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Por qué en 40 años no tenemos vacunas del sida, y sí de COVID-19 en unos meses

En junio de 1981 el boletín del Centro para el Control de Enfermedades de EEUU publicaba la descripción de cinco pacientes de Los Ángeles con neumonías graves, dos de ellas letales, causadas en hombres jóvenes y sanos por un hongo llamado Pneumocystis carinii (hoy P. jirovecii), que normalmente solo ataca a personas seriamente inmunodeprimidas. Aquella fue la primera publicación científica de casos de sida/VIH. Cuarenta años después, revistas como The Lancet o The New England Journal of Medicine están conmemorando este aniversario y repasando lo ocurrido y no ocurrido en estos cuatro decenios.

(Abro aquí un paréntesis para destacar algo que debería alimentar la cultura científica de quienes creen en teorías conspiranoicas sobre el origen del actual coronavirus de la COVID-19 porque “es un virus nuevo” que “ha surgido de repente” y “todavía no se sabe de dónde ha salido”.

Puede decirse que hoy, 40 años después de los primeros casos descritos de sida, el conocimiento sobre el origen del VIH sigue más o menos en el mismo punto en el que está ahora el del origen del SARS-CoV-2 desde el primer momento de la pandemia: en ambos casos se sabe cuáles son los probables ancestros del virus (una cepa concreta del SIV en un caso, RaTG13 en el otro) y sus huéspedes no humanos (primates no humanos, murciélagos). Se tardó 18 años (1999) desde los primeros casos descritos de sida en encontrar en chimpancés un virus suficientemente igual al VIH como para proponerlo como ancestro directo, pero aún no se considera probado que el virus saltara directamente de los chimpancés a los humanos. Cuarenta años después, se sigue investigando el origen del VIH.

Por otra parte, en el caso del sida hoy se calcula que el virus apareció entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, que comenzó a infectar a los humanos en la década de 1920 en el antiguo Congo Belga, y que desde entonces provocó varios brotes que solo con el tiempo se han asignado a probables casos de sida; el más temprano del que hay confirmación empírica con muestras de sangre tuvo lugar en 1959 en el Congo. Hay constancia de que el VIH estaba presente en EEUU en los años 60, sospechas de que ya en los 50 y posibilidades de que en los 40 o incluso antes. Las revisiones científicas modernas de antiguos casos clínicos han encontrado numerosos probables casos de sida décadas antes de que la enfermedad fuera formalmente descrita.

¿Que hubo tres trabajadores del Instituto de Virología de Wuhan con posibles síntomas de COVID-19 en noviembre de 2019? ¿Un mes antes de que se reconociera formalmente la enfermedad? ¿Que esto es un indicio de que el virus salió de aquel laboratorio? ¿En serio? Para el sida, hay casos confirmados más de 20 años antes, y casos probables hasta medio siglo antes).

Entre lo ocurrido en estos 40 años de sida, lo más destacable es que hoy ya no es una enfermedad letal para quien tenga acceso a los tratamientos. En ese camino quedaron 35 millones de vidas. Y aún siguen y seguirán quedando las de aquellos que no tienen acceso a los tratamientos.

Y entre lo no ocurrido, naturalmente, destaca sobre lo demás el hecho de que aún no tenemos una vacuna. Pero ¿por qué con la COVID-19 hemos tenido varias en solo unos meses, y con el sida aún no tenemos ni una sola en 40 años?

Ilustración del virus VIH liberándose de una célula infectada. Imagen de Bette Korber at Los Alamos National Laboratory / Wikipedia.

Ilustración del virus VIH liberándose de una célula infectada. Imagen de Bette Korber at Los Alamos National Laboratory / Wikipedia.

No es que no se haya buscado. De hecho, ha sido el objeto de innumerables grupos de investigación en todo el mundo durante décadas; según recuerda en The Lancet el epidemiólogo Chris Beyrer, el esfuerzo científico contra el sida fue el mayor de la historia dedicado a una sola enfermedad hasta la COVID-19. El primer ensayo clínico de una vacuna comenzó en 1987; siete años después de la descripción de los primeros casos, pero solo tres años después de que se confirmara el agente viral del sida, y solo un año después de que el virus recibiera su nombre definitivo de VIH. Desde entonces se han emprendido al menos cinco grandes ensayos clínicos en fase 3 de vacunas del sida. Ninguno de ellos ha resultado hasta ahora en una vacuna funcional y segura.

La razón es sencilla, y es puramente técnica. Y es que si la COVID-19 es el sueño de todo creador de vacunas, el sida es la peor pesadilla.

Dejando aparte la gran tragedia que ha supuesto la COVID-19 para la humanidad, si hubiera sido posible escribir una carta a los Reyes Magos pidiendo, de entre todos los que podían llegarnos, un virus concreto para una pandemia, ese virus habría sido algo muy parecido al SARS-CoV-2: un virus que muta relativamente poco en comparación con otros como las gripes, de cadena única (la gripe lleva su genoma repartido en trozos, lo que facilita su recombinación), que en principio no se integra en el genoma (aunque puede ocurrir en algunos casos) y que además lleva una diana bien dibujada en todo el lomo: su proteína Spike (S), vital en la infección del virus y muy antigénica, capaz de disparar una fuerte respuesta de anticuerpos y otros componentes inmunitarios. La inmensa mayoría de las vacunas que hoy existen contra la COVID-19 no han necesitado más que esta única proteína S, suministrada al organismo de una u otra forma, para producir una respuesta inmune eficaz incluso contra variantes mutadas en esa misma proteína S.

En comparación, el VIH es la tormenta perfecta de los virus. De hecho, es curioso –bueno, en realidad no– que la conspiranoia no se haya centrado tanto en el VIH como virus de diseño, porque bien podría parecerlo; todo lo contrario que el virus de la COVID-19, un torpe invento subóptimo de la naturaleza que sería un cero en un examen de diseño de armas biológicas. El 99% de los infectados de COVID-19 se curan; con el VIH, sin tratamiento, nadie sobrevive.

Existen sobre todo dos razones principales que convierten al VIH, recordando la famosa cita de Alien, en un feroz hijo de puta. Primero, ataca al sistema inmune, precisamente el encargado de combatir los virus. Recordemos una vez más que una vacuna no es un EPI, no es una barrera. En general, las vacunas no suelen impedir la infección (algunas sí lo hacen, pero no es la norma), sino que impiden la replicación del virus una vez que ha entrado en el organismo y se encargan de aniquilar las células infectadas. Pero todo esto lo hace el sistema inmune. Y lo que hace el VIH es precisamente atacar el sistema inmune, y no una cualquiera de sus piezas, sino un hub del que depende todo, su principal centro de inteligencia, las células T helper CD4+. Si uno quisiera diseñar un virus para hackear el sistema inmune, este sería sin duda el mejor objetivo.

Pero hay algo más, y es que el VIH es un retrovirus, segunda razón. Al contrario que el SARS-2 y otros virus de ARN, que utilizan este intermediario desechable solo para producir sus proteínas, los retrovirus copian su información genética a un ADN que se hace un hueco en los propios cromosomas de la célula, se integra y se queda a vivir allí. Una vez que el VIH ha entrado en el organismo, ya forma parte de uno mismo. Incluso con un sistema inmune competente, deshacerse de un virus integrado en el genoma es muy improbable. De hecho, entre un 5 y un 8% del genoma humano está formado por pedazos de ADN que originalmente eran retrovirus, que infectaron a nuestros ancestros incluso mucho antes de la aparición del linaje humano, y allí se quedaron. Pero si además el virus neutraliza el sistema inmune, no hay salida posible.

Por si esto fuera poco, el VIH tiene además otras armas que lo convierten en un auténtico Terminator, una perfecta máquina de matar. Su variabilidad genética es increíble. Pensemos que todos los virus mutan constantemente. Incluso en uno de mutación lenta como el SARS-2, un nuevo estudio calcula que entre todos los viriones (partículas virales) presentes en una sola persona infectada se encuentran todas las posibles sustituciones de cada una de las bases o nucleótidos del genoma del virus; dicho de otro modo, y frente a la idea popular equivocada de que hay por ahí cuatro o cinco variantes del virus, cada paciente lleva dentro de sí al menos 30.000 variantes distintas.

Pues bien, el SARS-2 es un virus relativamente invariable en comparación con los de la gripe. Y resulta que una sola persona infectada con el VIH lleva en su interior más variantes del virus de las que circulan por todo el mundo en todas las personas infectadas de gripe a lo largo de toda una temporada. A mayor variabilidad, mayor evasión del sistema inmune; el VIH es un artista del disfraz, el virus de las mil caras.

Y aún hay más: de todos los virus conocidos, la proteína Env del VIH, la que utiliza para infectar (a grandes rasgos equivalente a la S del coronavirus), es la que más azúcares lleva cubriendo su estructura proteica. El virus utiliza estos azúcares para camuflar sus antígenos y así escapar al reconocimiento de los anticuerpos generados por el sistema inmune.

En resumen, todo esto hace del VIH un virus casi invacunable. Pero ni siquiera todos los fracasos anteriores han servido para disuadir a los científicos de continuar en esta lucha. Los ensayos de vacunas prosiguen probando nuevas estrategias sofisticadas, combinando antígenos capaces de generar anticuerpos ampliamente neutralizantes o que puedan actuar contra los azúcares de la cubierta, o bien buscando activar las células T funcionales que puedan acabar con las infectadas. Periódicamente estos experimentos nos ofrecen noticias esperanzadoras, aunque también nuevos fracasos; el historial de promesas que quedaron en nada invita a la la prudencia. Los investigadores confían en que el nuevo impulso a las tecnologías de vacunas propiciado por la pandemia de COVID-19 ayudará también a acelerar el paso hacia aquello por lo cual los Rodríguez brindaban hasta la cirrosis, la vacuna del sida.

El ébola, de cero a cien en 24 horas (¿y de cien a cero en…?)

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Parece difícil escribir hoy sobre algo que no sea el ébola. Pero el enorme despliegue actual en los medios, con telediarios casi monográficos, solo es igualado por la también palmaria indiferencia con que este asunto se ha tratado anteriormente. La presencia mediática del ébola crece de cero a cien en 24 horas y vuelve a detenerse en seco con la misma facilidad, como ocurrió al remitir la resaca de los casos de los sacerdotes españoles.

La información, ese instrumento al que se le supone una función de conciencia pública, no es lo único que ha faltado en la historia del ébola. Resulta fácil comprenderlo si se compara con el ejemplo del sida. Los primeros afectados de sida afloraron a comienzos de la década de 1980 (aunque hoy sabemos que las infecciones confirmadas se remontan al menos hasta finales de los 50). La epidemia de una enfermedad aún sin nombre se declaró en EE. UU. en junio de 1981, cuando sus casos ya merecían titulares en medios como The New York Times. A finales de ese año, aún constaban solo 121 muertes debidas a la enfermedad. El virus fue aislado por primera vez en enero de 1983, y en 1987 ya se disponía de un tratamiento específico y eficaz, el AZT, siete años después de los primeros casos. Las terapias combinadas aparecieron en 1992. Hoy, los tratamientos permiten que los pacientes cronifiquen la dolencia sin que esta amenace sus vidas. La Fundación para la Investigación del Sida, amfAR, estima que desde el principio de la pandemia unos 78 millones de personas han contraído el virus, y unos 39 millones han fallecido debido al sida. Actualmente el virus afecta a más de 35 millones de personas en todo el mundo.

Veamos ahora el caso del ébola. Los primeros enfermos aparecieron en 1976, cuando el sida aún no había brotado públicamente. Aquel año murieron 431 personas en Zaire y Sudán, y el número total de afectados superaba los 600, una cifra que el sida no alcanzaría hasta 1982. El virus se aisló en 1977 y, en los diversos estallidos detectados desde entonces, se han confirmado más de 6.000 pacientes de los cuales han muerto algo más de la mitad, aunque las cifras reales pueden ser mucho mayores. Y a pesar de que han transcurrido casi cuatro decenios desde que se conocen el virus y la enfermedad letal que provoca, aún ni siquiera existe un tratamiento universal específico y eficaz.

Conviene explicar por qué el número de casos de ébola no ha progresado más, dado que se transmite con más facilidad que el VIH. En anteriores brotes y al comienzo del actual, la infección estuvo confinada a ciertos países africanos. En términos biológicos, el virus del Ébola es un parásito mal adaptado al ser humano; o, mirado al contrario, nosotros somos malos hospedadores para el virus. A un parásito no le conviene matar a su hospedador o, si lo hace, le interesa que transcurra el tiempo suficiente para colonizar nuevas víctimas. El VIH es un corredor de fondo, mientras que el virus del Ébola en humanos es un esprinter; mata demasiado y demasiado aprisa, y solo es altamente infeccioso cuando el paciente ya presenta graves síntomas, lo que reduce la posibilidad de contacto con personas sanas. Pese a todo esto, los expertos barajan para finales de este año un número acumulado de casos de entre 30.000 y 60.000, y una dinámica exponencial de crecimiento, doblándose la cifra de afectados cada pocas semanas.

Frente a lo anterior, las autoridades de salud pública arguyen que el contagio no es probable por un contacto casual. Pero lo cierto es que, aunque el mecanismo de transmisión e infección es conocido, aún no existen suficientes datos empíricos respecto a la infectividad en condiciones reales y a la permanencia de los virus viables en el medio exterior. Como ejemplo, pasaron años antes de que se pudiera afirmar con seguridad y responsabilidad que el sida no se contagiaba por un beso o por compartir una cuchara, a pesar de que ya se conocía el requerimiento de una vía sanguínea o sexual para consumar el contagio. Una vez se supo que el VIH era parecido a otros retrovirus linfotrópicos humanos, se comprendió que no se requerían medidas excepcionales de aislamiento, como las que sí precisa el ébola. La siguiente tabla, publicada en 2007 en la revista Journal of Infectious Diseases, resume el estudio más completo hasta la fecha sobre la detección del virus del Ébola en varios tipos de muestras biológicas, y solo reúne un pequeño número de pacientes. Como conclusión, la alarma no es una buena consejera, pero las comparecencias de responsables públicos haciendo el papel del alcalde de Amity Island en Tiburón tampoco son garantía de tranquilidad.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Comparando la cronología del sida con la del ébola, surge naturalmente la pregunta de qué se ha hecho en todos estos años, o por qué no se ha hecho más para prevenir brotes como el actual. Respecto a qué se ha hecho, solo puede afirmarse que Canadá hizo sus deberes; tras los atentados del 11-S en EE. UU., el gobierno canadiense lanzó una potente iniciativa llamada CRTI, que unía esfuerzos de varias instituciones para investigar sobre la prevención y minoración de posibles ataques terroristas con armas no convencionales. El programa del CRTI incluía una línea dedicada al ébola como posible agente bioterrorista. Algunos expertos consideraron (y consideran) que el ébola es inútil como arma, debido a su patrón de infectividad. Por suerte, el gobierno de Canadá invirtió siete millones de dólares a lo largo de 11 años para investigar sobre el ébola, y fruto de ese esfuerzo son el tratamiento experimental ZMapp, desarrollado en colaboración con EE. UU., y la vacuna VSV-EBOV, también en fase de pruebas. Fármacos como estos no pueden improvisarse cuando los telediarios son monográficos.

Respecto a por qué no se ha avanzado más desde 1977, probablemente las causas son variadas. Pero hay un hecho innegable: el sida debutó públicamente matando a occidentales, algunos de ellos con nombre de celebrity. Hasta el brote actual de ébola y aún bien entrado este, muchos parecían creer que la expansión podría controlarse cerrando los espacios aéreos. Pero por muy limpia que esté una casa, si el cuarto de baño se mantiene en estado nauseabundo es seguro que alguien acabará enfermando. Y durante demasiado tiempo, occidente ha permitido y propiciado que África siga siendo el baño nauseabundo que nadie se acuerda de limpiar. Como ilustración, baste recordar un dato terrible e insólito en la ciencia moderna: el pasado agosto, la revista Science publicaba un trabajo de investigación destinado a rastrear genéticamente el itinerario infectivo del virus. Cuando el artículo se publicó, cinco de sus coautores, todos ellos africanos, habían muerto a consecuencia de la enfermedad.

Resumiendo, las cosas deberían funcionar así: demanda social genera presencia mediática, presencia mediática genera preocupación política. Algo debe de fallar cuando en muchos casos el orden es el contrario, y así es fácil que el eco se apague en cuestión de horas.