¿Es momento de introducir nuevas restricciones contra la pandemia? (Spoiler: no)

Según lo que oigo a mi alrededor, parece que ya hay un fuerte agotamiento de la paciencia para aceptar medidas de restricción contra la pandemia como las que se dice que podrían discutirse y adoptarse este próximo miércoles. Aunque también parece que muchos harán lo posible por respetar las normas que se impongan incluso si no les gustan. Es más, basta mirar alrededor para comprobar cómo en general la gente está adoptando medidas de precaución por propia iniciativa, fruto de casi dos años de aprendizaje, sin necesidad de que nadie se las imponga.

No seré yo quien critique esta oposición actual a las restricciones. Desde aquí ya me declaré contrario a ese linchamiento público del sector de población más joven, cuando prácticamente se les culpaba de la ola de contagios de entonces por imbéciles, irresponsables e inmaduros, y los telediarios abrían con el número de botellones dispersados por la policía como si fueran actos terroristas. Como se pudo ver después, los jóvenes no necesitaban lecciones, ni mucho menos porrazos. Necesitaban vacunas. Y cuando por fin se les permitió vacunarse, se acabó el predominio de su franja de edad en los contagios (ahora ha subido de nuevo en la franja de los mayores de 20, precisamente los más reticentes a la vacunación).

Ahora es perfectamente comprensible que muchos estén hasta las narices de restricciones, sobre todo cuando llevamos casi dos años sumidos en esta desesperante espiral sin fin, y durante este tiempo la inmensa mayoría han cumplido obedientemente lo que se les ha dicho: han utilizado mascarillas, han cambiado las de tela por las quirúrgicas o las FFP2, no se han reunido cuando no podían reunirse, no han viajado, se han vacunado.

Una calle de Madrid en octubre de 2020. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

Una calle de Madrid en octubre de 2020. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

Las vacunas funcionan. Una vacuna con una eficacia del 90% significa que reduce el riesgo de sufrir el “resultado de interés” (en este caso los síntomas graves y la muerte) en un 90%. La eficacia se refiere al número de personas vacunadas en un ensayo clínico que sufren este resultado de interés en comparación con el número en el grupo de control que recibe un placebo. Lo cual quiere decir que una pequeña minoría de personas vacunadas desarrollarán síntomas graves e incluso morirán. Esto sucede con todas las vacunas si la enfermedad es grave o mortal. Pero sin las vacunas muchas más personas habrían muerto ya.

Las vacunas, esto hay que repetirlo mil veces porque aún no se ha entendido, reducen también el riesgo de sufrir infección asintomática, aunque en menor medida que la enfermedad grave. Y reducen la transmisión, al menos antes de la variante Ómicron. El hecho de que las disponibles actualmente no sean esterilizantes, no impidan por completo la infección y no eviten totalmente la transmisión, junto con las dudas sobre Ómicron, es el argumento que están esgrimiendo las autoridades, apoyadas en los especialistas en medicina preventiva y salud pública, para recomendar la aplicación de nuevas restricciones, incluso a las personas vacunadas.

Pero sería ahora el momento de recordar cuál era el objetivo inicial de todo esto. Desde el principio de la pandemia hubo un pequeño puñado de países que adoptó una estrategia de eliminación del virus. Véase el caso de Nueva Zelanda. Esta nación ha permanecido prácticamente cerrada al mundo desde el comienzo de la cóvid. Y si bien en un principio parecía una solución teóricamente posible para un país isleño y poco poblado, se ha impuesto la realidad de que en la práctica es inviable crearse un planeta paralelo apartado del resto. En octubre, Nueva Zelanda anunció que la estrategia de eliminación ya es historia.

Pero ni España ni ningún otro país de nuestro entorno adoptó una estrategia de eliminación, probablemente bajo el criterio realista de que esto era imposible. Y entonces, ¿cuál era nuestro objetivo? Recordemos ahora una frase largo tiempo olvidada: aplanar la curva. Esto, según escribía aquí el 11 de marzo de 2020, días antes del confinamiento general del primer estado de alarma, significaba: “comprar tiempo para retrasar el avance de una epidemia. Como ya están explicando las autoridades sanitarias, reduciendo la interacción social se logra que la curva de contagios se aplane, repartiéndose más a lo largo del tiempo; el número final de infectados será el mismo en cualquier caso, pero un largo goteo en lugar de un chorro instantáneo tiene la ventaja de no saturar los sistemas de salud, y de que estos tengan en todo momento la capacidad de atender en óptimas condiciones a los enfermos para reducir al mínimo el número de muertes“. Por entonces la perspectiva de las vacunas aún parecía muy lejana. Pero las necesarias restricciones de entonces también compraron tiempo hasta la llegada de las vacunas.

Todo ello se resumía en este gráfico, también largo tiempo olvidado:

Aplanar la curva. Imagen de Siouxsie Wiles y Toby Morris / Wikipedia.

Aplanar la curva. Imagen de Siouxsie Wiles y Toby Morris / Wikipedia.

Aquel mismo 11 de marzo escribía también que el SARS-CoV-2 “no va a desaparecer, y que más tarde o más temprano es probable que la mayoría de nosotros vayamos a contraer el virus“. Este comentario venía a propósito de un artículo en la revista The Atlantic, firmado por una persona con la voz muy alta pero pocos conocimientos de virus y epidemias, que pedía “cancelarlo todo” en aquella primavera de 2020 para que en otoño pudiéramos sacudirnos las manos y volver a la vida normal. Casi dos años ha costado que se entienda que esto que no ocurrió entonces tampoco va a ocurrir ahora. Más vale tarde que nunca.

Pero si nunca hemos tenido aquí una estrategia de eliminación porque sencillamente no era posible, si nuestro objetivo era aplanar la curva, si empieza a aceptarse que en algún momento casi todos tendremos ante los ojos un test positivo, si las vacunas están haciendo un trabajo increíble para mantener a raya los síntomas graves, si no hay peligro de colapso de los sistemas de salud, si las muertes por cóvid ahora se están manteniendo en unos niveles similares a los que cada año suele causar la gripe estacional sin que antes a nadie le importara (que ya era hora de que sí importe)… ¿Por qué ahora hay quienes olvidan todo esto y piden volver al momento en que todo estaba empezando?

Por supuesto que las restricciones drásticas como las que se están aplicando en otros países reducirían los contagios (recordemos que no tenemos nada de lo que enorgullecernos, ya que muchos de esos países están en la cuarta ola cuando aquí llevamos ya seis, y nuestros porcentajes de infección acumulada son mayores, sobre todo en Madrid).

Por supuesto que, incluso con vacunas, una explosión brutal de nuevos casos aumentará la demanda de atención sanitaria. Pero mientras no haya colapso, es que estamos por debajo de la línea discontinua del gráfico. Es que estamos en curva plana. Precisamente lo que se pretendía.

Por supuesto que la misión de los especialistas en medicina preventiva y salud pública es recomendar medidas tajantes, como también malos especialistas en medicina preventiva y salud pública serían los que dijeran que con un par de cigarritos al día no pasa nada.

Por supuesto que la variante Ómicron, si como se sospecha es más transmisible, ha introducido un factor de nuevo empuje a los contagios (mañana resumiremos lo que la ciencia realmente sabe hasta ahora de la nueva variante, y no todo coincide con lo que se está contando).

Pero si hay un momento para defender que la medicina preventiva y la salud pública deben ser compatibles con la vida, no en el sentido biológico, que ya lo hemos conseguido gracias a las vacunas, sino en el social, económico y demás, es este. Quienes se han vacunado tienen todo el derecho a reclamar que no se les trate por lo que la vacuna no puede hacer, sino por lo que la vacuna sí hace. No olvidemos que, incluso si como parece las vacunas pueden ser menos eficaces contra Ómicron, el aumento de los contagios en España hasta ahora no se ha debido a Ómicron. Sino al otoño (motivo por el cual, por cierto, no tiene ningún sentido comparar los datos de diciembre con los de septiembre, y sí los de diciembre de 2021 con los de diciembre de 2020).

Por último, hay una razón más: las restricciones se dictan en función de la incidencia acumulada, pero hace ya mucho tiempo que la incidencia acumulada dejó de ser un indicador fiable de la evolución de las infecciones para quedarse solo como un indicador de la evolución del testado. Ya expliqué esto aquí, aunque hoy habría algo más que añadir con las nuevas variantes.

El hecho de que no se respete este criterio, que se pretenda tratar igual a las personas que han elegido voluntariamente vacunarse y a las que han elegido voluntariamente no vacunarse, no solo ha hecho ya que algunos se arrepientan de haberse vacunado, sino que incluso puede detraer a muchos de inocularse la tercera dosis, que ahora podría ser la mejor arma contra la Ómicron. Si se cuenta que los síntomas de Ómicron son más leves (sobre lo cual, como veremos mañana, aún no hay resultados concluyentes) y se imponen restricciones a las personas vacunadas, quizá los más reticentes prefieran arriesgarse a pasar por la infección que por una tercera dosis. Y si, por culpa de la torpe actuación de las autoridades, para muchos cobra más sentido contagiarse que revacunarse, estos contagiarán a otros.

Las autoridades rehúyen la medida más crucial, la vacunación universal obligatoria. Y en cambio están demostrando de nuevo (ya en algunas comunidades autónomas y en otros países, quizá pronto aquí a nivel general) que, rota una vez la barrera ética de restringir las libertades, rota para siempre: dado que el virus no va a marcharse, parece que debemos resignarnos a aceptar que en el futuro que nos espera ciertas libertades fundamentales ya nunca volverán a ser fundamentales. Es un gran error. Es una barbaridad. Y sí, es solo una opinión.

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