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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

¿Creéis que se hacen dibujos animados distintos para niños y para niñas?

No debería haber juguetes de niños y juguetes para niñas, sino juguetes para jugar. Con las series de animación infantiles creo que la idea debería ser semejante.

No sé qué opinareis vosotros si os formulo la pregunta con la que tituló el post. Yo creo que sí, que por estética y guión hay productos televisivos infantiles que escoran claramente a encontrar una audiencia infantil femenina o masculina. No todos, claro, los hay que aspiran a gustar a todos, niños y niñas.

Y coincido con la reflexión que hacía a este respecto hace tiempo Sara Palacios (aka Walewska), que es todo ingenio y sentido del humor y a la que recomiendo que sigáis y leáis en todo lo que escriba empezando por Mamis y bebés, lo siguiente:

La mayoría de los dibujos “para niñas” tienen argumentos cursis y consisten en chicas preocupadas por chicos. Los de “chicos” son violentos. Y los que están orientados a chicos y chicas, consisten en grupos en los que las niñas aparecen como cuota y nunca son las que mandan. Jake y los piratas de Nunca Jamás, una pirata de tres y el que manda es Jake. Patrulla Canina ¡sólo una perra entre 6 y tiene un papel secundario casi! Pj Mask, tres superhéroes, una sola chica. El único que se me ocurre con una prota femenina que sea (supuestamente hablo) orientado para niños y niñas es Lady Bug.

Totalmente de acuerdo. Seguro que se os ocurren, a poco que penséis, más series en la que pasa eso. Aunque luego las vean tanto niños como niñas.

Además, las características que distinguen a muchas de las protagonistas femeninas son las mismas y discutibles: el interés por estar monísimas, por los chicos, por los accesorios, el ser las prudentes del grupo, y tener enormes pestañas.

Sí… las pestañas. No hace mucho mi sobrina de cuatro años me explicaba las diferencias entre chicos y chicas basada en lo que ha visto en la animación, y era que las chicas llevan pendientes, pelo largo y tienen pestañas, los chicos no. Cuando le puse en nuestra familia ejemplos de chicos con pelo más largo y pestañas espesísimas, más que yo, la descoloqué bastante.

Sé bien que hay excepciones, que cada vez más encontramos más animación que se sale de estos carriles. Sobre todo si hablamos de los productos pensados para los niños más pequeños, como Pocoyo, Little Einsteins, Dora, Caillou o Peppa Pig.  Una suerte, pero lo otro se sigue dando. Sobre todo en cuanto el público objetivo empieza a  sumar años y querer otro tipo de historias.

Debería haber series para pasarlo bien, para disfrutar y que transmitan valores positivos, sin desequilibrios, sin personajes que son poco más que mascotas.

A aquellos padres que piensan: “No me gustaría que mi hijo fuera gay, porque no quiero que sufra”

Padres jóvenes, bondadosos, abiertos de miras, solidarios, que aman a sus hijos y a los que he oído expresarse como título este post.

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Si sus hijos, que  ahora son niños pequeños, crecieran y formarán parte del universo LGTBI, los aceptarían y amarían igual. No tengo la menor duda. Pero de ser algo que pudieran elegir, dicen preferir que no fuera así para que no sufran, porque lo tendrían más complicado.

Asumen que si se salen del camino más transitado tendrán más dificultades para ser felices, y no digo que no tengan parte de razón. Siempre es más difícil avanzar desbrozando el bosque. Y entiendo perfectamente el deseo paternal y maternal por evitar sinsabores a los vástagos.

Pero es que nuestras preferencias son irrelevantes. Ellos serán lo que tengan que ser, su corazón caminará en la dirección que sea, ajeno a nuestros deseos. Y está bien que así sea.

En cambio que sus padres tengan preferencias en uno u otro sentido sí puede traducirse en que haya más dificultades en su camino, en su autoaceptación, en el modo de sincerarse con ellos mismos y con el mundo.

Siempre hay bosques espesos por los que abrirse camino en esta vida. El afán de proteger a nuestros hijos es natural, pero precisamente los padres somos los que tenemos que evitar ser piedras en su camino.

Lo que los padres deberíamos desear en primer lugar, por encima de cualquier otra cosa, es que nuestros hijos sean felices y buena gente.

La felicidad solo llega queriéndose a uno mismo. Y asumir que las dificultades impiden la felicidad es absurdo.

¿Qué podemos hacer los padres para evitar que nuestros hijos beban alcohol?

Mucho, no creáis que no. Nada infalible, eso también es verdad. Supone renunciar a costumbres arraigadas, todo hay que advertirlo. Pero si tenemos hijos y les queremos lejos del alcohol, conviene recapacitar sobre cuál es nuestra relación y comportamiento frente a este tipo de bebidas y tomar medidas.

Dar ejemplo cuando aún son pequeños vale más que la bronca a la catorce años. Culpamos de los excesos de la adolescencia a los amigos que tendrán, a que a esa edad las cosas son así, sin darnos cuenta de que les hemos transmitido desde la cuna que beber es divertido, que nosotros somos los primeros que no entendemos el ocio sin alcohol.

Por muchas campañas para frenar el consumo del alcohol entre los jóvenes que hagan en ayuntamientos, Comunidades Autónomas o desde el Estado, ninguna será tan efectiva como que sus padres les demos un buen ejemplo.

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Podemos no recordar en su presencia anécdotas de borracheras, propias o ajenas, entre risas. Aunque parezca que nuestros niños están a otra cosa, es muy probable que la antena esté desplegada, que les cale como una fina y persistente lluvia que eso de beber es divertido.

Podemos no tratar las botellas de alcohol con reverencia, evitar ponerlas en la mesa como si fueran lo más importante que hay sobre ellas, celebrar su llegada con un interés desmedido y alabarlas más que la comida, por mucho esfuerzo y tiempo que le haya supuesto al cocinero.

Podemos evitar prepararnos copazos cuando estamos en casa y que ellos identifiquen que beber a solas en el sofá es un momento de gran placer. Igual que podemos evitar comer siempre con vino y cerveza o abrir latas de cerveza en casa para saciar la sed.

Podemos no planear escapadas en pareja o con amigos ligadas siempre al consumo de alcohol, para que no identifiquen que la fiesta va asociada obligatoriamente a la bebida.

Podemos no preparar fiestas en casa en las que consideremos que tiene que haber obligatoriamente alcohol en abundancia.

Podemos no sentarnos con ellos en una terraza y pedir siempre para ellos un refresco o un zumo, porque son pequeños, y para nosotros la caña o el tinto de verano, porque somos mayores.

Sobra decir que podemos y debemos no darles el triste ejemplo de que nos vean borrachos. Por supuesto, jamás deberían presenciar cómo cometemos imprudencias o delitos, como ponernos al volante pese a haber bebido, aunque sea poco y creamos que controlamos la situación.

Os puede parecer exagerado, pero tal vez lo que sea exagerado en España sea la permisividad ante el consumo del alcohol, su arraigo social, su presencia constante en muchos hogares.

No se es mejor ni peor persona por beber o no alcohol, por supuesto. La calidad humana no tiene que ver con lo que se beba. Pero es incuestionable que beber no es un hábito saludable, ya sabemos que no hay ningún nivel de consumo de alcohol que no sea lesivo para la salud, que lo más recomendable es prescindir por completo de este tipo de bebidas.

Podemos por tanto beneficiarnos también a nosotros mismos si empezamos a moderar o incluso eliminar el consumo de alcohol para ser mejor ejemplo para nuestros hijos.

¿Das por hecho que tu hijo adolescente pasará obligatoriamente por alguna borrachera?

¿Tenéis hijos pequeños? ¿Creéis que es inevitable que cuando crezcan vuelvan algún día borrachos a casa?

Estoy rodeada de padres recientes, con niños de diferentes edades pero aún lejos de la adolescencia. Y tengo que confesar que me llama la atención cómo muchos padres asumen que sus adorables niños, cuando se adentren en la edad de la revolución hormonal, acabarán en algún momento abusando del alcohol.

No digo que les guste ni mucho menos, no digo que lo vayan a aprobar o incentivar ni mucho menos, de hecho lo más probable es que se traduzca en charlas o castigos.

Pero al dar por hecho que caerán tal vez estemos dando por perdida la batalla antes de pelearla, ¿no os parece?.

Vale, si vuelven un día borrachos a casa pues tampoco tiene que ser un drama, pero no me parece que asumirlo como inevitable sea lo más inteligente.

Que sus padres, nosotros, lo hiciéramos no implica que ellos tengan que repetir nuestros pasos. ¿No debemos aspirar a que lo hagan mejor que nosotros?

Sé de sobra que muchos adolescentes beben en exceso y demasiado pronto. Algo sobre lo que nos alertan con relativa frecuencia. Pero también sé que hay muchos que no beben o lo hacen sin perder jamas el control. Lo sé porque yo fui una de ellas. Esa chica rara que se mantenía sobria pidiendo refrescos. No era la única de mi grupo de amigos que se abstenía de beber. Éramos minoría, es cierto. Otros dos chicos y yo. Apenas tres personas en un grupo que podía llegar a ser de unos diez o doce. Tachados de tristes y bichos raros desde entonces y hasta la fecha con frecuencia.

Yo quiero que a cada generación que pase esa proporción crezca, que cada vez haya más chavales que se mantengan alejados de algo que es perjudicial para la salud, aunque no se llegue al nivel de borrachera, y peligroso en distintos sentidos.

A finales de agosto se publicó en The Lancet el estudio más grande hasta la fecha sobre consumo de alcohol, que concluía que no hay un nivel seguro de consumo, que lo mejor es no beber nada.

“Existe una necesidad apremiante y urgente de revisar las políticas para alentar la disminución de los niveles de consumo de alcohol o abstenerse por completo. El mito de que una o dos copas por día son buenas es solo eso: un mito. Este estudio rompe ese mito”.

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En mi próximo post os diré lo que creo que los padres podemos hacer para evitarlo. Es mucho, no creáis que no. Pero hay que empezar pronto y en gran medida parte de dar ejemplo.

¿Qué sientes cuando miras a un bebé prematuro?

Este viernes los grandes prematuros con protagonistas de nuestro periódico. Mi compañera Carlota Chiarroni, que ya habló del método canguro no hace mucho, nos presenta a Paquito, que vino al mundo frágil como hecho de alas de mariposa, con apenas 23 semanas, en el Hospital Gregorio Marañón.

Más allá de los medios de comunicación, en nuestra cotidianidad los niños que nacen prematuros siempre son noticia. Es imposible no enterarse si algún familiar o conocido, por lejano que sea, es padre de un bebé que nació mucho antes de lo que le correspondía. “Te acuerdas de la hija de Luisa, la vecina del pueblo, pues ha tenido al bebé con siete meses”, “mi compañero de trabajo ha sido padre ya. Pobres, solo estaban de 25 semanas”, “¡mira qué guapo está ya Manuel! Con lo pequeñito que nació y todo el tiempo que estuvo en incubadora”…

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Tan pequeños, tan empeñados en aferrarse a la vida, tan dependientes y extraños. Los bautizamos como milagros si están saliendo adelante contra pronóstico. Nos solidarizamos, a poco que anide un mínimo de empatía en nosotros, con el duro proceso en el que se esfuerzan sus padres por sacarlos adelante.

Una pelea que a veces es tan dura y con un futuro tan incierto que es fácil plantearse si merece la pena, aunque como apunta la doctora Pilar Sáenz, del Hospital valenciano La Fe, “aunque los padres no quieran, si el bebé nace vigoroso estamos éticamente obligados a intentar salvarlo”.

Dependiendo del caso, de la relación y de cómo sea cada persona, los recién nacidos prematuros despiertan fascinación, incertidumbre, morbo, ternura, interés, curiosidad, lástima… un cóctel a veces de todo o parte.

Es así incluso para los profesionales de la salud:

¿Qué sientes cuando miras a un bebé prematuro?

Tal vez deberíamos empezar a normalizarlo, plantearnos ese empeño como un reto, por respeto a esos recién nacidos, que no son más que niños como aspiran a ser como cualquier otro y que simplemente tuvieron la mala suerte de perder antes de tiempo el calor y la protección que les procuraba el vientre de su madre.

Empatía y apoyo, también ternura, creo que eso es lo más importante que deberíamos experimentar viéndolos.

Porque lo importante son ellos y los que luchan por ellos.

‪¿Sabes cuánto pesa la mochila de tu hijo? Si supone más del 15% del peso del niño, deberías protestar

La preocupación por el peso de las mochilas que llevan mis hijos reconozco que es un tema que no me preocupa personalmente. Mi hija, que tiene nueve años, acude a un colegio en el que no tenemos que comprar libros de texto. Los que ya usan, son del colegio, y solo excepcionalmente viene alguno de paseo a casa. En su mochila va un cuaderno, la merienda y algún libro que quiera leer.

Jaime, con once años, tampoco lleva peso. Tiene autismo, va a un colegio especial y no usa libros. Lleva un par de cuadernos pequeños, la agenda de comunicación y la merienda.

No obstante, si me encontrase con que uno de mis hijos tiene que llevar a la espalda un 30% de su peso, desde luego que protestaría. Igual que lo ha hecho mi compañero Edu Casado, autor del blog Qué fue de los deportistas olvidados , por los cauces oficiales y en un hilo de twitter en el que concluye: “¿No será mejor que los niños hagan un esfuerzo de responsabilidad a la hora de manejar sus hojas que un esfuerzo físico para cargar su mochila?“.

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Si sois de los que veis ir a vuestros hijos, niños pequeños o adolescentes, con voluminosas mochilas al colegio o al instituto, os pediría hacer el mismo ejercicio que hizo Edu: pesar la mochila y calcular el porcentaje que supone respecto al peso del chaval. Los fisioterapeutas recomiendan que no supere un 15% (un 10% preferiblemente) del peso del niño. Hay demasiados ejemplos sangrantes de lo que es inadmisible. Que van a aprender, no a entrenarse para ser sherpas.

Creo sinceramente que todos los padres que vean a nuestros hijos acarreando ese peso incomprensible también deberíamos protestar. Mediante las ampas, dirigiéndonos a la dirección de los colegios o incluso a las consejerías de educación.

Más allá del debate de hasta qué punto son necesarios los libros de texto, si se emplean al menos no deberían pesarles. Siempre hay alternativas, como el uso de archivadores e incluso de taquillas y cajoneras asignadas a cada niño en el centro escolar.

No es obligatorio tener hijos, tampoco es un derecho, pero puede resultar imposible no desearlos por encima de cualquier cosa

No es la primera vez que lo cuento en doce años de blog. Hay mujeres que me consta que tienen claro que quieren ser madres desde siempre. No fue mi caso. Yo no supe si quería tener hijos durante mucho tiempo. Siempre me resultó curioso cómo hay personas que lo tenían tan claro, para las que el deseo de perpetuarse es tan fuerte, mientras que otras incluso lo rechazan de plano. ¿Instinto? ¿Deseo razonado? ¿Presión social? ¿Recorrer sendas conocidas? ¿Cumplir sueños idealizados?

Yo andaba entre una y otra postura. Tener una pareja estable que sí los quería fue muy importante para decidirme a tenerlos. Si hubiera estado con un hombre que no quisiera transitar el camino de la paternidad o no hubiera tenido pareja, tal vez no hubiera sido madre. Y no hubiera pasado nada. Elegir no tener hijos no es antinatural, no es de egoístas, no es algo de lo que arrepentirse.

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Recuerdo haber afirmado ante mi pareja y ante amigos íntimos, una vez que ya había decidido que deseaba ser madre, que si por lo que fuera no podía serlo, no tendría hijos. Que no tenía ninguna intención de que un proceso de adopción o un tratamiento médico fueran protagonistas de mi vida.

Creo sinceramente que no pasa nada por no tener hijos, que una vida puede ser igual de completa y satisfactoria sin ellos, por mucho que para mí ahora no haya nada más importante, nadie a quien quiera más.

Lo decía convencida a mis casi treinta años. Creo que probablemente hubiera sido así, hubiera perseguido la felicidad renunciando a ser madre. Pero es imposible saberlo con certeza. También hablaba convencida de otros asuntos que hoy día ya no veo de la misma manera. Realmente, no sé qué hubiera pasado si me hubiese visto en la tesitura contemplar cada mes el embarazo que no llega. He visto ese sufrimiento en gente cercana y sé lo relevante que puede llegar a ser, lo mucho que te puede llegar a afectar.

Estos días, en el debate de la gestación subrogada (del que ya os dije hace algún tiempo que no tengo opinión definitiva y creo tener derecho a no tenerla), los contrarios a esta práctica recuerdan con frecuencia que ser padre no es un derecho, que hay ya muchos niños en el mundo.

Todo cierto, pero todo demasiado frío. La pura lógica nunca va a ser un argumento válido en situaciones así.

El instinto, el dolor, el deseo, las expectativas repetidamente frustradas… son fuerzas poderosas que nos pueden transformar o llevar a hacer cosas que nunca hubiésemos creído.

Tal vez se pueda aprender a olvidar ese sueño de ser madre o ser padre en muchos casos y mirar hacia delante sin renunciar a ser feliz. Yo creo que sí. En algunos con relativa facilidad, en otros con ayuda especializada. Tal vez resulte lo más conveniente para todos, algo sobre lo que se debería trabajar, facilitando a esas parejas soporte psicológico desde casi el primer momento en el que empieza a doler el deseo truncado, para entender que la vida nunca te lleva por el camino que tú habías trazado, incluso aunque hayas sido padre. Yo tengo un hijo con autismo. Eso no es algo que yo hubiera contemplado en mi imaginaria foto de familia cuando quise ser madre.

Pero al final siempre hay que querer, hay que estar convencidos de asumir y trabajar esa renuncia. Y no todo el mundo en esa situación va a querer, ni mucho menos.

Sinceramente, creo que poner la pelota sobre el tejado de esas parejas que tanto desean tener hijos es injusto y equivocado, por mucho que ellos sean el detonante de esa industria creciente y polémica. Culpar el impulso movido por el dolor será fácil, igual que lo es recordarles los muchos niños que hay en el mundo o que no pasa nada por no tener hijos, puede llegar a ser hasta mezquino.

¿Qué hacemos entonces con la gestación subrogada?

Os recomiendo leer todos los contenidos que está elaborando mi compañera Amaya Larraneta, tras pasar varios días en Ucrania hablando con todas las partes implicadas en la gestación subrogada.

¿Están las madres más implicadas en la educación de los niños?

Este lunes es portada en 20minutos, en su edición impresa u online, la otra vuelta al colegio, la de los niños con discapacidad o enfermedades crónicas. Niños en los que preparar la vuelta a las rutinas, los cambios que se encontrarán, seis cajas de libros en braille o nuevas ratios de insulina está por encima de la preocupaciones por los libros de texto o el peso de las mochilas.

En el reportaje hablan seis madres. Ningún padre. Y eso no quiere decir ni mucho menos que los padres no estén implicados en igual medida en la crianza y educación de sus hijos. Quiero dejar meridianamente claro que sé que hay muchos padres implicadísimos en la educación de sus hijos. Tanto o más que las madres. Conozco bastantes. Pero hablan las madres. En este reportaje y en muchos otros publicados en este y otros medios.

Esta abrumadora mayoría me recuerda que en las reuniones convocadas por los centros escolares abundan las madres (de hecho, no es raro se los docentes se dirigen a las madres, obviando a los pocos padres presentes) y son ellas en mayor medida las que acuden a las tutorías, a preparar los disfraces de carnaval y forman parte de las AMPAS.

Y creo que debería invitarnos a todos a reflexionar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de nuestros niños? ¿Lo están igual pero son más visibles? ¿Los padres querrían, pero sus circunstancias laborales lo impiden? ¿Los padres podrían implicarse más si de verdad quisieran? ¿Son dinámicas que ya están cambiando?

No pregunto por casos particulares, sino por la generalidad. ¿Qué opináis?

(GTRES)

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas en este nuevo curso, docentes afortunados

Este sábado he estado escuchando a unos cuantos maestros, rodeados de bastantes más, en las Ludo Ergo Sum de las que os hable el pasado jueves. Profesores interesados en llevar los juegos de mesa a las aulas, en el aprendizaje mediante juegos y en la gamificacion. Docentes implicados, que quieren mejorar e innovar por el bien de sus alumnos.

Era un placer, como madre, estar entre todos ellos. Recordaba en ese momento que justo antes del verano, con el curso recién clausurado, hubo un hashtag precioso en redes sociales en el que docentes de niños de todas las edades nos contaron los motivos por los que se consideraban afortunados.

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Enseñar es un oficio vocacional, que requiere de personas que les guste lo que hacen. De estupendas personas imperfectas, que aprenden también de sus errores  y que tienen días mejores y peores y circunstancias más y menos propicias. Como todos.

No siempre hay buenos profesionales enseñando, soy consciente. Hay ineptos, malas personas, gente que se limita a cumplir el expediente, desencantados y agotados. Igual que en mi oficio, el periodismo.

Pero me consta que son legión los que quieren hacer las cosas bien, incluso mejor. Personas que aman la enseñanza pese a sus sombras e impedimentos, pese a las ratios elevadas, a temarios, leyes y normas más que discutibles, a absurdos administrativos, a direcciones que no ven con buenos ojos las innovaciones e incluso a nosotros, los padres, que demasiadas veces ponemos piedras en su camino en lugar de hacer equipo.

Hoy, una época en la que los nuevos cursos están arrancando por toda España, quiero acordarme de esos maestros que hace tres meses se confirmaban afortunados con comentarios que destilaban amor por su labor.

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas, seguid investigando nuevas vías de entusiasmar a nuestros hijos en su aprendizaje por favor. Sé que a veces os sentís muy solos, poco valorados. Pero también somos legión los padres que somos conscientes de lo importante de vuestra labor.

Os necesitamos. Toda la sociedad os necesita.

‘Mary y la flor de la bruja’, hay muchas cosas más importantes que la magia

Este viernes llega a los cines una película de animación notable, una historia que conjuga magia y aventuras apta para toda la familia con una estética bellísima de principio a fin.

Mary y la flor de la bruja es lo que pasaría si una niña muggle, por seguir a un gato de color cambiante igual que Alicia al conejo, acabara en el Hogwarts que habría soñado Ghibli. Una escuela de magia deslumbrante, colorida, extraña y muy inquietante llamada Endor, poblada por seres que parecen nacidos del universo de El viaje de Chihiro.

Resulta lógico, si pensamos que su director, Hiromasa Yonebayashi, comenzó trabajando de animador para Hayao Miyazaki precisamente en títulos como La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro y Mi Vecino Totoro. Hace ocho años dirigió una de nuestras cintas de Ghibli favoritas, perfecta para ver con niños, la deliciosa Arrietty y el mundo de los diminutos. En 2015 abandonó Ghibli para crear su propio estudio de animación, Ponoc, al que no conviene perder la pista.

Mary será bruja tras impregnarse temporalmente de la magia emanada por una misteriosa flor. Una bruja cuyo único hechizo será precisamente deshacer los conjuros para que todo vuelva a ser como siempre tendría que haber sido.

Mary y la flor de la bruja es una narración amena, solo aparentemente sencilla, en la que la protagonista absoluta es esa niña a la que no le gusta su pelo pelirrojo, pero que acabará aprendiendo a apreciarlo. Una niña que vencerá su torpeza al comprender que uno no puede titubear y rendirse si lo que está en juego es importante y que las lisonjas de los desconocidos pueden caldearte los oídos, pero no el corazón.

Llega un momento en que es inevitable darse cuenta de que la maravilla verdadera no son esas criaturas poseídas por la imaginación más desbocada, es la naturaleza, son los animales de sobra conocidos. Los jabalíes, ciervos, monos y águilas que tanto recuerdan a los pobladores del bosque de La princesa Mononoke. De hecho, me atrevería a decir que Yakul hace un cameo.

Al final resulta que no necesitamos de la magia, de lo extravagante, por divertido que pueda ser surcar el cielo en escoba. Lo que necesitamos, lo que nos hace felices y nos da paz, es una familia que nos apoye, hacer buenos amigos, apreciar el hecho de caminar libre bajo el cielo azul y sobre la radiante hierba verde, perder el dominio de la bicicleta al soltar una mano pero regresando de nuevo al camino que conduce al colegio, a la seguridad de lo cotidiano, que deslumbra aún más.