Disruptores endocrinos y bisfenol A, ¿amenaza real o quimiofobia?

Ayer comencé a hablar de los llamados disruptores endocrinos (EDC, en inglés), compuestos a los que se atribuyen innumerables daños a la salud como consecuencia de actuar como falsas hormonas, rompiendo el equilibrio natural del sistema endocrino: diabetes, obesidad, problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo fetal, daños neurológicos, trastornos de atención, cáncer…

Los EDC están hoy en la mirilla de científicos, autoridades y de muchos ciudadanos preocupados por el –aparentemente– súbito descubrimiento de compuestos como el bisfenol A (BPA) que de repente se han convertido en los supervillanos más devastadores de la historia. Y que están por todas partes: incluso los más obsesionados con su alimentación, en algún momento de sus vidas han tocado un recibo de la compra o de un cajero automático, sin saber que estaban sujetando en sus manos una auténtica arma de destrucción masiva.

Pero ¿es así?

La respuesta: no. En primer lugar, el BPA no se ha descubierto de repente. No es una contaminación industrial. No es algo que los malvados empresarios introduzcan a hurtadillas en sus productos para engordar sus beneficios. Tampoco es un subproducto que aparezca por sí mismo como consecuencia de alguna extraña reacción química indeseable.

El BPA es un compuesto químico que se inventó a finales del siglo XIX, y al que pronto se le vio una utilidad en la fabricación de plásticos y de otros numerosos productos. Al mismo tiempo, se descubrió que por su estructura era un candidato a medicamento para actuar como análogo hormonal de los estrógenos, las hormonas feminizantes, pero ya en los años 30 se descartó este uso porque era demasiado débil: unas 37.000 (treinta y siete mil) veces menos potente que el estradiol, la hormona natural a la que imita.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

La primera conclusión es que el BPA no se descubre que está ahí, sino que se ha puesto ahí a propósito. Si uno analiza zumos de naranja del mercado y descubre que no contienen naranjas, es noticia. Si uno analiza productos del mercado fabricados con BPA, descubre que contienen BPA y lo anuncia a bombo y platillo, es… en fin, completen la frase ustedes mismos.

Claro que, podría decirse, en un congreso de personas con polidactilia faltarían dedos para contar los productos que históricamente se han empleado para múltiples usos humanos sin saber que se estaba envenenando a la gente; productos que después han sido prohibidos y retirados. ¿Será este uno de esos casos?

La respuesta: tampoco. Los efectos del BPA se han analizado extensivamente durante décadas, sobre todo en los últimos 20 años (más sobre esto un poco más abajo), con el no disimulado fin de demostrar su toxicidad. Pero por más vueltas que se le ha dado, hasta hoy no se ha podido probar fehacientemente ninguna relación causal clara del BPA con ningún daño a la salud en humanos.

Pero a ver: ¿existe una dosis a la cual el BPA pueda ser perjudicial para la salud?

Papel térmico. Imagen de pixabay.

Papel térmico. Imagen de pixabay.

La respuesta: naturalmente, por supuesto que sí. Como nos enseñan los toxicólogos, no existe absolutamente ninguna sustancia que sea inocua a cualquier dosis, o más beneficiosa cuanto más se aumenta la dosis hasta cualquier dosis imaginable. De ser así, no tomaríamos una cápsula de antibiótico cada ocho horas, sino que nos tragaríamos una maceta llena y adiós al problema. Y nótese que esto no solo se aplica a los fármacos, sino absolutamente a cualquier sustancia: existe incluso la intoxicación por exceso de agua, que puede llevar a la pérdida del equilibrio electrolítico, al fallo cerebral y a la muerte.

Obviamente, estos efectos de dosis de toxicidad para el BPA se han estudiado en animales, junto con la posible aparición de enfermedades asociadas, y en función de ello los organismos reguladores han establecido sus directrices. La autoridad química europea clasifica el BPA como sustancia preocupante, porque lo es; de lo contrario, no tendría sentido tanta investigación, y es más que pertinente, necesario, continuar con estos estudios para garantizar que no se haya escapado algo importante.

Pero con toda la ciencia actual en la mano y yendo al terreno práctico, esto es lo que hoy establecen las autoridades reguladoras respecto a la exposición al BPA. Así dice la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA):

El BPA no supone un riesgo de salud para los consumidores porque la actual exposición a la sustancia es demasiado baja para causar daño. La opinión científica de la EFSA muestra que los niveles de BPA a los que están expuestos los consumidores de todas las edades está muy por debajo del nivel estimado de exposición segura, conocido como ingesta diaria tolerable (TDI). La EFSA encuentra que no existe una preocupación de salud, ya que las estimaciones más altas de exposición al BPA, tanto a través de la dieta como en total, son de 3 a 5 veces menores que la TDI, dependiendo del grupo de edad. Para todos los grupos de población, la exposición en la dieta es más de 5 veces menor que la TDI.

Y esto dice la agencia de fármacos y alimentos de EEUU (FDA):

¿Es seguro el BPA?

Sí. Según la continua revisión de seguridad de la FDA de las pruebas científicas, la información disponible continúa avalando la seguridad del BPA para los usos actualmente aprobados en envases de comida. Las personas están expuestas a bajos niveles de BPA porque, como muchos componentes de los envases, cantidades muy pequeñas de BPA pueden migrar desde el envase de la comida a las comidas o bebidas. Estudios emprendidos por el Centro de Investigación Toxicológica de la FDA no han mostrado efectos por exposición al BPA a bajas dosis.

Pero entonces, y si todo esto es así, ¿por qué últimamente todo el que lea o escuche las noticias puede llevarse a casa la impresión de que estamos en continuo riesgo de exposición a una toxina peligrosa de la cual, al parecer, las autoridades no hacen absolutamente nada para protegernos?

(Nota: he elegido la palabra “toxina” a propósito porque probablemente muchos la utilizarían. Y mal utilizada. Una toxina es una sustancia nociva producida POR LAS CÉLULAS DE LOS ORGANISMOS VIVOS. Las toxinas las producimos nosotros mismos. Si las ingerimos con la comida no es porque unos malvados científicos hayan vertido sus tubos de ensayo en el cubo donde se fabrica la sopa, sino porque las han producido las propias células de los organismos vivos, animales o vegetales, que nos comemos. En resumen, UNA TOXINA NO ES UNA SUSTANCIA QUÍMICA SINTÉTICA, SINO UNA SUSTANCIA QUÍMICA NATURAL. Y por cierto, el cuerpo no las acumula, sino que sabe eliminarlas él solito; para eso la evolución inventó el hígado y los riñones).

Bueno, esto habría que preguntárselo a quienes publican y difunden tales noticias. Y por supuesto, a quienes las generan en primer lugar. Si las autoridades establecen claras directrices sobre la seguridad de la exposición a una determinada sustancia, y un científico no está de acuerdo, puede y debe impugnar esta decisión ante dichas autoridades; de hecho, algunos han procedido así, lo cual ha motivado una nueva y extensa revisión de la EFSA cuyos resultados esperamos conocer pronto. Pero en cambio, lo que ese científico no debería hacer, aunque pueda, es alarmar a la población haciendo algo que en inglés tiene un nombre muy pegadizo, scaremongering, y que en nuestro idioma se llama de una manera mucho más tonta: meter miedo.

No debería hacerlo, lo cual no quiere decir que un servidor le acuse de estar haciéndolo. Como tampoco se me ocurriría jamás acusar a nadie de hacerlo porque esa carnaza se venda fácilmente a los medios y cale mucho entre el público, consiguiendo un alto nivel de visibilidad para los científicos en cuestión.

Como tampoco se me ocurriría jamás añadir que todo esto además funciona mucho mejor si se adereza la carnaza con titulares y otras afirmaciones que no se corresponden ni con los resultados del estudio en cuestión ni con el dictamen actual de las autoridades reguladoras, ni con el significado de estos estándares; por ejemplo, cuando en una nota de prensa se dice que “nueve de cada diez pares de calcetines de bebé del mercado contienen trazas de bisfenol A”, cuando en realidad ese “mercado” se limita a un total de 32 pares de calcetines comprados en tres tiendas, de los cuales solo se han encontrado niveles de BPA superiores al límite de la UE para los juguetes infantiles (no hay un límite para los calcetines, como es lógico) en los calcetines comprados en el bazar chino, y cuando los propios autores reconocen en su estudio que incluso en estos casos la dosis estimada de exposición dérmica al BPA por estos calcetines “es relativamente baja” (lo cual no se menciona en la nota de prensa).

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

En cambio, aunque no se me ocurriría afirmar nada de lo anterior, sí es necesario añadir que el BPA es una sustancia sobre la cual debe seguir investigándose y, si así lo aconsejan nuevos futuros estudios, restringir aún más sus usos y dosis autorizadas. Como también es necesario repetir que si hasta ahora esto no se ha producido es porque los miles de estudios disponibles no lo han aconsejado. Y sobre todo, es imprescindible añadir que ni siquiera todos los expertos están de acuerdo en que los EDC sean lo dañinos que otros sostienen.

En 2016 un grupo de toxicólogos publicaba una carta en Nature bajo el título “no dañen la legislación con pseudociencias”. “Nos preocupa que algunos de los procesos para establecer las regulaciones de seguridad de las sustancias químicas en la Unión Europea se están dejando influir por los medios y el scaremongering de las pseudociencias”, escribían. “Por ejemplo, se culpa a los disruptores endocrinos de la obesidad y la diabetes de tipo 2 a pesar de que no hay pruebas que lo apoyen, y a pesar de que el excesivo consumo de alimentos y azúcar es una causa probada”, añadían. “Como consecuencia, los criterios de la Comisión Europea para regular los EDC como una amenaza a la salud humana se basan en estudios de correlación, no causales”. Y aún más: “Algunos científicos ponen el objetivo de atraer fondos para investigación por encima de la valoración objetiva de sus pruebas”.

El primer firmante de aquella carta, el toxicólogo Daniel Dietrich, de la Universidad de Constanza (Alemania), escribió también junto a otros autores una larga revisión sobre los EDC. Estas son algunas citas:

A pesar de 20 años de investigación, el daño a la salud por la exposición a bajas concentraciones de sustancias químicas exógenas con actividad débil similar a las hormonas sigue sin demostrarse, y es una hipótesis improbable.

Teniendo en cuenta los enormes recursos invertidos en esta cuestión [más de 4.000 estudios, contabilizan los autores], uno esperaría que entretanto deberían haberse identificado algunos EDC causantes de daños a la salud o enfermedades. Sin embargo, no ha sido el caso. Hasta la fecha, con la excepción de las hormonas naturales o sintéticas, no se ha identificado ni un solo EDC fabricado por el ser humano que represente un riesgo identificable y mensurable para la salud humana.

Ciertamente, ha habido mucho revuelo mediático sobre riesgos imaginarios para la salud del BPA, los parabenos o los ftalatos. Sin embargo, jamás se ha establecido ninguna prueba real de efectos adversos para la salud humana de estas sustancias. Al contrario, cada vez hay más pruebas de que sus riesgos para la salud son inexistentes o despreciables, o imaginarios.

Como es natural, la visión de Dietrich ha recibido fuertes críticas por parte de los defensores de la hipótesis de los EDC y de los efectos nocivos del BPA y otras sustancias. Y sin embargo, los argumentos del alemán son innegables: es cierto que la regulación sobre el BPA se basa en el principio de precaución según los experimentos con animales, dado que no se ha demostrado un vínculo causal con efectos nocivos en la salud humana.

Dietrich y sus colaboradores agregan también otro hecho innegable, y es que el mayor experimento humano de la historia con los EDC tiene un nombre de sobra conocido: píldora anticonceptiva. Por su propia definición, la píldora es un EDC, de acción similar al BPA pero miles de veces más potente; de hecho, el BPA se desechó como xenoestrógeno (análogo sintético de los estrógenos) precisamente porque era demasiado débil. Dietrich le pone cifras: la comida que comemos contiene un nivel de 100 en estrógenos de fuentes naturales como los flavonoides de la soja, y un nivel de 0,02 de estrógenos sintéticos, mientras que una sola píldora anticonceptiva contiene un nivel de 17.000. Y sin embargo, los anticonceptivos orales se toman a millones a diario en todo el mundo.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Todo lo cual revela una enorme paradoja. Por ejemplo, el tabaco o el alcohol demostraron claros efectos dañinos desde los primeros estudios, y en todos los estudios realizados. Para estas sustancias se aplican restricciones sobre a quién y dónde se venden, pero puede decirse que se venden y se consumen libremente sin límites de dosis o cantidades; en el caso del alcohol, sin siquiera incluir esas famosas etiquetas de advertencia sobre que “el alcohol mata” o “el alcohol provoca cáncer”. Y por el contrario, a las sustancias para las que más de 4.000 estudios no han logrado demostrar claramente efectos nocivos en humanos se les aplica el principio de precaución, resultando en una regulación más restrictiva que la de los claramente dañinos. ¿Tiene esto algún sentido?

Esto, a su vez, debería llevar a una reflexión: si los investigadores que estudian los niveles de BPA y otros EDC en productos de consumo realmente quisieran dejar claro que su trabajo no es un mero scaremongering que explota y fomenta la quimiofobia, detallarían en sus estudios que los estándares de la UE a los que refieren sus resultados no corresponden a dosis demostradamente dañinas en humanos, sino que se han establecido en niveles exageradamente prudentes según el principio de precaución basándose en los resultados de experimentos con animales.

Pero no lo hacen. ¿Por qué? Ellos sabrán. Me limito a dejar otra cita de Dietrich y sus colaboradores: “Dado este enorme volumen de fondos para la investigación [de los efectos del BPA y otros EDC], los científicos en el campo de los EDC pueden tener intereses creados de mantener la hipótesis de los EDC en la agenda para permanecer en el negocio”.

Finalmente y para los más informados o deseosos de información, merece la pena añadir un último comentario. Gran parte de la discrepancia entre los toxicólogos y los endocrinólogos se basa en que algunos de estos últimos alegan la existencia de un fenómeno llamado hormesis, por el cual se supone que no siempre se obtiene mayor efecto a mayor dosis, sino que para algunas sustancias los efectos pueden ser más potentes a concentraciones menores; lo que, según los defensores de esta hipótesis, implicaría que toda la investigación sobre la toxicidad del BPA se ha hecho mal.

Si este enunciado les recuerda a una famosa pseudoterapia que empieza con la letrita hache, ya intuirán que se trata de una propuesta muy controvertida. Lo cierto es que sí existen determinados procesos biológicos en los que algo de esto podría tener algún sentido… siempre que, naturalmente, la sustancia esté presente, y que cumpla ciertas condiciones; una de ellas, que sea una biomolécula –compuesto producido por el propio organismo– muy activa. Que no es el caso del BPA ni del resto de los EDC sintéticos. Pero eso daría para otra historia.

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