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La maternidad es tan cambiante
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Por qué he dejado de seguir a los que buscan popularidad en Instagram usando a sus hijos

En mi anterior post os hablaba de cómo somos la primera generación de adultos que necesita aprender a gestionar la exposición de sus hijos a redes sociales. Hemos pasado en muy poco tiempo de llevar una foto en la cartera que mostrar con orgullo a conocidos, familiares y amigos, a hacer fotos y vídeos a miles gracias a llevar smartphones siempre encima y subir esas imágenes a redes sociales.

Todos tenemos que aprender a ser prudentes, a contar con los niños, a pensar en las repercusiones que pueden tener nuestras acciones y a dar ejemplo a nuestros niños haciendo nosotros en primer lugar un uso responsable de las redes sociales. Ayer hablábamos de eso.

Pero hoy me quiero centrar en otro aspecto de esta realidad, uno más concreto. Hoy quiero hablar de los influencers, o de aquellas personas que aspiran a serlo, gente cuyo mayor activo son los seguidores que tienen en redes sociales.

Conmigo que no cuenten para presumir ante las marcas, para sacar pecho admirando lo nutridos que están sus instagrams, si están utilizando a sus propios hijos como munición para lograr ese objetivo.

Llevo ya un tiempo que no doy ‘me gustas’ ni entrego corazoncitos virtuales a nadie que busca activamente la popularidad en redes sociales, menos aún si son ya parte de su medio de vida, subiendo constantemente fotos de sus niños.

No hablo de gente bienintencionada, influencers o no, que ocasionalmente muestran a sus hijos y lo hacen con prudencia o algún buen motivo. Hablo de los que no paran de emplearlos como andamiaje de su popularidad con imágenes del estilo de las de los bancos de imágenes que usamos en los medios de comunicación, fotos muy bonitas y del todo vacías como las que ilustran este post.

Sucede sobre todo en Instagram, esa red social que tiene muchas maravillas pero que favorece lo superficial sobre la profundidad al impedir enlaces y limitar la cantidad de texto que admite. Y sucede sobre todo (no siempre, es verdad) con cuentas en las que todo parece perfecto, casas maravillosas, familias siempre felices, niños que parecen listos para salir en una revista incluso recién levantados, que si en alguna foto están llorando, algo sucios o despeinados parece también algo cuidadosamente estudiado.

Esas cuentas con cientos de miles de seguidores, con fotos y familias impolutas, sonrisas de anuncio de dentífrico o de anuncio de Coca Cola, no han tenido nunca ningún valor para mí. Pero es que últimamente miro a esos niños disfrazados de perfección y no dejo de hacerme preguntas sobre su futuro, qué pensarán cuando cumplan años de esa exposición, si siempre se prestan a esas sesiones de fotos con gusto, si se ha hablado con ellos a fondo para contar con su consentimiento.

También sobre cómo invitan a que muchos de esos cientos de miles de seguidores intenten imitar a esos influencers y suban fotos de sus hijos sin reflexionar en profundidad sobre las consecuencias.

Es mi decisión personal y no pretendo tener la razón ni convencer a nadie. También sé que tener de escaparate a los niños en Instagram no implica no quererlos mucho, no pretender protegerlos. Pero no puedo evitarlo. No me gusta.

Insisto. Que no cuenten conmigo.

GTRES

Termino recordando una noticia reciente: en diciembre un tribunal italiano multó a una madre con este perfil de influencer con 10.000 euros por subir imágenes de su hijo en Facebook. El periodista Lillo Montalto hacía un repaso en Euronews a raíz de esta sentencia repasando cómo está el patio en diferentes países y concluyendo:

Según el experto en ética y derecho Eric Delcroix en Le Figaro,”en pocos años, los niños de hoy en día podrán llevar fácilmente a sus madres y padres, culpables de haber publicado sus fotos en Internet, ante un juez”. “Criticamos a los adolescentes por su comportamiento en las redes, pero los padres no se comportan mejor”, señala.

La página web Wired advierte de los peligros de asistir a la gran feria de la vanidad, tratando a los recién nacidos como “tristes conejillos de indias”. “Un niño no es un pedazo de tarta para compartir, un velero para presumir o un perro de exposición: es un individuo que depende de nosotros de la misma manera que, viniendo al mundo, se separa de nosotros y comienza su propio camino de autonomía. Incluso con pocos días o años de vida. Es nuestra tarea guiarlo, no traicionarlo”.

Por otro lado, os adelanto que he decidido dejar de seguir a aquellas cuentas que buscan popularidad en redes sociales mostrando sin parar a sus hijos. Pero sobre eso, que está relacionado pero es otro tema, ya me explicaré largo y tendido.

GTRES

Nos preocupan mucho las imágenes que compartan nuestros hijos, ¿y las que compartimos de ellos los adultos?. Ojo con el ‘sharenting’

(ORANGE)

Por lo que he visto a mi alrededor, a los adultos les suele preocupar mucho cómo manejen sus niños sus redes sociales, cuándo darles un móvil, cuándo permitir que creen sus primeras cuentas y en qué redes y qué normas y supervisión imponer pensando en su seguridad. Es algo muy importante de lo que he hablado en el pasado y que volverá a ser tema del blog, sin duda alguna.

Pero hay algo que, aunque me consta que muchísimos padres tienen presente, me da la impresión de que preocupa menos, y es el uso que nosotros, sus padres, tíos y abuelos, damos a nuestras redes sociales en lo que a nuestros niños atañe.

Somos la primera generación de padres que se enfrenta a la necesidad de aprender a gestionar la exposición de nuestros menores a las redes sociales. Y es un reto complejo, por lo novedoso y por sus distintas aristas.

Entre los extremos de compartirlo todo pública y alegremente y no mostrar absolutamente nada, puede que ni tener redes sociales, hay todo un océano de grises dependiendo de qué se comparta, cómo y dónde se haga. Por ese mar de corrientes cambiantes me muevo yo.

Deberíamos también aquí ser ejemplo y ser más que prudentes con las imágenes que compartimos. Es comprensible que nuestros hijos, nietos y sobrinos nos parezcan tan guapos, graciosos y listos que, rebosantes de orgullo y amor, queramos mostrarlo al mundo (o a nuestro pequeño mundo digital), pero tal vez deberíamos pensárnoslo dos veces antes de hacerlo. Ante la mas mínima duda, mejor dejarlo estar en la memoria del móvil.

Lo que subimos a Internet escapa a nuestro control, por mucho que lo compartamos solo con nuestros amigos. Una vez en la red, puede acabar el cualquier parte.

La mayoría de la gente (un problema presente también en medios de comunicación) es muy poco consciente de que las imágenes tienen una autoría que hay que respetar, que no se puede coger alegremente y guardar o reutilizar lo que nos plazca, algo que se hace masivamente.

Nuestros hijos no son nuestra propiedad. Somos sus guardianes, como me gusta decir, y eso es algo muy distinto que implica que hay que pensar en su bienestar y protección por encima de cualquier otra consideración.

Nuestros hijos tienen el derecho a decidir, en cuanto tienen edad de comprender nuestras explicaciones, si quieren que subamos esas imágenes suyas a Internet o no. A partir de los ocho o nueve años ya se puede hablar con ellos, y mostrarles nuestra responsabilidad en este sentido puede ayudarles en el futuro a ser ellos también conscientes de las repercusiones de compartir imágenes.

En este sentido, estos días Orange tiene una campaña dedicada al sharenting que me parece interesante traer a colación. ¿Qué es eso del sharenting? Pues es la unión de los términos ingleses sharing y parenting , compartir y criar, y hace referencia a la práctica de compartir fotos, vídeos e información de nuestros hijos en redes.

Os recomiendo ver este vídeo, cuyo contenido he transcrito más abajo:

Papá, mamá, os tengo que pedir un favor, quiero que dejéis de subir esas fotos mías a las redes sociales. Hay fotos que son muy inocentes y que están muy bien, pero hay fotos que no, hay fotos que pueden ser ridículas o íntimas y que vosotros subís con la mejor intención del mundo, pero cuando tenga 15 o 16 años y vaya al instituto, esas fotos me pueden dejar en ridículo y que todos los chicos o, peor aún, que todas las chicas se rían de mí. Y es que todas las fotos que subes a las redes sociales se quedan ahí para siempre. Por eso, también tenéis que pensar que dentro de 20 o 30 años cuando sea un adulto esas fotos podrían afectar a mi vida personal, incluso laboral. Lo que parecía una foto inocente, puede afectar mucho a mi vida en el futuro.

  • Sobre las fotos y vídeos que se toman en las funciones infantiles
  • ¿Si fueras famoso subirías fotos de tus hijos a tus redes sociales?
  • Las fotos y los niños
  • ¿Subes fotos a blogs, webs o redes sociales? Una reflexión sobre qué imágenes utilizar
  • Cómo es la mañana de Reyes Magos para mi hijo con autismo (su mejor regalo, un álbum de fotos)

    La mañana de Reyes publiqué esta foto (nada buena, soy consciente) en mi muro de Facebook. Al poco me llegó este comentario de otra mamá de un niño con autismo: “A ti te pasara como a mí, uno que se levanta con ilusión y el otro que mira los regalos y pasa”.

    Bueno, un poco sí… Julia apenas durmió (y nos dejó a los demás dormir regular) por los nervios. Y una vez despierta, bien temprano, le faltó tiempo para salir corriendo al salón a abrir paquetes.

    A Jaime le despertamos, vino al salón y se sentó en el sofá a desayunar. Contento de vernos contentos a los demás. Él no abre los paquetes. No le gusta rasgar el papel. Su hermana tiene asumido que ella los abre por él y se los lleva una vez están desenvueltos. Uno para uno, otro para otra. Sin atropellos.

    Cuando recorremos luego las casas de los abuelos, la situación es similar. Él se sienta y Julia abre sus regalos. Si hay mucho gente y mucho follón, puede optar por esperar en otra habitación escuchando música. Nosotros vamos llevándole lo que le hayan traído los Reyes.

    Diría que lo pasa bien, que es una alteración de la rutina que le gusta porque percibe alegría a su alrededor. Jaime es un niño sensible que lo pasa mal si ve que nosotros estamos tristes o enfadados, que a veces llora por simpatía. Es lógico también lo contrario.

    A la mayoría de las cosas que recibe no les hace caso. Él no pide nada. No habla. Tiene unos intereses muy restringidos y apenas juega. Eso convierte los Reyes en un reto, porque queremos cosas que sean útiles, pero también nos gusta que reciba regalos que le gusten, que disfrute, más allá de su utilidad.

    No os engaño, la mayoría de sus paquetes esconden cosas necesarias: ropa, calzado, un nuevo cuaderno de pecs (pictogramas), más cascos que insonoricen (que ahora le da por morder y destroza, llevamos tres en un mes), bañadores y gorros para la piscina que tanto disfruta tres veces por semana… El reto para nosotros es encontrar aquello que le gusta. Si salimos de una bolsita de chuches, que siempre agradece, nos cuesta mucho encontrar algo que le llame la atención.

    Solemos buscar lo que llamamos ‘enredos’. Le gusta sacudir cosas alargadas tipo cuerdas, así que las serpientes de goma que reponen las rotas o extraviadas no faltan. Los tambores fueron hace un par de años un acierto, pero son resistentes y no procede coger más. También fue un éxito un oso de peluche gigante, para dormir abrazado a él en plan almohada (pero no os engaño, una buena almohada extra en la cama le gusta igual por mucho que este sea clavadito a Ted). Más allá de eso, hemos acumulado unos cuantos fracasos en forma de mordedores especiales para niños con discapacidad, instrumentos musicales más allá de los tambores o columpios de interior que luego hemos sido capaces de instalar.

    Hoy Vanesa Pérez, otra madre de un niño con autismo y también autora de un blog Y de verdad tienes tres, comentaba en Twitter esta dificultad que muchos padres de niños con discapacidad (no solo autismo) tenemos: “A ver si algo motiva a Rodri. De momento con sus 10 añazos nada. Si grado de afectación cada vez más limitante”.

    Lo comentaba tras la recomendación exitosa de otra madre bloguera de un niño con autismo (somos legión).

    Tras esa recomendación se montó una charla en la que me comprometí a recomendar aquí el mejor regalo para mi hijo, el que más repetimos y que nunca falla, lo que más le gusta siempre.

    Se trata de algo tan sencillo como un álbum de fotos con imágenes de él, nuestras, de nuestra familia, amigos y animales. Fotos cotidianas y fotos de viajes. Imágenes de gente y lugares que conoce y recuerda. Le encanta sentarse con ellos, pasar sus páginas, verse y vernos. Es su mejor entretenimiento, el más funcional. Ha destrozado ya bastantes, y eso que nosotros empleamos los álbumes de Hofmann que son razonablemente resistentes.

    Estos Reyes han caído dos. Habrá más. No son especialmente baratos, ni siquiera aunque esperes (es recomendable hacerlo) a las ofertas que nos llegan por correo cada cierto tiempo por ser clientes de la empresa de productos fotográficos. Y requieren dedicar unas cuantas horas ante el ordenador a seleccionar las fotos y montarlas, que no siempre es fácil. Y hay que asumir que se romperá, que acabaremos tirándolo. No es un álbum de fotos hecho para el recuerdo, sino para el disfrute. Pero precisamente por eso merece la pena.

    Tal vez, si os encontráis en una situación similar a la mía (a la nuestra), os apetezca probar a crear este regalo.

    No quiero terminar sin recordar que cada persona con autismo es un mundo, que el espectro es amplísimo, sus manifestaciones muy distintas y luego (lo primero, mejor dicho) está el hecho de que cada persona tiene su carácter y preferencias particulares. Pero como decía también en esa conversación de twitter Mamá en Bulgaria (ya os dije que somos legión), “supongo que cada niño es un mundo y no a todos les gustará lo mismo, pero la experiencia de unas madres es como una guía orientativa para otras”.

    Por tanto, estáis invitados a compartir vuestros éxitos. La legión lo agradecerá, porque los catálogos convencionales no nos sirven de nada.

    Sobre las fotos y vídeos que se toman en las funciones infantiles

    Niños cantando villancicos, bailando, jugando al baloncesto, haciendo carreras de robots, pequeñas obras de teatro, gimnasia rítmica… en estas fechas, al igual que al final de curso, abundan las actuaciones infantiles en grupo, ya tengan lugar en el centro escolar, el club deportivo o en alguna academia.

    ¿Y qué hacemos con las fotos y los vídeos?

    Porque hay fotos. Muchas. ¡Cómo resistirse a sacar el móvil! Incluso algunos llevan la cámara grande que tenemos cada vez más olvidada en casa y así dejar registrada para nuestra modesta eternidad esa función infantil. Nuestro hijo, nieto o sobrino está monísimo. ¡Mira qué bien lanza el balón! ¡Está para comérselo disfrazado de reno!  La mamá no ha podido acudir, que no pudo cambiar el turno, habrá que enseñárselo. Los abuelos que viven en Granada también tienen derecho a ver a su nieto.

    Y claro. Grabamos y fotografiamos a nuestro niño e, inevitablemente, a niños ajenos que hay alrededor. Lo hacemos sin el permiso sus padres, sin saber si les hace gracia o se oponen a que se tomen esas imágenes, al margen de la legalidad. Lo mismo a nosotros tampoco nos gusta que saquen a los nuestros. Pero oye, ya que todo el mundo lo hace, pues queda libre la veda de retratar menores sin permiso. Grabamos, fotografiamos y a veces incluso se puede identificar en esas imágenes qué colegio o qué instalaciones deportivas son, en que ciudad están.

    Los más prudentes graban y fotografían solo cuando sus hijos salen solos o en compañía de amigos cuyos padres sabemos que están encantados. “En la función no saqué el móvil y disfrute viéndote, pero ponte ahora con tu amigo Héctor frente al árbol de Navidad que os hago una foto”. Eso sería lo correcto.

    Los prudentes a secas graban y fotografían para su uso personal y privado, sin mandar nada a redes sociales. Como mucho lo mandarán a algún amigo o familiar por WhatsApp, que les hará ilusión verlo (o no, pero ese es ya otro tema). Es el mal menor.

    Los menos prudentes los suben orgullosos a redes sociales, permitiendo que potencialmente cualquiera pueda verlo. Dando de paso todo tipo de información sobre dónde encontrar a esos niños en la vida real.

    “Pero yo firmé un papel al inicio del curso permitiendo que se le tomaran fotos al niño”, protestan algunos que asumen erróneamente que todos los padres han dado ese mismo permiso y que ese permiso concedido al centro es extensible a todos los familiares de los niños que allí acuden.

    Y, claro, ya hay padres protestando. No quieren exponer a sus hijos a eso y están en todo su derecho. Ya hay colegios, clubs deportivos y academias que, tal vez por haber recibidos esas quejas, tal vez por su propia iniciativa, prohíben que se tomen fotos.

    No resulta una decisión simpática entre muchos adultos. Las discusiones proliferan en los grupos de padres de WhatsApp. Y los habrá que se pasen la prohibición por el forro de las carpetas y saquen la cámara del móvil igualmente a paseo. ¡Queremos recuerdos gráficos! Recuerdos que compartir más que conservar.

    Está la opción de que el colegio, el club deportivo o la academia decidan hacer ellos las fotos y vídeos en formato digital y pasarnos todo luego. Pero claro, si nos lo mandan, estamos en las mismas. ¡A saber qué harán muchos padres con esos archivos! Poca diferencia hay entre que grabe el padre de Pablo o el profe de música.

    Así que también hay otra opción creciente: el colegio, el club deportivo o la academia fotografían y graban y luego nos lo muestran a los padres en la siguiente reunión del trimestre. El que no venga, se lo pierde. El que pestañee también, porque de haber grabado nosotros saldría nuestro niño todo el rato, pero en esos vídeos y fotos no es el caso, y lo mismo Laura estaba todo el rato detrás de Marcos, ese niño tan alto.

    Aunque hay que acatarlo, porque ese centro está intentando hacer bien las cosas, respetando los deseos (y derechos) de los padres que no quieren que se tomen y difundan imágenes de sus hijos. Que el mundo, además, es muy pequeño.

    Un papelón, vamos. Un papelón sobre el que es preciso ir reflexionando y tomando conciencia. ¿No os parece?.

    Escena de la función infantil de Navidad de ‘Love Actually’

    ¿Si fueras famoso subirías fotos de tus hijos a tus redes sociales?

    GTRES.

    Es un tema peliagudo sobre el que llevo reflexionando cierto tiempo, sobre todo desde la irrupción de Instagram, esa red social en la que también me muevo pero que tiene tantas cosas que no me convencen, como la imposibilidad de poner enlaces o extender y editar los textos. Es una red concebida para no salir de ahí, mucho más dirigida y que prima la imagen sobre el contenido y la navegación.

    En esa red, también en otras, he visto a personas con una popularidad importante, con un número grande de seguidores, que jamás muestran a sus hijos. Que son extremadamente celosas de todo su círculo íntimo de hecho. Puedes ver muchos selfies o fotos tomadas por otras personas en todo tipo de circunstancias, su trabajo, sus obras, sus recomendaciones, pero jamás a sus personas queridas, nunca a sus niños.

    Y, por supuesto, también están los que muestran pública y constantemente su entorno y a sus niños. Gente que obtuvo su fama por vías tradicionales o directamente nacidos en YouTube y las redes sociales que podrían mantenerlos en privado pero que ya antes mostraban gran parte de su día a día y al tener hijos, esos niños se incorporaron a esa exposición.

    Buscando compartir su alegría, su orgullo y amor por sus niños. Buscando también o en otras ocasiones más interacciones y seguidores. Las fotos de bebés y niños pequeños tienen más éxito, es algo demostrado. Buscando ingresos también. Hay muchas cuentas de Instagram maternales protagonizadas por los niños y por las que se obtiene directamente dinero por diferentes vías.

    GTRES.

    No lo juzgo, salvo en unos pocos casos demasiado extremos, pero me resulta inevitable pensar en qué pensarán esos niños cuando crezcan (que será antes de lo que creemos) y sean conscientes de lo que ha pasado. Un adulto elije las fotos mías que yo subo a mis redes, pero ellos no han podido tomar esa decisión. Tal vez abra grietas en la relación con sus padres, tal vez cree unas expectativas irreales de repercusión social, tal vez afecte a su autoestima…

    ¿Qué haría yo si contara con esa popularidad? A día de hoy, que no soy nada popular en Instagram ni me preocupa serlo, a veces he mostrado alguna imagen de mis hijos cuando me ha parecido relevante, pero tiendo a no hacerlo, a que se les vea de espaldas o irreconocibles.

    Pero si ya tuviera una horda de seguidores sería mucho más hermética. Creo que cuanto más famosa fuera, más procuraría mantener a mi entorno apartado de las redes sociales. Y no crearía redes sociales protagonizadas por la imagen de mis hijos bajo ninguna circunstancia.

    ¿Vosotros qué haríais? ¿Qué hacéis?

    Todo esto lo he recordado leyendo un post reciente mi compañera Rosy Runrún.

    Os dejo un par de párrafos de ese post:

    Soraya ha salido a la defensa de su hija Manuela de un mes y una semana en contra de los que criticaban que le había salido ‘feita’ la niña. Me parece bastante osado que en vez de compartir la alegría de la cantante y madre reciente algunos dejen comentarios de esta índole, pero desgraciadamente cuando tienes una cuenta abierta en la que subes fotos de tu familia, al final, te expones a que los ‘haters’ arremetan contra lo que más quieres. Luego ya depende de cada cuál si ignorar o no estos comentarios.

    Tristemente, a veces, una respuesta como la suya sólo provoca más comentarios desagradables, aunque también muchos de sus fans han salido en su defensa. En su mano está dejar de subir fotos de su pequeña Manuela, pasar de todos los que segurián criticándola o quizá crear una cuenta privada en la que compartir con los que realmente la aprecian sus momentos más privados.

    No necesito ver fotos de niños con los cráneos vacíos

    Un hombre llora próximo al cuerpo sin vida de su hermano pequeño que ha muerto en un bombardeó naval isralí en el puerto de Gaza. (EFE)

    Un hombre llora próximo al cuerpo sin vida de su hermano pequeño que ha muerto en un bombardeó naval isralí en el puerto de Gaza. (EFE)

    No, no lo necesito para saber lo que pasa ni para saber qué pensar. En las últimas horas ya he ocultado para siempre a dos personas en redes sociales que han mostrado las imágenes de los niños palestinos con los cráneos vacíos y reventados en un conflicto enquistado y absurdo. No quiero ver esas fotos. Y no las quiero ver no solo por mí, os aseguro que no es por preservar mi delicado estómago.

    No me gusta que se utilice el gore infantil a modo de cartel propagandístico. Igual que no me gusta que se utilicen instantáneas de felices y sonrientes niños con síndrome de Down para atacar el aborto. Utilizar. Ese es el verbo clave. Así no, incluso cuando lo que se defiende case con lo que a priori parece lo correcto o con lo que creo.

    No me gusta que se utilicen esas fotos a modo de martillo emocional además, porque tenemos que ser capaces de digerir intelectualmente las cosas y no movernos a impulsos viscerales. Esos impulsos llegan, explotan y desaparecen. Solo lo que interesa racionalmente queda y puede implicar algún cambio.

    Hace tres días fue noticia que un niño de cinco años murió tras ser violado por un grupo de bestias de almas grises con aspecto humano en Afganistán. ¿Qué aportaría una foto sangrienta?

    Y luego está el tema de si las mostraríamos si fueran niños españoles. Seguro que no. Por qué. Pues por respeto a las familias, al dolor de la gente que quiere, perdón, que quiso a esos niños. Yo creo que aunque la noticia esté a miles de kilómetros ese respeto también debe darse.

    Periodísticamente hay un viejo e intenso debate al respecto. No todos opinamos lo mismo y siempre hay fotos con las que dudamos. Y como dice mi amigo y compi bloguero Edu Casado: “podría entender el debate en un periódico. ¿Pero en las redes sociales? No. ¿Qué objeto tiene publicar en tu muro o tuitear una foto cruda de un cadáver, para luego subir un selfie o la foto de tus pies en la playa? Al final banalizas los hechos y solo se busca el impacto”.

    Pero yo no creo que se revuelvan conciencias con esas fotos de cráneos vacíos, creo que se revuelven estómagos que no es lo mismo. Hay otras imágenes, igual de duras, igual de conmovedoras, que no tienen que salpicar sangre y vísceras.

    Las fotos y los niños

    Julia y Jaime en plan Assasins Creed en el Retiro.

    Julia y Jaime en plan ‘Assasins Creed’ en el Retiro.

    Me gusta hacer fotos, siempre me ha gustado. Y a nada ni a nadie le he hecho tantas fotos como a mis hijos. Pero da igual si no te gusta la fotografía, en cuanto eres padre no paras de dispararles con y sin flash. Más ahora que los teléfonos móviles tienen unas cámaras incorporadas más que decentes.

    Miles de fotos digitales de todo tipo Y en cualquier circunstancia a niños acostumbrados a que se las hagamos. Fotos en las que posan, en las que no son conscientes de estar siendo inmortalizados y en las que ponen carotas y poses absurdas.

    Miles de fotos que luego cada uno trata a su manera. Yo suelo guardarlas en Flickr desde hace años, antes de ser madre, para tenerlas accesibles en privado desde cualquier sitio y asegurarme de no perderlas. Más de un padre conozco que se quedó sin las fotos de sus hijos almacenadas en el ordenador. Un drama. Recordad que los álbumes de fotos son una de las cosas que antes salvaría la gente en un incendio o que pediría en el reparto de una herencia.

    Además de almacenarlas ahí, cada año desde que nació Jaime hago un álbum impreso con las mejores aunque tenga que sacar el tiempo del sueño, mis favoritos son los de Hofmann. Las fotos digitales con frecuencia se olvidan, dejan de existir. A Jaime le encanta sentarse a ver esos álbumes.

    También hay gente celosa de las fotos de sus hijos en redes sociales y gente que no para de mostrarles ahí, aunque eso da para otro post.

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    No es nuevo ese intento por capturar la infancia de nuestros hijos, aunque ahora se haya desmadrado. El Museo de viejas fotos es una buena muestra. De mis padres hay fotos cuando eran niños, no así en su adolescencia. Lo mismo me pasa a mí y a otros de mi quinta que conozco. Nuestros padres nos fotografiaban en la niñez, pero más allá de la pubertad no parecían tan interesados. Tal vez no estuvieran tan deseosos de recordar esa etapa, tal vez nosotros nos prestásemos menos a ello.

    Ya veremos lo que pasa con nuestros hijos, que ya no sólo se limitan a ser objeto de las fotos, sino que también las hacen desde muy pequeños. Y eso también da para otro post.

    Para terminar aquí os dejo algunos consejos muy básicos extraídos de un artículo más extenso de eroski/consumer para mejorar un poco las fotos que les hacemos:

    • Ponerse a su altura. Tirarse al suelo, agacharse, tumbarse, etc. todo lo que haga falta para situarse al mismo nivel que el rostro del niño y que la cámara enfoque a sus ojos. Esta no es una regla inamovible. También se pueden obtener preciosas fotografías desde perspectivas insospechadas.
    • Atención a los fondos. Aunque el protagonista de la imagen sea el pequeño, un fondo inadecuado puede desmerecer una buena captura. No consiste en colocarle en el fondo más apropiado, sino de fijarse antes de disparar si este es favorable. Un ángulo diferente y el zoom para obtener planos más cercanos son otras buenas ayudas para centrar la atención en la cara del niño.
    • Cuantas más fotos, mejor. La tecnología digital permite disparar la cámara sin parar, sin miedo de agotar el carrete. Cuando se retrata a los pequeños, es aconsejable no olvidarse de la gran capacidad de las cámaras digitales y sacar tantas instantáneas como sea posible: se ampliarán así las posibilidades de obtener la imagen perfecta. Después, siempre habrá tiempo de borrar las que no sirvan.
    • Buscar un ayudante. El clásico “mira al pajarito” funciona. Para conseguir buenos retratos frontales, una buena idea es que otra persona se coloque detrás del fotógrafo para captar la atención de los niños con algo que les entusiasme. Así mirarán al frente y se les arrancará más de una bonita sonrisa.

    Nacer y crecer marcados por la guerra

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    Muhammed Muheisen es un fotógrafo con un nutrido historial de premios, Pulitzer incluido, nacido en Jerusalem  que ha estado haciendo retratos de niños afganos que viven refugiados en un barrio pobre de Islamabad, Pakistán, niños marcados por la guerra y creciendo en un país extranjero.

    Todas las imágenes, que han ilustrado varias páginas de la revista Time y de las que os traigo solo una pequeña parte, se tomaron entre el 24 y el 27 de enero de este año. No ha pasado ni siquiera una semana. Es inevitable que  recuerden al célebre y ya icónico de Sharbat Gula.

    Miro a esos niños, que son idénticos los míos en lo fundamental:  merecedores de amor, cuya única actividad debería ser el juego, en los que radica la esperanza de construir un mundo cada día mejor, y bien sé que deberían ser iguales a los míos en oportunidades.

    No se me ocurre otra manera de salir del lodazal que entre todos estamos creando. Y no vamos por el buen camino.

    Os dejo con los retratos de Muheisen (aquí tenéis otra buena colección de extraordinarias fotos suyas):

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    Fotos: (AP Photo, GTRES)

    ‘Ayer’: ¿Quieres participar en un proyecto fotográfico nacido de la maternidad?

    Hoy os traigo un proyecto fotográfico muy especial que está llevando a cabo una fotógrafa que hace unos retratos fantásticos: Chusa Hualde. Un proyecto nacido de su propia maternidad que quiere reflejar el paso del tiempo. Yo lo voy a hacer. Me parece una idea muy bonita. Pero no tiene sentido que lo explique yo, os dejo con las palabras de Chusa:

    AYER es el título de mi nuevo proyecto fotográfico.

    Desde que tuve a mi hija el paso del tiempo se ha ido reflejando de una forma muy patente en mi vida. Los cambios constantes se hacen realidad cada día y me obsesiona lo rápido que va todo y la evolución que vamos teniendo.

    Es por esto  por lo que las personas vuelven a estar presentes en mis fotografías, pero esta vez quiero mostrar los cambios que podemos palpar, desde la infancia hasta a la madurez y en algunos casos hasta la vejez y como se reflejan en sus rostros el paso del tiempo y sus experiencias vitales. El objetivo del proyecto es reflejar como cambiamos y como a pesar de todo seguimos conservando rasgos y miradas.

    Este proyecto ya ha sido realizado por algunos fotógrafos en diferentes países, pero yo quiero darle matices diferentes, puede ser triste, alegre, o divertido, a color o en blanco y negro, dependiendo de las personas y sus circunstancias e incluso, del momento en el que os encontréis…

    Para llevarlo a cabo solo necesito una foto de vuestra infancia y yo haré la fotografía actual , intentando mantener la misma ropa o al menos que sea lo más parecida posible y reflejando el mismo espacio.

    Quiero ser fiel a la fotografía inicial, mostrando los cambios y conservando los gestos y las posturas. Además me gustaría complementarla con alguna anécdota o sensación que os produzca vuestra fotografía, si verla os traslada a algún lugar, os recuerda algún sabor, olor o sensación y que si os apetece me lo contéis para darle vida al proyecto.

    Pretendo que no se quede en una simple foto, quiero llegar más allá y que sea algo íntimo, un recuerdo, una bonita foto del ayer y del hoy.

    Espero que os guste y que os animéis a participar, os quedará un recuerdo para siempre, nos volveremos a ver y pasaremos un buen rato.

    Para participar podéis escribir un correo a chusahualde@yahoo.es. Eso sí, solo si sois de Madrid o estáis dispuestos a trasladaros a esta comunidad.

     

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    Los niños pequeños y las fotos de carné

    El otro día fui con Jaime a hacer fotos de carné. Tardamos unos diez minutos y un buen puñado de disparos en sacarle guapo, sonriente y mirando al centro. No fue tarea fácil. Para que se quedara quieto en el taburete y para hacerle cosquillas y que riera, yo estaba agazapada a sus pies, pero claro, eso hacía que mirase con frecuencia hacia abajo. Lo importante es que la final lo conseguimos.

    Recuerdo que de esa misma guisa logré sacar a Julia fotos cuando tenía unos nueve meses para el carné de identidad. Tengo que volver a llevarla, que este año necesitará fotos para el cole que comenzará en septiembre.

    El fotógrafo en ambos casos es un hombre que conozco de hace años y años. Tiene una tienda de barrio de esas de toda la vida y toda la paciencia del mundo.

    Me contaba lo difícil que es muchas veces hacer fotos a los niños pequeños. Una mayoría no tienen problemas, pero hay muchos que tienen miedo, que se ponen serios y es imposible arrancarles una sonrisa, los hay a los que les da por poner carotas o los que directamente lloran.

    No sé si los vuestros serán de los que sonrían y miren al frente sin problemas o si habrán sido de los serios o problemáticos.

    En cualquier caso lo de las madres agazapadas y/o haciendo monerías es algo que viene de antiguo. Os recomiendo un post reciente de Mangas Verdes de lo más simpático que se llama La mamá invisible.