Madre Reciente Madre Reciente

La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

Los niños no son seres humanos de segunda a los que podamos pegar o faltar al respeto

Los niños son seres humanos de pleno derecho. Es algo tan obvio que no debería ser preciso recordarlo, pero a aún a día de hoy, incluso en países como el nuestro, sigue siendo necesario poner sobre la mesa que cuentan los mismos derechos, incluso más aún, que cualquier adulto; que son merecedores del mismo respeto que cualquiera con edad para votar o conducir.

Demasiadas personas, también muchas que en un plano teórico jamás discutirán que hay que proteger y cuidar a los niños, en el día a día no los tratan como iguales, no los respetan, ejercen distintos tipos de violencia sobre ellos, asumen en demasiadas circunstancias que son ciudadanos de segunda o han interiorizado que sus hijos son de su propiedad.

Sin entrar en graves vulneraciones, que podrían considerarse delictivas hay demasiados ejemplos cotidianos de lo que cuento.

Sigo sin entender que en pleno 2018 se siga justificando tanto el educar a los niños mediante la violencia física. Son legión los que dicen que no pasa nada por tirar de cachete, pellizco o coscorrón. Claro que pasa. Es una agresión y no dice nada bueno de los que la justifican. La mayoría de los que quitan hierro a pegar a un niño, no defenderían pegar a otro adulto, nuestra pareja, padre o compañero de trabajo, para corregirle o porque nos ha hecho perder los nervios.

Es solo un ejemplo, uno muy obvio, pero hay más. Les gritamos, les insultamos, tiramos con ellos de chantaje emocional, les prohibimos el acceso a determinados sitios porque molestan, les castigamos sin proporción ni remordimientos, no tenemos en cuenta su opinión o les forzamos a comer sin tener en cuenta sus gustos y apetito.

Educar, establecer normas, que entiendan que sus actos tienen consecuencias, no solo es positivo y necesario para ellos, también es nuestra obligación. Y es algo perfectamente compatible con tratarlos con respeto, no hacerles nada que no haríamos a otro adulto, teniendo siempre su bienestar como prioridad.

Somos sus guardianes, pero no son nuestros para hacer con ellos todo lo que nos parezca oportuno.

Es nuestra obligación reflexionar sobre nuestros modos de proceder, nuestras creencias, por arraigadas que sean. Es inteligente ponerlas en duda, no perpetuar sin pensar lo que nosotros vivimos siendo niños, no dar nada por sentado en nuestra relación con ellos.

Hoy es un buen día para hacerlo. Hoy, 20 de noviembre, es el Día Internacional del Niño, un día señalado por la ONU en conmemoración del aniversario de la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño en 1959.

(GTRES)

¿Es mejor confesar a nuestros hijos el secreto tras los Reyes Magos o dejarles que lo descubran solos?

No sé cómo y a qué edad supisteis vosotros o vuestros hijos quiénes eran los Reyes o Papá Noel. Mi hija tiene nueve años y jamás ha puesto en duda la magia que los adultos construimos tras los regalos de Navidad de los Reyes Magos. En su forma de ser está el querer creerla cierta e impermeabilizarse a los comentarios, razonamientos que invitan a sospechar y deslices que hayan podido rondarle.

Lo sé porque es mi hija y la conozco, pero también porque yo era igual. Me recuerdo siendo de las últimas de mi clase en no querer saber la realidad. Defendiendo con vehemencia con unos once años junto a otra compañera frente a todas las demás que no, que no eran los padres, aunque en el fondo sospechara estar errada.

Aquello, obviamente, cayó al poco tiempo por su propio peso, pero no me sentí en ningún caso estafada o decepcionada. No recuerdo ni cabreo ni trauma. Que haya perpetuado en mis hijos y el resto de niños que me rodean ese bienintencionado y generalizado engaño del mundo adulto al infantil es buena prueba de ello.

Sé de gente para la que no fue así, para la que sí fue un jarro de agua fría difícil de digerir. Algunos que lo descubrieron cuando aún eran demasiado pequeños o de formas poco afortunadas, incluso me han hablado de un castigo paterno que se tradujo en la revelación del secreto.

Os confieso que ando barruntando sentar a mi hija cuando cumpla en marzo los diez años, aprovechando que es un número redondo y en el límite de mantener la creencia, para que nosotros, sus padres, le contemos lo que hay de forma positiva y la hagamos parte de estar al otro lado de la magia con sus primas pequeñas y todos los demás niños. Me parece más recomendable que dejar que se mueva en la incertidumbre, en el no atreverse a confesar que ya lo sabe o que algún renuncio suyo o ajeno descubra de mejor o peor manera el pastel. Me inclino a pensar que es mejor tener controlado cómo afrontarlo, también que si nosotros la metimos en esto, es nuestra obligación sacarla de la mejor manera posible.

No obstante, no lo tengo del todo claro. ¿Qué opináis?

Me da la impresión de que no dar el paso de contarlo responde más a nuestro deseo de prolongar esa magia, esa ilusión de la que tanto disfrutamos los adultos, que a otra cosa. Aun a riesgo de que todo tenga un mal final. También tal vez a no saber cómo confesarlo. Me consta que en algunos casos hay padres que creen oportuno que se caigan ellos solos del guindo y dejarles a ver cómo reaccionan, porque lo consideran un aprendizaje.

Me inclino a desvelarlo, sí, pero no las tengo todas conmigo.

¿Qué creéis debería hacer?

(Gtres)

Dejad que los niños se acerquen a los fogones

Este es un post nacido de un hilo de Twitter. De un hilo sin aspiración ninguna, improvisado tirando de fotos conservadas de milagro en el carrete del móvil. Escrito de pie en la cocina, mientras preparaba la cena de mi hijo. Mejor lugar, imposible.

La infancia que mejor recuerdo transcurrió en Asturias, donde las cocinas y las raciones son más grandes que en Madrid y la comida parece tener más sabor. Muchos de los recuerdos de mi niñez están vinculados a la cocina. Tanto buenos como malos.

Los malos son aquellos en los que me querían obligar a comer, en los que me forzaban a probar, a tragar más, a meterme en la boca aquello que no me parecía nada apetitoso sobre el plato. Tenía fama entonces de mala comedora, de comer cuatro cosas que me entrarán por los ojos.

Los buenos son aquellos en los que me dejaban participar en la cocina. Preparar galletas con la nata de las vacas vecinas, remover un guiso, liberar los guisantes de sus vainas, pasar manzanas y asarlas o cortar judías verdes que irían en conserva. Aun a día de hoy pienso en mi abuela Maruja cuando percibo el olor de las judías frescas. Y dudo que alguna vez deje de sentirla así.

Tenía claro por tanto lo que quería para mis hijos. Jamás obligarles a comer, respetar siempre su apetito igual que, de adultos, hacemos respetar el nuestro. Y cocinar con ellos. Para cimentar recuerdos de momentos compartidos en torno a la comida, pero no solo eso.

Merece la pena perder el miedo a que se acerquen a los fogones. Con sentido común, sin forzarles, cuidando la seguridad, dejar que cocinen con nosotros no tiene más que ventajas.

Ahora sí, el hilo:

“¿Qué consola me recomiendas para un niño pequeño?”

Me han hecho esa pregunta con relativa frecuencia. Ante la cercanía de una comunión, un cumpleaños, pero sobre todo en torno a estas fechas. Este año ya me lo han planteado en dos ocasiones. Normalmente son adultos que nunca o apenas han jugado a videojuegos, para los que es un terreno ignoto, y tienen niños pequeños, lejos aún de la adolescencia. Así que he decidido convertir la respuesta en post que ya aviso que es para neófitos; si sois medianamente jugones no vais a encontrar nada nuevo bajo el sol (y serán bienvenidas vuestras sugerencias).

Vamos allá. Suelo recomendar en estos casos las máquinas de Nintendo. Y no deja de ser curioso, porque quitando sus consolas portátiles, yo no he sido nunca demasiado nintendera. Confieso no haber sido demasiado plataformera y no soy fan de Mario, por mucho que el fontanero tenga títulos magníficos. Pero creo sinceramente que Nintendo es la firma que tiene mejores catálogos si pensamos en un público infantil o familiar, incluso cuando la consola es nueva y esos catálogos aún son escuetos.

A día de hoy, ya superada la Wii (aunque aún es una opción barata y en segunda mano y muchos buenos títulos a buen precio), las mejores opciones para iniciar a uno de esos niños en el mundo de las consolas y los juegos y que, ya de paso, también se adentren sus padres, es la Nintendo Switch o la portátil 3DS 2DS en sus distintas opciones.

La primera es más cara y ese es su principal inconveniente. Se puede encontrar por unos 315 euros, raro es verla por menos. Viene con dos mandos y si queremos tener tres o cuatro para jugar en familia hay que apoquinar unos cincuenta euros por cada uno. Además los mandos (joycon) son delicados, hay que insistir en que se traten con mimo a la infantería. Pero si nos podemos permitir el desembolso es una opción estupenda porque sirve tanto como consola portátil con la que jugar entre las manos como consola de sobremesa, con la que jugar en la tele del salón.

Arrancó con un catálogo escasito, pero ya pasado un año, se han puesto las pilas y tiene una oferta amplia. Es cierto que muchos son remakes de juegos de la Wii U, así que solo a los que vengan de la anterior consola puede saberles a poco. Pero si estábamos hablando de la primera consola de un niño, ahí no hay inconveniente.

Mario Kart, Mario Party, Nintendo Labo, Mario Tennis, el Overcooked
o Mario Odyssey son ejemplos de juegos que son blancos y estupendos, que se pueden jugar en solitario o en compañía y son muy divertidos para niños y adultos. The Legend os Zelda: Breath of Wild puede ser largo y algo complejo para los niños más pequeños, pero es una maravilla. Y hoy mismo salen a la venta Pokemon Let’s Go Eevee o Let’s Go Pikachu, la esperada traslación a “consola grande” de los juegos de Pokemon que tanto gustan y que estamos deseando probar en casa este fin de semana. Pero hay más opciones, todo es echar un ojo al catálogo teniendo presentes los gustos de nuestro hijo.

Y Nintendo Switch tiene el mejor control parental que yo haya visto. Nos podemos descargar una aplicación en el móvil con la que vemos el tiempo que ha jugado cada día el niño, a qué juegos y establecer límites de tiempo con avisos, incluso detener el juego desde la distancia con algo que en casa llamamos “el botón de la muerte”. Tengo que hablaros más despacito en el futuro de este sistema.



La Nintendo 3DS o 2DS es una opción más económica y veterana,
por lo que el catálogo es amplísimo. Hay diferentes rangos de precio en función de la consola que elijamos, se mueven entre los menos de 100 euros de una 2DS (incluyendo juego preinstalado) y los 150 de la 3DS XL, pero hay mucha consola en buen estado y a buen precio de segunda mano. Y no hay que pagar por mandos aparte. En la web de Nintendo se puede consultar toda la familia de portátiles existentes. Su único inconveniente es que el juego es solitario, no facilita en absoluto el jugar en familia, con lo que puede implicar si hay varios niños en casa o queremos jugar con ellos (y yo siempre recomiendo jugar con nuestros niños si es posible).

Insisto, juegos hay a montones. Si tengo que recomendar algo que sea divertido, bueno y blanco diría que el Animal Crossing, una gran mayoría de los del clan de Mario y los de Pokémon, que además esas aventurillas ayudan un montón a los niños a ganar velocidad lectora. Como siempre, los gustos de los niños también mandan.

Por cierto, ambas consolas tienen unas figuras monísimas que se llaman Amiibos, pero más allá del goce del coleccionismo, confieso que no les veo mucha chicha a la hora de disfrutar jugando.

Y por último, cuando lo que hay ya en casa es una PlayStation o una XBox, porque los adultos de la familia así lo querían y ahora buscan también juegos infantiles o tal vez porque han heredado o comprado barata y de segunda mano una de estas consolas, los juegos que siempre recomiendo son los de la saga de Skylanders, que me parecen fantásticos para niños (ojo, que requieren comprar también las figuritas de los personajes); las aventuras de Lego, sobre todo de aquellas franquicias que más gusten al niño; y los simuladores deportivos si es que el niño es de los que sienten inclinación por los deportes.

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“¿Dónde puedo conseguir un casimerito (o ksi-merito)?”

Esa pregunta, en tono de desesperación, se la escuché el año pasado por estas fechas a varios padres, en mi entorno laboral y familiar. “¿Qué son los casimeritos?”, pregunté la primera vez que escuché el término, con mi antena bloguera desplegada. Y así fue cómo me explicaron que eran unos muñecos procedente de México, de pequeño tamaño, que se habían popularizado mucho en España desde Youtube.

Los casimeritos (o ksi-meritos mejor dicho), sin entrar en si son bonitos o feos, son supuestos bebés neonatos de otros planetas con nombres de resonancias mexicanas como Machincuepa o Ansinita a los que hay que quitar el cordón umbilical al desembalarlos de la caja, que es su incubadora, y llevarlos siempre a cuestas prodigándoles cuidados. Así, en teoría, la cosa no parece demasiado original. Hay multitud de muñecos que encierran historias semejantes.

Los Ksi-meritos son un éxito gracias a Youtube. Los son por aparecer en numerosos canales infantiles, entre ellos el de una youtuber ya adulta llamada Enfermera Tania, supuesta experta en cuidados neonatales que explicaba cómo cuidar a estos juguetes e impulsada por Distroller, la empresa fabricante de estos juguetes.

Los niños los habían visto en vídeos, los querían, estaban en las cartas destinadas a Papá Noel y los Reyes Magos, pero el juguete era Mexicano y resultaba una proeza conseguirlo. Una proeza y un gran desembolso. Me hablaron de gente consciente del fenómenos y espabilada que había venido de México con varios de estos muñecos y se los habían quitado de las manos por precios muy superiores a los cien euros, de encargos a gente que viajaba allá, me mostraron en Wallapop o milanuncios ofertas de estos muñecos a precios astronómicos que volaban. Como poco había que apoquinar ochenta euros por un muñeco que en México se puede encontrar por 25. Ríete tú de la reventa de entradas de conciertos.

La ilusión que tenemos como padres de ver cumplidas las peticiones de nuestros niños, el deseo de no romper la magia de estos días, encierra la trampa de vernos atrapados en peticiones imposibles o de muy difícil cumplimiento. Realmente los beneficios del juego simbólico, que son muchos, el disfrute de jugar cuidando a un muñeco, no debería estar vinculado a que ese muñeco sea un ksi-merito y deberíamos ser capaces de transmitírselo a nuestros hijos. Pero ese es otro tema.

La cuestión es que el año pasado fueron un fenómeno en España. Los que consiguieron uno fue dejándose un dineral y muchos no pudieron lograrlo. Este año llegaron a España, a El Corte Inglés, y me consta que se agotaron en un suspiro, porque conozco padres que apenas tardaron un día en ir a buscarlos y ya no quedaban. En la web de la empresa también figuran ya como agotados. Así que me da la impresión de que este año se va a repetir la misma película.


¿Qué es lo que me parece más interesante de todo este asunto?
Pues que ejemplifica muy bien cómo Youtube influye en los deseos de los niños, cómo de manera exponencial está marcando qué quieren, que no son solo estos muñecos, hay muchos otros productos cuyo éxito ha nacido esa red. También que los padres tenemos que extremar el cuidado sobre esa plataforma cuando hablamos de la infancia. Nuestros niños menores de diez años no se mueven por Instagram, Facebook o Twitter, les damos desde bebés móviles y tabletas con la música del Cantajuegos y en menos tiempo del que creemos están viendo canales de Youtube protagonizados por productos y no por música, que les crean necesidades innecesarias.

Y la industria lo sabe y cada vez va a desplegar más tropas en ese territorio. Os dejo un párrafo con una reflexión que hizo José Antonio Pastor, presidente de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ), para un tema publicado hoy mismo en 20minutos sobre la próxima campaña navideña.

“Se ponen cosas de moda sin que haya habido ninguna publicidad que los adultos hayamos visto, que van por otros medios. Pero al final el juego está, la necesidad del niño de jugar también. Los juguetes se mueven por otros lados, pero se mueven. Nosotros como industria nos debemos adaptar. Este martes presentábamos un estudio en el Instituto Tecnológico del Juguete y una de las claves era que los niños quieren ser youtubers. Los talentos digitales se llaman ahora. Lo que sea. Están ahí, se ven y tenemos que incorporarlos, utilizar los medios que tenemos para llegar a los niños allá dónde estén”.

Hay todo un universo diseñado para atraer al público infantil en Youtube. Un universo de profundidad abisal formado por youtubers de todo tipo, más y menos recomendables, plagados de publicidad manifiesta y subterránea. Y una mayoría de esos contenidos aportan poco o nada, no vamos a engañarnos.

No es un ataque a Youtube ni mucho menos. Hay youtubers fantásticos, divulgadores maravillosos que nos ayudan a entender mejor la música, los libros, los lugares que queremos visitar como turistas. Comunicadores estupendos, con criterio y ética, para formarnos una idea sobre si ese videojuego o esa película merece la pena, nos puede gustar. Os recuerdo que defendí a Luzu aquí mismo no hace mucho.

Pero también hay mucha morralla y no podemos dejar a los niños navegando por ese vasto océano sin supervisión. Hay que conocer lo que ven y dirigir su rumbo, buscando aquello que suma y descartando lo que es un mero aparcaniños audiovisual, que les tiene tranquilos y sin molestar, y además expuestos a una publicidad poco controlada.

Lo que necesitan los niños con diabetes

Este miércoles, catorce de noviembre, es el día mundial de la diabetes, un día instaurado en 1991 para concienciar sobre esta enfermedad que en realidad son dos: la diabetes tipo 1 y al tipo 2. La primera es la que afecta a los niños, a muchos niños, con frecuencia desde que apenas son bebés. Hay unos 30.000 menores de quince años en España con diabetes.

Son niños que sobra decir que tienen todo el derecho a tener las mismas oportunidades y experiencias que sus hermanos, primos o compañeros.

Les toca, no hay más, controlar a diario varias veces sus niveles de glucosa, calcular lo que ingieren y el ejercicio que hacen, suministrarse insulina o tomar azúcar, pasar por revisiones médicas periódicas.

Son niños que tienen que interrumpir juegos para punzarse en el dedo y comprobar su nivel de glucemia; niños que no tienen más remedio que esperar para poder comer la tarta de cumpleaños que sus amigos ya están devorando porque estaban altos y la insulina tiene que hacer efecto; son niños que si están bajos de azúcar en sangre tienen que sentarse y esperar viendo al resto correr; niños que ven como a su alrededor la gente les observa porque tienen que pincharles, porque llevan una bomba pegada al cuerpo que suministra insulina o un sensor en el brazo; niños que tienen que ser pronto responsables para no comer sin preguntar, avisar si se sienten raros o empezar a aprender y gestionar ellos mismos su enfermedad gradualmente desde muy pequeños.

Yo he visto todo eso. Igual que he visto cómo son capaces de sobreponerse a todo eso, de mirar al viento que les azota de cara con paciencia y sonrisas. Logran, con frecuencia mejor que los adultos que les rodean, vivir con diabetes pero no para la diabetes.

Y como sociedad tenemos que darles todo lo que necesitan para que sea efectivamente así. Para que no se pierdan nada, no se sientan más distintos de lo que es confortable.

Los avances tecnológicos son sus aliados, la manera de cuidar su salud a corto y largo plazo y que tengan un día a día normalizado. Bombas de insulina y sensores son grandes avances recientes, que siguen mejorando en prestaciones cada poco. Todos estos niños y sus familias tienen que tener a su disposición estos instrumentos y formación adecuada para usarlos sin coste.

Necesitan profesionales de la salud formados y actualizados Sobre la diabetes y las particularidades que tiene en la infancia. Desde los endocrinos que los llevan en el hospital hasta el pediatra de atención primaria o el que se encuentran un día en urgencias.

(JORGE PARÍS)

Pasan muchas horas, muchos años, en centros escolares, que también tienen que poner de su parte. Sobre todo durante los primeros años, cuando aún no son completamente autónomos, necesitas la asistencia de enfermeros, profesores implicados a los que no les pueda el miedo a lo desconocido y sepan gestionar en su clase que no se sienta diferente. También directores y orientadores que antepongan el bienestar y el crecimiento personal de todos sus alumnos a cualquier otra consideración. No puede ser que se pierdan excursiones o campamentos, que tener las mismas experiencias que sus compañeros suponga un coste en dinero y tiempo añadido a las familias.

Necesitan que si sus sueños son ser de mayores policías, patrones de barco, auxiliares de vuelo o guardias civiles, la normativa se actualice para que no se vean frustrados.

Necesitan que su familia y amigos nos impliquemos. Sus padres lo estarán, o al menos eso es lo normal y deseable. Es lo que necesitan. Una vez superado el golpe inicial se formarán, una formación que no cesa, y se entregarán a su cuidado. Son padres que también tienen el reto de vivir con la diabetes pero sin que su vida esté protagonizada por la diabetes. No es siempre fácil, son padres que viven pendiente del móvil, por si el maestro tiene alguna duda o se produce alguna urgencia; cuyo sueño nocturno es interrumpido con frecuencia para hacer controles, remontar hipoglucemias o bajar subidas de azúcar; que tienen que explicar y enseñar con frecuencia a propios y extraños; que deben aprender de nutrición; que tienen que decir no a sus hijos cuando el cuerpo les pide decir sí; que tienen que procurar apartar las preocupaciones a medio o largo plazo y encarar una maratón diaria mirando a corto con optimismo.

Por eso el resto de adultos que rodeamos y queremos a esos niños también debemos poner de nuestra parte. Hay que querer aprender apartando temores, asumir la responsabilidad de cuidarlos sabiendo que podemos equivocarnos y que no pasa nada. Tienen que poder quedarse a dormir en casa de sus primos y amigos, tienen que poder venir al cine y comer palomitas con nuestros hijos mientas sus padres están a otra cosa.

Los niños con diabetes nos necesitan a todos. Y nos necesitan ya.

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Lo de que que los bebés a partir de los seis meses deben dormir solos y del tirón es una leyenda urbana

La semana pasada tuvo lugar un encuentro al que me hubiera gustado poder asistir, pero la ubicuidad por desgracia aún no está inventada. Fue el II Congreso sobre Lactancia organizado por Suavinex, al que acudieron más de 100 matronas, asesoras de lactancia y madres que divulgan sobre crianza en sus redes sociales.

Este blog evoluciona conmigo, crece igual que mis hijos, por lo que ya no hablo demasiado de lactancia. Pero mi apoyo por esta práctica sigue muy presente, no por nada pasé cinco años lactando tan feliz, consciente de sus diversas ventajas.

GTRES

Mi último contenido al respecto fue recordar, por la semana que la ONU dedica al fomento de la lactancia a comienzos de agosto, que defender la lactancia materna no implica atacar a las madres que no han lactado. El respeto y el sentido común deberían enterrar más pronto que tarde las guerras de la lactancia.

Con ese espíritu quiero recabar aquí lo que allí se dijo. Pero, claro. Ya os dije que yo no estuve. Por suerte las redes sociales permiten sentirse allí, estar informados de lo que se cuenta en muchos encuentros a los que, por el motivo que sea, no llegamos.

En el acto el protagonismo lo tuvo el sueño de los recién nacidos y sus padres. Es algo de lo que más preocupa los primeros meses, sobre lo que más preguntamos a los padres recientes. Sobre ello habló la doctora María Berrozpe, especializada en lactancia materna y centrada en la investigación de la básica y el desarrollo de los niños. Habló sobre el breastsleeping, que analiza la relación entre el sueño y el pecho.

Va lluvia de conceptos interesantes en forma de tuits:

Y el otro gran tema también es importante. Y además solidario. Joanna Saldón, presentadora del acto y madre de una niña prematura extrema que recibió leche materna durante los tres meses que estuvo ingresada en la UCI subrayó la enorme labor que realizan los bancos de leche y el acto de generosidad de las madres donantes. Y para conocer la otra cara de la donación acudió Lorena Renedo, madre donante.

Cómo comprar cuentos para nuestros niños para no encontrarnos ‘magestuosos’ caballos

La pasada semana me pasé por la oficina de Correos de mi barrio junto a mi hija. Mientras esperábamos, estuvimos cotilleando lo que tenían a la venta: cajas decoradas, productos de UNICEF y libros infantiles. Había cuentos y álbumes con pegatinas sobre distintos tipos de animales.

Esto es lo que encontramos nada más abrir el de los caballos. Un ‘magestuoso’ caballo andaluz. Mi hija, que tiene nueve años y confía en la letra impresa no se sobresaltó, pero a mí casi se me caen los ojos.

Nadie está libre de cometer una errata. Son las últimas que abandonan el barco, que decía un amigo. Pero una tan clamorosa, detectable por cualquier corrector automático y en un libro dedicado al público infantil con tan poco texto, me parece que clama especialmente al cielo.

A saber escribir se aprende leyendo. No nos engañemos, por mucho que estudiemos la asignatura de Lengua, las reglas a seguir, en gran medida cómo escribimos viene de nuestra memoria visual, de lo que hemos visto impreso. Que algo mal escrito nos chirríe cuando lo vemos es lo más habitual.

Encontrar esas majestuosas faltas de ortografía en libros destinados a los niños, que están construyendo ese radar, duele especialmente por tanto. Igual que es una pena que haya tanto cuento y álbum de calidad inexistente dirigidos a sacar pasta de la infancia.

Normalmente muy baratos, proliferan en mercadillos, casetas de numerosas ferias dedicadas al libro y supermercados. Por dos o tres euros facilitan versiones, a veces realmente malas e incluso incongruentes, de los cuentos clásicos infantiles, recopilatorios de chistes o curiosidades, álbumes con pegatinas, de animalitos como el de la imagen de este post, etc. Hay editoriales especializadas en publicar estos subproductos de usar y tirar que poco aportan.

Como dice la cuentacuentos y bloguera especialista en literatura infantil Trastadas de mamá, hay demasiados casos en los que parece que si es un libro para niños cualquier cosa vale, y no debería ser así.

Las familias deberíamos apoyar solo a las editoriales que miman sus productos, que se toman en serio la responsabilidad que supone hacer un libro dirigido a los niños, y no a empresas que sacan morralla insulsa y barata, pero sin valor, pensando solo en lucrarse.

Y eso me recuerda este viejo post con consejos para comprar cuentos. Os recuerdo parte, por si en esta época previa a las navidades os resulta útil.

También os recuerdo que los libros pueden ser regalos estupendos, que otro mal muy arraigado entre demasiados es creer que regalar un cuento es como regalar unos calcetines, que los niños solo aprecian los juguetes.

¿Cómo comprar cuentos para nuestros niños?

Es buena idea seguir las recomendaciones procedentes de los colegios, libreros de confianza y otros padres en cuyo criterio confiemos. Teniendo siempre en cuenta que hay un mundo a descubrir mucho más allá de los típicos clásicos súperventas como ¿A qué sabe la luna? O Adivina cuánto te quiero.

Algunos de los cuentos más cuidados, con más cariño creados y que más han gustado en casa, provienen del crowdfunding, no son tan populares, pero igualmente meritorios. En el blog he hablado, por ejemplo de Las ciudades de colores, Un amigo diferente, El silencioso amigo del viento, Galgui o Mujeres. Es una vía a explorar.

Hay blogs dedicados a reseñar estos productos. Yo lo hago de vez en cuando pero ahí está, por ejemplo, el blog especializado en estas lides de Trastadas de mamá, que es bibliotecaria y cuentacuentos, hace talleres de cuentos para padres y puede guiarnos, también desde sus redes sociales.

Una ventaja de los cuentos es que son breves y se les puede echar un buen vistazo antes de comprarlos en casi cualquier librería. Merece la pena hacerlo. Igual que merece la pena llevar a los niños a esas librerías que permiten que miren y decidan qué les gusta y escucharles.

Otra buena idea es fijarnos en los nombres de los autores y de las editoriales. De hecho, cuando he leído cuentos con Julia siempre empezamos viendo la portada y leyendo quien lo ha escrito y publicado. Si un autor nos encanta podemos mirar que más hay publicado en España por esa persona. Lo mismo vale para las editoriales que veamos qué sacan títulos que nos gustan y que tienen en sus webs y redes sociales sus catálogos y novedades.

Conviene desconfiar de entrada de los libros vinculados a licencias. Puede haber cuentos estupendos basados en La patrulla canina, Peppa Pig o cualquier otra serie infantil de éxito, que juegan con el factor nada desdeñable de despertar el interés de nuestros hijos de entrada por tratarse de personajes que les gustan, pero a veces se da lo de “tira de la licencia y échate a dormir”. Si la calidad del cuento no nos convence, mejor ponerles un episodio de la serie en la tele y leer otro cuento. En casa hemos leído muchos cuentos y ninguno con licencia se encuentra entre los mejores.

Las bibliotecas públicas son un gran invento infrautilizado con frecuencia. Todas tienen sección infantil y acudir allí nos permite trabajar con nuestros hijos la responsabilidad y el cuidado de los bienes ajenos.

Y para terminar, por mucho que muchos cuentos tengan un importante componente educativo, lo más importante es que nuestros niños se diviertan, que disfruten entre sus páginas. El amor a la lectura no nace de la imposición y no a todos nos gusta lo mismo. Tal vez un libro que a nosotros nos parezca maravilloso, a nuestros hijos no les llame la atención. En esos casos no merece la pena insistir.

‘Maquia’, el amor de una madre llevado al ánime

En Maquia hay dragones, por mucho que no tengan ese nombre y se consuman bajo la docilidad del cautiverio. En Maquia hay elfos, aunque tampoco se llamen así y equivoquen sus pasiones. En Maquia hay construcciones que nada tienen que envidiar a las altas y blancas torres de Minas Tirith; tampoco en los malos gobernantes. En Maquia hay hermosas y desdichadas princesas, encerradas en torres de marfil. En Maquia hay magia, maravilla y épica. También poesía, la que enmarca los últimos momentos de las leyendas.

Maquia es todo eso. Es un universo de fantasía bellamente diseñado que logra deslumbrar. También sorprender, pese a los muchos mundos similares que hayamos conocido, con un guion que huye de los caminos transitados en exceso.

El gran mérito de esta película, premiada en Sitges, es que ni dragones, ni elfos, ni batallas épicas o amores desgarrados son los protagonistas. La verdadera magia que esconde Maquia se encuentra en el amor de las madres por sus hijos, firme como una roca una vez despierta; en el amor de los hijos por sus madres, cambiante y también permanente; está en la belleza de lo cotidiano, de tal manera que aquello que no rutila es lo que acaba calando más profundamente nuestro corazón.

Los elfos y los dragones, los reyes y las princesas, quedan pronto eclipsados por el transcurrir de las vidas de personajes que en las grandes sagas épicas serían secundarios. Personajes para los que el transcurrir del tiempo es disparejo, convirtiendo la asunción del dolor y la pérdida en una valiosa enseñanza. El amor siempre merece la pena, por mucho que no vaya a ser eterno.

El paso del tiempo tiene un sentido. Igual que lo tiene avanzar encontrando personas a las que querer y viendo cómo la distancia o la muerte nos las arrebatan. Somos lo que otros hacen de nosotros, cómo nos criaron nuestros padres, de quienes estuvimos alguna vez enamorados por mucho que lo hayamos olvidado.

Me resulta inevitable contemplarla en cierto modo como heredera de otra película de animación notable, nacida de la colaboración entre artistas japoneses y estadounidenses y que cumple este año su 36 aniversario: El último unicornio, inspirada en un delicioso relato de Peter S. Beagle. Encuentro cierta similitud estética y también un parecido tono melancólico, crepuscular. Así como el hecho de que en El último unicornio también hay criaturas mágicas, reyes y castillos, pero busca profundizar y trascender en un universo de emociones reconocibles por todos y se recrea en los clásicos personajes que son comparsas en otras historias.

Igual que me recuerda al espíritu de Olvidado rey Gudú de Ana María Matute, una escritora a la que nunca está de más reivindicar.

Esta película de animación de la directora Mari Okada, guionista de Anohana (2013) y The Anthem of the Heart (2015) llega este viernes a los cines. No a demasiados y no durará mucho, así que si os interesa os recomiendo reaccionar rápido para no perder la oportunidad de verla en pantalla grande.

Dura casi dos horas y creo que los niños a partir de 8 o 9 años pueden disfrutarla, teniendo siempre en cuenta que es una narración que conmueve hasta las lágrimas, que encierra esperanza pero no es la típica historia fácil y cerrada a la que muchos niños están acostumbrados.

La protagonista de esta obra se llama Maquia y es de la raza iolf, cuyos miembros conservan la juventud durante siglos. El segundo protagonista es Ariel, un chico que pierde a sus padres a una edad muy temprana. Maquia no envejece por más años que pasen, pero Ariel sí. Y esta es la historia sobre cómo se va transformando el vínculo entre ellos.

Sé amable, ten paciencia, no hables mal de los demás

El pasado viernes estuve en el funeral laico de un gran mentor, de alguien que fue mi jefe, mi maestro y mi amigo. A lo largo de varias horas, distintas personas nos acordamos de él, desde lo alto de un estrado y también en corrillos.

Era Pepe Cervera, biólogo, periodista, fan de Terry Pratchett, esgrimista, entusiasta divulgador, submarinista, maravilloso sabelotodo. Todo lo que era, todo lo que hizo, era tanto que si te paras a pensarlo abruma. Pero que tantos estuviéramos abarrotando el salón de actos de la Asociación de la Prensa no tenía tanto que ver con sus méritos profesionales, por muchos que tuviera. Si estábamos allí, celebrando haberle conocido, orgullosos de haber sido amigos suyos, era por el tipo de persona que fue.

Lo que más se ha ponderado con sinceridad desde su fallecimiento era su humildad, su bondad, el hecho de que siempre fuera amable, que jamás hablara mal de nadie, incluso de personas que lo merecían, su talante conciliador, su sano escepticismo. Su enorme paciencia y el hecho de que cuando estabas con él, contaras con toda su atención y te hiciera sentir valorado y a gusto. Era todo un caballero en el mejor sentido del término.

Cuando uno se va, eso es lo que debería quedar. Ese es el legado que deberíamos dejar. Ojalá cuando llegue el día en que abandone este mundo, la gente que quede atrás me recuerde de semejante manera, como alguien que no sembró cizaña y sí cariño, alguien que aportó y no restó. Lo demás, poco importa llegado ese momento.

En aquel evento, otro amigo común dijo que haber tenido la suerte de conocer a Pepe no era gratis porque nos dejó marcado el camino a seguir. Nos enseñó el tipo de persona que deberíamos ser. No puede ser más cierto.

Tal vez os preguntaréis qué hago hablando de Pepe Cervera en este blog y a estas alturas. Muy sencillo. La despedida de Pepe me ha hecho ver de nuevo lo importante que son la bondad y la amabilidad; virtudes que están infravaloradas injustamente en esta sociedad, pero que cuando se dan en alguien con consistencia y a lo largo del tiempo, brillan más que ninguna otra.

No solo eso, no solo brillan. Estoy convencida de que son el único camino posible para ser feliz. Por eso será mi empeño no sólo seguir yo ese camino, sino transmitírselo a mi hija. Y es algo que se logra más con el ejemplo que con charlas. Al modo de Pepe.

Además, se traducen en gestos pequeños. Acciones cotidianas, oportunidades diarias si las sabemos ver con la que entrenar e interiorizar el ser una persona que aporta, que no resta.

Hablar siempre con respeto a los demás. Saludar, dar las gracias y pedir perdón. No creerse superior, mejor que nadie. Evitar encontrar divertimento hablando mal de otros. No prejuzgar, no elaborar juicios precipitados ni suponer que lo sabes todo de esa persona que tienes enfrente. No escatimar sonrisas. Dejar pasar por caja a esa persona que hay tras de ti y que lleva apenas compra. Mostrar interés por lo que el otro te está contando. Ayudar siempre que sea posible. Dejar el asiento del tren a otro que lo necesita más. Explicar con paciencia un proceder a un compañero de trabajo. Intentar ponerse en el pellejo del otro.

Pepe hacía que pareciera tan fácil como respirar. A eso aspiro yo, para mí y para los míos.