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Coronavirus: La ansiedad también nos protege

¿Suena chocante el titular verdad? Lo sé, pero es cierto. La ansiedad que sentimos durante estos días de estado de alarma y confinamiento también tiene una función fundamental en nuestra protección contra el Covid-19. Y me explico.

La ansiedad es un mecanismo de defensa

Básicamente se trata de un sistema de alerta que se ‘activa’ en situaciones amenazantes para nuestra salud física y/o mental. Por supuesto, es universal, todos la experimentamos independientemente del género, raza o cultura.

Esto es porque es un comportamiento totalmente adaptativo y ha sido muy importante para la supervivencia del ser humano.

Su función es la de movilizar y preparar al organismo para mejorar su rendimiento y su capacidad para anticipar respuestas. Nos mantiene alerta, dispuestos para intervenir ante amenazas o riesgos y así minimizar las consecuencias todo lo que se pueda.

Así, la ansiedad, nos impulsa a tomar las medidas convenientes (huir, atacar, neutralizar, afrontar, adaptarse, etc.), según el caso y la naturaleza del riesgo o del peligro.

Está ansiedad que sentimos durante la pandemia del coronavirus nos está ayudando

Nos ayuda a ser conscientes del peligro de la situación, a protegernos y a proteger a los demás. La ansiedad que sentimos es miedo, a contagiarnos, a caer enfermos, a transmitirlo, etc. Este miedo es lo que nos mueve a buscar elementos de seguridad.

Necesitamos de una seguridad psicológica constantemente para bloquear nuestras inseguridades y la consecuente incertidumbre.

¿Cómo lo hacemos durante el estado de alarma?

A través de elementos externos, nos hemos concienciado ya del uso de guantes y mascarillas, del aislamiento, de las rutinas de higiene, limpieza y desinfección que nos recomiendan los expertos, etc.

Si no sintiéramos esa ansiedad adaptativa, tendríamos una falta de prevención y, lo que se denomina en psicología, una falsa sensación de seguridad, de control. Dejaríamos de ‘prepararnos ante un posible peligro’ que nos acecha, como si éste no existiera. Nos acomodamos, nos descuidamos.

En el año 2007  la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la menor aparición en los medios, por aquel entonces, de la gripe aviar y la disminución de casos en algunos países habían creado una “falsa sensación de seguridad” que debe evitarse, porque “sigue habiendo peligro de pandemia”. “La amenaza no se ha ido”, publicaban.

Tened siempre en cuenta esta premisa, en vuestras salidas al supermercado, seguid yendo protegidos y conscientes. No bajemos la guardia aunque tengamos los elementos externos de seguridad y calma psicológica.

La ansiedad pues, como mecanismo adaptativo, es buena, funcional, normal y no representa ningún problema de salud, siempre que tenga un contexto objetivo.

La ansiedad o el miedo serán problemáticos cuando salgamos de ésta y haya gente que aún siga en ese estado sin una amenaza real, con temor a salir a la calle o a frecuentar lugares abarrotados de gente. Puede ocurrir, en ese caso acude siempre a un profesional para que te ayude a ‘desactivar’ esa ansiedad innecesaria.

(JORGE PARÍS)

Creadores de bulos: ¿Por qué se inventan información falsa?

Las redes sociales o aplicaciones como Whatsapp son un buen medio para conectarnos, divertirnos e incluso a veces informarnos, pero se han convertido en un magnífico caldo de cultivo para todos aquellos incendiarios que quieren sembrar el caos en momentos de alta susceptibilidad, como el contexto coronavirus en el que nos encontramos ahora.

Fotografía Pixabay Free License

Fotografía Pixabay Free License

Pirómanos de las redes sociales.

La creación de noticias falsas y perfiles de dudosa procedencia son desde hace tiempo habituales, pero durante la crisis del Covid19 y el confinamiento se han multiplicado notablemente. Pero, ¿quién es capaz de improvisar estos bulos?

El perfil psicológico de estas personas es exactamente igual al de un pirómano. Simplemente disfruta haciendo el mal.

Se sienten bien probando el alcance de algún contenido que ellos generan y comprobar las reacciones de los demás, que se viralice, que la difusión se encargue de convertir en real una invención suya, con el único objetivo de hacer daño, crear confusión y miedo.

Se nutren de ese pánico en situaciones caóticas y se aprovechan de éste para tener más éxito en la propagación de sus bulos, por supuesto, casi siempre desde el anonimato que propician las redes o un audio de whatsapp mismamente.

Este perfil también puede participar de un sistema de recompensa social.

Hay personas que, sin embargo, lo que buscan es que sus publicaciones tengan multitud de ‘likes, que se comparta un mensaje suyo y que su contenido llegue a mucha gente, buscando de alguna manera una ‘fama en redes’ (benditos influencers).

Según el nivel de maldad y alarma que originen, para ellos también puede ser un simple juego, una forma de entretenimiento, de divertimento personal para pasar el tiempo y matar su aburrimiento, aunque a veces no sean conscientes de la capacidad destructiva de sus bulos.

Es complicado asignar una motivación única a este tipo de perfiles porque varía en función del mensaje y tipo de contenido que hayan publicado. Habría que analizar caso por caso para estudiar en profundidad el porqué de estos impulsos, y esto resulta casi imposible por lo inaccesible de esta muestra, escondida en el anonimato.

El problema se ha vuelto tan grave que la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha visto obligada a recopilar los mitos que van desmontando en su página web.

La población general tiene la tendencia en creer a todo aquello que ve ‘publicado’.

El periodismo tradicional, el noticiario básico, antes de toda esta revolución de las redes sociales era creíble y fidedigno. Jamás se nos hubiera ocurrido que una noticia publicada por los medios, por un periodista cualquiera, era falsa hace 15 años.

Ahora todo está mezclado e incluso algunos medios de comunicación recogen como noticia a los bulos que se propagan por redes sociales.

Por tanto, nosotros los lectores, ya no sabemos ni que creer, pero a su vez necesitamos información en momentos de desconcierto social, sobre todo si atañen a nuestra salud o a nuestra seguridad. El propio Gobierno nos lanza mensajes contradictorios, las fuentes oficiales lanzan también informaciones encontradas, que van cambiando, que anulan a las anteriores…

Pues claro, nos agarramos a ‘un clavo ardiendo’ para intentar darle sentido a todo esto, para intentar protegernos y actuar correctamente, para estar al tanto del desarrollo de la situación, para cuidar de nuestras familias.

Por eso difundimos, por eso creemos en cualquier cosa que nos llegue y que parezca medianamente coherente.

No debemos sentirnos ‘tontos’ por caer en la difusión de bulos. Los tontos son otros. Nosotros únicamente nos sentimos desprotegidos. Y con razón.

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*Fuente de consulta: Huffpost UK

 

Los mitos sobre la violencia de género

Existen esas frases populares sobre la violencia en la pareja que no dejamos de escuchar pero no por ello son ciertas. Sobre todo, las opiniones que tienden a ‘justificar’ al maltratador o que ponen el foco del problema en la víctima para prevenir o solucionar esta lacra social.

Nunca hay motivos para el maltrato físico o psicológico. Jamás. Por suerte cada vez menos se escucha aquello de, “habrá sido por algo”, “es que hay mujeres infieles que los vuelven locos”. Pero todavía podemos leer titulares como “la mató porque le pidió el divorcio”, “asesinada porque tenía un amante”. Sobran los porqués, no hay razones válidas para quitarle la vida a otra persona, a la persona que supuestamente amas. Nunca.

No, no son ‘cosas de pareja’, no hay que delimitar la violencia machista a un contexto familiar, su dimensión está arraigada a la educación, a la cultura, o incluso a la ‘tradición’ de un país. No es cosa de dos, es una responsabilidad social.

Los hombres no son agresivos por naturaleza, defender una agresividad innata en el género masculino debido a sus niveles de testosterona es defender una mentira. Dicha afirmación es falsa y sigue justificando de algún modo la violencia, en este caso se culpa a la genética. Cualquier persona, si lo desea, puede controlar su conducta, responsabilizarse de sus limitaciones, gestionar sus emociones y modificar sus creencias. No somos esclavos de nuestra genética, somos seres racionales, no animales.

Si el agresor ha sido a su vez víctima de maltrato en la infancia tampoco justifica nada. De hecho, sufrir violencia en la infancia no determina un perfil agresor en la madurez. No hay estudios que demuestren una relación directa.

Las adicciones de cualquier tipo tampoco están vinculadas a la tendencia del maltrato hacia la mujer. El consumo de drogas no causa agresiones, el maltrato se fundamenta en la estructura psicológica del agresor. El consumo de sustancias lo que hace es desinhibir en mayor medida dicha agresividad interna, exacerba las conductas violentas.

Los maltratadores no son enfermos mentales alienados por su patología. Según la OMS tan solo el 10% de los casos de violencia de géneros se relacionan con casos de trastornos psicopatológicos. No podemos encontrar el origen de la agresividad y la pérdida de control en la enfermedad. Los agresores son perfectamente conscientes de sus conductas y deciden ejecutarlas para conseguir sus objetivos.

Y para finalizar, la afirmación más terrible de todas y que, por desgracia, podemos escuchar habitualmente. “Si la mujer le aguanta es porque quiere”, “si esa mujer está tan mal como dice, ¿por qué no le deja?”. Ser víctima de violencia de género te anula psicológicamente, se produce un bloqueo y una incapacidad para buscar una salida, para tomar decisiones.

El maltratador ya ha hecho su ‘trabajo’, te ha aislado de tu círculo de confianza, te ha manipulado, ha bajado tu autoestima al mínimo nivel, te hace pensar que no vales nada, que no vas a poder vivir sin él, estás desamparada y tienes miedo, mucho miedo, a empeorar la situación a que la pague con los hijos, incluso a perder tu vida.

El ciclo del maltrato siempre se repite. Inicialmente se acumula tensión, la cual desemboca en agresión y finaliza con un intento de conciliación. El hombre busca el perdón a través de promesas y manipulaciones. En relaciones con niveles de agresión de alto riesgo, la última fase desaparece y la violencia es constante. Haga lo que haga la mujer el hombre la maltratará porque su estructura psicológica funciona desde el ejercicio del poder a través de la violencia.

Muchas víctimas intentan reducir las agresiones «complaciendo» las exigencias de su pareja. Este tipo de acciones no detienen el ciclo de la violencia, ya que el agresor siempre tendrá motivos para ejercer control y maltrato.

¿Algún día tomaremos conciencia de lo que significa realmente la violencia de género? ¿Dejaremos de escuchar estas justificaciones?