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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

Archivo de diciembre, 2017

‘Winner’s Circle’, un juego de mesa de carreras de caballos ideal para partidas rápidas en familia

Winner’s Circle es, sin lugar a dudas, uno de los juegos de mesa al que más partido hemos sacado, tal vez uno de los tres a los que más hemos jugado. Un clásico que vio la luz en 2001 de la mano de Reiner Knizia, un autor muy conocido y valorado (al menos entre aquellos que se fijan en el nombre de los creadores de juegos de mesa, claro).

Es un juego sencillo de explicar y de entender. Por nuestra experiencia, niños de unos cinco o seis años ya pueden disfrutarlo, por mucho que en la caja ponga que es a partir de ocho años. Lo pillan al vuelto en cuanto ven desarrollarse un primer turno a poco que tengan algo de interés por jugarlo y aguanten media horita sentados en la mesa.

Y las partidas en las que coinciden niños y adultos están equilibradas, porque aunque se pueden plantear conatos de estrategias y tomar decisiones, lo cierto es que la suerte dictada por los dados manda. Y sobra decir que la suerte no entiende de edades; en nuestras partidas en familia Julia suele ganarnos.

También es un juego rápido. Una carrera se puede desarrollar en unos veinte minutos (se supone que una partida son tres carreras, pero nada impide que juguemos solo una). Que la partida de un juego de mesa no se prolongue demasiado suele ser también una ventaja con niños.

Su sencillez y velocidad favorecen que lo podamos jugar en familia y que sea un éxito cuando hay invitados en casa que quieren algo rápido, fácil y divertido.

Es cierto que la temática de las carreras de caballos con apuestas tal vez no sea la más llamativa para los niños, pero los caballos de colores es raro que no les gusten, y lo de echar carreras es un concepto que también dominan.

Lo mencioné en el blog hace unos años, pero no me he atrevido a hablar en profundidad antes de él porque estaba descatalogado (tiene su gracia que el corrector me haya querido escribir descabalgado). No era imposible encontrarlo, pero sí más difícil y más caro. Pero ya disponemos de una nueva edición en España gracias a Más que oca que tiene un aspecto muy similar a la vieja edición que nosotros contamos en casa.

La reedición ha tenido el suficiente éxito como para que no pueda recomendar su compra de cara a estas fiestas navideñas, porque se ha agotado y hasta mediados de enero no habrá nuevas unidades. El precio supera los cuarenta euros.

Pena que esta nueva edición española, del todo correcta y acorde con la original, no haya dado un paso más allá como hizo la de DiceTree, que ha quedado preciosa. Tiene las figuras pintadas, monedas más realistas y cartas mejoradas, con imágenes. Pero bueno, esa es otra historia que no afecta a la jugabilidad.

¿Cómo se juega?

Admite de dos a seis jugadores que tienen tres fichas de apuestas. Es decir, pueden apostar a tres caballos: a uno doble (su favorito, con el que duplicaran ganancias si gana algo) y a otros dos, apuestas sencillas.  Varios jugadores pueden apostar al mismo animal, de hecho sucederá casi con toda seguridad, y en ese caso habrá que repartir las ganancias (tocará menos dinero a cada jugador).

Para apostar hay que fijarse en las características de cada animal. Los hay muy equilibrados y los hay que algunos aspectos son muy rápidos y en otros muy lentos; también hay sur tener siempre en cuenta que el dado con el que jugaremos tiene tres caballos y solo uno de los otros tres símbolos. Lo indican unas cartas que hay en abundancia y salen al azar. También es importante valorar en qué posición empiezan. Los de los primeros puestos parten con ventaja.

Se tira el dado, cada jugador por orden, y va moviendo a un caballo que todavía no haya avanzado en ese turno. Puede mover caballos por los que haya apostado él o sus adversarios. Esto permite jugar a ganar avanzando a tus campeones, beneficiando a contendientes  y haciendo surgir alianzas, pero también optando por fastidiando a otros. Algo que le da mucha vidilla al juego.

El primer caballo en cruzar la línea de mitad de carrera generará más dinero si es uno de los tres ganadores. El último caballo en cruzar la meta restará ganancias a los que hayan apostado por él.

El objetivo es sencillo, lograr que nuestros caballos queden entre los tres primeros porque ganará aquel jugador que más dinero haya sumado al final de tres carreras (o de una o de cinco, la flexibilidad es bienvenida, sobre todo si hay niños presentes).

Un juego en el que los niños harán cálculos sencillos, empezarán  a pensar en probabilidades, comenzarán a plantearse estrategias de juego y, sobre todo, lo pasarán bien con un entretenimiento social que también enseña a ganar y a perder.

Cuando los niños llegan al deporte gracias a las series de animación (‘Campeones’, ‘Juana y Sergio’… y ahora ‘Haikyu!!’)

Cuando era una cría recién entrada en la adolescencia y aún tenía fresca en la memoria la escasa oferta televisiva de apenas dos canales de televisión, comenzaron a desembarcar en España todo tipo de series de dibujos animados (que decíamos entonces, porque lo de series de animación aún no se estilaba y lo de anime aún menos) procedentes de Japón , cuyos protagonistas eran niños deportistas.

La más conocida es Campeones, que ha coleado hasta hoy día y sobre la que son innecesarias las explicaciones. Prácticamente todos la veíamos y abundamos los cuarentones que podemos cantar su intro de memorieta.

Pero hubo muchas más. Yo las recordaba vagamente y hace poco me dio por buscarlas en YouTube, que tiene casi de todo para tirar de nostalgia audiovisual. No sé si debería haberlo hecho, porque las comparaciones respecto a lo que se emite ahora son odiosas. Mejor no empañar recuerdos infantiles constatando la dudosa calidad de la mayoría.

¡Qué demonios! Ahí van algunas.

Mi favorita era Piruetas, de una niña llamada Valentina (por aquel entonces no se estilaba que los protagonistas conservasen los nombres japoneses) que hacía gimnasia rítmica y que terminó abruptamente, dejándonos completamente colgados a los pocos que la siguiéramos. Era la época en la que la guerra de la contra programación estaba en su apogeo.

Había  un par de ellas que pegaron fuerte sobre voleibol. ¿Las recordáis? Una de ellas tenía la que era la canción más conocida tras la de Oliver y Benji: Juana y Sergio (Dos fuera de serie).

Y también estaba La panda de Julia. Me da la impresión de que se recuerda menos que las anteriores.

Me consta de unas cuantos niños, ahora en los cuarenta, a las que esas series animaron a practicar deporte. Tengo en mente sobre todo a un puñado de niñas a las que impulsó a intentar aquello de jugar al voleibol en una demostración (para nada la única) de que la tele, aunque sea una actividad sedentaria, puede animar a veces a los niños a mover el culete.

Recordaba todas aquellas batallitas porque ahora es Julia la que quiere empezar a jugar a voleibol (y ha empezado a hacerlo hace apenas una semana) tras ver en familia (nos gusta ver juntos, tras la cena, un poquito de televisión y estas series de unos veinte minutos por episodio vienen bien) un anime considerablemente blanco y con mucho sentido del humor.

Se llama Haikiyu!! o Haikiyuu!! (cuesta varios intentos recordar cómo se escribe bien). También se la conoce como Los ases del voley, y está disponible en la zona de adultos de Netflix. También en el canal de YouTube de la distribuidora, Selecta Visión.  Algo un tanto incomprensible porque creo que es perfectamente apta para niños como mi hija, que tiene unos ocho años. Igual que dudo de la conveniencia de mostrar otras series y películas en la zona infantil que tienen un contenido mucho más sexualizado o violento (esta serie no es ni lo uno ni lo otro). Tomo nota mental de indagar sobre cómo toma Netflix esas decisiones.

Es una serie que sigue las andanzas de todos los integrantes de un equipo de chavales de instituto, pero especialmente de dos recién llegados: Hinata, un bajito, animoso y saltimbanqui rematador; y Kageyama un colocador alto y adusto, tan bueno que le cuesta aprender a jugar en equipo. Ambos en su primer año en el instituto y novatos en un equipo en el que hay un buen puñado de chavales con personalidades bien diferenciadas y a los que es imposible no animar cuando luchan por devolver a su equipo, que fue uno de los grandes, a los primeros puestos de la competición.

Vamos, la vieja historia de la pareja de opuestos que parece que no casa ni con cola, pero que luego forma un equipo imparable. Ya que estamos nostálgicos, ¿recordáis Luz de Luna o Remington Steel? Aquí salpicada de retórica motivadora y mensajes de la necesidad de confiar en los demás, de jugar en equipo, de trabajar duro…

Para una reseña especializada y concienzuda, os recomiendo leer lo que opina de ella Ramen para Dos, que ya os adelanto que es bueno. Y coincido, porque la serie está muy bien y la recomiendo para todos los chavales a partir de la edad de mi hija (es más que probable que sus padres la disfruten junto a ellos si la ven como nosotros, en familia).

 

Mi santo, que siempre prefirió a Chicho Terremoto (yo nunca le pillé el punto, lo confieso), jugó muchos años a baloncesto, entrenó unos cuantos a chavales y adora ese deporte, anda lamentando que el anime estrenado por Netflix no estuviera protagonizado por el baloncesto. Tal vez así Julia hubiera optado por botar y encestar el balón, como hizo él tantos años.

Mi padre, que jugó al voleibol en sus tiempos mozos, no opina lo mismo. Nunca llueve a gusto de todos.

Hay toda una nueva generación de animes basados en deportes y que pueden ver perfectamente los niños (la mayoría más inocentes que las series protagonizadas por adolescentes de Disney Channel y recomendables para niños a partir de unos diez a doce años), de mucha mayor calidad que en nuestros tiempos e inspirados en todo tipo de deportes: patinaje, natación, beisbol, baloncesto, tenis… incluso bailes de salón. La mayoría basados en mangas, con los que si la serie gusta, lo mismo abre la puerta a la lectura. Algo a lo que no escapa Haikiyu!, aunque en este caso concreto aún no ha sido licenciada en España (una pena, espero que llegue pronto).

De momento los chicos del Karasuno nos han abierto las puertas al deporte de equipo y de balón, que es algo que nunca había llamado la atención de mi hija. No tengo ni idea de si de forma pasajera, pero bienvenidas sean todas las experiencias.

Mi hijo tiene 11 años y aún no me ha llamado “mamá” (pero no importa) #DiscapacidadyRealidad

Si te paras a pensarlo detenidamente, el hecho de que podamos comunicarnos hablando es casi un prodigio, algo que ningún otro animal ha logrado. Pero es tan sencillo, tan cotidiano, que ni nos damos cuenta.

El pensamiento simbólico, la capacidad de articular oralmente conceptos, que otros nos escuchen y entiendan, que nos comuniquemos de manera tan compleja y con tanta facilidad es digno de admiración.

La ciencia aún no ha sido capaz de desentrañar todos los mecanismos involucrados en el lenguaje, una proeza que realizamos a toda velocidad y sin ser conscientes de su valor.

No existe construcción levantada por el hombre, ingenio tecnológico ni obra de arte que hayamos ideado, que pueda compararse con ese regalo evolutivo, sin el cual todo lo anterior no existiría.

Existimos porque nos hablamos. Somos así porque podemos hablar. Nuestro mundo está creado de tal manera que es preciso que nos comuniquemos para encajar bien en él.

Es fácil darse cuenta si te recuerdas o te imaginas apañándotelas en un país cuyo idioma desconoces o no dominas bien.

Pero hay millones de personas en este mundo parlante que no son capaces de hablar, para los que las palabras son poco más que ruido que ellos no pueden articular, o que manejan con muchas y distintas limitaciones.

¿Recordáis la primera vez que vuestros hijos os llamaron “mamá” o “papá”? Es algo emocionante. Es frecuente que el padre que se lleva el primero ese premio presuma por ello. También que se interrumpa lo que se esté haciendo para contárselo a otros con orgullo y alegría: “¡Ya ha dicho mamá!” o “¡Acaba de decir papá!”.

Tal vez tras ese orgullo, tras esa alegría, hay cierto alivio atávico del que no nos percatamos porque estamos viendo que todo va bien, que nuestro hijo crece sano y como era de esperar.

Mi hijo tiene 11 años, tiene autismo y aún no me ha llamado “mamá”. Tal vez algún día llegue a hacerlo, tal vez nunca pronuncie esa palabra.

Como él hay millones, no lo olvidéis.

Entiende parte de lo que le decimos, instrucciones y comentarios sencillos. Aunque, siendo sinceros, salvo que actúe en consecuencia a lo que le pedimos nunca tenemos del todo la seguridad de que nos haya entendido.

Su comprensión es mayor que su expresión. Solo emite unas pocas aproximaciones vocálicas de aquello que más le importa conseguir. “Pá” por “pan”, “abe” por “abre” cuando está ante una puerta que le impide el paso, “í” por “sí”, “o” por “no”…

Sabe además que si vocaliza fuerte, llama nuestra atención, así que si quiere que pongamos otra música o que le demos a probar lo que hay en nuestro plato, utiliza las vocales en tono de llamada.

Así que yo soy “aaaaa” o “eeeee”. Igual que su padre, su hermana, sus profesores o sus abuelos.

Pero aún no he oído “mamá” de sus labios. Sí de los de mi hija, su hermana pequeña. De no ser por ella, sería una madre que nunca ha sido llamada como tal.

Aunque no importa, y os voy a contar el motivo.

El pasado fin de semana no estuve a su lado. Cuando el domingo por la noche le trajeron al aeropuerto a recibirme, la sonrisa de felicidad pura que me regaló al verme después de cuatro días lejos casa fue el detonante de un instante de perfecta alegría, de esos que hay que atesorar porque marcan la diferencia entre una vida gastada y una plena.

Él no habla, pero mi corazón canta cuando veo esa sonrisa.

Este fin de semana he vuelto a ausentarme, menos días, pero confío en volver a encontrar esa sonríe y esos ojos brillantes a mi vuelta.

Así que no importa que no me llame “mamá”. He aprendido a distinguir lo esencial en lo que sustentarme y a evitar los anhelos inútiles que desgastan.

Sí que importa, en cambio, que está viviendo en un mundo pensado para los que hablamos sin problemas, para los que tenemos la fortuna de dominar esa magia.

Un mundo en el que el signado, los pictogramas y los textos adaptados a lectura fácil no abundan; en el que poca gente es capaz de entender, por falta de paciencia, de conocimientos o de ambas cosas, a aquellos que se manejan con cuadernos de fotos o pictos, signos o dificultades en el lenguaje.

Un mundo que los que tenemos la suerte de hablar tenemos la obligación moral de hacer más accesible, de convertir en un sitio más amigable a todos aquellos que no pueden hacerlo, o que no pueden hacerlo igual de bien o con la misma facilidad que el nosotros.

Un gran poder acarrea de la mano una gran responsabilidad.

Todo empieza por saber que son millones y que comparten espacio, sueños, retos y alegría con nosotros; aunque no seamos conscientes de su existencia si no tenemos a nadie así en nuestro entorno, igual que no lo somos del milagro que es el lenguaje.

Y tampoco olvidéis que en este mundo también hay millones que no pueden caminar o lo hacen con dificultad; que no pueden ver o lo hacen con dificultad; que no pueden oír o lo hacen con dificultad…

Hoy, 3 de diciembre, es el Día Internacional de la Discapacidad. Un día para visibilizar, reivindicar y normalizar. Compartiendo este texto y otros que están circulando por Internet con el hashtag #DiscapacidadyRealidad, podéis ayudarnos a hacerlo.

‘Wonder’, un ejemplo de que la inclusión ideal es posible (en un mundo perfecto)

Tengo sentimientos encontrados con Wonder, una película de emociones que se estrena este viernes basada en el libro La lección de August de Raquel J. Palacio (Nube de tinta), un éxito de ventas que aborda cómo un niño de diez años que se ha sometido a más de una decena de intervenciones se incorpora por primera vez al colegio y que se publicita como “el antídoto contra el bullying“.

Acudir por primera vez al colegio a sus 10 años supone un reto para August Pullman y para toda su familia. Para él porque siempre ha aprendido en casa, tiene el rostro desfigurado y es consciente de ser distinto, de atraer todas las miradas a su paso, con frecuencia acompañadas de la lástima, la repulsión disimulada o el rechazo. Para su familia, porque aman a August y temen que no esté aún preparado, que sufra, que haya niños que sean crueles con él. Una familia integrada (en todos los sentidos) por una madre que hizo muchas renuncias para atenderle, un padre que comparte su afición por los videojuegos y Star Wars y una hermana mayor tímida y madura, que también protagoniza sus propias renuncias a favor de su hermano.

Los temores de Auggie y de su familia se cumplirán, también sus mayores esperanzas. Nuestro protagonista se verá inmerso en una situación de acoso escolar, que en ningún momento se muestra crudamente,  de la que logrará salir gracias a su asertividad, al apoyo incondicional de su familia, la correcta reacción de los docentes y a la aparición de unos pocos buenos amigos que aprender a ver a August, más allá de su apariencia.

Auggie entenderá así que no necesitas ser amigo de todo el mundo, que basta con tener unos pocos buenos amigos: una o dos personas realmente especiales y queridas pueden marcar la diferencia

La película, visualmente atractiva, que ha dirigido con corrección Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado), a partir de un guion de Steve Conrad (En busca de la felicidad), recoge la historia en capítulos claramente delimitados a cada uno de los principales los protagonistas, saltando de un punto de vista a otro. Una estructura ágil, que hace que la historia transcurra amena, a lo largo de diferentes historias, diferentes puntos de vista articulados sobre el primer año de colegio de un niño inteligente, loco por la ciencia y con un rostro que le hace querer esconderse tras un casco de astronauta o la máscara de Scream.

El trabajo actoral es solvente. Julia Roberts se desenvuelve perfectamente como la novia de América convertida en una madre entregada (ojo, que hay un claro guiño a Pretty Woman);  Owen Wilson también defiende correctamente el personaje y siempre es un placer ver a Mandy Patinkin en pantalla. Los mejores, sin duda, son los niños: el pequeño Jacob Tremblay como Auggie, sobre el que recae gran parte del peso de la cinta; la dulce y discreta hermana adolescente interpretada por la encantadora Izabela Vidovic y el deslumbrante Noah Jupe como Jack Will, el primer amigo que consigue Auggie.

 

Niños a partir de unos siete años pueden ver la película sin problemas. Es del todo blanca, nada cruenta, y lo único que puede costarles es que hay partes tristes (alguna gratuita, lo del perro era innecesario), sobre todo en la primera mitad de su metraje que es, a mi parecer, la más acertada. Es la parte en la que se plantean los retos, las problemáticas, los traspiés, las zancadillas…

¿Por qué sentimientos encontrados entonces? Pues porque en la traslación al lenguaje cinematográfico se nota en exceso que todo en la historia es demasiado perfecto, no hay nada sucio, todos los elementos brillan demasiado y lo hacen en tonos pastel. Es un ejemplo de cómo lograr la inclusión de un niño, de como superar una situación de acoso escolar desde el universo de Mr.Wonderful, un universo que no existe.  Por tanto, aunque haya puntos en los que emocione, aunque plantee situaciones creíbles, pierde credibilidad por el hecho de que todo sea tan maravilloso: la casa en Nueva York llena de encanto; el colegio que cualquiera soñaría para sus hijos; un director de escuela del que Dumbledore podría aprender a ser empático; un profesor de Primaria heredero directo del que inmortalizó Robin Williams; una familia unida sin una fisura y hermosa por dentro y por fuera… Solo hay un personaje antipático, malvado casi al estilo Disney, que parece una caricatura: la madre del niño que acosa. Todo se aglomera en un cuento sentimental, agradable pero casi del todo hueco.

En definitiva, un compendio de perfección que tiene demasiados finales felices y que hace que el momento final sentimentalmente épico ya nos pille algo exhaustos y salgamos tibios del cine, con la sensación de haber disfrutado de un bonito cuento del todo irreal, tanto como La Cenicienta o La Bella Durmiente.

Os decía que la pueden ver niños de siete años. A partir de esa edad y hasta aproximadamente unos doce años, el visionado puede ser útil, didáctico, sobre todo si lo sabemos aprovechar con una charla posterior. Para los chavales que ya entran en la adolescencia, que han abierto los ojos a que la realidad es mucho más gris y empiezan a coquetear con el cinismo, no creo que ver la película suponga un aprendizaje, más que nada porque es probable que experimenten rechazo a esa visión idílica que sabrán ya que es mentira.

En cuanto a los adultos. Hay gente que es feliz leyendo los mensajes positivos de las tazas y agendas de Mr. Wonderful, gente que en una película busca emoción, evasión, buen rollo, una estética bonita y finales complacientes sin demasiado mar de fondo. Para ellos, es una película perfecta, tanto como el mundo que muestra.

A mí (y creo que a una mayoría les sucederá algo similar) Wonder me entretuvo, llegó a emocionarme en algún momento, pero la moraleja que extraje al final es que la inclusión ideal es posible, pero solo si se intenta en un mundo perfecto, de diseño, y en el que nadie parece tener problemas para llegar a fin de mes.