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Mitos y realidades sobre la crianza y el embarazo

GTRES


Existen numerosos mitos en torno al embarazo y la crianza de nuestros hijos. Poco a poco se van diluyendo, pero demasiados aún persisten. Igual que también hay realidades que cuesta creer.

¿Sabrías distinguir aquello que es cierto de lo que es completamente falso? Ponte a prueba con este trivial.

Y así de paso también podrás repasar esos mitos que aún perdura, y que quién sabe de dónde salieron.

¿Tiene tu hijo algún amigo íntimo o especial?

La pasada semana estuvimos en el hospital Gregorio Marañón, cuyo servicio especializado Ami-TEA atiende a mi hijo, para ayudar a la ciencia.

A título personal es muy poco probable que saquemos algo en claro, pero hay que contribuir a la investigación. Así que nos dejamos allí un poco de sangre (Jaime se portó fenomenal, siempre es así, no duele y no teme a las batas blancas) y estuvimos de charla con dos de las investigadoras, respondiendo largos cuestionarios, conjuntos e individuales.

Hubo una pregunta, a la que había que contestar por escrito, que me hizo detenerme. Es la que titula este texto: ¿Tiene tu hijo algún amigo íntimo o especial?.

¿Qué contestarías tú si te preguntasen si tu hijo de diez o doce años tiene algún amigo íntimo o especial?
Es muy probable que respondieras que por supuesto, que no solo uno, sino varios. ¿Cómo no va a tener sus mejores amigos?

Mi hija los tiene, con ella no hubiera dudado en responder que sí, incluso dando nombres. Pero Jaime tiene autismo, apenas pronuncia unas pocas aproximaciones a palabras, y la respuesta obvia me tomó al asalto, con la guardia baja.

No, mi hijo de casi trece años no tiene mejores amigos, no tiene amigos especiales. Ni siquiera me atrevería a decir que tiene amigos. Ni ahora ni antes. Nunca.

Un niño sin amigos. Ese es mi hijo. Y os prometo que no me había parado a pensarlo hasta ahora, que no me había dado cuenta hasta que me lo encontré planteado en ese cuestionario teniendo que marcar una opción a boli.

Tiene mucha gente que le quiere y a la que él quiere, personas por las que muestra cierta predilección, es un niño feliz, pero sin amigos en el sentido convencional del término.

¿Es algo triste? No lo sé. Tal vez cause un poco de desasosiego, pero me niego a digerirlo con tristeza. Él es feliz, no lo echa en falta. Distinto sería si se resintiese por ello.

El complejo colectivo de las personas con TEA va a tener respuestas distintas a esa pregunta, muchas reflexiones diferentes, a veces salpicadas de dolor.

Muchos necesitan nuestra ayuda, precisan que les enseñemos herramientas para cultivar esas amistades especiales, nuestra sensibilidad y mano tendida.

En casos como el de mi hijo, gravemente afectado, ni siquiera eso.


Tan contento antes de irse con sus compañeros a pasar dos días en un albergue, tan contento.

La mejor caza del tesoro, la del libro que nos rapte

La mayoría de los libros que lees simplemente los lees, son libros que en algunos casos incluso te gustan mucho. Y luego hay unos pocos que te atrapan, te secuestran de mala manera. Los vives. No puedes dejarlos ni cuando acaban. Hay algunos personajes literarios que son más sólidos que mucha gente con la que tratas. Libros que te influyen.

Yo no podría vivir sin ellos. Me encanta esa sensación de rapto. Por eso es tan excitante entrar en una librería y escoger. Nada en el mundo encierra tantas promesas en tan poco espacio como un libro.

Entrar en las librerías, dejarse recomendar por los libreros, y pasear por las ferias del libro. En Madrid siempre está la cuesta de Mollano, para encontrar libros de ocasión, ya descatalogados, al pie del Retiro. Un lugar único en la ciudad que, si queremos que siga existiendo, hay que apoyar visitándolo y comprando. Y ya en el Retiro, el parque urbano más hermoso que yo conozco, estos días se desarrolla la Feria del Libro.

Un niño escucha a su abuela en la lectura de un libro adquirido en uno de los puestos instalados por varias librerías de Pamplona, que participan con sus casetas en la Feria del Libro y de la Flor el 23 de abril.
Firma: Jesús Diges / EFE

Hay ferias del libro en toda España. Id si podéis con vuestros hijos. A las librerías y a este tipo de eventos en los que los libros salen a nuestro encuentro. Id si podéis evitando las aglomeraciones, recorred los puestos, hablad con los autores y acudid a las actividades organizadas pensando en la infancia.

El amor por los libros hay que cultivarlo sobre todo con el ejemplo, reservando tiempo para leer juntos, que nos vean abrir nuestro propio libro mientras ellos avanzan, página a página, por el suyo; pero también acudiendo a estos lugares llenos de libros y de las promesas que encierran.

Ojalá pueda transmitir a mi hija que este es el mejor juego de buscar tesoros, aquel en el que el premio es enamorarte sin riesgos.

Limusinas y manicuras francesas para los niños que hacen la primera comunión

Me llega el enlace por uno de esos grupos de WhatsApp del colegio sobre los que tanta literatura de bolsillo se ha escrito, microcosmos que pueden resultar tan útiles como estomagantes.

Este es un buen grupo, útil y sin malos rollos, una escisión de la muchas que se produjeron de aquel gran grupo creado el primer año de Infantil.

Un inciso. Paciencia padres de niños muy pequeños que estáis empezando a adentraros en el universo de estos grupos, con el tiempo todo se aplaca y normaliza.

Pero volvamos al enlace y al tema del día. Este fin de semana circuló por redes sociales una imagen impactante, realizada por el periodista de la Cope Fran Viñuela. Una limusina hummer al servicio de un niño de primera comunión.

La primera reacción de una mayoría es coincidente. ¡¿What?! ¿Es que nos hemos vuelto locos? Entre los que manifestaron sus sorpresa en ese sentido estaba el polémico juez de menores de Granada Emilio Calatayud.

Tras el revuelo tuvo que manifestarse el padre del pequeño, que resulta que también es el dueño de la limusina y que se dedica precisamente a eso, al negocio de alquilar vehículos de los de “aquí estoy yo, miradme todos”.

Es decir que no es para tanto, el padre no deja de ser un señor que tiene una empresa de limusinas así que le sale gratis y se hace publicidad. O sí, porque gracias a él y a Google he descubierto que hay varias empresas de limusinas que se alquilan también para comuniones, desgranando sus ventajas cómo llevar un montón de personas a la vez ahorrando varios desplazamientos en coches particulares, hacerle sentirse especial, tener la seguridad de estar en manos de un chofer profesional bla, bla, bla.

No sería algo que yo contrataría, pero mira, si hay gente a la que le apetece tampoco hace daño a nadie. Que cada cual camine (o ruede) a su manera mientras no pise a los demás.

Pero tal vez, eso sí, nos estemos volviendo locos con las comuniones. Y no solo con ellas. Tal vez también tras una infancia llena de todo tipo de limusinas tengan que gestionar egos, frustraciones y altas expectativas en sus hijos. O no. ¿Quién sabe?

Os confieso que a mí me llama casi más la atención la familia que le paga dos pruebas de peinado, la manicura francesa y el vestido de mil euros a la niña de nueve o diez años, como me contaba mi peluquera y os traje aquí hace tres años por estas fechas.

Y me llama más la atención por empezar con imposiciones estéticas a las niñas tan pronto, que por el gasto. Que cada cual se deje el dinero en lo que le plazca.

Hablando un poco de todo, acabamos charlando de las comuniones. Cuando hice la comunión mi madre se aseguró de que estuviera bien limpia, me alisó el pelo como mejor supo, me puso una diadema de flores y el vestido. Ahí se acabaron todos los preparativos. Yo era la mayor de las primas y estrené vestido. No me hubiera importado heredarlo, de hecho recuerdo que me gustaba llevar lo poco heredado que conseguí. Mi vestido luego pasó a las siguientes de mis primas el año próximo.

Gracias a mi peluquera me enteré de que las cosas se habían ido un poco de madre. No siempre, claro, pero cada vez con más frecuencia.

– Sé que lo que voy a decir va en contra de mi negocio, pero es que es exagerado. Hay más parafernalia con las niñas de comunión que con las novias. Muchas veces las peinamos hasta tres veces: una prueba, otra vez para las fotos y otra el día de la comunión. Tenemos tintes temporales que les sacan más brillo al pelo ese día. Hay quien aprovecha la prueba para las fotos y sólo son dos. Y nos piden mucho manicuras, hasta manicuras francesas. Y maquillaje. A veces un poco de colorete y brillo en los labios, pero otras veces nos dicen “tapa esos granitos, las ojeras…”. Estamos hablando de niñas de nueve o diez años –

Vestido de comunión Hannibal Laguna
1.450€ (catálogo de El Corte Inglés).

Comuniones, bautizos, bodas y niños con autismo

Es época de más o menos magnas celebraciones familiares. Las comuniones y las bodas abundan en estas fechas, pero lo que voy a contar es aplicable a otras que tienen lugar en cualquier momento del año como bautizos o cumpleaños.

Pueden apetecer mucho o nada, pueden suponer un gasto que no se desea o estar deseando gastar en la celebración, pero cuando hay un niño con autismo en la familia la película tiene un guion más complejo.

Para muchos niños con autismo, y esto que voy a contar puede ser extrapolable a otras realidades, es inviable asistir a estas reuniones familiares. El bullicio les abruma, no entienden lo que está pasando, se alteran, lo pasan mal y preferirían estar en cualquier otro sitio.

Estar quieto y callado durante una ceremonia es inviable. No comprenden que haya que estar sentados largo rato en una comida y no es viable dejarles jugar libres como el resto de niños.

Ir con ellos supone que un adulto esté siempre pendiente de ellos, perdiéndose dos personas la celebración. Puede implicar tener que irse a la mitad. Puede suponer forzarles un estrés innecesario.

La última vez que nosotros estuvimos en una boda con Jaime estaba cerca de cumplir seis años. Lo intentamos. La ceremonia era breve y al aire libre y había mucho terreno por el que correr y jugar, así que nos animamos. Aun no habían servido el primer plato cuando dijo que ya había corrido y comido bastante y que se quería marchar de aquel lugar extraño. En ese momento fui yo la que cogí el coche, conduje más de una hora de vuelta a casa, lo dejé con mis padres tan feliz en casa y regresé.

No conseguimos que saliera en las fotos. Apenas quería otra cosa más que estar sentado sobre la hierba.

En las siguientes celebraciones se ha quedado en casa, tan contento. Si nos hubieran invitado a una boda sur implicase un viaje probablemente tendríamos que excusarnos o dividirnos.

Los únicos restaurantes a los que acudimos son aquellos en los que sirven rápido, nos vamos en cuanto terminamos de comer (su hermana está acostumbrada a comerse en marcha el postre) y no importe demasiado que haya un niño de doce años riendo a gritos, carente de etiqueta en la mesa.

No es así con todos los niños con TEA insisto. Pero sí con muchos.

Sus padres somos los primeros que deseamos que participen en estas reuniones, que acudan y se integren en las dinámicas familiares de la manera más natural posible. Lo intentamos sin saber qué va a pasar, a veces acertamos y otras fracasamos. Aprendemos a identificar con el tiempo cuando y de qué manera es posible y cuando no puede ser, cuando es más inteligente dejarles felizmente en casa en lugar de forzar su presencia y hacerles pasarlo mal.

Y los demás tienen que entenderlo.

No ha sido nuestro caso, pero he visto con frecuencia presiones y malos rollos por no entender que hay que respetar la decisión que tomen los padres, que son los que mejor conocen a su hijos.

Da igual la ilusión que haga a la abuela ver a su guapísimo nieto ese día junto a todos. Da igual que a nuestro hermano, que se casa, le gustase tener a su sobrino en las fotos que se hagan ese día.

Entendedme, no da igual. Pero es menos importante.

Que se insista en que habrá animadores infantiles, que hay mucho espacio para correr, que hay columpios y castillos hinchables que le encantan no ayuda a esos padres que han tomado la que creen que es la decisión correcta y que hay que respetar.

¿Qué hay que tener en cuenta al buscar información sobre algo tan sensible como la salud de un niño?

Internet es una herramienta magnífica, potencialmente excepcional. Uno de esos pocos instrumentos que el hombre idea para acabar cambiando su porvenir y a sí mismo.

Es una obviedad recordar que también entraña peligros. Uno de ellos es que acabemos informándonos erróneamente en algo tan delicado como nuestra salud o la de nuestros hijos.

Hace muy poco fui testigo de cómo una familia buscó información y acabó empantanada en páginas web que les hicieron un flaco favor. Hablo de una familia con un hijo con autismo que acabó restringiendo su dieta muchísimo, eliminando el gluten y los lácteos, para buscar una mejoría en el comportamiento del niño.

Una mejoría que no llegó pero que, de haberse producido, os aseguro que ni habría sido por ese motivo sino por simple casualidad.

(GTRES)

Hago inciso para recomendar los escritos de mi compañero Javier Yanes sobre causalidad y correlación en las informaciones científicas que es oro puro.

Si un niño con Trastorno del Espectro Autista (TEA) tiene un problema de alergias o intolerancias tendrá que restringir su dieta. Pero será por prescripción médica tras haberle realizado las pruebas pertinentes. Exactamente igual que tú o que yo.

Que conste que no critico a esos padres, entiendo su desesperación por encontrar algo que ayudase a su hijo. Pero tenemos la obligación de aprender a informarnos bien, a identificar las fuentes fiables cuando buscamos en Internet qué hacer respecto a algo tan importante como la salud.

Y buscamos. Indagamos en Google sobre todo tipo de cuestiones: piojos a ver si eso del té verde previene, fuentes de omega 3, remedios caseros para el papiloma en el pie (otro inciso, me atrevería a decir que casi todos los contenidos que hablen de remedios caseros son patrañas), si la vacuna del rotavirus merece la pena o cuando debe nuestro bebé sostener la cabeza.

Diréis que una solución es no mirar internet. Con consultar a un profesional de la salud debería bastar. Puede ser una solución en muchos casos, pero como dice mi otra compañera Marián García, Boticaria García, Internet está ahí, mucha gente va a acudir a ella y es importante que encuentren también en webs y redes sociales a buenos profesionales. Recomendar únicamente que la gente ignore internet es poco realista.

Termino por eso con un fragmento de una entrevista que hice hace algún tiempo a Marián, en la que daba algunos consejos con lo que tenemos que tener en cuenta cuando os adentramos en las redes, en las que hay de todo, mucho bueno y muy malo:

Lo primero que hay que hacer es buscar el autor. En el quiénes somos, en Google, dónde sea, y ver si es un profesional sanitario con nombre y apellidos y el centro u hospital en el que trabaja. Si no lo pone no nos podemos fiar, no lo podemos contrastar.

En segundo lugar que aparezcan las fuentes. No vale que yo escriba de algo y no ponga las fuentes enlazadas, porque la información no la genero de forma espontánea, la bebo de diferentes fuentes. Si he buscado fuentes y son rigurosas no me cuesta nada ponerlas insertadas en el texto o al final. Si no pongo las fuentes, es literatura. Es lo que alguien haya pensado que puede ser adecuado.

En tercer lugar la veteranía. No quiere decir que un sitio por tener muchos años sea mejor, pero es verdad que hay páginas que son flor de un día, que se lanzan y no van a ninguna parte. Si un profesional sanitario lleva muchos años en la red dando consejos con periodicidad suele ser indicativo de que su contenido tiene interés.

Por último, casi lo más importante que tenemos que mirar, es el conflicto de intereses. Una página web con consejos vinculada a un laboratorio o a una empresa de alimentación no es válida aunque esté firmada por un doctor. ¿Es erróneo? Seguramente no, pero hay un sesgo. Y tenemos que buscar la independencia.

Supone descartar el 90% quizás de las páginas que vemos. Yo sé que es difícil, porque hay cosas para las que no hay una evidencia muy clara, por eso habría que tener siempre un profesional sanitario de cabecera, en persona, al que poderle plantear nuestras dudas. Y si el personal de referencia que tenemos no nos convence, pues no hay que tener problema para cambiar.

El otro día una madre me comentaba que tenía a su niño de cuatro meses estreñido y un pediatra le había recomendado darle zumo de naranja y el otro le dijo que ni se le ocurriera darle nada más que la leche materna. Obviamente uno de los pediatras estaba desactualizado (el primero), pero la madre estaba hecha un lío porque los dos son pediatras. Aquí creo que todos los sanitarios tenemos una responsabilidad muy grande de actualizarnos. Y hoy más que nunca porque los padres son los más informados de la historia.

La necesidad de aceptar que no sabes la causa del autismo de tu hijo

Hace tiempo encontré un hilo en Twitter que os recomiendo leer entero:

En un momento determinado dice: “Los seres humanos somos muy eficientes aceptando la pérdida. Pero para ello debemos racionalizarla. De lo contrario, sólo queda el sinsentido, lo arbitrario, el caos. No somos tan buenos encarando semejante abismo. Necesitamos entender. Siempre”.

Cuestionarse el motivo y no saberlo, no ser nunca capaz de entender del todo, de tener respuestas. Eso es a lo que nos enfrentamos la gran mayoría de los padres de niños con autismo.

¿Por qué a mi hijo? ¿Qué es lo que ha hecho que tenga autismo?

No hay respuesta.

No podemos evitar hacernos más preguntas, que en algunos casos no nos atrevemos a decir en alto, que quedan en nuestro interior: ¿Será algo que hice en el embarazo? ¿Será que yo también tengo rasgos autistas? ¿Me atreveré a tener más hijos?

Los especialistas nos cuentan que hay detonantes genéticos, aún desconocidos, combinados probablemente con causas ambientales. Un cóctel complejo y aún ignorado que la ciencia se está esforzando en desentrañar y con la que cooperamos participando en estudios genéticos y encuestas. Porque el primer paso para poder avanzar es precisamente ese.

También nos dicen que no fueron las vacunas. Y tienen razón. Las vacunas salvan vidas, no las quiebran.

Recomiendan con razón que no escuchemos los cantos de sirena que nos encontraremos de gente sin escrúpulos que asegura que tras el autismo hay intoxicación de metales pesados, que se cura con quelaciones o con dietas restrictivas. Mienten. Lo hacen para lucrarse incluso a costa de la salud de nuestros hijos. Y esos timadores tienen éxito con frecuencia precisamente por ese desconocimiento de las causas, por esa necesidad de entender el origen, de racionalizar, unido a la desesperación de querer curar a nuestros niños. Algo imposible.

Ellos son así, el autismo forma parte intrínseca de ellos, se puede y se debe trabajar mediante las terapias adecuadas para ayudarles a alcanzar su máximo potencial, de autonomía y de felicidad. Y al mismo tiempo debemos aceptarlos como son, amarlos incondicionalmente sin enredarnos en falsas expectativas o sueños imposibles.

Un proceso de aceptación largo y cambiante en el que juega un papel importante aceptar precisamente que no sabremos el porqué.

El ser humano necesita entender, sí, pero a veces necesita aún más avanzar mirando hacia delante.

Sobre hacer fotos y vídeos a los niños en funciones del colegio o extraescolares

Estamos en mayo. En menos que canta un gallo (espero que no cerca de hoteles rurales pejigueros), acabará el curso y también las actividades extraescolares, dando lugar a la época de campamentos, envío de los niños al pueblo, por ejemplo.

Que termine el colegio, el judo, la zumba infantil, el teatro o el ballet implica con frecuencia funciones escolares. Competiciones y demostraciones de lo aprendido a las que acudimos padres y abuelos emocionados con el móvil (los más) o la cámara de fotos (los menos) en la mano.

Escena de la función infantil de Navidad de ‘Love Actually’.


¿Debemos hacer fotos? ¿Qué hacer con esas fotos?

Hay muchos adultos que no desean que sus hijos sean retratados y, mucho menos, que esas fotos acaben en redes sociales. Y tienen todo el derecho a quererlo así y hacerse oír para lograrlo.

En parte por eso hay centros en los que ya se ha prohibido de manera explícita tomar imágenes. En ocasiones asumen ellos la función de tomar imágenes para hacérselas llegar a las familias, incluso acotando aquellas que dan su permiso para fotografiar a sus hijos y las que no.

Cuando algo así pasa siempre surgen otras voces protestando, que claman su derecho a fotografiar a sus hijos y conservar recuerdos suyos.

Olvidan que ese derecho no está por encima del de esos otros que no desean ver a sus hijos expuestos. Ellos pueden hacer fotos a sus hijos, claro que sí, pero no a los de los demás.

Debemos aceptarlo, respetar las normas del centro y aguantarse. No hay otra. Ajo y móvil al bolsillo.

Poder disfrutar del espectáculo o la competición sin distracciones, sin hacerlo a través de la pantalla del teléfono, tampoco debería estar tan mal. Ejercitemos la memoria. Y a aquellos que se lo perdieron, contémosles cómo resultó con nuestras propias palabras.

Y si no hay prohibiciones, si nadie nos ha dicho que no hagamos fotos, seamos prudentes. Siempre que sea posible procuremos que solo aparezcan nuestros hijos. Si salen otros menores nunca las subamos a redes sociales. Ni siquiera aunque tengamos esas redes sociales cerradas para que solo las vean nuestros amigos.

En el momento que subes una imagen a una red social, por mucho que esté restringida, has perdido el control sobre ella.

De hecho, también deberíamos plantearnos la conveniencia de subir a las redes las fotos de nuestros propios hijos. ¿Para qué? ¿De verdad es necesario? ¿Qué consecuencias puede tener? ¿Que pasará cuando nuestro hijo crezca y se vea así expuesto?

Me consta que hay gente que emplea Instagram o Facebook como una manera de conservar las fotos que más les gustan. Un repositorio de sus imágenes favoritas, para no perderlas si la memoria del móvil pide que borremos instantáneas. Pero hay otras vías, hay otras aplicaciones y herramientas con las que podemos almacenar de manera privada y segura esas fotos.

No lo olvidemos jamás, somos los guardianes de nuestros hijos.

¿Qué es ser madre?

O planteado de otra manera: ¿En qué te cambia ser madre? Solo puedo responder por mí.

Ser madre es que tu mente tenga dos cuerpos, o tres, o cuatro, de los que ser siempre consciente. Saber o cuestionarse si tienen hambre, si tienen sueño, si son felices o infelices, si el frío o el calor puede ser un problema y dónde se encuentran en todo momento.

Ser madre es que tu tiempo no te pertenezca. Tu tiempo es tuyo siempre y cuando tus hijos no lo requieran. Ellos están primero. En todo momento.

Ser madre es no dudar cuando te preguntan si quieres a otra persona más que a ti misma. Contestar con franqueza y de forma instantánea que sí a la pregunta de si darías tu vida por otro.

Ser madre es cambiante, es una evolución constante, un aprendizaje y un reto que no cesa.

Ser madre es mucho más que los primeros años de crianza. Ser madre es aprender a dejar volar, a dar distancia, a regalar independencia, a caminar de nuevo sola, con un único cuerpo.

Ser madre es aceptar con una sonrisa llegado el momento que por ti tal vez esa entrega absoluta no sea recíproca. Que tus hijos te querrán mucho pero sí que vacilarían en ponerte primero si su vida o la de sus propios hijos estuvieran en juego. Y bien está que así sea, no querrías otra cosa.

Ser madre es entender al fin lo que es ser hija, lo que tú eres para tu madre y lo que tu madre es para ti.

Gracias mamá.

El 23% de los casos de acoso social en los colegios es a menores con autismo, discapacidad, déficit intelectual o de atención

Hoy, dos de mayo, es el Día Mundial contra el Acoso Escolar. Precisamente por el día que es, este martes el Ministerio de Educación facilitó los datos restados mediante el teléfono gratuito contra el acoso escolar que existe a disposición de cualquier niño o adolescente que necesite ayuda.

No está de más hacer un inciso para recordar que es el 900 018 018, que es gratuito está operativo las 24 horas y es atendido por psicólogos apoyados por trabajadores sociales y abogados y que “en todos los casos se informa al interlocutor de los pasos que debe seguir para comunicar al centro educativo la situación del acoso, con el fin de que se tomen las medidas oportunas. Los casos que requieren atención especial, bien por su gravedady o por no haber recibido el apoyo esperado del centro educativo, se derivan a los servicios de Inspección Educativa o a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad”.

Volvamos a los datos facilitados hace un par de días. El ministerio de Isabel Celaá informó que había detectado por esta vía 5.557 posibles casos de acoso escolar en un año, la mitad de ellos a diario

Sorprende tal vez comprobar que las victimas son muy jóvenes. El 46% tenía entre 10 y 13 años y el 17% eran incluso más pequeños, de entre 8 y 9. Es decir, solo el 37% tenían más de catorce años.

Ya en segundo o tercero de Primaria conviene ir alertando a nuestros niños, cultivando su empatía y estando alerta para que no incurran en comportamientos que hieran a otros o para que no sean heridos hasta el punto de que se sientan víctimas de bullying.

Dar ejemplo, hablar del tema, generar confianza, enseñar a ser asertivos y, sobre todo, empáticos, son las claves para evitar hacer o ser objeto de burlas, de aislamiento, de daños a sus posesiones o físicos, que son algunas de las expresiones de acoso más citadas por los niños que han acudido a este teléfono.

Pero yo hoy quería destacar otro dato de los muchos facilitados, uno que no suele protagonizar titulares.

Mirad el gráfico de distintos tipos acoso social que reportaron los chicos. Hay tanta discriminacion por orientación  sexual como vejaciones en grupo a un niño por tener autismo, solo que una de cada diez personas es LGTBi y el ratio de personas con TEA es muy inferior.

Ambas son dramáticas, porque reflejan un rechazo al diferente condenable a una edad demasiado tierna.

De hecho la discapacidad está tras el 13% del acoso social. Si sumamos vejaciones en grupo por autismo, discapacidad, trastorno de déficit de atención o deficit intelectual sumamos 23%. Casi un cuarto de los casos de acoso social.

Leo esa conexión entre discapacidad y acoso y no puedo evitar recordar A Silent Voice, una serie de mangas y también una película que pueden ayudar a trabajar el tema con adolescentes.

Aunque ningún un niño está libre de sufrir acoso, las papeletas se incrementan al mandar a tu hijo al colegio cuando sabes que tiene algo que le hace desencajar dentro de la manada de la clase.

Por eso hoy también quería recordar algunas de las herramientas que tenemos a nuestro alcance.