Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Entradas etiquetadas como ‘arqueología’

¿Podría hacerse un test de ADN a los presuntos restos del autor de ‘El principito’? (II)

Ayer conté aquí que hoy existen parientes vivos por línea materna de Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito, y que por tanto el ADN mitocondrial de estos familiares serviría de patrón de comparación para estudiar si los restos del aviador desconocido enterrados en Carqueiranne (Francia) son los del escritor.

Antoine de Saint-Exupéry. Imagen de Zyephyrus / Wikipedia.

Antoine de Saint-Exupéry. Imagen de Zyephyrus / Wikipedia.

Pero ¿qué posibilidades habría de recuperar ADN mitocondrial viable de la tumba de Carqueiranne? Siempre que los restos del aviador desconocido no fueran incinerados, es posible que aún quede algún fragmento de hueso o algún diente que pudieran servir para la identificación. Una dificultad añadida es que probablemente el cuerpo se enterró junto a otros, ya que se trataba de una fosa común; en este caso un resultado positivo sería una confirmación, mientras que uno negativo no refutaría la posibilidad de que St-Ex fuera enterrado allí, ya que los restos analizados podrían ser los de otro cadáver sepultado en la misma tumba.

Respecto a la posibilidad de que quede algún fragmento del que pueda extraerse material, hay precedentes en los que se ha logrado rescatar y analizar ADN mitocondrial de restos aún más antiguos y conservados en condiciones parecidas. Uno de los casos más notables es el del “niño desconocido” del Titanic, el cadáver de un bebé que se recuperó del mar a los pocos días del naufragio y que fue enterrado en Halifax (Canadá), donde permaneció sin identificar hasta hace solo unos años.

Aunque el clima en Halifax es más frío que en el sur de Francia, lo que favorece la conservación, en su contra tenía el hallarse en una zona permeada por aguas subterráneas, que en combinación con los ácidos del suelo disolvieron la mayor parte de los restos. Cuando se abrió la tumba en 2001, se recuperaron tres piezas dentales y un fragmento de 6 centímetros de un hueso del brazo, suficiente material para extraer ADN mitocondrial que llevó a la identificación del niño como Sidney Leslie Goodwin, un bebé inglés de 19 meses (este estudio rectificaba un análisis anterior que resultó erróneo).

El "niño desconocido" del Titanic, Sidney Goodwin. Imagen de Wikipedia.

El “niño desconocido” del Titanic, Sidney Goodwin. Imagen de Wikipedia.

Por lo tanto, es posible que a pesar del tiempo transcurrido aún quede algún fragmento recuperable en la tumba de Carqueiranne que permitiera un análisis de ADN mitocondrial. Pero si persistiera algún resto, incluso no sería descartable que pudiera además extraerse algo de ADN nuclear. En 2013, un estudio estableció un protocolo para extraer y secuenciar ADN cromosómico de restos sumergidos en agua de mar durante ocho meses, a pesar de que el material se encontraba altamente degradado y con un número de copias muy escaso. Incluso en algún caso se ha logrado un análisis de ADN nuclear de restos hallados en el mar después de 10 años; concretamente, huesos del pie en una bota de goma.

Si pudiera extraerse algo de ADN nuclear, quizá podría compararse con los parientes vivos actuales, pero de esas secuencias también podría obtenerse información complementaria de cara a una identificación. Por ejemplo, hoy los genetistas tienen localizadas ciertas regiones del genoma que pueden relacionarse con rasgos físicos como el color del pelo o de los ojos.

Es más, el análisis de los restos antiguos hoy tampoco se limita al ADN, sino que el estudio de los isótopos (variantes concretas de los átomos) presentes en huesos y dientes puede revelar pistas que no bastan para una identificación, pero que pueden servir como indicios adicionales. Los isótopos presentes en el esmalte dental, que se forma durante la infancia, permiten conocer detalles sobre el lugar geográfico donde se crió el personaje y cuál era su dieta predominante durante sus primeros años de vida, mientras que los huesos desvelan datos sobre ubicación y alimentación también en la edad adulta, ya que el tejido óseo se renueva a lo largo de la vida.

Un ejemplo brillante del uso de estas técnicas fue la investigación que en 2014 llevó a la identificación de los huesos del rey inglés Ricardo III, que vivió en el siglo XV y cuyos restos yacían bajo un aparcamiento en Leicester. Gracias al análisis de isótopos los investigadores pudieron saber que el personaje allí enterrado se crió en Northamptonshire, que a los siete años había emigrado hacia el oeste del país y que en sus últimos años bebía mucho vino y comía sobre todo peces de río y aves de caza. Estos detalles cuadraban con los datos históricos, lo que sirvió para confirmar los resultados de las pruebas de ADN.

Claro que, para que todo esto pueda hacerse, es necesario que alguien esté interesado, y no parece que sea el caso: hasta donde he podido saber, no ha existido siquiera una insinuación de practicar un análisis a los restos del aviador desconocido enterrados en Carqueiranne. Aún más, y como conté hace unos días, parece que en varias ocasiones los herederos de Saint-Exupéry han tratado de boicotear las investigaciones encaminadas a esclarecer el misterio de su desaparición en el mar. En primer lugar trataron de desacreditar al pescador que halló la pulsera del escritor, y posteriormente lograron bloquear durante años el examen de los restos del avión.

¿Cuál es el motivo de esta oposición? En 2004, tras el hallazgo de los restos del avión en el Mediterráneo, uno de los buceadores que participaron en la operación dijo a la agencia France Press: “no había una hélice doblada ni agujeros de bala… Viendo los fragmentos, pensamos en una hipótesis de una caída casi vertical a alta velocidad. Pero es solo una conjetura”.

Dibujo del Lockheed P-38 F-5 Lightning que Saint-Exupéry pilotaba cuando desapareció. Imagen de Cédric Chevalier / Wikipedia.

Dibujo del Lockheed P-38 F-5 Lightning que Saint-Exupéry pilotaba cuando desapareció. Imagen de Cédric Chevalier / Wikipedia.

La teoría principal hasta entonces proponía que el avión de St-Ex, un aparato de reconocimiento sin armas, había sido abatido por un caza alemán. Por ello, en 1948 sus herederos obtuvieron para el escritor el reconocimiento legal de Mort pour la France, muerto por Francia. Sin embargo, a raíz de las pruebas halladas en 2004, cobró fuerza la hipótesis de que St-Ex había decidido poner fin a su vida, una idea defendida por el historiador de la aviación Bernard Mark.

Deprimido por los problemas con su esposa, las deudas y las falsas acusaciones de colaboracionismo con los nazis, bebía en exceso, y “ocho días antes de su última misión había dado pistas de que pensaba en el suicidio”, dijo Mark. La noche antes de aquel vuelo final no durmió. Había dejado sus papeles en orden, había regalado su máquina de escribir y su juego de ajedrez, y había escrito sobre su indiferencia hacia la vida. Cuando el comandante de su escuadrilla supo aquella mañana que había partido, reprendió al personal de tierra: “¿Por qué diablos le habéis dejado volar?”.

A raíz de todo aquel revuelo, un sobrino del escritor, Jean d’Agay, dijo que “las leyendas como Saint-Exupéry no deberían tocarse”. Al parecer, incomodaba la posibilidad de que la reputación del héroe quedara deteriorada. Para dar carpetazo al asunto, el gobierno francés se adhirió a la hipótesis de que St-Ex había caído al mar debido al agotamiento del suministro de oxígeno, una idea sin prueba alguna.

Pero la historia dio un curioso giro en 2008, cuando un expiloto de la Luftwaffe alemana llamado Horst Rippert dio un paso al frente afirmando que él había derribado a St-Ex aquel 31 de julio de 1944. La historia de Rippert fue entonces cuestionada por la prensa francesa. Sin embargo, en octubre del pasado año se publicaba el libro Saint-Exupéry, révélations sur sa disparition, en el que Luc Vanrell (el buceador que encontró los restos del avión) y tres colaboradores dicen presentar pruebas de que Rippert abatió el aparato del escritor. Los autores explican la ausencia de agujeros de proyectil alegando que la parte del avión que recibió los balazos no se ha conservado.

¿Caso resuelto? Tal vez. O tal vez no. Al menos el libro quizá contribuya a que la leyenda no se toque, como deseaba Jean d’Agay. Evidentemente, una eventual identificación de los restos de Carqueiranne no aportaría nada respecto a si St-Ex fue abatido o se suicidó, pero removería un pasado que algunos prefieren dejar como está.

Sin embargo, llama la atención que uno de los firmantes del nuevo libro sea François d’Agay, otro sobrino del escritor. A esto se le pueden poner muchos nombres, pero el más aséptico de ellos es “conflicto de intereses”. Aunque solo sea por el hecho de que, cuando a un artista se le concede la designación de Mort pour la France, sus herederos reciben una extensión de copyright de 30 años para sus obras en Francia. Lo que, sumado a los 70 años habituales, aún les deja a los d’Agay un par de décadas por delante para seguir percibiendo derechos por las ventas de El principito y por el uso del personaje en su país.

¿Podría hacerse un test de ADN a los presuntos restos del autor de ‘El principito’? (I)

Como conté hace unos días, en el cementerio de Carqueiranne (Francia) reposan los restos de un aviador desconocido que apareció muerto en la costa unos días después de la desaparición en vuelo del escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry. ¿Sería posible averiguar si aquel cuerpo era el del autor de El principito?

Y en primer lugar, ¿a alguien le importa? Las actitudes con respecto a esto son diversas: para algunos, más aferrados a una mentalidad tradicional, el análisis de los restos humanos es una quiebra del respeto al difunto, mientras otros opinan que precisamente el respeto a la persona fallecida exige la identificación de su cadáver por los medios técnicos disponibles.

En cualquier caso y como explicaré mañana, es improbable que alguien vaya a promover el examen de los restos de Carqueiranne. Y tal vez ni siquiera quede nada que analizar. Pero si lo hubiera, ¿sería posible practicar una prueba de ADN después de tantas décadas? ¿Habría alguien con quien compararla?

Antoine de Saint-Exupéry, en Canadá en mayo de 1942. Imagen de Wikipedia.

Antoine de Saint-Exupéry, en Canadá en mayo de 1942. Imagen de Wikipedia.

Hoy los expertos en ADN antiguo son capaces de recuperar material legible de miles de años, o incluso cientos de miles de años. Pero los científicos especializados en este campo suelen coincidir en dos cosas: una, que el éxito del test no depende tanto de la edad de las muestras como de su estado de conservación; las muestras más antiguas de ADN que han podido secuenciarse se extrajeron de cadáveres conservados en suelos congelados o de huesos encontrados en cuevas frescas y secas.

En el caso de St-Ex, como se le conoce en Francia, un cuerpo que flotó en el mar durante varios días y después permaneció enterrado durante más de siete décadas, con un traslado de restos incluido, no es desde luego la fuente óptima para obtener una muestra viable. Pero la segunda cosa en la que coinciden los expertos es: hasta que no se intenta, no se sabe si será posible; y si no se intenta, nunca se sabrá.

Una breve explicación sobre los test genéticos. Nuestras células contienen ADN en dos lugares distintos. Por un lado, el núcleo celular alberga los cromosomas que heredamos de nuestros progenitores, 22 del padre y 22 de la madre (llamados autosomas), y un par de cromosomas sexuales; XX en las mujeres, XY en los hombres.

Cromosomas humanos: pares de autosomas (1-22) y cromosomas sexuales (un par de X y una copia de Y). Los hombres llevan XY, las mujeres XX. Imagen de Nami-ja / Wikipedia.

Cromosomas humanos: pares de autosomas (1-22) y cromosomas sexuales (un par de X y una copia de Y). Los hombres llevan XY, las mujeres XX. Imagen de Nami-ja / Wikipedia.

Los test genéticos clásicos, inventados en los años 80 por el británico Alec Jeffreys y que se han empleado desde entonces para las pruebas de paternidad y los estudios forenses, se basan en el análisis de ciertas regiones de los autosomas –llamadas microsatélites– que varían en distintas personas, y que son muy diferentes entre los sujetos no emparentados. Pero este método, llamado Huella Genética o DNA Fingerprinting, es poco útil cuando se trata de muestras antiguas; en los espermatozoides y los óvulos, los pares de cromosomas paterno-materno se intercambian fragmentos entre sí, por lo que la huella genética de una persona se va diluyendo en las generaciones sucesivas.

En cambio, esto no sucede con el cromosoma sexual masculino Y, que no tiene pareja y por tanto no intercambia fragmentos con otro. Por ello, este cromosoma suele servir como referencia válida para comprobar el parentesco incluso entre dos personas separadas por muchas generaciones. Pero para que este análisis sea posible, es necesario que esas dos personas compartan el mismo cromosoma Y. Dado que este se hereda de padre a hijos varones, se incluyen en este caso los hermanos y sus ascendientes y descendientes por línea paterna masculina.

St-Ex no tuvo hijos, y su único hermano varón, François, murió a los 15 años; por cierto, sirviendo de inspiración para el personaje del principito. Para comprobar si existe hoy algún patrón de comparación del cromosoma Y sería necesario estudiar si queda algún otro descendiente masculino de sus ancestros por línea paterna; básicamente se trataría de buscar a algún pariente varón que hoy lleve el Saint-Exupéry como primer apellido. De lo contrario, si no existe, el cromosoma Y del escritor se habría extinguido con él, por lo que no habría hoy ningún familiar que sirviera como patrón de comparación.

De todos modos, la mayor dificultad con el ADN antiguo es recuperar muestras viables de los cromosomas nucleares, ya que solo hay una copia por cada célula y el material genético tiende a degradarse con el tiempo. En cambio, la probabilidad de obtener una muestra válida aumenta enormemente con el segundo lugar de nuestras células que alberga ADN, las mitocondrias.

Esquema de la célula, la mitocondria y el ADN mitocondrial. Imagen de National Human Genome Research Institute / Wikipedia.

Esquema de la célula, la mitocondria y el ADN mitocondrial. Imagen de National Human Genome Research Institute / Wikipedia.

Las mitocondrias son las pilas de la célula. Son los orgánulos que proporcionan la energía necesaria para todos los procesos celulares. Hoy se piensa que originalmente, hace miles de millones de años, eran bacterias de vida libre, que en algún momento se fusionaron con otras células para vivir en simbiosis, aportando energía y recibiendo cobijo a cambio. Como herencia de aquel pasado independiente, las mitocondrias conservan su propio ADN, que sirve para producir componentes de consumo propio. Dado que cada célula contiene cientos o incluso miles de mitocondrias, y que cada una de ellas lleva entre 2 y 10 copias de su ADN, esto significa cientos o miles de copias del ADN mitocondrial en una sola célula, lo que mejora inmensamente las perspectivas de conseguir una muestra analizable.

Sin embargo, como ocurre con el cromosoma Y, el ADN mitocondrial tampoco sirve para estudiar el parentesco entre dos personas cualesquiera, sino que deben estar relacionadas por las reglas de la herencia de este material genético. Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, del primero solo se conserva el núcleo, mientras que el segundo aporta la mayor parte de las estructuras celulares. Por lo tanto, hombres y mujeres llevamos el ADN mitocondrial de nuestra madre. Así, para que este genoma secundario confirme el parentesco entre dos personas, es necesario que ambas estén relacionadas por línea materna.

St-Ex tuvo tres hermanas, Marie-Madeleine, Simone y Gabrielle, con quienes compartía el ADN mitocondrial de su madre. Que yo haya podido encontrar, al menos una de ellas, Gabrielle, tuvo dos hijas, Marie Magdeleine y Mireille, y estas a su vez han tenido un total de cinco hijas (además de algún varón que, de seguir vivo, llevaría también el mismo ADN mitocondrial), por lo que parece que el ADN mitocondrial del escritor sigue vivo y que por tanto en este caso sí habría un patrón de comparación.

(Continuará mañana)

La historia humana se complica: a cambiar los libros de texto

Los libros de texto de ciencias deberían imprimirse a lápiz, para que el profesor pudiera indicar a los alumnos qué deberían borrar y qué deberían escribir sobre lo borrado. No, es broma, pero no lo es tanto. Lo cierto es que el conocimiento científico avanza todos los días, a veces matizando o incluso rectificando ideas básicas, y sería de esperar que cada año se revisaran las ediciones de los libros de texto para incluir lo nuevo.

Esto justificaría que los hermanos no puedan heredar los libros y que deban comprarse nuevos cada año. Pero lamentablemente, no parece que sea el caso. Ya conté aquí que al menos un libro de texto de primaria de una de las principales editoriales, aunque imagino que ocurrirá lo mismo con otros, emplea una clasificación de los seres vivos en cinco reinos que está obsoleta desde hace décadas.

Otra de esas ideas básicas es: ¿desde hace cuánto tiempo existe nuestra especie? Cuando yo era estudiante, aprendíamos que el Homo sapiens surgió hace unos 100.000 años en África. Después, nuevos descubrimientos en Etiopía duplicaron la historia de los humanos modernos: 200.000 años. Y cuando ya nos habíamos acostumbrado a esta cifra, se nos cae de nuevo.

Esta semana, dos estudios publicados en Nature (uno y dos) describen nuevos huesos humanos y restos de industria lítica hallados en un enclave conocido desde los años 60, Jebel Irhoud, un afloramiento rocoso unos 100 kilómetros al oeste de Marrakech que antiguamente formaba una cueva. Los huesos incluyen parte de un cráneo con ciertos rasgos arcaicos, como la forma de la caja encefálica, pero cuyos rostro y dientes son inequívocamente Homo sapiens.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

La clave de los resultados está en la datación de los restos. La nuevas tecnologías de fechado por métodos físicos avanzados están permitiendo datar muestras allí donde la cronología de los estratos del terreno no es una referencia fiable. Hace unas semanas conté aquí cómo estas técnicas han revelado que el Homo naledi, una especie hallada en Suráfrica, vivió hasta hace algo más de 200.000 años, y que este posible solapamiento histórico de una especie humana primitiva con los sapiens en África era hasta entonces algo totalmente inesperado.

Ahora parece confirmarse que los sapiens y los naledi coincidieron en África: según las técnicas de datación utilizadas por los investigadores, los restos de Jebel Irhoud tienen una antigüedad de unos 300.000 años. Esta es la nueva cifra que desde ahora deberemos citar sobre la edad de nuestra especie.

Pero sus implicaciones van mucho más allá: no solo tendremos que acostumbrarnos a la nueva idea de que nuestros ancestros sapiens compartían el continente africano al menos con otra especie humana más, si no con varias; además, los restos de Marruecos, los más antiguos de Homo sapiens conocidos ahora, están muy lejos de África Oriental, que se consideraba la cuna de la humanidad. ¿Qué hacían aquellos sapiens precoces tan lejos de su presunta cuna?

Obviamente, la respuesta es que la idea de la cuna, otro de los pilares clásicos de la paleoantropología, también se tambalea. Según escriben los investigadores, encabezados por el Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck de Alemania y el Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y el Patrimonio de Marruecos, los resultados “muestran que los procesos evolutivos detrás de la aparición del Homo sapiens implicaron a todo el continente africano”. “Estos datos sugieren un origen a mayor escala, potencialmente panafricano”, concluyen.

Y eso, si es que nuestro origen africano no acaba también cayéndose. Hoy está generalmente aceptado que el Homo sapiens surgió en África (a diferencia del neandertal, de origen europeo), y nadie podrá defender algo diferente con pruebas en la mano mientras no se hallen claros restos de nuestra especie anteriores a los 300.000 años de antigüedad fuera de aquel continente.

Pero otra cosa es que sus ancestros también fueran africanos. Hasta ahora se asumía que era así; al menos hasta que el mes pasado dos controvertidos estudios (uno y dos) afirmaran que el hominino más antiguo conocido hasta hoy (los homininos incluyen a los humanos y sus parientes antiguos más próximos que no eran simios) es una especie llamada Graecopithecus freybergi, de más de siete millones de años de antigüedad y hallada en un lugar tan inesperado como Grecia.

En resumen, y si añadimos otros estudios que he comentado recientemente aquí, como el que atribuye al hobbit de Flores un origen africano y el que ha empujado la edad de los primeros restos humanos en América desde los 24.000 años a los 130.000, este está siendo un año especialmente intenso para la paleoantropología, con descubrimientos que están resquebrajando algunos de los muros que hasta ahora sostenían el edificio de la evolución humana.

Hace tiempo, un eminente genetista evolutivo se me quejaba de la aparente tendencia que tenemos los periodistas de ciencia a caer en ese tópico de “esto obligará a reescribir…”. Pero qué le vamos a hacer: con cierta frecuencia, en ciencia hay que demoler lo resquebrajado para construir algo nuevo. Podemos llamarlo reconstruir, reconfigurar, reformular, o todos los res que a uno se le puedan ocurrir, pero en el fondo no dejan de ser lo mismo: reescribir. Y por eso, la ciencia hay que escribirla a lápiz.

Los humanos somos un mal alimento

Estarán de acuerdo en que hay pocos delitos más atroces que el canibalismo… si no fuera porque en general el canibalismo no suele ser realmente un delito. Probablemente no les suene el nombre de Armin Meiwes, pero tal vez sí lo que hizo: en 2001, este técnico de ordenadores alemán publicó un anuncio en internet en busca de un hombre que deseara ser comido, lo encontró en Jürgen Armando Brandes, lo mató y lo devoró, no precisamente en ese orden, y con el consentimiento de su víctima.

Saturno devorando a su hijo, de Goya. Imagen de Wikipedia.

Saturno devorando a su hijo, de Goya. Imagen de Wikipedia.

El llamado caníbal de Rotenburgo hoy cumple cadena perpetua por asesinato, pero antes de la apelación que amplió su condena fue sentenciado a ocho años por homicidio. La ley alemana, como la de otros países, no contemplaba específicamente el canibalismo como un crimen, por lo que su sentencia inicial era similar a la de cualquier otra persona que hubiera cometido un homicidio en circunstancias mucho menos atroces.

Pero el de Alemania no es un caso insólito de laguna legal. En otros muchos países sucede lo mismo, incluido el nuestro: como conté hace tiempo en un reportaje, no hay referencia al canibalismo en la legislación española.

La interpretación que apuntan los expertos es que se castiga por el artículo 526 del Código Penal, un breve parrafito que impone prisión de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses para quien “faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos”.

Es decir, que si una persona se comiera a otra sin mediar otro delito, como un homicidio, recibiría legalmente el mismo castigo que alguien que hubiera dañado la lápida de un cementerio durante un botellón que se fue de las manos.

¿Y por qué? No tengo la menor idea, no soy abogado. Pero parece claro que los humanos tenemos una extraña relación con el consumo de nuestra propia especie. Hace tiempo también conté aquí que durante siglos en Europa se utilizaban partes humanas con fines medicinales. El canibalismo es uno de nuestros tabús culturales más extraños: al contrario que otros, el reconocimiento de su atrocidad va acompañado por una especie de morbo que suele conferir a las historias relacionadas con él una gran atracción popular. Ahí está el caso de los supervivientes del accidente aéreo de Los Andes en 1972, o en la ficción, el éxito del personaje de Hannibal Lechter.

Precisamente por ser un tabú, se ha violado repetidamente a lo largo de la historia como forma de humillar y someter a los vencidos o a las tribus rivales. A finales del mes pasado nos llegaba un estudio describiendo el hallazgo de signos de antropofagia datados en 10.000 años, ayer como quien dice, en la cueva de Santa Maira, en la localidad alicantina de Castell de Castells. En este y otros muchos casos de canibalismo antiguo, los científicos se preguntan y discuten si la práctica tenía motivos rituales o si era simplemente una manera de matar el hambre, a falta de osos o mamuts.

Ahora, el arqueólogo James Cole, de la Universidad de Brighton (Reino Unido), dice tener una respuesta. ¿Conocen esos recuadros en las etiquetas de los productos que informan sobre el contenido nutricional, carbohidratos, grasas, proteínas, calorías…? Pues en un curioso estudio, publicado en la revista Scientific Reports, del grupo Nature, Cole ha elaborado esa etiqueta para el ser humano; no como consumidor, sino como alimento.

El resultado global es que nutricionalmente no podemos competir con otras especies disponibles para los humanos prehistóricos. Cole ha calculado el alimento que proporciona un hombre delgado de 66 kilos, lo que podía ser un enemigo medio en tiempos ancestrales, y le salen en total 144.000 calorías; 32.000 de ellas procedentes del músculo, o lo que entendemos por carne cuando comemos carne.

Según Cole, el valor nutricional de los humanos se asemeja al de un antílope, quedando muy por debajo del de un caballo (200.100 calorías), un oso (600.000) o por supuesto un mamut (3,6 millones). Pero aunque la energía que puede aportar comerse a un enemigo no es algo a despreciar, Cole aporta un argumento razonable: es mucho más difícil cazar a un semejante que a un animal de otra especie. En los antiguos enfrentamientos tribales, los enemigos tenían igual capacidad física e intelectual que uno mismo, y las mismas armas. Una lucha de igual a igual es mucho más arriesgada que la caza de otra especie. Como método de alimentación, alega Cole, la caza humana no compensaba el esfuerzo y el riesgo.

El arqueólogo concluye que probablemente las razones por las que nos hemos comido unos a otros a lo largo de toda nuestra historia son las mismas hoy que en el principio de los tiempos: rituales, sociales, supervivencia en casos extremos… Aunque los signos de antropofagia hallados en otros yacimientos prehistóricos tiendan a anclarnos a la idea de que aquellos seres eran humanos solo en su aspecto, pero que internamente eran simples bestias sin pizca de humanidad, es bien posible que nunca haya sido así; que incluso en aquellos tiempos remotos, comerse a otro ser humano no fuera un simple acto de alimentación, sino que siempre haya tenido el aspecto desesperado o perverso de casos como el accidente de Los Andes, Armin Meiwes o Hannibal Lechter.

¿Mató el humano al hobbit? Su codescubridor dice que no

El llamado hobbit de la isla de Flores, más formalmente conocido en sociedad como Homo floresiensis, es una china fósil en el zapato de los paleoantropólogos.

Recientemente publiqué un reportaje sobre hallazgos recientes que han venido a sacudir las ramas del árbol de la evolución humana, nunca bien definido, pero que cada vez es menos árbol y más otra cosa. Y entre todas estas piezas que empujan a las ya existentes, un clásico bicho raro en la familia humana es el Homo floresiensis, un hombrecillo de un metro que vivió en la isla de Flores, en Indonesia.

El paleoantropólogo australiano Peter Brown, codescubridor del hobbit de Flores. Imagen de P. B.

El paleoantropólogo australiano Peter Brown, codescubridor del hobbit de Flores. Imagen de P. B.

Sus restos fueron descubiertos en 2003 en la cueva de Liang Bua por un equipo bajo la dirección del australiano Mike Morwood y el indonesio Raden Soejono, ambos arqueólogos y ambos ya fallecidos. No buscaban nuevos humanos, sino restos de la migración desde Asia hacia Oceanía. Cuando se toparon con aquel cráneo minúsculo, aquello resultaba tan incomprensible y extravagante que de inmediato llamaron al paleoantropólogo australiano Peter Brown.

Brown viajó a Jakarta más por el interés del viaje que por la esperanza de que Morwood hubiera hallado algo serio. Pero cuando vertió sus semillas de mostaza en la cavidad del cráneo, un método clásico para medir la capacidad craneal, se quedó atónito: tenía allí delante un humano primitivo y diminuto que, según las dataciones, había vivido en aquella isla hace solo 18.000 años. “La última vez que caminó algo con ese tamaño de cerebro fue hace 2,5 o 3 millones de años. No tenía ningún sentido”, decía Brown en un artículo publicado en Nature.

La hipótesis de Brown fue que el hombre de Flores, bautizado popularmente como el hobbit, era un descendiente directo del Homo erectus que redujo su tamaño por un proceso evolutivo denominado enanismo insular, o tal vez era un sucesor de una especie primitiva de menor tamaño como los australopitecos. “Mi propia visión apoya una conexión con un antecesor de cuerpo y cerebro pequeños, más que el enanismo insular”, me decía Brown con ocasión del reportaje mencionado más arriba. “No veo que la combinación de cerebro pequeño y rasgos primitivos del H. floresiensis pudiera resultar del enanismo de un ancestro H. erectus“.

Pero el H. floresiensis no fue aceptado de inmediato: durante años, otros científicos han alegado que se trata de un humano moderno con alguna enfermedad deformante. Hoy se diría que la idea del hobbit como una especie diferenciada va imponiéndose. Y justo cuando sus asuntos se iban asentando, llega algo que vuelve a mover las piezas.

La semana pasada, un estudio en Nature ha presentado una datación corregida del hobbit. En su día se fechó el sedimento circundante, ya que los huesos eran demasiado frágiles y preciosos. Pero los investigadores, básicamente el equipo del difunto Morwood sin la participación de Brown, han descubierto que las rocas originales habían sido reemplazadas por otras más recientes. La nueva datación sitúa el fin de los hobbits hace unos 50.000 años.

Cráneos de 'Homo floresiensis' (izquierda) y 'Homo sapiens'. Imagen de Peter Brown.

Cráneos de ‘Homo floresiensis’ (izquierda) y ‘Homo sapiens’. Imagen de Peter Brown.

Y dado que esto coincide con las fechas en que los humanos modernos se extendieron por la zona, los investigadores sugieren que fue la llegada de los sapiens la que acabó con los hobbits. “No puedo creer que sea una pura coincidencia, basándonos en lo que sabemos que ha pasado cuando los humanos modernos han accedido a una nueva área”, decía en Nature el codirector del estudio Richard Roberts.

Sin embargo, Brown no está tan convencido. Según me cuenta, él ya conocía el error de datación desde hace tres años, pero no está tan seguro de que las nuevas fechas “sean más significativas que las originales”. La cueva, explica, ha sufrido varias inundaciones históricas y tiene una estructura compleja en sus capas de roca.

Lo que no le encaja de ninguna manera a Brown es la hipótesis del exterminio del hobbit por los sapiens: “Mientras que los humanos modernos habían llegado a Australia hace 45.000 años, no hay pruebas de que estuvieran en Flores por esas fechas”. De hecho, añade, los restos más antiguos de nuestra presencia descubiertos en la isla solo alcanzan los 8.000 años de antigüedad. “No hay pruebas que apoyen esta especulación”, subraya Brown.

Hay algo que a Brown sí le gusta del nuevo estudio: “Cuanto más viejas sean las pruebas del H. floresiensis, menos probable es que fuera un humano moderno con alguna enfermedad”.

Maravillosa la Neocueva de Altamira, pero…

En esta Semana Santa he visitado por primera vez la Neocueva de Altamira, la réplica de la joya cántabra del Paleolítico que se abrió al público en 2001. Me dice mi madre que de pequeño pisé la original, antes de que se cerrara a los visitantes, pero no guardo recuerdo de aquello; lo más próximo de lo que encuentro material en mi archivo neuronal es el fresco tridimensional del Museo Arqueológico Nacional, adonde llevé a mis hijos tras la reapertura y que ya de por sí obliga a todo forastero a no marcharse de Madrid sin tacharlo de su lista.

Vista parcial del techo policromado. Imagen del Museo de Altamira.

Vista parcial del techo policromado. Imagen del Museo de Altamira.

A la Neocueva le sucede lo que a ciertas películas como Lawrence de Arabia o Grita libertad, por citar dos ejemplos que ahora mismo me cruzan la memoria. Son magníficas obras maestras del cine por sí solas, sin necesidad de recurrir a ningún otro argumento que desborde los cuatro límites de la pantalla; pero el hecho de que además las historias narradas sean verídicas añade una capa más de valor, como aquel personaje de Proust que solo compraba fotografías de pinturas de monumentos para añadir una capa más de arte.

Quiero decir que la Neocueva sería una maravilla por sí misma incluso si no reprodujera a la perfección un escenario real, si tan solo fuera un pastiche concebido por un creador moderno destinado a homenajear a los primeros artistas de nuestra especie cuyos nombres nunca conoceremos. De hecho, la primera asociación de ideas que se me presentó a la mente al girar el cuello hacia el techo rocoso fue, antes que otros ejemplos de arte rupestre, la bóveda de la sala del Palacio de Naciones Unidas en Ginebra que Miquel Barceló pintó y decoró con un encaje multicolor de chupones de piedra. Las cuevas siempre tienen un algo de claustro uterino para mí y supongo que para otros humanos; tal vez por eso nos atraen.

Pero es que la cueva reproduce fielmente una historia real, una que jamás llegaremos a desentrañar y que nos achicharra la cabeza con preguntas sin respuesta: ¿qué tenía de especial aquel lugar? ¿Por qué tantos artistas diferentes durante miles de años dejaron su impronta en el mismo techo? ¿Aquella cueva tenía algún significado ritual o religioso? ¿O era una especie de cine prehistórico, donde las pinturas servían para narrar las hazañas de caza al resto del clan? ¿Acaso es una obra colectiva nacida del impulso de imitación, como el puente de los candados de París o las paredes de la Bodeguita del Medio de La Habana? ¿Quiénes eran los pintores? ¿Los propios cazadores? ¿Protohistoriadores encargados de conservar la memoria de la tribu? ¿Chamanes? ¿Qué significado tenían los símbolos geométricos? ¿Dónde aprendían sus técnicas, o de dónde nacía su inspiración para innovar?

Vista de la Neocueva. Imagen del Museo de Altamira.

Vista de la Neocueva. Imagen del Museo de Altamira.

Además de todo lo referente al modelo original, la Neocueva apabulla por el titánico y minucioso trabajo de reproducción, cuyos autores sí tienen nombres conocidos que debo destacar en mayúsculas y negritas en señal de aplauso y admiración: la pareja formada por PEDRO ALBERTO SAURA RAMOS y MATILDE MÚZQUIZ PÉREZ-SEOANE, ambos de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, ella por desgracia ya fallecida. Y por su dedicación y empeño para que hoy todos podamos disfrutar de esta delicia, debo añadir al director del Museo de Altamira, JOSÉ ANTONIO LASHERAS CORRUCHAGA. Ellos, junto con, imagino, todo un equipo de apoyo, han logrado hacer realidad una soberbia locura. La Neocueva no es una imitación ni un remedo, no es un sucedáneo para conformarnos con la gula del norte mientras intentamos convencernos de que comemos angulas de verdad. La Neocueva es caviar del bueno. Según dicen, es más parecida a la original que la propia original, ajada por el paso del tiempo y por el paso de los visitantes. La Neocueva es lo más parecido a la contemplación de un milagro que podemos comprar por unos cuantos euros.

Altamira en su conjunto es también uno de los ejemplos que mejor encajan en el territorio de las Ciencias Mixtas, el preferido de este blog. Allí se funden la paleoantropología, la arqueología, el arte, la cultura primitiva, la pretecnología, la química, la ingeniería. El descubrimiento de técnicas de impresión con la capacidad de pervivir a través de los siglos, y el hallazgo de enfoques de representación pictórica que después desaparecerían de todo rastro artístico humano hasta el Renacimiento. ¿Cómo demonios inventaron aquellos tipos la pintura tridimensional aprovechando el relieve de la roca? ¿Cómo diablos aprendieron a aerografiar, a representar el movimiento e incluso a escorzar sus figuras?

Plano de la Neocueva. Imagen del Museo de Altamira.

Plano de la Neocueva. Imagen del Museo de Altamira.

Al prodigio se añade el uso de la tecnología actual: al entrar en la Neocueva, nos topamos primero con el campamento paleolítico, un abrigo recreado en roca donde cobra vida una familia de cazadores magdalenienses gracias a una proyección sobre una luna de cristal. Más allá, el pasillo serpea para mostrarnos la excavación arqueológica y el taller del pintor, antes de desembocar en la sobrecogedora gran sala con sus casi 200 metros cuadrados de techo pintado y repintado. Por último, la galería final rescata algunas de las pinturas y grabados hallados fuera de la cavidad principal. Y en cuanto al aspecto más práctico, quien planee visitar la Neocueva en fechas de gran afluencia, como Semana Santa o algún puente, haría bien en comprar las entradas por anticipado para evitar esperas y asegurar la visita, ya que el aforo es limitado. Quien sea más de improvisar, puede comprar las entradas directamente en taquilla. Y los horarios, aquí.

Me habría encantado acompañar este artículo con un vídeo mostrando las maravillas de la Neocueva. Pero tratándose de una visita familiar, no viajé como periodista. Y mi primera crítica al Museo de Altamira es la absurda y anacrónica prohibición al público de tomar fotografías y vídeos en el interior, por lo que me veo ilustrando este post con fotos enlatadas. Dado que la excusa de los flashes ya no es válida, y en tiempos en que llevar un móvil con cámara es obligado incluso para quienes criticamos la alienación de la era digital y jamás nos hemos hecho un selfie, prohibir la toma de imágenes solo se entiende como burda argucia comercial para que compremos postales. Y tratándose de un museo público y, por tanto, de un patrimonio de todos, el veto a las fotos es sencillamente un abuso contractual sin ninguna justificación razonable.

Mi segunda crítica se refiere a un panel en el museo adjunto donde se muestran algunos recortes de prensa. Allí figura de forma prominente un reportaje publicado en El País en el que se defiende que la reciente reapertura de la cueva original no afectará a su conservación. Pero se omiten los muchos otros artículos en los que innumerables expertos han aconsejado mantener la clausura del recinto para asegurar su perpetuidad. Y antes que condicionar la opinión de los visitantes con un ejercicio de propaganda, la dirección del museo debería ayudar a promover el debate sobre una controversia que aún no está zanjada.

Hace un año conté aquí la apertura del facsímil de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes. Los autores de la réplica expresaban que su intención era dejar a los propios visitantes la posibilidad de concienciarse sobre la necesidad de cerrar el sepulcro original para garantizar su preservación. Y a medida que los propios turistas eligieran visitar solo la reproducción, decían, el gobierno egipcio iría ganando argumentos para limitar el acceso a la tumba auténtica sin que la decisión resultara traumática ni el turismo en Luxor se resintiera. ¿No es más honesto este enfoque, al tiempo que más astuto, que tratar de fabricar una verdad silenciando al oponente? ¿Es que esto último ha funcionado a largo plazo alguna vez desde el Paleolítico?

El circo de Cervantes frente a la ciencia de Ricardo III

Cuánto daño ha hecho el CSI, solía lamentarse un amigo de formación también científica. Él era devoto de la serie, que por otra parte presenta un bien sostenido sustrato de ciencia. Pero las exigencias del guión, que incluyen la resolución de (casi) todos los crímenes en los 45 minutos que dura un episodio –imagino que los policías de verdad también tendrán algo que decir al respecto–, obligan a acelerar los tiempos de las pruebas experimentales de una manera ridículamente irreal. Quienes esperaban, en la rueda de prensa sobre el proyecto Cervantes celebrada esta semana, que una investigación iniciada en enero iba a presentarse en marzo con conclusiones, estudios de ADN y todo, tal vez hayan visto mucho de CSI, pero no tanto de ciencia real.

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el antropólogo Francisco Etxeberria, director del proyecto Cervantes, presentan los resultados de la investigación en Madrid el pasado 18 de marzo. Imagen de EFE / Sergio Barrenechea.

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el antropólogo Francisco Etxeberria, director del proyecto Cervantes, presentan los resultados de la investigación en Madrid el pasado 18 de marzo. Imagen de EFE / Sergio Barrenechea.

No culpo a mis compañeros de Cultura, sino a sus jefes. Sencillamente, ellos no debían estar allí. Como veterano del periodismo y de la ciencia, hace años comprendí la idea que los directores de los medios de comunicación suelen tener sobre lo que debe ser una sección de ciencia: algo que cualquier lector pueda saltarse olímpicamente y aun así permanecer debidamente informado. No estoy exagerando: en un medio para el que trabajé, las pocas ocasiones en que los mandamases consideraban que alguna noticia científica era una parte imprescindible de la actualidad informativa –como la puesta en marcha del LHC o su descubrimiento del bosón de Higgs–, la noticia se sacaba de la sección y se llevaba a portada, para mantener el principio de que cualquier lector podía utilizar la sección de ciencia para envolver el pescado y aun así permanecer debidamente informado.

Para sostener la tesis que vengo a traer, voy a comparar el caso de Cervantes con otro parecido, el del rey Ricardo III de Inglaterra. En 2012, un nutrido equipo de investigadores, bajo el mando de la Universidad de Leicester, comenzó a rastrear el subsuelo de un aparcamiento de aquella localidad británica en busca de los restos perdidos de Ricardo III, el que en la obra de Shakespeare ofrecía su reino por un caballo. Lo último que se supo del monarca fue que nadie atendió su súplica y que por ello murió en combate, siendo su cadáver enterrado en un monasterio franciscano. Aquel edificio desapareció largo tiempo atrás, y en su lugar se puso un aparcamiento. De ahí el inusual lugar de la búsqueda.

No fue hasta más de un año después que los investigadores anunciaron el hallazgo confirmado de los restos del rey, y este es casi un plazo récord (nota: allí estaba chupado; encontraron solo un esqueleto, y entero). Otro año después, todos los resultados se publicaban en la revista Nature Communications. El proyecto, en el que participaron algunos de los mejores investigadores europeos de todas las disciplinas involucradas, desde la historiografía a la química de isótopos, cuenta con una página web bien estructurada e informativa. Los resultados del mismo fueron difundidos y comentados en todas las webs internacionales de ciencia y en las secciones de ciencia de todos los medios digitales.

Pasemos al caso de Cervantes. Mi primera pregunta es por qué un proyecto de tamaña relevancia mundial discurre bajo la batuta de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, a la que la Wikipedia define como “una de las entidades de mayor significación en el campo de las Ciencias Naturales y Antropológicas del País Vasco”. Con todo mi respeto hacia esta noble y antigua institución, de cuyos méritos no dudo, me atrevo a citar la existencia de alguna alternativa: por ejemplo, en España contamos desde hace ya algunos años con un organismo, bastante ignorado por el público, conocido como Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que reúne algunos de los mejores centros científicos en todas las disciplinas imaginables, desde la historiografía a la química de isótopos.

Gloria González-Fortes es una genetista gallega que ha participado en el proyecto de Ricardo III durante su estancia en la Universidad de York, ocupando un rutilante segundo puesto en la lista de firmantes del estudio en el que se publicaron los resultados. Durante una conversación con ella motivada por un reportaje que he escrito para otro medio, ambos nos lamentábamos comparando el penoso circo de Cervantes con la ciencia de Ricardo III. “En Inglaterra, en general, hay más interés por temas de ciencia”, me comentaba Gloria. “En otro país, el de Cervantes sería un proyecto estrella. En Leicester están montando un museo, y hubo polémica entre Leicester y York porque ambas querían llevarse los restos. Aquí hay menos interés, y las autoridades tampoco lo hacen atractivo para el público”, añadía.

Y una muestra, causa o consecuencia de todo esto, es el hecho de que España tampoco disponga de infraestructuras suficientes para abordar de principio a fin un proyecto como el de Cervantes. “En España faltan laboratorios potentes para tratar la parte molecular de la arqueología, que suele hacerse en colaboración con grupos como los de Leipzig o Copenhague, y eso a pesar del patrimonio arqueológico que tenemos”. “Sería bueno que no dependiéramos siempre del extranjero, que no sea una total dependencia en la que solo aportamos las muestras”, opinaba Gloria.

En el fondo de todo esto, yace enterrado un concepto decimonónico de la arqueología. “Aquí es una especialización de historia, mientras que en Inglaterra tiene muchas materias de biología molécular, isótopos, ADN, como una herramienta más en la investigación arqueológica. Aquí hay una tradición más de letras en estudios arqueológicos”, valoraba Gloria. Lo que me devuelve a, y explica, el revuelo en la rueda de prensa de esta semana cuando los periodistas de Cultura esperaban, supongo, una verdad científica. Parece que entre la gente se entiende el concepto de verdad científica como absoluta e incontestable. Pero verdad científica es, de por sí, un oxímoron. Las verdades de verdad podrán ser políticas, judiciales o religiosas. Si queremos llamar verdad científica a algo, será una verdad que pueda falsarse al día siguiente. Eso es el método científico.

Decimonónico ha sido también el tratamiento del proyecto Cervantes de cara al público. Un empeño de tal trascendencia no parece contar con una página web que informe sobre sus objetivos, planificación, financiación, participantes y resultados. Uno debe emprender oscuras búsquedas en la web del Ayuntamiento de Madrid para encontrar alguna información al respecto. Una página, destacada esta semana, está dedicada a contarnos lo que la alcaldesa tenía que opinar sobre la cuestión. Mucho más enterrada está la única página, hasta donde he podido saber, en la que se detalla la composición del equipo investigador a propósito del inicio de la segunda fase del proyecto el pasado 23 de enero; página que viene titulada erróneamente como “Ayuntamiento de Madrid – La Noche en blanco: dispositivo policial, sanitario y de movilidad”. Y en cuanto a los planes previstos y su financiación, lo único que sabemos es que la alcaldesa dijo que, tranquilos, “habrá dinero”. Como a un niño se le promete la paga para el fin de semana.

Quizá algún lector esté descubriendo la conclusión de que el objetivo de este post es arremeter contra el Ayuntamiento de Madrid y el partido que lo gobierna. Error. Tal conclusión sería precisamente una muestra más de lo que vengo a vilipendiar. Quien haya leído unos cuantos posts de este blog ya estará advertido de que la política me importa tres rábanos. En Reino Unido, potencia científica envidiable, sería inconcebible que el asunto de Ricardo III se convirtiera en materia de rabietas partisanas, o que existiera la mínima discusión sobre la necesidad o no de financiar un proyecto así. Aquí, las soflamas a favor o en contra de la financiación del proyecto Cervantes han ardido en internet, tanto por parte de los columnistas como del público en general, y normalmente motivadas por su apoyo o no al partido político que gobierna la capital.

Por no hablar, o mira, sí, de las manifestaciones hostiles a la ciencia por parte de determinados personajes públicos. Francisco Rico, académico de la RAE, atacó el proyecto hablando de los ejemplares de El Quijote que se podrían haber comprado con el presupuesto invertido en la búsqueda de los restos de Cervantes, y declaró que “el cadáver es el excremento del cuerpo”. Me pregunto si al señor Rico le agradaría que, cuando su vida llegue a un fin que espero muy lejano, sus propios restos sean tratados como tal.

Pero las de Rico no han sido, ni mucho menos, las únicas manifestaciones en esta línea. En las redes sociales y en los comentarios a las noticias en los medios he encontrado incontables descalificaciones del proyecto bajo el denominador común del insoportable gasto –más o menos lo que cuestan cuatro metros de ferrocarril de alta velocidad, o sea, de lado a lado del salón– y concluyendo con distintas variaciones de una sentencia lapidaria: “dejad que los muertos descansen en paz”. Y durante la menstruación no hay que lavarse la cabeza. Y masturbarse te deja ciego. Caspa, superstición, caverna y cuentos de viejas. El mismo aire viciado de siempre, la llengua al cul, Basora, César, Kubala, Moreno i Manchón. El eterno hámster español corriendo en su propia rueda y creyendo que así avanza kilómetros. Pan y fútbol.

Epílogo: en junio, Gloria vuelve a marcharse fuera, a la Universidad de Ferrara, en Italia. Tratándose de ciencia, en ningún sitio como lejos de casa.

Los humanos arcaicos también inventaban a la vez

No cabe duda de que los humanos somos seres curiosos e innovadores. Ya sea para resolver nuestros problemas o simplemente para pulverizar nuestros límites, desde antiguo existen casos documentados de descubrimientos o invenciones que varias personas han desarrollado de forma simultánea. Isaac Newton y Gottfried Leibniz formularon el cálculo al mismo tiempo, y Charles Darwin y Alfred Russell Wallace hicieron otro tanto con la teoría de la evolución de las especies. Miguel Servet descubrió la circulación de la sangre sin saber que un médico árabe ya la había descrito antes; y después del aragonés, sin conocer su trabajo, el inglés William Harvey hizo lo mismo. Por no hablar de los inventos con varios padres independientes, entre los cuales se encuentran el teléfono, el aeroplano, la bombilla o la fotografía. En la investigación actual, el descubrimiento simultáneo es algo tan frecuente que a menudo las revistas científicas se ven obligadas a coordinar la publicación de hallazgos similares.

Todos estos casos no responden a la casualidad: la ciencia y la innovación avanzan paso a paso, sobre hombros de gigantes, como dice el proverbio. Y cada uno de esos pequeños incrementos solo puede aparecer cuando el conocimiento y la tecnología están maduros para ello. De ahí que la bombilla se inventara hasta 23 veces en tiempos del que ha perdurado como su padre oficial, Thomas Edison. Y sin embargo, en pasmosa contraposición a todo esto, los modelos que describen la prehistoria de la humanidad y de sus ancestros siempre presumen que las innovaciones, como las técnicas de trabajo de la piedra para fabricar herramientas, han aparecido una sola vez en un único lugar concreto y se han extendido gracias a las migraciones de esas comunidades pioneras.

¿Por qué? “Yo creo que la arqueología se ha contagiado de la visión de la evolución biológica. Y cuando vas acumulando datos en el registro arqueológico, son puntos en el mundo y fechas, y para nuestro cerebro lo más fácil es buscar el punto más antiguo como si hubiera sido único, y suponer que hubo una difusión desde ahí”. Quien responde es Carolina Mallol, arqueóloga de la Universidad de La Laguna (Tenerife). En menos de una semana, es la tercera vez que reseño aquí el trabajo de Mallol. La primera fue a propósito de la desaparición temprana de los neandertales, y la segunda sobre la coexistencia de esta especie y los sapiens en el valle del Danubio. Pero no es manía acosadora por mi parte (Carolina puede dar fe de que nunca nos hemos visto), sino que es el mérito de su trabajo el que lo reclama.

El descubrimiento del yacimiento de Nor Geghi 1 en julio de 2008. Foto de Daniel S. Adler.

El descubrimiento del yacimiento de Nor Geghi 1 en julio de 2008. Foto de Daniel S. Adler.

El motivo es que Mallol es especialista en un campo cada vez más demandado en arqueología, el estudio fino del suelo antiguo en el que cayeron los restos arqueológicos o paleontológicos, y que quedó después encerrado en la roca. Este aspecto de los enclaves arqueológicos, que antes se despreciaba, hoy se considera esencial para situar los hallazgos en su contexto, del mismo modo que el envoltorio de un regalo puede revelarnos tanto de una persona como el propio presente que contiene. Y en este nuevo caso, la investigadora ha participado en un estudio que hoy publica la revista Science y que demuestra precisamente lo que abre este texto: los humanos llevamos cientos de miles de años innovando y lo hemos hecho al mismo tiempo en distintos lugares, una vez que nuestro conocimiento ha avanzado lo suficiente para llegar a lo que Mallol define como “el punto de caramelo”.

Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Connecticut (EE. UU.), ha excavado un enclave llamado Nor Geghi 1, en Armenia, al sur del Cáucaso. La situación de esta región la postula como una auténtica autopista para las antiguas migraciones de los homininos desde África hacia Eurasia, pero solo recientemente ha empezado a abrirse a la exploración arqueológica. Los científicos han encontrado allí un verdadero tesoro: un yacimiento de industria paleolítica en el que se demuestra la transición desde una tecnología a otra que hasta ahora se creía inventada solo en África y transportada después con las migraciones a Eurasia.

Hasta hace unos 300.000 años, los ancestros humanos habían aprendido a trabajar la piedra mediante la llamada tecnología achelense, que obtenía herramientas (llamadas bifaces) de los bloques de piedra como un escultor saca su obra de la roca madre, descartando las lascas y aprovechando el núcleo. La transición desde aquel Paleolítico Inferior al Medio vio el nacimiento de una nueva tecnología revolucionaria, un destello de lo que hoy conocemos como pensamiento lateral: en lugar de desechar las lascas, producirlas según un patrón determinado y utilizarlas como herramientas. Esto es lo que se conoce como tecnología Levallois, y hasta ahora se pensaba que algún genio prehistórico individual la inventó en África para después extenderla por el mundo llevándola consigo.

La evolución tecnológica en el yacimiento armenio de Nor Geghi 1. Arriba, bifaces achelenses. Abajo, núcleos de Levallois. Foto de Daniel S. Adler.

La evolución tecnológica en el yacimiento armenio de Nor Geghi 1. Arriba, bifaces achelenses. Abajo, núcleos de Levallois. Foto de Daniel S. Adler.

Lo que han descubierto los arqueólogos es que Nor Geghi tuvo su propio genio de cabecera. “Los artefactos forman tres grupos”, explica Mallol;”uno de bifaces, otro Levallois, y un tercero que representa un estadio intermedio”. “Tenemos una continuidad, una evolución tecnológica in situ. Un grupo humano que innovó a partir del achelense para llegar al Levallois”. Las dataciones han situado el momento entre hace 325.000 y 335.000 años, lo que convierte el yacimiento en el Levallois más antiguo de Eurasia. El trabajo de Mallol ha permitido reconstruir el contexto a través del estudio microscópico de los estratos. “Sabemos que formó un suelo estable con cobertura vegetal y poco aporte de sedimentos, que los homininos fueron ocupando a lo largo de varios milenios”, relata la arqueóloga. “Esa interpretación casa bien con la cronología de las dataciones, en un período interglacial con condiciones climáticas parecidas a las actuales”. La datación se ha podido precisar también gracias a dos coladas de lava de hace 200.000 y 400.000 años que hicieron un sándwich con el nivel estudiado como relleno.

El nuevo estudio obligará a replantear un dogma tácito de la arqueología y la paleoantropología. “Las lascas son más fáciles de transportar y aprovechan mejor la materia prima, por lo que el Levallois era una adaptación favorecida”, reflexiona Mallol. “Estos grupos eran versátiles, flexibles, y supieron innovar. La tecnología achelense les llevaba a producir muchísimas lascas, y tal vez de repente pensaron que podían emplearlas”. En cuanto a la identidad de aquellos pobladores, la falta de restos humanos impide deducirla. “No podemos saber si era un Homo sapiens arcaico o un heidelbergensis“, apunta Mallol.

Sin embargo, la conclusión presenta un resquicio aún difícil de tapar con las técnicas actuales. Cuando se observa un cambio, es tremendamente complejo establecer si existió un contacto directo, dado que depende de la finura con que la sucesión de capas de roca pueda marcar el paso del tiempo, y de la resolución que puedan aplicar los investigadores al interpretarlo. “No podemos descartar que por allí pasaran muchísimos grupos y que esas ocupaciones se solaparan sin llegar a conocerse”, admite Mallol. “Nuestro argumento para descartar esa posibilidad es que en el paleolítico armenio que hoy conocemos no hay grupos de solo Levallois, o solo bifaces, o solo pasos intermedios, que serían evidencias de un territorio ocupado aisladamente por los tres”.

“Estamos llegando a una resolución de centímetros que nos permite afinar mucho, pero el gran reto es demostrar el contacto”, comenta la investigadora. “Ahora puedes marcar una línea muy clara y decir: aquí hubo 300 años; esta gente no se conoció”. El problema aparece con un concepto que la arqueología comparte con el estudio de documentos antiguos: el palimpsesto. Un manuscrito que fue borrado para escribir de nuevo en el mismo soporte es un palimpsesto. En arqueología, se llama así a una mezcla de estratos que dificulta averiguar qué vino antes o después. “En este caso tienes que buscar otro tipo de marcadores, como por ejemplo pátinas diferentes en los artefactos”. Para disponer de mejores herramientas a la hora de enfrentarse a los nuevos tesoros que aún deben revelar lugares como Armenia, Mallol trabaja en el desarrollo de nuevos marcadores temporales que le permitan diseccionar los palimpsestos. “Es la clave para no quedarnos anclados en una visión de la arqueología del siglo XIX”, concluye.

Neandertales y sapiens, un vals junto al Danubio

Nunca está de más rescatar la vieja frase del escritor y activista Stewart Brand: “science is the only news“; la ciencia es la única noticia o, mejor, la única nueva. La actividad de los investigadores nunca deja de aportar una savia fresca que algunos nos empeñamos en inyectar en las venas de la actualidad informativa, en la esperanza de incitar en algunos la curiosidad por meter las narices en lo que acontece en el laboratorio y en el campo. Pero no siempre tenemos la satisfacción de asistir a algo radicalmente nuevo, un cambio de paradigma. Esto es lo que viene ocurriendo en los últimos años en lo que podríamos denominar el mundo paleo, y los resultados están sacudiendo los cimientos de lo que hasta ahora creíamos saber.

El origen de la revolución está en la novedad del enfoque. Los pioneros de la arqueología o la paleoantropología llegaban a un yacimiento, desenterraban sus piezas con más o menos tiento y se largaban pisando la colilla del puro sobre los restos, por expresarlo gráficamente. Ahora, un enclave que conserva un testimonio del pasado se trata con el mismo cuidado que la escena de un crimen en manos de los CSI, y los científicos que lo analizan ya no se forman en un mismo y único edificio de la universidad. En los equipos hay expertos no solo en artefactos y fósiles, sino también en geografía, geología, clima, edafología, ecología, zoología o botánica. Y en el laboratorio donde estudiarán las piezas encontradas ya no les aguardan solo las tradicionales lupas del arqueólogo, sino también sofisticados microscopios, tomógrafos, escáneres o sincrotrones, cuyos mandos a veces los pilotan ingenieros que jamás oyeron hablar de australopitecos o de bifaces durante todos sus años de carrera.

Todo esto tiene un nombre, en forma de una palabra de 21 letras difícil de pronunciar sin trabarse: interdisciplinariedad. “Se reúnen numerosos especialistas y se hace una aproximación al yacimiento en la que reconstruimos el contexto: paleoambiente, paleoantropología física, tecnología, dieta… Intentamos reconstruir todo lo que podamos”, explica a Ciencias Mixtas la investigadora Carolina Mallol, de la Universidad de La Laguna (Tenerife). Mallol aporta precisamente una pieza clave de ese carácter poliédrico de los estudios paleo: el estudio del suelo antiguo, ese pavimento natural que pisaron los humanos prehistóricos y donde quedaron encerradas innumerables pistas más allá de los grandes tropezones de historia que saltan a la vista de los arqueólogos.

Según conté aquí la semana pasada, Mallol forma parte de un equipo de investigadores que está poniendo patas arriba algunas nociones hasta ahora asumidas sobre los neandertales, esa rama de la familia humana que se separó de la nuestra hace unos 400.000 años. Gracias a ese abordaje interdisciplinar, los estudios de Mallol y sus colaboradores, en consonancia con los de otros expertos internacionales, han demostrado que la extinción de los neandertales fue más temprana de lo sospechado, lo que supone un obstáculo a la idea de que ambas especies llegaron a coexistir.

Sin embargo, y esto es un capítulo que aún no parece zanjado, los estudios genómicos indican que los no africanos llevamos en nuestros genes entre un 1 y un 4% de ADN neandertal. Los científicos que defienden esta conclusión sugieren que este llamado flujo genético (para el cual existen otros muchos términos más populares) acaeció en algún lugar difuso entre Europa del este y Oriente Próximo. Ahora conocemos una zona concreta en la que humanos y neandertales pudieron convivir durante miles de años. Y lo sabemos gracias a un estudio publicado hoy en la revista PNAS y del que Mallol es coautora, junto con un equipo de investigadores de Alemania, Reino Unido, Bélgica y Austria.

La Venus de Willendorf, hallada en 1908 en Austria. Foto de Matthias Kabel / Wikipedia.

La Venus de Willendorf, hallada en 1908 en Austria. Foto de Matthias Kabel / Wikipedia.

El enfoque interdisciplinar permite volver a examinar yacimientos ya conocidos y de los que en su día se extrajo un rendimiento valioso, pero que aún guardaban muchos secretos ahora accesibles con las nuevas técnicas. En 1908, una excavación en Austria sacó de la tierra una figurita femenina que desde entonces se ha conocido como la Venus de Willendorf, por la población en la que se halla el enclave. El equipo internacional del que forma parte Mallol ha emprendido un nuevo análisis del yacimiento, y el resultado es que Willendorf albergó la comunidad de humanos modernos más antigua de la que se tiene noticia en Europa, hace 43.500 años.

La conclusión es fruto de ese riguroso estudio interdisciplinar: “Para la mayoría de yacimientos de esta época conflictiva de transición entre neandertales y sapiens, lo que solía hacerse antes era establecer las condiciones del clima de la época con datos externos al yacimiento, como por ejemplo registros de Groenlandia”, detalla Mallol. “Lo que hemos hecho nosotros es generar datos directos del clima a partir de los moluscos y del sedimento del propio yacimiento”. Los científicos han podido así establecer que aquellos humanos, cuyos artefactos de piedra se han datado con precisión en 43.500 años, habitaban en un lugar frío y estepario, con alguna vegetación similar a la que hoy puede encontrarse en Escandinavia.

“Los resultados de la datación son muy importantes, porque atrasan la primera presencia de la tecnología auriñaciense, ligada al Homo sapiens“, destaca Mallol. Y como conclusión, las fechas indican que sapiens y neandertales pudieron coexistir en aquella región durante miles de años. Sin embargo, lamenta Mallol, aún falta la prueba directa, un contacto físico entre los artefactos de ambas especies: “Hay solapamiento de fechas y sería posible encontrar un contexto de transición, pero aún falta. Incluso en la zona de los Alpes de Suabia [Alemania], donde se han encontrado muchos restos, sigue habiendo una brecha entre ambos”.

La investigadora Carolina Mallol en la excavación del yacimiento de Willendorf. Foto de Carolina Mallol.

La investigadora Carolina Mallol en la excavación del yacimiento de Willendorf. Foto de Carolina Mallol.

Con todo, el solapamiento temporal descubierto es muy sugerente, porque deja abierta la puerta a que ese contacto acabe demostrándose, lo que quizá dependa de la revisión de otros yacimientos, “por ejemplo en la zona de Ucrania y los Cárpatos, donde aparentemente hay culturas de transición”. En lugares como estos será donde los expertos deberán aplicar la enorme finura de este nuevo estilo de hacer arqueología a lo CSI. “Hay que tener en cuenta que esos contactos tienen que darse en un espesor de sedimento muy fino, de unos diez centímetros, a una escala muy pequeña que hay que estudiar microscópicamente”.

Tomados en conjunto, los resultados de los últimos estudios definen un panorama que sitúa una posible convivencia entre ambas especies humanas en Europa central. Los sapiens que llegaron a la península ya llevaban esa dosis de genes neandertales, y aquí nunca llegaron a cruzarse (en ninguno de los sentidos posibles) con sus primos. “Eso explica que, cuanto más hacia el oeste de Europa, hay menos evidencia de Homo sapiens sapiens, y en Iberia no hay”, señala Mallol. La idea extendida de que la Península Ibérica fue el último refugio de los neandertales antes de su extinción también parece ya insostenible. “La visión va a ir cambiando”, apuesta la investigadora.

Pero para que el esquema quede completo, aún faltan algunos cabos por atar. Recientemente, otro equipo de científicos halló en la cueva gibraltareña de Gorham lo que fue descrito como un grabado ejecutado por manos neandertales y datado en 40.000 años, una fecha en claro conflicto con las que defienden Mallol y otros expertos. La investigadora no cree que esta datación vaya a superar un escrutinio más riguroso. “En Gorham también están revisando la cronología. Realmente, allí hay industrias que no encajan ni con un musteriense [neandertales] ni con un auriñaciense [sapiens]”. Pero que nadie tema un enfrentamiento cruento entre arqueólogos a golpe de hachas de sílex: “Lo importante es que haya una buena comunicación entre los especialistas”, concluye Mallol.

Y, volviendo a la frase de Brand, esto tampoco acaba aquí. Me atrevería a apostar que antes de que termine la semana tendremos más y sorprendentes nuevas del mundo paleo. Como dicen los anglosajones, stay tuned.

Una metrópolis de la Edad del Cobre en Toledo

Miguel de Cervantes puso la provincia de Toledo en el mapa del mundo a través de la literatura, consiguiendo que un estudiante de Singapur tenga que aprender a pronunciar correctamente “El Toboso”. Pedro Almodóvar logró además elevar la meseta sur peninsular a la categoría de icono pop, a la altura de la América profunda de Jack Kerouac. La hermosa desolación de los paisajes castellano-manchegos relaja la vista y la mente, además de ofrecer rincones de analogías sorprendentes como el Parque de Cabañeros, donde uno casi esperaría ver desfilar un rebaño de ñus bajo la mirada atenta de un clan de leones. Pero no cabe duda de que los parajes del centro-sur peninsular, por lo general más áridos y polvorientos que verdes y feraces, no son los que buscan quienes eligen vivir al sol, como los exiliados climáticos del norte europeo que se apiñan en la costa mediterránea.

Durante años, los antropólogos han pensado que este carácter solitario ha acompañado a la vasta extensión de la meseta meridional durante toda su historia, y que esta región ha permanecido prácticamente despoblada desde antiguo frente al intenso intercambio cultural y comercial en las costas del Mediterráneo. Pero parece que no es así: un estudio de la Universidad alemana de Tubinga ha descubierto que, con toda probabilidad, ciertos enclaves de lo que hoy es la provincia de Toledo acogieron una floreciente población que, durante la Edad del Cobre, hace 4.000 años, fundía el metal, trabajaba la tierra, cuidaba su ganado, fabricaba herramientas, enterraba a sus muertos en monumentos megalíticos y compartía costumbres y forma de vida con lugares tan lejanos como el sur de Portugal.

Dolmen de Azután. Foto de Felicitas Schmitt / Universidad de Tubinga.

Dolmen de Azután. Foto de Felicitas Schmitt / Universidad de Tubinga.

Los investigadores alemanes, con la colaboración de la Universidad de Alcalá de Henares, han encontrado un área de 90 hectáreas sembrada de esquirlas y herramientas de piedra en el municipio de Azután, en La Jara, donde existe un dolmen funerario que demuestra cómo los pobladores del lugar habían alcanzado un alto grado de desarrollo cultural y tecnológico. Los restos pertenecen al período Calcolítico, una época de transición entre lo que popularmente conocemos como Edad de Piedra y la Edad del Bronce, cuando se descubrió que la aleación del cobre con estaño aumentaba la dureza del metal.

Hasta ahora, los científicos creían que la cuenca del Tajo, encerrada entre el Sistema Central y los Montes de Toledo, había sido prácticamente un desierto humano durante la prehistoria peninsular, debido a su difícil acceso y al obstáculo que probablemente presentaba el propio río, mucho más caudaloso hace entre 4.000 y 5.000 años. Sin embargo, estructuras como el dolmen de Azután sugerían otra cosa, y los nuevos hallazgos parecen confirmar que la situación era muy diferente. En Azután se han hallado también piedras de molino y pesos para redes de pesca, lo que sugiere que los pobladores calcolíticos explotaban intensamente los recursos de la meseta castellana con un sistema de división del trabajo. Felicitas Schmitt, coautora del estudio (aún sin publicar), resume: “Los nuevos descubrimientos en Azután confirman que había un asentamiento y un trabajo del cobre intensivos también en la España central. Hasta ahora, se pensaba que esta actividad se limitaba sobre todo a las fértiles regiones costeras en el sur de la Península Ibérica”.

Los científicos, dirigidos por el arqueólogo Martin Bartelheim, planean comparar sus prospecciones geomagnéticas con fotografías aéreas para tratar de delimitar el tamaño y la estructura del asentamiento de Azután y de otros vecinos, como un posible enclave fortificado en la cercana Aldeanueva de San Bartolomé, donde se han hallado signos de procesamiento del cobre.

Otra prueba de la importancia de estos asentamientos es la semejanza de los restos hallados en Azután con otros muy alejados, como un yacimiento calcolítico en el Algarve portugués. “Las dos regiones son similares en sus tumbas, ritos de enterramiento y objetos, así que estamos trabajando bajo la premisa de que los ríos y las sendas de los pastores desempeñaron un papel importante como vías de comunicación incluso entonces”, explica Schmitt. Con sus resultados, los investigadores esperan ayudar a definir las rutas mesetarias que se empleaban como autopistas de comunicación en la Iberia prehistórica.