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Entradas etiquetadas como ‘tradicion oral’

Redescubierto en La Gomera el árbol de las brujas de alcurnia

10 enero 2013

Aderno

La isla de La Gomera es un territorio mágico. Con un bosque mágico, la laurisilva, preñado de historias tan viejas como sus árboles únicos.

En un lugar así, imagínense cómo será Vallehermoso, una de sus localidades más increíbles. Adéntrense entonces en su monte nebuloso hasta acercarse a una fuente misteriosa de siete caños tallados en madera, los Chorros de Epina. Y allí, entre el rumor del agua y del viento alisio agitando la bóveda vegetal, recuerden el refrán gomero:

“Si bebes de los siete caños / te casas antes de un año”.

Para encontrar el amor deseado, asegura la vieja tradición oral que las mujeres deben beber de los caños pares y los hombres de los caños impares, empezando siempre a contar desde la izquierda. Y sólo si las mujeres quieren convertirse en brujas deben beber de los caños de los hombres.

Brujas, auténticas brujas eran las damas de alta alcurnia de Vallehermoso, caprichosas hasta el límite de exigir a sus sirvientas el esfuerzo de invertir todo un día de dura caminata para traerles la preciada agua de esa fuente supuestamente medicinal. Sabedoras de lo sencillo de la falsificación, exigían a las niñas encargadas del transporte una incontestable prueba. Junto con el cántaro lleno debían mostrar la hoja de un aderno (Heberdenia excelsa), un raro árbol de la laurisilva del que, según se creía, sólo existía un único ejemplar en la isla, precisamente en la inmediaciones del manantial.

Considerado cuento de viejas, durante décadas se pensó que tal árbol era una invención popular. Hasta que junto con mi amigo Jacinto lo redescubrimos hace muy poco tiempo. Viejo, muy viejo, pero vivo.

¿Será el mismo de la leyenda? El propio árbol nos lo confirmó, pues tan sólo conserva una de sus cuatro ramas originales, la más inaccesible. Aunque lo siento, no les diré cómo llegar a él. Está el pobre como para regalar más hojas.

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La muerte destruye nuestras últimas bibliotecas vivas del saber

30 mayo 2012

Hoy enterramos en Casillas del Ángel a Catalinita. Catalina Méndez tenía 81 años. Era mi vecina y una experta artesana del telar y la palma, pero era mucho más. Era la memoria viva de Fuerteventura, ese en palabras de Unamuno “esqueleto de isla” donde la supervivencia de su población fue siempre una lucha titánica contra el desierto. El año pasado enterrábamos a su inseparable marido, Ezequiel Morales. El horno de pan, el telar de la casa terrera con techo de torta, el corralito de las cabras y los secos pajeros lloran inútiles una soledad que ya barruntan será definitiva. Los viejos sonidos se extinguen con ellos y con esos pueblos del silencio.

Aseguraba el etnólogo maliense Amadou Hampaté Ba que cuando un anciano muere en África es como si una biblioteca ardiera, pues con su desaparición se extingue la infinita sabiduría transmitida oralmente por sus antepasados. En España la tragedia es aún mayor. Nuestra cultura más íntima, nuestra tradición oral, está en trance de extinguirse. Después de transmitirse y enriquecerse a lo largo de milenios de padres a hijos y de abuelos a nietos, la cadena se ha roto. Ya no escuchamos a los mayores, a los sabios de la Tierra. Sus enseñanzas, enraizadas en el experto manejo del territorio, se consideran inútiles en estos tiempo de alta tecnología global. Craso error.

Siento como propia la muerte de Ezequiel y Catalinita. La entrañable pareja se va sin dejarnos herederos de su sabiduría. Pasé muchas horas hablando con ellos, recopilando historias, leyendas, técnicas, costumbres. Hoy siento no haber invertido más tiempo, pero ya es tarde. Como lo he sentido aún más profundamente con la reciente muerte de Emilia, esa querida abuela a la que tanto quise y que tanto me enseñó.

Nos quedamos sin bibliotecas. Ojalá no nos veamos en la obligación dentro de unos años de volver al mundo rural, a la supervivencia, al autarquismo más descarnado. Porque cómo eso ocurra ¿a quién vamos a preguntar dónde están las fuentes, cómo se maneja el ganado y los cultivos, qué plantas son medicinales, cómo se hace el pan o se levanta una casa con piedras y barro?

Como homenaje a Ezequiel y Catalinita os dejo a continuación un documental donde la inseparable pareja nos explica paso a paso cómo se hacía el pan en Fuerteventura. Una tierra tan pobre que, como ellos me señalaban, las familias sólo cocían pan una vez al año, el día de la fiesta del pueblo. El resto del tiempo gofio amasado.

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El cuco acabará con la crisis

22 marzo 2010

Os traigo una gran noticia primaveral: han llegado los primeros cucos al sur de Iberia.

Y ya conocéis la leyenda burgalesa, especialmente famosa en el Valle de Mena. Si el primer día en que escuchas al cuco echas mano al bolsillo y tienes dinero, tendrás dinero todo el año. Pero si canta y te pilla sin un duro preocúpate, seguirás sin un euro.

Así que ahí tenemos la solución a la actual crisis económica: ¡a salir al campo con un buen fajo de billetes en la cartera! (o al menos unas moneditas)

PD. Se trata de una antiquísima superstición también muy conocida en Euskadi e incluso en el Reino Unido, propia de la tradición oral más auténtica. Creer, no creemos en ella pero, con la que está cayendo ¿qué perdemos con probarlo? Por mantener las tradiciones y por que al menos su canto nos alegrará el día ¿no os parece?

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Llega el pájaro más cuco

04 abril 2008

¿Has escuchado ya el cuco? En Cáceres, en Castellón y en Almería están de enhorabuena. Porque allí ya se les oye. Y como Pilar Cano me contó una vez en Irus de Mena (Burgos), si el primer día en que canta el cuco llevas algunas monedas en el bolsillo no te faltará dinero en todo el año. Porque estamos en “abril, abriluco, el mes del cuco”, una de las pocas aves que prosperan en la Naturaleza sin tener que gastar energías en criar y proteger a su prole.

El proceso es bien conocido. Las hembras ponen siempre sus huevos en nidos de otras especies, tras imitar los del infortunado huésped. Cuando el joven cuco nace, ciego y prácticamente inválido, sus primeras fuerzas las dedica a tirar fuera al resto de huevos y pollos, gracias a una depresión en forma de cuchara de su espalda que le facilita el cruel lanzamiento. Huérfano por convicción, sus padres adoptivos a la fuerza no tienen más remedio que criarlo. Una tarea titánica, pues casi siempre el voraz pollo es mucho más grande que sus fatigados progenitores de alquiler.

Mientras tanto sus padres naturales, a los que nunca conoció, se vuelven a África en julio. Las crías no lo harán hasta agosto o septiembre, solas y por la noche. ¿Qué grandioso instinto les enseña el camino hacia esos remotos lugares al sur del Sáhara? Y otra duda ¿Cómo se reconocen al regresar como seres de la misma especie, cuando sus únicas referencias visuales desde el nacimiento fueron sus padres adoptivos? Misterios de la Naturaleza, siempre tan dura y siempre tan bella.

Así que ya lo saben. Cuando estos días salgan al campo lleven unas monedas en los bolsillos por si oyen al popular pájaro. Y si están en edad de merecer, pregúntenle enseguida:

“Cuco, cuclillo, rabo de escoba, ¿cuántos años faltan para mi boda?”

Tantas veces cante, tantos años quedarán. Dicen los abuelos que nunca falla.

Aunque otros se saben una variante mucho menos benéfica:

Cuco, cuclillo, rabo de perro, ¿cuántos años faltan para mi entierro?

Pero sinceramente, ésta segunda cancioncilla no se la recomiendo a nadie.






Las culebras maman a las mujeres

14 marzo 2008

Las primeras víboras y culebras están despertando de su letargo invernal. Con ellas vuelven los miedos atávicos del hombre hacia el animal más odiado de la creación, el símbolo del Maligno, la ofidiofobia.

Nunca pensé que pudieran existir tantas historias fabulosas sobre culebras hasta que, junto con los investigadores José Manuel Pedrosa y Elías Rubio, no me puse a rastrear sobre el tema en la rica tradición oral burgalesa. En nuestro último volumen de Tentenublo presentamos decenas de ellas, pero sin duda la más popular es la supuesta pericia de los ofidios para mamar a las mujeres.

Irene Chicote era una menuda señora felizmente centenaria de Palacios de la Sierra cuando me lo contó casi como en un susurro, aún temerosa por el siniestro poder de estos animales a los que aborrecía. Me habló de la mujer del molinero,

“que tenía una criatura, y la madre pues se quedaba dormida [con ella en la cama]. Y que iba la culebra y le mamaba la teta. Y dice que el rabo le ponía al niño, pa que lo chupara y no llorara”.

Tienen un mamar muy suave, tanto que “algunas vacas lo prefieren al de sus terneros y las buscan por los prados”, afirman los pasiegos de Las Machorras.

La historia no es nueva. En un capitel de la iglesia románica de Teza dos serpientes maman los pechos de una mujer. Tiene 900 años, pero con seguridad su escultor también sabía de esta diabólica afición láctea. Como Camilio José Cela, quien en su novela Mazurca para dos muertos (1984) señala:

“Dicen que Roquiño es así porque a su madre, por las noches, cuando lo estaba criando, le mamaba las tetas una culebra y el pobre pasó mucha necesidad; no digo que no pero a mí me parece que ya vino parvo al mundo, eso se les suele notar en la mirada”.

En Silos recuerdan todavía a la infortunada Godina, quien sólo tras peregrinar allí logró expulsar a una gigantesca culebra, alojada en su estómago durante nueve meses tras quedarse un día dormida en el campo con la boca abierta. En Vizcaínos dicen que cuando va a llover las culebras se ponen a cantar. Y en Vivar aseguran que no existen, o que están como dormidas, pues el Cid Campeador las maldijo.

Menos mal que han llegado ya las águilas culebreras de África. Nos ayudarán a controlarlas. Y esto sí que no es una fábula.

¿Conoces más historias sobre culebras? Cuéntanoslas, son todas fascinantes.