mundo han tomado decisiones contundentes, pero se han desmarcado de ese inútil discurso de guerra.

A pesar de ello, no les ha faltado arrojo y decisión a la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen; a la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, o a la canciller alemana, Angela Merkel, para implementar medidas inminentes, arriesgadas, innovadoras, drásticas y, sobre todo, acompañadas de cristalinas declaraciones a la ciudadanía desde el primer momento. A la vez que adoptaron gestos solidarios y empáticos.

La primera ministra de Islandia, Katrín Jakobsdóttir, decidió realizar test diagnósticos a todos sus ciudadanos sin excepción. La primera ministra noruega, Erna Solberg, apareció en televisión para hablar directamente con los niños de su país, organizando una rueda de prensa en la que la presencia de los adultos no estaba permitida. Todos los componentes del Gobierno neozelandés de Jacinda Ardern se han bajado el sueldo un 20%, en solidaridad con la crisis económica que se avecina.

Detalles y transparencia en medio del caos que, a pesar de que la gestión política no sea perfecta, potencian una sensación de cercanía, protección, calidez, humildad y consideración con la ciudadanía. Queremos que nuestros políticos tengan la inteligencia analítica suficiente como para diseñar estrategias efectivas pero sin olvidar que la empatía es el medio por el que se analiza el impacto en las personas de las medidas que se deciden.

Intuición, inteligencia emocional, humildad, prudencia, moderación, solidaridad, cooperación, calidez, sensatez, capacidad de escucha, humanidad. Estos son los valores que se necesitan ahora, no los valores que promueve el concepto de ‘guerra’.

Los buenos valores no son exclusivos del mundo femenino, en absoluto; las mujeres no son peores ni mejores en puestos de liderazgo, pero sí aportan una perspectiva complementaria necesaria y han de ser capaces de llegar a esos puestos para demostrar su poder de implementar y gestionar la crisis y el cambio.

 

 

 

#Coronavirus “Me da miedo salir”: el síndrome de la cabaña

Parece que las restricciones para frenar la pandemia se van suavizando y, al menos, como poder, podemos hacer más cosas, más salidas. Pero a pesar de ello, hay muchas personas que confiesan que no se sienten preparadas, que todavía tienen cierto miedo a salir a la calle, a mezclarse con la gente.

Fotografía Pixabay License

Fotografía Pixabay License

Una de las secuelas emocionales de este periodo de confinamiento colectivo es el conocido como ‘síndrome de la cabaña‘, y es que muchos hemos podido asumir que nuestro hogar representa un espacio asociado a la absoluta seguridad, mientras que el exterior simboliza un espacio enorme cargado de peligros.

Hasta ahora, sufrir esta alteración estaba restringida a astronautas, población carcelaria, o habitantes de ciudades con climas extremos. Hoy recibo multitud de mensajes que describen este síndrome: “Me da miedo salir”. Hay que aclarar que no es una patología, no es un trastorno psicológico grave, ya que en estos momentos tiene un contexto que lo ‘justifique’.

Si bien, puede acarrar otras alteraciones asociadas que sí debemos vigilar, discernir si es una cuestión de apatía, falta de preparación o apetencia por la salida al mundo o si se trata de un pánico que nos imposibilita poner un solo pie en la calle; si nos crea ansiedad tan solo imaginar que volvemos a salir o incluso si estamos iniciando un desarrollo de pautas compatibles con la depresión, por ejemplo.

Tranquilidad. Durante la cuarentena, nuestra mente ha tenido que adaptarse contra natura a una situación extraordinaria para todos nosotros, acabando por habituarse a la situación de aislamiento propia, a esa particular rutina y a no tener contacto social directo con personas externas a nuestro hogar. Reconfigurarnos de nuevo es difícil y puede llevar más tiempo para algunos, eso no significa en modo alguno que no lo vayas a superar.

Si nos reconocemos en este miedo, ya empezamos a ganar en el proceso de asimilación consciente. Debemos intentar pequeños avances para no perpetuar esta sensación limitante, salidas cortas que aumentaremos gradualmente cada día y con todas las medidas de seguridad que necesitemos, seguir las recomendaciones para evitar el contagio nos mantendrán menos alerta y comenzaremos a disfrutar poco a poco fuera del hogar.

Tenemos que llevar mascarilla, guantes y mantener la distancia física, sí, todos reconocemos que no es nada agradable, pero quédate con la parte positiva de esta ‘excursión’ o quedada exterior: sentir de nuevo el viento, el sol, el olor de la primavera, salir a correr o a montar en bici, una buena conversación, el compartir experiencias entre tu círculo más cercano, las miradas cómplices, el ruido tras el caos silencioso…

Fotografía de Jorge París

Fotografía de Jorge París

 

Leer las emociones en el rostro con mascarilla

Los seres humanos (y muchos animales) expresamos 6 emociones básicas con el rostro: alegría, miedo, ira, tristeza, asco y sorpresa. Su codificación facial es muy específica y universal. Una persona enfadada es fácilmente reconocible aquí y en cualquier parte del mundo. Si bien, es cierto que al llevar mascarilla (impuesta ahora por coronavirus) perdemos indicadores emocionales, también lo es que la parte más importante para el reconocimiento facial está en el tercio superior de la cara, así que no lo demos todo por perdido.

Mujer con mascarilla. Fotografía de pxfuel/Free for commercial use

Mujer con mascarilla. Fotografía de pxfuel/Free for commercial use

¿Qué emociones podemos descubrir en el otro, a pesar de que lleve mascarilla?

Realmente… ¡Todas!

Al contrario de lo que podamos pensar, sabremos si una persona está de verdad contenta si observamos sus ojos, no su boca. La sonrisa verdadera (o sonrisa Duchenne) implica la acción muscular del músculo cigomático mayor y menor de la boca (hace que se eleven las comisuras de los labios), pero además también debe activarse el músculo orbicular que rodea el ojo (hace que se eleven las mejillas y produce arrugas alrededor de los ojos, ‘patas de gallo’ más marcadas).

Esta combinación es la que realmente es genuina de felicidad, ya que la mayor parte de las personas no podemos contraer el área orbicular a voluntad.

Para detectar la emoción de asco, es cierto que la boca y el pliegue nasolabial es importante, pero también se activan unas arrugas propias de la repulsión que producen un cambio de apariencia entre los ojos, en la parte superior de la nariz. Solo tenéis que observaros en el espejo mientras posáis simulando asco.

La distinción entre el miedo y la sorpresa es compleja, ya que en ambas se produce una elevación de los párpados superiores y se arquean las cejas, en el miedo la musculatura es más tensa y enérgica que en la sorpresa, en la cuál el movimiento se describe más suave y relajado a nivel muscular, tendremos que ayudarnos del contexto para interpretar una u otra.

Con la tristeza lo tenemos super fácil, ya que su expresión típica es la de elevar la zona interior de las cejas, las esquinas sobre la nariz, formando así un triángulo con éstas, es muy difícil de fingir, os animo a que lo intentéis y veáis el movimiento.

Por último, igual ocurre con la ira. Se tensa la boca y la mandíbula, también se abren significativamente las fosas nasales, pero su gesto más reconocible es el ceño fruncido.

Vemos que no es tan difícil seguir leyendo las emociones de los más, es solo cuestión de práctica ante este nuevo panorama. La parte beneficiosa es que tener solo una visibilidad parcial del rostro nos proporciona un duro entrenamiento y aumentará nuestra habilidad, nos esforzaremos más en la observación y esto mejorará nuestras capacidades cuando nos veamos desprovistos de mascarilla por fin. Esperemos que sea muy pronto…

Y a vosotros, ¿os cuesta más ahora leer emociones?, ¿conocíais estos trucos? ¡Contádme! 🙂

 

¿Qué ocurriría en el ser humano durante un aislamiento completo?

No llegamos a asumir del todo que aquel tópico de “somos animales sociales” significa mucho más de lo que parece. No es que simplemente nos guste estar con gente, que nos horrorice la soledad o que echemos de menos dar abrazos, es que el contacto físico y social es una necesidad primitiva, un instinto que traspasa nuestras preferencias o costumbres.

Michel Siffre en los años 60 (primer experimento)

Michel Siffre en los años 60 (primer experimento)

El aislamiento tiene profundas consecuencias físicas y psicológicas. Algunos estudios llegan a afirmar que el aislamiento, la soledad, mata. Ya que sus consecuencias son nefastas en nuestra producción hormonal a nivel del sistema central y en nuestro sistema inmunológico.

Estamos en circunstancias complicadas, pero el aislamiento transitorio y parcial que estamos experimentando por la pandemia no debería desembocar en estas alteraciones graves de las que hablamos, aunque nunca está de más estimular con más mimo las relaciones sociales durante este periodo a través de todas las vías posibles a nuestro alcance. Recordad que no es lo mismo distancia física que distancia social.

De forma extrema, algunos científicos intrépidos se pusieron a prueba a sí mismos sometiéndose a una experimentación subterránea de aislamiento severo y así comprobar los efectos y el impacto a todos los niveles en el ser humano. Los resultados fueron sorprendentes.

Uno de los pioneros fue el espeleólogo francés Michel Siffre, quien se adentró en una cueva helada de Scarrasson, en los Alpes, durante 61 días (aunque el francés creyó contar 34 días).

A su salida manifestó: “Cuando uno está rodeado por la noche, con tan sólo una bombilla de luz, la memoria no captura el momento. Se le olvida. Después de uno o dos días, uno no recuerda lo que ha hecho un día antes. Además de eso todo es totalmente negro. Es como un largo día interminable”.

Posteriormente muchos hombres y mujeres se sometieron a estas duras pruebas, aunque el récord lo tiene Milutin Veljkovich: 463 días en la cueva de Samar (antigua Yugoslavia).

Entre las consecuencias más interesantes de los experimentos, encontramos que nuestro ritmo circadiano (el reloj interno que marca el ciclo de sueño/vigilia) cambia al no estar en contacto con el exterior y la luz solar.

Se pierde la noción del tiempo y los períodos de vigilia y sueño ocupan más de lo habitual, entre 26 y 28 horas, pudiendo alcanzar incluso las 48 horas, es decir, 36 horas despierto y 14 dormido, con fases REM también mucho más largas de lo habitual.

En esas condiciones tan extremas, los ritmos de sueño y temperatura corporal se disgregaron en una ‘desincronización espontánea interna’, con la implicación de que dos ritmos circadianos (sueño y temperatura corporal) pueden funcionar en dos periodos diferentes dentro del mismo organismo.

Se comprobó así que la temperatura corporal más baja aparecía al principio del sueño, y no al final, como sucede habitualmente.
También en la mayoría de esos relatos se han descrito fatiga, desorientación, pérdida de memoria a corto plazo, más pesadillas durante el sueño, diferentes alucinaciones y, en mujeres, el ciclo menstrual llega a cesar.

Os animo a que investiguéis un poco más sobre experimentos de aislamiento extremos porque son muy curiosos los efectos que originan en el ser humano. 🙂

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¿Por qué lo llaman distanciamiento social cuando quieren decir distanciamiento físico?

El Covid-19 ha llegado para desmontar también las costumbres más asumidas y profundas de nuestra forma de comunicarnos y de expresar afecto. Ha fracturado nuestra cercanía social, aquella tan característica y que se define como propia de la cultura española (también de muchas otras).

Pixabay License

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¿Sois capaces de imaginar el reencuentro con un ser querido tras el confinamiento sin contacto? Sin besos, abrazos, o un simple apretón de mano, y a dos metros de distancia, sin más. ¿Cuesta, verdad?

La sed de piel es uno de los primeros ‘síntomas’ emocionales que hemos notado en cuarentena, y es normal, no concebimos un mundo sin la comunicación táctil, es un sentido vital, no solo para los seres humanos, también para el reino animal, el roce es puro instinto;y nos piden ahora que lo cortemos de raíz, que debemos delimitar el espacio entre las personas como una de las mejores herramientas para evitar la exposición al virus y desacelerar su propagación.

Y lamentablemente, así es, no nos queda otra. El error en la comunicación de esta medida es utilizar como sinónimo: “distanciamiento social” y “distanciamiento físico”, cuando realmente son dos conceptos totalmente independientes. Para protegernos tenemos que garantizar una separación física, literal, pero no un alejamiento social. ¡Todo lo contrario!

La unión social es más necesaria que nunca, relacionarnos con los demás, aunque sea lógicamente sin presencia. Creo que no seríamos capaces de cumplir un confinamiento tan duro y absoluto como el que hemos experimentado si no tuviéramos la opción de la proximidad social a través de las redes o de las videollamadas.

El coste psicológico tras la pandemia va a ser enorme, pero la conexión virtual ha sido la salvaguarda y un factor de protección fundamental de la salud mental para todos nosotros, ha provocado que la adaptación a este insólito cambio sea más rápida y el impacto emocional mucho menos abrupto, ha funcionado como un paliativo del estrés, de la nostalgia, del duelo, de la depresión, de la soledad o simplemente de nuestra costumbre social.

Transformemos el lenguaje, escojamos bien las palabras que utilizamos. Cortemos la distancia física, cuidemos nuestro mundo social, ni este dichoso virus nos lo puede arrebatar.

La reacción (verbal y no verbal) de Ayuso tras la dimisión de la directora de salud pública

La presidenta de la Comunidad de Madrid solicitó in extremis avanzar a la fase 1 del plan de desescalada y, tras esta comunicación, dimitió inmediatamente su directora de Salud Pública, Yolanda Fuentes.

Ayuso en el programa Cuatro al dia

Ayuso en el programa Cuatro al día

En su primera aparición pública, Ayuso ya esperaba la obligada pregunta. “¿Sabe usted por qué motivo le ha trasmitido la doctora esta decisión?“, preguntaba el entrevistador del programa ‘Cuatro al día‘ (pincha aquí para acceder al vídeo).

“No, no he tenido ocasión de hablar con ella”, respondía la presidenta. Y a partir de ahí ha alimentado toda una diatriba sobre reuniones, las bondades del hospital de Ifema y nuevas estrategias para combatir el Covid-19, que resultaba estupenda y muy informativa, pero que realmente ha utilizado para no responder directamente a la pregunta. Una evasiva en toda regla.

Cuando se han tratado otros temas (la conversación tiene una duración de 11 minutos) Ayuso ha mirado continuamente a la cámara de manera totalmente fija, pero cuando el entrevistador le vuelve a interpelar por la dimisión de Fuentes, admitiendo que en su primera intervención no le había respondido, Ayuso dice:

“Es que sinceramente no me he reunido con ella”, justo en ese instante baja la mirada durante un tiempo significativo. Es un cambio de conducta a tener en cuenta, no podemos asegurar directamente que mienta porque no son gestos asociados, pero sí que esa alteración de su actitud significa incomodidad, impacto emocional, y rechazo en definitiva.

Lo sorprendente es que, de entre toda la maraña de frases evasivas, a través del análisis de contenido verbal se desprende la sensación indirecta de que lo que quiere transmitir es que en realidad la directora no ha dimitido sino que ha sido ella, Ayuso, quien ha decidido prescindir de sus servicios.

Esto se percibe por las siguientes afirmaciones:

“Desde luego, mi intención era reestructurar esta área con personas al frente como Antonio Zapatero, es una decisión que no se toma en media hora, la que yo he decidido con esta reestructuración de la Consejería de Sanidad”.

“No he hablado con ella pero sí sé lo que quiero hacer en Madrid y es poner a los mejores al frente“.

“Yo lo que quiero es reorientar la Consejería a todo esto”.

“Ahora su sustituto es el mayor experto”.

Al escuchar estos argumentos, ¿os da la sensación que hable de una dimisión? No parece que explique que ha recibido una renuncia, sino más bien que ella es quien voluntariamente ha manejado la reorganización de su grupo asesor.

Parece que niega la naturaleza de la situación y responde con orgullo y a la defensiva. De hecho el presentador añade: “Bueno, habrá que también agradecerle su gestión durante estos cincuenta días”. Entonces Ayuso gira fuertemente la cabeza y ahí sí que ya reniega totalmente del contacto visual, mostrando aún mayor rechazo.

Además, se refuerza esta emoción contrariada encogiéndose de hombros, en un gesto de indiferencia y falta de consentimiento con el reconocimiento sobre la labor de Fuentes al que le insta su interlocutor, y apuntilla con sus palabras: “Bueno, es un trabajo de equipo y una labor de todos”. No solo con sus gestos, también así, con esa respuesta le resta la importancia y el mérito a la ya ex directora de salud.

¿Por qué hay un ambiente festivo en plena pandemia?

Cuando estamos viendo una película de terror agazapados en el sofá y percibimos que se acerca ‘el susto’, cerramos los ojos, es lo único que tenemos que hacer para no sentir miedo, podemos escuchar el estruendo o el grito desgarrador de la actriz, pero no nos estremecemos si no vemos lo que ocurre en la pantalla.

Fotografía EFE / SALAS

Fotografía EFE / SALAS

Este mecanismo es adaptativo, ya que el estímulo que nos asusta en el cine no es real, pero no mirar y no sentir miedo ante situaciones auténticas puede hacer que adoptemos decisiones muy arriesgadas para nuestra propia supervivencia, porque el peligro sigue ahí, delante de nosotros, no desaparece, a pesar de que apartemos la mirada.

Ignorancia, ceguera, desinformación y falta de conciencia global.

Los 4 jinetes del apocalipsis que se han adueñado del período del estado de alarma y del inicio de la desescalada tras el confinamiento.

La mejor defensa, no solo para afrontar una pandemia mundial sino para todo en la vida, sin duda, es la información. La única que nos puede mostrar qué alcance tiene lo que estamos viviendo, qué herramientas y estrategias debo adoptar para superarla, qué decisiones son las más acertadas.

Más de 25.000 muertos en nuestro país. Hemos atravesado una epidemia muy grave, con unas consecuencias devastadoras, entre aplausos, risas, música en los balcones, anécdotas bonitas, actos solidarios, juegos entre vecinos, con humor y memes en redes sociales. Proyectar todo el tiempo esa imagen no corresponde.

No lo desprecio, ni lo rechazo por supuesto, fue necesario, mejoró nuestra adaptación, ayudó a muchísimas personas que sufrían por estrés o soledad, pero esta actitud positiva, festiva, no nos puede arrastrar a una fantasía, debemos relativizar e incluso desdramatizar lo vivido pero no podemos frivolizar y perder el contacto con la realidad, sobre todo, porque esto nos pone en riesgo, que es lo que está ocurriendo ahora.

¿Cómo vamos a cumplir las nuevas normas? ¿Cómo vamos a respetar los horarios que corresponden? ¿Cómo cumplimos con las medidas de protección y prevención del contagio? 

Lo visto en medios de comunicación era parcial, con una tragedia blanqueada, como una película de terror sin sustos, ni malos, ni víctimas.

Nadie ha visto morgues, ni el sufrimiento de las familias de pacientes enfermos o de fallecidos, sin despedidas, ni funerales, nadie ha visto los hospitales, ni los casos de las personas que fueron despedidas de sus trabajos, o empresarios que tuvieron que cerrar sus negocios. No ha habido luto, ni banderas a media asta, ni crespones negros.

No se trata de dar un espectáculo televisivo, de morbo sin escrúpulos ni respeto, pero sí del derecho a la información completa, veraz, a la toma de conciencia, porque por desgracia, el ser humano no aprende por experiencia ajena, a pesar de internet, de redes sociales, de un mundo conectado.

No creemos en lo que no vemos.

Según los estudios, de hecho, el cerebro humano procesa de manera más rápida y eficaz los estímulos emocionales en situaciones de peligro. Nuestra atención, nuestro aprendizaje, nuestra memoria, todo se asienta en la carga emocional, y no la hemos tenido, porque solo hemos oído hablar de números, curvas y picos. Datos, lógica, gráficas, estudios, no vimos caras, dolor, tristeza, duelo, pérdida, pánico.

La desinformación y la controversia tienen consecuencias nefastas. No nos han dejado concienciarnos, no hemos visto el peligro, y ahora retratamos la irresponsabilidad, toca salir en banda, viajar a una segunda residencia, deportistas en grupo, no respetar los horarios, incluso botellones en la calle.

Son las consecuencias, ojo, esperables aunque no justificables. Tenemos el derecho a que nos protejan, pero, también la responsabilidad personal de contribuir a la solución, sin la inmunidad del rebaño. A pesar de todo tenemos un deber cívico que cumplir y anteponer un bien común frente a las actitudes egoístas.

 

Las 5 fases emocionales del cambio: de la negación a la aceptación

Estas etapas suelen ir asociadas al duelo que experimentamos tras el fallecimiento de un ser querido. Así es, pero también las vivimos tras cualquier pérdida, puede ser la de un trabajo, o después de una ruptura sentimental, o ‘simplemente’ por un cambio drástico en nuestras vidas, tal y como nos sucede ahora por la crisis del coronavirus, en mayor o menor medida, debemos despedir un mundo tal y como lo conocíamos y adaptarnos a una nueva realidad.

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

Escultura: la madre del emigrante en Gijón. Fotografía: Pxfuel (Free for commercial use)

No todos pasamos por estas 5 fases de forma definida, ni con la misma intensidad, ni siquiera con un orden determinado, pero sí que muchos de vosotros os veréis reconocidos en esta evolución de emociones y mediante este análisis normalizamos el tornado de sentimientos por el que vamos avanzando durante esta cuarentena.

La psiquiatra suizo-estadounidense, Elisabeth Kübler-Ross, definió en los años 70 estas 5 fases principales:

  1. Etapa cognitiva: negación. 
  2. Etapa emocional: miedo, ira.
  3. Negociación.
  4. Tristeza y culpa en algunos casos.
  5. Aceptación.

Al principio experimentamos una extraña sensación de irrealidad, nos decimos a nosotros mismos que “esto no puede estar pasando”. Se trata de un mecanismo de defensa que suaviza el ‘golpe’, el cambio abrupto al que nos enfrentamos de repente y a mortiguar el sufrimiento.

Vamos tomando consciencia de la cruda realidad a través del tiempo y de la información, de los hechos concretos del día y entonces surgen las emociones. La ira y la frustración por no poder hacer nada, por no tener los medios para frenar o revertir la situación que no deseamos.

Proyectamos estos sentimientos en todas direcciones y centramos nuestra furia en la búsqueda de culpables, alguien que se responsabilice de nuestro sufrimiento.

También negociamos, es decir, fantaseamos con la idea de que se puede revertir o cambiar aquello por lo que estamos pasando. Es común preguntarse, ¿qué habría pasado si…? o pensar en estrategias que hubieran evitado el resultado final, como ¿y si hubiera hecho esto o lo otro?

Tras esta fase volvemos de nuevo al presente con la sensación de pérdida, nostalgia, o vacío, a echar de menos todo lo anterior, lo que hemos perdido, a tener que vivir sin ello. Nos sentimos melancólicos.

El dolor emocional va perdiendo su poder con el tiempo, poco a poco vamos volviendo a la normalidad. No es una etapa de felicidad repentina, pero vamos disfrutando de los momentos de nuestra nueva vida, de las recientes costumbres.

Aunque pueda parecer un tormento, realmente esta transformación emocional es esencial para que nuestro cerebro asimile las revoluciones propias de nuestro mundo.

Es incómodo aceptar una nueva situación, sin embargo es justo la aceptación la que pone a la persona en contacto con la realidad, te permite afrontar lo que verdaderamente está sucediendo, renunciando al pasado tal y como lo conocíamos y asumiendo que el presente es el que es y no podemos hacer nada.

La soledad no depende de la compañía

Por necesidad, deseada, impuesta, provocada, terrorífica, odiada, existencial… La soledad puede ser muchas cosas, una muy buena o muy mala compañera y lo importante no es si estás solo, sino si te sientes solo.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza.

Fotografía con licencia Pixabay para uso libre

Fotografía con licencia Pixabay de uso libre

Nuestros antepasados cavernícolas pronto aprendieron que si convivían en grupos todo era más fácil, y sobre todo, aseguraban su supervivencia ante las amenazas externas. En grupo se hacían más fuertes, surgían mejores ideas entre todos, colaboraban y repartían las tareas más tediosas y se sentían mejor y más seguros.

Esa carga informativa se grabó en nuestro cerebro más primitivo y, aunque ahora el contexto sea muy diferente al de entonces, nos cuesta deshacernos de esa idea. Es difícil desmontar la creencia sobre que la soledad o sentirse solo es algo muy dramático.

Para muchos, la soledad es una elección personal, un estado donde nace la libertad real, la creatividad, la concentración y el bienestar.

Realmente la soledad no es sinónimo de problema, la clave está en lo que para ti signifique y cómo la afrontes, los pensamientos y mensajes que te diriges a ti mismo al verte en ese estado (que puede ser real o una percepción subjetiva).

Cuida el diálogo contigo mismo/a

Lo que genera miedo, ansiedad o tristeza es decirte a ti mismo: “Voy a estar toda la vida soltero”, “me voy a morir sola”, “nadie me quiere”, “mis amigos no están cuando los necesito”, etc. La ‘culpa’ no será de la soledad sino de esas ideas que te repites en bucle y que además son irreales.

Tu felicidad no puede depender de la compañía.

En modo alguno, no te lo permitas, primero porque la relación con tu compañero/a será dependiente y tóxica, ya pasas a necesitarlo no a elegirlo y a disfrutarlo, segundo porque si perdemos a esa persona perdemos el autoestima, nuestra seguridad, nuestra autonomía, nuestra felicidad en definitiva. Y todo ello no puede depender de algo o alguien externo a ti, a tu control.

Aprender a estar solo es sumamente necesario para poder crecer y madurar psicológicamente. Trata de reevaluar esta cuarentena, y ver el confinamiento impuesto como un buen momento para ello, como una oportunidad para reconducir nuestro diálogo interno.

Recibo muchos mensajes en los que me reconocen que ‘por fin estoy aprendiendo a estar solo‘. Todos podemos hacerlo, hazte consciente y toma medidas.

Eso no pasa por un total aislamiento del mundo, que tampoco es saludable, sino por encontrar el placer de estar con nosotros mismos, sin juzgarnos, cuidándonos como no lo haría nadie.

 

Coronavirus: los jóvenes son los más afectados psicológicamente (según un estudio)

La Universidad Complutense de Madrid y la Cátedra contra el Estigma de Grupo 5 ya han publicado un informe con los datos obtenidos de la primera fase de un estudio sobre el impacto psicológico que ha tenido la pandemia por Covid-19 en la población española general.

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero - CC0

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero – CC0

La situación de confinamiento al que estamos sometidos desde que se inició el estado de alarma para combatir el alto nivel de contagio del virus nos ha pasado factura a nivel psicológico, como era de esperar.

Lo que sorprende de los resultados obtenidos es que el núcleo de edad más afectado ha sido el de la población más joven, que comprende la edad de entre 18 y 39 años.

La muestra utilizada ha sido de casi 3.500 personas de todas las edades, pero los más jóvenes son los que presentan “más ansiedad, depresión y síntomas somáticos, así como un mayor sentimiento de soledad y falta de compañía”. Sin embargo, las personas mayores de 60 años se muestran “más tranquilos y reconocen controlar mejor sus emociones”.

Respecto al estado de ánimo: un 70% de la muestra general reconoce haber experimentado tensión, nerviosismo y angustia en algún momento de la cuarentena, un 55% admite la falta de control sobre el sentimiento de preocupación, un 60% indican falta de interés o placer en hacer cosas y mantener una actividad rutinaria, ya que se sienten sin ganas, sin fuerzas y decaídas, por último, un 45% de la muestra reconoce sentirse muy solo.

En mi opinión, tiene lógica por varios motivos, en un periodo más inicial de la vida nuestra gestión emocional es más inmadura e inestable por sí misma, salvo contadas excepciones y en el mundo en el que vivimos, una persona de 25 años aún no ha tenido tiempo de experimentar situaciones adversas a las que afrontar con fuerza mental.

Esto nos viene grande a todos, pero cuanto menos hayas vivido, menos tiempo has tenido para desarrollar mecanismos de ‘supervivencia psicológica‘.

Como por ejemplo, la resiliencia (adaptación y fortaleza mental), esto es un rasgo de personalidad estable pero también se aprende y se adquiere a través de las experiencias vitales, una persona más madura consigue unos niveles de gestión de las emociones más estables y adaptativos, en definitiva, se toman los problemas y los cambios con más calma.

Una de las pocas transformaciones que se producen en nuestra personalidad, con el paso de los años, es la de suavizar todos los rasgos que definen nuestra forma de ser y la de relativizar tanto lo bueno como lo malo que nos pase. De ahí que el núcleo de la muestra más maduro afronte el impacto de una forma más sosegada.

El estudio será longitudinal y continuará evaluando en las siguientes fases el impacto a largo plazo y la diferencia de género, así como los factores de protección y riesgo que han influido en los diferentes afrontamientos de este periodo aún sin fecha de caducidad. Iremos valorando resultados y consecuencias de esta crisis nueva a todos los niveles.