La distancia de dos metros no es suficiente para evitar el contagio de COVID-19 en interiores, y el tipo de ventilación influye

No puedo evitar una cierta sensación de déjà vu, ya que en este blog he hablado anteriormente del tema que traigo hoy, incluso probablemente con un título entre muy similar e idéntico. Pero cuando uno sigue presenciando a su alrededor un teatrillo de presuntas medidas de prevención del contagio de COVID-19 protagonizado por termómetros sin contacto –que solo benefician a quien los vende– y uso de productos desinfectantes a porrillo –ídem de ídem–, parece necesario volver una vez más, y todas las que hagan falta, sobre esta idea esencial: el virus está en el aire. El virus se vierte al aire. El virus se contrae por el aire. Pero mover, limpiar y recambiar el aire es algo que no queda muy vistoso para teatrillos. Porque el aire no se ve, al contrario que los felpudos desinfectantes y las pistolas presuntamente detectoras de fiebre.

Por ello, la publicación de cualquier nuevo estudio es siempre una buena ocasión para recordar lo que todos deberíamos llevar escrito en la mano para no olvidarlo: huir de los espacios cerrados mal ventilados, mucho más aún de aquellos donde la mascarilla no se usa de forma continua, por ejemplo los locales donde se consumen comidas y bebidas, pero también las tiendas cuyos trabajadores solo se cubren la nariz y la boca cuando entra algún cliente.

Pero ¿cómo sabemos si un recinto cerrado está bien o mal ventilado? ¿Cómo saben los propietarios de estos locales que no están exponiendo a sus clientes a un riesgo de contagio? ¿Cómo sabemos los clientes que los propietarios de estos locales no nos están exponiendo a un riesgo de contagio?

Rejilla de ventilación. Imagen de pixnio.

Rejilla de ventilación. Imagen de pixnio.

Naturalmente, hay normativas de ventilación y renovación del aire para esto. El problema es que las normativas son pre-cóvid. Y como ya he contado aquí según han señalado algunos expertos, lo que antes se consideraba una ventilación adecuada para mantener la calidad del aire en los recintos cerrados no es suficiente para garantizar la protección frente al contagio del coronavirus SARS-CoV-2. Pero como esto aún es ciencia en progreso, hoy más que nunca científicos, ingenieros y técnicos de distintas disciplinas están trabajando juntos para que realmente podamos sentarnos en un bar o un restaurante a comer y beber a gusto con la seguridad de que no vamos a tragarnos algo que no estaba en el menú.

El nuevo estudio en cuestión viene de la Penn State University y se ha publicado en la revista Sustainable Cities and Society. Los autores pertenecen al departamento de ingeniería arquitectónica de esta universidad, lo que ilustra cómo hoy expertos en materias distintas a la virología o la epidemiología están aplicando su conocimiento sobre las tripas y el acondicionamiento de los edificios a un campo que probablemente nunca imaginaron llegar a incluir en sus investigaciones, pero que puede beneficiarse mucho de su enfoque.

Los autores han estudiado cómo se transportan las partículas potencialmente portadoras del virus de la cóvid en el aire de las edificaciones con distintos sistemas de ventilación, teniendo en cuenta que los aerosoles de la respiración en el rango de entre 1 y 10 micras pueden acarrear el virus, según los estudios ya publicados, y cómo la distancia física influye en el riesgo de exposición a dichas partículas. Todo ello suponiendo que las personas que ocupan esos espacios no lleven mascarilla, y tanto si están hablando como si solo respiran.

La conclusión principal del estudio remacha lo ya descubierto por investigaciones anteriores: en un espacio interior con ventilación incorrecta, una distancia de dos metros no es segura; la distancia física no es una medida suficiente para prevenir el riesgo de contagio. Los resultados muestran que las partículas expulsadas por una persona que habla, potencialmente cargadas de virus si está infectada, entran en la zona de respiración de otra persona situada a dos metros de distancia en menos de un minuto.

Espero que me disculpen esta digresión algo escatológica, pero lo suficientemente potente como para fijar la idea. Imaginen una ventosidad; o sea, un pedo. Un día les expliqué a mis hijos que, cuando huelen uno, no están detectando algo a distancia, sino que en realidad están respirando, y por tanto introduciendo en su propio cuerpo a través de la nariz, partículas diminutas que acaban de salir directamente del esfínter anal del perpetrador. La explicación los dejó locos. Pero creo que sirve también en este caso para comprender que, en un recinto interior y mal ventilado, la distancia física es una ilusión; inspiramos lo que está espirando quien está en el mismo recinto que nosotros, aunque no lo notemos por el olor. En el exterior, en cambio, los pedos se los lleva el viento.

Pero aparte de esta conclusión general, que no hace sino insistir en lo ya descrito en otros estudios –y que justifica por qué algunos todavía seguimos evitando los locales cerrados–, los autores aportan otro detalle muy interesante que se refiere a la diferencia en el riesgo de contagio según el tipo de ventilación que existe dentro de un espacio cerrado. Porque tal vez podamos entrar en un local, ver las rejillas de ventilación, sentir cómo expulsan aire y quedarnos tranquilos pensando que no corremos riesgo.

Falsa sensación de seguridad, concluyen los autores, porque el tipo de ventilación también es importante. El estudio descubre que los sistemas que utilizan rejillas de entrada de aire cerca del suelo, de modo que el aire fresco sube y empuja el aire ya usado hacia un escape cerca del techo, no son eficaces para evitar el riesgo de contagio, ya que no impiden que el aire exhalado por alguien llegue a quienes están cerca de él. Según dicen los autores, este es el tipo de ventilación en la mayoría de las viviendas en EEUU.

Estos sistemas pueden causar una concentración de aerosoles virales siete veces mayor que los empleados sobre todo en los edificios comerciales y de oficinas, donde el aire fresco se introduce desde el techo. “Este resultado es sorprendente”, dice el director del estudio, Donghyun Rim, en un comunicado; “la probabilidad de infección por el aire podría ser mucho más alta en los entornos residenciales que en las oficinas”. Añaden que los ventiladores tradicionales y los purificadores de aire podrían reducir este riesgo. En este gráfico del estudio puede verse la diferencia de circulación de los aerosoles infecciosos con los dos tipos de ventilación:

La diferencia del transporte de aerosoles con un sistema de ventilación de suelo a techo y con uno de techo. Imagen de Donghyun Rim / Penn State.

La diferencia del transporte de aerosoles con un sistema de ventilación de suelo a techo y con uno de techo. Imagen de Donghyun Rim / Penn State.

Por último, los autores descubren que, cuando las personas situadas en un recinto interior solo respiran y no hablan, la inspiración de posibles aerosoles contaminados se reduce en un 84%. Lo cual deja en evidencia otro de los absurdos de las normativas actuales: se prescinde de la mascarilla en lugares donde se habla, como bares y restaurantes, y en cambio se obliga a su uso a rajatabla donde normalmente no se habla, como el transporte público, un cine o una biblioteca. Rim concluye que “las estrategias de control de la infección por el aire, como la distancia física, la ventilación y el uso de mascarillas, deben aplicarse conjuntamente para un control por capas”.

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