Historia de una mudanza ‘imprevista’ y sus secuelas emocionales

#FamiliaHayMasQueUna y también se separan y divorcian como el resto. Nos lo cuenta  Marta Márquez (@marta_lakme) escritora y presidenta de Galehi, asociación de familias LGTBI

Foto: Leland Francisco

Han  pasado más de 8 años desde aquel “siento haber llegado tarde’“casual. En aquel momento tenía la sensación de haber llegado tarde 20 años; de que era en la adolescencia y primera juventud cuando deberíamos habernos conocido. Pero fui una lesbiana tardía.

Nunca había conocido a alguien como tú: segura, valiente, decidida, con las cosas muy claras, una piel que hacía que un simple roce valiese todas las respuestas a las preguntas del universo y unos ojos que me hipnotizaban de tal manera que no era capaz de decirte que no a nada.

Hoy, nuestra casa va a llenarse de cajas de cartón que anuncian que no hemos sido capaces de hacerlo mejor, que no hemos sido capaces de hacerlo ni siquiera bien. Debía haber sido algo extraordinario, estaba llamado a serlo. Y, ahora, miro alrededor y nuestra casa, nuestro hogar, son sólo paredes llenas de recuerdos amargos. En breve, estará vacía al igual que cuando la encontramos y entramos en ella por primera vez. Solo que entonces estaba llena de esperanzas, de ilusiones, de proyectos y sueños que fueron rompiéndose a más velocidad que conseguíamos decorar sus paredes.

¿Hace cuánto tiempo que sabemos que esto ya no funciona? ¿Siempre fuimos así de diferentes o hemos crecido por diferentes caminos durante estos años? Te miro, me miro, y no reconozco a las personas que veo. Ya no sé quiénes somos. La imagen que me devuelve el espejo no se parece en nada a esa que creo que soy; mis ojos no brillan, al igual que no lo hace mi alma; mi cuerpo está cada vez más pequeño y mis emociones están tan en la piel que si te fijas puedes verlas y tocarlas. Y, sin embargo, hay tanto escondido dentro de mí.

Nunca hemos sido unas lesbianas comunes; si es que eso existe. Nunca nos llegamos a casar, no tenemos gatos ni perros, no hemos tenido hijos juntas, pero hemos compartido la crianza de nuestros hijos. Por un lado, la de un niño que en este tiempo se ha convertido en adolescente (y sus dificultades), por otro, la de una personita que solo nos tenía como referentes maternos a ti y a mí. ¿Y ahora qué? Incertidumbre, miedo, alegalidad. Me siento  madre de una niña que ni tiene mi sangre, ni mi apellido (ni podría tenerlo), sobre la que no he tenido nunca derechos, aunque sí muchas obligaciones; obligaciones por otro lado que he aceptado de buen grado, por amor. Y de aquí, precisamente, es de donde vienen las secuelas emocionales más importantes.

En este momento, se me vienen a la cabeza tantos momentos. Esa primera mirada que nos echamos: esa en la que mi bebé y yo nos enamoramos, sus risas, esa mueca tan divertida que hacía con la lengua, sus primeros pasos, sus primeras palabras, lo bonito que sonaba en su voz cada vez que me llamaba “mami”, esas noches desesperadas tratando de que durmiera sola, otras tantas oyendo su difícil respirar cuando estaba malita, y tantos y tantos momentos vividos durante sus más de 7 años de preciosa vida. ¿Qué será de nosotras ahora?

Y aquí es donde te hablo a ti, mi pequeño amor. Pase lo que pase, yo seguiré queriéndote. Siempre te querré como quieren las madres, de forma incondicional. Me tendrás a tu lado siempre que me necesites y, aunque ahora no lo entiendas, crecerás y comprenderás que, a veces, las personas mayores no saben hacer mejor las cosas. También aprenderás lo qué significa ser madre y tendrás que decidir si me sigues encajando ahí o no.

Se acercan cambios y me siento aterrada. Y es normal. Nos genera inquietud lo desconocido. Nos pasamos media vida tratando de comprender cómo funciona el mundo, cómo hacer cómoda nuestra presencia en él y cuando resulta que crees que has encontrado un rincón en el que, al fin, puedes ser tú, puedes florecer, madurar y morir, es entonces cuando el mundo da media vuelta de más y te descoloca. Y, ahora, te enfrentas a nuevos retos, nuevas situaciones y a una remodelación de lo que era la familia, mi familia.

Esta es la realidad de muchas familias de lesbianas que se unen y crían a sus hijos en común y que, tras una separación, ve comprometida su relación materno-filial ya que, como es obvio, no siempre la legalidad acompaña a las nuevas formas de formar familias. Es ridículo que haya personas que ostenten “títulos” de madre que no utilizan de forma correcta o de ninguna forma y otras que teniendo todas las obligaciones, con respecto de los y las menores, no tengan ningún tipo de capacidad legal. Y es igualmente ridículo que bajo ninguna circunstancia, o muy pocas y graves, la ley permita que quien no cumpla con sus obligaciones siga manteniendo ese título mientras que otras viven al margen de esa misma ley, que no las reconoce como madres y que, de ninguna forma, valora el bien superior del menor.

Con las familias no se juega.

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