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Lo que debes saber antes de hacerte con unos botines transparentes de plástico

A mí me encantan las tendencias. Ya sabéis que si encajan con mis gustos las incorporo rápido a mi armario o intento versionarlas de forma casera.

Pero hay cosas por las que directamente no paso, sobre todo cuando tocan el tema relativo a la salud.

ALIEXPRESS

La última tendencia que no entrará a mi armario (no, ni siquiera aunque me traiga una caja de chocolatinas debajo del brazo), son los botines transparentes de plástico.

Los términos “PVC“, “vinilo” o “PU” se refieren al material plástico que se utiliza para la ropa. Un material que, si bien para un bolso puede ser resultón y práctico (sobre todo si vivimos en una ciudad lluviosa), se convierte en la Pesadilla de Después de Navidad de todas aquellas que hayan picado en la tendencia durante las fiestas.

A mí por mucho que Bershka, Chanel o la mismísima Chrissy Teigen, la última embajadora de los zapatos de plástico transparentes, me vengan a que me una a sus filas de calzado de vinilo, no van a conseguir convencerme.

Y es que tiene un pequeño gran inconveniente que ya experimentó en sus carnes (y pies) la periodista Kelsey Stiegman con los botines transparentes .

Lo que empieza como un estilismo salido de una versión moderna de la Cenicienta, solo que con vinilo en vez de con cristal, termina en un efecto invernadero de tobillo para abajo que convierte tu calzado en un caldo de cultivo ideal para hongos.

Lejos de que el zapato entre con la suavidad que a la huérfana de Disney le encajaba el tacón, tendrás que untarte el pie en vaselina o crema solo para conseguir calzártelo decentemente.

Así que antes de llevártelos a casa plantéate si de verdad quieres pasar por el trago de ir con los pies dentro de saunas plásticas.

Purpurina, la contaminación más brillante

El brilli-brilli nos encanta. Queda genial en la ropa, en la funda del móvil, en las zapatillas de cordones, en la sombra de ojos… Nos gusta tanto verla en todas partes que hasta han sacado una versión comestible.

GTRES

Sin embargo, la purpurina, como microplástico que es, termina en el medio ambiente. Por terminar, termina también en nuestro organismo cuando (inocentes de nosotras) nos hacemos un maquillaje especial y nos da por llenarnos la cara con más brillo que una bola de discoteca.

Por su tamañano es muy complicado recogerla correctamente, y sino que te lo digan a ti que sigues barriendo el brillo cuando ya hace un mes de la fiesta de cumpleaños.

Respecto a la que nos ponemos sobre el cuerpo, aprovechamos para sacarla en la ducha a golpe de chorro de agua caliente. Sin embargo pasa como con la agüita amarilla de Los Toreros Muertos, acaba en el mar siendo alimento para los peces. Y el problema es que al ser hecha de plástico no es degradable.

Hablando claro: de la purpurina que has usado (en lo que sea), el 85% terminará intoxicando no solo el agua sino también los animales que habitan en ella.

La solución es tan sencilla como darle calabazas a nuestros cosméticos que la contengan y optar por alternativas biodegradables que ya podemos encontrar en circulación.

Esta eco-purpurina está hecha de celulosa en lugar de plástico, concretamente de eucalipto y lo bueno es que no le lleva más de 90 días descomponerse.

Así que si, estas navidades, ya que nos pillan a la vuelta de la esquina, queréis celebrar sin contaminar (#glitterwithoutlitter) podéis decidiros por comprar estas purpurinas ecológicas, que además de no dañar al planeta tampoco son nocivas para nosotros.