La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Los lagartos también tienen sentimientos

“El lagarto está llorando”, recita una bella cancioncita de Federico García Lorca. Llora junto a su amada tras haber perdido “sin querer” el anillo de desposados.

¿Tienen sentimientos los reptiles? El poeta granadino estaba seguro de ello, pero los biólogos dudaban.

Hoy, como si la poesía se hubiera convertido en realidad, un fotógrafo de la naturaleza, Rafael Pons, acaba de demostrar que sí, que los lagartos tienen sentimientos. Y que lloran de pena por su amada.

Lo relata en Fotonatura, donde exhibe la espléndida fotografía que acompaña este post, poniendo la piel de gallina a quien lo lea.

Un coche acababa de atropellar gravemente a una lagarta que, ensangrentada, yacía en el suelo sin poder moverse. Y el macho no lo aceptaba. Así lo cuenta el fotógrafo:

“Cuando llegó hasta ella era como si le dijera: ¿Qué te pasa? ¿Por qué no vienes?

Le golpeaba con el hocico, le daba con la pata, le lamía el cuerpo, pero ella no reaccionaba, eran sus últimos alientos de vida”.

Y allí quedaron ambos, juntos, asombrados por esa muerte tan inesperada, otra más de las decenas de miles de atropellos de fauna salvaje que diariamente se producen en nuestras carreteras.

¡Ay, cómo lloran y lloran,

¡ay! ¡ay! cómo están llorando!

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El gato que extinguió al chochín

El hombre es el depredador que mayor número de especies vertebradas ha extinguido de la faz de la tierra. El segundo es el gato, nuestro fiel compañero doméstico desde hace 9.000 años.

Sólo en Gran Bretaña, los 8 millones de gatos caseros censados cazan al año no menos de 75 millones de aves silvestres como gorriones, petirrojos o mirlos. Con esa misma proporción, los 50 millones de gatos europeos consumen anualmente más de 400 millones de pajaritos, una tercera parte de los calculados para Estados Unidos.

Amo los gatos, pero reconozco mi pena cada vez que uno de ellos te deja triunfal a los pies el cadáver de una de estas pobres aves, justo antes de ponerse a comer en su siempre bien surtido comedero. Nunca pierden su instinto cazador.

La extinción más rápida de una especie la provocó un gato. Se llamaba Tibbles y era la mascota de David Lyall, el ayudante del farero de la isla Stephens, un pequeño saliente rocoso entre las dos islas principales de Nueva Zelanda. Allí vivía un extraño pájaro nocturno no volador, algo parecido a un chochín, en cuya caza se especializó el eficaz felino doméstico. Los 16 ejemplares llevados como trofeo a su amo son los únicos de un ave que nadie vio nunca viva, bautizada para la ciencia Xenicus lyalli. En un solo invierno, el de 1895, acabó con la totalidad de la población mundial, sin duda muy pequeña. Él los descubrió y él solito los exterminó.

Sin irnos tan lejos tenemos el caso de Canarias. La llegada del gato al archipiélago hace 2.000 años se considera una de las causas de la desaparición de algunas aves poco voladoras como la codorniz gomera (Coturnix gomerae) o el escribano patilargo (Emberiza alcoveri), además de dos múridos gigantes de Tenerife y Gran Canaria (Canariomys bravoi y Canariomys tamarani) y del lagarto gigante de La Palma (Gallotia auaritae).

Una vez más la culpa no es de ellos, es nuestra por llevarlos y soltarlos. Nuestra también es la responsabilidad medioambiental de tenerlos controlados. Poniéndoles cascabeles que les dificulten la caza y recriminándoles siempre sus capturas. Porque las mascotas, donde mejor están es en casa.

En la imagen superior, dos de los 15 únicos especímenes disecados que existen del raro chochín de Stephens.

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