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El inglés y la ciencia se suman al lenguaje inclusivo de género

En estos días se habla de modificar la Constitución para que su lenguaje se refiera de forma específica a hombres y mujeres, en lugar de regirse por el genérico masculino como mandan los cánones clásicos de la lengua castellana. Como intuirán o sabrán, este no es un blog lingüístico, sino de ciencia; y además, si algo sobra en este debate, es una opinión más.

Pero tratándose de un asunto que concierne a quienes manejamos el lenguaje como profesión, creo que es útil aportar datos que puedan servir para que al menos los conozcan quienes deberían conocerlos. Por lo tanto, no vengo a opinar, sino a contar dos hechos que deberían ampliar el foco de una cuestión en la que la postura de cada cual parece depender de su bandera política, como si no existiera mundo más allá de esa rueda de hámster de las siglas partidistas españolas.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

El primer hecho es evidente, pero no está de más recordarlo de vez en cuando: al contrario que la física, la química o la biología, materias como la lengua o las leyes son construcciones humanas, diferentes en cada grupo humano. Y por lo tanto, pueden cambiarse a voluntad si ese grupo así lo decide. Cuando la RAE dicta que “este tipo de desdoblamientos [los niños y las niñas, los ciudadanos y las ciudadanas] son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”, eso sí es una opinión; basada en considerar que el grupo es la RAE, y no las personas que utilizan la lengua. Por lo tanto, defender que todo quede como está es tan válido como defender que todo cambie, y la única cortapisa a esto último que puede alegar ese grupo selecto que se arroga el derecho exclusivo a decidir qué es artificioso e innecesario es, como decía el académico José Manuel Blecua, que se trata de “una falta de respeto” o de “una moda”.

El segundo hecho que saca el asunto de esa rueda de hámster es que la tendencia y el debate sobre el lenguaje inclusivo no son solo algo nuestro, sino que llevan ya años de rodaje en otros países con otras lenguas. Vengo a contar el caso del inglés. Una gran parte de mi trabajo consiste en leer, y prácticamente la totalidad de lo que leo está escrito en inglés, tanto los estudios científicos como los emails que intercambio con la comunidad investigadora.

Desde hace unos años viene llamándome la atención que parece existir una creciente tendencia hacia el uso del femenino como genérico en inglés. En este idioma se da la peculiaridad de que los sustantivos no tienen género, pero es en los pronombres en tercera persona donde aparecen las diferencias: he/his/him/himself para él, she/her/herself/hers para ella. Y es aquí donde se ha centrado la discusión. En inglés, como en castellano, existía la costumbre tradicional de utilizar el masculino como genérico: así como en castellano suele decirse “un científico debe ceñirse a sus pruebas”, utilizando el masculino como genérico en el sustantivo, en inglés se dice “a scientist must stick to his evidence“; “scientist” no tiene género, pero este se introduce en el pronombre “his“, dando por hecho que el científico es un hombre.

Pues bien, lo que he notado desde hace años es que muchas personas dedicadas a la ciencia y periodistas que escriben sobre ciencia –no significa que no ocurra en otros ámbitos, pero hablo solo del que conozco– han pasado a utilizar el femenino como genérico:a scientist must stick to her evidence“, o “a child builds her brain during the first years of life“, “una niña construye su cerebro durante sus primeros años de vida”.

Intrigado por esta tendencia, en su día me preocupé de indagar un poco en ello, y en efecto me confirmaron que el uso de los pronombres genéricos ha sido materia de debate en la comunidad angloparlante desde hace años. Para tratar de desmasculinizar el lenguaje, hay dos corrientes principales. Una de ellas aboga por usar como genérico they/them/their/theirs/themselves (que engloba por igual a ellos y a ellas), un uso que también es tradicional en inglés: “a scientist must stick to their evidence“, o “a child builds their brain during the first years of life“. Sin embargo, una segunda corriente prefiere usar el femenino como manifestación expresa de la necesidad de compensar la tradicional masculinización del lenguaje.

Para tomar el pulso a estos usos del lenguaje, en 2012 dos investigadoras y un investigador (seamos precisos) de la Universidad Estatal de San Diego y la Universidad de Georgia (EEUU) publicaron un estudio en el que analizaron el uso de pronombres personales masculinos y femeninos en 1,2 millones de libros en inglés publicados entre 1900 y 2008. El estudio descubría que existe una “brecha de género en los pronombres”, un uso mucho mayor de los masculinos, pero que viene reduciéndose desde los años 70: de 4,5 pronombres masculinos por cada uno femenino hasta los 60, se ha pasado a solo 2 masculinos por cada femenino en 2008.

El estudio no se fijaba específicamente en el uso de los pronombres como genéricos, por lo que es de suponer que esta evolución refleja sobre todo un aumento del número de personajes femeninos en la literatura. Pero incluso en este caso, el cambio es notable: según el estudio, “la proporción de pronombres de género se correlaciona significativamente con los indicadores del estatus de las mujeres en EEUU, como el nivel educativo, la participación laboral y la edad en el matrimonio, así como la asertividad de las mujeres”. A lo largo del periodo histórico analizado, “los libros usan relativamente más pronombres femeninos cuando el estatus de las mujeres es más alto, y menos cuando es más bajo”.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pero además de las dos corrientes principales citadas arriba, hay una tercera que defiende la invención de nuevos pronombres inclusivos como s/he o han, que engloban a he y she. Y no solo el idioma inglés ha explorado esta opción: en 2015 el diccionario oficial de la lengua sueca introdujo el nuevo pronombre neutro hen, como alternativa a los tradicionales han (él) y hon (ella).

Quien considere que este tipo de recursos son simplemente –citando a la RAE– “artificiosos” o “innecesarios” está olvidando un aspecto fundamental. La lengua sueca no ha introducido hen para sustituir a han cuando se habla de un hombre o a hon cuando se refiere a una mujer, sino para su uso en aquellos casos en los que el género de una persona sea irrelevante (como en los genéricos) o cuando no se corresponda nítidamente con lo masculino o lo femenino. Como hoy sabe cualquiera que no prefiera ignorarlo deliberadamente (y ya he explicado aquí la ciencia de ello en artículos como este), muchas personas no se identifican con su sexo cromosómico sino con el opuesto, o con ninguno de los dos, o incluso no tienen un sexo cromosómico definido (por ejemplo, las personas XXY).

De hecho, esta necesidad de que la lengua sea más inclusiva con todas las personas con independencia de su identidad de género es la que ha llevado a la comunidad angloparlante a otra tendencia en aumento, y es que cada persona defina sus propios pronombres: desde 2015, una institución tan escasamente frívola como la Universidad de Harvard incluye en sus formularios de matrícula el siguiente epígrafe: “Feel free to pick a pronoun on this form [elija su pronombre en este formulario]: He. She. Ze. E. They“, dando así la opción a sus estudiantes para que escojan un pronombre de género o uno de los neutros ze, e o they. Otras universidades estadounidenses siguen iniciativas similares.

Y todo ello porque, con independencia de lo que la RAE considere una falta de respeto, lo que la inmensa mayoría de la gente sí considera una falta de respecto es que la traten con pronombres diferentes a los suyos. Claro que mientras el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE, en su entrada “género“, continúe afirmando que este se corresponde “con la distinción biológica de sexos”, parece evidente que aquí aún estamos a años luz no ya de recorrer este camino, sino de dar el primer paso.

¿Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva? No siempre

¿Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva? No: los machos tienen pene y las hembras tienen vulva. Que no es lo mismo. Los seres humanos con pene son machos (o hermafroditas), pero no en todos los casos niños u hombres. Y los seres humanos con vulva son hembras (o hermafroditas), pero no en todos los casos niñas o mujeres.

En España, e imagino que del mismo modo en otros países hispanohablantes, existe una frecuente confusión entre sexo y género. Muchas personas confiesan no aclararse entre ambos términos, o creen que “género” es una especie de invento ideológico. Nada más lejos de la realidad; pero hasta cierto punto es comprensible el embrollo, porque la confusión viene propiciada por un lamentable error lingüístico.

Autobús de la campaña contra los transexuales. Imagen de 20Minutos.es.

Autobús de la campaña contra los transexuales. Imagen de 20Minutos.es.

En 1955, el sexólogo y psicólogo kiwiestadounidense (acabo de inventarme este término, pero “kiwi” se lo aplican los neozelandeses a sí mismos) introdujo la acepción de la palabra “género” (gender) para hacer referencia a la identidad sexual y a los roles sociales, diferenciando este concepto del referido al fenotipo de los caracteres sexuales primarios (genitales) y secundarios (pechos, vello corporal, etcétera). En inglés, male (macho) y female (hembra) se refieren al sexo, no al género, y se aplican con total naturalidad a las personas.

Por algún motivo que desconozco, en el idioma español hemos prescindido de los términos macho y hembra para referirnos a los seres humanos. Lo cual no solamente es equivocado, sino habitualmente estúpido: parece que hay quienes piensan que el uso de este término nos animaliza. Pero les voy a dar una noticia fresca: los Homo sapiens también somos animales.

Es más: la eliminación de estos dos términos es precisamente la causante de la confusión entre sexo y género. Cuando en un DNI u otro documento se especifica que el sexo de una persona es “varón/hombre” o “mujer”, se está cayendo en un error que en muchos casos se convierte en una mentira con sello oficial. Lo único que estos documentos deberían hacer constar es si se trata de una persona de sexo masculino (macho) o femenino (hembra). No puede certificarse que alguien es varón o mujer sin tener en cuenta la identidad de género que la propia persona manifiesta. Y como sabe todo el que no pretenda esforzarse en no saberlo, en ciertos casos el sexo no se corresponde con el género.

¿Por qué?, tal vez pregunte alguien. Simplemente, porque forma parte de la variabilidad biológica natural del ser humano. En el caso más general, los humanos somos cromosómicamente XX (hembras) o XY (machos), lo que determina nuestro sexo por la anatomía de los genitales, y los caracteres secundarios a través de cascadas bioquímicas en las que también intervienen otros órganos del sistema endocrino.

Pero el género está en un órgano diferente, el cerebro. Que también es solo química, mientras nadie demuestre otra cosa. Hoy la mayoría de los científicos expertos coinciden en que la orientación sexual y la identidad de género también están biológicamente determinadas, como he contado antes aquí y en otros medios (recomiendo sobre todo leer este reportaje que aborda la cuestión en profundidad), aunque aún no se conozcan con precisión los mecanismos responsables, o si existen influencias epigenéticas y hormonales in utero además de las puramente genéticas.

Lo anterior es importante porque desmiente otro mito clásico: la orientación sexual y la identidad de género no dependen de la educación o el ambiente. Una mujer no es lesbiana porque su padre quisiera un niño y la llevara al fútbol, ni un hombre es homosexual porque su madre lo mimara mucho de pequeño o lo vistiera de rosa. También es erróneo hablar de “opción sexual”; “orientación” o “preferencia” pueden ser correctos, pero en la inmensa mayoría de los casos nadie opta; simplemente es quien es.

A propósito de lo anterior, recuerdo el caso de Michael Ferguson, neurocientífico y bioingeniero de la Universidad de Cornell (EEUU) con quien hablé para un reportaje. Ferguson optó por ser heterosexual, porque esta era la única opción tolerada por su religión, la mormona. No solamente se esforzó en convencerse a sí mismo, en salir con chicas y en aparecer ante todos como heterosexual, sino que incluso se enroló en presuntas terapias (obviamente fraudulentas) de reorientación sexual.

Naturalmente, nada de ello sirvió para otra cosa que provocarle angustia y desasosiego. Ferguson nunca ha dejado de ser homosexual; en cambio, es mucho más feliz desde que dejó de ser mormón. Aprendió a aceptarse a sí mismo, contrajo el primer matrimonio gay del estado de Utah y decidió prestar su experiencia, su apoyo y su voz a otras personas de la comunidad LGBT que puedan verse en trances parecidos al que él sufrió.

El determinismo biológico de la orientación sexual y la identidad de género no es algo que siempre guste a todos (aunque no por ello deja de ser cierto). Algunas personas LGBT temen que esta raíz biológica sea explotada por los sectores sociales más rancios para sostener proclamas de que la homosexualidad o la discordancia entre sexo y género podrían curarse. Y de hecho, como sabemos, esos sectores y esas proclamas existen.

Claro que la simple mención del verbo curar revela un punto de vista que no solo es intolerante, sino que además es erróneo. En las últimas décadas, la psiquiatría ha ido desclasificando de la categoría de trastornos las condiciones que simplemente son minoritarias, pero que en sí mismas no provocan daño a la propia persona ni a otras, como la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad o, más recientemente, las parafilias como el fetichismo o el sado. La edición actual del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense, el texto de referencia empleado en todo el mundo, solo considera que existe un trastorno parafílico psiquiátrico cuando hay “consecuencias negativas para el individuo o para otros”, como es el caso de la pedofilia.

Por lo tanto, hoy ni la psiquiatría ni la biología consideran que las orientaciones sexuales minoritarias o las discordancias de género y sexo sean otra cosa que parte de la variabilidad biológica natural, del mismo modo que una minoría de la población tenemos, por ejemplo, tubérculos de Darwin en las orejas.

Pero claro, a los que tenemos tubérculos de Darwin nadie nos persigue o nos margina por ello, ni trata de curarnos. Hablar de una cura de algo que es pura diversidad humana sin ningún daño para nadie es justo lo que pretendía el doctor Josef Mengele al inyectar tintes azules en los ojos oscuros de los niños judíos. Lo único que necesitan las personas LGBT es, como otras minorías en riesgo, el apoyo de la sociedad contra la ignorancia de los peores ignorantes, aquellos que no saben que lo son. Y que creen que los engañados son los otros.

(Nota: al colocar la imagen en este artículo he descubierto que, irónicamente, las dos últimas frases de la campaña del autobús son inobjetablemente ciertas. “Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”. En efecto, es así; claro está, con independencia de tu fenotipo sexual.)