La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La amenazada capuchina canaria es elegida mariposa del año 2019

Ganó mi favorita. El alto grado de amenaza, su singularidad y la necesidad de acciones decididas de conservación han sido los factores decisivos para la adjudicación del título ‘Mariposa del Año 2019‘ a la mariposa capuchina (Pieris cheiranthi), una especie endémica de Canarias que solo sobrevive en las islas de Tenerife y La Palma.

Esta pequeña mariposa, muy semejante en su forma a la abundante mariposa blanca de la col (Pieris brassicae), se ha impuesto con casi el 30 % de los votos a las otras tres candidatas -la ‘hormiguera oscura’, el ‘pequeño pavón’ y la ‘morena española’- en esta cuarta edición de la iniciativa impulsada por la Asociación Española para la Protección de las Mariposas y su Medio (Zerynthia) para promover el estudio, la divulgación y la conservación de estos insectos. Lee el resto de la entrada »

Acorralado el vigía palmero de la autopista

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Viajemos hoy a La Palma, la Isla Bonita de Canarias, en busca de un árbol muy especial al que se le calculan 400 años. Según se sale del aeropuerto y se toma la autopista hacia la capital, Santa Cruz de La Palma, justo antes de pasar bajo el viaducto de desvío hacia Los Cancajos y El Socorro, muy pocos, prácticamente nadie, se fijan en la solitaria sabina canaria (Juniperus turbinata ssp. canariensis) que crece al borde de la carretera, en lo alto de una loma cortada a bisel por las máquinas de Obras Públicas para facilitar el trazado de la moderna vía de comunicación. Junto a ella, el talud abierto para permitir la construcción de una vivienda le ha acercado aún más al abismo. Y por detrás, una gran cantera se acerca inmisericorde hacia el árbol, devorando con mordiscos certeros la montaña de volcán.Sabina2-001

El vigía de la autopista está rodeado pero no se rinde. Valiente y altivo, sigue de pie en la cima, coronando un territorio cuya transformación es cada día más radical, profunda y vertiginosa. Se me antoja un faro verde oscuro, aparasolado, con la mirada fija en el horizonte, hacia un mar abierto por el que ha visto llegar las primeras naves cargadas de inmigrantes europeos dispuestos a tomar posesión de la isla, pertrechados con bueyes y arados para abrir cultivos en unos bosques virginales que ya nunca volvieron ser lo mismo, afanados por plantar cultivos americanos como la papa, el millo, el tomate o el tabaco, pero también mediterráneos como el trigo, la cebada o el viñedo.

Tiempos de abundancia a los que siguieron otros muchos de hambre. Barcos de vela y después a motor. Caminantes descalzos, recuas de mulas y burros, carretas, coches, camiones y bólidos con locos al volante. Todo lo ha visto siglo tras siglo este árbol, una realidad siempre cambiante, siempre anhelante.

Si nos acercamos a su tronco, seguro que todavía podemos oír el murmullo de los rebaños de cabras sesteando bajo su sombra, canturreados por el pastor, un hombre enjuto como este malpaís imposible donde su pedregosa superficie sólo deja crecer cornicabras, vinagreras y aromáticos inciensos, pero cierra el paso incluso a la dura tunera.

Este gran ejemplar de sabina crece sobre un estéril terreno de lavas sin apenas suelo, directamente sobre rocas a las que aprisiona con sus raíces. A su alrededor presenta una acumulación cuadrada de piedras a modo de pretil, levantada durante la construcción del muro de piedra que protege el talud bajo el que se edificó una casa. Cinco grandes ramas se abren como las varas de un paraguas a partir del escaso metro de altura de su fuste, aunque su aspecto resulta poco frondoso, seguramente por el crónico estrés hídrico que sufre. Y es que poca agua se puede extraer de un pedregal tan inmisericorde, aunque se lleve cientos de años intentándolo.

Pero por si carreteras, canteras, ganado, sequía y piedras fueran poco, el viento le azota de día y noche hasta haber logrado doblegar ligeramente su altiva figura, inclinándola hacia el sur. Aunque nada más. Nadie puede con esta sabina colosal, la última representante de un bosque esquilmado hace siglos, respetada por el hacha tan sólo en agradecimiento a su benéfica sombra.

Aquí el tiempo ni fluye ni se transforma, no corre para tratar de esquivar el mañana, ni se pierde tras el viento. Junto a la vieja sabina el tiempo no pasa, se queda. Bajo ella les propongo un ejercicio de concentración. Cierren los ojos, intenten imaginarse esos tiempos pretéritos de anhelos y pobrezas, y vuelvan a abrirlos mirando hacia el horizonte. Sólo el mar sigue siendo el mismo.

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El cuervo se extingue en Canarias

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En Canarias no hay lobos. Pero hay cuervos. Y a estos pobres pájaros les ha caído en el Archipiélago el sambenito de la mala fama que en otros lares tiene el perseguido cánido salvaje.

Negros, ladrones y muy inteligentes, lo tienen todo para sufrir el desprecio de un mundo rural que, desde la llegada de los europeos hace cinco siglos, se ha empeñado en su aniquilación. En estos momentos están a punto de lograrlo.

Las actas del Cabildo de Fuerteventura de abril 1773 lo dejaban muy claro:

“Entendido el daño que causan los cuervos en las criaciones y sementeras [acordaron] se libren despachos circulares para que cada vecino traiga cuatro cabezas de cuervo en cada mano en todo el mes de agosto, so pena de cuatro reales cada uno, que se les sacarán irremisiblemente”.

Como no eran tontos, los supervisores de la carnicería estaban obligados a cortarle los picos a los animales para que no les volvieran a traer de nuevo las mismas cabezas.

No ha cambiado mucho su mala fama desde entonces. Todavía hoy se le acusa de atacar y matar cabritos, comerse los huevos de las perdices, perseguir a los gazapos, arramplar con la fruta de los árboles, el maíz de los sembrados, la uvas de los viñedos; robar pollos a las gallinas, bocadillos a los excursionistas ¡y hasta ropa y llaves del coche a los turistas!

Los últimos censos demuestran lo efectivo de esta persecución. Sólo las islas de Fuerteventura y El Hierro, las más ganaderas, mantienen unas poblaciones cercanas a las 100 parejas. En las demás está a punto de desaparecer. Gran Canaria ha pasado en 30 años de tener 150 parejas a quedarse con tan sólo 13; Tenerife de 80 a 12; La Palma de 50 a 21; La Gomera de 100 a 9.

En toda Canarias, que es como decir en todo el mundo, pues se trata de una subespecie endémica exclusiva del Archipiélago (Corvus corax canariensis), tan sólo hay en estos momentos 365 parejas.

Para complicar aún más las cosas, un reciente estudio genético demuestra que no todos los cuervos de Canarias son iguales. Los de La Palma, por ejemplo, conforman un linaje diferente al resto que impide poder traer aves de otras islas a modo de refuerzo poblacional. Y en la Isla Bonita tan sólo sobreviven 21 parejas, la mayoría confinadas al Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

Pero ¿por qué se extinguen los cuervos canarios? Al contrario de lo que piensan algunos, la culpa no la tienen los escopeteros. Quedan tan pocas aves que dispararlas es ya casi imposible en muchas islas donde son más raras que un perro verde. Las principales razones son las habituales a otros carroñeros amenazados:

  • Venenos. Contra ellos y contra perros asilvestrados. O raticidas igual de envenenadores. También el venenoso plomo de los perdigones, involuntariamente ingerido cuando se alimentan de un conejo o paloma abandonado en el campo por los cazadores.
  • Tendidos eléctricos. Por electrocución o choque. Contra cables eléctricos o contra las aspas de los aerogeneradores.
  • Falta de comida. Por estabulación de la cabaña ganadera o cierre de los vertederos.

¿Se puede hacer algo para impedirlo? Como siempre, la mejor herramienta es la educación. Mientras sigamos viéndolo como un animal a eliminar, al final lograremos eliminarlo. Sólo tendrá futuro si logramos verlo como un verdadero aliado del campo, eliminador de animales muertos, controlador de enfermedades, sembrador de bosques, pieza fundamental de los ecosistemas; también como un importante elemento de la cultura popular.

En los próximos 15 días voy a recorrer Canarias dando charlas dedicadas al cuervo. A técnicos y a campesinos. Es mi personal contribución para tratar de salvar a la especie como siempre me ha gustado hacer, divulgando su importancia. Forma parte de una campaña de la Dirección General de Protección de la Naturaleza del Gobierno de Canarias, organizada por TragsatecSEO/BirdLife, para informar, concienciar y sensibilizar acerca de la terrible situación en la que se encuentran las escasas poblaciones de cuervo canario en las islas.

¿Lograremos salvarlo? Al menos lo vamos a intentar.

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Vacaciones “Robinson” en la Isla Bonita

Os voy a desvelar mi lugar secreto de vacaciones: La Palma, la Isla Bonita.

Lo tiene todo para practicar el deporte favorito de tantos de nosotros, el turismo inactivo, pero también para perderte en sus selvas de laurisilva donde crecen tiles gigantes; para tocar el cielo (y las estrellas) desde la Cumbre, a más de 2.000 metros de altura; para ver sobrecogido cómo ascienden las nubes en el interior de la Caldera de Taburiente; para caminar por las cenizas aún calientes de los volcanes más recientes de Canarias.

Vivo como Robinson Crusoe, sin cobertura de móvil, sin carreteras de acceso, sin pueblos cerca. Pero mi retiro tiene truco. Me quedo en la casa de unos amigos alemanes aislada en lo alto de un acantilado desde donde contemplo en la lejanía a las islas hermanas de Tenerife y La Gomera. Un Atlántico embravecido que todas las noches me arrulla al ritmo que marcan los siempre enigmáticos cantos de las pardelas cenicientas, a las que al atardecer veo cabalgar por miles sobre las olas desde la ventana de mi habitación. Cuido siete gatos y una huerta ecológica maravillosa, más bien un jardín: fresas, moras, mangos, papayas, aguacates, tomates, alubias, cebollas. Disfruto de la lectura, de caminatas, hasta de las famosas Fiestas Lustrales, e incluso estoy sacando tiempo para escribir un libro. ¿Se puede pedir más?

Sé lo que estáis pensando, pero no es verdad. No os lo cuento para daros envidia. Lo hago, como cuentan que hizo Luis Miguel Dominguín después de pasar su primera noche de amor con Ava Gardner. He salido corriendo al ordenador para contárselo a todo el mundo, no me lo podía aguantar.

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Somos los más gritones de Europa

España es el país más ruidoso de Europa. Sirenas en las calles, motocicletas, coches, aviones, máquinas, estridente música ambiente pero, sobre todo, gritos, muchos gritos. No lo podemos evitar, somos los más gritones del continente, forma parte de nuestra manera de ser.

Hagan la prueba. Salgan al extranjero, monten en un autobús lleno de gente y cierren por un momento los ojos. Les parecerá que viajan solos. Inténtelo en nuestro país y verán que es justo al contrario. Una algarabía. Nos juntamos cuatro a hablar y parecemos un centenar. Si encima estamos escuchando música en el mp3 o recibimos una llamada por el móvil, el umbral de decibelios máximos emitidos se dispara al infinito.

Sí, de acuerdo, estamos generalizando, son puros estereotipos, aunque puede que con una importante base de razón. Al menos así lo piensan en muchos países, donde cuando oyen un bullicioso grupo de gritones ya los identifican instintivamente como españoles.

Sabemos que la contaminación acústica nos altera, incluso nos provoca enfermedades. Pero no somos consciente de que muchas veces la culpa es exclusivamente nuestra y de nadie más. Es algo cultural, muy probablemente nuestro principal hecho diferenciador.

Recientemente, paseando por las maravillosas trochas de la isla de La Palma (Canarias), me llevé varios sustos cuando se cruzaron en mi camino silenciosos excursionistas alemanes. Y tuve también desagradables sorpresas cuando una de las veces el grupo era de españoles, de quienes me enteré de todas sus impresiones, anécdotas y palabrotas preferidas antes de verlos aparecer media hora después.

¿Estaré exagerando? ¿Quizá no será que nosotros hablemos alto, sino que son los demás los que hablan muy bajo?

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Foto: “El grito”, del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944).