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¿Qué ocurriría en el ser humano durante un aislamiento completo?

No llegamos a asumir del todo que aquel tópico de “somos animales sociales” significa mucho más de lo que parece. No es que simplemente nos guste estar con gente, que nos horrorice la soledad o que echemos de menos dar abrazos, es que el contacto físico y social es una necesidad primitiva, un instinto que traspasa nuestras preferencias o costumbres.

Michel Siffre en los años 60 (primer experimento)

Michel Siffre en los años 60 (primer experimento)

El aislamiento tiene profundas consecuencias físicas y psicológicas. Algunos estudios llegan a afirmar que el aislamiento, la soledad, mata. Ya que sus consecuencias son nefastas en nuestra producción hormonal a nivel del sistema central y en nuestro sistema inmunológico.

Estamos en circunstancias complicadas, pero el aislamiento transitorio y parcial que estamos experimentando por la pandemia no debería desembocar en estas alteraciones graves de las que hablamos, aunque nunca está de más estimular con más mimo las relaciones sociales durante este periodo a través de todas las vías posibles a nuestro alcance. Recordad que no es lo mismo distancia física que distancia social.

De forma extrema, algunos científicos intrépidos se pusieron a prueba a sí mismos sometiéndose a una experimentación subterránea de aislamiento severo y así comprobar los efectos y el impacto a todos los niveles en el ser humano. Los resultados fueron sorprendentes.

Uno de los pioneros fue el espeleólogo francés Michel Siffre, quien se adentró en una cueva helada de Scarrasson, en los Alpes, durante 61 días (aunque el francés creyó contar 34 días).

A su salida manifestó: “Cuando uno está rodeado por la noche, con tan sólo una bombilla de luz, la memoria no captura el momento. Se le olvida. Después de uno o dos días, uno no recuerda lo que ha hecho un día antes. Además de eso todo es totalmente negro. Es como un largo día interminable”.

Posteriormente muchos hombres y mujeres se sometieron a estas duras pruebas, aunque el récord lo tiene Milutin Veljkovich: 463 días en la cueva de Samar (antigua Yugoslavia).

Entre las consecuencias más interesantes de los experimentos, encontramos que nuestro ritmo circadiano (el reloj interno que marca el ciclo de sueño/vigilia) cambia al no estar en contacto con el exterior y la luz solar.

Se pierde la noción del tiempo y los períodos de vigilia y sueño ocupan más de lo habitual, entre 26 y 28 horas, pudiendo alcanzar incluso las 48 horas, es decir, 36 horas despierto y 14 dormido, con fases REM también mucho más largas de lo habitual.

En esas condiciones tan extremas, los ritmos de sueño y temperatura corporal se disgregaron en una ‘desincronización espontánea interna’, con la implicación de que dos ritmos circadianos (sueño y temperatura corporal) pueden funcionar en dos periodos diferentes dentro del mismo organismo.

Se comprobó así que la temperatura corporal más baja aparecía al principio del sueño, y no al final, como sucede habitualmente.
También en la mayoría de esos relatos se han descrito fatiga, desorientación, pérdida de memoria a corto plazo, más pesadillas durante el sueño, diferentes alucinaciones y, en mujeres, el ciclo menstrual llega a cesar.

Os animo a que investiguéis un poco más sobre experimentos de aislamiento extremos porque son muy curiosos los efectos que originan en el ser humano. 🙂

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¿Por qué lo llaman distanciamiento social cuando quieren decir distanciamiento físico?

El Covid-19 ha llegado para desmontar también las costumbres más asumidas y profundas de nuestra forma de comunicarnos y de expresar afecto. Ha fracturado nuestra cercanía social, aquella tan característica y que se define como propia de la cultura española (también de muchas otras).

Pixabay License

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¿Sois capaces de imaginar el reencuentro con un ser querido tras el confinamiento sin contacto? Sin besos, abrazos, o un simple apretón de mano, y a dos metros de distancia, sin más. ¿Cuesta, verdad?

La sed de piel es uno de los primeros ‘síntomas’ emocionales que hemos notado en cuarentena, y es normal, no concebimos un mundo sin la comunicación táctil, es un sentido vital, no solo para los seres humanos, también para el reino animal, el roce es puro instinto;y nos piden ahora que lo cortemos de raíz, que debemos delimitar el espacio entre las personas como una de las mejores herramientas para evitar la exposición al virus y desacelerar su propagación.

Y lamentablemente, así es, no nos queda otra. El error en la comunicación de esta medida es utilizar como sinónimo: “distanciamiento social” y “distanciamiento físico”, cuando realmente son dos conceptos totalmente independientes. Para protegernos tenemos que garantizar una separación física, literal, pero no un alejamiento social. ¡Todo lo contrario!

La unión social es más necesaria que nunca, relacionarnos con los demás, aunque sea lógicamente sin presencia. Creo que no seríamos capaces de cumplir un confinamiento tan duro y absoluto como el que hemos experimentado si no tuviéramos la opción de la proximidad social a través de las redes o de las videollamadas.

El coste psicológico tras la pandemia va a ser enorme, pero la conexión virtual ha sido la salvaguarda y un factor de protección fundamental de la salud mental para todos nosotros, ha provocado que la adaptación a este insólito cambio sea más rápida y el impacto emocional mucho menos abrupto, ha funcionado como un paliativo del estrés, de la nostalgia, del duelo, de la depresión, de la soledad o simplemente de nuestra costumbre social.

Transformemos el lenguaje, escojamos bien las palabras que utilizamos. Cortemos la distancia física, cuidemos nuestro mundo social, ni este dichoso virus nos lo puede arrebatar.

La soledad no depende de la compañía

Por necesidad, deseada, impuesta, provocada, terrorífica, odiada, existencial… La soledad puede ser muchas cosas, una muy buena o muy mala compañera y lo importante no es si estás solo, sino si te sientes solo.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza.

Fotografía con licencia Pixabay para uso libre

Fotografía con licencia Pixabay de uso libre

Nuestros antepasados cavernícolas pronto aprendieron que si convivían en grupos todo era más fácil, y sobre todo, aseguraban su supervivencia ante las amenazas externas. En grupo se hacían más fuertes, surgían mejores ideas entre todos, colaboraban y repartían las tareas más tediosas y se sentían mejor y más seguros.

Esa carga informativa se grabó en nuestro cerebro más primitivo y, aunque ahora el contexto sea muy diferente al de entonces, nos cuesta deshacernos de esa idea. Es difícil desmontar la creencia sobre que la soledad o sentirse solo es algo muy dramático.

Para muchos, la soledad es una elección personal, un estado donde nace la libertad real, la creatividad, la concentración y el bienestar.

Realmente la soledad no es sinónimo de problema, la clave está en lo que para ti signifique y cómo la afrontes, los pensamientos y mensajes que te diriges a ti mismo al verte en ese estado (que puede ser real o una percepción subjetiva).

Cuida el diálogo contigo mismo/a

Lo que genera miedo, ansiedad o tristeza es decirte a ti mismo: “Voy a estar toda la vida soltero”, “me voy a morir sola”, “nadie me quiere”, “mis amigos no están cuando los necesito”, etc. La ‘culpa’ no será de la soledad sino de esas ideas que te repites en bucle y que además son irreales.

Tu felicidad no puede depender de la compañía.

En modo alguno, no te lo permitas, primero porque la relación con tu compañero/a será dependiente y tóxica, ya pasas a necesitarlo no a elegirlo y a disfrutarlo, segundo porque si perdemos a esa persona perdemos el autoestima, nuestra seguridad, nuestra autonomía, nuestra felicidad en definitiva. Y todo ello no puede depender de algo o alguien externo a ti, a tu control.

Aprender a estar solo es sumamente necesario para poder crecer y madurar psicológicamente. Trata de reevaluar esta cuarentena, y ver el confinamiento impuesto como un buen momento para ello, como una oportunidad para reconducir nuestro diálogo interno.

Recibo muchos mensajes en los que me reconocen que ‘por fin estoy aprendiendo a estar solo‘. Todos podemos hacerlo, hazte consciente y toma medidas.

Eso no pasa por un total aislamiento del mundo, que tampoco es saludable, sino por encontrar el placer de estar con nosotros mismos, sin juzgarnos, cuidándonos como no lo haría nadie.

 

Coronavirus: los jóvenes son los más afectados psicológicamente (según un estudio)

La Universidad Complutense de Madrid y la Cátedra contra el Estigma de Grupo 5 ya han publicado un informe con los datos obtenidos de la primera fase de un estudio sobre el impacto psicológico que ha tenido la pandemia por Covid-19 en la población española general.

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero - CC0

Joven en la ventana. Fotografía de: Pxfuel/Creative Commons Zero – CC0

La situación de confinamiento al que estamos sometidos desde que se inició el estado de alarma para combatir el alto nivel de contagio del virus nos ha pasado factura a nivel psicológico, como era de esperar.

Lo que sorprende de los resultados obtenidos es que el núcleo de edad más afectado ha sido el de la población más joven, que comprende la edad de entre 18 y 39 años.

La muestra utilizada ha sido de casi 3.500 personas de todas las edades, pero los más jóvenes son los que presentan “más ansiedad, depresión y síntomas somáticos, así como un mayor sentimiento de soledad y falta de compañía”. Sin embargo, las personas mayores de 60 años se muestran “más tranquilos y reconocen controlar mejor sus emociones”.

Respecto al estado de ánimo: un 70% de la muestra general reconoce haber experimentado tensión, nerviosismo y angustia en algún momento de la cuarentena, un 55% admite la falta de control sobre el sentimiento de preocupación, un 60% indican falta de interés o placer en hacer cosas y mantener una actividad rutinaria, ya que se sienten sin ganas, sin fuerzas y decaídas, por último, un 45% de la muestra reconoce sentirse muy solo.

En mi opinión, tiene lógica por varios motivos, en un periodo más inicial de la vida nuestra gestión emocional es más inmadura e inestable por sí misma, salvo contadas excepciones y en el mundo en el que vivimos, una persona de 25 años aún no ha tenido tiempo de experimentar situaciones adversas a las que afrontar con fuerza mental.

Esto nos viene grande a todos, pero cuanto menos hayas vivido, menos tiempo has tenido para desarrollar mecanismos de ‘supervivencia psicológica‘.

Como por ejemplo, la resiliencia (adaptación y fortaleza mental), esto es un rasgo de personalidad estable pero también se aprende y se adquiere a través de las experiencias vitales, una persona más madura consigue unos niveles de gestión de las emociones más estables y adaptativos, en definitiva, se toman los problemas y los cambios con más calma.

Una de las pocas transformaciones que se producen en nuestra personalidad, con el paso de los años, es la de suavizar todos los rasgos que definen nuestra forma de ser y la de relativizar tanto lo bueno como lo malo que nos pase. De ahí que el núcleo de la muestra más maduro afronte el impacto de una forma más sosegada.

El estudio será longitudinal y continuará evaluando en las siguientes fases el impacto a largo plazo y la diferencia de género, así como los factores de protección y riesgo que han influido en los diferentes afrontamientos de este periodo aún sin fecha de caducidad. Iremos valorando resultados y consecuencias de esta crisis nueva a todos los niveles.

No me gusta salir de fiesta, ¿por qué nadie lo entiende? #Introversión

La introversión, ese gran desconocido y maltratado rasgo de personalidad que genera una enorme incomprensión en el mundo social. Parece que está más aceptado ser extrovertido que introvertido, que lo primero tiene una imagen asociada más positiva, más optimista, más líder, exitosa, carismática… Y que la segunda ha adquirido injustamente un significado negativo, inferior a la primera en todos los sentidos. Nada más lejos de la realidad.

Disfrutas de la soledad, eres reflexivo, independiente, te agrada la tranquilidad, en lugar de grandes fiestas prefieres encuentros más íntimos y cenas entre amigos, no te gustan las conversaciones banales… Sí, probablemente seas introvertido. Quizás también es probable que durante toda tu vida hayas deseado ser más extrovertido/a o que incluso tus padres intentaran que lo fueses, también tu pareja o amigos en la etapa adulta, y que te hayan tachado de ser tímido en muchas ocasiones.

El cerebro de un introvertido funciona de manera diferente. Saber esto es fundamental para entender que ser introvertido no es una elección, un estado de ánimo, una característica que se pueda revertir. La persona que puntúa alto en el rasgo de introversión puede adaptarse con la edad y las circunstancias y moverse por la nube de puntuaciones de este rasgo pero jamás podrá ser extrovertido y viceversa (salvando hechos traumáticos o trastornos físicos o mentales de gravedad).

Nuestra anatomía cerebral y ese universo neuronal tan complejo y único de los seres humanos y mamíferos más evolucionados, también determina cómo somos y por qué somos como somos. Una de las diferencias del cerebro introvertido es una menor necesidad a la hora de buscar experiencias estimulantes. Este perfil de personalidad no ‘necesita’ socializar continuamente para sentir felicidad. La ‘culpable de ello es la dopamina.

Los introvertidos son mucho más sensibles a la dopamina y la acetilcolina que los extrovertidos. Les basta un nivel muy bajo para sentirse bien, para percibir motivación. Por el contrario, si hay un exceso de estimulación externa, lo que sentirá la persona introvertida es estrés y ansiedad.

Tal y como ya conocemos, nuestro sistema nervioso se divide en dos: sistema nervioso simpático, que se encarga de respuestas relacionadas con la acción gracias a la adrenalina, y el sistema nervioso parasimpático, que regula las funciones más relajadas (sueño, digestión, etc).

Todos hacemos uso de ambos en nuestra rutina diaria, pero la personalidad dominada por la introversión tiene una tendencia mayor activar el sistema parasimpático, regulado por el neurotransmisor de la relajación (acetilcolina). Por ello, se encuentran mejor en reposo, su bienestar depende de ‘actividades inactivas’ (cine, lectura, pintura, música relajante, museos, naturaleza…)

El cerebro de un introvertido tendrá un procesamiento del entorno con un ritmo más cauto, por un lado serán lentos en tomar decisiones y caigan en un laberinto de ideas y pensamientos excesivos que le impidan ser ágiles mentalmente, pero también tomarán determinaciones más meditadas, por lo que serán más certeros, firmes y se arrepentirán menos de sus actuaciones. ¿A qué se debe esto?

La doctora Inna Fishman, del Instituto Salk para Ciencias Biológicas de California, realizó un interesante estudio que demostró a través de resonancias magnéticas algo revelador: el proceso de pensamiento de la personalidad introvertida sigue un camino más largo que el de las extrovertidas. Es el siguiente.

  • Área frontal derecha de la ínsula, relacionada con la empatía, la autorreflexión y el significado emocional.

  • El área de Broca, encargada de regular el diálogo interno.

  • Lóbulos frontales derecho e izquierdo, responsables de planificar, evaluar ideas, expectativas, etc.

  • El hipocampo izquierdo, una estructura que media en nuestros recuerdos emocionales.

Las personas introvertidas no son, necesariamente, más inteligentes que los extrovertidos, al menos en lo que a cociente intelectual se refiere. Sin embargo, las investigaciones indican que son capaces de procesar una mayor cantidad de información, siempre y cuando estén en un entorno tranquilo, de lo contrario se bloquean y se produce el efecto contrario.

Y es que la actividad eléctrica en el cerebro de las personas introvertidas es mayor de la que se aprecia en los extrovertidos, lo que indica una mayor activación cortical, por tanto se ven obligados a limitar la cantidad de estímulos que provienen del medio para mantener un nivel óptimo de excitación cerebral y no colapsarse.

Se ha demostrado en cientos de investigaciones que la forma de ser está en nuestro ADN y no podemos estigmatizar al otro porque las características que le definan sean distintas, incluso opuestas, a las de uno.

La felicidad de un niño introvertido estará en que sus padres le acepten tal y como es y entiendan que no quiera tener sesenta amigos ni ir a fiestas de cumpleaños multitudinarias, y no por ello serán niños aislados, ni de adultos se convertirán en personas hurañas y desadaptadas. Ya de mayores, igual ocurre con las relaciones y vínculos que establecemos con los demás, no hay nada más bello que complementarse con tu pareja o amigos, admirar aquello que le hace único, especial y contrario a ti y que juntos encontréis el equilibrio que funcione, que os aportéis el uno al otro y que cada uno utilice sus habilidades cuando el otro no las tenga y más las necesite.

¿Y tú de quién eres? 🙂

 

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*Referencia: El cerebro de un introvertido – La mente es maravillosa.