BLOGS
Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Entradas etiquetadas como ‘Antropología’

Así seríamos hoy si fuéramos neandertales

Juguemos a la historia-ficción: ¿qué habría ocurrido si nosotros, los que nos autodenominamos Homo sapiens, nos hubiéramos extinguido, y en nuestro lugar hubieran prosperado quienes realmente se extinguieron, los neandertales?

Naturalmente, no tenemos la menor idea, y lo que sigue no es otra cosa que un ejercicio de imaginación sin más pretensiones. Para empezar, los científicos aún no se han puesto de acuerdo en muchas de las características que definían a esta especie, como tampoco en qué fue lo que la llevó a la extinción.

Sobre esto último, tradicionalmente se ha supuesto que nosotros teníamos alguna ventaja adaptativa de la que ellos carecían, y/o que el cambio climático tuvo algo que ver, y/o que nuestra mayor población y expansión los fue reduciendo hasta eliminarlos.

Esta semana se ha publicado un interesante estudio en Nature Communications que no dirime la intervención de los dos primeros factores, las ventajas adaptativas y el cambio climático, pero que sí llega a la interesante conclusión de que en todo caso ambos habrían sido irrelevantes.

Los investigadores han creado un modelo matemático para simular la dinámica de las poblaciones de sapiens y neandertales dejando fuera estos dos factores. Tras correr el modelo cientos de miles de veces, cambiando los valores de diversas variables para dejar el margen necesario a las muchas incertidumbres sobre el pasado y sobre los propios neandertales, en la inmensa mayoría de los casos el resultado terminaba siendo el mismo: ellos se extinguían, nosotros prosperábamos, simplemente porque éramos más.

“Sugerimos que, aunque la selección y los factores ambientales pueden o no haber jugado un papel en la dinámica entre especies de neandertales y humanos modernos, el eventual reemplazo de los neandertales lo determinó la repetida migración de humanos modernos desde África hacia Eurasia”, escriben los investigadores.

Pero ¿y si no hubiera sido así? Demos marcha atrás al reloj unos miles de años e imaginemos que los hoy llamados humanos modernos desaparecieron, y que en su lugar sobrevivimos nosotros, los neandertales.

Lo primero que necesitamos es desprendernos de un tópico erróneo. Apostaría el caballo que no tengo a que, cuando el titular de este artículo llegue a Twitter, provocará algún que otro comentario equiparando los neandertales a salvajes brutos sin el menor atisbo de inteligencia, y probablemente asociando esta categoría al nombre de algún político. Nunca falta.

Pero no: hoy los científicos tienden a pensar que los neandertales eran similares en inteligencia a sus coetáneos antepasados nuestros, los humanos modernos del Paleolítico, antiguamente conocidos como Hombres de Cromañón o cromañones por el hallazgo de sus restos en la cueva francesa de Cro-Magnon.

Probablemente nuestra inteligencia se ha desarrollado desde el Paleolítico, pero podemos imaginar que lo mismo habría ocurrido con los neandertales si hubieran sido ellos los triunfadores en la competición por la supervivencia. Así que aquí estaríamos nosotros, los neandertales, una especie pensante.

Por ello y como es natural, no nos llamaríamos a nosotros mismos neandertales, sino que reservaríamos este apelativo para nuestros antepasados cuyos restos se encontraron en el valle alemán de Neander. Nosotros nos llamaríamos, lógicamente, Homo sapiens. Y esta denominación nos diferenciaría de otra especie humana extinguida sobre la que aún tendríamos muchas incógnitas: los cromañones, que habríamos designado Homo cromagnonensis.

Nuestro aspecto físico sería distinto. El Museo Neanderthal, en Alemania, nos muestra cómo seríamos hoy:

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Seríamos físicamente más robustos, con miembros más cortos, tórax amplio, una fuerte mandíbula, mentón pequeño, cejas prominentes, nariz grande, frente huidiza y un cráneo de mayor tamaño. Existía una app para Android y iPhone, creada por el Museo Smithsonian de EEUU, que neandertalizaba el rostro a partir de una foto, pero por desgracia parece que ya no está disponible. En cualquier caso, podemos imaginar que nuestros cánones de belleza serían algo diferentes, y tal vez el número uno en la lista de los hombres más atractivos del mundo estaría invariablemente ocupado por alguien del estilo del actor Ron Perlman (El nombre de la rosa, Hellboy, Alien resurrección…):

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

O quizá alguien como Steven Tyler de Aerosmith:

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

En cuanto a las chicas, tal vez las proporciones faciales de Linda Hunt (NCIS: Los Angeles) nos parecerían cercanas a la perfección:

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

La nariz de Rossy de Palma ya no sería, como suele decirse, picassiana, sino que sería el modelo más solicitado en las clínicas de rinoplastia:

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Por supuesto, seríamos más fuertes, aunque según los expertos la mayor fortaleza física de los neandertales no se distribuía por igual en todo su cuerpo. Seríamos más potentes arrastrando y levantando pesos; probablemente no habríamos tenido que recurrir tanto al uso de animales de carga o, más modernamente, a las máquinas. Cualquier persona media sería capaz de levantar pesos similares a los que hoy soportan los atletas halterofílicos.

Al contrario que nosotros, los neandertales tenían espacio suficiente en sus anchas mandíbulas para acomodar todas sus piezas dentales, por lo que no sufriríamos con las muelas del juicio, y los problemas de dientes montados y descolocados serían más bien raros. En la sociedad neandertal, la de ortodoncista no sería una salida profesional muy recomendable.

Los neandertales estaban mejor adaptados que nosotros al clima de la Eurasia templada, aunque los científicos aún debaten por qué esta presunta adaptación al frío no se reflejaba en algunos rasgos como la nariz. Pero asumamos la hipótesis tradicional de la adaptación al frío: según esto, no usaríamos tanta ropa de abrigo, y tal vez nos habríamos expandido a las regiones más gélidas del planeta. Quizá nos encontraríamos más cómodos en la Antártida que en los trópicos.

Los ojos de los neandertales eran más grandes que los nuestros, y tal vez también la región de la corteza cerebral dedicada al procesamiento visual. Algunos científicos suponen que su visión en condiciones de poca luz era superior a la nuestra. Si fuéramos neandertales, no necesitaríamos tanta iluminación nocturna. Y esto, unido a la mayor resistencia al frío, sugiere que tal vez nos ahorraríamos un buen dinero en luz y calefacción.

Pero ¿cómo sería nuestra sociedad neandertal? Aquí es donde surgen los problemas. Ciertos expertos proponen que los neandertales eran menos gregarios que nosotros, y que vivían en grupos más pequeños y dispersos. Y se ha propuesto que precisamente este mayor gregarismo nuestro, de los Homo sapiens de la realidad real, fue uno de los factores clave de nuestro éxito: nos unió en grandes grupos para establecernos en asentamientos estables, nos permitió crear las ciudades e inventar la agricultura, y por tanto más tarde la industria, la mecanización, las tecnologías de la comunicación y la información, los transportes globales, y todo aquello en lo que hoy se basan nuestras sociedades.

Si fuéramos neandertales, tal vez viviríamos en pequeñas comunidades desconectadas, cazando y recolectando, pero sin haber desarrollado el conocimiento, la cultura (aún se debate en qué grado los neandertales tenían o no pensamiento simbólico), el orden social, la economía, la industria, la ciencia…

Lo cual pone de manifiesto que, incluso si su supervivencia se hubiera prolongado unos miles de años más, los neandertales lo habrían tenido difícil para sobrevivir en el mundo de los Homo sapiens de la edad contemporánea. Y así es como nuestro experimento mental se desploma.

Claro que tal vez este planeta hoy gozaría de mayor salud si lo hubieran colonizado los neandertales en lugar de nosotros. Eso sí, también nos habríamos perdido muchas cosas por las que merece la pena ser un Homo sapiens.

La historia humana se complica: a cambiar los libros de texto

Los libros de texto de ciencias deberían imprimirse a lápiz, para que el profesor pudiera indicar a los alumnos qué deberían borrar y qué deberían escribir sobre lo borrado. No, es broma, pero no lo es tanto. Lo cierto es que el conocimiento científico avanza todos los días, a veces matizando o incluso rectificando ideas básicas, y sería de esperar que cada año se revisaran las ediciones de los libros de texto para incluir lo nuevo.

Esto justificaría que los hermanos no puedan heredar los libros y que deban comprarse nuevos cada año. Pero lamentablemente, no parece que sea el caso. Ya conté aquí que al menos un libro de texto de primaria de una de las principales editoriales, aunque imagino que ocurrirá lo mismo con otros, emplea una clasificación de los seres vivos en cinco reinos que está obsoleta desde hace décadas.

Otra de esas ideas básicas es: ¿desde hace cuánto tiempo existe nuestra especie? Cuando yo era estudiante, aprendíamos que el Homo sapiens surgió hace unos 100.000 años en África. Después, nuevos descubrimientos en Etiopía duplicaron la historia de los humanos modernos: 200.000 años. Y cuando ya nos habíamos acostumbrado a esta cifra, se nos cae de nuevo.

Esta semana, dos estudios publicados en Nature (uno y dos) describen nuevos huesos humanos y restos de industria lítica hallados en un enclave conocido desde los años 60, Jebel Irhoud, un afloramiento rocoso unos 100 kilómetros al oeste de Marrakech que antiguamente formaba una cueva. Los huesos incluyen parte de un cráneo con ciertos rasgos arcaicos, como la forma de la caja encefálica, pero cuyos rostro y dientes son inequívocamente Homo sapiens.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

La clave de los resultados está en la datación de los restos. La nuevas tecnologías de fechado por métodos físicos avanzados están permitiendo datar muestras allí donde la cronología de los estratos del terreno no es una referencia fiable. Hace unas semanas conté aquí cómo estas técnicas han revelado que el Homo naledi, una especie hallada en Suráfrica, vivió hasta hace algo más de 200.000 años, y que este posible solapamiento histórico de una especie humana primitiva con los sapiens en África era hasta entonces algo totalmente inesperado.

Ahora parece confirmarse que los sapiens y los naledi coincidieron en África: según las técnicas de datación utilizadas por los investigadores, los restos de Jebel Irhoud tienen una antigüedad de unos 300.000 años. Esta es la nueva cifra que desde ahora deberemos citar sobre la edad de nuestra especie.

Pero sus implicaciones van mucho más allá: no solo tendremos que acostumbrarnos a la nueva idea de que nuestros ancestros sapiens compartían el continente africano al menos con otra especie humana más, si no con varias; además, los restos de Marruecos, los más antiguos de Homo sapiens conocidos ahora, están muy lejos de África Oriental, que se consideraba la cuna de la humanidad. ¿Qué hacían aquellos sapiens precoces tan lejos de su presunta cuna?

Obviamente, la respuesta es que la idea de la cuna, otro de los pilares clásicos de la paleoantropología, también se tambalea. Según escriben los investigadores, encabezados por el Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck de Alemania y el Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y el Patrimonio de Marruecos, los resultados “muestran que los procesos evolutivos detrás de la aparición del Homo sapiens implicaron a todo el continente africano”. “Estos datos sugieren un origen a mayor escala, potencialmente panafricano”, concluyen.

Y eso, si es que nuestro origen africano no acaba también cayéndose. Hoy está generalmente aceptado que el Homo sapiens surgió en África (a diferencia del neandertal, de origen europeo), y nadie podrá defender algo diferente con pruebas en la mano mientras no se hallen claros restos de nuestra especie anteriores a los 300.000 años de antigüedad fuera de aquel continente.

Pero otra cosa es que sus ancestros también fueran africanos. Hasta ahora se asumía que era así; al menos hasta que el mes pasado dos controvertidos estudios (uno y dos) afirmaran que el hominino más antiguo conocido hasta hoy (los homininos incluyen a los humanos y sus parientes antiguos más próximos que no eran simios) es una especie llamada Graecopithecus freybergi, de más de siete millones de años de antigüedad y hallada en un lugar tan inesperado como Grecia.

En resumen, y si añadimos otros estudios que he comentado recientemente aquí, como el que atribuye al hobbit de Flores un origen africano y el que ha empujado la edad de los primeros restos humanos en América desde los 24.000 años a los 130.000, este está siendo un año especialmente intenso para la paleoantropología, con descubrimientos que están resquebrajando algunos de los muros que hasta ahora sostenían el edificio de la evolución humana.

Hace tiempo, un eminente genetista evolutivo se me quejaba de la aparente tendencia que tenemos los periodistas de ciencia a caer en ese tópico de “esto obligará a reescribir…”. Pero qué le vamos a hacer: con cierta frecuencia, en ciencia hay que demoler lo resquebrajado para construir algo nuevo. Podemos llamarlo reconstruir, reconfigurar, reformular, o todos los res que a uno se le puedan ocurrir, pero en el fondo no dejan de ser lo mismo: reescribir. Y por eso, la ciencia hay que escribirla a lápiz.

Los humanos somos un mal alimento

Estarán de acuerdo en que hay pocos delitos más atroces que el canibalismo… si no fuera porque en general el canibalismo no suele ser realmente un delito. Probablemente no les suene el nombre de Armin Meiwes, pero tal vez sí lo que hizo: en 2001, este técnico de ordenadores alemán publicó un anuncio en internet en busca de un hombre que deseara ser comido, lo encontró en Jürgen Armando Brandes, lo mató y lo devoró, no precisamente en ese orden, y con el consentimiento de su víctima.

Saturno devorando a su hijo, de Goya. Imagen de Wikipedia.

Saturno devorando a su hijo, de Goya. Imagen de Wikipedia.

El llamado caníbal de Rotenburgo hoy cumple cadena perpetua por asesinato, pero antes de la apelación que amplió su condena fue sentenciado a ocho años por homicidio. La ley alemana, como la de otros países, no contemplaba específicamente el canibalismo como un crimen, por lo que su sentencia inicial era similar a la de cualquier otra persona que hubiera cometido un homicidio en circunstancias mucho menos atroces.

Pero el de Alemania no es un caso insólito de laguna legal. En otros muchos países sucede lo mismo, incluido el nuestro: como conté hace tiempo en un reportaje, no hay referencia al canibalismo en la legislación española.

La interpretación que apuntan los expertos es que se castiga por el artículo 526 del Código Penal, un breve parrafito que impone prisión de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses para quien “faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos”.

Es decir, que si una persona se comiera a otra sin mediar otro delito, como un homicidio, recibiría legalmente el mismo castigo que alguien que hubiera dañado la lápida de un cementerio durante un botellón que se fue de las manos.

¿Y por qué? No tengo la menor idea, no soy abogado. Pero parece claro que los humanos tenemos una extraña relación con el consumo de nuestra propia especie. Hace tiempo también conté aquí que durante siglos en Europa se utilizaban partes humanas con fines medicinales. El canibalismo es uno de nuestros tabús culturales más extraños: al contrario que otros, el reconocimiento de su atrocidad va acompañado por una especie de morbo que suele conferir a las historias relacionadas con él una gran atracción popular. Ahí está el caso de los supervivientes del accidente aéreo de Los Andes en 1972, o en la ficción, el éxito del personaje de Hannibal Lechter.

Precisamente por ser un tabú, se ha violado repetidamente a lo largo de la historia como forma de humillar y someter a los vencidos o a las tribus rivales. A finales del mes pasado nos llegaba un estudio describiendo el hallazgo de signos de antropofagia datados en 10.000 años, ayer como quien dice, en la cueva de Santa Maira, en la localidad alicantina de Castell de Castells. En este y otros muchos casos de canibalismo antiguo, los científicos se preguntan y discuten si la práctica tenía motivos rituales o si era simplemente una manera de matar el hambre, a falta de osos o mamuts.

Ahora, el arqueólogo James Cole, de la Universidad de Brighton (Reino Unido), dice tener una respuesta. ¿Conocen esos recuadros en las etiquetas de los productos que informan sobre el contenido nutricional, carbohidratos, grasas, proteínas, calorías…? Pues en un curioso estudio, publicado en la revista Scientific Reports, del grupo Nature, Cole ha elaborado esa etiqueta para el ser humano; no como consumidor, sino como alimento.

El resultado global es que nutricionalmente no podemos competir con otras especies disponibles para los humanos prehistóricos. Cole ha calculado el alimento que proporciona un hombre delgado de 66 kilos, lo que podía ser un enemigo medio en tiempos ancestrales, y le salen en total 144.000 calorías; 32.000 de ellas procedentes del músculo, o lo que entendemos por carne cuando comemos carne.

Según Cole, el valor nutricional de los humanos se asemeja al de un antílope, quedando muy por debajo del de un caballo (200.100 calorías), un oso (600.000) o por supuesto un mamut (3,6 millones). Pero aunque la energía que puede aportar comerse a un enemigo no es algo a despreciar, Cole aporta un argumento razonable: es mucho más difícil cazar a un semejante que a un animal de otra especie. En los antiguos enfrentamientos tribales, los enemigos tenían igual capacidad física e intelectual que uno mismo, y las mismas armas. Una lucha de igual a igual es mucho más arriesgada que la caza de otra especie. Como método de alimentación, alega Cole, la caza humana no compensaba el esfuerzo y el riesgo.

El arqueólogo concluye que probablemente las razones por las que nos hemos comido unos a otros a lo largo de toda nuestra historia son las mismas hoy que en el principio de los tiempos: rituales, sociales, supervivencia en casos extremos… Aunque los signos de antropofagia hallados en otros yacimientos prehistóricos tiendan a anclarnos a la idea de que aquellos seres eran humanos solo en su aspecto, pero que internamente eran simples bestias sin pizca de humanidad, es bien posible que nunca haya sido así; que incluso en aquellos tiempos remotos, comerse a otro ser humano no fuera un simple acto de alimentación, sino que siempre haya tenido el aspecto desesperado o perverso de casos como el accidente de Los Andes, Armin Meiwes o Hannibal Lechter.

Pasen y vean la dolorosísima picadura de la hormiga bala

Algo tienen los animales peligrosos o venenosos que nos repelen y al mismo tiempo nos atraen; como cuando los niños se tapan los ojos para no ver una secuencia de una película que les atemoriza, pero dejando una rendija entre los dedos para no perderse detalle.

La parasitología, con sus escabrosos relatos de repugnantes colonizaciones corporales, es una de las ramas más morbosas de la biología. Y cuando se trata no de parásitos, sino de criaturas picadoras o mordedoras, nos encanta saber cuál duele más, cuál es más venenosa, cuál es más letal, en cuánto tiempo puede matar.

Probablemente más de uno sentiría curiosidad por saber qué se siente, cómo de dolorosa es la picadura de tal bicho, pero la mayoría preferiríamos limitarnos a imaginarlo. Al menos, hasta que llegue el cine 5D o 6D (que ya no sé cuál “D” tocaría) en el que un espectador pueda, si le apetece una experiencia realmente fuerte, pasar por las mismas sensaciones que los personajes de la pantalla, aunque sea por un segundito. Quién sabe, no descarten que algún día lleguemos a verlo.

Pero mientras tanto, hay quienes se ofrecen a sentirlo por nosotros. Hace algo más de dos años les conté aquí el loable esfuerzo en pro de la ciencia de Michael Smith, entonces candidato a doctor por la Universidad de Cornell (EEUU). Durante su trabajo de tesis en sociobiología de las abejas y tras recibir múltiples picaduras accidentales, decidió emprender un estudio paralelo lo más riguroso posible sobre el nivel comparativo de dolor de los aguijonazos en diferentes partes del cuerpo. Ganaron las fosas nasales, el labio superior y el cuerpo del pene; al releer ahora aquel artículo, he recordado que olvidé preguntarle por qué no había incluido el glande, mucho más sensible.

Este morbo nuestro lo explotan bien los documentales de naturaleza en los que ha proliferado la figura al estilo Frank de la Jungla, el tipo que, con más o menos conocimiento de la naturaleza y más o menos sentido de teatralidad especiado con ciertas dosis de exhibicionismo, se pone deliberadamente en grave riesgo ante distintas criaturas de la naturaleza para solaz de quienes lo contemplan desde la seguridad del sofá.

Entre ellos está Coyote Peterson, de quien nada sé, excepto que hace un programa llamado Brave Wilderness y que se ha propuesto experimentar las picaduras de insectos más dolorosas del universo. ¿Y cuáles son las picaduras de insectos más dolorosas del universo?

En esto contamos con la ayuda inapreciable de Justin Orvel Schmidt, entomólogo estadounidense que en 1983 comenzó a clasificar, basándose en su experiencia personal, el dolor infligido por las diferentes especies de himenópteros (hormigas, abejas y avispas) que le han picado a lo largo de su carrera.

Este trabajo hoy se conoce como Índice Schmidt de dolor de las picaduras, pero conviene aclarar que no es una escala científica: la valoración de Schmidt es subjetiva y se basa en picaduras en condiciones no controladas, a diferencia del estudio de su casi homónimo Smith. Aun así, el índice tiene su gracia, al ir acompañado por coloridas descripciones propias de un catador de vinos, que Schmidt reúne en su libro The Sting of the Wild; por ejemplo, en el caso de la picadura de la avispa roja del papel (Polistes canadensis), “cáustica y ardiente, con un regusto final característicamente amargo. Como verter un vaso de ácido clorhídrico en un corte hecho con un papel”.

Según Schmidt, hay tres himenópteros (cuatro, según otras versiones) que alcanzan el nivel 4, el más alto de su índice: las avispas del papel del género Synoeca, la avispa cazatarántulas (un avispón del género Pepsis) y, sobre todo, la hormiga bala o isula (Paraponera clavata), un bicho de tres centímetros que alcanza un 4+ y cuya picadura el entomólogo describe así: “dolor puro, intenso, brillante. Como caminar sobre carbones encendidos con un clavo oxidado de ocho centímetros hincado en el talón”.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Pero cuidado, leerán por ahí que la de la hormiga bala es la picadura de insecto más dolorosa del mundo, o incluso que es el peor dolor posible. No creo que Schmidt haya afirmado jamás tal cosa: su índice solo incluye himenópteros, dejando fuera otros insectos (aquí he hablado de la mosca negra, que en diferido hace bastante más pupa que una avispa), otros bichos no insectos (como arañas o escorpiones), otros animales no bichos (por ejemplo, serpientes) y, por supuesto, toda clase de dolores de otro tipo.

Pero vamos al grano. Gracias al trabajo de Schmidt y de otros entomólogos no tan mediáticos (y a la película Ant-Man, donde la mencionaban), la gigantesca hormiga bala ha sido elevada al trono del dolor supremo. Conocida por diferentes nombres en los distintos países donde habita, en las selvas tropicales de Centro y Suramérica, el apelativo de “bala” le viene de alguien que comparó el dolor de su picadura al de un disparo. Lo cual me hace compadecerme del pobre desgraciado al que le haya tocado en suerte recibir un balazo y ser picado por este bicho. Peor aún, el nombre de hormiga 24 horas que se le otorga en algún país no se debe a que atienda también por las noches, sino a que el sufrimiento extremo provocado por su aguijonazo puede prolongarse durante un día entero.

Y así llegamos al vídeo de Coyote Peterson. Si quieren saltarse los trozos aburridos, en los primeros tres minutos este naturalista con ciertas maneras de vendedor de Galería del Coleccionista nos ofrece flashbacks de sus anteriores picaduras. Luego emprende una búsqueda por la selva costarricense en pos de la hormiga bala, hasta que hacia el minuto 12 llegamos a la parte más jugosa.

Peterson no es el único ni el primero que ha decidido someterse voluntariamente a esta tortura. Les explico: la tribu Sateré-Mawé, en la Amazonia brasileña, practica un cruel rito de paso a la edad adulta consistente en obligar a los niños a que se calcen una especie de manoplas tejidas en las que se inmovilizan hasta 300 hormigas bala, previamente anestesiadas con un brebaje. Cuando las hormigas se despiertan, furiosas por encontrarse presas de la cintura en la urdimbre del guante, comienzan a lanzar aguijonazos. Entonces el niño debe ponerse las manoplas y aguantarlas en sus manos durante diez larguísimos minutos. Y lo peor, no será considerado un verdadero hombre hasta que sufra este ritual un total de 20 veces.

Que se sepa, nadie hasta ahora ha promovido una campaña en contra de esta brutalidad contra la infancia. Y el ritual parece legítimo: he comprobado que se describe en artículos académicos como este, este y este. Pero naturalmente, esto da ocasión para asegurar éxito de audiencia a programas como este del dúo australiano Hamish & Andy, en el que uno de ellos (el “menos hombre” de los dos, a juicio del jefe de la tribu) acepta pasar por la tortura de los guantes.

Claro que no se puede reprochar a Hamish el resistir las manoplas durante solo unos segundos. Pero comparen su aguante con el de este miembro de los Sateré-Mawé que se somete por primera vez a su rito de paso, según filmó National Geographic:

También sorprende el estoicismo de este Frank de la Jungla británico, el naturalista televisivo Steve Backshall:

Pero además de dar ocasión a los Sateré-Mawé para aparecer en los documentales a costa de otro blanquito más que quiere hacerse el machote, la hormiga bala puede ser un fructífero recurso para la ciencia, como ocurre con otros venenos. La poneratoxina, el ingrediente principal del veneno de este insecto, es un potente compuesto neurotóxico paralizante descrito por primera vez en 1990.

Desde el punto de vista biológico es sorprendente cómo un simple péptido (o probablemente varios, según se ha descubierto este año) de solo 25 aminoácidos puede provocar tal caos en el sistema nervioso interfiriendo en las sinapsis neuronales y las uniones neuromusculares. Curiosamente, este último efecto se revertía en un experimento utilizando otra toxina mítica, la tetrodotoxina, la conocida como “toxina zombi” del pez globo.

Actualmente los científicos estudian la ponerotoxina como un posible insecticida biológico, utilizándola para armar a un virus que infecta a los insectos. Aunque como ya imaginarán, aún deberá recorrerse un largo camino para demostrar que esta estrategia es segura y no causa un estropicio para otras especies o el ser humano. También se ha tanteado su uso como posible analgésico.

Les dejo con este último vídeo, en el que la bióloga Corrie Moreau, del Museo Field de Historia Natural de Chicago, ordeña una hormiga bala para extraerle el veneno.

Halloween, un viaje de ida y vuelta Europa-EEUU

Sin ánimo de pasar por el antropólogo que no soy, sino como mirón de la realidad, veo dos perfiles básicos de odiadores de Halloween: quienes aborrecen todo lo que lleve la marca de las barras y estrellas, y un sector del cristianismo empeñado, por razones que no me corresponde analizar, en erradicar una inocente diversión laica que tiene como protagonistas a los niños (quienes, por cierto, no suelen celebrarlo como una fiesta pagana). Y que pretenden reemplazar por una contraversión llamada Holywin que, no puedo evitarlo, me trae a la mente aquellos alambicados deportes pergeñados por el Estado Mundial de Un mundo feliz para mantener a la población ideológicamente encarrilada.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Y si se fijan, no abro un tercer taxón para los puristas de las tradiciones propias; en mi sola experiencia (ya lo he dicho, simple mirón), esto suele ser una excusa bajo la cual se esconde uno de los otros dos motivos. Hay pretendidos puristas que nunca se pierden el festival del año nuevo chino, y otros que han adoptado el Holywin con los brazos abiertos.

Tanto a unos como a otros les recomendaría una lectura nada sofisticada: la entrada sobre Halloween en la versión española de la Wikipedia. No voy a descubrir nada nuevo; ahí encontrarán, para su probable sorpresa, que la fiesta de Halloween y la mayor parte de sus tradiciones y simbología no se han inventado en la patria del Capitán América, sino que viajaron hasta allí desde la cristiana Europa ancestral para luego regresar a casa. Eso sí, convertidas en un exitoso producto comercial, que para eso no hay nadie como ellos.

Por servirles la carne magra de lo que cuenta la Wikipedia, Halloween (venga, que es muy fácil: ja-lo-güin) es una contracción de All Hallows Eve, o “víspera de Todos los Santos”; aunque otro posible origen del término sería Hellequin, nombre que daban los galos a la leyenda de las cabalgatas de muertos y espíritus que en diferentes lugares de España se conocen como Santa Compaña (Galicia), Estantiga (Castilla) o Güestia (Asturias). Misma cosa, distintos nombres.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

En la tradición de inspiración cristiana de la víspera de Todos los Santos, llamada Noche de Difuntos, aparecen casi todos los elementos del armazón de la moderna fiesta de Halloween. Comencemos por el rollo muertos, zombis y esqueletos:

…cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos.

No, no es un párrafo del guión de una de Tim Burton, sino un fragmento de El Monte de las Ánimas, el cuento de Gustavo Adolfo Bécquer sobre la leyenda de la Noche de Difuntos en Soria; cuento que, al menos antes, solía ser lectura obligatoria en los colegios, incluyendo los católicos.

¿Calabazas? Corto y pego textualmente de la Wikipedia: “dentro de Castilla, en la actual comunidad de Madrid, se tienen registros de numerosos municipios como Ambite, Canencia, El Vellón, Estremera, Manzanares el Real, Loeches, Fuentidueña de Tajo en los que se decoraban las casas con calabazas, a las que le hacían agujeros en su interior para simular una cara con ojos, nariz y boca y se introducía una vela o luz dentro de la calabaza, con el objetivo de invocar espíritus protectores y asustar a la gente generando una atmósfera de terror”.

¿Niños pidiendo chuches de puerta en puerta? Por entonces aún no se habían inventado los Peta Zetas, los Sugus ni las gominolas, pero cito de la misma fuente: “En Asturias, en el siglo XVIII, los niños llevaban lámparas y pedían comida a las puertas de las casas durante esa noche”.

Dicho todo esto, hago una salvedad, y es que por desgracia la Wikipedia tiene sus peligros. Me refiero a la calidad de las fuentes. Como suelo explicar aquí, la ventaja del sistema de las revistas científicas (también para las ciencias sociales y las humanidades) es que todo lo publicado ha sido validado por otros especialistas en la misma materia, certificando que el contenido de un estudio es legítimo y no una veleidad de los autores. La Wikipedia a menudo cita fuentes académicas, pero otras veces refiere a páginas web o blogs que a su vez no enlazan a fuentes originales contrastables.

En el caso de las tradiciones asturianas, por ejemplo, hay garantías en la referencia a una entrevista con un etnógrafo especializado en la mitología local. En cambio, lo relativo a Castilla se basa en un blog que ofrece abundante información elaborada, pero sin citar una sola fuente verificable.

Entiéndanme, no estoy calificando el blog como pura fantasía, pero hay que justificar que lo contado no se lo ha inventado uno mismo, sobre todo cuando ni siquiera se sabe quién es “uno mismo” (el blog parece ser anónimo). ¿Dónde se han publicado o documentado esas costumbres de tantos pueblos madrileños? Es el doble filo de la internet 2.0; lo bueno es que cualquiera puede publicar lo que quiera, pero lo malo es que cualquiera puede publicar lo que quiera. Con mucha frecuencia, los rumores falsos se propagan y rebotan de unas webs a otras hasta que todo el mundo los da por ciertos. Frente a este círculo vicioso, las revistas académicas crean un círculo virtuoso: estudios aprobados por expertos que citan otros estudios a su vez también aprobados por expertos.

Hecha esta salvedad y volviendo al asunto, lo que sí parece aceptado comúnmente por los eruditos es que las raíces de todo esto se remontan a más atrás, a la festividad céltica del Samhain, el fin de la cosecha y el cambio de estación, ligada al culto a los espíritus; que perdura en el paganismo, y que la Iglesia Católica trató de reconducir haciéndola coincidir con la celebración de Todos los Santos, pero que popularmente conservó sus evocaciones siniestras en la Noche de Difuntos.

Y con todo este equipaje cultural, emprendamos viaje, de Europa a América. Como es bien conocido, las tradiciones españolas se difundieron al Nuevo Continente, y en el caso que nos ocupa tomaron forma en fiestas como el Día de Muertos de México. Pero antes de que algún mexicano se me enfade, aclaremos: ellos también aportaron sus propias costumbres. Aquí sí puedo citar a un académico, el experto en historia celta Manuel Alberro, escribiendo en 2004 en Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades:

Tanto Halloween como el Día de los Difuntos y su Día de Muertos no son más que modernas versiones de las arcaicas festividades del céltico Samain y de la Festividad de los Muertos de los aztecas.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Es decir, que la rama céltica se enlazó con una rama cristiana, a cuyo resultado se le unió en México otra rama mesoamericana. Más al norte, la tradición llegó a EEUU desde Irlanda. A estas costumbres se les aplicaron formatos locales de acuerdo a la idiosincrasia de cada pueblo. Pero curiosamente, y para horror de los alérgicos al mestizaje (que los hay aquí, en México y en EEUU), todo acaba mezclándose: si a muchos mexicanos la versión estadounidense de la fiesta les indigna tanto o más que a muchos españoles, resulta que en algunos lugares de EEUU el Día de Muertos está comenzando a teñir también las celebraciones de Halloween.

Pero si en EEUU (y de rebote, aquí) Halloween carece de todo aquel carácter de solemnidad, de rezo y de veneración hacia los antepasados, no es más que una secularización idéntica a la que ha experimentado, por ejemplo, la Navidad, que obviamente ya no es una celebración exclusiva de los cristianos. Parecería lógico que los odiadores de Halloween por razones religiosas despreciaran con la misma contundencia todo aquello de la Navidad que no es estrictamente cristiano; y no hablo solo del árbol y el Jingle Bells: desde el turrón, que es de origen árabe, hasta la Nochevieja, una fiesta civil, y sus uvas, una costumbre de origen digamos socioagrícola. Eh, y nada de regalos a los adultos, que los Reyes Magos se fueron con las manos vacías.

Me reservo para el final la guinda del pastel. Resumiendo todo lo anterior, Halloween es una fiesta popularizada en EEUU pero llevada allí desde Irlanda, con influencia cristiana y raíz celta en la celebración del Samhain o Samaín. Pero ¿quién inventó el Samaín?

Según la mitología gallega, los descendientes del rey Breogán conquistaron Irlanda y llevaron allí las tradiciones celtas; entre ellas, el Samaín. Hoy esta fiesta se celebra como tradición recuperada en muchos lugares de Galicia. Pero resulta que también leyendas irlandesas hablan de invasiones desde la cornisa cantábrica de la Península Ibérica. Así que, si las leyendas fueran ciertas, los irlandeses habrían heredado el origen de Halloween de los celtas gallegos.

Claro que solo son leyendas. ¿O no? De hecho, ciertos estudios sugieren que tal vez realmente existan vínculos genéticos entre ambos pueblos actuales, aunque aún hay controversia al respecto (y con razón: el principal proponente de la hipótesis es Bryan Sykes, genetista de Oxford que protagonizó un gran bluf cuando publicó que el Yeti era un descendiente de un oso polar del Paleolítico, como conté aquí y aquí).

Y sin más, les dejo con unos minutos musicales para Halloween: una joya clásica de los Bauhaus, padres del post-punk gótico, y la cuasi-banda sonora oficial de la fiesta, del inclasificable Marilyn Manson, sobre (esta vez sí) vídeo de Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton. Felices sustos.

Cuando comer cadáver humano estaba de moda en Europa

Hace unos días elaboré una lista de diez libros sobre ciencia para leer este verano (aún no publicada), algo que suelo hacer por estas fechas para cierto medio. Por desgracia y como bien saben los periodistas de cultura (me consta como autor), aunque tal vez no el público en general, el ritmo del trabajo periodístico y las limitaciones del cerebro humano imposibilitan el leer diez libros en un par de días, así que debemos conformarnos con un análisis de la estructura y un muestreo del contenido con eso que suele llamarse lectura en diagonal (en realidad tan absurdo como, por ejemplo, hablar de practicar sexo en diagonal; o hay sexo, o no hay sexo).

Entre los libros que reseñé hay uno que reposa justo a la izquierda de estas líneas que escribo y que espera la primera oportunidad para hincarle el diente. Lamentablemente, debo aclarar que (aún) no hay una traducción española. Y más lamentablemente aún, y por si alguien se lo pregunta, hay por ahí una mayoría de libros magníficos sobre temas relacionados con la ciencia que jamás se traducen ni se traducirán al español.

Por poner sólo un caso, aún me hace frotarme los ojos que The Making of the Atomic Bomb de Richard Rhodes, publicado en 1986 y ganador del premio Pulitzer en 1988 (ha habido tiempo suficiente), traducido a una docena de idiomas, no esté disponible en castellano (y si alguna vez lo estuvo, que no lo puedo saber con certeza, estaría descatalogado). Y que en cambio sí se traduzcan otras cosas, de las que no voy a poner ejemplos.

mummiescannibalsandvampiresPero voy al grano. El libro en cuestión es Mummies, Cannibals and Vampires: The History of Corpse Medicine from the Renaissance to the Victorians, o traducido, Momias, caníbales y vampiros: La historia de la medicina de cadáveres del Renacimiento a los victorianos. Su autor es Richard Sugg, profesor de literatura de la Universidad de Durham (Reino Unido). La novedad es que recientemente se ha publicado una segunda edición y, al tratarse de un trabajo de investigación, el autor ha incluido nuevos materiales. En Amazon España se puede comprar la nueva edición en versión Kindle, pero en papel solo está disponible la primera edición. Quien quiera la nueva versión en papel podrá encontrarla en Amazon UK.

Lo que Sugg cuenta en su libro es un capítulo de la historia de Europa desconocido para la mayoría: el uso de partes de cadáveres humanos, como huesos, piel, sesos, grasa, carne o sangre, para tratar múltiples enfermedades, desde la epilepsia a la gota, el cáncer, la peste o incluso la depresión. Resulta curioso, como conté recientemente en un reportaje, que los navegantes y exploradores europeos tildaran fácilmente de caníbales a las tribus indígenas con las que se encontraban en sus viajes por el mundo, cuando también ocurría precisamente lo contrario, que los nativos veían a aquellos extranjeros como antropófagos.

Pero si los europeos a veces estaban en lo cierto, no menos los indígenas: la medicina de cadáveres fue muy popular en Europa durante siglos, y no como algo marginal y secreto. Al contrario, no era un material fácilmente accesible, por lo que su uso era frecuente entre la nobleza, el clero y las clases acomodadas. Y aunque fue desapareciendo en el último par de siglos, se registran casos incluso a comienzos del siglo XX: según una de las fuentes de mi reportaje, en 1910 todavía una compañía farmacéutica alemana listaba en su catálogo de productos el polvo de momias expoliadas de Egipto, uno de los productos estrella de la medicina de cadáveres.

Ahí dejo la sugerencia; un libro muy recomendable para este verano. Pero intrigado por saber algo más sobre las investigaciones de Richard Sugg, me puse en contacto con él y le hice algunas preguntas sobre la historia del canibalismo. Esto es lo que el autor me contó. Lean, que merece la pena.

¿Cómo surgió la medicina de cadáveres?

La práctica médica en Europa parece haber surgido en la Edad Media. Pero a pesar de que suele repetirse que fue un fenómeno puramente medieval, se prolongó entre los ilustrados hasta mediados del siglo XVIII y probablemente alcanzó su esplendor a finales del XVII, precisamente cuando comenzaba la Revolución Científica. Todavía en 1770 había un impuesto sobre los cráneos importados de Irlanda para utilizarse como medicinas en Gran Bretaña y Alemania.

¿Cuándo empezó el canibalismo a convertirse en un tabú entre los seres humanos?

Por su propia naturaleza, sabemos muy poco de las tribus caníbales aisladas en períodos antiguos. Aunque el canibalismo de subsistencia es diferente, el hecho de que estos episodios se registraran nos indica que se estaba violando un tabú. Un ejemplo temprano es el del sitio de Samaria (724-722 a. C.), cuando supuestamente las madres se comieron a sus propios hijos. Más tarde, el cristiano Tertuliano (c. 150-222 d. C.) informaba irónicamente sobre las leyendas urbanas en torno a esta nueva secta, a cuyos miembros se les acusaba de asesinar a niños y beberse su sangre. También la siniestra reputación de los cristianos en aquella época implica que el canibalismo ya era un tabú.

Pero nunca ha llegado a desaparecer.

El canibalismo y beber sangre han sido recursos en todas las épocas en casos de hambrunas, naufragios y otras situaciones desesperadas. Hay muchos relatos de ello en travesías marítimas en el siglo XIX. El caso más notorio fue el de un grumete, Richard Parker, asesinado para comérselo después del naufragio del yate Mignonette en 1884. Un caso más reciente ocurrió después del fiasco de la Bahía de Cochinos en 1961, cuando un grupo de exiliados cubanos recurrió al canibalismo estando a la deriva en el mar durante 16 días. En 1998 The Times contaba el caso de Julio Pestonit, de 57 años, que relató al canal de noticias Fox en Nueva York cómo por entonces, con 20 años, fue uno de los 1.500 exiliados implicados en el intento frustrado de invasión de Cuba con el apoyo de la CIA. Tras eludir la captura, 22 exiliados se hicieron a la mar en un bote muy frágil sin comida ni agua, y pronto empezaron a morir. Pestonit dijo: “El grupo comió un cadáver con mucha reticencia. Yo comí algo del interior del cuerpo que me pasaron. Era una locura. Era como estar en el infierno”.

¿Sigue siendo práctica habitual hoy en algunas culturas?

El canibalismo intrínseco o ritual en ciertas tribus puede ser una táctica para aterrorizar a los enemigos, o bien puede ser un rito funerario, lo cual es una práctica formal religiosa y consensuada. En el primer caso las víctimas suelen saber que serán comidas si los matan; entre los tupinamba de Brasil la víctima capturada era incorporada a la tribu de sus captores durante un año, se le daba una esposa, tenía un hijo, y trabajaba junto a los demás antes de ser asesinado y devorado ceremonialmente. En ambos casos la práctica puede incluir un deseo de reciclar o absorber el poder espiritual o el alma de la persona. Daniel Korn, Mark Radice y Charlie Hawes han mostrado que en el caso de los caníbales de Fiji esto era muy preciso: creían que el espíritu se aferraba al cadáver durante cuatro días. Comer el cuerpo aniquilaba el espíritu y le impedía ascender al mundo de los espíritus para servir de guía y dar fuerza al enemigo.

¿Diría que antiguamente los exploradores occidentales utilizaron todo esto como excusa para justificar la necesidad de colonización con el fin de “civilizar a los salvajes”?

Así es. En 1503, la reina Isabel de España dictó que sus compatriotas podían legítimamente esclavizar solo a los caníbales. Por supuesto, esto impulsó la invención de caníbales que no existían, aunque ciertamente los había. En 1510, el Papa Inocencio IV definió el canibalismo como un pecado que los soldados cristianos estaban obligados a castigar, no solo que tuvieran el derecho de hacerlo. Si creemos los relatos del testigo y jesuita español Bartolomé de las Casas (1474-1566), los invasores españoles terminaron haciendo a los habitantes nativos, caníbales o no, cosas mucho peores que esta.

Mucho más reciente es el caso relatado por la antropóloga Beth A. Conklin. Al parecer en la década de 1960 los wari’, una tribu de Brasil, todavía practicaban canibalismo funerario. Cuando los misioneros cristianos llegaron allí, llevaron consigo enfermedades contra las que los wari’ no estaban inmunizados, y les dieron medicinas solo con la condición de que abandonaran lo que para ellos era una práctica solemne y una parte importante de la psicología del duelo y la pérdida. En todos estos casos, exceptuando el canibalismo de subsistencia, la práctica de comer personas ha sido altamente cultural, y no una actividad puramente natural o bestialmente salvaje.