Madre Reciente Madre Reciente

La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

Cómo comprar cuentos para nuestros niños para no encontrarnos ‘magestuosos’ caballos

La pasada semana me pasé por la oficina de Correos de mi barrio junto a mi hija. Mientras esperábamos, estuvimos cotilleando lo que tenían a la venta: cajas decoradas, productos de UNICEF y libros infantiles. Había cuentos y álbumes con pegatinas sobre distintos tipos de animales.

Esto es lo que encontramos nada más abrir el de los caballos. Un ‘magestuoso’ caballo andaluz. Mi hija, que tiene nueve años y confía en la letra impresa no se sobresaltó, pero a mí casi se me caen los ojos.

Nadie está libre de cometer una errata. Son las últimas que abandonan el barco, que decía un amigo. Pero una tan clamorosa, detectable por cualquier corrector automático y en un libro dedicado al público infantil con tan poco texto, me parece que clama especialmente al cielo.

A saber escribir se aprende leyendo. No nos engañemos, por mucho que estudiemos la asignatura de Lengua, las reglas a seguir, en gran medida cómo escribimos viene de nuestra memoria visual, de lo que hemos visto impreso. Que algo mal escrito nos chirríe cuando lo vemos es lo más habitual.

Encontrar esas majestuosas faltas de ortografía en libros destinados a los niños, que están construyendo ese radar, duele especialmente por tanto. Igual que es una pena que haya tanto cuento y álbum de calidad inexistente dirigidos a sacar pasta de la infancia.

Normalmente muy baratos, proliferan en mercadillos, casetas de numerosas ferias dedicadas al libro y supermercados. Por dos o tres euros facilitan versiones, a veces realmente malas e incluso incongruentes, de los cuentos clásicos infantiles, recopilatorios de chistes o curiosidades, álbumes con pegatinas, de animalitos como el de la imagen de este post, etc. Hay editoriales especializadas en publicar estos subproductos de usar y tirar que poco aportan.

Como dice la cuentacuentos y bloguera especialista en literatura infantil Trastadas de mamá, hay demasiados casos en los que parece que si es un libro para niños cualquier cosa vale, y no debería ser así.

Las familias deberíamos apoyar solo a las editoriales que miman sus productos, que se toman en serio la responsabilidad que supone hacer un libro dirigido a los niños, y no a empresas que sacan morralla insulsa y barata, pero sin valor, pensando solo en lucrarse.

Y eso me recuerda este viejo post con consejos para comprar cuentos. Os recuerdo parte, por si en esta época previa a las navidades os resulta útil.

También os recuerdo que los libros pueden ser regalos estupendos, que otro mal muy arraigado entre demasiados es creer que regalar un cuento es como regalar unos calcetines, que los niños solo aprecian los juguetes.

¿Cómo comprar cuentos para nuestros niños?

Es buena idea seguir las recomendaciones procedentes de los colegios, libreros de confianza y otros padres en cuyo criterio confiemos. Teniendo siempre en cuenta que hay un mundo a descubrir mucho más allá de los típicos clásicos súperventas como ¿A qué sabe la luna? O Adivina cuánto te quiero.

Algunos de los cuentos más cuidados, con más cariño creados y que más han gustado en casa, provienen del crowdfunding, no son tan populares, pero igualmente meritorios. En el blog he hablado, por ejemplo de Las ciudades de colores, Un amigo diferente, El silencioso amigo del viento, Galgui o Mujeres. Es una vía a explorar.

Hay blogs dedicados a reseñar estos productos. Yo lo hago de vez en cuando pero ahí está, por ejemplo, el blog especializado en estas lides de Trastadas de mamá, que es bibliotecaria y cuentacuentos, hace talleres de cuentos para padres y puede guiarnos, también desde sus redes sociales.

Una ventaja de los cuentos es que son breves y se les puede echar un buen vistazo antes de comprarlos en casi cualquier librería. Merece la pena hacerlo. Igual que merece la pena llevar a los niños a esas librerías que permiten que miren y decidan qué les gusta y escucharles.

Otra buena idea es fijarnos en los nombres de los autores y de las editoriales. De hecho, cuando he leído cuentos con Julia siempre empezamos viendo la portada y leyendo quien lo ha escrito y publicado. Si un autor nos encanta podemos mirar que más hay publicado en España por esa persona. Lo mismo vale para las editoriales que veamos qué sacan títulos que nos gustan y que tienen en sus webs y redes sociales sus catálogos y novedades.

Conviene desconfiar de entrada de los libros vinculados a licencias. Puede haber cuentos estupendos basados en La patrulla canina, Peppa Pig o cualquier otra serie infantil de éxito, que juegan con el factor nada desdeñable de despertar el interés de nuestros hijos de entrada por tratarse de personajes que les gustan, pero a veces se da lo de “tira de la licencia y échate a dormir”. Si la calidad del cuento no nos convence, mejor ponerles un episodio de la serie en la tele y leer otro cuento. En casa hemos leído muchos cuentos y ninguno con licencia se encuentra entre los mejores.

Las bibliotecas públicas son un gran invento infrautilizado con frecuencia. Todas tienen sección infantil y acudir allí nos permite trabajar con nuestros hijos la responsabilidad y el cuidado de los bienes ajenos.

Y para terminar, por mucho que muchos cuentos tengan un importante componente educativo, lo más importante es que nuestros niños se diviertan, que disfruten entre sus páginas. El amor a la lectura no nace de la imposición y no a todos nos gusta lo mismo. Tal vez un libro que a nosotros nos parezca maravilloso, a nuestros hijos no les llame la atención. En esos casos no merece la pena insistir.

‘Maquia’, el amor de una madre llevado al ánime

En Maquia hay dragones, por mucho que no tengan ese nombre y se consuman bajo la docilidad del cautiverio. En Maquia hay elfos, aunque tampoco se llamen así y equivoquen sus pasiones. En Maquia hay construcciones que nada tienen que envidiar a las altas y blancas torres de Minas Tirith; tampoco en los malos gobernantes. En Maquia hay hermosas y desdichadas princesas, encerradas en torres de marfil. En Maquia hay magia, maravilla y épica. También poesía, la que enmarca los últimos momentos de las leyendas.

Maquia es todo eso. Es un universo de fantasía bellamente diseñado que logra deslumbrar. También sorprender, pese a los muchos mundos similares que hayamos conocido, con un guion que huye de los caminos transitados en exceso.

El gran mérito de esta película, premiada en Sitges, es que ni dragones, ni elfos, ni batallas épicas o amores desgarrados son los protagonistas. La verdadera magia que esconde Maquia se encuentra en el amor de las madres por sus hijos, firme como una roca una vez despierta; en el amor de los hijos por sus madres, cambiante y también permanente; está en la belleza de lo cotidiano, de tal manera que aquello que no rutila es lo que acaba calando más profundamente nuestro corazón.

Los elfos y los dragones, los reyes y las princesas, quedan pronto eclipsados por el transcurrir de las vidas de personajes que en las grandes sagas épicas serían secundarios. Personajes para los que el transcurrir del tiempo es disparejo, convirtiendo la asunción del dolor y la pérdida en una valiosa enseñanza. El amor siempre merece la pena, por mucho que no vaya a ser eterno.

El paso del tiempo tiene un sentido. Igual que lo tiene avanzar encontrando personas a las que querer y viendo cómo la distancia o la muerte nos las arrebatan. Somos lo que otros hacen de nosotros, cómo nos criaron nuestros padres, de quienes estuvimos alguna vez enamorados por mucho que lo hayamos olvidado.

Me resulta inevitable contemplarla en cierto modo como heredera de otra película de animación notable, nacida de la colaboración entre artistas japoneses y estadounidenses y que cumple este año su 36 aniversario: El último unicornio, inspirada en un delicioso relato de Peter S. Beagle. Encuentro cierta similitud estética y también un parecido tono melancólico, crepuscular. Así como el hecho de que en El último unicornio también hay criaturas mágicas, reyes y castillos, pero busca profundizar y trascender en un universo de emociones reconocibles por todos y se recrea en los clásicos personajes que son comparsas en otras historias.

Igual que me recuerda al espíritu de Olvidado rey Gudú de Ana María Matute, una escritora a la que nunca está de más reivindicar.

Esta película de animación de la directora Mari Okada, guionista de Anohana (2013) y The Anthem of the Heart (2015) llega este viernes a los cines. No a demasiados y no durará mucho, así que si os interesa os recomiendo reaccionar rápido para no perder la oportunidad de verla en pantalla grande.

Dura casi dos horas y creo que los niños a partir de 8 o 9 años pueden disfrutarla, teniendo siempre en cuenta que es una narración que conmueve hasta las lágrimas, que encierra esperanza pero no es la típica historia fácil y cerrada a la que muchos niños están acostumbrados.

La protagonista de esta obra se llama Maquia y es de la raza iolf, cuyos miembros conservan la juventud durante siglos. El segundo protagonista es Ariel, un chico que pierde a sus padres a una edad muy temprana. Maquia no envejece por más años que pasen, pero Ariel sí. Y esta es la historia sobre cómo se va transformando el vínculo entre ellos.

Sé amable, ten paciencia, no hables mal de los demás

El pasado viernes estuve en el funeral laico de un gran mentor, de alguien que fue mi jefe, mi maestro y mi amigo. A lo largo de varias horas, distintas personas nos acordamos de él, desde lo alto de un estrado y también en corrillos.

Era Pepe Cervera, biólogo, periodista, fan de Terry Pratchett, esgrimista, entusiasta divulgador, submarinista, maravilloso sabelotodo. Todo lo que era, todo lo que hizo, era tanto que si te paras a pensarlo abruma. Pero que tantos estuviéramos abarrotando el salón de actos de la Asociación de la Prensa no tenía tanto que ver con sus méritos profesionales, por muchos que tuviera. Si estábamos allí, celebrando haberle conocido, orgullosos de haber sido amigos suyos, era por el tipo de persona que fue.

Lo que más se ha ponderado con sinceridad desde su fallecimiento era su humildad, su bondad, el hecho de que siempre fuera amable, que jamás hablara mal de nadie, incluso de personas que lo merecían, su talante conciliador, su sano escepticismo. Su enorme paciencia y el hecho de que cuando estabas con él, contaras con toda su atención y te hiciera sentir valorado y a gusto. Era todo un caballero en el mejor sentido del término.

Cuando uno se va, eso es lo que debería quedar. Ese es el legado que deberíamos dejar. Ojalá cuando llegue el día en que abandone este mundo, la gente que quede atrás me recuerde de semejante manera, como alguien que no sembró cizaña y sí cariño, alguien que aportó y no restó. Lo demás, poco importa llegado ese momento.

En aquel evento, otro amigo común dijo que haber tenido la suerte de conocer a Pepe no era gratis porque nos dejó marcado el camino a seguir. Nos enseñó el tipo de persona que deberíamos ser. No puede ser más cierto.

Tal vez os preguntaréis qué hago hablando de Pepe Cervera en este blog y a estas alturas. Muy sencillo. La despedida de Pepe me ha hecho ver de nuevo lo importante que son la bondad y la amabilidad; virtudes que están infravaloradas injustamente en esta sociedad, pero que cuando se dan en alguien con consistencia y a lo largo del tiempo, brillan más que ninguna otra.

No solo eso, no solo brillan. Estoy convencida de que son el único camino posible para ser feliz. Por eso será mi empeño no sólo seguir yo ese camino, sino transmitírselo a mi hija. Y es algo que se logra más con el ejemplo que con charlas. Al modo de Pepe.

Además, se traducen en gestos pequeños. Acciones cotidianas, oportunidades diarias si las sabemos ver con la que entrenar e interiorizar el ser una persona que aporta, que no resta.

Hablar siempre con respeto a los demás. Saludar, dar las gracias y pedir perdón. No creerse superior, mejor que nadie. Evitar encontrar divertimento hablando mal de otros. No prejuzgar, no elaborar juicios precipitados ni suponer que lo sabes todo de esa persona que tienes enfrente. No escatimar sonrisas. Dejar pasar por caja a esa persona que hay tras de ti y que lleva apenas compra. Mostrar interés por lo que el otro te está contando. Ayudar siempre que sea posible. Dejar el asiento del tren a otro que lo necesita más. Explicar con paciencia un proceder a un compañero de trabajo. Intentar ponerse en el pellejo del otro.

Pepe hacía que pareciera tan fácil como respirar. A eso aspiro yo, para mí y para los míos.

Quiero saber lo que opinan los docentes sobre la formación, inducción y valoración de su desempeño #yosoyprofe

Este martes se ha desarrollado una jornada en la que, desde las 9 de la mañana hasta las 19 de la tarde, se ha estado hablando de la formación de los profesores, de cómo se debería llevar a cabo la inducción (el paso a las aulas tras su formación), de implantar un modelo de evaluación y desarrollar la carrera profesional docente.

El foro, acotado a esos temas, pretender ser el inicio desde el cual seguir hablando sobre cómo remodelar todos los aspectos de la profesión. La idea es poder llegar a un acuerdo esta legislatura esta legislatura y ponerla en marcha la siguiente. Ya se verá. De momento el compromiso es recoger información para elaborar una propuesta en tres meses. Y esa información se pretende recoger también desde una encuesta online y desde el hahstag #Yosoyprofe.

Yo no soy profe, soy periodista, pero me interesa mucho la opinión de los profesores que están en las trincheras sobre todos estos temas. Lo que querrían, lo que no, las prioridades que habría que abordar y cómo hacerlo, qué evitar, qué temen y cómo podría llevarse a buen puerto. Quiero saberlo de verdad, con inocencia y curiosidad infantil, y a priori me parecía que un hashtag podía ser un lugar estupendo para exponerlo y yo enterarme, pero no me estoy encontrando lo que esperaba.

El profesorado activo en twitter se ha sumado al hashtag sobre todo para criticar el hecho de que no haya docentes de a pie entre los ponentes.

También (aunque en mucha menor medida) para exigir algo completamente legítimo y para lo que tienen todo mi apoyo, como es la derogación de la LOMCE, la rebaja de ratios, el incremento de los recursos educativos y de la apuesta por la pública. Algo necesario, de ley como os decía, pero que creo que deriva un debate que merece la pena acotar.

El foro se centra en la formación, inducción y evaluación del profesorado. No sé si Celaá conseguirá algo o todo se quedará en un canto al sol, pero me da la impresión de que antes o después es algo que va a llegar sí o sí y con toda sinceridad os digo que me gustaría saber lo que tenéis que aportar a ese respecto.

Yo estuve ayer con la ministra junto a otros periodistas y hoy estoy en el foro y no he percibido en ningún momento que se culpabilice al profesorado, que es algo que también he leído por las redes. Todo lo contrario, se asume que es una labor muy difícil con muchos escollos que hay que valorar más. Pero no hay nada en este mundo que no sea susceptible de mejora. La autocrítica y el aceptar las sugerencias constructivas me parece un deporte muy saludable en cualquier oficio y circunstancia de la vida.

Respecto a la otra crítica, la que más se lee en Twitter, lo cierto es que en ese foro me encontré un puñado de docentes de a pie, aunque es cierto que no estaban en las mesas. Y he aprovechado para preguntar a un par de ellos al respecto y esto es lo que me han contado.

María Barceló es maestra del CEIP Menéndez y Pelayo de Valverde del camino y se define como “muy tuitera”. Es consciente de las numerosas críticas recogidas en el hashtag #Yosoytuprofe. “Me están dando bastante leña. Es cierto que no podemos estar aquí todos hoy. Sí es de reconocer que se ha abierto un canal, se está transmitiendo en streaming, hay un formulario que es muy interesante en el que se puede participar”. “La delegación andaluza somos docentes a pie de aula, ayer de 9 a 14 estuvimos en nuestras clases”. “De momento es cierto que todo es bastante teórico, pero entiendo que hay que partir como decía la ministra de lo que ya hay hecho y a partir de ahí progresar. No sé qué formato tendríamos que tener para que no fuera tan teórico”.

José Antonio Gil es profesor de primer ciclo de la ESO y director en un colegio de Sevilla: “Yo tengo clases mañana a las 8 de la mañana. Es cierto que hay limitaciones por espacio y por tiempo, pero se han creado unos espacios web donde la participación tiene más cabida. En este foro los expertos, que tal vez es verdad que hace mucho que no pisan un aula, nos va a ubicar y quizás estaría bien que en otro foro de más días viniéramos más compañeros a contar nuestras experiencias. No creo que sea incompatible, creo que se puede complementar. La investigación, lo que dicen los grandes expertos, por supuesto hay que tenerlo en cuenta para a partir de ahí compartirlo con prácticas docentes”.

¿Qué os parece? ¿Debatimos sobre la profesión docente por los canales que tengamos o dejamos que el debate se lo queden otros?

(GTRES)

‘Lila, la pequeña libélula’, un cuento para entender el autismo

Lila es azul y hermosa, porque es única. Tiene un ala más pequeña, pero vuela acrobática sin cesar, inquieta y nerviosa. Le gusta jugar, sentirse querida y cuidada. No es tan diferente del resto de libélulas que pueblan la charca. Pero Lila es muy preguntona, le gusta tener bien controlado lo que va a pasar, qué viene a continuación, lo que durará la diversión. Y no le gustan nada los imprevistos. En un mundo que a veces resulta difícilmente comprensible, tanto pregunta, tanto pregunta, que su madre necesita inmensas dosis de paciencia para responder constantemente lo mismo. Por eso se les ocurre emplear un cuaderno en el que todo esté plasmado.

Lila, la pequeña libélula (Editorial Pábilo – 16 euros), es un cuento bellamente ilustrado por Carolina Luzón y escrito con una poesía y sencillez acorde con las ilustraciones por David Gómez, que sabe bien lo que se trae entre manos. David es vicepresidente de la Asociación Mírame de Granada, una entidad integrada en Autismo España y tiene un hijo de 10 años con autismo. La inspiración de la inquieta Lila.

David y Carolina han logrado crear un cuento que aporta, dotado de la misma delicadeza en los textos y los dibujos como el vuelo de una libélula; un cuento que ayuda a que se comprenda mejor a muchas de las personas que tienen autismo. Conozco niños y adultos como Lila y Sergio, que bullen de vida y necesitan un mundo estructurado. No todos son así. Mi hijo, por ejemplo, se parece poco a Lila. Si Jaime fuera una criatura en el bosque en el que se encuentra la charca de Lila y su familia, sería más bien un zorrillo indolente, que disfruta escuchando el trinar de los pájaros mientras saborea uvas dulces cómodamente enroscado en su cálida madriguera y al que no le preocupa mucho que su mundo se estructure mientras se sienta querido y cuidado.

No me cansaré nunca de explicar la enorme variedad de manifestaciones existente dentro del trastorno del espectro autista. Igual que no me cansaré tampoco de insistir en que la etiqueta diagnóstica no debe eclipsar ni tratar de explicar por completo a la persona. Lila es un cuento que sumado a otros maravillosos como El cazo de lorenzo, Lucas tiene súperpoderes o Por cuatro esquinitas de nada contribuyen a entender y aceptar la diversidad.

En absoluto a modo de crítica, sino como sugerencia de mejora, creo que es un cuento que pide a gritos al final unas pocas páginas explicando qué es el autismo a modo de guía didáctica, incluso con propuestas de actividades para los niños y las familias. Sobre todo pensando en si cae en manos de personas ajenas al autismo. Pero incluso sin esa guía, su valor es innegable. Cualquier niño comprenderá que se trata de una preciosa historia que pone en valor al diferente.

Tenía pensado recomendar este cuento con una entrevista a su autor, pero no es necesario. Si queréis saber más del trasfondo tras el vuelo de la libélula azul, el color del autismo, podéis ver el vídeo de la presentación que se llevó a cabo el pasado mes de septiembre. A partir del minuto 25 podéis escuchar a David, un “enamorado de la literatura infantil”. Y luego a Carolina, impulsora de la idea, que insiste en la importancia de fijarse en los detalles del cuento.

¿Es ‘Élite’ de Netflix para mayores de 13 años?

No he visto la serie que protagoniza este post. Mi hija, con nueve años, está lejos de mostrar interés por ella (o de que yo la permita verla) y a mí tampoco me ha llamado demasiado la atención. Sí que lo ha hecho una amiga que tiene una niña de casi trece años, la edad a partir de la cual Netflix recomienda su visionado.

No sé si vosotros habéis visto esta serie española de indudable éxito, me encantaría conocer vuestra opinión sobre a partir de qué edad os parece recomendable. Bajo la imagen, tenéis la opinión al respecto de esta madre amiga.

Y antes de dejaros con ella, una recomendación: ver siempre antes o con nuestros hijos las series y películas que despiertan su interés. En parte porque es bueno mostrar interés por lo que les gusta y compartir tiempo y referencias. Pero también porque mi experiencia me dice que las clasificaciones por edades son solo orientativas. Cada familia es un mundo y lo que en una casa no supone problema ver en otra puede parecer una barbaridad. También porque a veces he visto contenidos muy blancos incomprensiblemente calificados para mayores de trece años. Lo contrario de lo que sucede con Élite.

Mi hija vino y me dijo “Mamá ¿puedo ver Élite? Mis amigos la ven, está en Netflix y es para mayores de 13 años”. Como ella los cumpliría enseguida, le dije que adelante. Pero, que igual podríamos verla juntos si era para adolescentes.

A la semana, mi hija nos dijo que ya no nos esperaba más, que había empezado la serie, que estaba chill (guay). Y que teníamos que verla sí o sí.

Días después, padre y madre de preadolescente enchufamos Netflix y a los tres cuartos de hora del primer capítulo de la serie española del momento nos preguntamos el uno al otro, ¿pero tú piensas que esto es para chavales de 13 años?

Netflix, en efecto, ha catalogado Élite para “´+13 años. (adolescentes)”, pero en cada uno de los ocho capítulos dudamos de que sea un contenido apto siquiera para menores de 16.

¿Nos hemos vuelto de repente una pareja de padres carcas o es que Netflix ha calibrado mal la catalogación por edades de Elite? Da como mínimo, para un debate.

Sin ánimo de hacer mucho spoiler, la serie española gira en torno a un grupo de supuestos adolescentes de un instituto pijo que se comportan como los veinteañeros más desbocados. Andarán de aquí para allá con libros de texto y en uniforme escolar, pero se pasan el día viviendo vidas de algunos adultos: consumiendo drogas, practicando sexo en espacios públicos o haciendo tríos para resucitar relaciones de pareja ya enfriadas a los 17 años.

¿Y qué decir del retrato que hace de las familias? En Élite no hay ni una sana y normal. Todas son desestructuradas, con unos progenitores que ni conocen ni quieren conocer a sus hijos. Con la religión o el dinero rigiendo sus vidas. Y un bullying del todo criminal.

Solamente se salva, sinceramente, la normalidad con la que los jóvenes acogen las relaciones homosexuales. De hecho, es la pareja gay de la serie más creíble en el retrato de la juventud actual, opinamos.

Pero, a lo que vamos, ¿es contenido apropiado para chicos y chicas de 13 y 14 años? ¿Nos podemos fiar de las catalogaciones?

Antes los padres podían regirse, no solo por los rombos de una película, sino por el horario de emisión de un determinado contenido audiovisual. Si lo ponían después de las diez de la noche, era para adultos, se entendía.. Ahora que cualquier serie o película puede descargarse a cualquier hora del día y en cualquier dispositivo, la única guía que nos queda a los padres es la recomendación por edades que se muestra al principio de cada programa.

En España, supuestamente, los audiovisuales “no recomendados a menores de doce” (+13) sí permiten contenidos limitados de conductas ilegales o perjudiciales para la salud, violencia visual o verbal, crueldad, consumo de drogas… en un contexto de rechazo a dichas prácticas”. Esta calificación es también más tolerante con las escenas o diálogos de carácter sexual o erótico, que serán “ajustados siempre a la etapa de la preadolescencia”.

La generalización del abuso entre iguales, del consumo de alcohol y drogas y de un sexo explícito más propio de adultos que de adolecentes nos hace pensar que Élite no encaja en esa escala.

Netflix señala en su web que “todas las series y películas de Netflix tienen asignada una clasificación por edades para que los suscriptores puedan tomar decisiones fundamentadas para ellos y para sus hijos”.

Pues aquí nos tienen a nosotros dudando si no deberían de revisar al alza la edad para Élite. Por si aún estáis a tiempo y os sirve, nosotros estamos convencidos de que de haber visto la serie antes que ella, se la habríamos desaconsejado hasta los 16 años. Pero sucedió al revés, que ella la vio antes. Ya solo nos quedaba una salida. Iniciar una de esas conversaciones serias, esas que empiezan tal que así:

-Hija, tenemos que hablar de Élite. ¿No te sorprende nada de lo que has visto?

Lo que sigue es ya otro capítulo…

Cuarenta años de Barco de Vapor, ¿cuál fue tu libro favorito?

Barco de Vapor fue el primer sello de literatura infantil que se lanzó en España, y eso fue hace cuarenta años. Resulta que tenemos más o menos la misma edad, yo tengo cuarenta y dos. Lo de que he crecido junto a sus libros, es literal.

No sé qué equipo de gente, dentro de SM, decidió más o menos cuando yo nacía arremangarse y crear esta colección, pero lo menos que puedo hacer es agradecérselo. Tuvieron buen tino en la selección de títulos que editaban, tanto que sus decisiones editoriales conforman la infancia de varias generaciones desde 1978.

La flota supera los cuatrocientos títulos y sigue mirando al futuro, trayendo por ejemplo algo tan importante como versiones de sus libros en lectura fácil, de lo que tengo que hablaros en profundidad en un futuro.

Confío en que sigan navegando con los niños como norte, más que el negocio puro y duro y la búsqueda de nombres de relumbrón pero que no tienen demasiada tinta en las venas. Me da la impresión de que mantener el buen rumbo y primar la buena literatura es más sencillo cuando los lectores son niños, aunque la competencia sea ahora mucho mayor que cuando El barco de vapor comenzó a navegar. Y espero que sus libros cada vez muestren más la diversidad de afectos existente, porque nuestros hijos lo necesitan.

Pero no quiero mirar al futuro, sino a nuestro pasado, porque estoy segura de que en la niñez de todos hay al menos un barco de vapor que nos marcó.

Ayer mismo dejé en mis redes sociales la misma pregunta que hoy os traigo, y recorrer las muchas respuestas recibidas es un paseo delicioso por las historias que nos acompañaron de niños: Medianoche en la luna, Los hijos del vidriero, Bibiana y su mundo, El fantasma de palacio, La cazadora de Indiana Jones, Un duende a rayas, Las aventuras de Vania el forzudo, Querida Susy, querido Paul, En el círculo del tiempo, Terror en Winnipeg, Asesinato en el Canadian Exprés, El rey de Katoren, Kiatoski y el robo de chicles, etc.

Es innegable la magia de esas primeras lecturas, que perduran en nosotros y seguro que nos marcaron. Yo me recuerdo riendo sola en el sofá con las ocurrencias de Juan Muñoz Martín en El pirata Garrapata o Fray Perico y su borrico en el sofá, un autor al se tuve la suerte d conocer y con el que tuve una charla entrañable hace tres años. También me acuerdo devorando en una terraza Gran lobo salvaje, de René Escudié. Mientras mis padres charlaban con sus amigos, yo estaba inmersa en la búsqueda del cachorro Tritus, cuyo nombre acabaría teniendo uno de mis perros.

Seguro que vosotros también tenéis recuerdos semejantes y felices. Por eso transmitir a nuestros hijos el amor por la lectura es uno de los mejores regalos que podemos hacerles. Por eso conservamos nuestros viejos cuentos y se los ofrecemos, dos infancias a bordo del mismo barco. O lamentamos haberlos perdido y buscamos las reediciones.

Por eso los editores, autores e ilustradores de Barco de Vapor, los de antaño y los actuales, se merecen que les deseemos un feliz cumpleaños. Y que cumplan muchos más.

‘Chiquitina’, un cuento con el que sembrar la felicidad en los niños

Conozco a María José Rodríguez desde hace varios años y gracias a Jugando por ellos, una iniciativa solidaria que tira de los juegos de mesa para ayudar a los animales abandonados. Algo que supone tiempo y esfuerzo a sus organizadores, entre los que ella se encuentra, sin más retorno que la satisfacción de ayudar.

María José es una persona apasionada, que aúna artes y ciencias en su persona. Es científica, trabaja por Apadrina la ciencia porque no hay causa justa que la conmueva a la que no se sume. Y también dibuja maravillosamente y escribe. Tiene ya varios cuentos publicados y os recomiendo todos ellos: Galgui, Elefante y Miguel, Un amigo diferente y Chiquitina, ilustrado por Clara Luna, que fue el primero y ahora se ha convertido también en el último. Un cuento para enseñar a los niños a quererse tal y como son.

Sus cuentos no vienen de la mano de grandes editoriales, sino por iniciativa propia y mediante crowdfunding. Os voy a confesar que precisamente por esta vía es como estoy encontrando obras más interesantes, aunque ese es un tema del que hablar otro día.

Hoy la protagonista es María José y Chiquitina, cuyo Verkami está ahora en marcha para poder llegar a tiempo en las alforjas de los Reyes Magos. Y además llegar acompañado de distintas recompensas, como estas pegatinas que resumen perfectamente el espíritu de este cuento.

Y nadie mejor para hablar de Chiquitina que su autora. Con ella os dejo:

A raíz del crowdfunding de mi cuento Chiquitina- el primer cuento que edité con dinero de mi bolsillo y del que ahora queremos sacar una segunda edición a través de micromecenazgo – Melisa me ha pedido que escriba sobre él o sobre mi decisión de autopublicar mis cuentos.

Como a Chiquitina podéis conocerla en la página de la campaña, y os invito a hacerlo, he decidido escribir sobre lo segundo.

Todo lo que queremos los padres es que nuestros hijos sean felices y hagan realidad sus sueños. Y yo escribo cuentos para aportar mi granito de arena a esos objetivos.

Suelo ser una persona eminentemente práctica, qué le vamos a hacer. Me gusta hablar de cosas importantes en mis cuentos, pero sin que estos pierdan su consistencia de cuento. Me gusta pensar que son como pequeñas varitas mágicas. Con ellas – con ellos – siembro algo pequeño y espero que crezca. Confío en que crezca. Y confío en que mis cuentos ayuden a los padres a hacer crecer aquello intangible que intentamos sembrar.

No sé exactamente cómo funcionan los cuentos, cómo dejan su huella en los niños, pero sé que funcionan porque funcionaron conmigo. Y no solo siembran sentimientos o impresiones. También siembran conexiones.

A la pregunta de por qué publico yo misma mis cuentos, la respuesta es porque me mantienen conectada con mis lectores. Y creo que esta conexión no sería tan fuerte ni tendría tantas sorpresas si hubiera una editorial de por medio: me emociona descubrir que hay gente que, sin conocerme, se implican y participan en el Verkami incluso desde el primer día, y repiten con mis otros cuentos, encontrar la campaña de Chiquitina anunciada en un periódico de mindfulness en inglés (probablemente lo más curioso que me ha pasado), recibir una foto de Indy (alter ego de Galgui) como respuesta a un sencillo tweet mío, recibir correos de padres explicándome cuánto les gustan mis cuentos a sus hijos, que alguien me cuente que Chiquitina es la imagen del perfil de un amigo suyo, que una lectora me mande un Galgui de fieltro con su escayola y todo…

Tenéis que entender que yo no soy J.K.Rowling ni vendo millonadas de libros. Y sin embargo, y a pesar de los pocos que he publicado, encuentro lazos que me unen a otras personas que ni conozco y cuyas opiniones probablemente difieran de las mías en muchos aspectos, pero eso no importa porque estamos unidos por los cuentos. Y por los niños, aquellos que deberían estar por encima de cualquier otra cuestión. Así que nos dejamos llevar por aquello que nos une y no prestamos atención a aquello que podría separarnos.

Llamadme ingenua, pero eso es lo que me gusta. Prefiero ser realmente idiota como Cortázar y maravillarme ante estas cosas tan sencillas y tan hermosas… y tan reales. En esos momentos me siento como una niña descubriendo algo nuevo. Y tengo la intención de no despertar de ser niña, tal como aconsejó Miguel Hernández, porque con mis ojos de niña y mi ingenuidad de niña consigo hacer caso omiso de aquello que lastra y desespera, y consigo seguir pensando que puedo poner una piedra sobre otra y construir así un mundo mejor.

Algo muy ingenuo, lo sé. Pero fijaos: ahí están los cuentos. Y los mensajes. Y las conexiones. Desafiando con su existencia a aquellos que dicen que esas cosas sólo pasan en las películas. Por eso sigo escribiendo cuentos, porque veo su maravilloso poder de sembrar algo importante en el corazón de los niños. Y en el mío.

Ocho animes para ver con niños (y disfrutarlos todos) por el Día Mundial de la Animación

Dado que este domingo se celebra el Día Mundial de la Animación, he decidido traer aquí diez series de animación aptas para ver con niños, en familia. Hay todo un universo más allá de Pokémon y Heidi. Ojo, que no son para niños pequeños, sino para niños a partir de ocho, nueve o diez años (en función de la serie y de los criterios de cada familia). Es decir, para esa edad en la que otros dibujos empiezan a quedarse cortos. Y son series que los mayores también pueden disfrutar, por lo que se pueden ver en familia. De hecho recomendaría incluso echar un ojo en solitario al primer episodio (cada uno son poco más de 20 minutos), porque mi criterio no tiene que ir parejo con el de otros padres.

Las he seleccionado junto a mi hija, y estaremos encantadas de recibir nuevas sugerencias. Hay todo un universo de animación interesante disponible.

Por cierto, recomiendo verlas en japonés subtituladas al castellano, aunque sé que suena muy friki, o en inglés para trabajar el oído con ese idioma. Ver películas y series y al mismo tiempo leer subtítulos es un buen ejercicio para los niños, para que ganen en velocidad y comprensión lectora, que les sobra motivación para enterarse.

Tengo que empezar con Haikyuu, cuya primera temporada (hay tres) está disponible en Netflix y en el canal de youtube de Selecta Visión, porque creo que es la que más hemos disfrutado viendo todos en casa, hemos vivido con más emoción algunos de sus partidos de voleibol que los del pasado Mundial. De hecho, ya le dediqué un post en exclusiva el curso pasado. Completamente blanca y divertida, sin componente romántico, es apta para todos los públicos pero creo que puede gustar a partir de unos ocho años. Sus protagonistas son Hinata y Kageyama, rematador y colocador de primer año de personalidades opuestas (el segundo podría casi tener asperger), pero nos muestra a un buen puñado de adolescentes deportistas y sanotes, bien construidos y diferenciados. Se les coge cariño mientras les vemos esforzarse para ser mejores. Nos gustó tanto que ya os hablé de ella el año pasado y ha logrado que mi hija se haya apuntado a un club de voleibol.

Yona, princesa del amanecer (Akatsuki no Yona). Aquí tenemos a una típica princesita consentida que, en su primer capítulo, se encuentra teniendo que huir acompañada de un joven general para salvar su vida. Despojada de todo, va a tener que espabilar a marchas forzadas. Con elementos fantásticos, tendrá que reunir a cuatro jóvenes con los poderes legendarios de los dragones; también con un notable componente romántico (hay una tensión no resuelta y en aumento entre Yona y Hak, el guerrero que la acompaña). Mucho humor, a veces cáustico y un poco verde, y peleas con tinta roja, que no van a asustar a ningún niño a partir de unos nueve años. Nosotros la hemos visto en Crunchyroll, algo así como un Netflix de ánimes. Julia también está leyendo los mangas.

My hero Academia (boku no hero Academy). Otra que también tiene una colección de mangas que mi hija está leyendo (apuntad que ver estas series puede animar a leer). En un universo en el que la mayoría de la gente nace con superpoderes de lo más original (no esperéis, salvo en pocos casos, los clásicos y aburridos de Marvel), el protagonista es un chaval que no tiene ninguno pero que está empeñado en convertirse en un héroe profesional. Lo conseguirá a base de empeño y fuerza de voluntad, y porque el superhéroe más poderoso tiene que buscar un sucesor y encuentra en él un corazón realmente heroico. Es un gran éxito, que hace que eventos como la Japan Weekend abunden en cosplays con los personajes de la serie.

Wellcome to the ballroom. Tercera serie que recomiendo con libros también disponibles en el mercado español. Esta vez está centrada en algo que puede sonar tan marciano a la mayoría de los niños como los bailes de salón. Un chaval de instituto que es una mediocridad en todo comienza, casi de casualidad, a practicar este deporte y a descubrir que requiere mucha entrega y lo importante que resulta ser uno con tu pareja. Una historia de crecimiento personal a través del esfuerzo que tanto gustan a los japoneses (y no solo a ellos, la verdad), muy inocente y bien hecha. Nosotros la vimos en Amazon Prime, una plataforma que, como Netflix, tiene bastante serie de animación venida de Oriente (HBO en este sentido es un erial). En

La desastrosa vida de Saiki K. Es la que estamos viendo ahora en Netflix. “Es muy graciosa”, destaca de ella Julia. Efectivamente, es humor, en gran medida absurdo, muy bien construido si es que engancha contigo. El protagonista es un niño de instituto con el pelo rosa y unas antenas que limitan sus poderes mentales. Es un mentalista tremendamente poderoso, capaz de leer el pensamiento, teletransportarse, tiene rayos X en los ojos, puede hacer retroceder el tiempo… Podría acabar con el mundo con un chasquido de dedos, pero por suerte es un buen chaval, bastante serio, con la única aspiración de pasar desapercibido y poder tomar de vez en cuando gelatinas de café (los dulces le pierden). Está rodeado de un elenco de compañeros que llevan los clichés del mangánime a un estupendo extremo humorístico.

Yuri on Ice. Una serie muy breve, de apenas doce episodios, que se centra en el mundo del patinaje artístico de alto nivel. Pese a ser más adulta, los niños también la disfrutan. Premiada y alabada, también por patinadores profesionales que han alabado su realismo, sigue a Yuri, un prometedor patinador japonés en un momento de crisis, al que decide entrenar su ídolo recién retirado, Victor Nikiforov, para fastidio de otro Yuri ruso, más joven y en ascenso. Con dosis de humor, también algo de romance muy blanco y nada heterosexual, su visionado merece mucho la pena. Una belleza.

Cells at work. (Hataraku Saibou) Ojalá traigan el manga a España, porque podrían considerarse casi como libros de texto. Imaginad nuestro viejo y añorado Érase una vez la vida convertido en ánime moderno. Hay glóbulos rojos (eritrocitos), todo tipo de células del sistema inmune, virus, bacterias y un cuerpo humano en constante peligro. Hay episodios dedicados a las intoxicaciones alimentarias, el cáncer, las alergias, las heridas, las crisis hipovolémicas, o la función del timo. Más compleja y actualizada en la información que da que su predecesora, se aprende muchísimo sobre nuestra biología, aunque es verdad que tiene un nivel de ESO, los niños más pequeños se irán quedando con cosas. Y las plaquetas son monísimas. Eso sí, la sangre de virus y bacterias salpica, no como en la vieja serie francesa.

Noragami. Terminamos con otra serie que vimos en Netflix de la que también hay libros. Antes de diez años tal vez algunas escenas den un poquito de miedo a los niños más sensibles, aunque Julia la vio con ocho años sin mayor problema (salvo por cierta escena de una niña fantasma). La cosa va de Yato, un dios pobre, sin apenas seguidores y que viste con chandal. Los dioses de este universo, invisibles para los humanos, cuentan con almas puras a las que han rescatado y convierten en objetos que les son útiles, también armas. Pronto Yato logrará uno de estos compañeros y además la amistad de una adolescente que, por haber estado cerca de la muerte, es capaz de verle y de convertirse en un ser a medio camino entre dos mundos con cola de gato. La misión de Yato es acabar con unas influencias malignas que empujan a los seres humanos a cometer actos malvados o de desesperación. Eso cuando no está limpiando o cuidando bebés por sumar seguidores y unos cuantos yenes para construirse un templo. Acción sobrenatural, mucho humor y muy poquito romance. Hay una diosa guerrera rubia, bondadosa y extremadamente poderosa (y muy sensualmente, todo hay que decirlo) que cabalga un león y que a Julia le encanta.

Tenemos que enseñar a nuestros niños a ver y escuchar música

Hoy os voy a contar cómo Rozalen se convirtió en maestra de mi hija para aprender a ver y escuchar música.

En el colegio de mi hija están llevando una actividad  que me parece muy positiva. Cada fin de semana un niño (tienen entre ocho y nueve años) se lleva un pincho a casa y vuelve con una canción que haya seleccionado porque le guste. Pueden ser en inglés o en español, pero tiene que llevar también las letras.

Luego, en clase, escuchan todos esa canción y se fijan, no solo en la música y si es bailable, sino en lo que cuenta la letra, en el papel que tiene la mujer en ese contenido y en el vídeo, en qué se muestra y quiere transmitir.

Hay demasiadas canciones en las que se transmiten mensajes poco apropiados para la infancia (también para los mayores, aunque ese es otro tema), en el que en los vídeos las mujeres son poco más que trozos de carne.

Pero bueno, la idea es enseñar a pensar, animar a reflexionar, a ser críticos; de tal manera que si luego te gusta bailar con esas canciones discutibles, al menos seas consciente de lo que hay y por tanto impermeable.

Julia ha traído el pincho este viernes colgado al cuello y muy ilusionada. Cuando he preguntado si sabía ya qué canción llevar ha respondido: “Girasoles”.

Rozalen entró en casa hace varios meses y ha sonado bastante desde entonces gracias a Jaime, que tiene doce años, autismo, una discapacidad importante, no habla, y en la música tiene su entretenimiento favorito.

Este mismo sábado por la mañana me he sentado con mis hijos en el sofá. “Vamos a ver varias canciones de Rozalen fijándonos bien en los vídeos y en las letras para ver cuál quieres”.

Y eso hemos hecho. Hemos corroborado que serán sus girasoles  los que vayan a clase el lunes, ese himno alegre a la gente buena, que no discrimina, que se preocupa de los demás, que mete la pata pero su paso por el mundo aporta y no resta.

Un himno en un vídeo en el que hay lengua de signos, distintos tipos de discapacidad, los mismos cuerpos con los que nos cruzamos por la calle, hombres con hombres y mujeres con mujeres que se quieren y se besan, bailes que transmiten contento pero no sensualidad gratuita.

Pero también hemos visto La puerta violeta, Comiéndote a besos, Vivir, etc.

Julia, con nueve años, no entiende bien lo que quieren transmitir todas las canciones. Le faltan vivencias, capacidad para interpretar tanta figura poética y conocimiento de cosas como el sida.

Yo se lo he ido haciendo ver, hemos ido comentando lo que expresaba cada canción y como eran los vídeos. Ha sido un rato estupendo juntas y además ha sido productivo, porque momentos así le servirán para ver y no solo mirar. La música como tantas otras cosas.

Os ánimo a intentarlo con vuestros niños, con la música que a ellos les interesa y gusta, sea la que sea. Nuestra obligación como padres es enseñarles a abrir los ojos, a que los tengan del todo abiertos.