Tengo el alma encogida en un puño, inmensamente triste por ese incendio que está destruyendo el corazón de La Gomera, las selvas mágicas de Garajonay. Cerca de un 10 por ciento del Parque Nacional ya se ha carbonizado y el fuego continúa imparable, descontrolado.
Conozco bien esos bosques y a sus gentes. Todos los años trabajo allí con los programas de voluntariado de SEO/BirdLife. Conozco también muy bien a sus gigantes vegetales, impresionantes árboles singulares a los que he inventariado para un catálogo oficial del Gobierno de Canarias. Por eso me siento incapaz de imaginar a esas selvas de niebla consumidas por las llamas.
Los bosques de Garajonay atesoran una triple singularidad:
- Por un lado, son fósiles vivientes de las junglas cálidas y húmedas que poblaron la región mediterránea en el Terciario.
- Por otro, protegen una extraordinaria cantidad de endemismos, producto de su aislamiento genético.
- Finalmente, concentran una sorprendente densidad de árboles centenarios y monumentales.
Pero, por encima de su altísimo valor biológico, Garajonay contribuye al desarrollo sostenible de todo un territorio en sus aspectos ambiental, social y económico. En 1986 la Unesco reconoció estos méritos declarándolo Patrimonio de la Humanidad y este año toda la isla ha sido nombrada Reserva de la Biosfera.
La tragedia es ambiental, pero también económica. El Parque Nacional de Garajonay tiene una posición clave en la socioeconomía insular como principal fuente generadora de recursos. Su cada vez más activo sector terciario depende casi exclusivamente del turismo generado a la sombra de estos árboles siempre verdes. Gracias a este espacio se explican las más de 8.000 camas de su planta alojativa. Como resultado, Garajonay es el tercer parque nacional más visitado de España en relación con su superficie, por detrás del Teide y Timanfaya.
Todo indica que el fuego ha sido intencionado. Algún malnacido disfruta haciendo daño a sus vecinos y sus recursos, poniendo en peligro sus vidas y obligando a desalojar a 600 personas de 15 núcleos de población. El incendio es la mayor amenaza para la integridad de Garajonay, ya que como señalaba su director, Ángel B. Fernández, en un artículo que firmamos conjuntamente en la revista Quercus,
“destruye las estructuras forestales antiguas, imposibles de recuperar en la escala temporal de una vida humana”.
Y al contrario de con el pino canario, capaz de rebrotar después de un incendio, el fuego no ha jugado un papel importante en la evolución del ecosistema, ya que no existen fuentes naturales de ignición y las plantas no están adaptadas a estos desastres.
Hoy en la Radio Autonómica de Canarias me pidieron que hiciera una descripción de Garajonay y hablé de su increíble paisaje sonoro. De ese silencio sobrecogedor arrullado por el reclamo de la paloma rabiche, el rumor del agua de un pequeño manantial y el susurro de los vientos alisios agitando las hojas de fallas y viñátigos. Me quedo con ese recuerdo íntimo. Como Federico García Lorca ante la sangre de Ignacio Sánchez Mejías, me niego a pensar en el alma carbonizada de Garajonay:
¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre / de ese bosque incendiado. / ¡Que no quiero verla! / Que mi recuerdo se quema.
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