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‘Saboteur’, ‘Hombres Lobo de Castronegro’ y ‘Secret Voldemort’, tres juegos de roles ocultos divertidos, fáciles y para multitudes

No son ninguna novedad, ni mucho menos. Son juegos de mesa (de cartas) veteranos (al menos los dos primeros, el tercero tiene sus particularidades) que si resisten en las estanterías de las tiendas especializadas es por algo. Son fáciles de entender, rápidos de jugar, baratos, abultan poco y las risas con ellos están aseguradas.

Tienen además en común que todos son juegos de roles ocultos, muy sociales y abiertos a la interpretación. La carta que te reparten indica quien eres, tal vez un hambriento hombre lobo, tal vez un minero boicoteador, tal vez un nazi (o un mortífago, en la versión que nosotros jugamos de Secret Hitler, que es Secret Voldemort).

Los hemos puesto a prueba con niños de unos siete u ocho años, abuelos y personas completamente ajenas al universo de los juegos de mesa, y siempre funcionan.

Me atrevo a decir que los dos primeros son imprescindibles en hogares en los que se reúnan muchos dispuestos a pasarlo bien juntos un rato ante una mesa. También si nos vamos de vacaciones en amplia compañía. Y el tercero es más que recomendable también.

Hombres Lobo de Castro Negro es una sencilla baraja de cartas, para el que hay ampliaciones, y que podemos adaptar a nuestro gusto con un buen puñado de personajes. Requiere al menos ocho jugadores (admite hasta 18) y un narrador, que indica cuando llega la noche y toca cerrar los ojos para permitir a los hombres lobo salir de cacería (o a Cupido para unir corazones, o a la la vidente o la bruja para intentar contrarrestar a los malvados), haciendo avanzar el juego. De día todo el pueblo debe ponerse de acuerdo para linchar a un sospechoso de ser hombre lobo, con el voto doble de un alcalde elegido democráticamente. Ganan los lobos si al menos uno de ellos queda en pie tras haber devorado a todos los aldeanos. Pierden si caen derrotados. Si jugamos con Cupido, que no es obligatorio, también pueden ganar los enamorados que designe si son ellos los que quedan en pie, aunque sean un aldeano y un licántropo.

A los hombres lobos los edita en España Asmodee y cuesta unos diez euros. Fue diseñado por Dimitry Davidoff, Philippe des Pallières y Hervé Marly e ilustrado por Alexios. Reconozco que lo único que me gusta poco del juego son precisamente las ilustraciones. Cosa de gustos. Y así como truquillo, con una baraja convencional o papelitos se puede también jugar, aunque siempre es de recibo comprar el juego si probamos y nos gusta.

Saboteur es otro clásico familiar. Otra baraja de cartas que, al contrario que con los hombres lobo, sí que habrá que desplegar sobre la mesa. Permite de tres a diez jugadores, cuyo objetivo será construir túneles poniendo cartas hasta llegar a la pepita de oro si son buenos enanitos mineros. Si son saboteadores su objetivo es boicotear sus esfuerzos colocándoles galerías truncadas y propiciando derrumbes. Las cartas que rompen y arreglan picos, luces y carros servirán de armas a ambos bandos. El problema, y lo divertido, es que no siempre está claro quién está en qué bando.

La idea es jugar tres partidas y gana el jugador que acumule más pepitas. Los saboteadores, por ser siempre menos, es fácil que obtengan más oro al ganar una ronda.

Este juego, un éxito mundial incontestable con continuaciones del belga Frederic Moyersoen, tiene un precio similar. Se puede encontrar por unos diez u once euros.

Vamos por último con Secret Hitler, aunque ya os comenté que en nuestra casa es la adaptación Secret Voldemort porque preferimos tirar del universo de Harry Potter. Cuesta el doble que los dos anteriores, cuesta algo más encontrarlo (aunque internet todo lo puede) y recuerda más al primero de ellos.

Permite de cinco a diez jugadores y divide a todos ellos en dos grupos secretos, que en la versión original, ambientada en la Alemania de los años 30, son liberales y fascistas (más de los primeros que de los segundos, entre los que se encuentra Hitler al que deben encumbrar como líder).

Los creadores de este juego, nacido de Kickstarter, son Mike Boxleiter (fan como yo de Band of brothers, la serie de Spielberg de la Segunda Guerra Mundial), Max Temkin y Tommy Maranges.

Es una pena que el éxito internacional que tuvo no se replicara en España. El juego lo merece.

Su versión Harry Potter, más apto para ser un juego familiar, requiere tirar de manualidades (también pueden llevarse a cabo en familia). Aquí podéis echar un ojo a cómo es:

‘Wingspan’, un buen juego de mesa familiar con las aves como protagonistas

Hace ya demasiado que no recomendaba por aquí un juego de mesa, iba tocando. Los que me seguís ya sabéis que solo asomo los juegos que disfrutamos jugando en familia tras bastantes partidas. Me importa poco que sean estrenos o ya veteranos.

En este caso se trata de un juego que lleva muy pocas semanas en España: Wingspan, creado por Elizabeth Hargrave y que ha editado en España Maldito Games con un precio de venta recomendado de 55 euros.

Wingspan nos entró a todos por los ojos nada más ponerle la vista encima. Es un juego muy bonito, muy bien acabado, con su torre de avistamiento que es torre de dados, sus huevitos de colores y sus coloridas cartas. Y a mí, que soy una enamorada de todo tipo de animales, me ganó ya antes de ponernos a jugarlo por su temática.

Es un juego que permite conocer mejor las aves, todo tipo de aves. Las tarjetas, con preciosas ilustraciones de Natalia Rojas, Ana María Martínez Jaramillo y Beth Sobel, nos enseñan, en líneas muy generales eso sí, su tipo de hábitat, de anidamiento, alimentación, tamaño, nombre común y científico, presencia en el mundo y alguna curiosidad.

Las cartas también incluyen las diferentes acciones de cada ave. Algunas, normalmente las que más puntos otorgan al final de la partida, no tienen ninguna. Las hay cuyas acciones se ejecutan una única vez al ponerlas en juego y otras que nos logran alguna ventaja cuando el adversario hace algo en concreto, como poner huevos o colocar aves en la zona boscosa. La mayoría tienen acciones que decidimos nosotros activar. Y son acciones consecuentes con el tipo de ave y su comportamiento en libertad.

Es decir, que Wingspan tiene el mérito añadido de ser una forma de aprender jugando sobre la fauna que nos rodea. O que nos rodearía si viviésemos en Norteamérica. Aunque hay aves que se pueden ver en Europa, lo cierto es que el juego está protagonizado por las especies del continente americano. Ojalá hubiera una versión, tal vez una expansión, con aquellas con las que convivimos en España.

¿Con qué edad podemos jugar con nuestros niños? En la caja recomiendan a partir de diez años y no están mal encaminados. No obstante, con niños jugones, que estén acostumbrados desde pequeños a los juegos de mesa, puede ser fácilmente un par de años antes.

Uno de los motivos por los que es un buen juego familiar, para sentarse con los niños, es que no es largo en absoluto. Que nadie espere dos horas de partida. En cuanto se juega una o dos veces se adquiere agilidad y en media hora o cuarenta minutos se pueden culminar sus cuatro rondas.

No es un juego complejo (al menos de jugar, para ganar ya es otra historia) y la mecánica, en la que combinando combinaciones de cartas y algo de gestión de recursos, está muy bien pensada. Empezamos con ocho acciones y vamos teniendo una menos a cada turno que pasa.

En este vídeo se explica pormenorizadamente cómo se juega:

Que nadie espere, eso sí, un juego con el que chincharse unos a otros. No está pensado para poner zancadillas a otros jugadores sino para desarrollar tu estrategia confiando en que la suerte esté de tu lado. Un factor suerte viene de la mano de los cinco dados que designan el tipo de alimento que hay disponible y permite colocar aves en nuestro cuaderno de campo y de las distintas aves que vayan saliendo.

El juego está muy equilibrado. Hay distintas vías para obtener puntos y las misiones iniciales no son necesariamente la que más destacan en este sentido.

Al final del juego se puntúa por el número de huevos que tengamos sobre nuestros pájaros, los puntos de las distintas aves que hayamos avistado (qué estén en nuestro cartón), las misiones de cada ronda, las misiones ocultas por nuestra profesión, el número de alimentos en las aves (hay pájaros que acumulan comida, como en la vida real) y de cartas bajo otras de ellas (las que se alimentan de otras aves).

Pueden jugar de una a cinco personas. El modo de juego en solitario, que se desarrolla con la ayuda de unas tarjetas, no lo hemos probado. Con dos y tres personas sí y se desarrolla perfectamente. Nos queda también la duda de cómo sería con cinco, si se resentiría en algo. No me da la impresión.

‘La polilla tramposa’, el juego de cartas que permite a los niños (y a los mayores) divertirse haciendo trampas

Como familia aficionada a los juegos de mesa que somos, era lógico esperar que el pasado sábado, por el décimo cumpleaños de mi hija, le regalasen algún juego. Este año han sido dos, ambos del tipo pequeño, de esos que puedes llevar en el bolso y que te permite pasarlo bien en casa pero también en vacaciones o durante cualquier tiempo de espera.

Uno ha sido Torre de gatos, de Tranjis Games (los mismos de ese exitazo que es Virus). Un juego de lo más cuco del que ya os hablaré en un futuro.

 

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Atención a la cucada que es #torredegatos, uno de los regalos de cumpleaños que recibió Julia. Ya os hablare de este #juegodecartas de @tranjisgames en el blog.

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Hoy os quiero recomendar el otro, La polilla tramposa, de Emely y Lukas Brand y editado por Devir. no es ninguna novedad (apareció en 2012), pero ya sabéis que eso no me guía en mis recomendaciones, sólo que el juego nos haya gustado en casa de verdad.

Es, en realidad, un juego de cartas. No hay dados, no hay nada más que una baraja repleta de hormigas, arañas, mosquitos, cucarachas, polillas y una chinche guardiana (ya, bichos, ecks). Y las ilustraciones están bien, son correctas, pero no tiene ni de lejos el componente cuqui de Torre de gatos. Por eso el primero que probamos fue el de los gatitos de grandes ojos que nos gustó. Pero al que acabamos jugando partida tras partida media tarde y entre risas fue a la feúcha polilla.

Se reparten ocho cartas por jugador numeradas del uno al cinco y pinta una carta. Hay que colocar una que sea un número superior o inferior a la que hay descubierta. Si es un cinco puede ser un cuatro o un uno. Si es un uno puede ser un dos o un cinco. El objetivo es quedarse sin cartas y una manera prácticamente obligada de lograrlo es tirándolas o escondiéndolas. Eso sí, de una en una.

La gracia que tiene el juego es que invita a hacer trampas. Y decía que el juego obliga a ello porque la carta de la polilla tramposa no se puede jugar, no puedes colocarla sobre la mesa para deshacerte de ella. La única opción que tienes es hacerla desaparecer sin que te pille el jugador que tiene la chinche guardiana. Si nos cazan con las manos en la masa, recuperaremos la carta tirada, el jugador que nos ha pillado nos entregará una carta de su mano y nos tocará ser la chinche a partir de ese momento. La gran ventaja de ser chinche es que, en ese caso, sí que podemos jugar las polillas con normalidad.



La mecánica es extremadamente fácil.
Tanto que niños de a partir de unos seis años pueden jugar sin problemas. Tanto que es el típico juego que los niños pueden disfrutar sin un adulto delante, como sucede con el Virus o el Uno, al que también recuerda.

Vayamos a los bichos que os mencioné antes. Hay una mayoría de cartas neutras (20 de 72) que simplemente se juegan con normalidad (o de las que nos deshacemos haciendo trampas). También bastantes que implican jugadas especiales. La hormiga obliga al resto de jugadores a coger una carta del mazo, la cucaracha permite colocar inmediatamente otra carta con el mismo número encima a cualquier jugador, la araña permite al jugador que la ha depositado señalar a un jugador que tendrá que coger una carta y si alguien deja un mosquito hay que correr a poner la mano encima, el último en hacerlo recibirá una carta de la mano del resto de jugadores.

Las tres palabras que lo definirían serían sencillo, portátil y divertido.

Se nota bastante el salto de tres a cuatro personas jugando. Y me refiero a que se nota para bien. Con cuatro jugadores la atención de la polilla está dividida y las risas arrecian. Con tres funciona muy bien pero es un poquito menos divertido. Con dos no funciona. Con más de cuatro no lo he probado pero creo que funcionará bien, aunque la chinche va a sentirse tal vez algo sola ante el peligro.

Se puede encontrar por unos doce euros.

‘El monstruo de colores’, el cuento para conocer y desenredar emociones ahora es un juego de mesa para toda la familia

Hay unos cuantos cuentos infantiles que son auténticos best sellers por mérito propio. Es prácticamente imposible no estar inmerso en el universo infantil y no conocerlos y apreciarlos. Uno de esos libros ilustrados, recomendado hasta la saciedad y presente en muchos centros educativos y hogares con niños, es El monstruo de colores.

Los niños, a partir de los dos o tres años, necesitan aprender a reconocer y gestionar unas emociones que, con frecuencia, les abruman. Les sucede igual que al monstruo protagonista del cuento, que es un buen instrumento para ayudar en este necesario proceso madurativo.

Tras su éxito ha habido más libros de diferente tipo protagonizados por este simpático monstruo, muñecos, y hace poco (en noviembre) llegó un juego de mesa cooperativo de la mano de Devir y firmado por la misma autora del libro original, Anna Llenas, y también por Josep M.Allué y Dani Gómez.

Hemos podido probarlo y nos ha gustado mucho. Tiene una mecánica sencillísima; tan sencillas son sus reglas que si hay por casa un niño que tiene a partir de seis o siete años, me parece buena idea animarle a que sea él el que lea las instrucciones y las explique a los demás.

Las resumo: hay un tablero en el que están representados, con áreas de colores, las distintas emociones: alegría, enfado, tristeza, calma y amor. En cada zona hay una ficha que representa ese sentimiento del monstruo. Hay que ir tirando un dado que nos permitirá ir desplazándonos con la figura del monstruo una o dos casilla. Al llegar a una zona concreta siempre hay que contar algo, una experiencia, situación, objeto, persona… que nos inspire ese sentimiento. Si en esa zona había una ficha, hay que elegir el frasco en el que colocarla, practicando la memoria para dar con el color correcto. Si acertamos, ya la dejamos girada y colocada. Si el frasco es de otro color, la volvemos a dejar en su zona. Si damos con un frasco de revoltijo lo dejamos girado y acumular tres revoltijos a la vista implica perder. En el dado también hay una opción que nos permite ir a cualquier zona que queramos y otra que nos permite mover a la niña. Si niña y monstruo se encuentran en una misma área, podemos anular un revoltijo.

También hay un

Lo importante aquí no es el reto cognitivo que suponga, sino lograr una experiencia de juego bonita y constructiva, hablando de sentimientos, que es algo que no siempre resulta fácil (no solo a los niños, también a muchos adultos), y que hacemos con menos frecuencia de lo que deberíamos. Solo por eso, ya tiene un gran valor.

Es además un juego que permite que nos conozcamos mejor, a los demás y a nosotros mismos, porque pensar en lo que nos hace sentir calma, cariño, felicidad, rabia o tristeza, supone un sano ejercicio de reflexión a cualquier edad.

Es eminentemente un juego para niños, el tamaño y manejabilidad de sus elementos lo proclama. También lo hace el hecho de que las partidas son muy cortas. En unos diez minutos podemos haber logrado colocar cada sentimiento en su frasco. Y para niños muy pequeños. Está recomendado para niños a partir de cuatro apos, pero con tres años los habrá que ya pueden estar lanzando el dado. No obstante, creo que puede ser un bonito juego para las sobremesas familiares, involucrando también a abuelos y bisabuelos en la diversión.

Y es un juego que no alienta la competición. Como ya apunté, es cooperativo. Es entre todos cómo hay que ayudar al monstruo, lo que también es un valor. Sé que los juegos cooperativos son los menos, que la gente a veces no se siente motivada si no existe la opción de ganar y perder, pero yo confieso que disfruto mucho con este tipo de juegos y me parecen especialmente interesantes con niños. Algunos de nuestros pequeños son demasiado competitivos, cooperar jugando puede beneficiarles.

Con dos jugadores funciona bien y admite hasta cinco. Aunque habiéndolo probado, si son seis o siete tampoco va a ser un problema y nada impide jugar por equipos. Los juegos están para ‘hackearlos’ siempre que el objetivo sea disfrutarlos.

En las aulas puede ser un excelente instrumento. Se puede encontrar por unos treinta euros y no es imprescindible conocer el cuento en el que se ha inspirado. En las instrucciones incluye una pequeña guía con recomendaciones para ahondar sobre los sentimientos que aparecen mientras jugamos o para animar a los peques a expresar sus emociones.

‘Familiarizados’, un juego de mesa para dedicar la sobremesa a conocernos mejor

Tal vez, a la altura de diciembre a la que estamos, ya hayáis visto este vídeo de Ikea que anima a dejar móviles y redes sociales a un lado durante estas fiestas y hablar entre nosotros, conocernos, compartir anécdotas, recuerdos y gustos, que las típicas sobremesas interminables españolas están en riesgo de desaparecer de la mano de la conectividad.

El hashtag asociado a la campaña es #DesconectaParaConectar. Y sí, ya sé que hay un interés comercial detrás, pero eso no quita que el mensaje sea acertado.

La mayoría de los comensales, aunque conocen muy bien los detalles de personajes digitales, paradójicamente desconocen muchos aspectos importantes de la vida de los seres queridos con los que conviven cada día. El mensaje que se quiere trasladar es que los que no acierten en realidad lo que pierden no es el juego, son todas esas conversaciones y momentos que dejan de vivir y disfrutar por estar excesivamente conectados.

“Con esta campaña queremos invitar a la gente a hacer un uso racional y responsable del móvil y las RRSS, y a que se desconecten de ese mundo virtual y se conecten con los seres queridos que tienen cerca. Seguro que con esa conexión van a disfrutar mucho más de las celebraciones navideñas en sus casas”. Afirma Laura Durán, directora de marketing de IKEA.

Como parte de la campaña, la empresa encargó y editó un juego de mesa llamado Familiarizados. Un juego que no se vende, pero que estará disponible mientras haya unidades para los socios de Ikea Family, empleados y unas pocas personas más.

Uno de ellos acabó en mis manos. Tenía que probarlo siendo un juego de mesa, que ya sabéis que es una de nuestras ocupaciones favoritas en familia.

Lo hemos sacado en un par de sobremesas familiares, con abuelos, tíos y sobrinos, y ha sido un éxito. No todo el mundo está dispuesto a jugar a juegos de mesa convencionales, a aprender reglas y aplicarlas pudiendo estar de charla con un café, pero este juego consiste precisamente en charles y reírse.

Permite hasta ocho jugadores, aunque nada impide si somos más descartar jugarlo de manera individual y hacer parejas o grupos. La mecánica, inspirada en la de un trivial, no puede ser más simple: colocamos nuestros móviles dentro de la caja cerrada y nuestras fichas en la casilla que más nos plazca y vamos tirando dados empezando por el jugador más joven. Podremos caer en casillas de cuatro tipos, que corresponden con cuatro cartas diferentes. Algunas son para contestar individualmente, otras para contestar todos.

En una de ellas, a la de tres, señalar a la vez a la persona que creemos que corresponde lo que dice la tarjeta, como quien ha estado en más países o quién lleva más cosas en los bolsillos. En otra roca contarnos una anécdota sobre otra persona, pero la tarjeta indica que esa anécdota debió tener lugar en un supermercado o un avión. Otra consiste en lanzar una pregunta aplicable a una persona tipo si le gusta más ser jefe o tener jefe o si viviera en el campo preferiría ser pastor o agricultor. Todo el mundo, incluida la persona a la que se dirige la pregunta, levanta al mismo tiempo la tarjeta con la A o la B que responde dicha pregunta. La última es contestar a una pregunta sobre una persona, del tipo ¿a qué país le gustaría viajar?.

Se puede saber o se puede adivinar. El objetivo es ir consiguiendo las fichas de todos los demás jugadores, igual Sur en trivial hay que lograr todos los que sitos. El primero que logre todas, gana. Si hay empate, gana el más joven, que como bien decía mi hija de nueve años tenía desventaja porque había tenido menos años para conocernos.

Y como colofón, toca reírse haciendo el tonto. Al comienzo de la partida todos los jugadores han tenido que escribir previamente en un papel algo fácilmente realizable, como saltar a la pata coja , contar un chiste, darle un abrazo al perro o cantar un villancico. Aquel que ha ganado abre todos los papeles y elige lo que hacer. Tras él, van haciendo todos los demás lo mismo en orden hasta que se llega al último, que tendrá que hacer lo que nadie ha querido.

Nosotros volveremos a jugarlo estas fiestas. Y sería estupendo que Ikea se plantease editar más, incluso venderlos a un precio moderado. Es un juego sencillo y que está muy bien. Para que fuera redondo solo habría que explicar algo mejor algunas reglas, que nosotros hemos al final adaptado algunos aspectos que no nos quedaban claros, como a quien se dirigía alguna pregunta, quién tenía que contestar o cómo se iban obteniendo las fichas de los demás.

En cualquier caso, Ikea acaba de lanzar una versión digital disponible de forma gratuita para todo el que lo desee. “A esta versión digital se accede través de un link que para poder abrirse pedirá al usuario que ponga su móvil en modo avión, para asegurar de ese modo la desconexión y evitar interrupciones”.

Al ser fácilmente jugable desde el móvil puede ser un buen recurso para jugar sin necesidad de ir con la caja bajo el brazo a todas horas.

Keltis, un cinquillo elevado a juego de mesa que funciona muy bien con niños

Cuando era pequeña jugaba mucho al cinquillo con mis abuelos y mis padres, sobre todo con los primeros. También con primos y amigos. Era un juego de cartas rápido, fácil de explicar, me parecía divertido ir construyendo una escalera de cada palo.

Keltis, el juego de mesa que os recomiendo hoy, es un cinquillo que ha ido a la universidad y se ha sacado el doctorado. Comparte con él la facilidad en entender las reglas y la agilidad. Es inevitable que cada vez que lo juguemos recuerde las partidas con mis abuelos, por eso tal vez le tenga especial cariño.

Pese a ser ganador de bastantes premios cuando salió a la venta hace una década (entre ellos el de mejor juego en Alemania), pese a tener como autor a uno de los creadores de juegos más afamados, Reiner Knizia, sé que a muchos adultos que han probado este juego les parece algo soso, creen que le falta enjundia. De hecho la puntuación que tiene en Boardgamegeek.com no es muy alta, 6,4 de 10. Y probablemente tengan razón; fue un juego hijo de su tiempo cuya mecánica está menos de moda hoy día e incluso pueda parecer superada, pero creo sinceramente que a día de hoy se ha convertido en un juego familiar muy recomendable.

Su sencillez y el hecho de que las partidas apenas duren menos de media hora, lo hacen muy apropiado con niños. Es cierto que la inspiración celta, les puede saber a poco comparada con la belleza de otros buenos juegos que he asomado por aquí como el Kanagawa, el Drum Roll o el Takenoko, que les entran por los ojos antes incluso de abrir la caja, algo que es importante con los niños. Pero siempre es posible añadirle magia. Por ejemplo, contándoles que somos druidas que tienen que aprender a manejar los cinco elementos y que las piedras que vamos encontrando secretos mágicos.

Lo recomiendan a partir de diez años, pero por mi experiencia niños de seis años ya pueden jugar sin problemas con él, a poco que pongan interés y sean capaces de quedarse sentados media hora.

Primo hermano de Lost Cities, tiene un tablero en el que hay cinco caminos de diferentes colores a escalar. En ese camino hay piedras que el primero que las alcance, se quedará. Algunas permiten seguir avanzando, otras dan puntos, también las hay que esconden unas piedras verdes que nos darán puntos (o nos los quitarán si no conseguimos los suficientes).

A cada jugador (el juego admite cuatro) se le reparten ocho cartas en las que aparecen representados los mismos colores que en el tablero y numeradas del cero al nueve. Para mover nuestras fichas tenemos que ir bajando ante nosotros la escalera de ese color, que puede ser ascendente o descendente, saltar números o repetirlos. Cuando soltamos una carta, recogemos otra del mazo o de los descartes.

Podemos intentar escalar todos los palos o centrarnos en unos pocos. Una de nuestras fichas, la más grande, puntúa doble. Para bien y para mal, porque empezar una ruta y quedarse demasiado abajo supone perder puntos.

De verdad, más sencillo imposible y matemáticamente bien pensado. Es muy dependiente de la suerte, de las cartas que lleguen a nuestras manos, pero también requiere planificación y la capacidad de tomar ciertas decisiones estratégicas.

Se puede encontrar por menos de 30 euros, aunque puede costar un poco dar con él. Y hay una versión de viaje a menos de diez que tengo pendiente de probar.

Juegos de mesa rápidos que apenas ocupan espacio y vienen muy bien con niños

Hay juegos de mesa, de cartas, que apenas ocupan espacio, de mecánicas sencillas que se explican en un pispás, que se pueden llevar en el bolso para sacar en cualquier momento. Ideales para entretener a adultos cuando hay poco tiempo por delante y también a niños.

Los aficionados a los  juegos de mesa llaman fillers a los juegos rápidos de pillar y poca duración, vocablo inglés de regular traducción en este caso. ¿Rellenadores?

Con los niños, además de divertidos y de permitir entretenerse en compañía estos días de tanto matatiempos solitarios, son útiles para trabajar la atención, las competencias lingüísticas, el cálculo mental, el pensamiento abstracto…

Nunca me cansaré de ponderar las ventajas (demostradas) de los juegos de mesa (y de rol) con niños y adolescentes, pero en concreto este tipo de juegos son especialmente recomendable para los neófitos de los juegos de mesa, para los adultos poco dispuestos o con poco tiempo para empollarse las reglas de los juegos más complejos.

Son divertimentos baratos y portátiles que además, en estas fechas de mucho viaje, de llevar a destinos en los que compartir tiempo juntos, pueden venir muy bien.

Os cuento cuales creo que destacan, todos recomendables, aunque en cada casa pueden gustar más unos que otros.

El rey de estos juegos yo diría que es el Dobble, una latita minúscula y versátil de la que han sacado ya varias versiones, incluyendo una resistente al agua y otra infantil, pero mi recomendación es apostar por el original. He visto niños de tres años jugando al Dobble clásico sin problemas.

Permite cinco juegos distintos, y nada impide inventar los propios. Es un éxito tal que han salido bastantes imitaciones fácilmente identificables, pero sí ya se tiene Dobble no son precisos otros juegos similares. Y si no se tiene ninguno, mejor tirar de éste.

Nuestro favorito es Love Letter. El pasado verano fue el juego que más disfrutamos con nuestra hija y hemos seguido jugándolo todo el año. Un juego de cartas a varias partidas del que ya os hablé largo y tendido.

Es posible además construir con nuestros hijos y un poco de maña en Photoshop las versiones que mas nos gusten con nuestros personajes favoritos. También hay disponibles adaptaciones para descargar, imprimir y plastificar basadas en las licencias más conocidas. Nosotros tenemos el original, una versión de Star Wars y tenemos pendiente crear otra inspirada en Haikyuu.

Al que más hemos jugado, y se nota por su estado, es a otro juego de cartas: Virus. No hay niño que conozca que haya probado a reunir los cuatro órganos del cuerpo humano esquivando viras a base de vacunas y lanzándoselos a otros que no haya disfrutado. Adultos y niños también juegan equiparados en este juego.

También es altamente recomendable Story Cubes, dados de los que también hay múltiples versiones y que permite crear historias. Una manera maravillosa de escurrir la imaginación y las capacidades lingüísticas.

Otro juego que permite salirse del guión. Se puede jugar con estos dados a las imitaciones, a descubrir que nos quiere decir el otro… Sé de quien lo usa para encontrar inspiración y dibujar o sacar temas de conversación.

Ya abultando un poco más está el Patchwork. A mi marido le entusiasma, confieso que a mí no tanto pero es incuestionable que se trata de un gran juego. La cosa es ir consiguiendo botones a base de poner piezas que recuerda a un tetris, uno especialmente geométrico, matemáticamente estratégico.

Siendo objetivos, la única pega que le encuentro para este listado que piensa más en niños y en entretenimiento familiar es que solo permite dos jugadores y que se nota mucho la diferencia de nivel entre niños menores de unos doce años y adultos. También que el bolso tiene que ser un poco más grande.

Yo prefiero La Colmena, una suerte de juego de damas hexagonal protagonizado por insectos que se mueven de diferente manera. Fácil y al mismo tiempo con más enjundia de que que parece (por eso es a partir de unos ocho o nueve años) y que permite que jueguen más de dos personas.

Su único posible inconveniente es que la colmena a veces requiere un poco de espacio dependiendo de cómo se despliegue. La bandeja de un avión no es bastante, con la mesa de un AVE sobra sitio. Por eso probablemente hayan sacado una versión aún más pequeña.

Hay más por supuesto: Port Royale es otro juego de cartas al que jugamos mucho hace dos años, en Normandía, Sushi Go, la versión de dados de Bang (el Bang original ocupa algo más y también lleva un poco más de tiempo jugarlo pero se podría considerar otro filler), el cooperativo Código Secreto, Los hombres lobo de Castronegro, Hanabi, Famiglia (otro al que le dimos mucho tute), Jaipur

¿Cuáles son vuestros favoritos entre este tipo de juegos y por qué motivo?

‘Cluedo Junior’, para ejercitar la deducción, la atención, la memoria y divertirse

imageHace ya demasiado que no os hablo de un juego de mesa, así que vamos con uno. Un juego, además, que eligió Julia tras recorrer una y otra vez los dos pasillos llenos de cajas con juegos que había a su disposición en esa tienda.

Es la versión infantil de un clásico de los de toda la vida, de los que también probablemente hayamos nosotros jugado de niños en alguna ocasión. Un juego con el espíritu de Agatha Christie, pero que en esta adaptación para niños no incluye el asesinato de nadie.

En el Cluedo infantil el crimen cometido ha sido devorar una  tarta sin repartir con nadie. El objetivo es encontrar a semejante egoísta entre seis personajes. También saber con qué bebida se la zampó y a qué hora. Cada jugador está equipado con una libretita para ir marcando a lápiz las pistas que vayan sumando.

Se tira un dado en el que nos puede salir un número con el que movernos por la casa. Si al movernos caemos en una casilla blanca podemos mirar bajo los pies de ese personaje, a ver si encontramos migas en lugar de una hora. Si caemos en una amarilla miramos las bebidas que hay bajo el mobiliario. Si con nuestros movimientos no llegamos a ningún sitio, pues ahí nos quedamos sin investigar. En el dado también pueden salir directamente los colores blanco o amarillo, que nos permiten cotillear el personaje o el mueble que queramos.

Obviamente, las peanas que corresponden a cada personaje o mueble cambian en cada partida, para perpetuar el misterio. Igual que en cada partida la suerte decide cuáles se apartan para designar al culpable, la hora que comió la tarta y la bebida. También es obvio que gana el que acierta y si algún jugador hace una deducción equivocada queda eliminado automáticamente del juego.

La ventaja de su sencillez es la posibilidad de jugarlo entre niños a partir de seis o siete años sin la participación de un adulto. Con la ayuda de un ‘mayor’ a partir de los cinco años, como indica la caja, pueden jugar perfectamente, puede que incluso antes si el niño está acostumbrado a jugar en mesa y tiene ya cierta capacidad para concentrarse.

Además de la atención constante (es importante no perderse lo que hagan los demás jugadores) y de las dotes de deducción, también se ejercita la memoria. Aunque no olvidemos que el objetivo más importante con los niños es divertirse.

De Hasbro, la misma casa del Cluedo adulto y de tantos otros clásicos, admite de dos a seis jugadores y se puede encontrar por unos veinte euros, puede que algo menos si buscamos bien.

A los adultos se les puede quedar un poco corto, pero tampoco pueden dormirse o mirar el móvil mientras juegan, que las partidas están bastante igualadas a poco que los niños se esfuercen.

Cluedo Junior es una buena manera de comprobar si, a partir de unos ocho años, podemos introducir a nuestros hijos en el Cluedo adulto, en el que sí hay asesinatos y la complejidad aumenta. Un juego que, como curiosidad, nació en plena Segunda Guerra Mundial, creado por Anthony E. Pratt, empleado británico de un abogado. A día de hoy hay numerosas versiones, incluyendo algunas inspiradas en famosas franquicias como Star Wars, Juego de Tronos (lo raro ahí es que haya un único asesinato a investigar), Sherlock, Los Simpsons, The Big Bang Theory o Doctor Who.

De hecho, es habitual que los juegos de mesa más conocidos tengan versiones infantiles, a modo de prueba pero también de entrenamiento para encarar luego el adulto. Existen, por ejemplo, adaptaciones de Catan, Carcassone (otro que os recomiendo), del Trivial, el Monopoly o de Aventureros al Tren.