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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Las familias homoparentales también sufren violencia y la denuncian en #MeQueer

Por Juan Andrés Teno (@jateno_), periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

El viernes 23 de agosto está llamada a convertirse una fecha importante en el movimiento LGTBI+. El escritor alemán Hartmur Schrewe lanzaba un tuit quejándose de la invisibilidad de su familia, de seguir arrastrando socialmente que el hombre a quien ama es su amigo y no su marido. La mecha estaba prendida, la pólvora explotaría solo unas horas después bajo el hashtag #MeQueer.

En España el testigo lo toma el periodista Rubén Serrano que, tras escribir un artículo en Playground Magazine, desencadena en nuestro país la más apasionada, dolorosa, excitante, y esperemos que perdurable, muestra de las violencias que han sufrido y siguen sufriendo las personas LGTBI+. Meterse estos días en Twitter es sangrar desde dentro, es reconocer llagas propias, es descubrir que el odio sigue siendo demasiado grande, que son demasiadas las historias, demasiado el horror y demasiado jóvenes las personas que lo están sufriendo.

Es cierto que la mayoría de estos episodios son protagonizados por hombres gais, es real que son menos numerosos los narrados por mujeres lesbianas, personas trans, personas bisexuales, personas no binarias… y por familias homoparentales. Pero están ahí, el pajarito con el pico abierto está derramando lágrimas desde la semana pasada en un sinfín de episodios escalofriantes,  en frases que deberían tatuarse en la frente de aquellos que aun hoy siguen discutiendo la necesidad de la conmemoración del Orgullo o de la promulgación de leyes específicas para proteger a las personas LGTBI y a sus familias. Este hilo de sangre esperemos que continúe y que se convierta en un río de lava que acabe, o cuando menos mitigue, el odio hacia la diversidad que hemos sufrido, que sufren nuestros jóvenes y que luchamos para que no protagonicen mañana nuestras hijas, hijos e hijes.

Es curioso que el primer grito de alarma surja en Alemania reivindicando que la familia sea nombrada como tal. En esta piel de toro, que parece que por fin ha despertado, nadie ha definido mejor que el Secretario de Organización del FELGTB, Loren González, la situación a la que nos vemos avocadas las personas LGTBI* y nuestras familias,  que tenemos el “derecho a no ser denostado, agredido o vejado. La dignidad de nadie esta por encima de la ningún otro ser humano. Tampoco por ser, amar, expresarse o formar la familia que desea construir”.

Y ahí, en último lugar, se enlaza el primero de los tuits de esta cadena de denuncias con una realidad minoritaria dentro del colectivo LGTBI: la de la homoparentalidad, el hecho familiar, la dignidad defendida de quienes, contra viento y marea, apostaron y siguen luchando por ser madres, padres o xadres (nunca podré dejar de mencionar a las personas no binarias, de quienes más he aprendido en los últimos meses).

Esta historia, la de la homoparentalidad, puede relatarse linealmente con los testimonios vertidos por las familias en estos pocos días en Twitter, por que las historias son diferentes pero las circunstancias y las denuncias son comunes.

Hace 20 años que una persona LGTB soñase con tener hijos era una quimera, que solo provocaba lástima en quienes te rodeaban. David Gil comienza este relato:

Pero hace algo mas de una década surgió el “milagro”. Con la aprobación del matrimonio igualitario por fin podíamos ver satisfecha esa parte de nuestra intimidad y de proyección social que algunos necesitábamos. Pero que dos hombres o dos mujeres se casaran originaba recelos en la familia extensa frente al escaparate social y nos demandaba bodas “íntimas”, en un país donde este rito social es una traca de celebraciones (fenómeno que aun se advierte hoy). Jesús Santos lo explica:

Y claro, si “te permiten casarte”, cabe la posibilidad de querer tener hijos. La opción mas extendida entre los hombres gais es la adopción, y ante la posibilidad de trasmitir los apellidos y no la sangre, algunos futuros abuelos abofetean a sus nietos antes de conocerlos, como le ocurrió a Jens de Fries:

Para alcanzar el proceso te pones a la faena de indagar como materializar esa adopción o acogimiento que tanto necesitas para cerrar el circulo de tu vida y te encuentras con instituciones LGTBIfóbicas que no tiene empacho en abofetear tu dignidad familiar como si fuera algo que es necesario poner en evidencia, con la misma sencillez y el mal gusto de quien eructa frente a la cara de otra persona. Así lo relata Miguel Pérez-Moneo:

También hemos quedado profundamente dolidos cuando ese deseo de maternidad o paternidad encontraba la parte mas perversa de quienes nos rodeaban, incluso de aquellos que supuestamente debería empatizar con nuestro anhelo. David relata esta fobia interna existente dentro del colectivo y que aún está por desenmascarar:

Cuando ese hijo está a punto de llegar y comunicas en tu centro de trabajo que vas a disfrutar del permiso que la legislación vigente te permite, te avala y te garantiza, surgen las mentes del pleistoceno que intentar amargar con baba homofóbica el episodio más esperado de tus últimos años:

Si ya eres padre y esa niña o ese niño han nacido por un procedimiento que alguien no considera válido, comienza un nuevo episodio de rechazo, por que también es violencia el vacío hacia aquellos padres que han tenido en la gestión subrogada  la solución a su necesidad de formar una familia.  Y ese odio es mas doloroso cuando viene de quien han sido tu compañero en la lucha, como le ha ocurrido a Jorge Alfar o a Jugarsa:

Y claro, las niñas, niños y niñes tienen la curiosa peculiaridad de crecer y se tienen que ir incorporando a los escenarios de socialización de los que disfrutan los hijos de personas heterosexuales.  Gi Camps no pudo materializar la escolarización de su hijos, por que al igual que le pasó a la población inmigrante, tampoco querían en el colegio elegido a los hijos de un hombre gay:

También podía suceder que fueran admitidas, como relata Cruz en el caso de su de hija, por que, total, ya tenían en el centro experiencia con “familias desestructuradas”:

Una vez centro del sistema educativo público español te percatas de que el concepto de diversidad familiar brilla por su ausencia, que la realidad de tu hijo es ignorada y que si no te arremangas y te pones a la faena, esa criatura deambulará por su colegio sin que nadie le diga que es completamente natural, además de legal, tener dos padres:

Y aún interviniendo en los centros educativos el resultado puede no ser el esperado. El acoso escolar no sólo se dirige hacia los menores LGBTI y hacia aquellos que tiene tienen una expresión de género distinta a la que establece esta sociedad binarista, sino que también lo sufren, las hijas e hijos de personas LGTB, como le ha ocurrido al de Jesús Santos:

Los esfuerzos de crianza se multiplican inexorablemente en la familias homoparentales ya que es necesario dar a esos menores un entorno donde su realidad sea reflejada, y demanda esfuerzos adicionales, como le ocurrió a Julián Guerra, convertido en escritor a la fuerza y para gozo de quienes leen su obras:

Otra de las escenas mas habituales que sufrimos las familias homoparentales es la que niega la posibilidad o advierte la incredulidad de que dos mujeres o dos hombres puedan afrontar la crianza de un menor en las mismas condiciones que el resto de familias.  A Raquel le sucedió con sus hijos mellizos:

A Jugarsa con su bebé, muestra de una sociedad machista que niega a un hombre la posibilidad de la crianza, al considerar que la tareas de cuidado son de obligado y exclusivo cumplimento por parte de las mujeres:

Ocurre también habitualmente que en las parejas de mujeres se intenta menospreciar a la madre no gestante, una realidad que invade su intimidad y que perpetua la necesidad de que lo biológico es inexcusablemente necesario para gozar del título de la maternidad. Maribernabel no es, seguro, la única mujer lesbiana que se ha visto involucrada conversaciones inhóspitas como esta:

Cuando crecen, nuestras hijas e hijos se enfrentan personalmente a situaciones que ningún menor debería vivir, por eso la necesidad de que las leyes LGTBI les protejan y de que las entidades LGTBI les consideren miembros de pleno del colectivo hasta alcanzar la mayoría de edad. Una veces son los padres lo que pueden responder, como le ocurrió a Agus Burgos:

Otras, son ellas la que tiene que afrontar una LGTBIfobia que se transmite de padres a hijas,  amparándose, además, en dogmas caducos que invalidan la diversidad natural de la especie humana. La hija de mamaymami nunca tendría que haber pasado por lo que relataban sus madres:

Y para aquellas personas que siguen sosteniente que si ya nos podemos casar y tener hijos que mas queremos, un par ejemplos de lo que no queremos y a lo que nos enfrentamos. A jefas castradoras que parecen que vivir intentado producir daño a ajeno, como la de Raquel:

Y a una sociedad que impide a padres mostrarse como tales dentro de su orientación sexual especifica, por que, como ya se ha argumentado antes, los centros educativos aún no son aun en su totalidad escenarios seguros para las personas LGTBI, ya estén situadas en el alumnado, en el profesorado o en las familias:

Así han hablado las familias durante estos días. Esta es solo un parte del sufrimiento que tenemos que desenredar en la cotidianeidad y hacerlo con tal maestría que no cale en la crianza de nuestras hijas e hijos,  a quienes protegemos ( como o haría cualquier familia) de los susurros, palabras, voces y alaridos que todavía hoy en día alimentan la parte más oscura del ser humano; aquella que, enconadamente, reniega de la diversidad, y aquella, más sibilina, que la niega, cubriendo con una neblina de “normalidad” las escenas que madres y padres han relatado bajo el amparo de las redes sociales.

Y ante esta LGTBIfobia que Twitter ha evidenciado, antes estas situaciones de violencia, de dolor, y de angustia, ante la existencia aun hoy de armarios que esconden la orientación sexual y la identidad de género de las personas, hay una solución cercana y que nos niegan: la Ley de Igualdad LGTBI que duerme en los anaqueles del Congreso de los Diputados.

Una vez que esta ley esté en la calle ya intentaremos entre todas y todos naturalizar nuestra felicidad, porque a pesar de algunas y algunos, las personas y las familias LGTBI somos y seguiremos siendo felices.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser yonma

    Los homosexuales y lesbianas están desprotegidos por la ley y por los medios, son colectivos donde la violencia en la pareja es mucho mayor, pero las autoridades ni caso

    29 agosto 2018 | 11:57

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