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Cinco ideas erróneas sobre las vacunas de la COVID-19 (2): ¿pueden las personas vacunadas contagiarse y contagiar?

Continuamos hoy con la segunda entrega de ideas erróneas en relación a las vacunas de la COVID-19 (aquí la primera entrega).

4. Las personas vacunadas aún pueden infectarse y contagiar a otras

Reflexión previa que explica por qué esto es incorrecto (quien no la necesite puede continuar después de la foto, aunque esto ayuda a entender las cosas):

Cuando uno llega a la profesión del periodismo desde la profesión de la ciencia, hay ciertas cosas a las que cuesta acostumbrarse. Y una de ellas es el tan diferente concepto de la “verdad”. La ciencia es el mundo de la búsqueda asintótica de la verdad, como un ideal a perseguir a través de un camino de posibilidades y probabilidades que tiende a acercarse cada vez más a ese límite. No es “científicamente demostrado”. Es “los datos actuales sugieren que quizá”. En cambio, el periodismo es el mundo de la verdad urgente y absoluta, sin importar que sea objetiva o no, porque los medios ideológicamente opuestos tienen verdades absolutas opuestas. Y, al menos en ciencia, no pueden ser verdad al mismo tiempo una cosa y su contraria.

En tiempos de pandemia se diría que esto se ha acentuado, porque el público sumido en el temor y la incertidumbre busca verdades absolutas, sí o no, blanco o negro. Y así ocurre que constantemente, día tras días, los científicos están difundiendo los nuevos avances de la investigación sobre el coronavirus convenientemente acolchados entre sus “podría ser”, “a día de hoy los datos apuntan a que”, “quizá”, “probablemente”, “no es descartable que”, “no puede asegurarse que” o “no puede asegurarse que no”.

Pero los medios suelen quitar todo este acolchado –hay redactores jefe para quienes un “quizá” o un “podría” en un titular es algo inaceptable, cuando la ciencia en proceso muchas veces solo puede ofrecer “quizás” y “podrías”– y, así, hacen una verdad de algo que no lo es. Por ejemplo: los científicos dicen que no puede garantizarse que las personas vacunadas no se infecten ni contagien a otras. Los medios cuentan que las personas vacunadas pueden infectarse y contagiar a otras. Cualquiera puede entender que hay una clara diferencia entre ambas cosas.

Vacuna de Moderna contra la COVID-19. Imagen de US Army.

Vacuna de Moderna contra la COVID-19. Imagen de US Army.

Vayamos al tema. ¿Pueden las personas vacunadas contagiarse y contagiar a otras? La respuesta corta: a nivel individual, no es descartable. A nivel epidemiológico, a día de hoy los datos actuales apuntan a que posiblemente esta vaya a ser una preocupación menor.

La respuesta larga. Debe tenerse en cuenta que una vacuna no es un traje de astronauta. Ni una cubierta protectora que repela los virus. No es un “blindaje”. La vacuna crea una respuesta inmune que vigila el organismo para responder contra una infección. Con esto se entiende que, para que la respuesta estimulada por la vacuna haga lo que tiene que hacer, en primer lugar es necesario que el patógeno esté en el organismo, en un lugar u otro, de una manera o de otra.

En el caso de la cóvid, y dado que el objetivo era salvar vidas, el testado de las vacunas se ha centrado en determinar si previenen la enfermedad moderada o grave. Es decir, si salvan vidas.

Por lo tanto, han quedado de lado los objetivos de saber: primero, si la vacuna protege de la infección leve o asintomática; segundo, en caso de que la respuesta sea no, si la carga viral en las personas vacunadas e infectadas es suficiente para contagiar a otras, siempre teniendo en cuenta que aún no se sabe cuál es la carga viral necesaria para contagiar a otras. Estos objetivos no han estado presentes en el diseño de las vacunas, y por lo tanto tampoco se han considerado requisitos para su validación.

Existen casos en los que una vacuna puede proporcionar lo que se llama inmunidad esterilizante, es decir, protección contra una infección productiva.En el caso de un virus que entra por las mucosas respiratorias como el SARS-CoV-2, sería posible obtener una vacuna que favorezca la liberación de un tipo concreto de anticuerpos (IgA) que actúa con preferencia en las secreciones de dichas mucosas en lugar de en el torrente sanguíneo (IgG), y que por lo tanto detenga el virus en la misma entrada. De hecho, se están creando vacunas nasales de este tipo.

Hay un problema adicional, y es que no solamente este no ha sido el objetivo de los ensayos realizados antes de la aprobación de las vacunas ya disponibles, por lo que no existen suficientes datos científicos al respecto; sino que, además, aún no existe tampoco un criterio científico para definir la inmunidad esterilizante en el caso concreto de la COVID-19. Comprobar a gran escala si los vacunados se contagian o no es relativamente sencillo, incluso en los casos asintomáticos; comprobar si estos últimos están contagiando a otros es más complicado.

En resumen, no es que las vacunas de la cóvid no den inmunidad esterilizante. Es que aún no se sabe. En algunos casos ni siquiera se ha examinado; en otros hay indicios de que podría ser así, por ejemplo con la vacuna de Janssen que está a punto de aprobarse. También hay indicios de que la vacuna de Moderna podría reducir en dos tercios las infecciones asintomáticas tras la primera dosis.

En cuanto a la vacuna de Pfizer, un estudio en la población israelí publicado en The New England Journal of Medicine estima una efectividad del 90% tras la segunda dosis para la protección de la infección asintomática. Otro nuevo estudio en trabajadores sanitarios británicos, aún sin publicar, ha detectado una efectividad de la primera dosis de esta vacuna del 72% en infección tanto sintomática como asintomática, que aumenta al 86% después de la segunda dosis, lo que según los autores implica que esta vacuna puede “reducir la transmisión de la infección en la población” (nótese cómo la efectividad en el mundo real suele ser menor que la eficacia anunciada en los ensayos clínicos). También en trabajadores sanitarios británicos, una sola dosis de Pfizer reduce los infectados asintomáticos a la cuarta parte, y estos podrían mostrar niveles más bajos del virus y por lo tanto menor riesgo de infectar a otras personas, según otro estudio aún sin publicar.

Por último, respecto a la vacuna de AstraZeneca, los ensayos han encontrado una protección del 59% contra la infección asintomática con la dosificación óptima (que ya expliqué aquí). Datos más recientes publicados en The Lancet indican una protección contra la infección del 64% tras la primera dosis, incluyendo casos sintomáticos y asintomáticos, lo que sugiere la posibilidad de reducir la transmisión.

En resumen y con los datos disponibles hasta ahora, los autores de una reciente y monumental revisión de las vacunas actuales publicada en Science Advances concluyen con respecto a la posibilidad de que las personas vacunadas puedan contagiarse y contagiar a otras: Aunque este escenario no puede descartarse, pensamos que probablemente será poco común“.

Pero una vez más, conviene insistir: cuando los científicos hablan de si una vacuna reducirá los contagios, lo hacen desde el punto de vista epidemiológico, el de la población general. Al público le interesa el punto de vista individual: ¿me protege a mí del contagio? ¿Me protege de contagiar a otros? Y en este caso la respuesta es… exactamente la que los científicos han estado pregonando desde el principio. Que no puede asegurarse.

6. Las personas vacunadas pueden decir adiós al riesgo de la COVID-19 para siempre

Aunque somos muchos los que nos sentiremos más aliviados cuando recibamos la vacuna, ciertas situaciones que se están viendo en las televisiones estos días son algo preocupantes. Creo que con todo lo anterior ha quedado suficientemente claro que no: las personas vacunadas no necesariamente deben contar con estar del todo protegidas. Ni mucho menos se sabe cuánto durará; para conocer la protección a largo plazo hay que esperar al largo plazo. Aún no existe lo que se llama un correlato de inmunidad de la cóvid, un conjunto de indicadores que sirvan para afirmar que una persona está inmunizada.

Aún no se sabe cuál es la duración de los anticuerpos neutralizantes, ni qué nivel de anticuerpos neutralizantes confiere protección. No se sabe cuál es el papel de los linfocitos T en la inmunidad contra la cóvid ni cuál es la capacidad de las distintas vacunas de estimular esta respuesta, en qué grado y con qué duración. No se sabe qué nivel de inmunidad proporcionan las vacunas en las mucosas por las que entra el virus, ni qué medida de memoria inmunológica se consigue, ni cuánto dura. Las vacunas se han obtenido, probado rigurosamente y validado en tiempo récord, pero caracterizarlas en profundidad llevará meses o años.

Hasta entonces, lo que realmente nos protegerá en mayor medida, lo que finalmente permitirá que algún día podamos volver a la normalidad, no es la vacuna en nuestro brazo, sino muchas vacunas en los brazos de muchas personas. Como ocurre con cualquier otra vacuna, las vacunaciones de otros también nos protegen a nosotros. Y por tanto, las negativas de otros a vacunarse también nos perjudican a nosotros.

Cinco ideas erróneas sobre las vacunas de la COVID-19 (1): la vacuna de AstraZeneca

La campaña de vacunación en España avanza a trompicones, sin dar nunca la sensación de llegar a despegar; para el común de los mortales que no pertenecemos a los colectivos de mayor riesgo o a los privilegiados (este segundo grupo incluiría a aquellos sobre los que no existen datos científicos que apunten a un mayor riesgo de contagio ni de padecer enfermedad más grave, pero que ya han recibido la vacuna), el pinchazo aún parece algo muy lejano. Pero al mismo tiempo, y con toda la difusión que están alcanzando las inmunizaciones, algunos medios están cayendo en ciertas ideas erróneas que pueden dificultar aún más el avance de las vacunas, ya que están contribuyendo a crear confusión e incluso rechazo hacia alguna de ellas. Así que, una vez más, conviene desmontar algunas de estas ideas. Empezamos:

1. Esta vacuna es peor, son mejores estas otras…

Ningún medio ha podido resistirse a la tentación de publicar bonitas infografías en las que se comparan los detalles de las distintas vacunas para que el público pueda saber qué vacuna es mejor, cuál es no tan buena, cuánto protege cada una…

Para que se entienda, esto es como elaborar una bonita tabla comparando la gestión de gobierno de, por ejemplo, Carlomagno, con la de, por ejemplo, John F. Kennedy (por utilizar ejemplos políticamente neutros). Cualquiera entiende fácilmente que esto es comparar peras con manzanas. Y esas tablas publicadas en los medios comparando distintas vacunas también están comparando peras con manzanas.

Las distintas vacunas se han probado y validado en condiciones y con criterios muy diferentes. En un ensayo clínico intervienen infinidad de factores, variables que deben elegirse cuando se diseña el ensayo y que en cada caso son muy distintas: tamaños dispares de los grupos, distintos fraccionamientos, diferentes parámetros medidos, distintos umbrales…

En una revisión en la revista Science Advances, un grupo de investigadores de la Universidad de Cornell se ha echado a la espalda la tortuosa e infernal tarea de recoger todos los datos científicos publicados sobre 17 vacunas, incluyendo las que ya están administrando a la población, con el fin de ajustar sus resultados y condiciones para tratar de sacar algo en claro de sus posibles comparaciones.

El producto de esto son 31 páginas de estudio. A lo largo de las cuales los autores repiten infinidad de veces que la disparidad de los datos, las medidas y los formatos impide la comparación directa de los resultados en la mayoría de los casos. Y escriben: “Necesitaremos más datos […] para saber si todas las vacunas de primera generación pueden proteger a niveles de eficacia cercanos al 90%. También debe tenerse en cuenta que las diferencias en la eficacia aparente pueden depender, al menos en parte, de cómo las infecciones sintomáticas se documentan en los distintos ensayos, lo que parece variar“.

Los investigadores ponen el siguiente ejemplo: en los ensayos de las vacunas de Pfizer y Moderna se identificaba a las personas infectadas cuando acudían por propia voluntad a los centros del estudio informando de síntomas y se les testaba la presencia de ARN viral por PCR, mientras que en el ensayo de AstraZeneca se testaba semanalmente a todos los vacunados y se les hacía rellenar un cuestionario de síntomas. Es evidente que se están midiendo cosas diferentes, y esto significa que los datos de eficacia no son comparables. Este es solo uno de los muchos aspectos diferentes de los ensayos de unas y otras vacunas. Y ni mucho menos se conoce aún cómo evolucionarán con el tiempo los distintos componentes inmunitarios involucrados en la protección con una u otra vacuna.

Al final, la única conclusión de esta monumental revisión es que los resultados en su conjunto implican que la vacunación puede conseguir un alto nivel de protección contra la infección sintomática del SARS-CoV-2. Más aún, hay indicios preliminares de que las vacunas también podrán proteger contra la COVID-19 grave“.

Es por ello que, ante la proliferación de esas tablas e infografías en los medios, no solo en España, alguna revista científica ha tenido que salir al quite: “Por qué es tan difícil comparar las vacunas de la COVID“, titula Nature en un reciente reportaje. Puede ser tentador, pero simplemente no es posible comparar directamente la efectividad de las vacunas basándonos solo en estos resultados“, dice en el reportaje el investigador de la Pennsylvania State University David Kennedy.

¿No es posible entonces obtener una comparación real válida entre distintas vacunas? Podrá serlo, cuando existan estudios que comparen directamente distintas vacunas en un mismo ensayo, con criterios comunes.

Vacuna de la Universidad de Oxford / AstraZeneca. Imagen de Gencat / Wikipedia.

Vacuna de la Universidad de Oxford / AstraZeneca. Imagen de Gencat / Wikipedia.

2. La vacuna de AstraZeneca solo tiene un 60% de… ¿eficacia? ¿Efectividad? ¿Eficiencia?

Incluso algún colectivo de profesionales sanitarios se ha manifestado en contra de recibir la vacuna de AstraZeneca, lo cual ya es para miccionar y no expulsar orina, sobre todo teniendo en cuenta que casi la práctica totalidad de la población, incluyendo sectores que corren serio riesgo de morir por cóvid, aún continúa esperando pacientemente un pinchazo que se les prometió allá por noviembre, pero que parece no llegar nunca. Y teniendo en cuenta que hoy mismo algunas personas se contagiarán y acabarán muriendo de una enfermedad contra la cual ya existen vacunas que podrían salvarles la vida. Quienes van a recibir una vacuna próximamente, sea cual sea, pueden considerarse muy afortunados. La mayoría no tenemos esa suerte.

Ante todo, aclaremos: los ensayos clínicos informan sobre la eficacia de una vacuna. Una vez que esta se administra a la población en el mundo real, se puede medir su efectividad (la eficiencia se refiere a la optimización de la campaña en términos de distribución de recursos, coste y resultados obtenidos).

Eficacia y efectividad pueden ser muy diferentes; por ejemplo, una revisión de estudios de una de las vacunas contra la gripe en niños determinó un 79% de eficacia, pero un 38% de efectividad. Debe entenderse que cuando los resultados anunciados de algunas vacunas contra la cóvid hablan de un 95% de eficacia, esto NO significa que de cada cien personas vacunadas 95 vayan a estar totalmente protegidas y 5 corran el riesgo de infectarse; significa que, en las condiciones ideales del ensayo clínico, se ha observado un 95% de reducción de la enfermedad, definida por unos criterios concretos, en el grupo de las personas vacunadas en comparación con el grupo de placebo. Ni más ni menos.

De esto se entiende que la excesiva difusión que se ha dado a esos numeritos mágicos no hace demasiado bien, ya que no se comprenden. El mensaje que debe quedar es que, si los científicos concluyen de los ensayos clínicos que una vacuna es eficaz, esto significa que su administración a la población general conseguirá proteger a muchas personas directamente, a otras indirectamente gracias a la inmunidad de grupo, y por tanto reducirá enormemente el riesgo epidemiológico para todos. Vacunas como las de la gripe, con efectividades reales muchas veces menores del 50%, salvan miles de vidas cada año.

Con respecto a la vacuna de AstraZeneca, este es el resumen de los datos: un ensayo encontró un 90% de eficacia. Otro determinó un 62% de eficacia (de estos dos datos en conjunto sale el 70% del que se habla). Ambos emplearon distinta dosificación. Ahora, una nueva revisión de los estudios ha encontrado una eficacia del 76% después de la primera dosis. Al administrar una segunda dosis antes de las 6 semanas, se ha obtenido una eficacia del 55%, pero del 81% cuando la segunda dosis se retrasa a más de 12 semanas. Y ¿cuál es la conclusión de todo esto? Que quizá convenga retrasar la segunda dosis.

AHORA BIEN:

Dicho lo anterior, también hay que decir esto. No puede ocultarse que la vacuna de AstraZeneca ha recorrido un proceso accidentado y algo desconcertante. Para empezar, los primeros estudios de vacunación con una sola dosis rindieron una producción de anticuerpos neutralizantes menor de lo esperado. Por algún motivo, los diseñadores de la vacuna decidieron utilizar la proteína Spike o S del virus (la misma que se emplea como inmunógeno en todas las vacunas que han llegado a España) en un tipo de conformación que no parecía la óptima, ya que no incluía ciertos cambios estabilizadores que los experimentos previos sugerían que podían ser ventajosos para mejorar su acción.

Quizá algo sorprendidos por este resultado, los investigadores decidieron sobre la marcha incluir una segunda dosis en el protocolo. Pero por un error, resultó que algunos de los voluntarios del ensayo recibieron en la primera dosis solo la mitad de lo pretendido. Así, hubo un grupo que recibió media dosis + una dosis, y otro al que se le administró una dosis + una dosis.

Extrañamente, resultó que el primer régimen, el de media dosis inicial, funcionaba mejor. Esto no es del todo incomprensible; de hecho, ya se había observado con alguna otra vacuna. Una explicación posible sería que el vector que transporta la proteína S, un adenovirus de chimpancé, estaba interfiriendo de algún modo en la respuesta óptima buscada. Pero también resultó que quienes habían recibido media dosis habían esperado más tiempo para recibir la segunda, por lo que quizá la diferencia se deba al tiempo entre ambas dosis y no a la dosificación. O tal vez a ambas cosas.

Por último, también resultó extraño que los resultados presentados por AstraZeneca incluyeran dos ensayos separados de los que se obtenía la media. Si no es posible comparar los ensayos de dos vacunas distintas, tampoco lo es comparar dos ensayos distintos de la misma vacuna. Es irregular; un dato promediado entre dos ensayos diferentes no tiene el mismo valor que un solo dato obtenido a partir de un único ensayo.

En resumen, a lo largo del proceso de ensayos, AstraZeneca y la Universidad de Oxford (creadora original de la vacuna) han dado tumbos y bandazos que han desconcertado bastante a la comunidad científica. Pero también debemos entender que el trabajo desarrollado a lo largo del último año por los investigadores de vacunas ha sido excepcionalmente rápido y urgente; antes de esta pandemia, el tiempo medio desde el diseño de una vacuna hasta su aprobación era de 16 años. Y cuando se avanza tan deprisa por territorio desconocido, no tiene nada de raro que surjan problemas e incluso errores a los que hay que reaccionar sobre la marcha. Lo importante es el resultado final. Y la vacuna funciona; ha superado el umbral del 60% que se estableció como objetivo mínimo para las vacunación contra la cóvid.

Por mi parte, puedo decir que estoy incluido en el grupo de edad de los que vamos a recibir la vacuna de AstraZeneca. Y que lo haré con gusto, dado que los recursos disponibles deben distribuirse del mejor modo posible entre la población, y este lo es (dejando aparte una vez más la discusión sobre los grupos privilegiados, en la que prefiero no entrar). Esto, también dejando de lado el problema de las nuevas variantes del virus. En particular, la vacuna de AstraZeneca parece ser mucho menos eficaz contra la variante sudafricana. Pero una vez más, aún no hay suficientes datos. Y en cualquier caso, creo que ya debería haber quedado suficientemente claro que esta pandemia no se acaba para cada uno de nosotros el día que recibamos el pinchazo en el brazo.

3. La vacuna de AstraZeneca no puede usarse con la gente mayor: es peligrosa, no sirve o algo

Los científicos dicen: no existen suficientes datos que permitan validar la vacuna de AstraZeneca en personas mayores al mismo nivel de confianza obtenido para el grupo de población más joven. Los medios entienden: la vacuna de AstraZeneca no sirve para las personas mayores. No funciona. O es peligrosa. O algo.

Pero sí, la vacuna de AstraZeneca se ha probado en personas mayores. De hecho, hubo un estudio específicamente dedicado a esto. La conclusión: la vacuna parece ser mejor tolerada por las personas de más edad que por las más jóvenes y tiene una inmunogenicidad similar en todos los grupos de edad después de la dosis de recuerdo“. Según resume la reciente revisión de Science Advances citada más arriba, cuando la vacuna “se testó en voluntarios de edades 18-55, 56-69 o mayores de 70, hubo poca o ninguna reducción de la inmunogenicidad dependiendo de la edad“.

¿Por qué, entonces, esta vacuna solo se está administrando en España a los menores de 55 años? En el conjunto de estudios, el grupo de los mayores de 55 solo ha representado hasta ahora el 12% de los voluntarios –y solo un 4% de mayores de 70– con solo uno de los dos regímenes de administración de dosis probados. Dado que existen distintas vacunas y deben repartirse entre los distintos grupos, las autoridades de algunos países han preferido reservar esta vacuna para el sector de población de menor edad a la espera de más datos. Pero según los datos actuales, sí, la vacuna funciona igual de bien en personas mayores. Y por cierto, el criterio de las autoridades españolas contradice el de la Agencia Europea del Medicamento, que ha recomendado esta vacuna para todos los grupos de edad.

(Continuará)

Según la ciencia, ¿quiénes deberían ser los grupos prioritarios para recibir la vacuna de COVID-19?

Una buena parte del trabajo de los epidemiólogos consiste en planificar las campañas de vacunación de modo que se logre optimizar sus efectos: ante recursos siempre limitados, ¿a quiénes debe vacunarse primero para obtener un mayor beneficio?

Por ejemplo, la llamada vacunación en anillo, consistente en inmunizar a las personas con mayor riesgo de contraer el virus, como los contactos de los infectados, se empleó con enorme éxito en la erradicación de la viruela y en el despliegue de la vacuna contra el ébola en África. Otra estrategia, llamada cocooning (de cocoon, “capullo”, por lo que cocooning vendría a significar “hacer el capullo”; es de suponer que los epidemiólogos castellanoparlantes utilizarán otra traducción mejor), se basa en vacunar a quienes rodean a las personas vulnerables para proteger a estas.

Sirva lo anterior para explicar que, en esto, también hay expertos; ni las vacunas ni la epidemiología se han inventado ayer. Y sobra decir que los epidemiólogos no disertan sobre ello mirando el vuelo de las aves o las entrañas de animales sacrificados, sino haciendo rigurosos estudios científicos y utilizando modelos matemáticos informatizados, a su vez construidos y alimentados con los datos de rigurosos estudios científicos. Y aunque esto debería resultar obvio, no parece serlo tanto cuando en estos días los periódicos, las radios y las televisiones se han llenado de comentaristas y tertulianos vírgenes en conocimientos epidemiológicos, pero unidos al grito de “¡HAY QUE VACUNAR A…!“.

Sin embargo, parece evidente que las autoridades contemplan otros criterios ajenos a los científicos. Por ejemplo, no hay criterios científicos que justifiquen una vacunación prioritaria de líderes políticos, gobernantes, militares, obispos… Por supuesto que hay una consideración hacia los trabajos esenciales. Pero ¿cuáles son? ¿Acaso no son esenciales los repartidores que ponen los alimentos en los estantes del súper o las personas que se sientan en la caja para atendernos?

En estos días han proliferado los colectivos que se consideran a sí mismos esenciales. Todo lo cual podría ser ampliamente discutible, pero no es materia de este blog. Lo que importa aquí es contar cuáles son los criterios científicos que los epidemiólogos están manejando respecto a quiénes deberían recibir la vacuna de forma prioritaria. Y subrayar que, al menos, ningún ciudadano ilustrado debería tomar como dogma lo que nadie que no sea epidemiólogo diga sobre a quién hay que vacunar primero (y los científicos tampoco dogmatizan).

Vacuna COVID-19 de Moderna. Imagen de U.S. Air Force / Joshua J. Seybert.

Vacuna COVID-19 de Moderna. Imagen de U.S. Air Force / Joshua J. Seybert.

Un reciente estudio publicado en Science por epidemiólogos de la Universidad de Colorado resume de forma muy clara cuáles son estos criterios:Hay dos enfoques principales en la priorización de las vacunas: (1) vacunar directamente a aquellos con mayor riesgo de efectos graves, y (2) protegerlos indirectamente vacunando a aquellos responsables de la mayor parte de la transmisión“, escriben los autores.

Es decir, que según la ciencia no siempre es necesariamente más efectivo vacunar primero a los grupos de mayor riesgo, sino que en ocasiones puede obtenerse un mejor resultado si se vacuna a los colectivos que más están extendiendo el virus. Por ejemplo y curiosamente, otros estudios previos citados por los autores han descubierto que en ciertas circunstancias deberían ser los niños quienes recibieran de forma prioritaria la vacuna de la gripe, ya que son los principales contagiadores. En concreto, al parecer la protección directa de los más vulnerables (como los ancianos y enfermos crónicos) es más eficaz cuando hay mucha transmisión de la gripe, pero cuando esta es baja, funciona mejor la protección indirecta vacunando a los niños.

En el caso de la COVID-19, todo es nuevo: nuevo virus, nuevas formas prioritarias de transmisión (aerosoles frente a gotículas y objetos o superficies), nuevos riesgos (transmisión asintomática o presintomática), nuevas vacunas (las de ARN se aplican por primera vez en la población general)… Pero claro, el hecho de que todo sea nuevo no implica que la opinión de cualquiera sobre a quién vacunar primero sea igualmente válida; solo implica que los epidemiólogos deberán hacer un esfuerzo extra para obtener conclusiones avaladas por la ciencia. Y que, como siempre ocurre en ciencia, se necesitarán muchos estudios, no siempre concordantes entre sí, para llegar a un consenso.

Por ejemplo y ya en concreto sobre la COVID-19, otro estudio previo, aún no publicado, tenía en cuenta las posibles variaciones en la efectividad de las vacunas y en su disponibilidad para calcular la priorización óptima. Según este estudio, una vacuna de baja efectividad debería destinarse con preferencia a las personas de más edad, mientras que con otra de alta efectividad debería en cambio priorizarse la vacunación de las personas más jóvenes, a no ser que la disponibilidad de la vacuna sea escasa, en cuyo caso debería favorecerse la protección directa de los ancianos. Y ¿por qué? Porque así es como, según los resultados del modelo matemático, consiguen reducirse más las muertes en cada caso.

Otro factor a considerar para una estrategia óptima, como señalaba otro estudio aún sin publicar, es si una vacuna solo protege de la enfermedad o también bloquea la transmisión del virus. Por último, hay más ingredientes a añadir, como la incógnita sobre qué vacunas protegen en qué medida contra las nuevas variantes del virus que van a continuar surgiendo, hasta qué punto puede proteger una sola dosis de las vacunas que requieren dos si la segunda no está disponible, o si combinar dos dosis de vacunas distintas puede mejorar la protección. Todo lo cual ilustra claramente que el asunto es mucho más complejo de lo que parecen sugerir las opiniones de los tertulianos.

En concreto y en el caso de la cóvid, los autores del estudio de Science llegan a la conclusión de que la vacunación prioritaria de las personas mayores de 60 años es la estrategia que más consigue reducir la mortalidad en la mayoría de los escenarios. Curiosamente, hay matices, ya que la vacunación de personas entre 20 y 49 años es más eficaz para reducir los contagios con una vacuna altamente efectiva y que bloquea la transmisión, y hay ciertas situaciones en las que esta estrategia sería ligeramente mejor para reducir la mortalidad, como cuando se aplican medidas para contener los contagios (como está ocurriendo ahora), o las dosis de la vacuna son escasas, o la vacuna es poco eficaz en personas mayores.

Pero salvando estos matices, concluyen los autores, para la reducción de la mortalidad, la priorización de los adultos más ancianos es una estrategia robusta que será óptima o casi óptima para minimizar la mortalidad para virtualmente todas las características posibles de las vacunas“. Los investigadores recomiendan una última medida para mejorar el resultado: postergar la vacunación de las personas seropositivas frente a las seronegativas. Es decir, vacunar primero a quienes no han pasado la enfermedad.

Sin embargo, conviene aclarar, ya dicho más arriba, que esta es ciencia en proceso: otro estudio reciente de simulación publicado por investigadores de la Universidad de Nueva York en la revista Advanced Theory and Simulations y que ha tomado como escenario un lugar muy concreto, la localidad neoyorquina de New Rochelle, concluye que priorizar la vacunación de las personas de alto riesgo tiene solo un efecto marginal en el número de muertes por COVID-19“.

En general, las autoridades han priorizado la vacunación de las personas mayores. Pero más allá de esto entran factores que estos modelos no contemplan, y que son esenciales de cara a esta segunda fase del plan de vacunación en la que nos hallamos ahora: si se dice que debería vacunarse a los colectivos más expuestos y con mayor riesgo, ¿cuáles son los colectivos más expuestos y con mayor riesgo?

Por ejemplo, la Comunidad de Madrid dijo que estudiaría la vacunación del personal de hostelería por estar expuesto a un mayor riesgo. Al mismo tiempo, dice que los bares y restaurantes son seguros, lo que implica que el personal de hostelería no está expuesto a un mayor riesgo. Con este ejemplo se entiende que ahora las decisiones sobre quiénes recibirán la vacuna próximamente ya no estarán basadas en la ciencia, sino en otro tipo de criterios.

Pero también la ciencia puede analizar cuáles son los colectivos que están expuestos a un mayor riesgo. Diversos estudios han analizado las tasas de infecciones y la mortalidad en distintos colectivos profesionales en diferentes lugares. He aquí algunos datos:

En EEUU, el estado de Washington examinó la incidencia de la cóvid por sectores industriales, concluyendo que los más afectados son, obviamente, los trabajadores sanitarios y sociales (25%), seguidos de agricultura, bosques, pesca y caza (11%), pequeño comercio (10%), fabricación (9%), hostelería (7%), construcción (7%), administración pública (5%), transporte y almacenaje (4%), gestión de residuos (4%), educación (3%) y otros menores.

Un estudio en Reino Unido dirigido por la Universidad de Glasgow y publicado en Occupational & Environmental Medicine, del grupo BMJ, descubre los colectivos profesionales más afectados por cóvid grave: trabajadores sanitarios, seguidos muy de lejos por transporte y trabajadores sociales, con educación, alimentación y policía y otras fuerzas en un nivel mucho menor de riesgo.

También en Reino Unido, el gobierno ha recopilado las muertes por cóvid en distintos sectores profesionales. Después de los trabajadores sanitarios y sociales como grupo más afectado, hay ciertos datos destacados, como una especial incidencia en las mujeres que trabajan en fábricas. No se registra una mortalidad especialmente alta en el sector educativo en general, pero sí en particular en los hombres profesores de secundaria (recordemos que en España se ha priorizado la vacuna para docentes de infantil y primaria, edades con menos propensión a contraer el virus que los adolescentes de secundaria).

Un estudio del Instituto Noruego de Salud Pública ha analizado los casos de cóvid por profesiones. En la primera ola los más afectados fueron los profesionales sanitarios, seguidos de los conductores de autobuses, tranvías y taxis. Pero curiosamente, en la segunda ola la situación cambió por completo: los sanitarios pasaron a un nivel mucho menor de infecciones, mientras que en este periodo las profesiones con más casos fueron camareros/as (incluyendo bares, restaurantes y establecimientos de comida rápida), azafatos/as, transportistas, taxistas, dependientes y recepcionistas. Los autores del estudio explican la posible causa de la discrepancia por el hecho de que al comienzo de la pandemia el testado estaba priorizado sobre todo para el personal sanitario.

Un estudio aún no publicado de la Universidad de California en San Francisco ha analizado los sectores profesionales en los que la cóvid se ha cobrado un mayor exceso de mortalidad en California. Los resultados son algo inesperados: el colectivo más afectado son los cocineros (extrañamente, no los camareros), seguido de los trabajadores de empaquetamiento y envasado, agricultores, panaderos, construcción, producción, operadores de costura y comercio.

En resumen, en este batiburrillo de datos al menos puede verse que, después de la prioridad absoluta de los profesionales sanitarios y sociales, quiénes están más o menos expuestos o corren mayor o menor riesgo puede ser algo discutible y variable según los lugares y otras circunstancias. Pero que nos interesa proteger a las personas que producen alimentos, los transportan y los venden. Y que si algunos datos apuntan a que el personal de hostelería es, en efecto, de alto riesgo, es porque trabaja en lugares de alto riesgo.

Pero sobre todo, si algo parece especialmente claro es que los líderes políticos y gobernantes en ningún caso forman parte de esos grupos de riesgo. Como escriben tres investigadores de la Universidad Johns Hopkins en The New England Journal of Medicine, los marcos de priorización creados por paneles de expertos y adoptados por los estados no conceden a los líderes gobernantes ningún estatus especial, y darles prioridad suscita importantes preguntas sobre justicia y transparencia“.