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De las ‘youtubers’ que maquillan a sus hijas

Al poco de llegar a casa nuestro perro, mi hermano me comentó que había quienes ponían cartones dentro de las orejas de los cachorros para que crecieran rectas, pero que él no tenía pensado hacerlo.

GTRES

“Quiero que sea él mismo”, me dijo. Pensaba exactamente igual sobre enseñarle órdenes como si fuera un animal de circo.

Su intención es (y sigue siendo) que el animal sea feliz, sin presiones por su parte ni por aquellos que nos repiten una y otra vez lo inteligente que es el border collie y que cuántos trucos sabe hacer el nuestro.

Me gustaría que no solo todos los padres perrunos, sino los humanos, pensaran de esa manera y dejaran ser a sus retoños lo que los infantes que quieran y no los que ellos decidan.

Con Instagram, Youtube y el fenómeno influencer, los niños no se escapan. Chiara Ferragni publicita a Gucci o Fendi con su primogénito de apenas tres meses, pequeñas youtubers firman en la Feria del Libro y, las que más me aterrorizan, niñas cuya edad no llega a los dos dígitos maquillándose para la red.

Todas hemos cogido el pintalabios de mamá y nos hemos emborronado los labios para jugar (con su respectiva regañina más o menos intensa en función del precio de la barra), pero convertir a tu hija en un cuadro en el que aplicar cosméticos químicos (y sus correspondientes desmaquillantes), que su piel no necesita para nada, me asusta.

Es una niña: déjale hacer puzzles, jugar con coches, muñecas, leer libros, cómics o bailar con Beyoncé. Déjale disfrutar de una infancia ajena a lo que le espera. Déjale porque ya se encargará la sociedad en unos años, desgraciadamente, de hacerle sentir mal, de decirle que no es lo bastante alta, delgada, tetona o que su boca no es lo bastante voluptuosa.

Déjale que decida ella, más adelante, si quiere o no maquillarse, si pasa de esas cosas o si el pintalabios es más imprescindible en su bolso que el abono transporte. Pero dale tiempo, y sobre todo, no seas tú quien empiece exponiéndole de esa manera tan innecesaria solo para hacer visitas o monetizar tus vídeos.

Enséñale, en todo caso, que dentro de las millones de cosas de la vida, la belleza solo es una y que no es tan importante.

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La importancia de decirle a tu hija “bonita”

Hace unos años, en una de esas discusiones que todos tenemos en algún momento con nuestras madres, recuerdo reprocharle a mi madre que nunca me hizo sentir especialmente bonita.

MARA MARIÑO

MARA MARIÑO

Recuerdo haber comparado nuestra relación madre-hija con la de alguna otra mujer con su hija y haberle dicho que habría preferido que me hiciera sentir más segura de mí misma en ese aspecto.

Hay que ser tonta.

Mamá, gracias por no haberme llamado “bonita” pero haber alabado siempre cada uno de los escritos que traía del colegio o aquellos que hacía en casa en esa época en la que me pasaba el día escribiendo. Escribiendo de lo que fuera y sin saber, simplemente dejando que las letras surgieran. Porque siempre me dedicabas tiempo a que lo leyera y me hacías la mejor de las críticas.

Papá, gracias por no haberme llamado “bonita” pero haber presumido siempre de mí por mi valentía por aquella vez que, de manera resolutiva con mis ocho o nueve años, le quité a un caballo un tábano que le estaba chupando la sangre. Casi me parece ver como imitas mi gesto quitando el insecto (que con tu mímica casi más que un tábano parece un ratón por el tamaño) y describiendo como lo solté con toda la naturalidad del mundo. Gracias por seguir contando esa historia, no dejes de hacerlo.

Gracias por no haberme llamado “bonita” pero sí “creativa”, “imaginativa” o “audaz”. Gracias por haberme hecho sentir imparable desde que entendisteis que esta cabeza mía no quería ciencias si había unas letras que pudieran llenarme las manos.

Gracias por no haberme llamado “bonita” pero sí “trabajadora”, “luchadora” o “constante” cada vez que me quedaba en casa estudiando o cada vez que cogía otro y otro evento para ahorrar algo más de dinero.

Gracias porque debido a ello he crecido sin pensar mucho en el aspecto, ni en el ajeno ni en el propio. Gracias porque, por ello, he aprendido a valorar otras cosas, a dejarme guiar por ellas. A sacar de mí el mejor de los partidos por dentro, ya que por fuera nunca he sabido hacerlo.

Gracias por comprarme todas esas películas de las princesas Disney pero también por leerme El Quijote y Juan Sin Miedo por las noches. Porque echo la vista atrás y siento que no podríais haber formado a una persona más completa como me siento yo con vuestra educación.

Y gracias también, por las veces que sí lo habéis hecho, aunque, si he de ser sincera, admito que nunca me llenó tanto como cuando me llamasteis o me hicisteis sentir orgullosa de ser cualquiera de las otras.