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Padres valientes, padres de niños con diabetes

(FEDE)

Los conozco bien. Son padres que recibieron el diagnóstico de Diabetes tipo 1 de sus niños, lo que más querían en el mundo, cuando tenían incluso meses. Son padres que lloraron, se secaron las lágrimas, se arremangaron, se formaron, cometieron errores, aprendieron de ellos y se arrogaron la enorme responsabilidad de la salud presente y futura de sus hijos.

Son padres que tuvieron que hacer un máster acelerado en diabetología sabiendo que todos los días tendrían que tomar varias decisiones al día trascendentales para que sus hijos crecieran sanos.

Son padres que apartan los miedos, avanzan paso a paso y miran al futuro con esperanza en los avances médicos.

Son padres que aprendieron a hacer diluciones de insulina con precisión de alquimistas; a inmovilizar a sus hijos para pincharlos con una jeringuilla, para ponerles la bomba de insulina o el sensor (¡bendita tecnología!), haciendo oídos sordos a sus llantos y llorando por dentro; que tuvieron que imponer muchos noes y restricciones con todo el dolor de su corazón.

Son padres que viven contando cuántos hidratos tiene una merienda de bocadillo de queso y mandarina, o una comida de macarrones con tomate y un plátano de postre, para saber cuánta insulina poner a sus hijos.

Son padres que claman porque haya enfermeras en los colegios, por encontrarse con maestros que les ayuden

Son padres transmutados en el páncreas de sus hijos, que han tenido en muchos casos que priorizar a su familia sobre su carrera profesional, cuando no renunciar completamente a ella.

Son padres guardianes, que siempre están pendientes, que de noche vigilan prescindiendo del sueño.

Son padres vampiros, que calientan los deditos de sus niños para que fluya la sangre antes de pincharlos y asegurarse de que todo va bien.

Son padres que bromean cuando ven series sobre apocalipsis zombis con que el primer sitio al que tendrían que salir corriendo a proveerse es a una farmacia.

Son padres maestros, que enseñan lo aprendido a sus hijos, según se hacen mayores; que inculcan en ellos la responsabilidad de cuidarse; que explican también todo lo necesario a los abuelos, tíos o hermanos mayores que también quieren y pueden echar una mano.

Son padres valientes de niños valientes, que necesitan de toda la ayuda y el ánimo que podamos darles.

Noviembre es el mes de la concienciación de la diabetes, tanto de la tipo 1 como de la 2, cuyo día mundial tiene lugar el día 14.

Un día de la madre en el que luchar contra la soledad y el dolor

Mis hijos tienen la doble suerte de tener a sus dos abuelas y de tenerlas muy cerca. Esta semana Julia hizo para ellas dos dibujos de sus flores preferidas, violetas y margaritas, y en el paseo con niños que está permitido a partir de las doce nos hemos acercado a dárselos. Las hemos felicitado desde la acera, alegrándonos de ver sus rostros sonrientes desde las terrazas y deseando poder abrazarnos pronto.

Somos muy afortunados. Estamos todos y estamos sanos. Soy consciente de que es un día de la madre lleno de soledad y dolor en muchos hogares.

Mucho ánimo a las madres y abuelas que estáis teniendo que celebrarlo en la distancia, tal vez solas, sin poder siquiera ver a vuestros hijos y nietos desde la altura de un balcón.

Los abrazos y los besos volverán. Solo hace falta un poco más de paciencia y de prudencia.

Pero mucho ánimo sobre todo a los hijos e hijas, a los nietos y nietos que han perdido a sus madres y abuelas durante estos días tan duros y extraños. Espero que un día como hoy las recordéis con más dulzura que dolor.

El amor que les tuvisteis sigue ahí; el cariño nunca se pierde y es la mejor constancia de que tuvieron una vida que mereció la pena, que tuvo un gran valor.

Piénsalo dos veces antes de preguntar a los demás cuándo van a tener hijos

La gente es muy impertinente con demasiada frecuencia y por diferentes motivos. Muchas veces sin maldad, todo hay que decirlo. Y uno de los detonantes de más preguntas que no vienen a cuento tienen que ver con tener hijos: “¿Cuándo vais a tener niños?” “¿Estáis ya buscando el niño?” “¿Hasta cuándo vais a esperar para darme un nieto/sobrino?”.

Son preguntas que suelen caer a parejas jóvenes en cuanto alcanzan la difícil independencia y que arrecia si dan el paso de casarse; o a aquellas que ya están talluditas pero aún no han dado muestras de querer hijos. y es frecuente que vengan acompañadas de otras afirmaciones del tipo, “¡si es que así vivís muy cómodos!”, “¡luego a ver quién os paga la pensión!” o “¡Cómo te descuides se te va a pasar el arroz!”.

(GTRES)

Impertinencia al cuadrado que recordaba tras leer ayer que la actriz Margot Robbie se ha declarado hasta el moño de tener que aguantar la preguntita desde que se casó en 2016, que además tacha de sexista y no le falta razón al hacerlo, porque suelen freír más a las mujeres con este tema que a los hombres.

Hay preguntas personales que no deben lanzarse alegremente, que pertenecen a la intimidad de esas personas, que pueden herir o molestar. Indagar así es mostrar muy poca sensibilidad, muy poco respeto por los demás.

Si llega el momento en que esa pareja decide tener un hijo y tú eres de su círculo cercano, ya te enterarás, ya te lo dirán cuando consideren oportuno. Pero es que pueden estar pasando muchas cosas que desconoces: puede que lo estén intentando sin éxito y estés hurgando en una herida abierta; puede que haya una disensión en la pareja porque uno quiere y otro no y estés echando leña al fuego; puede que tengan una crisis de pareja ajena al tema niños y preguntar por eso no venga a cuento o puede que quieran y no les salgan las cuentas.

Todo eso puede pasar también si es una pareja que ya ha tenido un hijo y lo que toca preguntar es, “¿para cuándo el segundo?”. También en esa situación es una cuestión que no procede.

Volviendo a las parejas sin hijos, puede ser también que, sencillamente, hayan decidido no tenerlos y les toque mucho los pies (con razón) tener que estar aguantando preguntas y presiones.

Y no, elegir no tener hijos no es antinatural, no es de egoístas, no es algo de lo que arrepentirse. Tener hijos no es obligatorio, que no tenerlos no es de cómodos. Una pareja puede ser igual de feliz sin ellos y no arrepentirse nunca.

Si la pregunta le cae a una persona sin pareja (ahí sí que suele tocarle en exclusiva a las mujeres), puede haber incluso más razones por las que es importuna. ¿Y si esa persona no es heterosexual?, ¿y si está pasándolo mal por alguna ruptura o por no dar con un buen compañero?.

Es tan obvio que debería sobrar tener que decirlo. Callarse es un pequeño gesto de discreción, de prudencia, hacia alguien al que apreciamos.

La próxima vez, piénsalo dos veces.

¿Qué serie o novela relacionas con tu maternidad o tu paternidad?

Este fin de semana mi compañera Cecilia escribía en su blog seriófilo sobre Los soprano. Es una serie de la que se ha escrito mucho (y casi todo bueno), pero el enfoque que ella usaba me llamó especialmente la atención. El título de su post es Amamantar con ‘Los Soprano’ y contaba lo siguiente:

Para mí, Los Soprano ha quedado asociada a una época de crianza, de recuperarme de la cesárea, de experimentar el cambio más intenso de mi vida, porque, cuando mi vida se reducía a dormir cuando podía con la teta fuera, me proporcionó horas y horas de la mejor diversión.

Me llamó mucho la atención porque considero Los Soprano la serie de la paternidad de mi santo. Yo también intenté verla con él recién parida (Cecilia y yo tenemos dos niños de edades semejantes), pero fue un rotundo fracaso. Mi cuerpo de sangre y leche no me pedía mafias y violencia, por mucha calidad que tuvieran. Quería visionar historias más amables. Ese rechazo o mayor sensibilidad a la violencia nada más parida (o partida la pareja) que me he encontrado con frecuencia en muchas personas, no sé si sería también vuestro caso. Con un bebé en brazos o esperándome, no me apetecía transitar por los sucesos especialmente duros, las narraciones más cruentas.

Si hay una serie de televisión que relaciono con ese periodo de dedicación a un recién nacido es Las chicas Gilmore. Fue tras tener a Jaime, hace más de doce años. No había Netflix ni nada que se le pareciera y los DVDs llegaron a modo de regalo, uno estupendo. Disfruté mucho con las andanzas de aquella madre y aquella hija de ojos azulísimos y mentes raudas.

A Julia no la relaciono con ninguna serie de televisión. Tal vez con el segundo siempre sea distinto, no lo sé. En mi caso el puerperio fue muy diferente al de Jaime, en el que me dedicaba casi en exclusiva a cuidarle y cuidarme.

Julia tenía un mes cuando nos dieron el diagnóstico de autismo de Jaime. Fue un periodo complicado, repleto del arranque de las terapias, la asunción del diagnóstico, la búsqueda de un colegio adecuado, su estimulación en casa… No hubo largos ratos a solas con mi hija en el sofá, ni mucho menos.

Si algo hice en esos momentos fue leer mucho sobre el autismo, desde manuales sesudos a novelitas como El curioso accidente del perro a medianoche o los libros de Temple Grandin. Ese tipo de lecturas son las que relaciono con ese periodo.

¿Y vosotros? ¿Tenéis alguna serie o algún libro asociados a vuestra maternidad o paternidad?

¿Dejar de trabajar, dedicar tu vida para cuidar a otros, es renunciar a tus sueños?

Este lunes desayunamos con un emotivo discurso de Glenn Close, al recibir su tercer Globo de oro por The wife. Unas pocas palabras de agradecimiento con las que recordaba a su madre entre lágrimas y reivindicaba el derecho de las mujeres a cumplir sus sueños.

Estoy pensando en mi madre, que toda su vida dependió de mi padre y a los ochenta años me dijo que pensaba que no había conseguido nada. Eso no está bien, y lo que siento que he aprendido con esta película es que las mujeres somos las que cuidamos y criamos y eso es lo que se espera de nosotras. Tenemos a nuestros hijos, tenemos a nuestro marido si somos lo suficientemente afortunadas, tenemos a nuestras parejas, lo que sea… pero necesitamos sentirnos realizadas. Tenemos que seguir nuestros sueños. Tenemos que decir “yo puedo hacer eso y debería estarme permitido hacer eso”.

Imposible no aplaudir. Por supuesto que debemos tener derecho a perseguir nuestros sueños. Y es preciso seguir peleándolo. Ayer también era noticia cómo una chica saudí de dieciocho años había huido de un matrimonio concertado saliendo del país y temía por su vida. Un pequeño ejemplo entre muchos que tenemos a diario en portada de cualquier periódico, también en nuestras calles.

No obstante, volviendo al discurso de Glenn Close, no sé qué contestaría a su madre cuando le dijo que tenía la sensación de no haber logrado nada en su vida. Debe ser muy triste llegar al final de tus días inmersa en esa convicción, también escucharlo, por mucho que sea imposible que su existencia haya sido tan baldía. Yo, al menos, no lo creo. A veces esas emociones responden a una cuestión de perspectiva.

Escuchándola sobre ese papel de la mujer que abandona el camino que había empezado a recorrer, que renuncia a sus sueños para atender a otros, reflexionaba sobre lo mucho que lo he visto a mi alrededor y me hacía la preguntaba si dejar de trabajar, si dedicar tu vida a cuidar a otros, es renunciar a tus sueños. Lo ha sido y lo es en demasiados casos. Pero no, no siempre es así.

Tengo un hijo con discapacidad, que fue a Atención Temprana, que ahora va a un colegio especial. Me muevo en círculos en los que es habitual que uno de los progenitores deje de trabajar y pase a ser cuidador. Y suelen ser las madres.

Puede que tuvieran un trabajo que no les motivase demasiado o uno que tenía que ver con sus estudios y sí les gustaba. Da igual, tuvieron que dejarlo. Los horarios eran incompatibles con atender a ese hijo con especiales necesidades, no se fiaban de otros o no podían ser otros, no salían las cuentas.

El trabajo pasó a ser muy distinto: llevar y traer de colegios, actividades, revisiones y pruebas médicas y terapias; hacer papeleos; consolar, limpiar, alimentar, estimular…

Que uno de los padres deje de trabajar puede implicar muchas renuncias personales y profesionales que a veces pasan factura. También familiares. Lo he visto. Puede traducirse en menos capacidad para afrontar terapias; menos (liberadoras y necesarias) posibilidades de ocio y descanso en familia o pareja; la dependencia económica, con las distintas implicaciones que tiene, de uno de los miembros de la pareja hacia el otro; también en el estrés mental que supone tener una vida que no has elegido sino en la que te sientes obligada a estar.

Pero tampoco es así siempre. A veces no es preciso apretarse tanto el cinturón porque uno de los sueldos es suficiente. A veces, incluso con más carencias materiales el volantazo compensa. En ocasiones el trabajo tampoco era algo especialmente motivador y volcarte en tu familia es motivo de felicidad, de liberación pese a los posibles inconvenientes.

He visto de todo. Asumir la nueva situación con resignación, con alegría, con amargura, con sana aceptación… He visto el “no quedaba más remedio”, el “volvería a trabajar si pudiera”, y también el “este es mi camino y estoy feliz recorriéndolo”. Prejuzgar, suponer sin conocer cuando vemos a una mujer entregada a los cuidados de otros, puede conducir a error.

Cuidar pude realizar. Por supuesto que sí. Al final de una vida, haber sido el sostén de otros puede haberte llenado de buenos recuerdos y aportado plenitud. Cuidar no es sinónimo de renunciar a tus sueños. Cuidar no debería suponer dejar de cuidarte. Cuidar no implica renunciar a la corresponsabilidad. Y cuidar no debería ser sinónimo de renunciar a tus sueños.

Fotos: GTRES

¿Están las madres más implicadas en la educación de los niños?

Este lunes es portada en 20minutos, en su edición impresa u online, la otra vuelta al colegio, la de los niños con discapacidad o enfermedades crónicas. Niños en los que preparar la vuelta a las rutinas, los cambios que se encontrarán, seis cajas de libros en braille o nuevas ratios de insulina está por encima de la preocupaciones por los libros de texto o el peso de las mochilas.

En el reportaje hablan seis madres. Ningún padre. Y eso no quiere decir ni mucho menos que los padres no estén implicados en igual medida en la crianza y educación de sus hijos. Quiero dejar meridianamente claro que sé que hay muchos padres implicadísimos en la educación de sus hijos. Tanto o más que las madres. Conozco bastantes. Pero hablan las madres. En este reportaje y en muchos otros publicados en este y otros medios.

Esta abrumadora mayoría me recuerda que en las reuniones convocadas por los centros escolares abundan las madres (de hecho, no es raro se los docentes se dirigen a las madres, obviando a los pocos padres presentes) y son ellas en mayor medida las que acuden a las tutorías, a preparar los disfraces de carnaval y forman parte de las AMPAS.

Y creo que debería invitarnos a todos a reflexionar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de nuestros niños? ¿Lo están igual pero son más visibles? ¿Los padres querrían, pero sus circunstancias laborales lo impiden? ¿Los padres podrían implicarse más si de verdad quisieran? ¿Son dinámicas que ya están cambiando?

No pregunto por casos particulares, sino por la generalidad. ¿Qué opináis?

(GTRES)

Un ejemplo de lo mal que se está apoyando a las deportistas de alto nivel cuando son madres

Ser madre es complicado en muchos sentidos. Uno de ellos es, sencillamente, en poder serlo cuando y como deseas y poder compatibilizarlo con el resto de aspectos de tu vida, con tus aficiones, tus amigos, tu concepcion de ti misma y, sobre todo, con tu profesión.

Os voy a contar algo que probablemente ya sabéis. Casi en la totalidad de los casos hay renuncias, parones, cambios de rumbo laboral, por mucho que planifiquemos y nos esforcemos cuando quedarnos embarazadas y de qué manera volver a un entorno laboral que aún no tiene unas medidas suficientemente igualitarias.

También hay hombres a los que les afecta, pero ni mucho menos en la misma medida. Y hasta cierto punto es lógico que así sea porque ellos, por implicados que estén y por mucho que crean y practiquen la corresponsabilidad, no tienen que embarazarse, parir, recuperarse del parto o la cesárea y lactar.

Algún día os hablaré de una amiga treintañera y recién casada a la que encontrar un trabajo se le resiste porque todos los que la entrevistan preguntan por sus circunstancias personales, asumen que será madre pronto y no la quieren en la empresa. A su marido, en las mismas circunstancias, eso no le pasa.

En el caso de las deportistas de alto nivel el hándicap de la maternidad tiene aún más implicaciones. Las implicaciones físicas son más que relevantes en una carrera profesional tan dependiente del físico.

Y a ellas tampoco se las está apoyando como debería.

Os invito a leer Isabel Macías, una mujer estupenda que es subcampeona europea, olímpica, presidenta de Mujer y Atletismo, madre, entrenadora y adoptante de una galga preciosa. A leer este hilo en el que algo se puede vislumbrar del reto extra que supone la maternidad para una deportista y las ayudas pírricas y mal pensadas de las que disponen.

Por cierto, también os animo a leer su blog Y seguirla en redes. Merece la pena.

(EFE)



Que pediatras o maestros se dirijan a las madres y obvien a los padres, es micromachismo

No es nada nuevo. Me he encontrado con relativa frecuencia la misma queja en padres recientes desde hace años. Cuando acuden a una reunión o charla en un terreno eminentemente infantil, de crianza,se sienten ninguneados. Si las madres están presentes, los profesionales se dirigen (consciente e inconscientemente) a ellas y ellos son, en gran medida ignorados. A veces incluso sobrevuela la impresión de que su opinión en estos temas vale menos, que sus aportaciones tienen menos peso, sobre todo cuando chocan con las de las madres.

Pueden ser revisiones con el pediatra, tutorías con maestros, visitas a guarderías, apuntes cotidianos de los educadores infantiles a las puertas del centro, cursos de preparación al parto, corrillo de recomendaciones de abuelas, vacunaciones con personal de enfermería… Hay muchos escenarios posibles y podría apostar a que todos hemos sido testigos de ese obviar a los padres, de ese llamar a la pluralidad en femenino.

Es tan frecuente, son tantos, que podrían embarcarse perfectamente en su particular ‘me too’ de la paternidad.  

Lo recordaba hace poco tras el tuit de Raul Gay, padre reciente y combativo en el buen sentido:

Lo llama micromachismos y estoy de acuerdo.

Cierto es que aún hoy, en todos esos momentos y lugares, la presencia femenina es mayoritaria. Un buen lugar para hacer un ejercicio estadístico son las reuniones en las que los centros escolares convocan a padres y tutores de toda la clase. Siempre hay una mayoría (más o menos abrumadora) de mujeres. Pero ese es otro tema. Y no es excusa.

Afortunadamente cada vez más padres se implican activamente, por igual o en mayor medida incluso, en la crianza de sus hijos. Cada vez son más los que entienden lo que significa la corresponsabilidad. 

Y no merecen ser pagados de semejante manera.

Imagen de los protagonistas del delicioso manga ‘Padre e hijo’.

 

El premio a toda una trayectoria, un premio que jamás hubiera soñado recibir en este #MbDay18 organizado por Madresfera

Este sábado se ha celebrado un día especial para todos aquellos padres y madres que comunicamos, desde blogs, redes sociales y podcasts, el encuentro anual de Madresfera, una plataforma que aglutina a lo más granado de la blogosfera maternal y paternal. En ese encuentro se entregan los Premios Madresfera, unos premios en los que yo no participio, igual que no lo hago en los Bitácoras o en muchos otros de otras índoles, salvo alegrándome cuando veo que se los llevan gente que pone esfuerzo e ilusión por ofrecer contenido que merece nuestro tiempo.

Hace ya mucho escribí que ser madre es como hacer un máster en gestión de tiempo, pues me temo que yo hoy lo he gestionado todo fatal.

He acudido al evento por la mañana y disfrutado de las charlas. Ahí estuve escuchando cómo lidiar con trolls y en la que recogió la relación entre bloqueros y marcas, y participando desde Twitter.

Dio tiempo después para charlar, hacer corrillos, saludar a viejos amigos con los que apenas se coincide en el mundo con gravedad y desvitalizar a algunos que tenía pendientes. Incluso para vender algún librito en la pequeña feria del libro que Madresfera ha organizado este año.

Arrancó la sesión de tarde con más charlas que invitaban a la reflexión bloguera y luego llegó la entrega de premios. Allí estuve, alegrándome viendo cómo estupendos y recomendables comunicadores a los que tengo la suerte de conocer personalmente se llevaban unos merecidos premios en distintas categorías. Gente como Andres PSN, Bebé a Mordor, el maestro Manu, Vanesa de ¿Y de verdad tienes tres?… De todos los premiados en general, porque la alegría ajena caldea tu corazón, si lo abres lo suficiente.

Y luego consideré que me tenía que ir. Quedaban algunos premios sin entregar, alargué aquello todo lo que pude, pero mi santo y mi hija tenían unos planes tardíos que cumplir y yo otros nocturnos, así que me retiré.

Acababa de llegar a casa cuando me saltaban las alertas en el móvil. “¿Dónde estás? ¡Vuelve! ¡Que te han dado el premio a la trayectoria!”.

Craso error intentar llegar a todo. Con frecuencia me preguntan cómo puedo hacer tantas cosas, suelo responder con sinceridad que haciéndolo todo regular. El de hoy ha sido un excelente ejemplo.

Walewska (mamisybebés), una comunicadora a la que ya estáis tardando en fichar si no la conocéis y que ganó el año pasado el primer premio a la trayectoria bloguera, un premio al que no te presentas ni has perseguido el voto, me ha mandado el vídeo en el que Mónica de la Fuente, directora de Madresfera, me presentaba de esta manera tan bonita:

Ella es más periodista que blogger, pero aún así escribe en su blog a diario tratando temas que nos interesan, que nos hacen pensar a todos, que es una cosa que viene siempre muy bien; con rigor, con cariño, que es seña de la casa, y con muchísimo respeto.

Lleva más de diez años con su blog, defendiendo todas las causas que se le ponen por delante, con la misma emoción que la suya propia, que es hablar de cómo es tener un hijo con autismo. Gracias a ella tenemos una mejor perspectiva, más humana, de cómo es el día a día, qué supone, los sueños, las frustraciones de esta situación.

Y por eso y por todo lo que ayuda a nuestra comunidad, porque siempre que la necesitamos está ahí, este año consideramos que este premio le corresponde a Madre Reciente.

Me da mucha pena que no esté, porque nos habría dado un discurso maravilloso.

Me hubiera encantado subir a ese escenario a agradecer en persona ese premio. Es un honor, una alegría enorme y una sorpresa que ha quedado claro que no me esperaba. Justo este año he cumplido una década de blog, es cierto que  intentando escribir siempre con honestidad, a veces equivocándome y apoyando a toda causa que creía justa y a los compañeros que blogueaban también con el corazón.

Recibir un premio es gasolina para seguir otros diez años más y dejar del todo claro que elegí fatal el nombre. Gracias a todos los que me habéis leído todo este tiempo y a Madresfera, en especial a Mónica, que es todo sentido común y sentido del humor y a la que siento de corazón haber dejado sola en el escenario.

Me hubiera encantado dirigiera a todo ese pedazo de plantel de blogueros presentes a que busquen al menos una buena causa por la que luchar, la que sea.
Premio Madresfera 2017
Mi ausencia es un ejemplo perfecto de que la maternidad supone estar corriendo a todas partes, llegar tarde e irse antes con frecuencia, y exponerse a un epic fail como este. Una metáfora también de que lo mismo hay que correr menos para no perderse momentos importantes, que es preciso detener la vorágine para vivir momentos que no se repetirán.

Prometo que el Día de Madresfera de 2019 me quedo allí hasta el final, hasta que pasen con la escoba a echarme.

Junto al maestro Manu, otro premiado. El galardón que no he podido recoger es igualito.

Nos preocupan mucho las imágenes que compartan nuestros hijos, ¿y las que compartimos de ellos los adultos?. Ojo con el ‘sharenting’

(ORANGE)

Por lo que he visto a mi alrededor, a los adultos les suele preocupar mucho cómo manejen sus niños sus redes sociales, cuándo darles un móvil, cuándo permitir que creen sus primeras cuentas y en qué redes y qué normas y supervisión imponer pensando en su seguridad. Es algo muy importante de lo que he hablado en el pasado y que volverá a ser tema del blog, sin duda alguna.

Pero hay algo que, aunque me consta que muchísimos padres tienen presente, me da la impresión de que preocupa menos, y es el uso que nosotros, sus padres, tíos y abuelos, damos a nuestras redes sociales en lo que a nuestros niños atañe.

Somos la primera generación de padres que se enfrenta a la necesidad de aprender a gestionar la exposición de nuestros menores a las redes sociales. Y es un reto complejo, por lo novedoso y por sus distintas aristas.

Entre los extremos de compartirlo todo pública y alegremente y no mostrar absolutamente nada, puede que ni tener redes sociales, hay todo un océano de grises dependiendo de qué se comparta, cómo y dónde se haga. Por ese mar de corrientes cambiantes me muevo yo.

Deberíamos también aquí ser ejemplo y ser más que prudentes con las imágenes que compartimos. Es comprensible que nuestros hijos, nietos y sobrinos nos parezcan tan guapos, graciosos y listos que, rebosantes de orgullo y amor, queramos mostrarlo al mundo (o a nuestro pequeño mundo digital), pero tal vez deberíamos pensárnoslo dos veces antes de hacerlo. Ante la mas mínima duda, mejor dejarlo estar en la memoria del móvil.

Lo que subimos a Internet escapa a nuestro control, por mucho que lo compartamos solo con nuestros amigos. Una vez en la red, puede acabar el cualquier parte.

La mayoría de la gente (un problema presente también en medios de comunicación) es muy poco consciente de que las imágenes tienen una autoría que hay que respetar, que no se puede coger alegremente y guardar o reutilizar lo que nos plazca, algo que se hace masivamente.

Nuestros hijos no son nuestra propiedad. Somos sus guardianes, como me gusta decir, y eso es algo muy distinto que implica que hay que pensar en su bienestar y protección por encima de cualquier otra consideración.

Nuestros hijos tienen el derecho a decidir, en cuanto tienen edad de comprender nuestras explicaciones, si quieren que subamos esas imágenes suyas a Internet o no. A partir de los ocho o nueve años ya se puede hablar con ellos, y mostrarles nuestra responsabilidad en este sentido puede ayudarles en el futuro a ser ellos también conscientes de las repercusiones de compartir imágenes.

En este sentido, estos días Orange tiene una campaña dedicada al sharenting que me parece interesante traer a colación. ¿Qué es eso del sharenting? Pues es la unión de los términos ingleses sharing y parenting , compartir y criar, y hace referencia a la práctica de compartir fotos, vídeos e información de nuestros hijos en redes.

Os recomiendo ver este vídeo, cuyo contenido he transcrito más abajo:

Papá, mamá, os tengo que pedir un favor, quiero que dejéis de subir esas fotos mías a las redes sociales. Hay fotos que son muy inocentes y que están muy bien, pero hay fotos que no, hay fotos que pueden ser ridículas o íntimas y que vosotros subís con la mejor intención del mundo, pero cuando tenga 15 o 16 años y vaya al instituto, esas fotos me pueden dejar en ridículo y que todos los chicos o, peor aún, que todas las chicas se rían de mí. Y es que todas las fotos que subes a las redes sociales se quedan ahí para siempre. Por eso, también tenéis que pensar que dentro de 20 o 30 años cuando sea un adulto esas fotos podrían afectar a mi vida personal, incluso laboral. Lo que parecía una foto inocente, puede afectar mucho a mi vida en el futuro.

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