Vivir el feminismo en un cuerpo trans

Por Mar Fournier-Pereira

Foto: Lucía Rodríguez Sampeyo

Foto: Lucía Rodríguez Sampeyo

Lo personal es político, y solo desde ahí puedo hablar. A mí me tomó un tiempo reconocerme como un trans masculino. Creo que compartía el prejuicio y los estereotipos que muchxs feministas tienen con respecto a las masculinidades trans. Es raro. Temerle a la masculinidad, como si fuese algo malo, una infección, propiedad privada de los machos. Como si masculinidad fuese sinónimo de violencia. Es raro, pero comprensible.Cosas extrañan comienzan a pasarle a uno cuando se nombra trans masculino, y en especial cuando lxs otrxs comienzan a codificarte como un mae más. En los últimos tiempos, mis compas, hombres, han empezado a incluirme en sus conversas sobre mujeres, que es lo que usualmente no hablan frente a las chicas, en especial frente a las feministas. Es raro para mí, también, algo a lo que me estoy acostumbrando. Y en general no es grave.

Pero a veces, a veces entiendo nuestros miedos y prejuicios y quiero salir corriendo y de mi identidad y de mi cuerpo. Hace unos días una experiencia me sacudió un poco. Conversaba en una fiesta con un compa muy querido. Al rato, aparece una compa en común, feminista, con la que compartimos espacios y cariño desde hace tiempo. Ella se agacha a tomar una cerveza. Anda un vestido muy bonito. Pienso que se ve guapa y sonrío para mí. Pero mi sonrisa es interrumpida por el comentario de mi amigo, que con cara de lobo testosterónico me dice casi babeando frente a su presa: “imposible no verle el culo a fulana, verdad?”. Tragué fuerte y no pude reaccionar. Apenas logré empujarlo, así muy masculinamente, y decirle con tono desorientado: voy a ignorar que dijo ese comentario!

No sé si a todo el mundo le queda claro por qué me molesta ese comentario. Supongo que no, porque a mi compa, un tipo de izquierda, sensible, con una masculinidad que se pretende alternativa, el comentario le salió muy fluido y naturalizado.

Mi molestia no es, en modo alguno, producto del conservadurismo. El conservadurismo no es lo mío. El problema no está en mirar, yo también miro, el problema no está en el deseo, yo también deseo. El problema está en la mirada que incomoda, en el comentario que al chocar contra la piel rasguña en forma de vergüenza, en el espacio que deja de ser seguro, que se convierte en un campo de tensión donde una chica no puede relajarse, sentirse bonita y bajar la guardia, porque incluso ahí, entre compas, una mujer tiene siempre que andar a la defensiva. El problema está en cómo agenciamos nuestro propio deseo, y cómo desde nuestro lugar de privilegio masculino naturalizamos formas de expresarlo que resultan violentas para las otras personas.

Estoy convencidx: el feminismo se vive en el cuerpo. No hay de otra. No basta llenarnos la boca de palabras y ponernos la camiseta morada, si seguimos relegando a nuestras compas a los espacios subordinados en nuestras organizaciones, si seguimos pidiendo voluntariAS para hacer de secretariAS en una asamblea dizque-horizontal, si seguimos exponiendo a nuestras compas para que den ellas la cara por el aborto, si seguimos creyendo que la violencia patrimonial no es violencia, que golpear la mesa y levantar la voz para ganar una discusión política, no es violencia, que seducir a estudiantes de primer ingreso para reclutarlas en las filas de nuestros partidos de izquierda no es violencia, que aprovecharse de la borrachera de nuestras compas feministas liberadas no es violencia… Mientras el feminismo no pase por el cuerpo, por la mirada, por la identidad y por todo, ningún discurso vale, por más citas textuales y argumentaciones lógicas que tenga.

Y por esto precisamente me cuesta tanto entender cuando desde un feminismo conservador se nos cierra la puerta a las masculinidades trans, alegando que nos pasamos de bando, que ya las luchas de las mujeres no son las nuestras, que elegimos el lado del poder. Como si la masculinidad fuera esencialmente mala. Como si la construcción de una masculinidad elegida y contrahegemónica fuese un asunto fácil.

Yo quiero un feminismo que me pase por el cuerpo, que me atraviese la piel entera, no solo los genitales. Ni para ser un hombre necesito un falo entre las piernas, ni para ser feminista necesito que me venga la regla. Lo que necesito es un cuerpo con conciencia, que vibre, que se conmueva, que se indigne, y que sienta en la carne y la postura la necesidad urgente de los feminismos.

 

 

Este texto fue presentado en la mesa ‘Hombres feministas ante el reto de la autonomía, igualdad y no violencia’. Puedes consultarlo completo aquí.

 

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