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¿Puede recibir anestesia epidural una mujer con un tatuaje lumbar?

Si pensamos en implicaciones médicas de los tatuajes, probablemente nos venga a la mente algo que todos hemos oído alguna vez: una mujer que lleve un tatuaje en la zona lumbar no podrá recibir anestesia epidural durante el parto debido al riesgo de que la tinta invada la médula espinal, y por tanto está condenada a parir con dolor. Y dado que todos lo hemos oído, debe de ser cierto, ¿no?

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Bueno, no exactamente. Pero hay que advertir que no se trata de fake news; en efecto, durante años los expertos han debatido sobre esta cuestión, que en realidad se remonta a los tiempos anteriores a la popularización de los tatuajes. En los años 50 se describieron varios casos de niños que habían desarrollado tumores en torno a la médula espinal después de recibir antibióticos inyectados en el espacio epidural de la región lumbar.

Se supuso entonces que la aguja hueca había arrastrado hasta allí tejido epidérmico, que es muy proliferativo (por eso nos sirve para regenerar la piel). El efecto sería similar al de una perforadora cilíndrica que penetra en la roca o el hielo para extraer una muestra o testigo (en inglés se llama coring, pero ignoro cuál es la traducción adecuada).

Casos similares a los de aquellos niños se repitieron después, incluyendo en parturientas con anestesia epidural pero sin tatuajes. Y entonces, en 2002, dos anestesistas canadienses se encontraron de repente con un problema nuevo: tres mujeres parturientas que pedían anestesia epidural y que llevaban tatuajes justo en el lugar donde debía inyectarse la aguja. ¿Qué hacer?

Los dos médicos revisaron toda la literatura científica al respecto, pero no les sacó de dudas. Finalmente administraron la anestesia a las tres mujeres; en dos casos lo hicieron a través de huecos en el tatuaje que estaban libres de tinta, y en el tercero pincharon directamente a través de la piel tatuada porque el parto se complicó y la mujer estaba sufriendo, lo que les impulsó a tomar la decisión de asumir el riesgo.

Pero les quedó la duda; dado que no habían encontrado suficientes estudios al respecto, no podían saber si el procedimiento era totalmente seguro. “Basándonos en la información limitada disponible, es posible que insertar una aguja epidural o espinal a través de un tatuaje pueda causar problemas a largo plazo como aracnoiditis o una neuropatía secundaria a una reacción inflamatoria, pero no lo sabemos”, escribían.

Aquel estudio puso a los anestesistas en guardia, y motivó infinidad de discusiones posteriores. Sin embargo, es importante recordar que en los casos de referencia no había tatuajes (que, por otra parte, se emplazan en la dermis, no en la epidermis); y en todo caso, con tatuaje o sin él, interesa evitar a toda costa arrastrar tejido al lugar de la inyección. De hecho, las agujas actuales están diseñadas para tratar de reducir esta posibilidad de colocar tejido de la piel en lugares donde no debería estar. Lo cual no implica que el riesgo sea cero, y los especialistas subrayan que la paciente debe estar informada de ello.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

En 2018, un grupo de anestesistas israelíes actualizaba el conocimiento sobre los casos conocidos de complicaciones, llegando a la conclusión de que no puede decirse que exista una respuesta definitiva, pero que tomando precauciones de acuerdo a ciertas directrices, “en ausencia de una contraindicación médica clara basada en pruebas, no debería excluirse la técnica epidural en mujeres con un tatuaje lumbar”.

El pasado diciembre, los mismos autores escribían otro artículo en el que recogían las opiniones de los anestesistas al respecto: el 40% de los encuestados aún decían que no practicarían una anestesia epidural a través de un tatuaje lumbar. Sin embargo, algunos expertos sugieren que ya es hora de cerrar el debate; como escribían en 2018 dos especialistas de sendos hospitales franceses, “no hay un riesgo adicional en llevar a cabo procedimientos neuraxiales a través de un tatuaje lumbar sano y cicatrizado, y no hay necesidad de medidas de precaución como cortar la piel tatuada. Los anestesiólogos no deberían excluir las técnicas neuraxiales en las mujeres con tatuajes lumbares”.

En definitiva, finalmente la posibilidad de que una mujer con un tatuaje lumbar reciba anestesia epidural o no dependerá de la decisión del especialista concreto que la atienda, mientras el centro hospitalario no tenga una política definida al respecto. Pero si las cifras del estudio israelí son extrapolables, parece que por cada anestesista que se niegue a practicarla, podrá recurrirse a otro que sí lo haga. Siempre, claro está, que la paciente sea consciente de que el riesgo no puede descartarse por completo.

Todo lo anterior nos lleva a una

Moraleja (una que se repite bastante en este blog):

Conocer realmente los efectos sobre la salud de casi cualquier cosa, ya sean positivos o negativos, como los presuntos beneficios o daños de un alimento, es algo que requiere numerosos estudios, y por lo tanto mucho tiempo. Todo lo demás no es ciencia, sino publicidad, por mucho que ni al público ni a los medios de comunicación les gusten las incertidumbres (un dogma del periodismo dice que nunca debe titularse con una pregunta; quien lo dictó, obviamente no sabía nada de ciencia).

Y si esto se aplica a la relación entre tatuajes lumbares y anestesia epidural, imaginarán entonces que probablemente se extienda también a los posibles efectos sobre la salud de los tatuajes en general. ¿Quieren saber qué dice la ciencia actual sobre esto? Vuelvan mañana y se lo contaré.

Por qué cuesta tanto librarse de los piojos

Son el terror de padres y madres, una pesadilla que suele motivar dos preguntas. La primera, más bien retórica: ¿Cómo es posible que hayamos llegado a la Luna y no hayamos conseguido librarnos de los piojos? Y la segunda, en busca desesperada de una respuesta práctica: ¿Cómo me libro de los piojos?

Respecto a la primera, ahí radica precisamente el éxito de los parásitos, en saber colocarse siempre un paso más allá de donde alcanza la manguera. Por supuesto que es fácil librarse de los piojos; basta con rapar el pelo al cero o, como hacía una que yo me sé, rociar la cabeza de los niños profusamente con Cucal. Pero como se trata de evitarles a los pobrecitos una imagen de posguerra y, sobre todo, de mantenerlos vivos, es aquí donde surge la dificultad de encontrar ese punto de equilibrio que aniquile al piojo sin dañar a su portador.

Un piojo humano. Imagen de Gilles San Martin / Wikipedia.

Un piojo humano. Imagen de Gilles San Martin / Wikipedia.

Nuestra arma principal contra ellos son los insecticidas, naturales o sintéticos, sobre todo piretroides como las piretrinas, la permetrina o la fenotrina. Estos son los compuestos presentes en la mayoría de las lociones, cremas y champús que podemos encontrar en las farmacias, ya que son relativamente inocuos para los humanos en comparación con otros insecticidas como el malatión, el carbaril o el lindano.

En los últimos años ha aumentado el uso de otra sustancia, la ivermectina, originalmente utilizada contra parásitos tropicales. A su eficacia contra los piojos se une la ventaja de que es segura para nosotros, por lo que puede también tomarse en pastillas.

Pero los parásitos avanzan un paso más allá: cuando surge espontáneamente una mutación que confiere resistencia a un insecticida, los piojos portadores acaban extendiéndose y colonizando su mundo piojil. En 2016, un inquietante estudio en EEUU que analizó más de 14.000 piojos recogidos por todo el país determinó que hasta el 98% de ellos llevaban mutaciones de resistencia a los piretroides.

También se han detectado resistencias al malatión, al carbaril y a la ivermectina, lo que pone en entredicho la futura utilidad de los antipiojos más comunes. Un estudio describió un caso en Australia de una madre y su hija cuyos superpiojos resistieron siete tratamientos con distintos insecticidas, incluyendo piretrinas, permetrina y malatión, y ni siquiera se marcharon aplicando un potente repelente de insectos.

Otra opción son las lociones basadas en dimeticona, una silicona que tiene múltiples usos (desde aditivo alimentario o lubricante para condones hasta la arena para moldear que utilizan los niños) y que envuelve los piojos, deshidratándolos o asfixiándolos. Pero aunque la publicidad de estos productos asegure que eliminan el 100% de los piojos y las liendres –los huevos–, en la práctica los resultados no son tan rotundos, ni siquiera en los ensayos clínicos controlados donde el uso correcto está garantizado.

Es más, los expertos suelen advertir que ninguno de los compuestos hoy disponibles mata el 100% de las liendres, y que por lo tanto al final no queda más remedio que recurrir al sistema más viejo del mundo, la liendrera o peine para quitar liendres; tan viejo que ya se utilizaba hace al menos 3.500 años. En 2016, un equipo de investigadores logró estudiar el genoma de restos de piojos hallados en una liendrera de la época romana, de hace unos 2.000 años, encontrada en una excavación arqueológica en Israel.

Arriba, una liendrera de la época romana (unos 2.000 años atrás) hallada en Israel. Abajo, restos de piojos (B, C y D) y de una liendre (E) hallados en la liendrera. Imagen de Amanzougaghene et al / PLOS One / CC.

Arriba, una liendrera de la época romana (unos 2.000 años atrás) hallada en Israel. Abajo, restos de piojos (B, C y D) y de una liendre (E) hallados en la liendrera. Imagen de Amanzougaghene et al / PLOS One / CC.

El método recomendado es impregnar el pelo seco con acondicionador para inmovilizar a los piojos, pasar primero un peine normal para desenredar y después dividir el cuero cabelludo en seis secciones, peinando con la liendrera desde la raíz a la punta y limpiándola después de cada pasada con una toallita de papel para comprobar si hay piojos. Claro que si este procedimiento se multiplica por cualquier número de niños mayor que uno, el despiojado acabará reemplazando a cualquier actividad que los padres y madres gusten de hacer en su tiempo libre.

El hecho de que nos resulte tan dificultoso eliminar las liendres es una muestra más de cómo los parásitos van un paso por delante: sin huevos no hay bichos; en esta época de estilismo y cuidado capilar, si no fuera por este firme agarre ya habrían desaparecido de la faz de nuestras cabezas.

Pero ¿cómo hacen los piojos para aferrar sus huevos al pelo con tanta fuerza que resisten la piscina, el mar, la ducha, el champú, el frotado, el secado, el peinado, el tinte, la gomina, el headbanging, el cardado o la laca, y que solo pueden desprenderse con las uñas o con una liendrera? Precisamente acabamos de conocer la respuesta. Mañana se lo cuento.

El caso del homeópata arrepentido y las acusaciones de soborno

Es curioso cómo escribir sobre pseudociencias le convierte a uno de repente en el objeto del odio de personajes a los que uno no conoce de nada ni le conocen a uno de nada. En alguna ocasión, hace años, manifesté en este blog que no era mi intención escribir aquí sobre pseudociencias, porque mientras otros ya se encargaban de esto con intensa actividad, alguien tenía que dedicarse a escribir sobre ciencia. Y de hecho, esta continúa siendo mi ocupación principal aquí, y la única cuando no estoy aquí.

Sin embargo, disponer del privilegio de este espacio libre, en el que 20 Minutos jamás me ha impuesto una sola directriz respecto a línea editorial, tono o contenidos, me planteaba un dilema. Si quieren, es un concepto anticuado, aquel que llevaba a muchos a alistarse a la guerra porque se sentían comprometidos a poner sus brazos y sus piernas sanas al servicio de su país.

Por mi parte, no milito en ninguna organización de escépticos; de hecho, no milito. En ninguna clase de organización. Hay niños que desde pequeñitos montan una revuelta en casa por un papel higiénico mejor; nunca he sido de estos. No tengo vocación de activista.

Pero cuando uno observa a su alrededor que se está librando una pequeña o gran batalla en la cual la pseudociencia está costando vidas, es imposible sustraerse a la obligación de ofrecer este espacio y lo poco o mucho que uno pueda saber para contribuir a una alfabetización científica que evite muertes evitables. Y digo este espacio, y no estas teclas, porque mi voz contra las pseudociencias está ligada a Ciencias Mixtas. El día en que este blog desaparezca, continuaré como hasta ahora con la que es mi profesión desde hace muchos años, informar sobre ciencia.

Pero hay quienes, comprensiblemente, ven en ello otra cosa. Comprensiblemente, porque puede comprenderse, no que sea lógico ni mucho menos racional. Y puede comprenderse porque así es como funciona la mente humana, no tan lógica ni racional, según quienes mejor la conocen. Y no es un secreto que las grandes industrias acumulan un nutrido historial de maniobras orquestales en la oscuridad para tapar sus vergüenzas, ya sea la contaminación de una actividad, los perjuicios del tabaco, las emisiones de los automóviles o los efectos adversos de un medicamento.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Que a uno puedan considerarle un hired gun al servicio de esos intereses debería caerme como un halago, ya que supone concederme la suficiente importancia como para pensar que a alguien pudiera interesarle sobornarme. No soy tan importante; no salgo en la tele ni tengo millones de seguidores en Twitter. Pero tampoco voy a explayarme en cómo el anonimato de internet sitúa a cualquier periodista con los ojos vendados ante anónimos pelotones de fusilamiento. Sin embargo, hay algo que sí quiero contar aquí, un caso con moraleja.

El otro día mencioné a Edzard Ernst, un médico alemán. Ernst era homeópata. Comenzó su carrera como un joven médico en una clínica que resultaba ser una clínica homeopática, una práctica que había conocido de niño en su propia casa, pero que no había estudiado en la universidad. Emprendió su carrera con la mente como una pizarra en blanco, y al comienzo le gustó lo que vio: un buen ambiente de trabajo, y pacientes que parecían sentirse mejor con los remedios prescritos.

Según contaba él mismo, fue al conocer los fundamentos de la homeopatía cuando decidió indagar más profundamente en ello. Pero no con el ánimo de desmontar un fraude, sino todo lo contrario: dado que la ciencia no podía explicar cómo funcionaba la homeopatía, ¿estaría equivocada la ciencia? De ser así, sus descubrimientos podrían llevarle incluso al Premio Nobel. Así, emprendió una investigación destinada a analizar con mayor detalle aquellos presuntos efectos beneficiosos de los remedios homeopáticos.

Después de dos décadas de investigaciones, los resultados fueron “una decepción” para él. Todos sus estudios sobre los supuestos beneficios de la homeopatía (excepto algún caso con un preparado de baja dilución que sí contenía ingredientes, como conté ayer) conducían a una misma y única conclusión: efecto placebo.

Durante décadas se creyó que el efecto placebo podía llegar a tener un cierto poder curativo. Hoy se sabe con toda certeza que no es así; ningún placebo cura, sino que solo nos ofrece una sensación subjetiva de bienestar. Como llegar a casa, quitarse los zapatos y recostarse en un sofá. Como el reiki. Y sí, se ha demostrado que también actúa en animales y bebés, aunque explicar los mecanismos que operan en estos casos requiere una explicación más detallada que dejaremos para otro día.

El médico y exhomeópata Edzard Ernst. Imagen de Nederlandse Leeuw / Wikipedia.

El médico y exhomeópata Edzard Ernst. Imagen de Nederlandse Leeuw / Wikipedia.

En fin, el caso es que Ernst comprendió que había estado practicando una medicina que no era tal. Pero nadie puede cambiar de profesión de la noche a la mañana. Otros en esta misma situación han preferido continuar engañándose a sí mismos, no morder la mano que les da de comer. Inicialmente, contaba, se dejó seducir por una idea: al menos la homeopatía no puede hacer daño a nadie.

Sin embargo, una de sus investigaciones le obligó a abandonar la comodidad de este punto de vista, cuando descubrió que muchos pacientes no se sometían a la homeopatía como medicina complementaria, sino como único tratamiento, y que los homeópatas británicos estaban recomendando a sus pacientes que no vacunaran a sus hijos. Y que esta sustitución de la medicina que cura por otra que no cura estaba costando las vidas de muchos pacientes.

Fue entonces cuando su voz comenzó a desplazarse desde una postura neutral hacia una decididamente crítica, en un principio solo a través de sus artículos científicos. Hasta que comprendió que publicar sus resultados en revistas médicas no bastaba, sino que estaba obligado a llevar este conocimiento al público general a través de medios y blogs. De este modo, tuvo que dar un salto incómodo: “No es una tarea que me brinde dinero o amigos; de hecho, es una manera rápida de hacer un montón de (a veces poderosos) enemigos”, escribía. “Pero es una tarea que tiene el potencial de hacer un inmenso bien. Y por eso lo hago”.

Como era de esperar, de inmediato empezó a blandirse contra él la acusación de haberse vendido como mercenario al servicio de intereses farmacéuticos. Entre esos enemigos que Ernst mencionaba destacó el periodista Claus Fritzsche, que convirtió las difamaciones y los ataques personales hacia el homeópata arrepentido en una ocupación prioritaria.

La historia podría haber terminado aquí. Pero no fue así. En 2012 el diario alemán Süddeutsche Zeitung destapó que el periodista Fritzsche recibía 43.000 euros al año de cinco grandes compañías homeopáticas. El sobornado era Fritzsche, no Ernst; y es que mantener negocios como el del pato de los 20 millones de dólares (que conté hace unos días) bien merece un gasto de 43.000 euros al año.

Tras la publicación de la historia, los laboratorios homeopáticos retiraron de inmediato su apoyo a Fritzsche. Arruinado y sumido en la depresión, en 2014 Fritzsche se suicidó. Ernst lamentó públicamente su muerte. Las compañías que sostuvieron a Fritzsche y después le dejaron caer continúan lucrándose de la venta de viales de agua y glóbulos de azúcar impregnados de agua seca.

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (II)

Continuando con lo que comencé a explicar ayer, existe una pequeñísima minoría de productos homeopáticos (uno de cada mil, según una estimación) cuyas diluciones son tan bajas que sí contienen principios activos, normalmente en una disolución de varios componentes. Es el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa; al menos, es un consuelo que aquel intruso en mi botiquín contuviera algo más que agua y alcohol.

En este jarabe no se emplean diluciones centesimales sino decimales (1:10), un sistema posterior a Hahnemann que suele designarse por las letras D o X. En concreto y según el prospecto, por cada 100 gramos u 87 mililitros el jarabe contiene Anisum D1 (1,5 g), Bryonia D3 (5 g), Drosera D3 (5 g), Eucalyptus D3 (5 g), Ipecacuanha D4 (5 g) y Antimonium sulfuratum aurantiacum D6 (5g).

Haciendo una conversión gruesa, 100 gramos contendrían unos 150 miligramos de Anisum, 5 miligramos de Bryonia, 5 miligramos de Drosera, 5 miligramos de Eucalyptus, medio miligramo de Ipecacuanha y 5 microgramos de Antimonium sulfuratum aurantiacum. Los cinco primeros son extractos de plantas, mientras que el último con nombre a lo Harry Potter (alquimia medieval, ignorando la nomenclatura de la química moderna) parece ser, según consigo encontrar por ahí, pentasulfuro de antimonio con restos de azufre (lo cual no suena muy sabroso; de hecho, el pentasulfuro de antimonio está clasificado como tóxico).

En resumen, podríamos abreviar la composición básica del jarabe como agua, alcohol y anís. Sin duda, habría encajado mejor en mi armario de los licores. Pero al menos y a diferencia de la gran mayoría de productos homeopáticos, es indudable que este sí contiene ingredientes. Y siendo así, ¿se supone que es eficaz contra la tos?

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Semillas de anís. Imagen de Ben_pcc / Wikipedia.

Para empezar, no necesariamente. La web para EEUU de la mayor multinacional homeopática (no es la marca del jarabe, pero listan los mismos ingredientes con iguales indicaciones) aclara al pie de cada una de sus páginas: “Proclamas basadas en la práctica homeopática tradicional, no en pruebas médicas aceptadas. No evaluado por la FDA [Agencia de Fármacos y Alimentos]”.

Lo cierto es que los preparados homeopáticos no están obligados a demostrar su eficacia para venderse, por lo que anything goes. De hecho, el prospecto del jarabe se cubre las espaldas: “El uso de medicamentos homeopáticos puede temporalmente aumentar los síntomas existentes (agravación inicial)”. Imagino que tal vez ellos lo intentarían atribuir a un fenómeno llamado hormesis, que sin embargo no es aplicable a la homeopatía en general; traducido a la realidad, esto significa más bien: el preparado no necesariamente hace nada y por lo tanto puede parecer que la enfermedad empeora, pero la tos acabará curándose sola tarde o temprano, y si coincide con la toma del jarabe, pues eso que nos llevamos.

Sin embargo, este campo de los preparados homeopáticos con bajas diluciones suscita una interesante cuestión: ¿en qué se diferencian estos productos de la medicina herbal, es decir, de los preparados de plantas medicinales? Esto era precisamente lo que en 2013 se preguntaba un grupo de investigadores húngaros e irlandeses. “Remedios homeopáticos de baja potencia y medicina herbal alopática: ¿hay solapamiento?”, se titulaba su estudio.

Naturalmente, un homeópata sin duda sacaría de la chistera sus sucusiones y potentizaciones para justificar una diferencia abismal entre ambos. Pero dejando fuera los abracadabras y centrándonos en magnitudes reales que puedan medirse en un laboratorio, los autores del estudio demostraban que un preparado homeopático de tintura madre sin diluir y una medicina herbal, ambos basados en la misma planta –Vitex agnus-castus–, eran indistinguibles por completo. Es decir, que el preparado homeopático sin dilución o con baja dilución es sencillamente medicina herbal.

Claro que, si ambos son física y químicamente iguales, en cambio legalmente no lo son: “los productos homeopáticos que contengan agentes activos en dosis alopáticas deberían ser tratados de la misma manera que las medicinas alopáticas desde el punto de vista del aseguramiento de la calidad y la farmacovigilancia”, escribían los autores. Según el prospecto de mi jarabe, no se le conocen efectos adversos. Pero es que no se le obliga a que se le conozcan.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

La planta carnívora Drosera rotundifolia. Imagen de Michael Gasperl / Wikipedia.

Además del legal, la homeopatía obtiene un segundo beneficio de estos productos, y es el propagandístico. En el caso concreto de mi jarabe, no tengo la menor idea de si alivia la tos; no puede saberlo ni el propio fabricante, ya que solo parecen existir uno y dos pequeños ensayos clínicos con aspecto más o menos serio que han evaluado algunos de los componentes de este producto, pero en otras mezclas diferentes.

El médico alemán Edzard Ernst, exhomeópata e investigador, y hoy uno de los más activos divulgadores de los errores y peligros de esta pseudomedicina, contaba que años atrás dirigió un ensayo clínico sobre el efecto de un producto homeopático en las varices. El ensayo fue favorable, pero es que el preparado llevaba su principal ingrediente en dilución D1; ingrediente que ya había sido validado para el tratamiento de las varices incluso en Cochrane (una base de datos de metaensayos que se considera la regla de oro de la validación clínica).

Según Ernst, los homeópatas suelen cacarear estos ensayos de diluciones bajas como prueba de que la homeopatía funciona, y en realidad lo que está funcionando en estos casos no es otra cosa que una medicina herbal, con sucusiones y potentizaciones o sin ellas. De hecho, Ernst apuntaba astutamente que sus resultados aniquilaban el principio fundamental de la homeopatía: si la hierba en cuestión mejoraba las varices, sus diluciones homeopáticas deberían empeorarlas. Y no.

Un último aspecto que merece la pena comentar sobre el jarabe. Mucho me temía que un somero garbeo por algún foro online de maternidad y paternidad me iba a arrojar de bruces sobre más de un comentario recomendando este producto para los niños por ser natural. Y en efecto, no me ha costado ni medio minuto encontrar dichos comentarios.

Pues esto les va a sorprender. Los ingredientes adicionales del jarabe incluyen, según el prospecto, sacarosa, agua purificada, sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo, sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo y ácido clorhídrico diluido para neutralizar el pH, además del 3,2% de alcohol en volumen que ya mencioné ayer.

Pero ¿qué demonios son la sal sódica de parahidroxibenzoato de etilo y la sal sódica de parahidroxibenzoato de metilo? A estos dos compuestos se los conoce por otros nombres: E-215 y E-219, respectivamente. Y a ambos en conjunto se los conoce además por otro nombre: parabenos.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de "terapia natural". Imagen de pxhere.

Abundan las imágenes que tratan de revestir la homeopatía de una aureola de “terapia natural”. Imagen de pxhere.

Los parabenos son conservantes utilizados desde hace casi un siglo en infinidad de productos de consumo, desde alimentos hasta cosméticos. Los numerosos estudios sobre su seguridad no han podido atribuirles efectos nocivos en las dosis habituales empleadas, pero en 2004 una investigadora británica con más amor por la notoriedad que por el rigor científico pretendió convertirlos en causantes de cáncer (aquí conté la historia con detalle).

La propia investigadora tuvo que desdecirse después de sus afirmaciones, pero el daño ya estaba hecho, y a partir de entonces las marcas descubrieron que era rentable publicitar la retirada de los parabenos de sus productos. Es uno de esos casos en los que un ingrediente se convierte en maldito no porque sea nocivo, sino porque es impopular.

Pero volviendo al jarabe, con el dato de que este producto contiene parabenos no pretendo convencer a los quimiófobos de que dejen de consumir homeopatía apelando a su quimiofobia. Sería bastante incongruente; aunque es inevitable subrayar que quien consuma homeopatía porque es más natural está cayendo en una doble trampa, tomando algo que no solo no cura, sino que tampoco es necesariamente más natural. Como ejemplo a añadir, el pentasulfuro de antimonio que mencioné antes se obtiene en el laboratorio, por lo que es un ingrediente sintético.

Una de las líneas de la propaganda homeopática consiste en explotar la ola de quimiofobia irracional que nos invade, asegurando que sus productos son naturales porque solo contienen extractos animales, vegetales y minerales; pero bajo el epígrafe de minerales se incluyen productos de síntesis química. Al fin y al cabo, quién puede negar que su origen primario es mineral. Esta falacia de lo natural ha contribuido a convertir la homeopatía en un floreciente negocio multimillonario global.

En cambio, de lo que sí quisiera convencer a los quimiófobos, aunque sea con arco y flechas contra la tormenta, es de que piensen racionalmente en beneficio de su salud. Si se trata una tos con agua, alcohol y anís, en cualquier caso acabará curándose con el tiempo (siempre que se deba a algo como un simple resfriado). Para adultos sin problemas de alcoholismo, quizá hasta lo disfruten con un par de peces de hielo. Pero si la tos resulta ser signo de una infección más grave, confíen en lo único que podrá curarles: los antibióticos, sintéticos o no; la homeopatía y las hierbas, no. Cuando tengan una enfermedad de verdad, vayan a un médico de verdad.

Y puesto que este artículo, como todos en la misma línea, será inevitablemente acusado de haberse escrito al dictado de la Big Pharma, se me ocurría contarles un interesante caso al respecto. Pero dado que luego me acusan (en este caso sí, con mucha razón) de alargarme demasiado, mejor dejémoslo para otro día.

¿Cuándo puede funcionar la homeopatía? Cuando en realidad no es homeopatía, sino otra cosa (I)

Ayer conté aquí cómo encontré un jarabe homeopático en mi botiquín casero, todo un borrón en mi currículum que asumo con resignación y vergüenza. Pero ¿qué fue de aquel infortunado frasco, caído en manos de alguien que conocía lo que ocultaba (o lo que no) detrás de su vidrio oscuro? Como es lógico, inmediatamente dispuse del contenido de forma adecuada; era demasiado temprano para una copa (3,2 grados de alcohol, casi como una cerveza).

Pero conservé el prospecto. Porque observé en él algo muy interesante que hoy me da pie a explicar esto: la única homeopatía que podría tener algún efecto es aquella que se vende como tal pero que realmente no lo es, y que en casos como este tampoco es otra cosa que muchos de los consumidores de estos preparados esperan que sea. Parece uno de aquellos famosos trabalenguas de Rajoy, pero déjenme que se lo explique.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Para ello debo comenzar resumiendo qué es la homeopatía, esa gran incomprendida: no es una ciencia milenaria como afirmaba la docta Ana Rosa Quintana, sino solo una pseudociencia centenaria. Fue inventada en 1796 por el médico alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de una observación errónea concibió la ficción de que una sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en dosis normales los curaba si se administraba en cantidades ínfimas, algo que desde la antigüedad otros ya habían propuesto sin éxito (porque no es cierto).

Como en aquellos martinis de Buñuel, en los que todo el vermú necesario era el de un rayo de sol al atravesar la botella de Noilly Prat e incidir en la copa, Hahnemann definió un método de diluciones progresivas que iban reduciendo el principio activo. Entre las diluciones, el preparado debía agitarse según un arcano ritual contra un libro con tapas de cuero con el fin de extraer de la sustancia sus presuntas propiedades. Con estas llamadas sucusiones el preparado se va potentizando, de modo que cuanto menos contiene del ingrediente activo, más potente es.

En tiempos de Hahnemann aún no se conocían las causas de muchas enfermedades; los tratamientos nacían de la experiencia o la intuición y a menudo hacían más daño que bien. El átomo era un misterio, y Hahnemann creía que una sustancia podía dividirse hasta límites casi inconcebibles. Por otra parte, defendía la existencia de factores esotéricos en las enfermedades, y la idea de que las propiedades de las sustancias podían separarse de ellas (una especie de vitalismo, o podríamos llamarlo “espiritismo molecular”).

Pero incluso en el estado embrionario de la medicina de entonces, la homeopatía nació ya cosechando los abucheos de los científicos de la época, dado que no se basaba en nada conocido sobre cómo funciona la naturaleza, ni se tenía noticia de ningún fenómeno que necesitara algo como la homeopatía para explicarse. Es decir, que la homeopatía no tenía ningún argumento ya no solo para ser aceptada, sino ni siquiera para ser refutada.

Pese a todo, el simple avance del conocimiento fue derribando una tras otra las premisas de la homeopatía. A comienzos del siglo XX esta práctica fue cayendo en sus momentos más bajos, hasta que el nazismo la resucitó dentro de su mitología esotérica. En las décadas posteriores comenzó a vivir una edad dorada que perdura hasta hoy, alimentada por la llamada cultura New Age y por la pseudociencia de la quimiofobia (la superstición de lo natural; pero más sobre esto mañana).

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Para su sistema de diluciones, Hahnemann definió la escala centesimal o C, de modo que C1 o 1C consistía en una dilución 1:100, o una parte de la sustancia original (llamada tintura madre) diluida 100 veces en agua o alcohol. Si a continuación se diluía de nuevo 100 veces esta solución, se obtenía una dilución C2 o 2C, y así sucesivamente. Por tanto, el factor de dilución de un preparado homeopático se calcula como 10^-2C, o 0,01^C. En general, Hahnemann recomendaba la dilución C30, equivalente a 10^-60, o 0,00000000000000000000000000000000000 0000000000000000000000001; o sea, una parte de la sustancia por cada 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. 000.000.000.000 partes de agua. En letras, un decillón, o millón de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones. Buf.

Sin embargo, Hahnemann utilizaba diluciones hasta C300. El Oscillococcinum, un preparado homeopático contra la gripe que hoy todavía es muy popular (cuesta creerlo, pero es así), consta de casquería de pato (hígado y corazón) a dilución C200; o sea, y les ahorro los ceros, una parte del supuesto principio original diluida en 10^400 partes de agua, un 1 seguido de 400 ceros, o diez mil… ¿cómo diablos se llama a esto? ¿Hexasesentillones?

Si ya están sospechando que lo anterior empieza a sonar descabellado, lo han adivinado. Después de Hahnemann, los científicos comenzaron a comprender cómo se relaciona la masa de una muestra de sustancia con la cantidad de materia (el número de átomos o moléculas) que contiene. Ambas magnitudes están relacionadas por el número de Avogadro, 6,022*10^23. Así se definió la unidad de sustancia, el mol: un mol de cualquier sustancia contiene siempre 6,022*10^23 átomos o moléculas. En el caso del agua, un mol pesa 18,02 gramos; un mol de sal común (cloruro sódico) pesa 58,44 gramos.

Estos hallazgos permitieron comprender la fantasía que las diluciones de Hahnemann representaban: partiendo de un mol de una sustancia, puede decirse que por encima de C12 ya no queda ni una sola molécula del principio original en el agua.

C30, agua. Imagen de pixabay.

C30, agua. Imagen de pixabay.

Para calibrar la magnitud del disparate, suele citarse que el universo contiene unos 10^80 átomos, por lo que una sola molécula en un vial del tamaño del universo correspondería a una dilución, por así decirlo, de C40; para que el frasquito de Oscillococcinum contuviera una sola molécula del pato, tendría que tener el tamaño de cien ¿trecincuentillones? de universos. En un preparado C30, para asegurar que un solo paciente deglutiera una sola molécula del principio original, deberían haberse administrado dos mil millones de dosis por segundo a toda la población mundial actual, unos seis mil millones de personas, durante casi toda la historia de la Tierra, cuatro mil millones de años.

Así que no teman por los patos: internet me cuenta que un hígado de pato pesa unos 80 gramos, y un corazón unos 20. Así que, si partimos de unos 100 gramos de casquería de un solo pato, ese material, bien administrado, bastaría para preparar un sesentillón (millón de millones de… así hasta 60 veces) de toneladas de Oscillococcinum.

En la práctica, y dado que el pato se usa fresco, el médico Stephen Barrett citaba un artículo de 1997 publicado en U.S. News & World Report según el cual se utilizaba un pato al año, del cual se obtenía una facturación anual en ventas de Oscillococcinum de 20 millones de dólares. Teniendo en cuenta el coste del otro ingrediente, el agua, se harán una idea del grado de motivación de los laboratorios homeopáticos.

Oscillococcinum, agua y azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Oscillococcinum en pastillas, azúcar a más de 16 dólares. Imagen de Afshin Taylor Darian / Flickr / CC.

Estos preparados que no contienen nada más que agua forman el grueso de los remedios homeopáticos a la venta. En el caso de los llamados glóbulos o pellets, se riza el rizo del esperpento: se trata de píldoras de azúcar (normalmente lactosa) que se impregnan con esa agua y después se dejan secar. Con lo que retienen… ¿qué? ¿Agua seca?

Hahnemann desconocía todos estos datos, ya que en su época la composición de la materia aún estaba por definir. Pero los fantasmas de las sustancias que él presentía en las diluciones se han sustituido en la homeopatía moderna por otras fantasías, como la de que el agua recuerda la sustancia que contuvo. Sin embargo y al parecer, el agua tiene una memoria muy selectiva: solo recuerda la sustancia que el homeópata quiere, ignorando otras muchas impurezas que, según detallaba el químico Mark Lorch, se encuentran en el agua purificada a una concentración equivalente a lo que los homeópatas llaman C4 (en tiempos de Hahnemann esto tampoco se sabía). De cualquier modo y según los experimentos, la memoria del agua es mucho más desastrosa que la de aquel pez de Disney: se le olvida absolutamente todo a las 50 milbillonésimas de segundo.

Toda esta explicación me conduce a un objetivo, y es que no todos los productos homeopáticos llevan diluciones tan altas; una pequeña minoría de ellos se basa en diluciones tan bajas que los preparados sí contienen físicamente los principios activos. Al parecer, existe un debate entre ciertos homeópatas de las escuelas vieja y nueva: algunos piensan que solo estos productos con ingredientes pueden ejercer algún efecto real, mientras que aquellos de la línea más pura opinan que no pueden ser efectivos por no estar suficientemente potentizados. Preguntarse de qué parte están la razón y el sentido común es la pregunta más sencilla de la historia de las preguntas sencillas.

Este último es justamente el caso del jarabe para la tos que encontré en mi casa. Mañana seguiremos contando qué implica la presencia de ingredientes activos en ciertos preparados homeopáticos. Pero antes, no resisto la tentación de dejarles con esta genial parodia del programa humorístico de la BBC That Mitchell and Webb Look.

Este paciente pide que cada médico se decante: medicina basada en ciencia, o no

Hace unos días ordenaba uno de esos pequeños agujeros negros donde solemos almacenar medicamentos que caducaron cuando aún se prescribían sangrías (de las de sanguijuelas, no de las de tinto). Obviamente, rechazo y desaconsejo este acaparamiento farmacológico; claro que nos lo pondrían más fácil si, en lugar de obligarnos a comprar la caja de 500 píldoras, pudiéramos adquirir un botecito con el tratamiento exacto que necesitamos, como ocurre en otros países.

Pues resultó que, navegando entre las reliquias fósiles de enfermedades pasadas, de pronto mis ojos se posaron en una caja de jarabe para la tos donde, en letra menuda, aparecía una leyenda lacerante para mi vista: “medicamento homeopático”. ¿Cómo? ¿Cuándo? Aquel descubrimiento fue como… en fin, como encontrar homeopatía en mi botiquín. Para qué buscar una metáfora sobre algo más absurdo y humillante.

No tengo la menor idea de cómo ni cuándo aquel producto llegó a mi armario. Pero parece probable que, en algún momento del pasado, alguno de los pediatras que alguna vez ha atendido a alguno de mis hijos nos la ha colado. Sin avisarnos de que nos la iba a colar. Y que, por algún motivo que no me explico, nosotros, posiblemente confiando en que el médico al que visitábamos ejercería como médico de verdad, ni siquiera nos molestamos en leer lo que decía la letra pequeña. Un incomprensible error por mi parte que reconozco y que no se repetirá. Pero también un acto médico que, como mínimo, solo debería tolerarse previa información al paciente.

En realidad no he venido a contar una anécdota personal que poco importa, sino que este episodio me ha sugerido dos reflexiones. La primera, respecto al propio producto concreto que se escondía en mi casa, la dejo para la próxima ocasión, ya que tiene bastante zumo que exprimir. La segunda se refiere precisamente a lo que acabo de mencionar: ¿sería mucho pedir que, al menos a quienes así lo deseemos, se nos trate exclusivamente con medicina de verdad?

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Disculpen si prosigo con otra referencia personal, pero me sirve para explicar lo que pretendo. Tuve un abuelo médico. Recuerdo su consulta en su propia casa, como era costumbre antes; con una camilla de metal y vidrios sobre la cual no podía existir una postura cómoda, y con un aparato de rayos X casi de cuando Curie. Al fondo del pasillo, una sala le servía como laboratorio, con microscopios que eran verdaderas joyas y toda una cacharrería de retortas y cristalería antigua que venía incluso grabada a mano con la firma del fabricante, Fulano de Tal, Calle Arenal, Madrid. Allí mi abuela le ayudaba con los análisis, centrifugando las muestras de sangre y tiñéndolas con Giemsa para luego contar las células una a una bajo el microscopio, hematíes, eosinófilos, basófilos…

La casa-consulta de mis abuelos fue una de las patrias de mi infancia, y por ello la recuerdo con cariño y nostalgia. En aquella época se contemplaba a los médicos como sabios avalados por una experiencia de la que emanaba su poder de curar. Cuando decían “esta fórmula funciona”, nadie osaba jamás ponerlo en duda. Eran infalibles, tanto que los regalos de sus pacientes eran casi más bien ofrendas a los dioses de la salud: por Navidad les traían pollos y pavos. No, no en un blíster de plástico, sino crudos, vivos y con todas sus plumas. En casa de mis abuelos los encerraban en el baño de servicio hasta que entraba la cocinera a retorcerles el pescuezo. Cosas de entonces.

¿Y dónde quedaba la ciencia? Bueno, por supuesto que en aquel entonces ya se publicaban el New England Journal of Medicine y el British Medical Journal (hoy BMJ). Por supuesto que se celebraban congresos de medicina, y que se investigaba, y que se publicaba, y que se avanzaba descubriendo nuevos compuestos y métodos terapéuticos. Pero para un médico de a pie como mi abuelo, formado en la España de los años 20, todo aquello quedaba tan lejos como la galaxia de Andrómeda.

Para empezar, él ni siquiera hablaba inglés; había estudiado francés, como la mayoría en su generación. Naturalmente, seguía las publicaciones en castellano que le llegaban a través del Colegio de Médicos y de otras organizaciones profesionales, pero recuerdo su biblioteca dominada sobre todo por antiguos volúmenes encuadernados en piel que contenían verdades médicas, al parecer, inmutables. Por descontado, él se relacionaba con sus colegas, con quienes intercambiaba observaciones sobre sus casos y sobre la eficacia percibida de diversos tratamientos. Pero todo aquello no llegaba a formar una comunidad científica, el pilar sobre el que se construye el conocimiento científico.

Aquella versión romántica de la medicina hoy ya no tiene cabida. Aquella época murió.

Pero ¿murió de verdad? Todavía me sorprende seguir escuchando en la radio, en pleno siglo XXI, esas cuñas en las que el Doctor Mengano recomienda tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Porque, en realidad, lo único que revela la recomendación del Doctor Mengano es que al Doctor Mengano le han pagado para recomendar tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Aún, si el Doctor Mengano dedicara sus diez segundos de micrófono a dar cuenta de los ensayos clínicos y metaensayos que avalan la eficacia del producto, su intervención tendría sentido. Pero no es así. Y hoy el argumento de autoridad no basta.

Sin embargo, este continúa siendo un debate dentro de la comunidad médica. El mes pasado conté aquí un artículo aparecido en la última edición navideña de la revista BMJ, siguiendo esa tradición de algunas publicaciones médicas de cerrar el año con temas humorísticos. Sus autores describían el primer ensayo clínico comparando el efecto de utilizar un paracaídas al saltar de un avión con el de no usarlo.

Como expliqué, no era una simple gracieta: los investigadores se apoyaban en el ejemplo absurdo para argumentar la importancia de la medicina basada en ciencia, aquella que se guía exclusivamente por las conclusiones de los ensayos clínicos controlados y aleatorizados. Y lo hacían en respuesta a otro artículo anterior cuyos autores habían propuesto precisamente el mismo ejemplo absurdo para defender la medicina no basada en ciencia, aquella que se orienta por la experiencia profesional individual del médico, la plausibilidad biológica y el argumento de autoridad. Como en otros tiempos.

Evidentemente, ni un servidor ni otros miles más gozamos de la autoridad para decir a los médicos cómo tienen que hacer su trabajo. Pero soy un paciente. Y como tal creo que sí puedo reclamar esto: mi derecho a poner mi salud y la de mi familia exclusivamente en manos de los profesionales que se ciñan a la medicina basada en ciencia. Que al menos mientras un médico siga teniendo el derecho legal a especiar sus prescripciones con unas gotas de homeopatía, acupuntura, risoterapia o reiki, yo tenga el derecho a estar advertido de ello para no pasar por su consulta.

‘Gordofobia’, la asignatura pendiente del último estigma social

Quienes ya nos dejamos crecer las canas (nada de qué quejarse, a algunos no les crecen por mucho que las dejen) hemos presenciado cómo han cambiado los usos sociales en las últimas, digamos, cuatro décadas. Los desdenes y humillaciones hacia muchos colectivos no solo se han transformado en actitudes de respeto, sino que incluso los términos hirientes empleados antes se han reemplazado por otros no ofensivos.

Todos los ámbitos de la vida se han abierto a la inclusión, y hoy ya no es socialmente tolerable (legalmente ya no lo era) el menor indicio de marginación o discriminación por motivos de género, etnia, identidad u orientación sexual, discapacidad… Por supuesto que aún quedan rescoldos, y siempre quedarán, pero hay un frente común en la sociedad que reacciona con firmeza contra estos abusos. Más incluso que el estado general de opinión, un termómetro que da la temperatura social hacia asuntos como este es la reacción pública cuando se violan estos principios.

Pero incluso hoy, los gordos y las gordas siguen siendo gordos y gordas. Aunque en cualquier contexto medianamente formal se hable de obesos y obesas, algo dice que probablemente se trate más de vestir el lenguaje, tal como la “casa” se transforma en “vivienda” y la basura en “residuos sólidos urbanos”. A pie de calle, en la conversación cotidiana se habla de gordos y sebosos con una naturalidad con la que ya no suelen pronunciarse palabras como “marica”, “retrasado” o “paralítico”, que antes eran admisibles.

La Venus del espejo de Rubens es a menudo utilizada como símbolo por el movimiento de aceptación de la gordura. Imagen de Wikipedia.

La Venus del espejo de Rubens es a menudo utilizada como símbolo por el movimiento de aceptación de la gordura. Imagen de Wikipedia.

Claro que el del lenguaje no es ni mucho menos el frente más crítico. ¿Cuántas personas gordas aparecen en los anuncios publicitarios, sin que sea precisamente para subrayar su sobrepeso? ¿Cuántas presentan telediarios o programas de televisión? ¿Cuántas encontramos en los mostradores de recepción de empresas o de hoteles de grandes cadenas? ¿Cuántas aparecen en películas sin que su gordura sea de un modo u otro una parte de la trama (para resaltar su fealdad, por ejemplo)? ¿Cuántas veces hemos visto en el cine que el gordito sea el líder, y no el gracioso secundario que se atiborra de comida, sirve de blanco de las chanzas, nunca liga, y además todo esto no le importa porque tampoco suele ser muy listo (lo siento, fanes de Los Goonies)?

Claro que hay razones para todo ello. La obesidad es, pregonan médicos y medios, la gran epidemia de este siglo, responsable de millones de casos de enfermedad cardiovascular y diabetes de tipo 2, y de incontables muertes por estas causas. La gordura es antiestética y es signo de hábitos nocivos, como el sedentarismo y la mala alimentación, que no solamente son costumbres insanas sino que además son contrarias a las tendencias. Y al fin y al cabo, la culpa de la gordura es del propio gordo o gorda, así que ellos lo han elegido. ¿No?

En realidad, lo anterior es una mezcla de verdadero y falso. Desde luego, el vínculo entre la obesidad y el riesgo cardiovascular u otras enfermedades es algo que no se discute. Pero la responsabilidad exclusiva del gordo en su gordura es un mito que la ciencia ha desmontado. Hoy se conocen factores genéticos que predisponen a la obesidad, lo que obliga a quienes los poseen a invertir un esfuerzo mucho mayor que otros para evitarla; un esfuerzo que muchos otros no harían si estuvieran en el mismo caso. No, la gordura no es una elección personal, y en cambio elegir la delgadez puede convertirse en el empeño infructuoso de toda una vida.

Pero lo anterior es el aspecto clínico de la gordura. Existe un segundo aspecto completamente independiente, y es el social. Que la obesidad sea una condición clínica no es en absoluto una excusa para estigmatizar a los gordos, como no se tolera hacia las personas afectadas por otras dolencias, estén o no causadas por factores genéticos o por hábitos de vida elegidos por el propio individuo: una persona en silla de ruedas no merece menos respeto por el hecho de que su lesión sea una desafortunada consecuencia de su afición al ciclismo.

Probablemente haya quienes nunca han pensado en esto. Y quienes, de primera impresión, cuestionen la verdadera existencia de una gordofobia. Recomiendo un pequeño ejercicio mental: piensen en un remake de la película Campeones de Javier Fesser, pero reemplazando a los miembros del equipo por gordos. ¿Imaginamos cómo sería? Sin duda, una panda de gorditos graciosos y sudorosos cuya obesidad serviría de risión y fuente de innumerables gags, y donde el desarrollo de la trama los conduciría a convertirse en esbeltos figurines.

¿Imaginan un programa de televisión dedicado a intentar que un grupo de homosexuales deje de serlo? Pues existe un programa de televisión dedicado a intentar que un grupo de gordos deje de serlo. No se escandalicen por la comparación; ambas son condiciones fuertemente influidas por factores congénitos que el individuo no elige. Los gordos del programa quieren dejar de serlo, bien porque están hartos de su peso, o bien porque están hartos del estigma. En tiempos pasados, muchos homosexuales fueron víctimas de pseudoterapias fraudulentas porque querían dejar de serlo para liberarse del estigma.

Imagen de NCI / Wikipedia.

Imagen de NCI / Wikipedia.

De hecho, el estigma de la obesidad es una categoría definida por la Organización Mundial de la Salud. “El estigma de la obesidad comprende acciones contra las personas con obesidad que pueden causar exclusión y marginación, y que conducen a desigualdades; por ejemplo, cuando las personas con obesidad no reciben un adecuado cuidado médico o cuando sufren discriminación en su puesto de trabajo o en entornos educativos”, dice la OMS.

Y naturalmente, existe toda una literatura científica sobre el estigma de la obesidad, sobre sus manifestaciones interpersonales, sociales y laborales, y sobre los graves efectos psicológicos que acarrea. Quizá lo más intolerable es que uno de los campos frecuentes de esta estigmatización es la propia atención sanitaria.

Y ni siquiera se trata solo de que existan numerosos casos de denegación de cuidado médico a personas obesas por su gordura: según una amplia revisión de 2009, varios estudios han revelado que “los profesionales de la salud (medicina, enfermería, psicología y estudiantes de medicina) poseen actitudes negativas hacia los pacientes obesos, incluyendo creencias de que estos pacientes son vagos, incumplidores, indisciplinados y que tienen poca fuerza de voluntad”.

Increíblemente, una mayoría de médicos consideraban que la principal causa de la obesidad era comer demasiado, por encima de factores genéticos o ambientales, “lo que sugiere que los médicos no están familiarizados con las investigaciones actuales que analizan las complejas causas de la obesidad”, dice la revisión. Numerosos estudios citados revelan que los profesionales sanitarios sostienen actitudes negativas frente a los pacientes obesos, llegando a considerarlos “torpes, desagradables, feos” e incluso “estúpidos e inútiles”.

Otra revisión de 2013 incidía en el hecho de que “varias campañas antiobesidad parecen favorecer la estigmatización de los individuos obesos como estrategia de salud pública”, en la creencia de que esta estigmatización motivará a las personas gordas a adoptar hábitos más saludables. Pero, prosigue el artículo, “la evidencia empírica no avala esta suposición”, sino que la estigmatización daña la motivación y la esfera emocional de las personas obesas.

Aún peor, el estigma de la obesidad también se ha globalizado. Según escribe este mes en la web de antropología Sapiens.org el arqueólogo e historiador de la ciencia Stephen Nash, “hasta al menos los años 90, varias sociedades, incluyendo la Samoa Estadounidense, Puerto Rico y Tanzania, eran gordo-positivas, lo que significa que mostraban una preferencia por los cuerpos rollizos”.

“Pero en las últimas dos décadas, con el aumento de la globalización, estos mismos países han comenzado a estigmatizar la gordura“, prosigue Nash. “Mientras que en estas culturas la gordura antes representaba la fertilidad, la riqueza y la belleza, ahora se asocia con la fealdad y la falta de atractivo sexual”. Según el autor, los estudios sugieren que este cambio se ha debido a la exposición a la cultura occidental a través de la televisión, el cine e internet.

Imagen de Tony Alter / Flickr / CC.

Imagen de Tony Alter / Flickr / CC.

Pero la prueba final y definitiva de que la gordofobia es el último estigma social aún vivo viene dada por un artículo publicado en marzo de 2018 en la revista The Lancet Diabetes & Endocrinology por un grupo de médicos y de organizaciones relacionadas con la obesidad. En aquel texto, los autores hacían “un llamamiento a los medios” sobre el tratamiento de la gordura, a propósito de varios artículos publicados en la prensa durante 2017.

Por ejemplo, uno de ellos, en el diario The Times, titulaba: “Trampas para Heffalumps [un tipo de elefante de los libros infantiles de Winnie the Pooh] librarán al Sistema Nacional de Salud de gorditos”. Otro en el Daily Mail decía: “Por qué me negué a que mi hija tuviera una profesora gorda”. El diario australiano Herald Sun publicaba: “¿Obeso? Probablemente eres demasiado vago para hacer ejercicio”. Por último y más brutal, en la revista Esquire un artículo se refería a los gordos diciendo: “Los mataría a todos y haría velas con ellos”.

Bien, ahora traslademos estos titulares a otros colectivos: “Trampas para Blancanieves librarán al Sistema Nacional de Salud de mariquitas”. “Por qué me negué a que mi hija tuviera un profesor mujer”. “¿Parapléjico? Probablemente eres demasiado vago para hacer ejercicio”. “Mataría a todos los negros y haría velas con ellos”.

Pero, y aquí viene la prueba prometida, titulares como estos habrían causado una repulsa internacional y habrían incendiado las redes sociales. Por el contrario, en el caso de los titulares reales, nadie, salvo los autores del artículo en The Lancet, ha dicho ni pío. “Estos artículos refuerzan que la estigmatización y la discriminación por el peso son aceptables, y así respaldan y alientan esta creencia en la sociedad”, escribían los autores. “Hacemos un llamamiento a todo el mundo para pronunciarse en contra de la discriminación de cualquier clase, incluyendo el estatus de peso”.

El caso de Vigo no trata del debate sobre dónde parir, sino sobre pseudomedicina

Esta semana hemos conocido el caso de un bebé que murió en Vigo por complicaciones durante el parto, que por decisión de los padres se produjo en el domicilio familiar y sin asistencia médica. El trágico suceso ha suscitado en medios y tertulias el debate sobre la práctica, minoritaria pero presente, de dar a luz en casa. Y como suele ocurrir en estos casos, una vez más se han vertido opiniones algo desorientadas: en realidad el caso de Vigo no trata de la discusión sobre dónde parir, sino que es, una vez más, un ejemplo de los graves perjuicios de las pseudomedicinas.

Parir en casa continúa siendo en el siglo XXI una opción elegida por algunas madres, particularmente en ciertos países. Fue a lo largo del siglo pasado cuando los partos fueron trasladándose desde los hogares a los centros sanitarios. Hay que tener en cuenta que tradicionalmente la atención médica en general se dispensaba en casa para quien podía pagarla, y en cambio los hospitales atendían sobre todo a las personas sin recursos. A medida que la sanidad en general fue mejorando, todo aquello que antes se llevaba a casa fue concentrándose en los centros sanitarios bien dotados y equipados.

Como ejemplo y según datos publicados, en Reino Unido se pasó en casi un siglo de un 80% de mujeres que daban a luz en casa en la década de 1920 a un 2,3% en 2011. Pero en países como Holanda es una costumbre tradicional que se ha mantenido, minoritaria pero aún muy extendida, con un 20% de los partos. Hace unos años, visitando a unos amigos que hacían una estancia postdoctoral en Ámsterdam, me comentaron que allí parecía ser algo muy común; de hecho, tenían una vecina que estaba preparando su parto en casa. Dejando aparte el caso de Holanda, en el resto de los países desarrollados las cifras se mantienen por debajo del 3,5%, pero se ha detectado una tendencia creciente en las últimas décadas.

Un parto en casa. Imagen de Jason Lander / Flickr / CC.

Un parto en casa. Imagen de Jason Lander / Flickr / CC.

Dado que personalmente no conozco a nadie que haya parido en casa, he recurrido a los medios en internet para saber qué tipo de razones impulsan a algunas madres a elegir esta opción. Resumiendo, parece que se trata de motivos emocionales, no racionales (en no pocos casos, teñidos incluso de una cierta retórica pseudoprofunda).

También se lee bastante este argumento: si no estoy enferma, ¿por qué debo ir a un hospital? Pero para separar las ideas de embarazo y enfermedad se crearon las unidades y centros de maternidad, donde las madres no comparten el mismo espacio con los enfermos. Y de hecho, el argumento tiene poco sentido hoy en día, cuando muchas intervenciones médicas se llevan a cabo con fines preventivos sin que los pacientes estén (aún) enfermos. Esta es una corriente en alza: no recuerdo haber hablado con un médico que no me haya dicho que el futuro de la medicina está en la prevención, por lo que la atención al paciente sano está cobrando cada vez mayor impulso.

Las razones referentes a la comodidad de la madre se dan por supuesto. Desear un lugar más familiar, cálido y acogedor para atravesar un momento tan trascendental y delicado como un parto es algo perfectamente comprensible. Sin embargo, la solución a esta exigencia debería ser mejorar la atención, el cuidado y la calidad de los centros de maternidad, antes que fomentar la opción de parir en casa.

En cambio, lo que nunca aparece es el argumento de que dar a luz en casa es más seguro. Porque nadie lo creería. Y sin embargo, los datos disponibles tal vez causen sorpresa: revisando la literatura médica más relevante al respecto, parece que el hospital no gana aplastantemente al domicilio en cuanto a la supervivencia de madres y bebés, como quizá podría esperarse. Tanto un metaestudio de 2015 como una revisión Cochrane de 2012 (Cochrane es la base de datos de referencia en agregación de ensayos clínicos) coinciden en que no hay fuertes evidencias que apoyen una mayor seguridad del entorno hospitalario frente al hogareño.

Sin embargo, hay un pero. Lo cierto es que los datos son conflictivos, y ciertos expertos subrayan que algunos estudios sí decantan claramente la balanza de la seguridad en favor del centro sanitario. El problema de los datos conflictivos radica en que solo se han registrado dos intentos de ensayos clínicos aleatorizados, y ambos fallaron porque su aplicación a este campo es prácticamente inviable. Entre otras razones, es imposible aleatorizar el ensayo, dado que las madres eligen dónde quieren dar a luz (aleatorizar significa que los médicos responsables del ensayo deciden quién recibe la condición experimental y quién actúa como control). Por lo tanto, los datos existentes se basan sobre todo en estudios observacionales. Y como expliqué ayer, las conclusiones de este tipo de investigaciones no tienen el mismo peso científico ni igual fiabilidad que los ensayos clínicos rigurosos.

En este caso concreto, uno de los factores que claramente enturbian las conclusiones de los estudios observacionales es que normalmente los partos en casa son todos de bajo riesgo (ahora iremos al caso de Vigo), mientras que los casos de posibles complicaciones se llevan por norma a los hospitales. Y como es lógico, esto crea un sesgo inevitable en las tasas de mortalidad de ambas condiciones.

Pero de cualquier modo y con independencia de lo que muestren estos datos, ¿se basan las mujeres en ellos a la hora de tomar su decisión? Los testimonios que he encontrado no parecen hacer referencia concreta a estos estudios. Es decir, que el criterio de la seguridad apoyado en fuentes científicas no parece ser el prioritario, incluso teniendo en cuenta que podría favorecer –o al menos no perjudicar– los argumentos de las defensoras del parto en casa para casos de bajo riesgo. Y sin embargo, no creo que sea éticamente discutible que, sea cual sea la opción que se elija, la seguridad debería ser la razón que primara sobre todas las demás; somos garantes de la salud de nuestros hijos.

Una manifestante a favor del parto en casa. Imagen de Nico Nelson / Flickr / CC.

Una manifestante a favor del parto en casa. Imagen de Nico Nelson / Flickr / CC.

Claro que nada de esto se aplica al caso de Vigo, que está fuera de todos los estándares, los estudios y las discusiones. Se ha publicado que la mujer renunció al último tramo del seguimiento ginecológico pese a que el embarazo era de alto riesgo (al parecer la madre ha dicho que no lo sabía), y que recurrió a una persona sin formación médica ni científica, llámese como se llame la presunta especialidad de esa persona. Lo que parece seguro es que ningún profesional sanitario atendió el parto. Y lo que debería quedar claro de todo lo explicado es que el parto en casa como opción debatida por los expertos incluye exclusivamente los casos de bajo riesgo, en un entorno casero medicalizado y con la asistencia de profesionales sanitarios cualificados. En resumen, el caso de Vigo no es un ejemplo representativo del parto en casa, sino un ejemplo representativo del daño de las pseudomedicinas, si todo lo publicado es cierto.

Pero pese a todo lo anterior, tampoco deberíamos caer en la demagogia fácil de descargar exclusivamente todo el armamento dialéctico contra los padres de Vigo, mientras sea el estatus legal el que permite semejantes atrocidades. Veámoslo con un ejemplo: ¿por qué está prohibido manipular el móvil mientras se conduce? Todos vemos y conocemos a numerosas personas que lo hacen asiduamente. Por tanto y si miramos las cifras de siniestros, es de suponer que este comportamiento solo provoca accidentes en una ínfima minoría de casos; en la mayor parte de ellos no hay mayores consecuencias.

¿Bajo qué criterio entonces se prohíbe esa conducta que normalmente es inocua? ¿Es una intrusión en la libertad de los ciudadanos? ¿Reprime el derecho del individuo a expresarse y comunicarse libremente con quien quiera y cuando quiera? ¿Sería posible tolerar el manejo del móvil durante la conducción, y solamente penalizarlo cuando la distracción ha causado un accidente que ha destrozado un par de familias?

No tengo la menor idea de cuáles son las respuestas a estas preguntas; mi territorio no son las leyes. Pero es fácil entender que un comportamiento potencialmente peligroso se proscribe porque, incluso si en la mayor parte de los casos no conlleva ningún perjuicio, el riesgo que comporta es inasumible; sobre todo cuando afecta no solo a quien lo ejecuta, sino también a otros.

Pero si sería una aberración que se permitiera conducir con el móvil en la mano y a la vez encarcelar a quien cause un accidente por ello, ¿por qué se habla de procesar a los padres de Vigo? No existe ninguna obligación legal de dar a luz en un hospital. Se dice por ahí que vedar los partos domiciliarios sería una intromisión en los derechos de cada cual y en la libertad de las madres. Sin embargo, ahora se pretende inculpar a los padres que eligieron una opción legalmente amparada, o al menos consentida.

Ignorando por completo los fundamentos legales de todos estos disparates, desde un punto de vista puramente racional nada de esto tiene el menor sentido. Si cada mujer puede parir donde le apetezca y en presencia o ausencia de quien le apetezca, ¿por qué enjuiciar a alguien cuando la culpa de las complicaciones (incluso si se conocían previamente) no es de los padres, sino de la naturaleza o del azar? Pero si, por el contrario, se considera que todo parto que no se realice en un centro sanitario y en presencia de personal especializado, sobre todo si es de alto riesgo, aumenta el peligro potencial para la madre y particularmente para el bebé, ¿por qué diablos no es ilegal con independencia del resultado?

La incongruencia es evidente; solucionarla legalmente eligiendo una opción u otra podría ser opinable. Si no fuera porque también en este caso, como en el del móvil al volante, existe un riesgo para otros. Un parto implica a dos personas, y una de ellas no puede decidir qué prefiere, si un centro sanitario atendido por profesionales y con todos los recursos de los que dispone la medicina para afrontar cualquier complicación sobrevenida, o la bañera de casa.

Cómo seis pediatras tragaron cabezas de Lego para luego buscarlas en sus heces

¡Ah, la ciencia! Ese ideal de conocimiento y progreso por el que tantos han hecho tantos sacrificios. Como dice el estudio que vengo a contarles hoy, “en el campo de la medicina ha habido una noble tradición de autoexperimentación”. Ahí tenemos, como recuerdan los autores, al australiano Barry Marshall, que en 1984 se bebió un cultivo de Helicobacter pylori para demostrar que esta bacteria era responsable de la úlcera gástrica. Aquí he hablado de dos entomólogos que se han dejado acribillar deliberadamente por diversos bichos, y en otro medio conté hace tiempo la historia de los dos médicos británicos que se aplastaban científicamente los testículos para estudiar el dolor. Claro que nada comparable al estadounidense Stubbins Ffirth, que a comienzos del siglo XIX bebía vómito de enfermos de fiebre amarilla para intentar demostrar que la enfermedad no era contagiosa.

Por ello, cuando un grupo de pediatras quiso comprobar cuál es el destino de un cuerpo extraño que se ingiere por accidente, “los autores sintieron que no podían pedir nada a sus sujetos de experimentación que no harían ellos mismos”, escriben en el estudio. Y así, decidieron tragarse cada uno la cabeza de una figurita de Lego, para a continuación escrutar sus heces durante el tiempo necesario hasta descubrir unos ojillos mirándoles desde lo más marrón de las profundidades.

La idea es obra de Don’t Forget the Bubbles (DFTB), un grupo de pediatras de Australia y Reino Unido que hace unos años decidieron fundar una web y un blog para servir como referencia online y foro de discusión a la comunidad de pediatría. Según cuentan en su blog, un día se encontraron discutiendo sobre la ingestión de cuerpos extraños, uno de los grandes clásicos en las urgencias de pediatría. Se les ocurrió pensar que se han publicado innumerables estudios sobre el tránsito digestivo de las monedas, el objeto que los niños ingieren con más frecuencia; pero en cambio, apenas se ha publicado algo sobre los juguetes, el segundo tipo de cuerpo extraño que más viaja por los intestinos de los pequeños.

Así que decidieron poner remedio a este vacío científico, y para ello eligieron un juguete representativo y estandarizado: la cabeza de los muñequitos de Lego. Sin pelo ni gorro. Y dado que de ninguna manera podían contar con sus pacientes para el experimento, reclutaron de su propio grupo a seis voluntarios, tres mujeres y tres hombres, gustosos de pasar a la historia de la autoexperimentación científica.

Según cuentan en su estudio, publicado en la revista Journal of Paediatrics and Child Health, durante los tres días previos a la legofagia los voluntarios llevaron un diario de sus deposiciones según la Escala de Heces de Bristol, creada por investigadores de la Universidad de Bristol en 1997 y que sirve para valorar el estreñimiento o la diarrea en función del aspecto y la consistencia de la deyección: con forma de salchicha, como una morcilla, más o menos pastosa… En fin, ya se hacen una idea.

Escala de Heces de Bristol. Imagen de Cabot Health / Wikipedia.

Escala de Heces de Bristol. Imagen de Cabot Health / Wikipedia.

Utilizando la escala de Bristol, los autores del estudio evaluaron el hábito intestinal de cada participante según una puntuación de Dureza y Tránsito de Excrementos, en inglés Stool Hardness and Transit, o SHAT (literalmente, pasado del verbo cagar). Con esta preparación previa para estimar la idiosincrasia excretora de los voluntarios, estos procedieron a la deglución de las cabecitas, como prueba el siguiente vídeo:

Esquema de las cabezas de Lego empleadas en el estudio. Imagen de Tagg et al. / Journal of Paediatrics and Child Health.

Esquema de las cabezas de Lego empleadas en el estudio. Imagen de Tagg et al. / Journal of Paediatrics and Child Health.

Una vez pasado el mal trago, comenzaba la gran aventura de la ciencia. En los días sucesivos, los investigadores participantes debían recoger las emisiones de su esfínter e inspeccionar cada mojón concienzudamente por el método al gusto de cada cual: “Utilizando una bolsa y estrujando, depresores linguales y guantes, palillos chinos… No se dejó ni un zurullo sin remover”, escriben los autores en el blog.

Y por fin, las cabezas fueron surgiendo de entre las sombras. Los resultados fueron medidos según el Tiempo de Encontrado y Recuperado, en inglés Found and Retrieved Time, o FART (literalmente, pedo). El tiempo medio de tránsito sorprendió a los investigadores: solo 1,71 días, frente a los 3,1 a 5,8 días que suelen tardar las monedas. Los autores del estudio aventuran que quizá el tamaño y la forma del objeto pueden influir en el FART, y como experimentos futuros proponen ingerir simultáneamente cabezas de Lego y monedas; “idealmente, con una parte del estudio que incluya tragar una figurita de Lego sosteniendo una moneda”, escriben.

Sin embargo y a pesar del pequeño número de participantes, se han encontrado curiosas diferencias entre hombres y mujeres: ellas liberaron a Willy de una o dos sentadas, mientras que ellos necesitaron tres. Es más, la cabecita ingerida por uno de los sujetos masculinos, el paciente B, jamás ha podido ser recuperada, a pesar de que el individuo continuó adentrándose en lo desconocido durante dos semanas. De ello los autores concluyen: “Hay indicios de que las mujeres pueden ser más diestras rebuscando en sus excrementos que los hombres, pero esto no ha podido ser validado estadísticamente”.

¿Qué fue de la cabeza del paciente B? Jamás se sabrá. Quizá navegó libre hacia el crepúsculo, o tal vez, como escriben los autores en el blog, “algún día, dentro de muchos años, un gastroenterólogo realizando una colonoscopia la descubrirá mirándole”. Pero en cualquier caso, los investigadores extraen una importante conclusión, y es que la ingestión de un cuerpo extraño como el utilizado en el estudio normalmente no debe preocupar a los padres: ni causa molestias ni altera el hábito intestinal. Por ello recomiendan a los padres que no se inquieten, y que ni siquiera se molesten en rebuscar: “Si un médico con experiencia y con un doctorado es incapaz de encontrar objetos en sus propios excrementos, parece claro que no podemos esperar que lo hagan los padres”.

Pero naturalmente y para aquellos fácilmente escandalizables, es necesario aclarar que el estudio no pretende presentarse como ciencia seria. En ciertas revistas médicas, sobre todo en el BMJ (British Medical Journal), existe desde hace años la tradición de celebrar la Navidad publicando algunos estudios festivos, como el de la imagen de los médicos en los dibujos animados de Peppa Pig que conté aquí el año pasado. Es una costumbre divertida que parece calar cada vez más entre los investigadores y los editores de las revistas. Leyendo algunos comentarios al vídeo de los autores en YouTube, parece evidente que quienes se escandalizan no saben distinguir entre ciencia y truño; o entre cagar y darle cuerda al reloj.

Pruebas genéticas personales, el nuevo regalo de Navidad, pero cuidado con lo que prometen

El pasado abril, el periodista de la NBC Phil Rogers decidió probar consigo mismo varias pruebas genéticas que se venden directamente al consumidor y que supuestamente revelan lo escrito en el ADN de una persona respecto a la procedencia de sus ancestros o a diversos aspectos relacionados con la salud.

Pero Rogers hizo trampa; para algunos de los análisis no envió su ADN, sino el de su perra Bailey. Varias compañías le respondieron que la muestra era ilegible; pero una de ellas, Orig3n, especializada en pruebas de salud y bienestar, no solo le devolvió un informe completo de siete páginas, sino que le informaba de que el donante de la muestra tenía grandes aptitudes para el baloncesto, el boxeo, el ciclismo y el atletismo (y no, no era Goofy).

La anécdota tiene una clara moraleja: cuidado con las promesas de las compañías de pruebas genéticas. Los análisis de este tipo que se venden directamente al consumidor (DTC, según sus siglas en inglés) se han convertido en el nuevo regalo de moda para aquellas personas que ya tienen de todo; en EEUU y por segundo año consecutivo, una prueba genética de ancestros se ha situado entre los cinco artículos más vendidos por Amazon entre el Black Friday y el Cyber Monday.

En EEUU, un país poblado y construido por emigrantes, el interés por rastrear las huellas familiares está siempre muy presente, algo que no ocurre tanto en Europa. Pero si los análisis genéticos DTC relacionados con la salud no triunfan en la misma medida, es porque la autoridad reguladora, la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA), ha sido hasta ahora muy restrictiva con respecto a la venta de estos productos, con el fin de evitar la proliferación de proclamas infundadas y no avaladas por datos científicos.

Como ejemplo, la compañía líder en pruebas genéticas DTC en EEUU, la californiana 23andMe, salió al mercado vendiendo análisis relacionados con la salud, que después tuvo que retirar por no contar con la aprobación de la FDA. Recientemente esta agencia ha comenzado a relajar su política: el pasado 31 de octubre anunciaba la autorización de una prueba de 23andMe que relaciona 33 variantes genéticas con la metabolización de ciertos fármacos. El análisis se basa en la nueva disciplina de la farmacogenómica, que estudia cómo la genética influye en la reacción a los medicamentos, y que se encuadra dentro de la corriente actual de la medicina personalizada.

Uno de los kits comercializados por 23andMe. Imagen de 23andMe.

Uno de los kits comercializados por 23andMe. Imagen de 23andMe.

Para conceder la autorización a la prueba de 23andMe, la FDA ha comprobado que el análisis es preciso y reproducible, y que no solo explica a los consumidores qué resultados ofrece y cómo deben interpretarse, sino también qué resultados no ofrece y cómo no deben interpretarse, para no crear expectativas erróneas.

Curiosamente al día siguiente, el 1 de noviembre, la FDA publicaba otra nota de prensa advirtiendo “contra el uso de muchas pruebas genéticas con proclamas no aprobadas para predecir la respuesta de los pacientes a medicaciones específicas”. La agencia alertaba así de la necesidad de que toda prueba comercializada cuente con el suficiente respaldo científico y con una aprobación formal.

Este requerimiento de basarse en ciencia sólida es especialmente crítico cuando se trata de pruebas que advierten sobre el riesgo genético de padecer distintas enfermedades, uno de los negocios a los que las compañías genéticas pretenden hincar el diente. En EEUU la FDA ha autorizado varias de estas pruebas, todas ellas de 23andMe. Esta semana, la agencia ha aprobado el uso de una base de datos de referencia sobre variantes genéticas y su relación con enfermedades, con la intención de que sirva de estándar para el desarrollo de nuevas pruebas genéticas.

Sin embargo, otra cuestión muy diferente son los análisis de bienestar general, aquellos que pretenden valorar la aptitud mental, física y deportiva o los perfiles dietéticos óptimos para una persona, sin hacer referencia a enfermedades concretas. En este campo la FDA se inhibe, al considerarlas “de bajo riesgo”: “Algunas pruebas se ofrecen con propósitos que la FDA considera de bienestar general, como las que predicen la capacidad atlética. En general, la FDA no revisa los productos de bienestar general”, dice la agencia.

Lo cual implica que aquí entramos en el territorio del salvaje oeste, donde una compañía puede vender pruebas genéticas para medir el nivel de inteligencia o el flujo del qi haciendo creer implícitamente al consumidor que el análisis cuenta con suficientes fundamentos científicos y con la aprobación de la FDA, cuando no es así.

Y si incluso en EEUU existen lagunas legales que los emprendedores avispados pueden explotar en su beneficio, cuáles no existirán en países como España, donde aún no hay una regulación legal específica de las pruebas genéticas DTC. Aquí se supone que dichos análisis están afectados por la Ley de Investigación Biomédica de 2007 y un par de reales decretos que regulan las pruebas de diagnóstico in vitro y su publicidad.

Según estas normas, los kits DTC para propósitos médicos no serían admisibles, ya que estos exámenes deben ser realizados en centros sanitarios por personal especializado. Pero en el Wild West de las pruebas de bajo riesgo, ya existen empresas españolas que comercializan análisis genéticos para predecir el rendimiento deportivo, el perfil dietético óptimo de una persona o su estado de salud general.

En principio, no se trata de descalificar de forma general estos productos ni a estas compañías, siempre que su publicidad no sea engañosa, y que el consumidor esté advertido de que el informe que va a recibir no cuenta con otro criterio ni más aval que el de la propia empresa; no es el horóscopo, pero tampoco debe caerse en el error de creer que es Ciencia con mayúscula. Las pruebas genéticas DTC son un juguete, y como tal deben regalarse y usarse.