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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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El ruido del ocio nocturno pone en pie de guerra a los centros históricos

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Sin ruido no hay fiesta. No hay ambiente. No hay bares llenos. No hay ciudades animadas. No hay verano.

A los españoles nos gusta demasiado la jarana. Por eso somos los más gritones de Europa.

El problema es que cada vez gritamos más fuerte. Cada vez somos más ruidosos. Especialmente en verano, donde con tanto calor y tantas ganas de juerga, los cascos antiguos de nuestras ciudades se llenan de miles de ruidosos noctámbulos deseosos de tomarse los cacharros en la calle, discutiendo contra todos y contra todo, que diría el vasco don Miguel de Unamuno.

Precisamente en Euskadi he estado la pasada semana para participar en la ETB, la televisión vasca, en el programa vespertino “Sin ir más lejos“, donde a lo largo de una apasionada hora hablamos de este tema bajo el título genérico: Cansados de tanto ruido.

Y es que los vecinos de las calles de marcha de España están ya más que cansados con estas fiestas de gritos alargadas todos los días hasta el amanecer justo debajo de sus ventanas. Presentado por Klaudio Landa, me acompañaron en el estudio Martín García, síndico (defensor del pueblo) del Ayuntamiento de Vitoria y representante de la plataforma anti ruido de su casco medieval, Alberto Alonso, propietario de un conocido bar del Casco Viejo de Bilbao, Javier Rodríguez, vicepresidente de la asociación de vecinos del Casco Viejo de Bilbao, el músico Iñaki Revuelta, además de los tertulianos María Tato y Pablo Fernández. Lee el resto de la entrada »

Hasta los árboles sufren y padecen nuestros ruidos

Me asusta el ruido de esta sociedad urbana donde hemos aniquilado a la naturaleza. Por la noche no veo estrellas y por el día no oigo a las aves, el viento, la lluvia. Sólo oigo ruido. Un ruido que nos acabará dejando sordos y ambientalmente empobrecidos.

Ya sabíamos que el jaleo de las ciudades obliga a los pájaros a cantar a una frecuencia más alta de lo normal para poder ser escuchados por sus semejantes entre el habitual guirigay urbano. Pero ha resultado una sorpresa saber que hasta los árboles sufren los negativos efectos de nuestra ruidosa civilización. Científicos en Estados Unidos han descubierto que los ruidos asociados a actividades industriales perturban el comportamiento de animales fundamentales para la polinización y la dispersión de semillas de especies como los pinos. El aumento artificial de decibelios estaría así modificando lentamente algunos ecosistemas y afectando especialmente a los árboles, al reducirse su número en las áreas más ruidosas.

Decía Napoleón Bonaparte que “la música es el más bello de los ruidos… pero ruido al fin”. El emperador estaba en lo cierto. Cuando él lo dijo los ruidos que le rodeaban eran los de la guerra, pero siempre había tiempo para el silencio. Ahora no. Y no lo digo sólo por las insufribles broncas de tráfico y obras. Vayamos por donde vayamos nos persigue una música ambiental machacona hasta la extenuación, igual en tiendas, aviones, bares,… Ese ambiente supuestamente agradable tan sólo oculta nuestros propios ruidos, murmullos que parece hemos decidido aniquilar.

Y yo me pregunto: si la contaminación sonora afecta a los árboles ¿cómo nos va a dejar a nosotros? Menos mal que los primeros ruiseñores ya han llegado a Europa y aún podemos disfrutar de su canto en el campo. Ese sí que es un ruido bellísimo.

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Somos cada vez más ruidosos y solitarios

Parafraseando a Luis Eduardo Aute:

“Ruido, ruido, ruido, más ruido por favor, que todo en la vida es ruido y los ruidos, ruidos son”.

Porque resulta evidente. Hablamos a gritos entre nosotros. Cotidianamente y no sólo cuando nos insultamos desde el coche o utilizamos el teléfono móvil sin más apoyo tecnológico que la potencia de nuestros pulmones. Incluso escribiendo en Internet a muchos les gusta hacerlo con mayúsculas, a grito pelado.

Todo nuestro entorno cotidiano es un maremágnum de decibelios en aumento constante, de músicas estridentes en los centros comerciales, en las tiendas, en los ascensores, en los automóviles tuneados, en los botellones, en los aviones (odio la canción de Volare con la que una compañía aérea nos castiga machaconamente durante los vuelos); incluso en las calles, en estas fatídicas fechas engalanadas con insufribles villancicos navideños. Todo es ruido, que no música. Por no hablar de las obras y del tráfico.

Nos hemos acostumbrado a este ensordecedor vivir, pero no así la fauna, que nos rehúye dejándonos más solos que nunca. Un reciente estudio ha puesto de manifiesto cómo la contaminación acústica influye de forma negativa en la presencia de los pájaros en las ciudades. Los espantamos. Apenas palomas y gorriones aguantan el estruendo urbano, refugiándose algunas pocas especies más como mirlos o pinzones en las zonas verdes menos urbanizadas, mientras el resto emigra más allá de los ruidos.

¿Sabéis cuál es uno de los mejores refugios urbanos de las aves? Los cementerios. Allí de momento no ha llegado la música ambiente, y por un miedo supersticioso se habla bajo, a pesar de que los muertos son los únicos a quienes no molestan nuestros gritos. Daros un paseo por ellos y veréis qué cantidad de aves se refugian en los camposantos. Remansos de paz. De fauna. Y de silencio.

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Las aves urbanas están más locas pero viven mejor

Dos recientes estudios ornitológicos han evidenciado científicamente hasta qué punto las ciudades están desquiciando a nuestros involuntarios vecinos alados, en principio para bien.

El primero [Serins respond to anthropogenic noise by increasing vocal activity] se fija en el verdecillo (Serinus serinus), un pequeño pájaro emparentado con los canarios y con quienes comparte su afición-obsesión por el canto. Infatigables en sus bellísimos trinos, a pesar de sus orígenes mediterráneos han sido capaces de colonizar poco a poco los paisajes más humanizados del centro y norte de Europa gracias a una enorme plasticidad que tan sólo exige arbolado disperso. Pero tienen un problema. Las ciudades son tan ruidosas que les resulta muy complicado escucharse bien unos a otros. Incapaces de competir en volumen, se han adaptado a la contaminación sonora dedicando más tiempo a cantar que sus hermanos campestres.

Lo más asombroso es la flexibilidad detectada, pues cambian rápidamente las pautas canoras en función de la variación del nivel de ruido entre días laborables y fines de semana. Como resultado, el verdecillo es la quinta especie aviar más abundante de España, según estudios de SEO/BirdLife, aunque sus poblaciones camperas están acusando un preocupante declive relacionado con la degradación de los ambientes agrícolas.

El otro trabajo [Exploring or avoiding novel food resources? The novelty conflict in an invasive bird]  incide en la relación entre ciudades y especies invasoras, aquellas aves exóticas escapadas de cautividad y que han logrado hacerse tan habituales como nuestros gorriones. Según este estudio, la falta de depredadores favorece las aptitudes innovadoras de las aves de ciudad y, por consiguiente, su tendencia a comportarse de manera más inteligente que las de otros ambientes al ser menos prudentes. Ello explica que los pájaros urbanitas sean más avispados que los salvajes, y que esa peculiaridad les vaya muy bien. Porque en la naturaleza, o te adaptas o mueres.

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Somos los más gritones de Europa

España es el país más ruidoso de Europa. Sirenas en las calles, motocicletas, coches, aviones, máquinas, estridente música ambiente pero, sobre todo, gritos, muchos gritos. No lo podemos evitar, somos los más gritones del continente, forma parte de nuestra manera de ser.

Hagan la prueba. Salgan al extranjero, monten en un autobús lleno de gente y cierren por un momento los ojos. Les parecerá que viajan solos. Inténtelo en nuestro país y verán que es justo al contrario. Una algarabía. Nos juntamos cuatro a hablar y parecemos un centenar. Si encima estamos escuchando música en el mp3 o recibimos una llamada por el móvil, el umbral de decibelios máximos emitidos se dispara al infinito.

Sí, de acuerdo, estamos generalizando, son puros estereotipos, aunque puede que con una importante base de razón. Al menos así lo piensan en muchos países, donde cuando oyen un bullicioso grupo de gritones ya los identifican instintivamente como españoles.

Sabemos que la contaminación acústica nos altera, incluso nos provoca enfermedades. Pero no somos consciente de que muchas veces la culpa es exclusivamente nuestra y de nadie más. Es algo cultural, muy probablemente nuestro principal hecho diferenciador.

Recientemente, paseando por las maravillosas trochas de la isla de La Palma (Canarias), me llevé varios sustos cuando se cruzaron en mi camino silenciosos excursionistas alemanes. Y tuve también desagradables sorpresas cuando una de las veces el grupo era de españoles, de quienes me enteré de todas sus impresiones, anécdotas y palabrotas preferidas antes de verlos aparecer media hora después.

¿Estaré exagerando? ¿Quizá no será que nosotros hablemos alto, sino que son los demás los que hablan muy bajo?

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Foto: “El grito”, del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944).